sábado, 16 de outubro de 2021

Carpa de emociones

  [Ramonismo 85]

El último trabajo de Silvia Pérez Cruz, ‘Farsa (género imposible)’, es un cruce de disciplinas artísticas hecho voz


Es la voz de Silvia Pérez Cruz una de las mayores emociones que la música actual puede poner ante nosotros. Un fino alambre de increíbles modulaciones capaz de soportar permanentes desafíos desde ritmos, sones y la atención de un público que suele generar un inmenso silencio a la hora de escuchar una voz con mucho de irreal y capaz de transportarte a una serie de atmósferas que surgen de la propia música.

El Pazo da Cultura de Pontevedra acoge esta noche a la cantante catalana con un espectáculo del mismo título que su último disco, ‘Farsa (género imposible)’, quizás el ejercicio más libre de creación realizado por la artista en su todavía corta carrera musical pero tan repleta de admirables momentos y del respaldo del ámbito musical capaz de reconocer en ella un cúmulo de virtudes que, sobre todo, acuñan un camino propio, alejado de las perniciosas confusiones que buscan satisfacer a públicos masivos, que generan buenos ingresos pero que normalmente van contra la libertad y las posibilidades de los creadores.

Silvia Pérez Cruz tiene muy clara esa libertad a la hora de situarse ante el público y esa bandera irrenunciable se convierte en un ejercicio de sinceridad que pone el vello de punta cuando el silencio de la sala se rompe con canciones como ‘Pena Salada’ o ‘Todas las madres del mundo’, contenidas en el disco que hoy nos presenta. A partir de ahí Silvia Pérez Cruz se arrima a las rancheras, al fado, al flamenco o al jazz, que tan bien le sienta (bueno, todo le sienta bien a esta mujer) para multiplicar las posibilidades de su trabajo desde no solo lo musical, sino también lo literario, ya que las letras de su puño y letra son también pequeñas joyas que se alternan con las de nombres como los de Miguel Hernández, Sylvia Plath o Javier Ruibal, también convocados a este trabajo que se expande por otras disciplinas, por géneros artísticos como el teatro, la pintura, la danza o el cine en una explosión creativa sorprendente para quien no llega todavía a los cuarenta años.

Todo esto detona en los espectáculos de Silvia Pérez Cruz bajo esa carpa que se constituye desde la emoción y que, poco a poco, sientes que te va cubriendo con ese aroma que emana de un espectáculo en libertad y que, junto a sus acompañantes, los miembros de la Farsa Circus Band, toma ese tono festivo, de banda que se va reuniendo a lo largo del camino para hacer de las canciones una celebración colectiva, un canto de vida que finalmente sirve para distinguir aquello que tiene comentado en alguna entrevista nuestra protagonista sobre este conjunto de canciones que nacen para distinguir entre lo que soñamos y lo que somos.

Y es ahí, en esa incerteza, donde las palabras de Pessoa, siempre Pessoa, que se graban sobre la superficie del CD alcanzan todo su sentido: «El Poeta es un fingidor/ Finge tan completamente/ Que hasta finge que es dolor/ El dolor que en verdad siente». Es la ficción del creador, el diálogo de Silvia Pérez Cruz con todas esas disciplinas que se suben a este carromato que la lleva por los caminos de festivales y conciertos eludiendo pandemias y las consecuencias de unos tiempos contrarios a la alegría y a la reunión. Desde esa situación tan triste como imprevista es como recibimos la voz de Silvia Pérez Cruz, como un haz de luz en la noche cuyas canciones resplandecerán como estrellas a las que incluso poder pedir algún deseo como que sigamos en esta línea, recuperando encuentros culturales y presenciando las caricias de nuestros artistas en forma de su talento.

Como todo buen proyecto en este disco se articula un relato, una historia que parte de la experiencia de la artista, de la reflexión sobre lo hecho y hacia donde continuar cuando los focos del éxito comienzan a deslumbrar y, en ocasiones, a cegar. Silvia Pérez Cruz mira a esas luces directamente y comienza a adentrarse en eclécticos territorios, a plantear propuestas que, a buen seguro, la llevarán a generar nuevas canciones que como ‘Fatherless’ o ‘Plumita’ nos hablan de la valentía de quien no debe nunca acomodarse y tantear a su público con propuestas impactantes pero también con palabras que nos interpelan: «Qué falsa invulnerabilidad, la felicidad/¿Dónde estará ahora?. Palabras incluidas en esa ranchera llamada ‘Mañana’ y que para todos nosotros es hoy.

 

Publicada en Revista. Diario de Pontevedra 16/10/2021 

venres, 15 de outubro de 2021

Los besos desterrados

 

[Foguetes verdes]

El último libro de Manuel Vilas, ‘Los besos’, es un canto al amor en esa edad madura demasiadas veces despreciada en nuestra sociedad a la hora de aproximarse al deseo



Han sido uno de los grandes damnificados de la pandemia. Los besos se han visto orillados de nuestra existencia, proscritos del día a día bajo el destierro de unas mascarillas que han convertido nuestras vidas en menos vidas. Manuel Vilas titula su nueva novela editada por Planeta, ‘Los besos’, y lo hace como un SOS, una llamada de auxilio en un tiempo de zozobra. Esos besos que solíamos darnos sin el temor al virus eran una manera de sentirnos vivos, de empatizar con el otro, de mostrar nuestro cariño, amor, deseo, confianza... y todo aquello que puede argumentarse cuando unos labios se encuentran con otros o con la piel humana.

Pero Manuel Vilas va más allá, y los besos de su libro emergen de un amor maduro desde una relación en tiempos pandémicos entre un hombre y una mujer, Salvador y Montserrat,edificando con sus cuerpos un territorio de resistencia frente al mundo de tinieblas que les rodea. La luz de sus besos, el resplandor del enamoramiento, el fulgor de sus cuerpos entrelazados, se enfrentan a esa realidad del momento que Manuel Vilas opone a la singularidad de la pareja. El histérico ambiente político, la tensa situación de la monarquía, el país que tenemos a nuestro alrededor y que semeja desmoronarse desde lo principal, que es el respeto a la convivencia, crean todo un caldo de cultivo en el que Salvador y Montserrat, convertida ya en Altisidora, personaje quijotesco, reflejan una pasión madura, algo que también suele repeler nuestra sociedad como son las relaciones entre personas mayores, como si el amor y la pasión solo le correspondiesen a los vientos de la juventud. Manuel Vilas compone un canto general al amor con mayúsculas, a ese «¿Darías la vida por mí?» con el que Altisidora somete a Salvador en la pregunta límite de toda relación y que aquí tiene algo también de delirio, de paréntesis en el caminar vital de ambos personajes que el azar ha querido reunir, un delirio al que ayuda esa compañía literaria que supone ‘El Quijote’ para Salvador quien, como con aquella Dulcinea del Toboso, hace de esa mujer que voltea su vida una idealización del amor que se topará con la aspereza del mundo real.

Ese ámbito de lo real es el otro gran vector del texto de Manuel Vilas quien ha hecho tanto de su poesía como de su narrativa, inteligentes espacios de análisis de nuestra sociedad. «Somos seres sensoriales: sin los ojos de los demás no existimos», leemos en ‘Los besos’, y en esa conjunción de miradas que nos rodean se explica mucho de lo que somos, de ahí que en cualquier aproximación a la comprensión de nuestra especie nuestros ámbitos de convivencia son imprescindibles, y por eso ‘Los besos’ está lleno de actitudes y comportamientos del individuo frente al colectivo, de Salvador en supermercados, hoteles, en el encuentro con otras personas, y que tan bien explora Manuel Vilas desde lo físico, lo tangible, lo vivido, aquello que sucede a diario en nuestro tránsito por la actualidad. Como aquel Quijote que cruzaba nuestro territorio en busca de desfacer entuertos, nuestros movimientos se convierten, en no pocas ocasiones, en auténticos delirios a los que ya nos hemos acostumbrado y que escasas veces discutimos. Salvador y Manuel Vilas ponen unos cuantos ante nuestros ojos, y les aseguro que tras la lectura de la novela, esas situaciones se les revelarán como molinos de viento convertidos en gigantes en muchos instantes de su cotidianeidad.

Esa interpretación de nuestros días, de nuestro comportamiento como tribu, hace de Manuel Vilas un imprescindible traductor de la vida en nuestra cultura,  de ahí que el anuncio que estos días llena nuestras calles, de su participación el próximo lunes en el congreso Urbtopías, junto a la Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, la portuguesa Ana Luisa Amaral, para analizar el papel de la cultura en las ciudades, se convierta en un inmejorable altavoz para que el escritor aragonés siga reclamando en nuestra sociedad, como un grito desesperado, la necesidad de los besos, la conquista de una belleza, en estos momentos también bajo el imperdonable olvido de un país sumido en una «decadencia política, moral y mental», el desprecio a los ególatras Narcisos del mundo y la activación de ese motor vital que es el enamoramiento y que este libro agita como ese bálsamo de Fierabrás tan necesario para recuperar unas vidas que sin besos son la oscuridad.

 

 

Publicado en Diario de Pontevedra 15/10/2021


luns, 11 de outubro de 2021

Llamarse Luis Foret

 

[Ramonismo 84]'

'Agnes’ es un inteligente libro en el que vida y literatura arman un texto lleno de atractivos para el lector



Había dejado Javier Peña las expectativas bien altas tras la que fue su primera novela, ‘Infelices’, con lo que este segundo salto al vacío que significa la publicación de cualquier libro se esperaba de manera casi que ansiosa por algunos lectores, entre los que me incluyo. Muchas veces esas esperas cobijan un anhelo desmedido, que suele verse defraudado a las pocas páginas. ‘Agnes’, editada de nuevo en el sello Blackie Books, va en camino contrario a esa posible decepción, ya que cada página trabaja para activar la siguiente, para seguir conociendo más capítulos de una historia que te va sorprendiendo (sí, sorprendiendo, eso tan difícil hoy en la literatura) con cada escalón que Javier Peña construye como una especie de escalera que, llegado un momento de la escalada, atraviesa las nubes que el propio autor había colocado ante nuestros ojos y muestra una nueva realidad.

Una periodista acepta el trato de escribir la biografía de Luis Foret, un autor que lidera con cada uno de sus libros las listas de ventas. Esas cifras, esos datos asépticos, son los únicos que conoce el mundo de ese escritor que ha borrado toda huella sobre sí mismo. A través del correo electrónico Luis Foret y Agnes arman una biografía que realmente son dos, la de la periodista y la del escritor, pero también surge un libro sobre la propia literatura, sobre la manera de escribir, sobre cómo hacer de la vida sustrato para la creación y cómo un autor no es solo uno sino muchos.

Javier Peña, profesor de escritura creativa, y protagonista de diferentes talleres de escritura, sintetiza aquí toda una lección o varias de cómo construir una novela, que aquí integra diferentes partes como una pieza de orfebrería ofreciendo un sobresaliente resultado activado, además, por el manejo del lenguaje, el tratamiento de los personajes y una pizca de humor que va sazonando diferentes partes del relato.

Cada uno de los libros de Luis Foret presenta tras ellos una historia, y esos relatos, que explican personajes y argumentos de una novela pero con un claro anclaje en lo real, son los que van generando los diferentes capítulos de la biografía de un autor que deja un rosario de víctimas mortales, mujeres todas ellas, que tejen toda una tela de araña sobre como son sus relaciones con el sexo contrario. Esa armazón permite también debatir y analizar qué es una biografía, que es lo realmente interesante a la hora de conocer a una persona que no siempre debe ser lo que se entiende como una biografía canónica. Agnes, al igual que el lector, irá cubriendo una serie de etapas en el descubrimiento de Luis Foret, esos escalones que se suben hasta desvelar al auténtico personaje que se esconde tras un misterio que Javier Peña conforma a través de un puzle que muestra la pericia en la escritura del coruñés para crear esas piezas, aparentemente desordenadas y movidas de sitio, pero que finalmente se engarzan en un maravilloso resultado que te atrapa y al que sigues dando vueltas horas y días después de su conclusión.

«Escribir una biografía no es más que una forma de detener la verdad en nueve o diez relatos», escribe Javier Peña en boca de Luis Foret, y así es como Agnes se enfrenta a esos relatos para despejar la incógnita sobre quién es su biografiado, encontrándonos a toda una serie de nombres- que importante es el concepto nombre en toda la novela- que definirán una vida, dos realmente, y ante los que Javier Peña sublima unas descripciones tanto de lugares, como de personajes o instantes de una manera ejemplar. Dos o tres palabras que, como fogonazos, iluminan cada una de esas presencias, rasgos físicos, diálogos, cruces de miradas que en unos segundos te ofrecen todo un caudal de información sobre lo que tenemos delante.

Auster, Murakami, Pynchon, Carver, son convocados aquí, ya no solo en palabra sino en una prosa que dialoga directamente con todos ellos, con los azares de la vida, con las relaciones humanas como un engranaje irrenunciable desde la literatura, con unos entornos que marcan cada uno de nuestros actos y que señalan un futuro en ocasiones inexorable.

Agnes’ es una enorme novela que uno goza como hacía tiempo que no disfrutaba de un libro, con esa mezcla de descubrir que se esconde tras ese interés biográfico y entender cómo toda esa información se sitúa ante nosotros alejada de convencionalismos. Si aquellos ‘Infelices’ fueron una manera de gestionar la vida de sus protagonistas, ‘Agnes’ se evidencia como una gestión de la propia literatura, del hecho de contar y de coser un relato que atrape al lector en su interior. A partir de aquí Javier Peña nos convoca a todo un festín literario desde el que entender cómo articular una novela pero, sobre todo, lo que significa llamarse Luis Foret.

 

 

Publicado en Revista de Diario de Pontevedra 9/10/2021 


domingo, 3 de outubro de 2021

Vengo del mar

 

[Ramonismo 83]

Aurora Luque reúne su poesía en ‘Carpe amorem’ donde la palabra exalta el amor y el deseo bajo un velo clásico



He pasado buena parte del verano lector haciendo un cabotaje por diferentes costas griegas. Trayecto en el que descubrí a un poderoso autor, Theodor Kallifatides, del cual ya no me despegaré jamás; regresado a algunas páginas del ‘Corazón de Ulises’ de Javier Reverte; leído ‘El silbido del arquero’ de una Irene Vallejo culpable máxima de reverdecer estos laureles helenos y, en cuanto a la poesía, rescaté del estante cada vez más embravecido ‘Aquel vivir del mar’ en el que la poeta, filóloga clásica y traductora, Aurora Luque, selecciona y analiza la obra de varios de los poetas clásicos del universo griego que tantos senderos, o mejor dicho, tantas travesías han propiciado a lo largo de los siglos.

Una de esas travesías es la de la propia Aurora Luque, poeta que descubrí gracias a sus ‘Gavieras’, poemario editado en Visor que tan merecidamente recibió el prestigioso Premio Loewe. A partir de ahí Aurora Luque es ya mi gaviera particular, una mujer que otea el horizonte para descubrir palabras, caricias, sensaciones y paisajes absolutamente maravillosos y que solo la palabra poética es capaz de descifrar en una permanente vuelta al mar. Esa antología editada por Acantilado, ‘Aquel vivir del mar’, en la que se fija ese mar en la poesía griega en una antología que va de Homero a Hesíodo, pasando por nombres más desconocidos como Arquíloco o Simónides y, como no, esa figura maravillosa de la nuestra protagonista es toda una experta, Safos, la poeta de Lesbos, la primera escritora de la literatura europea y a la que Aurora Luque dedica otro libro en este mismo sello, ‘Safo. Poemas y testimonios’. Es toda esa memoria poética la espuma de la que se nutre también la poesía de Aurora Luque, capaz de evocar todo aquel universo, aquella sensualidad mediterránea sobrevolada de manera permanente por Cavafis, pero a la vez traerlo a nuestro tiempo, depositarlo frente a una mirada que hoy exige, desde la vitalidad del amor que proclama la poeta almeriense, orear una época con demasiadas sombras y un aire cada vez más viciado.

«Pondré mi oído en tu cuerpo./ Pondré mi verso en tu oído./ Pondré tu cuerpo en mi verso», es el ‘Círculo vicioso’ que convierte en poema Aurora Luque en una de las páginas de ‘Carpe amorem’, la segunda edición de una antología ampliada de su obra que la editorial Renacimiento nos presenta en esa colección de nuestra poesía ya imprescindible con su colorido exterior y un tamaño muy agradecido para convertir cada volumen en una compañía en el día a día. Desde esa compañía Aurora Luque nos convoca a una poesía seductora, a una fiesta de los sentidos que hace de lo lúdico un magma para nuestra lectura. La evocación de un pasado del que deberíamos dejar de distanciarnos desde nuestra sociedad y potenciar, cuando no recuperar, nuestros rastros clásicos en el sistema educativo, alimentar a nuestros jóvenes con este néctar inagotable que, desde lo literario, lo artístico, lo filosófico o las lenguas clásicas son parte de nosotros mismos y nos explican mucho mejor que posteriores derivas que cada vez más nos alejan de un humanismo al que nunca deberíamos renunciar como colectivo. Hacer pie en la poesía de Aurora Luque conecta no tanto con ese pasado sino con una realidad placentera y cada vez más necesaria hoy como bálsamo.

La presencia del mito, la solidificación del amor y todas sus turbulencias llenan las velas de este libro que la propia autora articula siguiendo sus palabras desde el «deseo de nombrar el amor». Así es como el roce permanente entre la palabra y el amor genera una serie de espacios en los que situarnos, en los que hacernos presente en unos poemas que, en ocasiones, viniendo desde tan lejos, se acercan a nosotros de una manera escalofriante. Todo ese destilado horaciano hace de lo epicúreo bandera, con Safo como agitación poderosa en la declamación de lo femenino, reclamando así una óptica personal capaz de trascender a lo establecido. Una rebeldía de la mirada que afirma el carácter erótico de estos poemas que como naves surcan un mar de emociones y deseos que a través de la memoria se estrella contra los altos acantilados de nuestra resistencia a otear allí de donde procedemos, allí donde se encuentra la razón de ser de nuestra existencia completamente pervertida por el paso de unos siglos no siempre beneficiosos para nuestra piel, esto es, para nuestra capacidad de sentir lo que significa el mundo y un entorno natural cada vez más deprimido por nuestros actos.

Hacerse a la mar en cada poema de Aurora Luque es generar un espacio de resistencia, un tiempo detenido para iluminar el presente. «El tiempo se detuvo/ ante una luz./ Y he de cambiar mi sangre/ por el espacio mítico/de un sueño», escribe la poeta, y lo cierto es que sea sueño o no, cada uno de estos poemas es un faro que ahuyenta la oscuridad.

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 2/10/2021


domingo, 26 de setembro de 2021

La maldad oculta

 

[Ramonismo 82]

Bibiana Candia novela la historia de centenares de gallegos llevados a Cuba a trabajar como esclavos



Está nuestra tierra repleta de historias que el paso de los años ha ido sepultando bajo el peso de un olvido generado por numerosas cuestiones que van desde el miedo a ser contadas hasta la vergüenza por reconocernos en ellas, y no de la mejor manera posible. Bibiana Candia (A Coruña, 1977) ha rescatado una de esas historias y la ha hecho novela bajo el título de ‘Azucre’, con el apoyo de la editorial Pepitas de Calabaza. Se nos propone así una revisión de la odisea de cientos de jóvenes gallegos que fueron llevados a Cuba en la búsqueda de lo que ellos pensaban un futuro cargado de sueños y esperanzas, acabando en una pesadilla que los convirtió en esclavos bajo el sol caribeño y afrontando extenuantes jornadas de trabajo.

Nos traslada, en el que es el debut en la novela de Bibiana Candia, autora de poemarios y libros de relatos, así como colaboradora habitual en revistas como Jot Down o Letras libres, a mediados del siglo XIX, a una Galicia atrapada en sus siglos oscuros y que entre epidemias y hambre convirtió la vida de las clases más desfavorecidas en un permanente calvario con escasas posibilidades de mejora. De ahí que cuando se abre una pequeña ventana a la ilusión ésta no entiende de realidades o realismos, agotándose normalmente en ese deseo personal por huir de la penuria habitual, sin calibrar las posibles consecuencias de los actos. Algo que se ve acrecentado cuando la propuesta de mejora parte de personajes inhumanos, de seres que solo buscan el crecimiento económico propio, desterrando cualquier atisbo de complicidad con sus semejantes. En esta posición es en la que nos topamos con un nombre, el de Urbano Feijóo de Sotomayor, gallego en Cuba que hizo de esa necesidad de numerosos jóvenes gallegos una posibilidad económica para sustituir la mano de obra esclava en Cuba procedente de África.

Bibiana Candia nos regala este relato, porque así hay que calificarlo, como un auténtico regalo literario, no solo por lo que tiene de descubrimiento, de revelar la odisea de aquellos muchachos sino por cómo se presenta ante nosotros. Siempre se nos dice que ese cómo se cuentan las cosas es el gran valor de cualquier artefacto literario y esta novela es buena prueba de ello. Fragmentos breves, palabras cortantes que se hunden en nuestra historia y la importancia de la palabra como luz desde la que nombrar las cosas. A esta última situación alude la propia autora durante el relato, al valor de las palabras y la importancia de nombrar, aunque sea de manera diferente a aquello que ya conocemos. Estos gallegos, ejemplificados en un grupo de rapaces con complicidades de juventud, lo último que ven en su partida es el coruñés castillo de San Antón, para llegar, tras su travesía atlántica, a otro fuerte, este rodeado de inmensas extensiones de caña de azúcar, azucre, a partir de ahora, encontrándose un paisaje inesperado bañado por una luminosidad desconocida e hipnótica, y con una geografía impensable con todas las posibilidades para ser paraíso, convirtiéndose finalmente en infierno.

Una paga miserable, por debajo de los propios esclavos que ya estaban allí, el cuero marcando la piel y sus ojos amalgamando el pasado de brumas, lembranzas y romerías festivas, con el presente abrasador convertido ya en un abismo vital. Y para describir todo ese escenario la palabras de Bibiana Candia actúan como latigazos ante la mirada de un lector que no para de preguntarse ¿cómo pudo ocurrir esto?, ¿cómo no se ha contado antes?, ¿cuántas historias más similares a esta se guardan para evitar otro sonrojo?

Una carta cruza el Atlántico haciendo el camino inverso al de aquella expedición. Unas palabras de denuncia, de llanto, de crujir de dientes, de necesidad de justicia y salvación. Así es cómo se conocerá en España aquel itinerario del horror que desde entonces reposa, junto a otras misivas, reclamando ayuda, en el archivo del Congreso de los Diputados.

«Este lugar tiene que ser bueno, todo lo bueno tiene que suceder con esta luz, un lugar con esta luz no puede traer cosas malas, la maldad se oculta, no podría sobrevivir aquí», escribe Bibiana Candia en un instante de un libro que está lleno de instantes. Párrafos perfectamente medidos, muy cuidados y en los que cada palabra activa un resorte que no necesita de ornamentos literarios. Una pureza que remite a la inocencia de aquellos muchachos que la vida se encargó de convertir en militantes de la desesperanza y que, paradójicamente, el destino vistió de blanco para desarrollar ese trabajo en las plantaciones caribeñas.

Leer ‘Azucre’ es abrir uno de esos párrafos ocultos de la historia, desconocidos para la mayoría de las personas y al que, en este caso, Bibiana Candia aporta la dignidad necesaria para que lo conozcamos al tiempo que nos hace disfrutar de una gran pieza literaria.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 25/09/2021


xoves, 23 de setembro de 2021

Cuerpo de mar. Alma de poeta

 

[Foguetes verdes]

El periodista cultural y poeta Antonio Lucas presenta hoy en Pontevedra su primera novela, ‘Buena mar’, ambientada en un arrastrero gallego en el Gran Sol y el viaje en él de un periodista



En la cubierta de ‘Buena mar’ un marinero mira a través de un ojo de buey como las olas se encabritan ante el infinito. En el corazón de esta novela, el estreno como narrador de Antonio Lucas, una frase del poeta Wallace Stevens: «El alma, dijo, está compuesta/ del mundo externo».

Esa dualidad del viaje, entre el mundo exterior, metaforizado en esta ocasión a través de un océano a cuyo centro se dirige un arrastrero que parte del puerto de Vigo; y el interior, balizado por un periodista que desea conocer cómo es ese trabajo pero que realmente lo que busca es conocerse a sí mismo ante lo que queda en tierra, es la fuerza motriz de esta novela con un claro protagonismo gallego. Resulta sorprendente como este madrileño, acostumbrado a acoger a gallegos a su alrededor, ha hecho de nuestro hábitat el espacio en el que foguearse en la novela, presentándonos así, desde el sello Alfaguara, una novela muy bien escrita, en la que hasta los ‘carallos’ están bien colocados, con latidos poéticos que acarician esa prosa que tiene mucho de reportaje, pero también de un discurrir certero por una travesía que, marea a marea, se va convirtiendo en una travesía interior.

Protagonizada por un periodista, este itinerario hacia el corazón de las tinieblas, nos descubre con el paso de las páginas y el contacto entre el invitado y la tripulación, el verdadero motivo de subirse al ‘Carrumeiro’ para hacer de esas «profundidades del mar», de las que hablaba Virginia Woolf, un espejo en el que encontrarse a sí mismo.

Me gusta la pirueta de quien tiene ya ganado el prestigio, como poeta y como periodista cultural de tronío, para lanzarse a la novela, para navegar por nuevos territorios y ponerlos ante los demás. Los que llevamos muchos años siguiendo a Antonio Lucas, admirando su condición de islote en El Mundo y su talento para entrevistas, opinión y reportajes culturales, siempre con ese hálito poético tan particular para fijarse allí donde la prosa no alcanza, nos echamos a esta ‘Buena mar’ sabedores de que no habrá fraude y sí verdad y honestidad. Algunos de esos textos que el papel prensa obliga a caducar cuelgan a mi alrededor, salvados del olvido que seremos para, como mariposas, seguir aleteando mientras las teclas intentan hacer algo parecido a lo que propone el maestro. Ese «rumor entrañable» del que hablaba Claudio Rodríguez me hace retomar el inicio de una columna de 2013 titulada ‘Las uvas de la ira’, en la que Antonio Lucas arrancaba así: «Cuando John Steinbeck escribió esta novela, levantó desde las palabras un compromiso de justicia con la vida». Ahora que él mismo ha escrito una novela que nos presentará hoy en Pontevedra, rodeado por los anillos verdes Cronopios y junto la periodista Susana Pedreira, también establece un compromiso. En primer lugar con la cultura, esa que lleva enarbolando tantas veces como un mohicano entre la pólvora sin desmayo, por lo menos aparente; y en segundo, con el deseo de contar, de narrar una historia, renovando esa ambición ancestral del ser humano. Si hasta ahora se ha contado a sí mismo a través del hatillo de poemas que carga a su espalda bajo el negro Visor, ahora es el turno de contar otra historia, ajena, o quizás no tanto, en la que ese periodista comparte viaje con un épico grupo de marineros gallegos, como tantos anónimos que día a día se juegan el cuello en jornadas infernales, allí donde la dimensión humana palidece ante el desafío planteado por la naturaleza. A ese barco nos sube Antonio Lucas para conocer una historia, pero también las historias de generaciones y generaciones de marineros acostumbrados a que lo épico sea poco más que un cigarrillo que se fuma mirando las acometidas del océano. Sus descripciones, sus pasajes cargados de palabras henchidas de la sensibilidad que solo un poeta puede insuflar al léxico, nos transportan a un mar que para unos es vida o muerte, mientras para su protagonista es una distracción ante lo que sucede en tierra, ese lugar al que volver pero volver sin ser el mismo. Porque como escribe en uno de sus poemas Antonio Lucas: «Cuánto tiempo necesita tu pasado/ para hacerse pájaro y huir».

 


 

Publicado en Diario de Pontevedra 23/09/2021


domingo, 19 de setembro de 2021

Seguir vivo... o no

 

[Ramonismo 81]

Fernando Aramburu en ‘Los vencejos’ nos acerca a los últimos días de un hombre frente al desencanto de la vida



TONI pone fecha a su final en este mundo. El 31 de julio, un año después de tomar esa decisión, este profesor de instituto, separado de su mujer, con un hijo, una perra y un único amigo, dirá adiós a una vida que cada vez aborrece más. «La vida me parece un invento perverso, mal concebido y peor ejecutado. A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero». Así nos recibe, a las pocas líneas de empezada, esta novela de Fernando Aramburu, editada por Tusquets que, a partir de ahí, y a lo largo de sus casi, casi, setecientas páginas, se dedica a visualizar este último año de vida a través de la escritura de un relato propio que busca explicar el porqué de esa decisión y cómo todo lo que le rodea le aboca a desaparecer de un entorno cada vez más incómodo.

El fracaso de su matrimonio, la decepción que supone su hijo, el enfrentamiento desde la infancia con su hermano, el desengaño del sistema educativo en el que trabaja... y un puñado de razones más van, progresivamente, minando una moral incapaz de remontar esa frustración, pese a aquello que le concede un instante de tregua ante el abismo: su perra, los libros y observar el vuelo de los vencejos. «Una buena lectura, un lengüetazo cariñoso de mi perra, la contemplación de unos vencejos en la luz del atardecer, eso me basta», apunta Toni en un momento de su Diario. Todo ello, junto con los caprichosos destellos de la amistad del que es su único anclaje de confianza con el ser humano, su amigo Patachula, se convierten en la última posibilidad de redención, de evitar un destino que le apartará del triste espectáculo del mundo en el que las personas y sus actos, tanto desde la esfera pública como desde la más privada e íntima, no hacen más que golpear a un Toni que, página tras página, día a día, en esa cuenta atrás, se va despidiendo de espacios físicos, de ámbitos humanos, de sus libros, sus queridos libros, en definitiva, de una sociedad en la que cada vez se evidencia como más inadaptado y que se vuelve extraña y agresiva para quien no dudaría en convertirse en una de esas aves que durante toda su vida no se posan en lugar alguno, volando permanentemente, menos cuando es el tiempo de la crianza de los polluelos. Los vencejos emergen como una poderosa metáfora de esa distancia necesaria con nuestro mundo, de la capacidad de observación desde las alturas y la posibilidad física de involucrarse lo menos posible con nuestro sistema vital a pie de calle.

Ese espacio de vida de nuestra contemporaneidad también se abre al escrutinio de Toni y poco le ayuda a recobrar el ánimo. Un depauperado sistema educativo en el que nuestros jóvenes se abocan a un futuro incierto, unos políticos generadores de ruido y escasos de generar confianza en el ciudadano, el obsceno papel de no pocos medios de comunicación, el conflicto de Cataluña... situaciones de nuestros días que Fernando Aramburu incorpora en su relato como algo más que una pincelada fugaz, enmarcando el relato, acercándolo al lector y destilando, a través de esas miradas, una ironía que por otra parte es marca identitaria del autor. Del mismo modo todo el libro se tiñe de esa voz tan singular de Fernando Aramburu, la que nos cautivó a muchos con títulos como ‘Ávidas pretensiones’, ‘Autorretrato sin mí’ o ‘Las letras entornadas’, la que supuso un pelotazo más que merecido con ‘Patria’ y que aquí nos desarbola como lectores afines a su discurso con un personaje lleno de sombras, oscuro, y hasta odioso en sus comportamientos sociales desde el que, a buen seguro, el propio autor nos quiere incomodar en muchos momentos ante sus palabras y actos. Una tensión que brota en muchos instantes de estas numerosas páginas que en ocasiones se hacen demasiadas, pero que en su cantidad también te producen esa mímesis con el personaje en el agotamiento ante lo que le rodea y que llevará a ese punto final, a un desenlace lleno de recovecos que debemos descubrir. Aves de paso bajo cuyo vuelo la vida se mueve en unas coordenadas muy diferentes a las de la naturaleza y en un Madrid al que Fernando Aramburu regala una novela convulsa, amarga y descreída.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/09/2021


luns, 13 de setembro de 2021

Un balcón a la vida


[Ramonismo 80]

Memoria, dolor y asombro convergen en una lúcida reflexión ante la desoladora realidad generada por el covid

 


TOMATES y virus como caras de una misma moneda. La de los meses de un encierro que volteó nuestra sociedad y, al mismo tiempo, el interior de muchos de nosotros. Antonio Muñoz Molina convirtió su vivienda madrileña, y en especial su balcón, abierto a la calle O’Donnell, en una especie de observatorio desde el que hacer de su mirada un tintero para generar una escritura que en los últimos años ha hecho de lo urbano una suerte de tubo de ensayo de lo que somos hoy en día. El experimento, como en libros anteriores, caso de ‘Un andar solitario entre la gente’, no es demasiado esperanzador con nuestro destino. Ruido, contaminación, deterioro de lo público, una clase política a la baja... síntomas más que evidentes de que la cosa no va bien y a eso se le ha sumado el proceso catártico que ha supuesto una epidemia que nos ha vuelto a poner frente a un espejo para que nos demos cuenta de lo que realmente somos. El escritor y académico ha colocado ese espejo a la altura de un balcón de un Madrid que focalizó hasta la extenuación lo que sucedía en este país, apareciendo en él reflejados los aplausos de la esperanza, pero también las sombras de la muerte que, como una plaga bíblica, recorrió las calles de este país.

Al tiempo, en ‘Volver a dónde’, editado por Seix Barral, Antonio Muñoz Molina ensancha esa mirada del hoy activando un proceso memorialístico que se evoca al ver cómo crecen sus tomates plantados en el mirador urbano de su balcón que lo llevan directamente a su infancia de Úbeda, la Mágina que ha supuesto tanto en su literatura, recuperándose de una manera estremecedora en la plasmación de un mundo que se agota de manera inexorable y ante el que enfrentarnos a ese virus ha acelerado dicho proceso. La tierra, la familia, pero sobre todo esa madre a la que finalmente este libro homenajea hasta sus últimas consecuencias, nos sitúan ante ese amor que surge del nexo familiar como quizás lo único que haya tenido sentido a lo largo de estos meses convulsos. Una raíz que Antonio Muñoz Molina prolonga a través de la infancia de su nieta, convertida, como su propia madre, en los extremos de un universo generacional lleno de incertezas y ante el estupor sobre lo que acontece a nuestro alrededor desde ese febrero del pasado año cuando no éramos quien de calibrar lo que estaba por llegar y que, llegados a este punto actual, tampoco hemos sido capaces de extraer las enseñanzas adecuadas del drama, del caos y del dolor. Las deficiencias de nuestro sistema sanitario, en gran parte motivado por la merma de inversión económica, o el desprecio hacia nuestros ancianos, descuidados hasta la ignominia en cientos de residencias son, a buen seguro, el gran arañazo en el alma que nos llevamos todos, junto a las cifras de víctimas mortales.

Todo ello propició un silencio denso y oscuro en el que el tiempo presente se convirtió en un vacío de horas, días y meses. El autor de ‘Volver a dónde’ cauteriza ese presente entre sonatas de Beethoven y los Episodios Nacionales de Galdós (tan visionarios de este mismo presente y de nuestra desgarradora identidad), también con la mirada ecológica hacia una ciudad que tendría que aprovechar para entenderse como más sostenible y eficaz con el ser humano. «Otra forma de vivir sería posible», escribe, como una especie de SOS, ante una de las últimas posibilidades para hacer de la urbe una comunidad de afectos y no una amenaza permanente. Pero más allá de ese presente en silencio surge un pasado que resuena desde la memoria íntima, un eco de emociones, olores, sensaciones y tactilidades que convierten esa maceta de tomates urbanita en el trabajo en el campo, en los pies hundidos en la tierra del hortelano que mima ese campo como parte de sí mismo.

‘Volver a dónde’ es la mirada comprometida de un hombre ante su sociedad, la identificación del yo ante la comunidad y la conciencia de un tiempo que se mueve demasiado rápido y ante el que solo unas cuantas músicas, un puñado de lecturas, una caricia cómplice, una copa de vino al caer la tarde y el amparo de la memoria, conceden un instante de tregua cuando la desazón semeja triunfar ante el declive de la vida.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 11/09/2021

domingo, 12 de setembro de 2021

A porta da imaxinación

 



Mulleres espidas, campos de millo, cruceiros, romarías, imaxes medievais, aves fantásticas… a pintura de José Solla é un canto constante á imaxinación e a xerar portas para que a nosa mente e a nosa vista se acheguen a un paraíso lúdico e sensorial que só a arte é quen de xerar hoxe en día.

Cando en 2018 o director do Museo de Pontevedra, Carlos Valle, me encargou o comisariado dunha ampla mostra retrospectiva que percorrería a obra de quen xa cumplirá os noventa anos o que fixo foi poñerme ante un home que xa coñecía ao coincidir con el en non poucas exposicións en Pontevedra e na nosa contorna durante as súas obrigadas visitas a Bueu e Marín, espazos irrenunciábeis na súa vida persoal pero tamén hórreos dunha inspiración artística que non deixaba de medrar ano tras ano. Esas inspiracións gardábanse nas súas maletas e no Mar de Plata abrollaban en novos cadros, en longas superficies de traballo que fixeron de José Solla un dos máis sobranceiros artistas daquela xeografía austral tan querida para nós. Nesas exposicións de verán José Solla, coa súa xa avanzada idade, amosaba un entusiasmo desbordante sobre as propostas pictóricas das que sempre suliñaba algún aspecto e gustaba comentar cos que compartíamos con el o gozo de velo ano tras ano. Ao traballar durante varios meses no seu refuxio de Bueu, aberto á ría, coas Ons como fondo máxico, e coas areas das súas queridas praias de Agrelo e Portomaior como espazo de distracción, comprobei como ese entusiasmo e paixón pola pintura eran o seu maior pulo para seguir cumprindo anos, para seguir gozando con cada nova obra, revisando as anteriores ou mesmo con cada liña feita sobre o papel.

A exposición que se inaugurou en xullo de 2018, sendo a gran mostra do verán pontevedrés, amosou a súa evolución artística dende aquela figuración cubista dos anos setenta, cos portos que tanto o engaiolaron de novo. Eran auténticos desafíos para o pintor que nacía dende o traballo coas formas e a disolución de elementos e nos que a imaxinación comezaba a impoñerse á realidade. Bodegóns e paisaxes completaban aqueles momentos de autoaprendizaxe. “Cada tarde é un porto”, escribiu Borges, e así foi para José Solla. Aqueles portos eran, ao tempo, o fío que enguedellaba as dúas orelas do Atlántico, ás que tan unido estaba coas súas viaxes, coa súa familia na Arxentina, coa súa terra natal de Marín, co seu universo máxico de Bueu, cunha Galicia que facía levedar unha compoñente mítica e ancestral como sustrato dunha obra que comezou a explorar novas posibilidades tras esa primeira etapa, pechada cunha Medalla de Ouro na II Bienal de Arte de Pontevedra en 1976.

Asomouse José Solla ao noso universo do Románico, aos tímpanos das igrexas para, subido nunha especie de ave do paraíso, abrir a porta aos soños e a unha desbordante imaxinación, enchéndose dende entón as súas obras de toda unha mitoloxía impactante para o espectador, pero sen esquecer nunca o debuxo no que tanto insistía como ferramenta básica de calquera artista e do que denunciaba o pouco caso que se lle facía na educación dos novos creadores. De feito insistiu moito para que na mostra do Museo o debuxo tivese un espazo importante, e así foi como adicamos toda unha sala a visualizar unha serie de traballos rápidos, apuntes feitos nun instante, moitos deles en viaxes polo mundo, en cafeterías ou hoteis, algúns como base de pezas posteriores, pero nos que se podía captar a natureza última do artista, a capacidade de observación e o apunte visceral.

As obras medraban nas súas capacidades, ao tempo que o facía a súa pintura, e a súa imaxinación precisaba de artellar un sistema para darlle acougo a esa frenética creatividade, e así creou as chamadas ‘Portas’, unha especie de panel onde se producía unha sorte de narratividade visual que lembraba os cantares dos cegos da antigüidade con múltiples esceas que nacían dos sustratos dos mitos galegos e que se enchían co universo onírico. Esas pezas tamén permitían a súa plasmación en superficies máis alá do pictórico e así Bueu goza na praza Massó dun dobre panel de pedra, ‘Inés-Palmira’ creado pola Escola de Canteiros de Pontevedra, no que reposa a nosa identidade e tamén a dun home que nos abriu ao longo da súa vida toda unha chea de portas para que cada un de nós academos o paraíso para, como escribía Cortázar, “obrigar á realidade a que responda aos nosos soños”. A iso mesmo se adicou, ao longo de máis de noventa anos, un ser irrepetible, José Solla, que da man da súa nai ía de cativo ás feiras de Marín e onde comezou a pintar recollendo imaxes na súa retina que non o abandoaron nunca, formando parte da súa pintura, e que abofé foron coas que pechou os ollos por última vez.




Publicado no Diario de Pontevedra 11/09/2021

Fotografía. Archivo Gráfico Diario de Pontevedra

 


luns, 6 de setembro de 2021

La luz del faro

 

[Ramonismo 79]

‘El cazador de ángeles’ de Antón Castro es un reencuentro y la celebración de la vida con todo lo que supone

 


ANTÓN CASTRO es un faro gallego a los pies de El Pilar de Zaragoza, un embajador atlántico de sensaciones, sirenas y olas saladas que una y otra vez se empeña en hacer subir la marea hasta los mismos Monegros. Nacido en Lañas (Arteixo) nunca renunció a ese carácter identitario de nuestra tierra, echándose a hablar gallego a la mínima disculpa. La vida lo llevó a Aragón y allí configuró una de las más importantes trayectorias como periodista cultural de España. Referente para muchos de los que empezamos a picar piedra en esto, recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2013, por su labor, principalmente en El Heraldo de Aragón, y colaborador en diferentes medios, pero nunca renunciando a su propia obra como novelista, autor de relatos infantiles y poeta. Textos en gallego y en castellano que hablan de este ser a la continua caza de unos ángeles que, como las sirenas de las que le hablaba su padre de niño, eran más bellas cuando las imaginas que cuando te las encuentras.

Armado de esa imaginación Antón Castro realiza un viaje desde aquel primer itinerario en bicicleta desde Santa Mariña de Lañas hasta nuestros días, que condensa en ‘El cazador de ángeles’, editado de manera primorosa por la editorial Olifante, para, desde diferentes miradas, unas más poéticas, otras más prosaicas, otras en las que se cruzan las amistades y otras en las que los instantes de la vida a través de lecturas, caricias, miradas, mares, pinturas, noches y paisajes, convertir este libro en  toda una celebración de la vida hecho por alguien agradecido por ser parte de esa fiesta.

Arrancan las moriñas gallegas con recuerdos de la infancia, brumas, sabores y leyendas que generaron una patria irrenunciable en el autor, aunque la emigración luego lo situase en otro paisaje, pero aquellos años sementados de espumas surgidas de ariscos rompientes, de carballeiras entre indescriptibles verdes y pequeños campanarios recortados en el cielo de mil azules, lo encadenaron a una memoria que está siempre presente en sus trabajos. Esa devoción solo tiene parangón con el permanente agradecimiento por el asombro, por encontrarse textos, pinturas, pieles o paisajes capaces de evocar una belleza que, como aquellas sirenas de las que le hablaba su padre, podían surgir en el momento más imprevisto. Pero aquí la realidad sí que era quien de acoger al cazador de ángeles, a quien gozase de una mirada capaz de detener el tiempo y provocar una conversación que luego podía formar parte de ese proceso comunicativo que Antón Castro inteligentemente entiende como vital para una sociedad que se precie. Desentrañar a Chillida en Venecia, a Lita Cabellut en su estudio, un poema de Becquer o a su amada Zaragoza y presentárselos a sus lectores es parte del contrato establecido con la vida.

Sabio traductor de todas esas realidades, recorrer estos textos supone acompañar al autor por todos esos mismos escenarios en la permanente convocatoria de la serenidad, el amor y la belleza, únicos estados del ánimo donde todo cobra sentido y la mirada se hace limpia para observar con mayor precisión aquello que nos rodea. Esas miradas, como la luz del faro que quebranta la noche, iluminan nuestra lectura, ya no solo desde lo ameno de lo narrado sino desde una contagiosa felicidad por lo vivido. «No hay nada más hermoso que vivir», arranca uno de los poemas, una expresión grabada sin ningún pudo cuando semeja que hoy en día todo debe ser dolor y furia, pena y compasión, de ahí que cada uno de estos textos tenga mucho de suma, de empujón para lo que queda, para continuar la singladura, y llenar de viento las velas.

«Fomos ficando sos/o mar o barco e máis nós», apuntó Manoel Antonio a bordo de aquel pailebote frente a un horizonte inagotable, ante el que ahora se rebela Antón Castro para no dejarnos solos en la travesía, para generar todo un cúmulo de complicidades que nos permitan, desde lo alto del acantilado, alcanzar un instante de belleza, cazar un ángel, para así confiar en nosotros mismos y cuando nos tiemblen las piernas escuchar aquello de: «Mamá, o neno».



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 4/09/2021

 

'Nada' de Carmen Laforet en la versión cinematográfica de Edgar Neville

 

En la singular cinematografía de Edgar Neville la adaptación de la novela 'Nada' de Carmen Laforet, tres años después de hacerse con el Premio Nadal, muestra el interés que desde bien pronto despertó la obra de una autora de la que hoy se celebra el centenario de su nacimiento el 6 de septiembre de 1921.




Esta novela, ganadora del Premio Nadal en 1944, fue llevada a la pantalla en 1947, creando una de sus mejores películas por múltiples motivos, aunque pase desapercibida por muchos de los que estudian su obra.

En primer lugar debemos decir que la elaboración del guion recaerá en su compañera, la inteligente Conchita Montes, que también protagoniza la película, con lo cual la óptica feminista del inicial texto de Carmen Laforet se mantiene. Este primer dato ya debería ser objeto de atención, en relación al papel de la mujer en la España de la década de los cuarenta y la apuesta por elegir el libro de una mujer y que la adaptación recaiga en otra.

La obra tuvo un enorme éxito, y supone, junto a ‘La familia de Pascual Duarte’ de Camilo José Cela el inicio del cambio en la narración española hacia unas temáticas más sociales y de un mayor compromiso con la persona y sus circunstancias vitales. Este éxito literario demuestra el sentido económico e industrial que pretendía Neville, ejerciendo en esta cinta, además de director como productor, caso inusual en nuestro cine y que a buen seguro le otorgaba la libertad necesaria para desarrollar sus universos particulares.

En ella se narra la historia de una joven, Andrea, que se traslada a vivir a Barcelona, a estudiar a la Universidad, compartiendo viviendo con sus familiares encontrándose un sórdido ambiente, de mezquindad, histeria e ilusiones fracasadas, donde las relaciones entre los miembros de la familia son de todo menos normales, acabando por hacer que la protagonista descubra un mundo resultante, en gran medida, de la contienda nacional. El texto recrea una parcela irrespirable de la realidad cotidiana del momento, recogida con un estilo desnudo y un tono desesperadamente triste.

Esta producción se muestra como excepcional en la trayectoria artística de Neville por diversos motivos. En primer lugar al tratarse de un éxito literario todavía muy reciente, en segundo lugar, por tratarse de un tema extremadamente serio, en la que no hay concesión alguna al humor, adaptando ese tono en todo el film. “Nada es en la película lo mismo que en la novela, creo haber conservado su ambiente hosco y duro, su clima y conseguido todo esto sin retórica y sin artificios, conservando los personajes con la misma sinceridad con que los trasladó al libro Carmen Laforet”, comenta el propio director en una entrevista en el número 38 de la Revista Imágenes en 1948.

Precisamente el conservar el ambiente agobiante del texto le lleva a Neville a conseguir uno de sus trabajos más logrados y admirables en lo relativo a los decorados, creando unos efectos visuales únicos en su carrera y que desmienten en parte su desinterés a la hora de preocuparse de algo más que el guion y los actores. Realizados por Sigfrido Burmann son tres los espacios que generan la acción: la vivienda de la familia de Andrea, la buhardilla de Román y la escalera, todos ellos actuando como definidores de un mundo oscuro y lleno de temores, como el que representa la familia de Andrea cuyas únicas salidas al exterior son para acudir a sus clases universitarias. En ellos la iluminación, con abundantes zonas en sombra, la acumulación de objetos en espacios muy pequeños y, sobre todo la audacia con que se tratan los techos, permite resaltar lo opresivo del ambiente familiar. Este trabajo con los techos se puede poner en relación con las aportaciones realizadas por en torno a la ambientación por Orson Welles en películas como ‘Ciudadano Kane’ o ‘El cuarto mandamiento’. En ellas este este avance supone un mayor realismo, acentuado con la baja colocación de las cámaras que acrecienta esa sensación y trabajando también en la profundidad de campo, así, la escena que recrea la enfermedad de Andrea es comparable a la de la esposa de Hearst en ‘Ciudadano Kane’, con la cámara situada a la altura de la cama y las sucesivas estancias abiertas hacia el fondo, creando inquietud y una atmósfera de inestabilidad.

La adaptación de Conchita Montes respeta con gran fidelidad los diálogos de la obra, y la estructura de la novela permanece fiel en su paso al cine, donde lo más interesante es cómo se consigue el clima a transmitir por el libro, el decorado, el sentido intimista que otorga el recurrente empleo de la voz en off, el estudio psicológico de los personajes, el ritmo de una gran lentitud que remarca el origen literario o la iluminación son elementos que maneja Neville en la pantalla.

Finalmente debemos apuntar una serie de elementos que pudieron inclinar a Neville a la hora de elegir una novela de una joven escritora como era Carmen Laforet:

Su función como documento colectivo de un momento histórico concreto, abandonando el tono costumbrista tan frecuente en sus obras. Neville en sus obras afronta realidades concretas: el Madrid castizo, el Madrid moderno… en esta ocasión apuesta por un ambiente familiar muy particular pero que, a buen seguro, representaba, a muchas familias.

Podía servirle de denuncia de una burguesía en plena decrepitud física y moral, como una consecuencia más de una postguerra tan cruel como la imperante en los años cuarenta.

Esa crítica a la miseria moral, le permite a Neville mostrar un régimen político incapaz de renovar a su sociedad e inculcarle un espíritu de renovación. Lógicamente, una película en la que de una manera indirecta, pero clara, se muestra un ambiente tan deprimente no sería visto con buenos ojos por los órganos censores que llegaron a amputarle media hora de emisión a lo rodado para suavizar el ambiente de frustración.

Carmen Laforet significa el comienzo de una nueva vía en lo literario, con unas pretensiones renovadoras de un mundo con el que Neville comenzaba a encontrarse a disgusto en el que aquellas vanguardistas ilusiones de cambio, de mejora de la humanidad, se iban progresivamente al traste. Neville, ya hemos visto como gusta y es capaz de reconocer obras que aportan aspectos nuevos al universo literario y sin duda ‘Nada’ es de esos textos. El tratarse de una narración lineal, sin saltos temporales que compliquen el seguimiento de la acción, con un lenguaje sencillo y apartado de grandes pretensiones, también está dentro de la idea de Neville de trabajar argumentos lineales (con la excepción de su obra maestra ‘La vida en un hilo’) que el director aplicó a sus películas.


(Texto extraído de 'Del guion a lo literario: fuentes del cine de Edgar Neville'. Ramón Rozas)

 

sábado, 7 de agosto de 2021

"Mami, gana"

Foguetes Verdes

A medalla de prata obtida por Teresa Portela é moito máis que unha vitoria nunha carreira. É a conquista dun desafío persoal, do soño dunha deportista e das arelas dunha nai traballadora



O BERRO de Teresa Portela cando se confirmou a súa medalla de prata no K1-200 era co que soñou durante tantas noites, o mesmo berro que a impulsaba polas augas dos seus adestramentos en Verducido ou no Lérez e nas que durante horas, días, meses e anos adicouse a preparar esta e todas as carreiras que a levaron a obter 17 medallas en Campionatos de Europa e 15 en Campionatos do Mundo, pero había unha medalla que se resistía, a olímpica, a que a calquera deportista lle abre as portas do Olimpo onde todo, a loita, o esforzo e a vida cobran o seu sentido. Ese Olimpo atopábase ben lonxe da súa terra de Aldán, en Toquio, aos pés doutro cume sagrado, o monte Fuji, e alí Teresa Portela, deportista, traballadora e nai, berrou para, seis Xogos Olímpicos despois, conquistar esa gloria eterna e poñer nas mans da súa filla un anaco de prata.

Ese berro era tamén á resposta dunha nai coraxe, como todas as deportistas de alto nivel que teñen que conciliar a súa vida como deportistas, como traballadoras e como nais. Naira, a súa filla de sete anos, díxolle, xusto antes de saír: «Mami, gana», e eu imaxino o silencio que se debeu producir durante uns segundos despois de escoitar aquilo, xa que iso si que é presión. Abofé que nin os cinco Xogos Olímpicos anteriores, nin o doloroso cuarto posto de Londres 2012, nin o cada vez máis preto remate da traxectoria como padexeira, son quen de activar unha presión semellante, a dunha filla mirando aos teus ollos e poñéndote ante un reto que xa non sae de ti mesma, senon do que máis queres no mundo.

En Sidney 2000 arrincou este camiño olímpico. Despois viñeron Atenas, Pekín, Londres e Río de Janeiro, cuartos, quintos e sextos postos que poderían levar, xunto co paso do tempo e a vida persoal, na que Teresa Portela conformou unha familia e sacou adiante tres licenciaturas, a emprender outra tarefa, pero no diccionario desta muller o verbo renunciar non se conxuga e o podio olímpico agardaba por ela.

Anotou José Saramago, na previa do seu libro ‘A viaxe do elefante’ que «Sempre chegamos ao sitio onde nos esperan». A gloria agardaba por Teresa Portela e ela nunca dubidou á hora de continuar esa viaxe, converter a súa teimudez en parte da conquista do éxito e un mérito que impulsase o seu kayak mentres ese «Mami gana» converteu o seu padeo nunha máquina perfecta e a súa mente xa só tiña un obxectivo, satisfacer á súa filla.

Así cruzou a liña de meta tras unha inalcanzable neozelandesa e ese berro de liberación chegou ata os ouvidos de Naira. Mama gañou e así a deportista dos seis xogos olímpicos, que é un mérito tan importante como esa medalla, obtivo a recompensa a tantos anos de sacrificios e esforzos contra ese reloxo que é o que realmente dá mostra do acadado, moito máis cos anos aos que tanto se alude cando se fala de Teresa Portela. Apuntou con bo tino o presidente da Federación Galega de Piragüismo, Alfredo Bea, neste mesmo xornal que o DNI non rixe no deporte, sendo o crono o auténtico elemento que di ata onde chegar. E a nosa padexeira de prata quere chegar a París, e todos sabemos que será quen de facelo. Alí non hai un monte sagrado, pero a ela iso xa non lle importa xa que conquistou o seu e o agasallo para a súa Naira. Tamén, na cita francesa, será o momento do relevo e de que outro nome do piragüismo, filla do Lérez, Antía Jácome, colla o testemuño para seguir mantendo ese elo sagrado entre a nosa terra e o olimpismo.



Publicado no Diario de Pontevedra 6/07/2021