domingo, 19 de setembro de 2021

Seguir vivo... o no

 

[Ramonismo 81]

Fernando Aramburu en ‘Los vencejos’ nos acerca a los últimos días de un hombre frente al desencanto de la vida



TONI pone fecha a su final en este mundo. El 31 de julio, un año después de tomar esa decisión, este profesor de instituto, separado de su mujer, con un hijo, una perra y un único amigo, dirá adiós a una vida que cada vez aborrece más. «La vida me parece un invento perverso, mal concebido y peor ejecutado. A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero». Así nos recibe, a las pocas líneas de empezada, esta novela de Fernando Aramburu, editada por Tusquets que, a partir de ahí, y a lo largo de sus casi, casi, setecientas páginas, se dedica a visualizar este último año de vida a través de la escritura de un relato propio que busca explicar el porqué de esa decisión y cómo todo lo que le rodea le aboca a desaparecer de un entorno cada vez más incómodo.

El fracaso de su matrimonio, la decepción que supone su hijo, el enfrentamiento desde la infancia con su hermano, el desengaño del sistema educativo en el que trabaja... y un puñado de razones más van, progresivamente, minando una moral incapaz de remontar esa frustración, pese a aquello que le concede un instante de tregua ante el abismo: su perra, los libros y observar el vuelo de los vencejos. «Una buena lectura, un lengüetazo cariñoso de mi perra, la contemplación de unos vencejos en la luz del atardecer, eso me basta», apunta Toni en un momento de su Diario. Todo ello, junto con los caprichosos destellos de la amistad del que es su único anclaje de confianza con el ser humano, su amigo Patachula, se convierten en la última posibilidad de redención, de evitar un destino que le apartará del triste espectáculo del mundo en el que las personas y sus actos, tanto desde la esfera pública como desde la más privada e íntima, no hacen más que golpear a un Toni que, página tras página, día a día, en esa cuenta atrás, se va despidiendo de espacios físicos, de ámbitos humanos, de sus libros, sus queridos libros, en definitiva, de una sociedad en la que cada vez se evidencia como más inadaptado y que se vuelve extraña y agresiva para quien no dudaría en convertirse en una de esas aves que durante toda su vida no se posan en lugar alguno, volando permanentemente, menos cuando es el tiempo de la crianza de los polluelos. Los vencejos emergen como una poderosa metáfora de esa distancia necesaria con nuestro mundo, de la capacidad de observación desde las alturas y la posibilidad física de involucrarse lo menos posible con nuestro sistema vital a pie de calle.

Ese espacio de vida de nuestra contemporaneidad también se abre al escrutinio de Toni y poco le ayuda a recobrar el ánimo. Un depauperado sistema educativo en el que nuestros jóvenes se abocan a un futuro incierto, unos políticos generadores de ruido y escasos de generar confianza en el ciudadano, el obsceno papel de no pocos medios de comunicación, el conflicto de Cataluña... situaciones de nuestros días que Fernando Aramburu incorpora en su relato como algo más que una pincelada fugaz, enmarcando el relato, acercándolo al lector y destilando, a través de esas miradas, una ironía que por otra parte es marca identitaria del autor. Del mismo modo todo el libro se tiñe de esa voz tan singular de Fernando Aramburu, la que nos cautivó a muchos con títulos como ‘Ávidas pretensiones’, ‘Autorretrato sin mí’ o ‘Las letras entornadas’, la que supuso un pelotazo más que merecido con ‘Patria’ y que aquí nos desarbola como lectores afines a su discurso con un personaje lleno de sombras, oscuro, y hasta odioso en sus comportamientos sociales desde el que, a buen seguro, el propio autor nos quiere incomodar en muchos momentos ante sus palabras y actos. Una tensión que brota en muchos instantes de estas numerosas páginas que en ocasiones se hacen demasiadas, pero que en su cantidad también te producen esa mímesis con el personaje en el agotamiento ante lo que le rodea y que llevará a ese punto final, a un desenlace lleno de recovecos que debemos descubrir. Aves de paso bajo cuyo vuelo la vida se mueve en unas coordenadas muy diferentes a las de la naturaleza y en un Madrid al que Fernando Aramburu regala una novela convulsa, amarga y descreída.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/09/2021


luns, 13 de setembro de 2021

Un balcón a la vida


[Ramonismo 80]

Memoria, dolor y asombro convergen en una lúcida reflexión ante la desoladora realidad generada por el covid

 


TOMATES y virus como caras de una misma moneda. La de los meses de un encierro que volteó nuestra sociedad y, al mismo tiempo, el interior de muchos de nosotros. Antonio Muñoz Molina convirtió su vivienda madrileña, y en especial su balcón, abierto a la calle O’Donnell, en una especie de observatorio desde el que hacer de su mirada un tintero para generar una escritura que en los últimos años ha hecho de lo urbano una suerte de tubo de ensayo de lo que somos hoy en día. El experimento, como en libros anteriores, caso de ‘Un andar solitario entre la gente’, no es demasiado esperanzador con nuestro destino. Ruido, contaminación, deterioro de lo público, una clase política a la baja... síntomas más que evidentes de que la cosa no va bien y a eso se le ha sumado el proceso catártico que ha supuesto una epidemia que nos ha vuelto a poner frente a un espejo para que nos demos cuenta de lo que realmente somos. El escritor y académico ha colocado ese espejo a la altura de un balcón de un Madrid que focalizó hasta la extenuación lo que sucedía en este país, apareciendo en él reflejados los aplausos de la esperanza, pero también las sombras de la muerte que, como una plaga bíblica, recorrió las calles de este país.

Al tiempo, en ‘Volver a dónde’, editado por Seix Barral, Antonio Muñoz Molina ensancha esa mirada del hoy activando un proceso memorialístico que se evoca al ver cómo crecen sus tomates plantados en el mirador urbano de su balcón que lo llevan directamente a su infancia de Úbeda, la Mágina que ha supuesto tanto en su literatura, recuperándose de una manera estremecedora en la plasmación de un mundo que se agota de manera inexorable y ante el que enfrentarnos a ese virus ha acelerado dicho proceso. La tierra, la familia, pero sobre todo esa madre a la que finalmente este libro homenajea hasta sus últimas consecuencias, nos sitúan ante ese amor que surge del nexo familiar como quizás lo único que haya tenido sentido a lo largo de estos meses convulsos. Una raíz que Antonio Muñoz Molina prolonga a través de la infancia de su nieta, convertida, como su propia madre, en los extremos de un universo generacional lleno de incertezas y ante el estupor sobre lo que acontece a nuestro alrededor desde ese febrero del pasado año cuando no éramos quien de calibrar lo que estaba por llegar y que, llegados a este punto actual, tampoco hemos sido capaces de extraer las enseñanzas adecuadas del drama, del caos y del dolor. Las deficiencias de nuestro sistema sanitario, en gran parte motivado por la merma de inversión económica, o el desprecio hacia nuestros ancianos, descuidados hasta la ignominia en cientos de residencias son, a buen seguro, el gran arañazo en el alma que nos llevamos todos, junto a las cifras de víctimas mortales.

Todo ello propició un silencio denso y oscuro en el que el tiempo presente se convirtió en un vacío de horas, días y meses. El autor de ‘Volver a dónde’ cauteriza ese presente entre sonatas de Beethoven y los Episodios Nacionales de Galdós (tan visionarios de este mismo presente y de nuestra desgarradora identidad), también con la mirada ecológica hacia una ciudad que tendría que aprovechar para entenderse como más sostenible y eficaz con el ser humano. «Otra forma de vivir sería posible», escribe, como una especie de SOS, ante una de las últimas posibilidades para hacer de la urbe una comunidad de afectos y no una amenaza permanente. Pero más allá de ese presente en silencio surge un pasado que resuena desde la memoria íntima, un eco de emociones, olores, sensaciones y tactilidades que convierten esa maceta de tomates urbanita en el trabajo en el campo, en los pies hundidos en la tierra del hortelano que mima ese campo como parte de sí mismo.

‘Volver a dónde’ es la mirada comprometida de un hombre ante su sociedad, la identificación del yo ante la comunidad y la conciencia de un tiempo que se mueve demasiado rápido y ante el que solo unas cuantas músicas, un puñado de lecturas, una caricia cómplice, una copa de vino al caer la tarde y el amparo de la memoria, conceden un instante de tregua cuando la desazón semeja triunfar ante el declive de la vida.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 11/09/2021

domingo, 12 de setembro de 2021

A porta da imaxinación

 



Mulleres espidas, campos de millo, cruceiros, romarías, imaxes medievais, aves fantásticas… a pintura de José Solla é un canto constante á imaxinación e a xerar portas para que a nosa mente e a nosa vista se acheguen a un paraíso lúdico e sensorial que só a arte é quen de xerar hoxe en día.

Cando en 2018 o director do Museo de Pontevedra, Carlos Valle, me encargou o comisariado dunha ampla mostra retrospectiva que percorrería a obra de quen xa cumplirá os noventa anos o que fixo foi poñerme ante un home que xa coñecía ao coincidir con el en non poucas exposicións en Pontevedra e na nosa contorna durante as súas obrigadas visitas a Bueu e Marín, espazos irrenunciábeis na súa vida persoal pero tamén hórreos dunha inspiración artística que non deixaba de medrar ano tras ano. Esas inspiracións gardábanse nas súas maletas e no Mar de Plata abrollaban en novos cadros, en longas superficies de traballo que fixeron de José Solla un dos máis sobranceiros artistas daquela xeografía austral tan querida para nós. Nesas exposicións de verán José Solla, coa súa xa avanzada idade, amosaba un entusiasmo desbordante sobre as propostas pictóricas das que sempre suliñaba algún aspecto e gustaba comentar cos que compartíamos con el o gozo de velo ano tras ano. Ao traballar durante varios meses no seu refuxio de Bueu, aberto á ría, coas Ons como fondo máxico, e coas areas das súas queridas praias de Agrelo e Portomaior como espazo de distracción, comprobei como ese entusiasmo e paixón pola pintura eran o seu maior pulo para seguir cumprindo anos, para seguir gozando con cada nova obra, revisando as anteriores ou mesmo con cada liña feita sobre o papel.

A exposición que se inaugurou en xullo de 2018, sendo a gran mostra do verán pontevedrés, amosou a súa evolución artística dende aquela figuración cubista dos anos setenta, cos portos que tanto o engaiolaron de novo. Eran auténticos desafíos para o pintor que nacía dende o traballo coas formas e a disolución de elementos e nos que a imaxinación comezaba a impoñerse á realidade. Bodegóns e paisaxes completaban aqueles momentos de autoaprendizaxe. “Cada tarde é un porto”, escribiu Borges, e así foi para José Solla. Aqueles portos eran, ao tempo, o fío que enguedellaba as dúas orelas do Atlántico, ás que tan unido estaba coas súas viaxes, coa súa familia na Arxentina, coa súa terra natal de Marín, co seu universo máxico de Bueu, cunha Galicia que facía levedar unha compoñente mítica e ancestral como sustrato dunha obra que comezou a explorar novas posibilidades tras esa primeira etapa, pechada cunha Medalla de Ouro na II Bienal de Arte de Pontevedra en 1976.

Asomouse José Solla ao noso universo do Románico, aos tímpanos das igrexas para, subido nunha especie de ave do paraíso, abrir a porta aos soños e a unha desbordante imaxinación, enchéndose dende entón as súas obras de toda unha mitoloxía impactante para o espectador, pero sen esquecer nunca o debuxo no que tanto insistía como ferramenta básica de calquera artista e do que denunciaba o pouco caso que se lle facía na educación dos novos creadores. De feito insistiu moito para que na mostra do Museo o debuxo tivese un espazo importante, e así foi como adicamos toda unha sala a visualizar unha serie de traballos rápidos, apuntes feitos nun instante, moitos deles en viaxes polo mundo, en cafeterías ou hoteis, algúns como base de pezas posteriores, pero nos que se podía captar a natureza última do artista, a capacidade de observación e o apunte visceral.

As obras medraban nas súas capacidades, ao tempo que o facía a súa pintura, e a súa imaxinación precisaba de artellar un sistema para darlle acougo a esa frenética creatividade, e así creou as chamadas ‘Portas’, unha especie de panel onde se producía unha sorte de narratividade visual que lembraba os cantares dos cegos da antigüidade con múltiples esceas que nacían dos sustratos dos mitos galegos e que se enchían co universo onírico. Esas pezas tamén permitían a súa plasmación en superficies máis alá do pictórico e así Bueu goza na praza Massó dun dobre panel de pedra, ‘Inés-Palmira’ creado pola Escola de Canteiros de Pontevedra, no que reposa a nosa identidade e tamén a dun home que nos abriu ao longo da súa vida toda unha chea de portas para que cada un de nós academos o paraíso para, como escribía Cortázar, “obrigar á realidade a que responda aos nosos soños”. A iso mesmo se adicou, ao longo de máis de noventa anos, un ser irrepetible, José Solla, que da man da súa nai ía de cativo ás feiras de Marín e onde comezou a pintar recollendo imaxes na súa retina que non o abandoaron nunca, formando parte da súa pintura, e que abofé foron coas que pechou os ollos por última vez.




Publicado no Diario de Pontevedra 11/09/2021

Fotografía. Archivo Gráfico Diario de Pontevedra

 


luns, 6 de setembro de 2021

La luz del faro

 

[Ramonismo 79]

‘El cazador de ángeles’ de Antón Castro es un reencuentro y la celebración de la vida con todo lo que supone

 


ANTÓN CASTRO es un faro gallego a los pies de El Pilar de Zaragoza, un embajador atlántico de sensaciones, sirenas y olas saladas que una y otra vez se empeña en hacer subir la marea hasta los mismos Monegros. Nacido en Lañas (Arteixo) nunca renunció a ese carácter identitario de nuestra tierra, echándose a hablar gallego a la mínima disculpa. La vida lo llevó a Aragón y allí configuró una de las más importantes trayectorias como periodista cultural de España. Referente para muchos de los que empezamos a picar piedra en esto, recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2013, por su labor, principalmente en El Heraldo de Aragón, y colaborador en diferentes medios, pero nunca renunciando a su propia obra como novelista, autor de relatos infantiles y poeta. Textos en gallego y en castellano que hablan de este ser a la continua caza de unos ángeles que, como las sirenas de las que le hablaba su padre de niño, eran más bellas cuando las imaginas que cuando te las encuentras.

Armado de esa imaginación Antón Castro realiza un viaje desde aquel primer itinerario en bicicleta desde Santa Mariña de Lañas hasta nuestros días, que condensa en ‘El cazador de ángeles’, editado de manera primorosa por la editorial Olifante, para, desde diferentes miradas, unas más poéticas, otras más prosaicas, otras en las que se cruzan las amistades y otras en las que los instantes de la vida a través de lecturas, caricias, miradas, mares, pinturas, noches y paisajes, convertir este libro en  toda una celebración de la vida hecho por alguien agradecido por ser parte de esa fiesta.

Arrancan las moriñas gallegas con recuerdos de la infancia, brumas, sabores y leyendas que generaron una patria irrenunciable en el autor, aunque la emigración luego lo situase en otro paisaje, pero aquellos años sementados de espumas surgidas de ariscos rompientes, de carballeiras entre indescriptibles verdes y pequeños campanarios recortados en el cielo de mil azules, lo encadenaron a una memoria que está siempre presente en sus trabajos. Esa devoción solo tiene parangón con el permanente agradecimiento por el asombro, por encontrarse textos, pinturas, pieles o paisajes capaces de evocar una belleza que, como aquellas sirenas de las que le hablaba su padre, podían surgir en el momento más imprevisto. Pero aquí la realidad sí que era quien de acoger al cazador de ángeles, a quien gozase de una mirada capaz de detener el tiempo y provocar una conversación que luego podía formar parte de ese proceso comunicativo que Antón Castro inteligentemente entiende como vital para una sociedad que se precie. Desentrañar a Chillida en Venecia, a Lita Cabellut en su estudio, un poema de Becquer o a su amada Zaragoza y presentárselos a sus lectores es parte del contrato establecido con la vida.

Sabio traductor de todas esas realidades, recorrer estos textos supone acompañar al autor por todos esos mismos escenarios en la permanente convocatoria de la serenidad, el amor y la belleza, únicos estados del ánimo donde todo cobra sentido y la mirada se hace limpia para observar con mayor precisión aquello que nos rodea. Esas miradas, como la luz del faro que quebranta la noche, iluminan nuestra lectura, ya no solo desde lo ameno de lo narrado sino desde una contagiosa felicidad por lo vivido. «No hay nada más hermoso que vivir», arranca uno de los poemas, una expresión grabada sin ningún pudo cuando semeja que hoy en día todo debe ser dolor y furia, pena y compasión, de ahí que cada uno de estos textos tenga mucho de suma, de empujón para lo que queda, para continuar la singladura, y llenar de viento las velas.

«Fomos ficando sos/o mar o barco e máis nós», apuntó Manoel Antonio a bordo de aquel pailebote frente a un horizonte inagotable, ante el que ahora se rebela Antón Castro para no dejarnos solos en la travesía, para generar todo un cúmulo de complicidades que nos permitan, desde lo alto del acantilado, alcanzar un instante de belleza, cazar un ángel, para así confiar en nosotros mismos y cuando nos tiemblen las piernas escuchar aquello de: «Mamá, o neno».



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 4/09/2021

 

'Nada' de Carmen Laforet en la versión cinematográfica de Edgar Neville

 

En la singular cinematografía de Edgar Neville la adaptación de la novela 'Nada' de Carmen Laforet, tres años después de hacerse con el Premio Nadal, muestra el interés que desde bien pronto despertó la obra de una autora de la que hoy se celebra el centenario de su nacimiento el 6 de septiembre de 1921.




Esta novela, ganadora del Premio Nadal en 1944, fue llevada a la pantalla en 1947, creando una de sus mejores películas por múltiples motivos, aunque pase desapercibida por muchos de los que estudian su obra.

En primer lugar debemos decir que la elaboración del guion recaerá en su compañera, la inteligente Conchita Montes, que también protagoniza la película, con lo cual la óptica feminista del inicial texto de Carmen Laforet se mantiene. Este primer dato ya debería ser objeto de atención, en relación al papel de la mujer en la España de la década de los cuarenta y la apuesta por elegir el libro de una mujer y que la adaptación recaiga en otra.

La obra tuvo un enorme éxito, y supone, junto a ‘La familia de Pascual Duarte’ de Camilo José Cela el inicio del cambio en la narración española hacia unas temáticas más sociales y de un mayor compromiso con la persona y sus circunstancias vitales. Este éxito literario demuestra el sentido económico e industrial que pretendía Neville, ejerciendo en esta cinta, además de director como productor, caso inusual en nuestro cine y que a buen seguro le otorgaba la libertad necesaria para desarrollar sus universos particulares.

En ella se narra la historia de una joven, Andrea, que se traslada a vivir a Barcelona, a estudiar a la Universidad, compartiendo viviendo con sus familiares encontrándose un sórdido ambiente, de mezquindad, histeria e ilusiones fracasadas, donde las relaciones entre los miembros de la familia son de todo menos normales, acabando por hacer que la protagonista descubra un mundo resultante, en gran medida, de la contienda nacional. El texto recrea una parcela irrespirable de la realidad cotidiana del momento, recogida con un estilo desnudo y un tono desesperadamente triste.

Esta producción se muestra como excepcional en la trayectoria artística de Neville por diversos motivos. En primer lugar al tratarse de un éxito literario todavía muy reciente, en segundo lugar, por tratarse de un tema extremadamente serio, en la que no hay concesión alguna al humor, adaptando ese tono en todo el film. “Nada es en la película lo mismo que en la novela, creo haber conservado su ambiente hosco y duro, su clima y conseguido todo esto sin retórica y sin artificios, conservando los personajes con la misma sinceridad con que los trasladó al libro Carmen Laforet”, comenta el propio director en una entrevista en el número 38 de la Revista Imágenes en 1948.

Precisamente el conservar el ambiente agobiante del texto le lleva a Neville a conseguir uno de sus trabajos más logrados y admirables en lo relativo a los decorados, creando unos efectos visuales únicos en su carrera y que desmienten en parte su desinterés a la hora de preocuparse de algo más que el guion y los actores. Realizados por Sigfrido Burmann son tres los espacios que generan la acción: la vivienda de la familia de Andrea, la buhardilla de Román y la escalera, todos ellos actuando como definidores de un mundo oscuro y lleno de temores, como el que representa la familia de Andrea cuyas únicas salidas al exterior son para acudir a sus clases universitarias. En ellos la iluminación, con abundantes zonas en sombra, la acumulación de objetos en espacios muy pequeños y, sobre todo la audacia con que se tratan los techos, permite resaltar lo opresivo del ambiente familiar. Este trabajo con los techos se puede poner en relación con las aportaciones realizadas por en torno a la ambientación por Orson Welles en películas como ‘Ciudadano Kane’ o ‘El cuarto mandamiento’. En ellas este este avance supone un mayor realismo, acentuado con la baja colocación de las cámaras que acrecienta esa sensación y trabajando también en la profundidad de campo, así, la escena que recrea la enfermedad de Andrea es comparable a la de la esposa de Hearst en ‘Ciudadano Kane’, con la cámara situada a la altura de la cama y las sucesivas estancias abiertas hacia el fondo, creando inquietud y una atmósfera de inestabilidad.

La adaptación de Conchita Montes respeta con gran fidelidad los diálogos de la obra, y la estructura de la novela permanece fiel en su paso al cine, donde lo más interesante es cómo se consigue el clima a transmitir por el libro, el decorado, el sentido intimista que otorga el recurrente empleo de la voz en off, el estudio psicológico de los personajes, el ritmo de una gran lentitud que remarca el origen literario o la iluminación son elementos que maneja Neville en la pantalla.

Finalmente debemos apuntar una serie de elementos que pudieron inclinar a Neville a la hora de elegir una novela de una joven escritora como era Carmen Laforet:

Su función como documento colectivo de un momento histórico concreto, abandonando el tono costumbrista tan frecuente en sus obras. Neville en sus obras afronta realidades concretas: el Madrid castizo, el Madrid moderno… en esta ocasión apuesta por un ambiente familiar muy particular pero que, a buen seguro, representaba, a muchas familias.

Podía servirle de denuncia de una burguesía en plena decrepitud física y moral, como una consecuencia más de una postguerra tan cruel como la imperante en los años cuarenta.

Esa crítica a la miseria moral, le permite a Neville mostrar un régimen político incapaz de renovar a su sociedad e inculcarle un espíritu de renovación. Lógicamente, una película en la que de una manera indirecta, pero clara, se muestra un ambiente tan deprimente no sería visto con buenos ojos por los órganos censores que llegaron a amputarle media hora de emisión a lo rodado para suavizar el ambiente de frustración.

Carmen Laforet significa el comienzo de una nueva vía en lo literario, con unas pretensiones renovadoras de un mundo con el que Neville comenzaba a encontrarse a disgusto en el que aquellas vanguardistas ilusiones de cambio, de mejora de la humanidad, se iban progresivamente al traste. Neville, ya hemos visto como gusta y es capaz de reconocer obras que aportan aspectos nuevos al universo literario y sin duda ‘Nada’ es de esos textos. El tratarse de una narración lineal, sin saltos temporales que compliquen el seguimiento de la acción, con un lenguaje sencillo y apartado de grandes pretensiones, también está dentro de la idea de Neville de trabajar argumentos lineales (con la excepción de su obra maestra ‘La vida en un hilo’) que el director aplicó a sus películas.


(Texto extraído de 'Del guion a lo literario: fuentes del cine de Edgar Neville'. Ramón Rozas)

 

sábado, 7 de agosto de 2021

"Mami, gana"

Foguetes Verdes

A medalla de prata obtida por Teresa Portela é moito máis que unha vitoria nunha carreira. É a conquista dun desafío persoal, do soño dunha deportista e das arelas dunha nai traballadora



O BERRO de Teresa Portela cando se confirmou a súa medalla de prata no K1-200 era co que soñou durante tantas noites, o mesmo berro que a impulsaba polas augas dos seus adestramentos en Verducido ou no Lérez e nas que durante horas, días, meses e anos adicouse a preparar esta e todas as carreiras que a levaron a obter 17 medallas en Campionatos de Europa e 15 en Campionatos do Mundo, pero había unha medalla que se resistía, a olímpica, a que a calquera deportista lle abre as portas do Olimpo onde todo, a loita, o esforzo e a vida cobran o seu sentido. Ese Olimpo atopábase ben lonxe da súa terra de Aldán, en Toquio, aos pés doutro cume sagrado, o monte Fuji, e alí Teresa Portela, deportista, traballadora e nai, berrou para, seis Xogos Olímpicos despois, conquistar esa gloria eterna e poñer nas mans da súa filla un anaco de prata.

Ese berro era tamén á resposta dunha nai coraxe, como todas as deportistas de alto nivel que teñen que conciliar a súa vida como deportistas, como traballadoras e como nais. Naira, a súa filla de sete anos, díxolle, xusto antes de saír: «Mami, gana», e eu imaxino o silencio que se debeu producir durante uns segundos despois de escoitar aquilo, xa que iso si que é presión. Abofé que nin os cinco Xogos Olímpicos anteriores, nin o doloroso cuarto posto de Londres 2012, nin o cada vez máis preto remate da traxectoria como padexeira, son quen de activar unha presión semellante, a dunha filla mirando aos teus ollos e poñéndote ante un reto que xa non sae de ti mesma, senon do que máis queres no mundo.

En Sidney 2000 arrincou este camiño olímpico. Despois viñeron Atenas, Pekín, Londres e Río de Janeiro, cuartos, quintos e sextos postos que poderían levar, xunto co paso do tempo e a vida persoal, na que Teresa Portela conformou unha familia e sacou adiante tres licenciaturas, a emprender outra tarefa, pero no diccionario desta muller o verbo renunciar non se conxuga e o podio olímpico agardaba por ela.

Anotou José Saramago, na previa do seu libro ‘A viaxe do elefante’ que «Sempre chegamos ao sitio onde nos esperan». A gloria agardaba por Teresa Portela e ela nunca dubidou á hora de continuar esa viaxe, converter a súa teimudez en parte da conquista do éxito e un mérito que impulsase o seu kayak mentres ese «Mami gana» converteu o seu padeo nunha máquina perfecta e a súa mente xa só tiña un obxectivo, satisfacer á súa filla.

Así cruzou a liña de meta tras unha inalcanzable neozelandesa e ese berro de liberación chegou ata os ouvidos de Naira. Mama gañou e así a deportista dos seis xogos olímpicos, que é un mérito tan importante como esa medalla, obtivo a recompensa a tantos anos de sacrificios e esforzos contra ese reloxo que é o que realmente dá mostra do acadado, moito máis cos anos aos que tanto se alude cando se fala de Teresa Portela. Apuntou con bo tino o presidente da Federación Galega de Piragüismo, Alfredo Bea, neste mesmo xornal que o DNI non rixe no deporte, sendo o crono o auténtico elemento que di ata onde chegar. E a nosa padexeira de prata quere chegar a París, e todos sabemos que será quen de facelo. Alí non hai un monte sagrado, pero a ela iso xa non lle importa xa que conquistou o seu e o agasallo para a súa Naira. Tamén, na cita francesa, será o momento do relevo e de que outro nome do piragüismo, filla do Lérez, Antía Jácome, colla o testemuño para seguir mantendo ese elo sagrado entre a nosa terra e o olimpismo.



Publicado no Diario de Pontevedra 6/07/2021

 

luns, 2 de agosto de 2021

Un día perfecto

 

[Ramonismo 78]

Jacobo Bergareche nos ofrece una de las novelas revelación del año, una brillante reflexión sobre el amor y el matrimonio



EN UN mundo tan masificado como el literario la originalidad se convierte siempre en un hálito de vida, una sacudida al lector que se encuentra con el intento o el logro de contar una historia de una manera que transita por unos carriles diferentes a los acostumbrados. Ciertamente la editorial Libros del Asteroide, dirigida por el gallego Luis Solano, nos tiene acostumbrados a presentarnos este tipo de textos, y en los últimos años no son pocos los libros editados en los que te asalta esa emoción que palpita en textos que se perciben diferentes. Sucedió con el uruguayo Pedro Mairal, y en estos últimos meses con dos libros como ‘Hamnet’ de Maggie O’Farrell y ‘Los días perfectos’ de Jacobo Bergareche.

Nos detenemos en este último para encontrarnos con la historia de un periodista cansado, no ya solo de su trabajo, sino también de su matrimonio y que en un viaje para participar en un congreso en Austin (Texas) recupera en un archivo de su universidad las cartas que durante treinta años el escritor William Faulkner escribió a su amante, al tiempo que él mismo se encuentra con una mujer. Son esos instantes los que contrapone con sus años de matrimonio y con la búsqueda desesperada de aquello que supone un día perfecto, una conquista a la que muchas veces renunciamos asumiendo una vida con la que no disfrutamos, que nos limita como personas desde una monotonía que intentamos superar desde la imaginación activada por lo que nos rodea, incapaces de tomar una decisión liberadora, pero que al tiempo sabemos sería dolorosa.

Con el paso de los años, y en ese ambiente viciado, lograr uno de esos días que se podrían entender como perfectos, en los que ondease la bandera de la felicidad con una naturalidad de la que ni siquiera seríamos conscientes en ese momento, pero sí en una revisión de nuestra vida, se convierte en una especie de Ítaca que Jacobo Bergareche asume como una travesía llena de complejas relaciones entre los seres humanos de hoy en día, ahormados por una sociedad incapaz, demasiadas veces, de permitir su liberación. Ante esa situación personal que pasa ante nosotros en una suerte de correspondencia de la memoria, serán las cartas del autor de ‘Luz de agosto’ las que aportan un contrapunto a esa oscilación existencial que se produce al calibrar los años de matrimonio y la ilusión de un nuevo amor, una dualidad «Entre la pena y la nada», como escribió el propio Faulkner al final de ‘Las palmeras salvajes’, para finalmente elegir la pena.

Son esas cartas de amor del escritor norteamericano las que fundamentan un relato, en primer lugar desde su descubrimiento, un hallazgo que Jacobo Bergareche realizó entre 43 millones de documentos de los más insignes escritores que esperan todavía ser revisados para nuestro mejor conocimiento de ellos y de su propia obra, ya que en muchos casos esos ámbitos privados son reveladores y aclaratorios de los diferentes momentos por los que atraviesa cualquier autor. Será desde esas cartas y desde la nueva relación que se abre al periodista protagonista de la novela desde las que Jacobo Bergareche ejemplifica ese día perfecto que resonará en nuestro interior eternamente, y del  que Peter Handke ya teorizó como aspiración máxima del ser humano hoy, el ser capaces de «tener un buen día entre tantos días inútiles y olvidables».

El contenido de esas cartas activa en el protagonista la posibilidad de revisar su propio ecosistema, pensar en aquello que realmente necesita para ser feliz al tiempo que se detiene en todo aquello que imposibilita la conquista de un día perfecto, o lo que fue haciendo que los días perfectos quedarán sepultados por la cotidianeidad y lo rutinario que se pega a los matrimonios a través del tiempo, generando una coraza cada vez más densa y que va alejando a las partes del matrimonio.

Jacobo Bergareche nos plantea de esta forma un lúcido territorio literario sobre las tiranías del amor, también sobre su luminosidad y así, desde ambos hemisferios, el ser humano, en una permanente encrucijada pone un pie en cada uno de esos ámbitos para simplemente vivir, y con todo lo que surge gestionar el día a día. El autor desde un firme y eficaz lenguaje, donde no falta el humor, y desde el que se muestran las opciones para que el propio lector se plantee su situación ante aquello que nos acompaña de manera permanente, el deseo de amar, el deseo de conquistar un día perfecto.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 31/07/2021