miércoles, 24 de abril de 2019

El jardín de Ida Vitale

La poeta uruguaya recogió el Premio Cervantes mostrando una abrumadora sencillez y una conmovedora dignidad


CON 95 AÑOS Ida Vitale sale cada día a su jardín a regar sus poemas. Ella ha hecho de la poesía una necesidad diaria, aunque entiende que haya gente que no la necesite para vivir. Ella sí. Su poesía, breve, sencilla, directa, son pequeños brotes llenos de frescura que uno toma de manera ligera pero sabiendo, al tiempo, que esa ligereza contiene una intensidad que es la que eterniza al poema y hace de la palabra ese misterio que un día la deslumbró.
Alumna de José Bergamín en los años cuarenta en Montevideo de este ha traído hasta Madrid, al Instituto Cervantes, un manuscrito del poeta, un ensayo literario que reposa ya en esta ciudad de la que tuvo que marchar por las miserias del exilio. Exilio también lo sufrió la propia Ida Vitale quien partió a México cuando la Dictadura se hizo fuerte en su país. Entre 1974 y 1978 fue acogida como tantos otros españoles que tras la Guerra Civil encontraron acomodo en las tierras calientes que llamara Valle-Inclán. Un breve regreso a Uruguay y de nuevo la partida, en este caso a la Universidad de Austin (Texas) donde junto a su segundo marido, Enrique Fierro, impartió clase y acometió diferentes traducciones. La muerte de este en el pasado otoño la llevó de nuevo a su país.
Existen dos maneras de manejar las palabras y de decir las cosas, la realista de la prosa y la más abierta y libre de la poesía. Esto se le apareció como una epifanía a la joven Ida Vitale a través de un poema de Gabriela Mistral. Desde ese instante, en el jardín de Ida Vitale, no han dejado de surgir poemas en ese incomparable cuaderno que es la naturaleza. Sus poemas aparecen repletos de colibríes y mariposas, de sonidos y de vientos que nos acogen como en una danza entre la persona y la palabra. Ida Vitale, tras leer su ‘Poesía reunida’ en Tusquets, es quien de lograr eso, de amoldar al lector a su universo de imágenes condensadas en delicadas palabras pero con una enorme fortaleza interna. ‘Imágenes de un mundo flotante’, así las podríamos calificar, a partir del título de uno de sus poemas. Poemas que nos transportan, como a la propia autora, a una dimensión diferente, convertida ella misma en una ‘Alicia en el País de las Maravillas’ que ahora, a estas alturas de la vida se ha visto en medio de una inesperada aventura quijotesca.
Los oropeles de este premio no han logrado distraerla, tal y como era de esperar, con lo que verla y oírla durante estos días actuando ante las cámaras nos reconcilia con el ser humano. Ante ella se evidencia una dignidad capaz de conmover, sin poses ni artificios, con toda una vida abierta en canal reflejada en unas profundas arrugas y un níveo cabello, así como una sencillez que abruma frente a tantas falsedades como se generan hoy. Todo ello nos presenta a Ida Vitale, ya no sólo como una escritora más que merecedora de este galardón, sino también como una lectora, apasionada por la palabra, y la capacidad que esta tiene para conmover y adherirse a nuestra piel. Así nos lo hizo sentir desde la cátedra del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, a la que se subió la quinta mujer en ganar el Premio Cervantes (sí, la quinta en cuarenta y cuatro ediciones), para, al tiempo que honrar a Cervantes, dejar una de esas huellas imborrables en la sociedad que sólo la poesía es quien de grabar desde aquello que se deja sin decir. El misterio de la poesía.



Publicado en Diario de Pontevedra 24/04/2019.
Foto. Ida Vitale en la Biblioteca Nacional (Juan Carlos Hidalgo/Efe)


Paseo

As figuras de Alberto Giacometti ‘móvense’ entre as obras mestras do Museo do Prado dentro dunha das iniciativas que celebran o douscentos aniversario da gran pinacoteca


COMEZAN as vacacións e iso permítenos movernos cara destinos máis lonxanos aos que estamos acostumados na fin de semana. Madrid sempre é unha boa opción grazas a súa amplía oferta cultural, e se nesa oferta sempre unha cita segura é visitar o Museo do Prado, inesgotábel nas súas posibilidades de contemplación, dende hai uns días unha nova proposta merece a nosa atención.
Os actos de celebración do douscentos aniversario da creación dunha das grandes pinacotecas do mundo están a encher de actividades a este centro a outros moitos, como o Museo de Pontevedra que, durante estes días, aínda acolle o ‘Retrato de médico’ do Greco como préstamo temporal da entidade madrileña. Así é como varias das salas do Museo do Prado están tomadas dende este mes e ata o 2 de xullo por unha serie de figuras correspondentes con esculturas dun dos grandes mestres desta disciplina, como o foi o escultor suízo Alberto Giacometti (1901-1966). Vinte obras, dezaoito esculturas e dúas pinturas, repartidas na primeira planta do edificio de Villanueva. Unha chiscadela á historia a través dunha especie de paseo póstumo entre as grandes deidades da pintura do Prado. Velázquez, El Greco, Rubens, Tintoretto ou Durero son algúns deses autores aos que se lles obriga a ter diante as figuras alongadísimas do escultor. Ese existencialismo vertical, casi flamíxero, aínda que estático, semella case exercer un movemento que o relaciona co que acontece nos lenzos.
En febreiro de 1939 os cadros máis importantes do Museo de Pontevedra abandonaron España, buscando refuxio en Suíza. Non foron poucos os creadores e pensadores daquel momento que se achegaron a ver as obras mestras do Museo do Prado no exilio. Entre eles Alberto Giacometti en pleno proceso surrealista. Varias destas pezas escultóricas sitúanse na gran sala que aparece coroada polas Meninas de Velázquez, aínda que ao seu arredor, varios dos retratos máis importantes do pintor barroco amosan a forza do sevillano e a súa capacidade para trascender á historia.
Non parece estraña a admiración de Alberto Giacometti por pintores como Tintoretto o El Greco. O seu ascetismo formal, a estilización dos corpos lévase ao extremo na obra do suízo pero, sobre todo, xera unha simbiose entre ambas creacións dunha enorme sensibilidade. Todo o contrario acontece con Rubens, e as súas ‘Mujeres de Venecia’, cunha fisonomía moi alonxada da das obras de Giacometti, funcionan de xeito contrario ao anterior, como unha antítese que plantexa unha conversación que excede ao puramente formal e tamén semella trasladarse ao material, xa que ese bronce de Giacometti contrasta coa luminosidade da pel case marmórea das mulleres de Rubens.

Durero, Murillo ou Goya plantexan diferentes encontros co escultor que nunca estivo no Museo do Prado e que agora presenta as súas figuras casi como ex votos ante a contundencia de todos os mestres da pintura, moitos dos que admirou e ata bosquexou en máis dunha ocasión. Achegarse ao Museo de Prado durante as próximas semanas engade un valor ao que significa por si mesmo, convidándonos a participar dunha especie de paseo póstumo no que un non se cansa de mirar cómo funcionan todas esas relacións artísticas por riba dos séculos, por riba dunha historia que, en ocasións como esta, fúndese nunha mesma realidade. Nun plano que nos incorpora para sentir a arte nun momento concreto, nunha encrucillada de camiños que moitos percorreron de xeito maxistral e que agora camiñan ante nós mesmos.



Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 12/04/2019
foto: Paco Campos (efe)

jueves, 11 de abril de 2019

El ruido de unos pasos

Antonio Muñoz Molina presenta una nueva novela asentada en un territorio, el de la ficción, pero siempre en alerta ante la realidad


SIEMPRE ES una bendición echarse a las páginas de Antonio Muñoz Molina. Sus novelas, ampliemos el espectro, sus libros, son brillantes ejercicios, ya no sólo de lo meramente literario, sino de pensamiento y reflexión sobre lo que acontece en nuestra sociedad, alrededor de este enervante tiempo cada vez más insolidario con el ser humano y con su hábitat, tanto el urbano como el natural.
Tus pasos en la escalera’, publicado por Seix Barral, es una novela de espera, la condensación de un tiempo, detenido a las orillas de la desembocadura del Tajo, que mira hacia los Estados Unidos. De allí debe llegar Cecilia, la mujer del protagonista que se ha adelantado para prepararlo todo de cara a un futuro común. Sometidos a esa espera, cada vez más distorsionadora de lo real, cada vez más desasosegante, nos encontramos un relato que logra eso tan difícil en cualquier hecho artístico, como es el generar una atmósfera propia.
Y es que la vivienda en la que Bruno espera a Cecilia siente como se acrecienta esa tensión que alienta el relato, una vuelta permanente de tuerca, empleando libremente el título del famoso relato de Henry James, con el que coquetea el autor. También con los cuentos más desconcertantes de Julio Cortázar, o con la maravillosa cotidianeidad de la literatura de Alice Munro, planteando así esa casa tomada por un laberíntico pasado, por un intrigante presente y por un incierto futuro. En esa agitación permanente se maneja Antonio Muñoz Molina para hacer ficción, género que había orillado en los últimos tiempos, dedicado a escribir ensayos o novelas alrededor de hechos reales. Aquí lo inventado se impone, pero manteniendo siempre un anclaje con la realidad, con los sucesos del mundo actual, que van desde los efectos del 11-S hasta el cataclismo del medio natural al que asistimos de manera indolente, y todo ello sumergido en dos escenarios protagónicos, como el neoyorquino y el lisboeta. Dos territorios que conoce bien el autor. Su paso profesional por el primero y su acomodo, desde hace un par de años, en el segundo, le permite manejar numerosas claves de ambos escenarios que se engrasan perfectamente con el relato de la novela en la que, como en el cauce de un río, se van asentando numerosos sedimentos que aumentan la capacidad de conquista del lector. Entre ellos el componente científico se revela como sustancial en la propuesta de Antonio Muñoz Molina. La percepción del cerebro como activo rector de la memoria y el miedo transita de la experimentación en un laboratorio a la propia realidad de lo que acontece en esa vivienda que, ante el Tajo, frente al Cristo Rei de Lisboa, hace de lo rutinario el germen de un espléndido relato en el que se cuenta la vida, en un primer momento anodina, en la que durante páginas y páginas parece que no pasa nada, cuando lo que pasa es la vida misma, y eso es pura literatura.
Es también la vida de esa Lisboa a la que el creador de ‘Sefarad’ llega para huir del ruido embravecido de una España cada vez más feroz, cada vez más asilvestrada y ausente de sí misma y de los suyos, pero que en Portugal se traduce en un respeto hacia su propia identidad y sus posibilidades como colectivo cada vez más envidiable. En ese ambiente Antonio Muñoz Molina mira a la realidad como pocos logran. Esa mirada se dirige tanto a la ropa tendida de las viviendas lusas como al majestuoso cuadro de El Bosco que se cobija en el Museo de Arte Antigua, de igual modo registra el interior de una tradicional casa de comidas como lo hace con los modernos restaurantes de las Docas bajo el puente 25 de Abril.  Y como no, también se baliza el cambio de paradigma turístico que ha vivido esa ciudad, como tantas otras en el mundo en los últimos tiempos, una masificación que cambia configuraciones e identidades, y ante la que parece complicado ejercer resistencia.
Mirar, sentir, deambular, es parte del oficio de escritor. Un andar solitario entre la gente a partir del cual calibrar cómo somos, cómo sentimos, pero también para observar cómo desaparecen los insectos, asomándonos por ello a un nuevo abismo de nuestro tiempo. En definitiva, sentir el ruido de unos pasos que se mueven por la ciudad, pero también el de unos pasos que aguardas entre el delirio suban por una escalera y se detengan ante una puerta.



Publicado en Diario de Pontevedra 10/04/2019. 
Fotografía: Antonio Muñoz Molina en Barcelona (Quique García)


martes, 9 de abril de 2019

El escepticismo de Saramago

Rue Saint-Antoine nº 170
Memoria ▶ Era el 7 de abril de 1999 cuando José Saramago entraba en el Concello de Pontevedra con una apretada agenda que le llevaría por la tarde a cerrar una nueva edición de la Semana Galega de Filosofía. Europa sangraba en los Balcanes y el reciente Premio Nobel no dejó durante todo el día de mostrar su pesimista visión de la condición humana


«Saramago volvió A mostrar su profundo escepticismo, cuando no pesimismo, sobre el individuo y los principios que modelan la sociedad en la que nos movemos. Todas las miserias que afloran en conflictos como el que en estos momentos sacude los Balcanes, en el debate sobre la autodeterminación de los pueblos, o en las disquisiciones sobre la nueva configuración de Europa radican en la naturaleza del individuo». De esta manera evidenciaba la crónica realizada por Diario de Pontevedra el paso del reciente Premio Nobel, José Saramago por Pontevedra, invitado para clausurar la XVI Semana Galega de Filosofía, cuyo tema central era el de la Autodeterminación.
Pero el paso de una personalidad tan relevante, que tan sólo unos meses antes recogía el único Nobel de las Letras Portuguesas, concentró en unas pocas horas diferentes actividades. Así, el día antes de su participación ante el foro de la Semana Galega de Filosofía, acompañó a su amiga Carmen Becerra, profesora de Literatura, en un acto político celebrado en la Facultade de Belas Artes, ante más de 400 personas, para respaldar a la alcaldable por Esquerda Unida. Un acto en el que planteó otro de esos titulares demoledores que acostumbraba a dejar en sus intervenciones el escritor nacido en Azinhaga: «La política es el arte de no decir nunca la verdad». Pero su jornada central fue la de ese 7 de abril de 1999. Por la mañana era recibido en el Concello de Pontevedra por el alcalde Juan Luis Pedrosa, que le invitó a firmar en el Libro de Oro de la ciudad. Tras ese acto protocolario el creador de ‘Memorial del Convento’ se despachó ante los medios hablando de la condición humana y de la situación que se estaba viviendo en aquellos momentos, sobre todo teniendo en cuenta el conflicto de los Balcanes, con el inicio de los bombardeos de la OTAN para frenar las criminales acciones del ejército de Milosevic.
Al general serbio lo tildó de «fascista», pero también la acción de la OTAN tuvo su calificativo como «disparatada y fruto de una imprevisión política increíble» para pasar a hablar del ser humano: «El problema está en el individuo, en la calidad humana que cada uno llevamos dentro. No tenemos la obligación de amarnos los unos a los otros, como dice la iglesia, lo que tenemos es que respetarnos los unos a los otros»; haciéndose la siguiente pregunta, con su respuesta detrás: «¿No podemos luchar contra las circunstancias, somos víctimas de ellas? No, las circunstancias somos nosotros y el problema no está en la fuerza de las circunstancias, sino en nuestra debilidad».
Por la tarde José Saramago se desplazó hasta el Auditorio del Pazo da Cultura para abarrotarlo en el transcurso de una conferencia que servía de remate a las jornadas de la Semana Galega de Filosofía. Pronunciada íntegramente en portugués, en ella, y tras ser presentado por el rector de la Universidad de Vigo, Domingo Docampo, denunció diferentes situaciones de injusticia social y de necesidad, en consonancia con sus palabras pronunciadas ante la Academia Sueca en su discurso de aceptación del galardón más importante de la Literatura. Allí fue la voz conjunta de todos sus personajes literarios, aquí la voz de los necesitados, como acostumbró a ser cada vez que subía a un estrado que fue muchas veces, ya que su actividad pública, impulsada por su mujer, la periodista Pilar del Río, era frenética. No tienen más que asomarse al libro que la editorial Alfaguara acaba de publicar, celebrando el vigésimo aniversario de la concesión del Premio Nobel, ‘El cuaderno del año del Nobel’ que, hallado fortuitamente en el archivo de su residencia de Lanzarote, recorre día a día lo que supuso ese año 1998, pero que también sirve para comprender cómo fueron los años posteriores, cuando su fama se multiplicó y todos se peleaban por contar con el creador de ‘Ensayo sobre la ceguera’. A ese cambio, que en todo escritor produce un hecho tan trascendental, también se refirió en su charla de Pontevedra, recordando su paso por la ciudad diez años antes, «aunque entonces ya tenía algún libro que no estaba mal», señaló en un guiño al auditorio con gente de pie y con mucha sentada por las escaleras.

«De Portugal, pasando por Lanzarote, llego a Pontevedra...»
«De Portugal, pasando por Lanzarote donde vivo, ahora llego a Pontevedra con la consciencia de que todos estos lugares, espacios y culturas son tierra mía, porque de estos lugares, espacios y culturas son de los que tan profundamente se alimenta la persona que soy. Agradezco al Ayuntamiento de Pontevedra la oportunidad que me da de expresar estos sentimientos».
Media hora de un tiempo muy medido fue el que pasó José Saramago en el Concello de Pontevedra ante los medios de comunicación, un Concello en cuyo Libro de Oro dejó escritas las palabras que aquí reproducimos.




Publicado en Diario de Pontevedra 8/04/2019
Fotografías Miguel Vidal

jueves, 4 de abril de 2019

Leiva nuclear

El nuevo disco de Leiva nos deja un puñado de historias envueltas por su tradicional sonido rockero y ofrecido en un soporte maravilloso


CADA VEZ MÁS las canciones de Leiva se van orquestando como historias que se encadenan entre sí. Palabras que se flanquean por su música rockera de guitarras vibrantes y sacudidas constantes.
Es muy difícil que un músico hile dos grandes discos y Leiva lo acaba de hacer. Tras ‘Monstruos’ (2016) ahora viene de publicarse ‘Nuclear’, entre ambos una gira y la producción del último disco de un resucitado Joaquín Sabina, en gran parte por la propia aportación de Leiva. Milagro tras milagro Leiva ha ido componiendo las canciones de este ‘Nuclear’ grabando sus pruebas de voz con su propio móvil, es decir, la canción más desnuda que en la versión final, sólo acompañada por la guitarra y unos sencillos coros. Esas versiones se incluyen aquí en forma de un regalo que el músico ofrece a sus seguidores, sabedor de que hay que cuidar al cliente y de que el respeto al producto cada vez es más importante. Tener en las manos este trabajo es una maravilla que debería hacer huir al público de buscar la música en las perversas redes de internet y optar por hacerse con él. Así es como nos encontramos con una cajita transparente que deja al aire un corazón que separa sus capas, el corazón de un músico con las letras en cada una de esas capas y dos cedés, uno con la versión definitiva y otro conteniendo esas exquisitas notas de voz. Todo ello obra del diseño de Boa Mistura, que también hay que citar y aplaudir a quien lo hace tan bien.
Las canciones tienen de nuevo a Leiva como generador de emociones. Historias de amores y desconciertos, de días de guerra y nieblas, de inspiraciones motivadas por una vida condensada en cada una de las doce canciones aquí presentadas. Y esa vida es la que le concede un carácter mayor de autenticidad a este trabajo, quizás ese paso al lado del maestro Sabina le haya hecho ver a Leiva la importancia de contar el aquí y el ahora, el dejar a un lado las narraciones más generales y sí contar las historias más inmediatas, de quien pisa la calle, de quien entra en un bar, de quien discute y llora, pero también de quien se enamora y siente ese latigazo. Recorrer estas letras es un tratado de humanidad que consigue hacer de la piel un territorio en el que sentirse, y así canciones como ‘Como si fueras a morir mañana’ son un auténtico grito a la necesidad de vivir y, sobre todo, de sentirse vivo. Algo similar sucede con ‘A ti te ocurre algo’. El Teatro Lara, el ‘Motocine’, ese ‘crac’, un pequeño desastre... fragmentos de una canción, de una vida que se arma en esta pista de circo en que se convierte la existencia. Leiva nos ofrece un circo con varias de esas pistas, de hecho el vídeo de ‘Nuclear’, el tema que nombra el disco, transcurre en un circo y la canción que lo cierra es otra gozada que tiene mucho de circense, al estar basada en una de esas historias increíbles que nos deja la vida a partir del gigante actor de la película ‘Big fish’.
Con ‘El gigante de Big fish’ Leiva remata, con un punto melancólico, este disco que de nuevo le hará llenar conciertos de unos seguidores que se verán multiplicados por el efecto de su música, y es que este disco además de afianzar a los que ya estaban con él permitirá sumar a otros que, a poco que se detengan en sus letras, sentirán algo más que un ‘rocanrolear’. De todas maneras Leiva no sería Leiva si renunciase a la potencia de sus guitarras, a una carga brutal, casi nuclear, que en el directo te hace saltar permanentemente y transmitir así lo que significa para este músico toda la tradición de ese género musical. Canciones como ‘No te preocupes por mí’, ‘Lobos’ o ‘Nuclear’ se convertirán en las próximas semanas en éxitos en las emisoras de radio, no lo duden, y por unos instantes podremos respirar de esa saturación de ritmos merengues que cada vez más nos asfixian, orillando a la buena música.
Leiva, como otros muchos músicos de nuestro país, sigue sujeto al rock como vínculo con un pasado y a una memoria íntima que, pese a las modas y a las circunstancias, seguirá siendo la mejor manera de trasladar historias al público, de contar lo que sucede a nuestro alrededor y, con ellas, rasgar, no sólo las cuerdas de su guitarra, sino nuestros corazones, esos mismos que se pueden seccionar en capas y sentirse agitados por buenas letras.





Publicado en Diario de Pontevedra 3/04/2019
Fotografía: Leiva mirando su nuevo disco (Fernando Alvarado/Efe)



martes, 2 de abril de 2019

Francisco Curra. A poética do cotiá

Rue Saint-Antoine nº 170
Fotografía. ‘Francisco Curra. O abstracto e o concreto’ é o título da mostra que a Fundación Laxeiro inaugura o vindeiro venres na súa sede de Vigo, na que amosa a obra do fotógrafo de Bueu Francisco Curra. Unha descuberta que, da man do comisario Javier Pérez-Buján, pon ante nós unha obra descoñecida pero chea dunha poética espiritualidade


Cada vez é menos habitual pero é unhas das achegas máis interesantes do mundo da arte e do labor dos comisarios. A descuberta ou posta en valor dun artista non demasiado coñecido (ben por vontade propia, ou por que o destino non  foi xeneroso) permite abrir a nosa mirada, acumular novas sensacións a través da súa obra artística. Este é o caso de Francisco Curra (Bueu, 1954) cuxa obra poderemos contemplar dende o venres 5 de abril na sede da Fundación Laxeiro no Edificio da Casa das Artes de Vigo. Unha xa longa traxectoria que se resumirá en trinta fotografías, trinta imaxes que permitirán ao espectador atopar a obra dun fotógrafo moi descoñecido, pero que, a vista do que se vai mostrar, cheo de interese e con capacidade máis que salientábel para que a súa fotografía sexa máis coñecida do que é.
Máis de trinta anos resúmense en trinta fotografías analóxicas en branco e negro. Imaxes obtidas entre 1988 e 2005 que proceden do propio arquivo do autor e nas que queda ben clara a súa intencionalidade artística na conquista dunha poética da imaxe que xorde do cotiá, dese territorio tantas veces desprezado no que semella non haber nada de interese pero que o artista, o bo artista, dende a súa mirada, é quen de rescatar un instante para a nosa posterior reflexión. Aquí é esa mirada cara o mundo interior do fotógrafo o que reflicte tamén o noso, nun exercicio de contemplación que poderíamos dicir orixínase no concreto e tende ao abstracto. Aí, na súa mirada, móvense os dous elementos, o concreto, a partir desa recuperación dun territorio físico, ora íntimo ora público, pero que, nambos casos prolóngase ata o outro elemento, o abstracto.
Esa dobre condición é a que lle outorga o título a mostra, pero a que tamén amosa na súa preparación fronte ao público cunha montaxe que remite á fotografía máis clásica. Copias de pequeno formato, 30x20 cm., dispostas dun xeito convencional, afastándose das montaxes ás que semella estar condenada a fotografía contemporánea nas que se diversifican composicións e tamaños.
Pero o máis interesante acontece non no exterior, senón no interior de cada unha desas imáxenes nas que Francisco Curra fragmenta a realidade, xerando uns encadres dunha gran modernidade nos que se rexistra unha incerteza precisa para que o espectador dialogue coas fotografías dun xeito moito máis intenso que si o encadre fose outro. Obxectos, interiores, espazos limitados... ese xeito de recoller a realidade provoca no visitante á mostra unha certa inquedanza, a fraxilidade de sentirse fronte a un espazo non resolto, no que hai lugar a incerteza, ao descoñecido, a aquilo que non vemos pero que sabemos que o está a rondar. É como ler un dos relatos de Julio Cortázar nos que sentimos como o noso universo domesticado estoupa por algún lugar imprevisíbel. As fotografías de Francisco Curra son como esa porta de acceso a unha narrativa que temos que completar, ese desasosego da narrativa é o que fai desta proposta unha achega contemporánea que fuxe da primeira sensación que podíamos ter dunha fotografía demasiado clásica. A súa framentación, a mirada posta no que adoita pasar desapercibido, o noso papel para completar a escena, todo é un camiño proposto polo artista plenamente consciente do que fai, do que nos quere propoñer coa súa fotografía solitaria e austera, fría se se quere tamén, pero na que emerxe unha contundente poética visual.
Unha sorte de conxelación do tempo, como si ese anaco de tempo reflectise toda unha secuencia temporal moito máis prolongada no tempo pero que non é preciso amosar completamente. A forza dese lazo que cae, ou a imaxe do seu pai aparentemente ausente do mundo, ou un instante nunha rúa tras o paso da choiva, son fragmentos dun relato moito máis amplo pero que non é necesario amosar de xeito completo. A súa forza xorde precisamente dese carácter unitario de ser o lóstrego dentro dunha tormenta, e aí, no seu interior, o artista dende o seu eu tenta explicar esa contorna súa na que buscar a inspiración necesaria para extender a súa mirada máis alá. Cada un deses ámbitos inquedantes poden ser outros moitos polos que movérmonos.
Baixo o comisariado de Javier Pérez Buján a mostra ‘Francisco Curra. O abstracto e o concreto’ ademais do seu salientábel valor plástico ten ese plus de descubrimento dun artista que non se prodigou en absoluto no campo expositivo. A fotografía emerxe así como o diario dese traballo agochando e silencioso, un silencio que tamén se contén no interior de cada unha destas imáxenes que dende o vindeiro venres podemos descubrir como unha nova mirada artística, como un novo xeito de mirar ao que nos rodea.



Publicado no Diario de Pontevedra 1/04/2019


lunes, 1 de abril de 2019

Fulgor

Foguetes verdes (22)
Xosé Manuel Budiño, tras seis anos de silencio, aposta agora pola súa voz como canle de emocións. O seu disco ‘Fulgor’ é unha valente achega a nosa música e ao propio artista


POUCAS EMPRESAS máis arriscadas e tamén valentes para calquera artista que a da reinvención. Pisar terreos novos para eles que os obriguen a saír da súa zona de confort, alí onde tiñan todo ben controlado. Pero ao artista tamén hai que esixirlle ese puntiño de risco, de medirse fronte ao desafío. Xosé Manuel Budiño, ao que eu polo menos nunca escoitara cantar, plantexa, no seu novo traballo ‘Fulgor’, ese salto ao baleiro a través da súa propia voz que substitúe aos seus tradicionais sons de gaita e flauta. Dez cancións, dúas das cales se repiten pero cantadas en castelán, conforman este traballo fermosísimamente editado e que cando un comeza a escoitalo vese reconfortado por ver como un artista pode ter éxito dende o risco.
En primeiro lugar destacan as letras, compostas polo propio Budiño, a excepción dunha fermosísima canción adicada a Compostela que baixo o título de ‘Santiago’ firma Xoel López. Letras en galego, que permiten de novo confirmar como a nosa lingua pode moverse por outros territorios máis comerciais ou vencellados ao pop, e non tanto á música tradicional, tal e como vén de demostrar tamén Xoel López con dúas cancións en galego no seu último disco ‘Sueños y pan’. Palabras, ritmos, xeografías que Budiño expresa dende unha voz suave que nos presenta ese ton de cantautor melodioso dende o que seguir medrando cara novas proxeccións da súa voz. ‘Fulgor’, ‘Pulso’ ou ‘Sós’, son tres fermosas cancións que se moven nese rexistro. Noutras cancións Budiño non está só e se suxeita en colaboracións tan sobranceiras como a xa citada de Xoel López, a da cantante Vega, ou a do cuartero Quiroga que, sobre todo, na última canción do disco, ‘Bos amores’, belisca a pel co seu apoio á voz de Budiño, á musica do inesquecíbel Narf e ás palabras de Rosalía de Castro.
Con todos estes nomes temos claro que Budiño buscaba tantear posibilidades, facer unha diversidade de músicas que pegasen ben entre elas pero que ao tempo amosasen tamén unha diversidade pola que moverse sen o sometemento a unha liña similar que podería esgotar tanto ao cantante como ao público.
Levaba seis anos Budiño sen presentar un traballo. Abofé que seis anos nos que experimentar e valorar o que podía supoñer para el dar este xiro a súa carreira de dúas décadas de música. O seu disco ‘Paralaia’, está xa chantado na historia da nosa música e a partir del Budiño constrúe a súa traxectoria. Un disco a propósito do cal e en resposta a unha entrevista neste xornal o músico de Moaña dicía que «Cada un é dono dos seus soños». Penso tras escoitalo, e tamén o sinto, que este disco responde moito a esa sensación, á de acadar un soño. O soño de poder cantar e expresarse co que non deixa de ser un son máis, como é o da voz. Preto del, no concerto que deu Xoel López hai uns meses na Sala Karma de Pontevedra e sen que se dera conta mireille aos ollos cando ollaba ao escenario, e neles agochábase esa mirada bulideira que, escoitando ao seu amigo, abofé pensaba que el tamén podería subirse a un escenario a cantar. Pois aquí está, un marabilloso comezo que un escoita con enorme pracer.
O disco agocha outras dinámicas no seu interior grazas ao mecenazgo da adega Ponte da Boga que pon en circulación un viño co mesmo nome, ‘Fulgor’, unha maridaxe que me interesa polo que ten de sinerxia entre eidos da cultura. Música e viño o son e Galicia, tendo en ambas marabillosas posibilidades aínda non explotadas a fondo. Sigámonos xuntando na procura da excelencia, na conquista de alianzas que xeren riscos tan de gabar como este ‘Fulgor’ de Xosé Manuel Budiño.



Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 29/03/2019
Fotografía: Ponte da Boga