domingo, 4 de decembro de 2022

Buscando la catarsis

 

[Ramonismo 131]

'Amor y morriña' es un relato repleto de humanidad y de unas exultantes ganas por aferrarse a lo significa la vida



La vida baraja y reparte sus cartas y con ellas tenemos que conducirnos por la vida. Y es que vida es lo que supura este texto, otro magnífico libro de Theodor Kallifatides, autor de origen griego que vive en Suecia desde los años sesenta, titulado ‘Amor y morriña’, y en el que nos encontramos con la historia de Christo quien, en 1966 y con veinticinco años es becado por una universidad en Estocolmo para desenvolver estudios de historia de las ideas, dejando atrás su Atenas natal. En ese marco Theodor Kallifatides desenvuelve un relato cargado de humanidad en el que la vida de un emigrante, el siempre complejo cruce de dos idiomas o los trabajos precarios contextualizan una existencia que si por algo se va a ver volteada finalmente es por el amor, por enamorarse de una mujer casada, algo que marcará los días que aquí se nos cuentan.

En todos lo libros de Theodor Kallifatides, presentados en España de la mano de la Editorial Galaxia Gutenberg, subyace siempre ese carácter del emigrante, del vínculo roto con la familia, del anclaje con una tierra y un sustrato íntimo que, en el caso de alguien procedente de Grecia, se ve alimentado por una serie de singularidades procedentes de sus distintivos culturales y de pensamiento, que marcan cada uno de los movimientos que el propio autor da en su vida. Sucede lo mismo con la elección de los argumentos en los que teje unas historias presentadas al lector de una manera natural, sin abrumadores artificios literarios que compliquen la lectura y en los que la vida transcurre no solo entre geografías distantes, sino también entre tiempos y sensibilidades, que crean una corriente como la de aquel río del mito, siempre el mismo, cuando siempre era diferente.

No es casual que Christo decida centrar su tesis en la obra de Aristóteles, en la explicación de ese proceso de catarsis por él enunciado y que está muy presente en la vida de todos nosotros, aunque no lo relacionemos con el filósofo heleno, o que cada noche lea un poema de Kavafis, otro errante en el mundo capaz, con su poesía, de descifrar el alma humana entre caricias y vientos que empujan a la navegación con ese deseo permanente que consiste en pedir que el viaje sea largo para hacer de la existencia un aprendizaje permanente y un acúmulo de experiencias. Todas esas experiencias son, como faros en la costa, las que señalan el itinerario del protagonista de ‘Amor y morriña’, en un libro claramente de formación de la persona que se desenvuelve en un contexto ajeno al suyo, y en el que se mezcla todo lo que surge en la vida de aprendizaje, de deslumbramiento ante, sobre todo, la relación con diferentes personas, pero también de formar una personalidad frente a los reveses que la vida nos obliga a sortear como parte de la travesía que, convendría no separar, conociendo la vida del propio Theodor Kallifatides, de su propia experiencia vital, pero que sería, al mismo tiempo la de tantos emigrantes que, desde tiempos inmemoriales y hasta hoy mismo, buscan un nuevo horizonte para desarrollar su camino.

Es, por lo tanto, este libro un canto vital, donde tanto lo carnal como la razón, es decir, lo intelectual, se van entremezclando como los dos grandes vectores de una vida que intenta ser plena. Lo carnal a través de la relación de amor con esa mujer, pero también otras relaciones de amistad, de parejas, de engaños o de deseos que todo lo modifican; y lo intelectual, con esa presencia de la cultura griega en un libro lleno de refranes procedentes de su tierra, de referencias a unos dioses del Olimpo que parecen seguir jugueteando con nuestras vidas tantos siglos después, del valor de las palabras y su importancia en nuestras vidas. «El ser humano nunca está solo. Está en su cultura», llega a escribir Theodor Kallifatides en una de esas frases que te provocan un escalofrío y que uno recortaría de su libro y, junto a los poemas de Kavafis, se tatuaría en la piel. Les dejo otra: «Lo imposible también tiene que existir», y otra: «Vivir sin tu lengua sería una pena constante». Todo ellos elementos que firmaría cualquier joven que se dedica a descubrir la vida desde la escritura pero, en este caso, esta novela está escrita por quien tiene más de ochenta años, en lo que se vuelve un fascinante ejercicio de rebeldía frente al destino. Un pulso que no entiende de pesadas piedras que ruedan montaña abajo cuando llegas a la cima y que lo único que intenta es explicar cómo la vida es una tragicomedia de la que somos protagonistas a la búsqueda de una explicación, a la búsqueda de la catarsis.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 29/10/2022


martes, 29 de novembro de 2022

El ruidito de la aguja

 

[Ramonismo 130]

'Todo lo que importa sucede en las canciones’ es un emocionante recorrido vital maridado con la música



DEJA Fernando Navarro caer la aguja del tocadiscos sobre los surcos de ese disco que está dispuesto para detonar la vida, para convertir minutos de letras y músicas en una cascada de emociones que, tras ese ruidito de la aguja al rascar el vinilo, pasan a formar parte del recorrido vital de este periodista musical. ‘Todo lo que importa sucede en las canciones’ (Pepitas de Calabaza), propone asomarnos a esa vida que sin la música no tendría sentido o, por lo menos, lo tendría muy diferente, así como los encuentros con las personas que uno va colmatando a sus flancos para continuar el viaje.

Esas personas, mujer, hijo, madre, psicóloga o amistades, en mayor o menor grado, son también parte de una banda sonora existencial que Fernando Navarro escruta a corazón abierto, proponiéndonos un texto lleno de sinceridad, de perspectivas vitales siempre rodeadas de una canción determinada que explica cada uno de esos itinerarios en un maridaje que, quizás todos nosotros tenemos, por aquello de vivir siempre rodeados de canciones, pero que, en el caso de un crítico músical, se convierte en un inmenso ring en el que se decide todo y sobre el que poder esquivar mejor los golpes de la vida cuando es una voz y una canción la que intenta explicarte.

No elude Fernando Navarro en los capítulos de este libro, apadrinado cada uno de ellos por una canción, los golpes que todo proceso de maduración lleva consigo y al que cada uno se enfrenta de una manera muy diferente. Agarrado a esas sintonías, el autor, al tiempo que nos explica los contextos del intérprete de esa canción y cómo surgen esas melodías, nos sitúa frente a su propia historia y cómo la juventud se va orillando para dejar paso a una madurez a la que siempre cuesta llegar, por lo que tiene de renuncia, de asunción de responsabilidades y de fracasos que toda singladura lleva consigo. El dolor de dejar a la que ha sido tu pareja, la incertidumbre de alejarte de un hijo pequeño, la pérdida de la madre, una mudanza, las visitas a una psicóloga, la irrupción de otra mujer... muescas de lo que supone estar vivo, momentos de zozobra que solo parecen encontrar sosiego cuando esa bendita aguja hace que Bob Dylan, Elvis Presley, Bruce Springsteen, Tom Petty, Lucinda Williams o Patti Smith den sentido a una habitación vacía de muebles y llena de cajas precintadas, con sus palabras arrojadas al viento como parte de ellos pero que desde ese solitario momento se convierte en nosotros.

Lo cierto es que a los pocos minutos de comenzar esta lectura Fernando Navarro ya consigue envolverte con su relato, con sus bandas sonoras, con esa literatura radicalmente humana que consigue. copiando las palabras que él mismo dedica a la música de Bob Dylan, «una música radicalmente humana». Y es que si algo transmite este texto es una estremecedora autenticidad en lo que se cuenta a partir del contacto y las experiencias con todas esas personas fundamentales en la existencia de Fernando Navarro, pero también de cada uno de los lectores que se asomen a este libro y que rápidamente intentarán también traducir su vida en músicas. Un libro que, por ese peso de la dinámica musical, te obliga a interactuar de una manera mucho más viva que en otros textos. En cada capítulo te ves obligado a buscar en tu móvil esa canción que no conoces, a recordar aquella otra que has escuchado hace demasiado tiempo o, incluso, a comprar discos que desde esta lectura ya pasarán a formar parte de ti. Es por ello que el agradecimiento que siempre debemos tener con todo escritor por lo que aprendemos de sus escritos, por compartir sus emociones y por ofrecernos buenos momentos, en el caso de ‘Todo lo que importa sucede en las canciones’ se extiende al descubrimiento de esas canciones tan buenas que es imposible no compartir el gusto de Fernando Navarro.

Acabo ya, y lo hago escuchando ‘Workingman’s blues #2’ de Bob Dylan del disco ‘Modern times’, la canción con la que se inicia este rosario de canciones, este desfile de emociones y, ciertamente, no podría ser otro. Bob Dylan como piedra fundacional de tantas emociones y con el que también se cierra este libro que transita por una vida y por un puñado de canciones en un sendero repleto de sinceridades, de errores y de raspones, también de felicidades, de alegrías que personas y músicas nos conceden a todos nosotros para seguir avanzando por esos surcos en que nos coloca la vida como si nos moviéramos por un disco, o por una canción, allí donde sucede todo lo que importa.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/10/2022


martes, 15 de novembro de 2022

Ajenas al mundo

 

[Ramonismo 129]

'De bestias y aves’ genera un territorio íntimo, un ecosistema femenino repleto de tensiones que golpean al lector


Una carretera, una mujer llamada Cora y un itinerario. Una huida y una presencia. Así es como Pilar Adón nos adentra en otro de sus libros de los que no es sencillo salir indemne. ‘De bestias y aves’ (Galaxia Gutenberg) plantea un recorrido físico, pero también vital, el de una mujer con una pesada mochila a la espalda que se establece en un territorio del que desconocemos muchas cuestiones y pocas más sabremos al término del relato, pero en el que somos capaces de calibrar toda una serie de tensiones que saltan desde esas líneas al propio lector, adentrándolo en un ecosistema lleno de nombres de mujeres que establecen una suerte de comunidad que, como la tela de una araña, atrapa en ella a quien se aventura en esa estructura aparentemente invisible.

Una vez más, tras otros títulos también editados por este sello, como ‘Las efímeras’ y ‘La vida sumergida’, Pilar Adón evidencia su registro literario. Ese espacio propio que es tan difícil de establecer pero que ella ha sabido plantear de una manera firme, en base a una forma de narrar llena de capas, de telones que se van descorriendo descubriendo toda una tramoya existencial que convierte a los protagonistas de sus libros en seres a los que una enorme lupa intenta contextualizar en un entorno desasosegante y que pone al límite al ser humano, evidenciando miedos, contradicciones y frustraciones. Su lenguaje, tan bien trabajado, plantea todo un ovillo con el que envolver tanto a protagonistas como a lectores, sujetándonos desde las primeras páginas hasta las últimas consecuencias, del todo imprevisibles. Trabaja también su autora el ritmo de un texto con enormes valles en los que el tiempo se suspende, en el que el relato parece sugestionarse a sí mismo, y que posee una enorme importancia para la creación de esa atmósfera que siempre se materializa en sus textos de una manera puramente física, y que casi obliga al lector a apartar con sus dedos esa especie de nebulosa que Pilar Adón provoca.

No han sido pocos los elementos geográficos o meteorológicos que han salido hasta el momento en este comentario y es que lo cierto es que todo lo natural está muy presente en ‘De bestias y aves’, hasta el punto de que ese territorio en el que se adentra una mujer en la noche, tras horas de carretera,  se configura como un protagonista más del relato. Un panteísmo literario que convierte lo natural en una suerte de líquido amniótico en el que elementos vegetales, animales y la propia agua, forman parte decisiva de lo que sucede y de cómo esa protagonista intentará que el peso de su mochila se alivie de alguna manera.

En ese contexto, esta desterrada de su pasado, se adentra en un universo femenino con personajes tan enigmáticos como atractivos. Mujeres alejadas del mundo y ajenas al mundo en el que no todos se sienten cómodos, pero donde Cora encuentra un ámbito de pertenencia, la compañía de otras, la sensación del clan, la comunidad todavía por explorar pero, al fin y al cabo, explorar la acogida de los otros es reconocerse a uno mismo. Mujeres y naturaleza plantean este paréntesis lleno de sensaciones, de estremecimientos en el que sumergirse. Un lago en el que reflejarse para verse a sí misma, para entender el peso propio, un escenario para aligerar la carga, en definitiva, para hallar esas respuestas que nos ahogan tantas veces y a las que somos incapaces de enfrentarnos.

Pilar Adón nos propone un relato inmersivo, lleno de ambigüedades y derivas que no hacen más que agitar todo lo que semeja firme, convirtiendo esa Betania en un escenario que no llega a ser de terror, pero sí que nos perturba de una manera cada vez más intensa a medida que sus personajes y las diferentes situaciones se suceden y envuelven a Cora bajo esos telones que pensamos se están moviendo en un proceso de desvelo, cuando lo único que hacen es envolver de una manera más intensa a esa presa que entró donde no debía, allí a donde la llevó un instinto que la convierte en un animalillo más, un miembro más de un bestiario que forma parte de un ecosistema lleno de fricciones y violencias.

La escritora madrileña continúa así proyectando ese universo propio hacia el exterior a través de historias en permanente combustión. Un territorio incómodo que, sin embargo, seduce al lector por su valentía y energía.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/10/2022

luns, 31 de outubro de 2022

Una luz negociada

 

[Ramonismo 128]

'Un año y tres meses’ nos coloca ante el desgarro, pero también ante la complicidad de una existencia compartida



ELLOS tenían el amor, y también las palabras. Un refugio eterno para balizar una historia en común y, tras la «miserable muerte», un bálsamo para aplacar el dolor. Luis García Montero convierte su último libro de poemas, ‘Un año y tres meses’, en el cuaderno de bitácora de la desolación, en un horizonte roto que, sin embargo, le concede el más firme de los sentidos a todo lo vivido. Una vida que se traduce en la conquista de un amor que muchos nunca alcanzarán jamás, pero que Luis García Montero y Almudena Grandes convirtieron en ese completamente viernes que supuso una relación que, a partir de la irrupción del amor, fue conquistando numerosos puertos: los de la familia, los de las amistades, los de la escritura, los del compromiso cívico, los de la ejemplaridad en la defensa del ser humano ante las injusticias y el de la lucha por esa quimera irrenunciable que es la de alentar en la ciudadanía el espíritu crítico que da sentido a esa palabra: ciudadanía.

Ese horizonte que hacía enfermar a nuestro poeta Manuel Antonio es el que asoma en el primer poema de este itinerario de versos acodados en el desamparo, en el camino compartido que no ofrecía más que una salida a la que era imposible mirar a los ojos a riesgo de convertirse en estatuas. Ambos iniciaron una travesía allá donde nadie quiere ir, hacia un mar de tinieblas lleno de embestidas y miedos. Un naufragio que cabía en una mirada, en dos manos que se unen o en un diálogo que hace de lo pasado una existencia compartida que frena cualquier tempestad. Es esa «luz negociada» que en la intimidad del dormitorio permite la lectura, porque el amor también es eso, la cesión de lo que ilumina al compañero, el despejar la oscuridad para lo propio, el no sentirse cegado por el deseo del otro. La pena, el crujir de dientes y el puño cerrado es que esa luz se haya apagado.

Un año y tres meses’, se convierte en un diario de lo que un diagnóstico de un cáncer jodido puso sobre la mesa como un terremoto que hizo saltar todas las piezas de la partida, estableciendo una pelea que duró, justamente esa acotación temporal, tan finita como eterna. Así fue como las habitaciones de hospital, los vómitos y las pelucas mudaban todo un paisaje físico impulsando en el poeta la necesidad de contar lo vivido, de hacer de ese tintero del dolor un alivio para el alma en forma de escritura, en forma de palabras, siempre las palabras, y la confirmación de aquello que tantas veces le hemos oído a Luis García Montero sobre la poesía, que no es más que un ajuste de cuentas con la realidad. En esta ocasión el enemigo era demasiado poderoso emponzoñándolo todo con su veneno de crueldad y envolviendo cualquier esperanza bajo sus alas negras, lo que hizo de ese periodo de tiempo un tortuoso descenso a los infiernos en el que, sin embargo, Luis García Montero, nos deja el alumbramiento de una felicidad inesperada, como lo era aquella de la que le había hablado su gran amigo y poeta Joan Margarit que, ante un abismo similar, entendió esos últimos meses como los más felices de su vida, ya despojado de pesadas, y tantas veces estúpidas cargas, haciendo de su entorno el mejor amparo. En el caso del director del Instituto Cervantes esa percepción surge del cuidado de quien se ama, del volcarse con el otro, de las conversaciones donde descifrar lo amado, en definitiva, en recuperar lo compartido como un resumen que aplaca cualquier oleaje y hace de cada mirada entre la pareja un firme ejercicio de amor a la vida.

Las tres partes del poemario nos llevan por la enfermedad, la pérdida y un poema que, como epílogo, asume lo que se ha vivido a lo largo de ese año y tres meses a partir del cual ya todo ha sido diferente, y no siempre malo, ya que si algo puede mitigar el desgarro de la pérdida, aunque sea de manera mínima, es la respuesta del anonimato, de miles de lectores que, desde el primer momento del trance, han hecho de sus actos un devocionario hacia quien tanto les había regalado a todos ellos través de sus libros, de esos textos tantas veces anclados en la resistencia o, como escribe el poeta, «la razón del viento» de sus novelas.

La resistencia’ es el título de uno de esos poemas que son puro estremecimiento, como cada uno de los que lo acompañan desde la enorme dignidad de quien los escribe, en un difícil ejercicio para no caer en eso que le sienta siempre tan mal a la poesía como la sensiblería o el exceso. Aquí todo se vuelve real, esa cercanía a situaciones, relaciones con otras personas u objetos de la vida cotidiana le conceden esa pátina experiencial que humaniza todo lo que se guarda en este libro tan bellamente editado por Tusquets en su colección de poesía, en ese mismo sello que acogió a Almudena Grandes y a ese viento suyo que tan bien nos hacía a todos.

Ahora el viento es brisa. Una caricia que nos llega a los lectores para comprobar la bondad de la poesía para transitar por territorios tan complicados como los del dolor, para hacer de su palabra y hasta de sus silencios el escenario más dotado para reconocer la perplejidad del ser humano ante la ausencia. «Nunca tuvimos fe/pero teníamos palabras», escribe Luis García Montero, y son esas palabras las que ahora nos hacen compañía, las que intentan convertir la poesía es un deambular entre el desconcierto pero también entre la sobriedad de quien asume la realidad como parte de esa partida en la que poco a poco las piezas irán recuperando posiciones, aunque todos sepamos que «uno de los dos muertos debe seguir en pie».

Un año y tres meses’ es emoción, pero sobre todo es un canto al amor compartido, al tiempo que, como un tesoro incólume, hace de su brillo la revelación de que «la muerte es miserable, miserable, la muerte es miserable».



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 8/10/2022


xoves, 20 de outubro de 2022

Fascinación por lo real

[Ramonismo 127]

José Ovejero crea una serie de relatos para trazar su senda vital desde la infancia y bajo el firme empeño de ser escritor


TODO libro que husmea en el interior de un escritor tiene algo de pellizco, de adentrarse en espacios complejos. Asomarse a ellos muchas veces supone afrontar sombras que, junto con las siempre presentes luces, conforman lo que un autor es, y, observando con atención, sirven para explicar su visión alrededor del mundo y su posterior traslación a lo literario. José Ovejero hila una serie de relatos que bajo el título de ‘Mientras estamos muertos’, editado por Páginas de Espuma, hacen de ese pellizco un estremecimiento, el que cada vez más logra llegar un escritor en estado de gracia. José Ovejero ha convertido sus últimos libros en una corriente narrativa de alta tensión que arrastra al lector a ese universo construido línea a línea, párrafo a párrafo y, en este caso, aliento tras aliento.

Algo similar nos ocurrió con su anterior libro, ‘Humo’, en el que la aspereza y las relaciones humanas estaban muy presentes, y ahora, gracias a ese asomarse a lo íntimo, a lo vivido en primera persona, se incrementa esa capacidad de José Ovejero por mostrarnos eso que él mismo define como la «fascinación por la realidad», y que entiende es su germen o el impulso para convertirse en escritor.

Este retrato familiar nos envuelve desde el primer momento, pasando a ser cómplices de ese relato como unos habitantes más de un tiempo, el del tardofranquismo español, en el que las familias de una determinada clase social no eran muy diferentes en Madrid o en Galicia. Todo ese microcosmos que emerge del contexto de una familia en el que vecinos, parientes o compañeros de colegio tejen toda una serie de vínculos fundamentales en la infancia y adolescencia y que, vistos con la distancia del tiempo transcurrido, se convierten en estampas de una vida que José Ovejero no recrea con condescendencia o desde una mitología familiar nostálgica o almibarada, sino que desde esa vivienda de Vallecas la existencia se veía y, por supuesto, se sentía de una manera muy determinada, por alguien que se empeñó en ser escritor y no defraudar con esa decisión a su familia.

Ese «esfuerzo por llegar», como él mismo escribe, va calibrando la mirada del niño que en su proceso de crecimiento observa la realidad de una manera muy diferente en cada periodo vital, toda una lección sobre lo que significa aprender a mirar y, al tiempo, aprender a vivir, con lo que ello supone de cambio en nosotros mismos y de cómo nos relacionamos con ese pasado que entendemos como un tiempo pretérito y superado pero que anida en nuestro interior rebelándose en determinados momentos.

Esa aspereza que apuntaba anteriormente crea una atmósfera turbia que se disuelve en cuanto José Ovejero habla de su amor por E. y de los numerosos motivos que le llevan a acordarse de ella, a generar, desde este presente, un altavoz de una felicidad inesperada, pero que aquí permite despejar todas esas voces del pasado que en demasiadas ocasiones han sometido al autor a una oscuridad que solo el amor parece poder horadar. Un capítulo hermoso que resplandece como una llama entre ese recorrido vital lleno de recovecos, de lo que, al fin y al cabo, supone aprender a vivir, y donde también hay tiempo para el humor, como el brillante texto sobre la compra y la necesidad o no de unas caras botas, o también una versión B sobre el entierro de su padre, así como para la emocionante delicadeza de hacer una fotografía a ese padre en su tiempo final.

Mientras estamos muertos’ nos permite, por lo tanto, olisquear el hábitat humano de José Ovejero, encontrando no pocas claves de lo que significa su manera de ser escritor. Él mismo argumenta muchas de ellas a lo largo de los diferentes capítulos en los que nos ofrece sus opiniones sobre el mundo literario, ese al que ha llegado esta voz surgida de Vallecas para, a partir de ese contexto, sacudirse muchas incertezas hasta el momento en el que se alcanza la fuerza suficiente para colocarse ante el espejo o los espejos que nos van poniendo delante a medida que nos hacemos mayores. El escritor, bendito él, posee el don de poder convertir en palabras el resultado de esa visión, y solo algunos tienen la valentía de convertirla en lectura para que el lector no solo disfrute de esa posibilidad, sino que se entienda mejor aquello que construye el interior de un autor.

José Ovejero nos sitúa en el centro de esa galería de espejos en los que él mismo se ha visto reflejado para, desde lo autobiográfico, lo real y quien sabe si también lo imaginado, proponernos una historia individual, pero que se expande por un contexto social y físico del que todos somos parte. 

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 1/10/2022 

 

domingo, 16 de outubro de 2022

Tres mujeres

 

[Ramonismo 126]

Lara Moreno concibe un excelente texto desde el que mostrar tres perspectivas de la vida de la mujer en la sociedad



OLIVA, Damaris y Horía, son los nombres de tres mujeres. Las tres protagonistas de la novela de Lara Moreno, ‘La ciudad’, que, bajo la edición de Lumen, nos ofrece un extraordinario relato sobre tres vidas que coinciden en un edificio de viviendas en el madrileño barrio de La Latina. Un ecosistema urbano que se condensa en esos pisos y escaleras desde donde se puede observar cómo nuestra sociedad todavía deja mucho que desear en cuanto al tratamiento que ofrece a determinadas realidades de la mujer, cuando se encuentra en diferentes situaciones límite.

Abismos frente a los que te coloca la vida de la manera más inesperada en ocasiones, aunque en otras, esa situación surge en base a una especie de cocción lenta de diferentes ingredientes personales y colectivos que llegan a un punto en el que, como en una olla a presión, todo salta por los aires. Una situación de malos tratos en la pareja, y la vida de dos inmigrantes con diferentes procedencias, colombiana y marroquí, respectivamente, generan una suerte de líneas paralelas que, por la vida en la ciudad, se entrecruzan ante la mirada inconsciente de sus protagonistas y de un lector que rápidamente se suma a querer conocer el destino de estas tres mujeres y cómo se enfrentan a esas situaciones, condicionadas por un entorno rara vez comprensivo con ellas, y que hace del anonimato de la masa una suerte de dique de contención que no entiende de solidaridades o afectos, mientras la vida de la ciudad no se detiene.

Hablaba anteriormente de miradas que se cruzan y si algo llama la atención en este libro son las miradas que brotan de cada una de sus protagonistas. Miradas hacia su situación, pero también las miradas que ellas mismas dirigen a esa sociedad ausente en su sentido cooperativo y, finalmente, las miradas que todas ellas sienten de ese colectivo hacia su situación. Una mirada de indefensión, de vergüenza, cuando no de miedo ante el desvelo de su intimidad. Capítulo a capítulo el círculo se va estrechando en torno a cada una de ellas, la sensación de asfixia se hará mayor hasta el desenlace final. A todo ello ayuda la escritura de esta autora sevillana de frases cortas que sintetizan lo esencial y eliminan lo que sobra, dejándonos ante una literatura esencial, que retrata de manera abrupta pero necesaria esa hibridación de lo íntimo y personal con lo colectivo, y que nos muestra un amplio abanico de realidades vinculadas con la violencia que esta sociedad de manera más o menos descarada ejerce sobre la mujer y que va desde la violencia de género, hasta la laboral con un trabajo de corte esclavista en territorios agrícolas del sur, la separación de los hijos, la dificultad para encontrar vivienda de las extranjeras, la economía sumergida o el acceso a la sanidad. En definitiva, la evidencia de que todavía hay muchas fisuras en nuestra sociedad que, como un bloque de viviendas, acoge diferentes realidades, muchas de ellas próximas entre sí, aunque separadas por una simple puerta cerrada o una ventana entreabierta. Tras ellas no pocas veces se esconden frágiles vidas a punto de ser derrotadas por quienes ejercen diferentes tipos de violencias ancladas en lo más profundo de una sociedad en la que todavía queda mucho por hacer, por orear esos espacios llenos de una herrumbre que no solo destroza lo particular sino que evidencia la falla del grupo.

Lara Moreno logra articular un relato admirable en su fondo, pero también en una forma que muestra su potencial literario al integrar en un mismo pasillo tres realidades alejadas entre ellas, pero que unidas generan un poderoso retrato de tres mujeres que no paran de luchar para hacer de cada una de sus vidas no solo un acto de amor y sacrificio hacia los demás, olvidándose de su propia libertad, sino un acto de resistencia ante el olvido colectivo, ante la tensa relación con una sociedad en la que nunca, y estando tan intensamente conectados, nos sentimos dolorosamente aislados.

Esa dialéctica entre el exterior y el interior se acrecienta gracias a la conquista que la escritura de Lara Moreno realiza de lo físico, desde la recreación de acciones cotidianas en nuestras viviendas, de los objetos que manejamos cada día, de nuestros movimientos, en apariencia irrelevantes, pero que, como en su poesía, son el rastro de una vida, en este caso el rastro de tres mujeres.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 24/09/2022


martes, 11 de outubro de 2022

Aguanta, corazón

[Ramonismo 125]

La nueva novela de Susana Fortes se llena de misterio para llevarnos hasta la infancia y la memoria que somos



La infancia queda en cada uno de nosotros como uno de esos firmes anclajes que nos amparan ante los temporales de la vida. Un territorio mítico que muchas veces no es tan luminoso como todo ser humano se merece y en el que las sombras, cuando se producen, son tan alargadas que marcarán, durante el resto de nuestra existencia, esa travesía homérica en que se convierte toda existencia.

Es en el canto XX de la Odisea cuando la diosa Atenea susurra al oído de su protagonista, Odiseo, aquello de ‘Aguanta, corazón’, ante el estupor frente a la pérdida de los suyos y como manera de resistir ante lo queda de recorrido. Un gesto de humanidad que llena de fuerza al héroe ante las muchas oscuridades que le comienzan a rodear de manera amenazadora. A ese susurro también se aferra Susana Fortes a la hora de impulsar a la protagonista de su nueva novela, ‘Nada que perder’ (Editorial Planeta), en la que Blanca regresa, no solo a una geografía muy determinada, la del Baixo Miño, sino a un pasado, el de su infancia, en el que se vio envuelta en un suceso trágico, como fue la desaparición de dos de sus amigos de aventuras mientras ella aparecía en un canasto, sana y salva, unas horas después. El descubrimiento de los restos óseos de dichos niños veinticinco años después en el castro de Santa Tecla, así como la labor de un periodista que busca encontrar respuestas a aquel caso, provocan el regreso de Blanca, todavía con mucho de niña, todavía con muchas deudas que saldar con un pasado que marca su personalidad y cada una de las singladuras tanto profesionales como personales por las que le ha llevado la existencia.

Cuando aquel verano se rompió un telón de silencio cubrió esos hechos y la comunidad de vecinos y familiares en los que se produjeron maquinaron, casi de manera refleja, todo un caparazón inaccesible para que la luz de la verdad ilumine los acontecimientos, señale a los culpables y, sobre todo, le conceda sosiego y calma a los que de manera íntima se vieron afectados por aquellas dos precoces muertes. Con este trasfondo y las capacidades ya más que demostradas de Susana Fortes para armar este tipo de historias desarrolladas en títulos anteriores como ‘Quattrocento’ o ‘La huella del hereje’, la autora rápidamente nos envuelve en una trama perfectamente construida en base a su destreza para configurar personajes y, sobre todo, para convertir diferentes escenarios en reales, aproximándolos al lector de una manera cómplice. Uno duda poco de que aquella niña, con sus juegos infantiles, con los objetos que manejaba en su infancia, con sus pinturas y cuadernos, con sus juguetes y lecturas adolescentes, no esté muy alejada de la Susana Fortes niña, del mismo modo que las andanzas del periodista cómplice con Blanca, bebe del clan familiar, maná inagotable que también nutre esas historias rurales de Galicia que, como en este caso, se acodan en las márgenes de un río con lo que eso tiene de especificidad, de territorio fronterizo, de recovecos físicos que, como en la vida, deparan sorpresas.

Pero bajo ese mcguffin de la resolución de un misterio, Susana Fortes apuesta por algo mucho más intenso, por la fortaleza de la novela que transcurre más allá de episodios vinculados a la Guerra Civil o al narcotráfico, sino que convierte esa abrupta infancia en un espacio dialéctico con el universo de los adultos. Como aquellos niños de películas como ‘La noche del cazador’ o ‘Matar a un ruiseñor’ el aprendizaje del mundo de los mayores no siempre es sencillo y, en ocasiones, el miedo, el dolor o simplemente el terror, inundan para siempre lo que debería ser un ámbito de felicidad permanente, de gozo continuo y de exploración de la vida.

Nada que perder’ se convierte así en una excelente novela sobre cómo el tiempo encapsula ciertas verdades, cómo los ojos de un niño o una niña ven de manera muy diferente con doce años que cuando la mirada se va endureciendo y las almas se van agrietando, en definitiva, Susana Fortes establece otra de esas geografías vitales a las que nos acostumbra desde su literatura. Textos llenos de destellos que la vida ha ido dejando en ella misma y que flanquean un argumento que huye, como hacen tantos de manera simplona, de estereotipos gallegos para rodear un argumento asentado en Galicia pero de raíz universal.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/09/2022