mércores, 10 de agosto de 2022

Antes no era ahora

[Ramonismo 123]

El debut literario de Arturo Muñoz es un sagaz relato sobre ETA y su entorno narrado de manera diferente a lo habitual




Sin duda el tiempo es el mejor tintero para poder escribir sobre lo que supuso la existencia de la banda terrorista ETA en nuestra sociedad. Un tiempo necesario para tomar distancia, para masticar acontecimientos llenos de rabia y de dolor, pero también para extender un foco de luz por toda una serie de elementos que muchas veces han quedado oscurecidos por los intereses o la visceralidad con la que muchos se acercan a esta cuestión que, de una manera tan dramática, afectó a nuestro país durante demasiadas décadas.

Es en esa aproximación, portando una especie de farol, donde la literatura puede aproximarse a territorios poco explorados desde el periodismo o la historiografía, pero necesarios para comprender todo el contexto en el que se desarrolló ETA, y que cuando esta se realiza, con rigor, manejando datos y de una manera seria y contundente, permite ampliar un ángulo de visión que, como en el caso de ‘Por un túnel de silencio’, nos ofrece muchas de esas variables no suficientemente, pero de una gran importancia, analizadas desde otros ámbitos.

No ha elegido un territorio sencillo Arturo Muñoz para su primer libro que, editado por Pepitas de Calabaza, nos ubica en los años setenta en el País Vasco, contando la historia de un Guardia Civil procedente de Granada que progresivamente se ve envuelto en un clima de violencia, terrorista, pero también de la violencia que se planteó dentro de su propio estamento. Rápidamente Arturo Muñoz se hace con el gran acierto de este libro, y es saber lograr el tono preciso para contar lo que se cuenta y para afrontarlo de una manera precisa en la que, por un lado se nos narra cómo es esa estancia del Guardia Civil en Euskadi y su relación con la cotidianidad de un ambiente que se va enrareciendo con el paso de los años; mientras por otro, el propio autor nos hace partícipes del proceso de construcción del libro a través del manejo de diferentes fuentes documentales y de testimonios de personas implicadas. Todo ello nos involucra en una especie de literatura periodística resuelta de una manera brillante por esa siempre obligada ley del buen periodismo, o del periodismo a secas, que consiste en ver las diferentes situaciones de la vida desde diversas miradas. Puntos de vista que, presentes en un mismo hecho, varían su percepción de los acontecimientos.

Un texto que acrecienta su intensidad a medida que pasamos sus páginas, que entendemos la tensión vital de su protagonista en un ambiente cada vez más opresivo y que se contrapone con aquellos años iniciales en los cuales, pese a la existencia de ETA, la convivencia era diferente, y donde la relación con los vecinos, con la gastronomía, con los paisajes, en definitiva, con el territorio, carecía de esa violencia que emergía más allá de la situación política del propio país tras el fin del franquismo, si no que se iba acrecentando por las fricciones entre las fuerzas de seguridad y la banda terrorista y las situaciones de violencia que se produjeron en el interior de los cuarteles. Antes no era ahora, y así es como el relato va pasando de las ilusiones y esperanzas de quien quería armar su propia vida y la de su familia, hasta un momento lleno de incertezas, de medias verdades o de recuerdos maquillados por la pertenencia a uno u otro bando.

Arturo Muñoz va a desplegar ante nosotros toda una serie de historias que orbitan alrededor de los mediáticos nombres de aquel momento, los de terroristas y mandos de la Guardia Civil, acercándose a las historias de personas que se vieron atrapadas desde su cotidianidad en un escenario del horror del que suelen verse desplazados, pero cuyas vidas no se pueden entender sin los hechos sufridos durante aquellos años.

Saber amalgamar ambas realidades convierte ‘Por un túnel de silencio’ en un valiente ejercicio de escritura y de aproximación a la historia de nuestro propio país. A ese tiempo de sobresaltos en el que al resto de la sociedad nos llegaba una información con muchos menos protagonistas de los que eran necesarios para comprender qué sucedía y a los que solo el tiempo y, en este caso, la buena literatura, permiten integrarse en el relato completo y, como se dice en la contraportada del libro, presentar «una historia sobre ETA y sobre la Guardia Civil que no se parece a las habituales».

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 30/07/2022

luns, 8 de agosto de 2022

Comprender la vida

 

[Ramonismo 122]

Un intento por razonar la vida, por certificar una existencia llena de verdades, es la propuesta de Manuel Arranz



AFIRMABA Baudelaire aquello de que «toda belleza es fugaz y pasajera», como la vida moderna que se abría a su alrededor y que él mismo intentó tantear desde su poesía, pero, sobre todo, desde la observación directa del nuevo contexto urbano que se abría ante él. Manuel Arranz (Madrid, 1950) hace de su vida una suerte de contexto que explorar, un territorio por el que deambular en el intento de entender, no tanto qué sucede a su alrededor, como qué acontece en su relación con ese ámbito en el que desenvuelve su existencia.

De esta forma es como la siempre brillante en sus propuestas literarias editorial Periférica coloca en nuestros manos ‘Hoy ha vuelto Baudelaire’, uno de esos textos que gracias a su originalidad, a su brío literario y a ese estar permanentemente sujeto a una identidad, convierten al lector en un cómplice inmediato de su protagonista. Junto a él nos lanzamos a recorrer esa existencia por tiempos, espacios, lecturas o relaciones que se van tiñendo de los colores de toda vida. Los colores del descubrimiento, de la sorpresa, la decepción, el dolor, la alegría, el abatimiento, la desconfianza, el caos, el escepticismo... y así podríamos continuar de manera infinita en la visualización sobre cómo nuestros sentidos y nuestros estados de ánimo balizan cada uno de nuestros días dejando muchos de ellos señalados para el futuro.

Una propuesta literaria que se nutre, precisamente, de un intenso componente literario gracias a los numerosos y profundos conocimientos de su autor, quien ejerce la crítica literaria y la traducción, gestionando así un sinfín de sensibilidades que son también las que con el paso de los años nos enseñan a saber lo que sucede a nuestro alrededor. Citas, títulos, autores nos van seduciendo al tiempo que el propio Manuel Arranz deja también ante nosotros sus propias reflexiones, frases que, como pequeños adagios, coloca ante nuestros ojos para provocar nuestra propia evocación de lo que somos, compartiendo así ese itinerario que deja de ser único para volverse compartido.

Lo que sobrevuela permanentemente a lo largo del relato es ese pálpito de contradicción que marca nuestras vidas ante los diversos acontecimientos que suceden en ella. «Un desorden feliz es lo más parecido al orden, lo más parecido a la felicidad», escribe Manuel Arranz, señalando, de esa forma, esa vida que se mueve entre la euforia y la desesperación, amplios márgenes por los que conducirnos bien cargados de nuestras dudas y miedos, de nuestras incertezas y temores, todas ellas muestras de una fragilidad ante la que poco se puede hacer más que entenderla y dominarla en la medida de lo posible. Para ello, como un demiurgo, no duda en convocar espacios del pasado, como la infancia, o presencias, como las de la madre muerta, o aquel amor que fue. Luces en una oscuridad que cada vez más se cierne sobre nosotros a medida que los años se suceden, al tiempo que esos destellos luminosos quizás sean lo único que tiene sentido junto, como no, a los libros, a esos refugios impagables gracias a los que todo es menos malo, gracias a los que todo es mejor. «Si al menos no tuviera que irme a la cama», escribió en una carta Dylan Thomas a su esposa Caitlin. «Todo hombre, en cualquier caso, ha fracasado...», anota Thomas Bernhard. «El pasado es la suma de los errores cometidos», afirma May Ann Clark Bremer. Frases, sentencias, que Manuel Arranz asume como esos sedimentos que las lecturas dejan en las personas, cada lectura, cada frase, cada autor, forma parte de un tiempo, de ese instante que deja de serlo para convertirse en un fósil, en un estrato del que somos una circunstancia para siempre.

Un tiempo ante el que nos damos cuenta que se convierte en el gran protagonista de este relato que juega a ser una especie de diario, pero que tiene muy poco de eso. Un tiempo que todo lo dinamita y que ya se presenta como una clave de bóveda de lo que vendrá desde la cita inicial de Thomas Wolfe: «Todo vuelve como si hubiera ocurrido ayer. Y entonces se va y parece lejano y extraño como si hubiera ocurrido en un sueño», y es esa extrañeza la que todo lo marca, la que como un diapasón marca el deambular de quien tiene en la vida un muestrario de lo que somos y cuyo caos ahora se intenta ordenar a través de una escritura más que reflexiva podíamos decir que activa, del apunte de lo vivido, de la muesca en una existencia donde cada palabra es un espejo al que enfrentarse a lo que uno es, a lo que ha intentado ser frente al desafío de comprender la vida.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 23/07/2022


mércores, 3 de agosto de 2022

Cielo y paraíso

 

[Ramonismo 121]

Rocío Márquez y Bronquio hacen de su feliz maridaje una nueva puerta de acceso al flamenco al que suma el tecno



Con su anterior disco ‘Visto en jueves’ Rocío Márquez se posicionó como una de las voces más firmes del flamenco actual. De ese flamenco que desde una nueva generación quiere tomar un poderoso protagonismo honrando siempre la tradición pero explorando nuevos itinerarios. Aquello fue puro flamenco, emoción desde una voz que ya para siempre se ha instalado entre quienes, pese a la distancia geográfica con esta tierra gallega tan poco proclive a esas músicas, aprecia el estremecimiento que supone la voz y el sentimiento de Rocío Márquez.

Pero el temblor ha llegado estas semanas desde que se ha puesto en circulación un nuevo trabajo realizado en compañía de Bronquio, jerezano y músico urbano y ligado a lo tecno. Un seísmo por lo que significa de impacto, de entender que eso ahí contenido es algo llamado, no solo a ser presente, sino a construir nuevos itinerarios para que esa tradición no se quede detenida. Entre los sonidos musicales, la voz de Rocío Márquez y unas letras muy ligadas a la poética de nombres como Carmen Camacho o Luis García Montero, junto a ese sustrato popular de ecos lorquianos que sostienen desde siempre las palabras del flamenco, nos encontramos con un trabajo de esos llamados a edificar un nuevo tiempo.

Durante estos días no son pocos los que ponen en relación el impacto de este ‘Tercer cielo’ con lo que supuso el ‘Omega’ de Morente y, sin querer caer en la repetición o el seguidismo, y a la espera de que sea el tiempo el que ponga cada cosa en su sitio, sí que cuando se escucha esta alianza musical uno recupera aquella sensación vivida con el disco del granadino. Un golpeo desde lo más profundo que permite entender que esa exploración desde bulerías, verdiales o seguiriyas, envuelta por un sonido tecnológico que define mucha de la nueva música hoy, nos lleva a un territorio en el que todavía queda mucho por decir y por hacer, pero al que sin este primer paso nunca se llegará al paraíso.

Escribe la poeta Carmen Camacho en la introducción al disco que al tercer cielo se sube por inmersión, y es cierto que esta música, esta unión, proponen ese estado inmersivo, yo diría que también subversivo, capaz de envolver y de sustraer de la realidad, adentrándonos en una nueva dimensión sonora y experiencial que renueva ese carácter libertario de la música y de quien la escucha.

Y como de escuchar se trata, el próximo viernes, día 22, dentro del ciclo Son Estrella Galicia Rocío Márquez y Bronquio cantarán entre las piedras milenarias de Compostela para hacer del cielo de Santiago, como lo fuera para Lorca en su visita compostelana, una bóveda de experiencias desde la conciencia de un hermanamiento cultural entre el norte y el sur, entre dos sensibilidades que pueden entenderse en ese flamenco de una tradición irrenunciable, pero que necesita, como cualquier arte, de nuevas bocanadas de aire fresco, y aquí el aire entra a borbotones, respirando, entre el cielo y el paraíso.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 16/07/2022


xoves, 21 de xullo de 2022

El óxido de la violencia

 

[Ramonismo 120]

Jorge Volpi nos enfrenta a la violencia en nuestra sociedad, con especial atención a su país, México, que la sufre a diario



ACOSTUMBRAMOS a estremecernos desde los medios de comunicación por las noticias que nos llegan de muertes violentas en un país tan maravilloso como México. Una situación de permanente violencia que hace de aquella sociedad un tenso espacio para la convivencia del ser humano. Jorge Volpi (México, 1968), desde su reconocida capacidad literaria, lleva colocando ante nuestros ojos varios de esos escenarios vinculados a la violencia en su país, aunque algunas conductas son similares a las que pueden darse en diferentes partes del mundo, lo que aparte de algunas cuestiones concretas universaliza su mirada.

Y esto es, precisamente, lo que nos encontramos en su última novela, ‘Partes de guerra’ (Alfaguara) en la que se cuenta la muerte de una joven de catorce años a manos de otros menores que formaban parte de su círculo de amistades, todo ello en un territorio fronterizo entre México y Guatemala, con una identidad muy marcada. Un violencia juvenil que asola a no pocas sociedades del planeta, vinculada a los vertiginosos cambios sociales, a la irrupción de nuevas tecnologías y a las nuevas formas de relacionarse de nuestras generaciones más jóvenes.

Jorge Volpi entremezcla el relato de ese suceso con el que surge de las relaciones de un grupo de profesionales que investigarán, desde el ámbito científico, qué es lo que se activa en nuestro interior para que unos chavales lleguen a ese extremo y cualquiera, como dice el director del colegio en el que estudian, «se convierta en un monstruo». Un texto que, como es habitual en este autor ganador en 2018 del Premio Alfaguara con el libro ‘Una novela criminal’ en la que también se trataba ese problemática de su país en ese caso vinculada a los secuestros exprés, está dotado de una gran calidad literaria bordeando en este caso también lo periodístico, al exponer posibles causas y condiciones para que emerja esa violencia, cuestionando su origen como un elemento natural o como una cuestión que la sociedad poco a poco ha ido insertando en nuestro interior, llegando a conformar un escenario bélico, dado el número de víctimas mortales que se producen cada año. Una guerra a la que no se le llama guerra y en la que Jorge Volpi intenta ayudar a entender esos actos violentos que atentan de manera brutal contra la existencia de los que allí habitan. «En este pinche país la violencia nos carcome como un óxido, violencia contra mujeres y niños, violencia del narco, violencia política, violencia contra los migrantes, violencia policial», escribe Jorge Volpi como una reflexión más de las muchas que pueblan el texto, del mismo modo que no son pocas las críticas que afloran sobre esta sociedad que entre todos hemos configurado como una sociedad del espectáculo, en la que no acertamos a solucionar nuestras derivas, naufragios y fracasos como colectivo.

Esas relaciones entre los jóvenes protagonistas del luctuoso relato se paralelizan con las de los otros actores del libro, los adultos que, llevados de la mano de un brillante y admirado neurocientífico, llegan hasta ese territorio para entender esos otros cerebros. Pero resulta que esas líneas paralelas no lo son tanto y cuando se produce un fatal accidente se revelan toda una serie de situaciones personales que dinamitan lo establecido, arrojando una serie de dudas sobre las apariencias y la identidad. Esa reflexión sobre lo identitario es la que también permitirá conocer las diferentes situaciones que se dieron entre aquellos chicos para que la violencia segase la vida de una de ellos y dejase al resto marcados para el resto de sus vidas.

Si Jorge Volpi con ‘Una novela criminal’ ya nos había impactado no solo por lo que se cuenta, sino por el inteligente planteamiento que presenta todo lo que sucede en su interior, con ‘Partes de guerra’, una novela más ligera, se adentra de manera contundente en esos ámbitos marginales de su país, espacios físicos condicionados por la naturaleza, por las condiciones de vida y de educación que también forman parte de ese caldo de cultivo en el que la violencia brota de la manera más insospechada, incluso en quién unos minutos antes era incapaz de pensar que se vería en una situación así. De igual modo un acto tan impactante como este genera una serie de seísmos en quienes se acercan a conocer lo sucedido, a relacionarse con sus protagonistas y a activar una serie de fantasmas que muchas veces entendemos dominados a lo largo del tiempo pero que, simplemente, aguardan a que en un instante esa carcoma los libere para enfrentarnos a lo que somos

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 9/07/2022 

martes, 19 de xullo de 2022

Motas de polvo

 

[Ramonismo 119]

El segundo libro de poemas de Rosa Berbel se configura como una expedición a la oscuridad haciendo del lenguaje luz



SOBRECOGE enfrentarse a estos poemas escritos por Rosa Berbel (Estepa, Sevilla, 1997), por cómo alguien tan joven es capaz de adentrarse de manera tan decidida por ámbitos tan complejos como los aquí expuestos, conformando una expedición hacia el interior de la oscuridad, una observación allí donde semeja que el abismo nos somete.

Un espacio donde descubrir nuevos planetas, nuevos territorios que expliquen más que lo que somos, el lugar que ocupamos en función de los acontecimientos que nos rodean. Y ahí la poeta escruta esos «planetas fantasma» que son los que titulan el libro aludiendo a esos hipotéticos planetas cuya existencia está probada desde el ámbito científico, pero que todavía no han podido ser observados.

«Hablamos de la luz,/de esas motas de polvo que el sol hace visibles,/como nuevos planetas». Este es el arranque del poema ‘Posibilidad de la luz’ que nos encontramos dentro de ‘Los planetas fantasma’ (Tusquets), y esa luz de la que hablamos no deja de ser la poesía de Rosa Berbel. Luz y lenguaje confluyen en esa exploración desde el poema hacia una realidad observada por esta mujer en la identificación de identidades e incertezas. Ámbitos de la duda que Rosa Berbel rastrea desde una manera de mirar que es la que define una «educación de la mirada», como ella misma la denomina, en la señalización de esos paisajes por los que atravesamos a lo largo de nuestras vidas.

«El paisaje ha cambiado/y lo llevo por dentro», escribe en el inicio de otro poema que plantea esa radical conexión entre el interior y el exterior. Entre la persona y todo aquello que la rodea y cómo ambos territorios confluyen entre sí. Experiencias, relaciones personales, ambientes... generan esa especie de sistemas solares en los que seguir en ese rastreo de lo que no vemos, de lo que intuimos y que de una u otra manera estamos seguros que existe. Cada poema de Rosa Berbel nos sitúa ante esas experiencias que surgen de un viaje, un recuerdo de la infancia, una sensación propiciada por el clima, la estancia en una vivienda, en definitiva, una serie de mecanismos que accionan en la poeta esa posibilidad de cerciorarse que tanto el tiempo como el espacio tienen sus dobleces, ángulos imperceptibles que la poesía es quién de iluminar, estableciendo la posibilidad de que pongamos nuestro foco sobre ellos como la revelación de los denominados «fantasmas del realismo».

Y así, llegando al final del libro, nos encontramos con uno de esos poemas valle en los que te refugias ante los poemas finales. ‘La conquista del paisaje’ es parte esencial en esta travesía, un territorio para tomar aire tras lo vivido, al tiempo que para coger fuerzas ante esa cúspide que nos espera en las páginas siguientes. Cruzamos toda esta naturaleza poética a la búsqueda de una belleza necesaria en todo momento, reclamada a lo largo de todo el libro como una guía permanente, como la luz inmarcesible que señala más que un camino, una esperanza.

Para todo ello, para lo visto y para lo que veremos, la otra necesidad inexcusable que se nos plantea a lo largo del poemario es la de nombrar, la de motivar el lenguaje como la otra forma de activar la luz. «Estaba el mundo a oscuras y nosotras/tuvimos que nombrarlo», nos advierte Rosa Berbel en el comienzo de otro importante poema: ‘Vuelo de brujas’. La mujer, su cuerpo, el amor, el sacrificio, aquí se exaltan como fundamento concreto de este poema, desde el cual sus huellas también se pueden seguir a lo largo de un libro lleno de compromisos con la identidad femenina, definiendo esa mirada como un firme anclaje con lo real, con lo táctil y lo sentido, aquello que endurece la piel en cualquier proceso de crecimiento que, al fin y al cabo, también envuelve los poemas de Rosa Berbel, convertidos en una manera de escrutar esas motas de polvo que la luz revela en la oscuridad, como sucede con muchos de nosotros, estableciendo una posibilidad que surge de lo imprevisto.

La poeta sevillana reafirma así aquel primer libro ‘Las niñas siempre dicen la verdad’ (Hiperión, 2018), acaparador de diferentes premios poéticos, pero sobre todo la presentación en sociedad de una poeta que sigue creciendo en sus ambiciones y posibilidades, y también en las emociones que suscita en el lector.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 2/07/2022

mércores, 6 de xullo de 2022

Tu patria es el tiempo

 

[Ramonismo 118]

El periodista Juan Cruz afronta una valiente mirada a la sombra de la infancia para reconocer el niño que fue



POSIBLEMENTE enfrentarse con quien uno es sea la tarea más compleja para cualquier escritor. Poner negro sobre blanco alrededor del proceso vital registrado en un interior que vislumbra la llegada a la meta tiene mucho de ajuste de cuentas con la propia persona, en ese asomarse a un acantilado ora luminoso ora brumoso, que significa el pasado. El tiempo convertido en patria que definió el poeta Luis Feria.

Juan Cruz (Puerto de la Cruz, 1948), como él escribe, afronta esta tarea desde «la piel que habito que ya es vejez», pero una vejez enérgica y sabia, capaz de proyectar esa sinceridad necesaria en el momento de recuperar lo que significó la infancia, ese lugar recóndito de nuestro interior que nos negamos a abandonar pero que siempre deja en nosotros una huella inmarchitable y, no pocas veces, definitoria de aquello en que nos hemos convertido.

Mil doscientos pasos’, editado por Alfaguara, es más que una distancia, es un salto al vacío de la memoria que nos conduce, envueltos en una atmósfera precisa, la que surge de la lúgubre represión de la posguerra bajo la particular climatología canaria, a ese momento de tránsito de la infancia al mundo adulto, a una pubertad en la que cada mirada, cada decisión, forman parte de un proceso determinado que, según las circunstancias individuales, puede prolongarse más o menos en el tiempo.

Desde ese territorio fronterizo que es toda adolescencia Juan Cruz articula este libro junto al muro en el que descubrió la violencia, entendiendo el dolor casi como un peaje, y al que nombrar desde una palabra que es el eterno tesoro del ser humano y de la que Juan Cruz hace en todo este relato una declaración de amor y necesidad, la que todo escritor posee sobre ella al ser su arma más precisa para explicar el mundo. La palabra, aquello que sirve para nombrar, puede convertirse en una masacre, en una carga de profundidad de la violencia que, en el ámbito de la infancia, se acomete sin control, sin evaluar daños, calificando y sometiendo al otro, normalmente al más débil, a un permanente castigo. El insulto, la maledicencia, el rumor... son una manera de horadar la convivencia, de estirar las costuras de cualquier sociedad y, si nos situamos en la actualidad, en nuestro contexto social, observamos, de manera escalofriante, como todos esos elementos son una de las grandes taras de nuestra sociedad. Un momento que vivimos que intuyo está también en el sustrato original de esta novela, planteada como un punto de ignición de las sucesivas derivas de una España angustiada por su propio destino y por una complicada convivencia entre clases, facciones, siglas políticas y hasta equipos de fútbol. Una sociedad acostumbrada al encanallamiento, la fricción y el permanente desasosiego que imposibilita un mayor progreso.

Mil doscientos pasos’, es una mirada a los amigos, a los padres, a la escuela, a los secretos que la vida va desvelando, a los miedos que las personas generan a nuestro alrededor, en definitiva, una mirada a la vida. «Recordar es la materia de la poesía», escribe Juan Cruz, diciéndonos así que también lo es de quien observa su vida de manera literaria. Y quien observa construye su relato, en este caso el de un niño apocado y castigado por las actitudes de otros niños que obligan a apurar esa mirada hacia lo que le rodea. Fijándose en conversaciones y en silencios, en actitudes que suelen esconder siempre más de lo que parece, en entender que las presencias, las vestimentas, los rasgos físicos son parte de un todo que, en ocasiones se convierte en una amenaza permanente. Un proceso en el que se descubre la violencia y el odio, y cómo las palabras se convierten en los pasos que damos para evidenciar ese señalamiento de la comunidad hacia aquellos que consideramos distintos y que deben ser apartados de ella.

Un libro valiente en el que Juan Cruz reconoce, bajo el sol de la infancia, la sombra del niño que fue y que, posiblemente, aún siga siendo. La última pieza del puzle por encajar.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 25/06/2022


domingo, 3 de xullo de 2022

Soltar la mano

[Ramonismo 117]

Isaac Rosa nos ofrece un libro comprometido no solo con lo literario sino con el artefacto social que hemos construido



TIENE mucho ‘Lugar seguro’ de libro refugio, de amparo ante la construcción de una sociedad en peligro de derrumbe y con nosotros a punto de ser víctimas bajo los escombros.

El libro que llevó a Isaac Rosa a lograr el Premio Biblioteca Breve 2022 (tras su lectura de manera más que merecida) otorgado por la editorial Seix Barral, nos adentra en una historia singular, la de un vendedor de refugios ante el miedo y el caos de una sociedad que desde diversos ángulos tiende a su autodestrucción. Ese vendedor forma parte de una estirpe de pillos, de pícaros que han hecho de su vida un deambular por el engaño de los demás como forma de vida, como sustento económico siempre zarandeado por los acontecimientos y por necesidades más o menos perentorias.

Segismundo García, el comercial en el que se centra la acción, con el antecedente de su padre y la también presencia de su hijo. Forma parte de esos ‘librepensadores’ del momento cuya mirada permite analizar la sociedad de una manera completamente descreída, ausente de esperanza por la evolución humana y que, quizás por los golpes llevados, ya solo entiende como algo seguro el colapso de lo que entendemos por una forma de vida.

Isaac Rosa, de manera inteligente, emplea las andanzas de este vendedor aprovechado de los miedos de la gente, para colocar toda una serie de cargas de profundidad sobre el ecosistema que hemos ido armando a lo largo de los años. Capitalismo, urbanismo, economía, convivencia... son claves de un entramado social entre cuyas grietas (algunas de un considerable tamaño) se ubica Segismundo García para colocar su producto, unos delirantes búnkeres capaces de adaptarse a cualquier bolsillo y lugar: garajes, trasteros, piscinas o los más variopintos espacios, por mínimos que sean, y que, como avispado vendedor, sabe reinterpretar según sus intereses y siempre para satisfacer al posible comprador. Para lograr esas ventas nuestro pícaro se adentra en diferentes realidades, interiores de casas, personalidades de la gente que rápidamente disecciona realizando un perfecto scanner de la actualidad, al tiempo que se toma más que de broma a los diferentes movimientos salvadores de este momento. Un descreimiento sobre las nuevas maneras de revertir esa situación a través de cuestiones que no van mucho más allá en su practicidad del buenrollismo.

Pero dándole la vuelta a esa cara A de la novela, la cara B nos va a explicar muchas de las acciones de Segismundo. Ese abrir las puertas a lo que debería ser en realidad un lugar seguro para cualquier persona, como es el ámbito familiar, aquí nos muestra una situación enquistada a lo largo de los años que, ciertamente, no podía acabar más que en lo que acaba Segismundo García, al tiempo que adelanta lo que a buen seguro sucederá con su propio hijo. La dramática situación de su padre, en un proceso degenerativo, permite, además de crear una trama que funciona muy bien en la novela, con tesoro incluido, abrir otra serie de grietas, estas más íntimas, propias de lo familiar, justificantes del hoy pero que siguen poniendo el foco en nuestra sociedad con los cuidados a las personas mayores y las mujeres que suelen encargarse de esos trabajos.

Lugar seguro’ es capaz, desde esos dos ámbitos, lo público y lo privado, de mezclar las incertezas de nuestro momento con una mirada entrañable y divertida desde lo familiar, como si ambos elementos fuesen, al fin y al cabo, los que desde su justo equilibrio puedan todavía ofrecer una salida a una situación cada vez más angustiosa, cada vez más insegura y donde soltar una mano se convierte en un salto al vacío.

 


 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/06/2022