domingo, 4 de decembro de 2022

Buscando la catarsis

 

[Ramonismo 131]

'Amor y morriña' es un relato repleto de humanidad y de unas exultantes ganas por aferrarse a lo significa la vida



La vida baraja y reparte sus cartas y con ellas tenemos que conducirnos por la vida. Y es que vida es lo que supura este texto, otro magnífico libro de Theodor Kallifatides, autor de origen griego que vive en Suecia desde los años sesenta, titulado ‘Amor y morriña’, y en el que nos encontramos con la historia de Christo quien, en 1966 y con veinticinco años es becado por una universidad en Estocolmo para desenvolver estudios de historia de las ideas, dejando atrás su Atenas natal. En ese marco Theodor Kallifatides desenvuelve un relato cargado de humanidad en el que la vida de un emigrante, el siempre complejo cruce de dos idiomas o los trabajos precarios contextualizan una existencia que si por algo se va a ver volteada finalmente es por el amor, por enamorarse de una mujer casada, algo que marcará los días que aquí se nos cuentan.

En todos lo libros de Theodor Kallifatides, presentados en España de la mano de la Editorial Galaxia Gutenberg, subyace siempre ese carácter del emigrante, del vínculo roto con la familia, del anclaje con una tierra y un sustrato íntimo que, en el caso de alguien procedente de Grecia, se ve alimentado por una serie de singularidades procedentes de sus distintivos culturales y de pensamiento, que marcan cada uno de los movimientos que el propio autor da en su vida. Sucede lo mismo con la elección de los argumentos en los que teje unas historias presentadas al lector de una manera natural, sin abrumadores artificios literarios que compliquen la lectura y en los que la vida transcurre no solo entre geografías distantes, sino también entre tiempos y sensibilidades, que crean una corriente como la de aquel río del mito, siempre el mismo, cuando siempre era diferente.

No es casual que Christo decida centrar su tesis en la obra de Aristóteles, en la explicación de ese proceso de catarsis por él enunciado y que está muy presente en la vida de todos nosotros, aunque no lo relacionemos con el filósofo heleno, o que cada noche lea un poema de Kavafis, otro errante en el mundo capaz, con su poesía, de descifrar el alma humana entre caricias y vientos que empujan a la navegación con ese deseo permanente que consiste en pedir que el viaje sea largo para hacer de la existencia un aprendizaje permanente y un acúmulo de experiencias. Todas esas experiencias son, como faros en la costa, las que señalan el itinerario del protagonista de ‘Amor y morriña’, en un libro claramente de formación de la persona que se desenvuelve en un contexto ajeno al suyo, y en el que se mezcla todo lo que surge en la vida de aprendizaje, de deslumbramiento ante, sobre todo, la relación con diferentes personas, pero también de formar una personalidad frente a los reveses que la vida nos obliga a sortear como parte de la travesía que, convendría no separar, conociendo la vida del propio Theodor Kallifatides, de su propia experiencia vital, pero que sería, al mismo tiempo la de tantos emigrantes que, desde tiempos inmemoriales y hasta hoy mismo, buscan un nuevo horizonte para desarrollar su camino.

Es, por lo tanto, este libro un canto vital, donde tanto lo carnal como la razón, es decir, lo intelectual, se van entremezclando como los dos grandes vectores de una vida que intenta ser plena. Lo carnal a través de la relación de amor con esa mujer, pero también otras relaciones de amistad, de parejas, de engaños o de deseos que todo lo modifican; y lo intelectual, con esa presencia de la cultura griega en un libro lleno de refranes procedentes de su tierra, de referencias a unos dioses del Olimpo que parecen seguir jugueteando con nuestras vidas tantos siglos después, del valor de las palabras y su importancia en nuestras vidas. «El ser humano nunca está solo. Está en su cultura», llega a escribir Theodor Kallifatides en una de esas frases que te provocan un escalofrío y que uno recortaría de su libro y, junto a los poemas de Kavafis, se tatuaría en la piel. Les dejo otra: «Lo imposible también tiene que existir», y otra: «Vivir sin tu lengua sería una pena constante». Todo ellos elementos que firmaría cualquier joven que se dedica a descubrir la vida desde la escritura pero, en este caso, esta novela está escrita por quien tiene más de ochenta años, en lo que se vuelve un fascinante ejercicio de rebeldía frente al destino. Un pulso que no entiende de pesadas piedras que ruedan montaña abajo cuando llegas a la cima y que lo único que intenta es explicar cómo la vida es una tragicomedia de la que somos protagonistas a la búsqueda de una explicación, a la búsqueda de la catarsis.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 29/10/2022


martes, 29 de novembro de 2022

El ruidito de la aguja

 

[Ramonismo 130]

'Todo lo que importa sucede en las canciones’ es un emocionante recorrido vital maridado con la música



DEJA Fernando Navarro caer la aguja del tocadiscos sobre los surcos de ese disco que está dispuesto para detonar la vida, para convertir minutos de letras y músicas en una cascada de emociones que, tras ese ruidito de la aguja al rascar el vinilo, pasan a formar parte del recorrido vital de este periodista musical. ‘Todo lo que importa sucede en las canciones’ (Pepitas de Calabaza), propone asomarnos a esa vida que sin la música no tendría sentido o, por lo menos, lo tendría muy diferente, así como los encuentros con las personas que uno va colmatando a sus flancos para continuar el viaje.

Esas personas, mujer, hijo, madre, psicóloga o amistades, en mayor o menor grado, son también parte de una banda sonora existencial que Fernando Navarro escruta a corazón abierto, proponiéndonos un texto lleno de sinceridad, de perspectivas vitales siempre rodeadas de una canción determinada que explica cada uno de esos itinerarios en un maridaje que, quizás todos nosotros tenemos, por aquello de vivir siempre rodeados de canciones, pero que, en el caso de un crítico músical, se convierte en un inmenso ring en el que se decide todo y sobre el que poder esquivar mejor los golpes de la vida cuando es una voz y una canción la que intenta explicarte.

No elude Fernando Navarro en los capítulos de este libro, apadrinado cada uno de ellos por una canción, los golpes que todo proceso de maduración lleva consigo y al que cada uno se enfrenta de una manera muy diferente. Agarrado a esas sintonías, el autor, al tiempo que nos explica los contextos del intérprete de esa canción y cómo surgen esas melodías, nos sitúa frente a su propia historia y cómo la juventud se va orillando para dejar paso a una madurez a la que siempre cuesta llegar, por lo que tiene de renuncia, de asunción de responsabilidades y de fracasos que toda singladura lleva consigo. El dolor de dejar a la que ha sido tu pareja, la incertidumbre de alejarte de un hijo pequeño, la pérdida de la madre, una mudanza, las visitas a una psicóloga, la irrupción de otra mujer... muescas de lo que supone estar vivo, momentos de zozobra que solo parecen encontrar sosiego cuando esa bendita aguja hace que Bob Dylan, Elvis Presley, Bruce Springsteen, Tom Petty, Lucinda Williams o Patti Smith den sentido a una habitación vacía de muebles y llena de cajas precintadas, con sus palabras arrojadas al viento como parte de ellos pero que desde ese solitario momento se convierte en nosotros.

Lo cierto es que a los pocos minutos de comenzar esta lectura Fernando Navarro ya consigue envolverte con su relato, con sus bandas sonoras, con esa literatura radicalmente humana que consigue. copiando las palabras que él mismo dedica a la música de Bob Dylan, «una música radicalmente humana». Y es que si algo transmite este texto es una estremecedora autenticidad en lo que se cuenta a partir del contacto y las experiencias con todas esas personas fundamentales en la existencia de Fernando Navarro, pero también de cada uno de los lectores que se asomen a este libro y que rápidamente intentarán también traducir su vida en músicas. Un libro que, por ese peso de la dinámica musical, te obliga a interactuar de una manera mucho más viva que en otros textos. En cada capítulo te ves obligado a buscar en tu móvil esa canción que no conoces, a recordar aquella otra que has escuchado hace demasiado tiempo o, incluso, a comprar discos que desde esta lectura ya pasarán a formar parte de ti. Es por ello que el agradecimiento que siempre debemos tener con todo escritor por lo que aprendemos de sus escritos, por compartir sus emociones y por ofrecernos buenos momentos, en el caso de ‘Todo lo que importa sucede en las canciones’ se extiende al descubrimiento de esas canciones tan buenas que es imposible no compartir el gusto de Fernando Navarro.

Acabo ya, y lo hago escuchando ‘Workingman’s blues #2’ de Bob Dylan del disco ‘Modern times’, la canción con la que se inicia este rosario de canciones, este desfile de emociones y, ciertamente, no podría ser otro. Bob Dylan como piedra fundacional de tantas emociones y con el que también se cierra este libro que transita por una vida y por un puñado de canciones en un sendero repleto de sinceridades, de errores y de raspones, también de felicidades, de alegrías que personas y músicas nos conceden a todos nosotros para seguir avanzando por esos surcos en que nos coloca la vida como si nos moviéramos por un disco, o por una canción, allí donde sucede todo lo que importa.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/10/2022


martes, 15 de novembro de 2022

Ajenas al mundo

 

[Ramonismo 129]

'De bestias y aves’ genera un territorio íntimo, un ecosistema femenino repleto de tensiones que golpean al lector


Una carretera, una mujer llamada Cora y un itinerario. Una huida y una presencia. Así es como Pilar Adón nos adentra en otro de sus libros de los que no es sencillo salir indemne. ‘De bestias y aves’ (Galaxia Gutenberg) plantea un recorrido físico, pero también vital, el de una mujer con una pesada mochila a la espalda que se establece en un territorio del que desconocemos muchas cuestiones y pocas más sabremos al término del relato, pero en el que somos capaces de calibrar toda una serie de tensiones que saltan desde esas líneas al propio lector, adentrándolo en un ecosistema lleno de nombres de mujeres que establecen una suerte de comunidad que, como la tela de una araña, atrapa en ella a quien se aventura en esa estructura aparentemente invisible.

Una vez más, tras otros títulos también editados por este sello, como ‘Las efímeras’ y ‘La vida sumergida’, Pilar Adón evidencia su registro literario. Ese espacio propio que es tan difícil de establecer pero que ella ha sabido plantear de una manera firme, en base a una forma de narrar llena de capas, de telones que se van descorriendo descubriendo toda una tramoya existencial que convierte a los protagonistas de sus libros en seres a los que una enorme lupa intenta contextualizar en un entorno desasosegante y que pone al límite al ser humano, evidenciando miedos, contradicciones y frustraciones. Su lenguaje, tan bien trabajado, plantea todo un ovillo con el que envolver tanto a protagonistas como a lectores, sujetándonos desde las primeras páginas hasta las últimas consecuencias, del todo imprevisibles. Trabaja también su autora el ritmo de un texto con enormes valles en los que el tiempo se suspende, en el que el relato parece sugestionarse a sí mismo, y que posee una enorme importancia para la creación de esa atmósfera que siempre se materializa en sus textos de una manera puramente física, y que casi obliga al lector a apartar con sus dedos esa especie de nebulosa que Pilar Adón provoca.

No han sido pocos los elementos geográficos o meteorológicos que han salido hasta el momento en este comentario y es que lo cierto es que todo lo natural está muy presente en ‘De bestias y aves’, hasta el punto de que ese territorio en el que se adentra una mujer en la noche, tras horas de carretera,  se configura como un protagonista más del relato. Un panteísmo literario que convierte lo natural en una suerte de líquido amniótico en el que elementos vegetales, animales y la propia agua, forman parte decisiva de lo que sucede y de cómo esa protagonista intentará que el peso de su mochila se alivie de alguna manera.

En ese contexto, esta desterrada de su pasado, se adentra en un universo femenino con personajes tan enigmáticos como atractivos. Mujeres alejadas del mundo y ajenas al mundo en el que no todos se sienten cómodos, pero donde Cora encuentra un ámbito de pertenencia, la compañía de otras, la sensación del clan, la comunidad todavía por explorar pero, al fin y al cabo, explorar la acogida de los otros es reconocerse a uno mismo. Mujeres y naturaleza plantean este paréntesis lleno de sensaciones, de estremecimientos en el que sumergirse. Un lago en el que reflejarse para verse a sí misma, para entender el peso propio, un escenario para aligerar la carga, en definitiva, para hallar esas respuestas que nos ahogan tantas veces y a las que somos incapaces de enfrentarnos.

Pilar Adón nos propone un relato inmersivo, lleno de ambigüedades y derivas que no hacen más que agitar todo lo que semeja firme, convirtiendo esa Betania en un escenario que no llega a ser de terror, pero sí que nos perturba de una manera cada vez más intensa a medida que sus personajes y las diferentes situaciones se suceden y envuelven a Cora bajo esos telones que pensamos se están moviendo en un proceso de desvelo, cuando lo único que hacen es envolver de una manera más intensa a esa presa que entró donde no debía, allí a donde la llevó un instinto que la convierte en un animalillo más, un miembro más de un bestiario que forma parte de un ecosistema lleno de fricciones y violencias.

La escritora madrileña continúa así proyectando ese universo propio hacia el exterior a través de historias en permanente combustión. Un territorio incómodo que, sin embargo, seduce al lector por su valentía y energía.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/10/2022

luns, 31 de outubro de 2022

Una luz negociada

 

[Ramonismo 128]

'Un año y tres meses’ nos coloca ante el desgarro, pero también ante la complicidad de una existencia compartida



ELLOS tenían el amor, y también las palabras. Un refugio eterno para balizar una historia en común y, tras la «miserable muerte», un bálsamo para aplacar el dolor. Luis García Montero convierte su último libro de poemas, ‘Un año y tres meses’, en el cuaderno de bitácora de la desolación, en un horizonte roto que, sin embargo, le concede el más firme de los sentidos a todo lo vivido. Una vida que se traduce en la conquista de un amor que muchos nunca alcanzarán jamás, pero que Luis García Montero y Almudena Grandes convirtieron en ese completamente viernes que supuso una relación que, a partir de la irrupción del amor, fue conquistando numerosos puertos: los de la familia, los de las amistades, los de la escritura, los del compromiso cívico, los de la ejemplaridad en la defensa del ser humano ante las injusticias y el de la lucha por esa quimera irrenunciable que es la de alentar en la ciudadanía el espíritu crítico que da sentido a esa palabra: ciudadanía.

Ese horizonte que hacía enfermar a nuestro poeta Manuel Antonio es el que asoma en el primer poema de este itinerario de versos acodados en el desamparo, en el camino compartido que no ofrecía más que una salida a la que era imposible mirar a los ojos a riesgo de convertirse en estatuas. Ambos iniciaron una travesía allá donde nadie quiere ir, hacia un mar de tinieblas lleno de embestidas y miedos. Un naufragio que cabía en una mirada, en dos manos que se unen o en un diálogo que hace de lo pasado una existencia compartida que frena cualquier tempestad. Es esa «luz negociada» que en la intimidad del dormitorio permite la lectura, porque el amor también es eso, la cesión de lo que ilumina al compañero, el despejar la oscuridad para lo propio, el no sentirse cegado por el deseo del otro. La pena, el crujir de dientes y el puño cerrado es que esa luz se haya apagado.

Un año y tres meses’, se convierte en un diario de lo que un diagnóstico de un cáncer jodido puso sobre la mesa como un terremoto que hizo saltar todas las piezas de la partida, estableciendo una pelea que duró, justamente esa acotación temporal, tan finita como eterna. Así fue como las habitaciones de hospital, los vómitos y las pelucas mudaban todo un paisaje físico impulsando en el poeta la necesidad de contar lo vivido, de hacer de ese tintero del dolor un alivio para el alma en forma de escritura, en forma de palabras, siempre las palabras, y la confirmación de aquello que tantas veces le hemos oído a Luis García Montero sobre la poesía, que no es más que un ajuste de cuentas con la realidad. En esta ocasión el enemigo era demasiado poderoso emponzoñándolo todo con su veneno de crueldad y envolviendo cualquier esperanza bajo sus alas negras, lo que hizo de ese periodo de tiempo un tortuoso descenso a los infiernos en el que, sin embargo, Luis García Montero, nos deja el alumbramiento de una felicidad inesperada, como lo era aquella de la que le había hablado su gran amigo y poeta Joan Margarit que, ante un abismo similar, entendió esos últimos meses como los más felices de su vida, ya despojado de pesadas, y tantas veces estúpidas cargas, haciendo de su entorno el mejor amparo. En el caso del director del Instituto Cervantes esa percepción surge del cuidado de quien se ama, del volcarse con el otro, de las conversaciones donde descifrar lo amado, en definitiva, en recuperar lo compartido como un resumen que aplaca cualquier oleaje y hace de cada mirada entre la pareja un firme ejercicio de amor a la vida.

Las tres partes del poemario nos llevan por la enfermedad, la pérdida y un poema que, como epílogo, asume lo que se ha vivido a lo largo de ese año y tres meses a partir del cual ya todo ha sido diferente, y no siempre malo, ya que si algo puede mitigar el desgarro de la pérdida, aunque sea de manera mínima, es la respuesta del anonimato, de miles de lectores que, desde el primer momento del trance, han hecho de sus actos un devocionario hacia quien tanto les había regalado a todos ellos través de sus libros, de esos textos tantas veces anclados en la resistencia o, como escribe el poeta, «la razón del viento» de sus novelas.

La resistencia’ es el título de uno de esos poemas que son puro estremecimiento, como cada uno de los que lo acompañan desde la enorme dignidad de quien los escribe, en un difícil ejercicio para no caer en eso que le sienta siempre tan mal a la poesía como la sensiblería o el exceso. Aquí todo se vuelve real, esa cercanía a situaciones, relaciones con otras personas u objetos de la vida cotidiana le conceden esa pátina experiencial que humaniza todo lo que se guarda en este libro tan bellamente editado por Tusquets en su colección de poesía, en ese mismo sello que acogió a Almudena Grandes y a ese viento suyo que tan bien nos hacía a todos.

Ahora el viento es brisa. Una caricia que nos llega a los lectores para comprobar la bondad de la poesía para transitar por territorios tan complicados como los del dolor, para hacer de su palabra y hasta de sus silencios el escenario más dotado para reconocer la perplejidad del ser humano ante la ausencia. «Nunca tuvimos fe/pero teníamos palabras», escribe Luis García Montero, y son esas palabras las que ahora nos hacen compañía, las que intentan convertir la poesía es un deambular entre el desconcierto pero también entre la sobriedad de quien asume la realidad como parte de esa partida en la que poco a poco las piezas irán recuperando posiciones, aunque todos sepamos que «uno de los dos muertos debe seguir en pie».

Un año y tres meses’ es emoción, pero sobre todo es un canto al amor compartido, al tiempo que, como un tesoro incólume, hace de su brillo la revelación de que «la muerte es miserable, miserable, la muerte es miserable».



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 8/10/2022


xoves, 20 de outubro de 2022

Fascinación por lo real

[Ramonismo 127]

José Ovejero crea una serie de relatos para trazar su senda vital desde la infancia y bajo el firme empeño de ser escritor


TODO libro que husmea en el interior de un escritor tiene algo de pellizco, de adentrarse en espacios complejos. Asomarse a ellos muchas veces supone afrontar sombras que, junto con las siempre presentes luces, conforman lo que un autor es, y, observando con atención, sirven para explicar su visión alrededor del mundo y su posterior traslación a lo literario. José Ovejero hila una serie de relatos que bajo el título de ‘Mientras estamos muertos’, editado por Páginas de Espuma, hacen de ese pellizco un estremecimiento, el que cada vez más logra llegar un escritor en estado de gracia. José Ovejero ha convertido sus últimos libros en una corriente narrativa de alta tensión que arrastra al lector a ese universo construido línea a línea, párrafo a párrafo y, en este caso, aliento tras aliento.

Algo similar nos ocurrió con su anterior libro, ‘Humo’, en el que la aspereza y las relaciones humanas estaban muy presentes, y ahora, gracias a ese asomarse a lo íntimo, a lo vivido en primera persona, se incrementa esa capacidad de José Ovejero por mostrarnos eso que él mismo define como la «fascinación por la realidad», y que entiende es su germen o el impulso para convertirse en escritor.

Este retrato familiar nos envuelve desde el primer momento, pasando a ser cómplices de ese relato como unos habitantes más de un tiempo, el del tardofranquismo español, en el que las familias de una determinada clase social no eran muy diferentes en Madrid o en Galicia. Todo ese microcosmos que emerge del contexto de una familia en el que vecinos, parientes o compañeros de colegio tejen toda una serie de vínculos fundamentales en la infancia y adolescencia y que, vistos con la distancia del tiempo transcurrido, se convierten en estampas de una vida que José Ovejero no recrea con condescendencia o desde una mitología familiar nostálgica o almibarada, sino que desde esa vivienda de Vallecas la existencia se veía y, por supuesto, se sentía de una manera muy determinada, por alguien que se empeñó en ser escritor y no defraudar con esa decisión a su familia.

Ese «esfuerzo por llegar», como él mismo escribe, va calibrando la mirada del niño que en su proceso de crecimiento observa la realidad de una manera muy diferente en cada periodo vital, toda una lección sobre lo que significa aprender a mirar y, al tiempo, aprender a vivir, con lo que ello supone de cambio en nosotros mismos y de cómo nos relacionamos con ese pasado que entendemos como un tiempo pretérito y superado pero que anida en nuestro interior rebelándose en determinados momentos.

Esa aspereza que apuntaba anteriormente crea una atmósfera turbia que se disuelve en cuanto José Ovejero habla de su amor por E. y de los numerosos motivos que le llevan a acordarse de ella, a generar, desde este presente, un altavoz de una felicidad inesperada, pero que aquí permite despejar todas esas voces del pasado que en demasiadas ocasiones han sometido al autor a una oscuridad que solo el amor parece poder horadar. Un capítulo hermoso que resplandece como una llama entre ese recorrido vital lleno de recovecos, de lo que, al fin y al cabo, supone aprender a vivir, y donde también hay tiempo para el humor, como el brillante texto sobre la compra y la necesidad o no de unas caras botas, o también una versión B sobre el entierro de su padre, así como para la emocionante delicadeza de hacer una fotografía a ese padre en su tiempo final.

Mientras estamos muertos’ nos permite, por lo tanto, olisquear el hábitat humano de José Ovejero, encontrando no pocas claves de lo que significa su manera de ser escritor. Él mismo argumenta muchas de ellas a lo largo de los diferentes capítulos en los que nos ofrece sus opiniones sobre el mundo literario, ese al que ha llegado esta voz surgida de Vallecas para, a partir de ese contexto, sacudirse muchas incertezas hasta el momento en el que se alcanza la fuerza suficiente para colocarse ante el espejo o los espejos que nos van poniendo delante a medida que nos hacemos mayores. El escritor, bendito él, posee el don de poder convertir en palabras el resultado de esa visión, y solo algunos tienen la valentía de convertirla en lectura para que el lector no solo disfrute de esa posibilidad, sino que se entienda mejor aquello que construye el interior de un autor.

José Ovejero nos sitúa en el centro de esa galería de espejos en los que él mismo se ha visto reflejado para, desde lo autobiográfico, lo real y quien sabe si también lo imaginado, proponernos una historia individual, pero que se expande por un contexto social y físico del que todos somos parte. 

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 1/10/2022 

 

domingo, 16 de outubro de 2022

Tres mujeres

 

[Ramonismo 126]

Lara Moreno concibe un excelente texto desde el que mostrar tres perspectivas de la vida de la mujer en la sociedad



OLIVA, Damaris y Horía, son los nombres de tres mujeres. Las tres protagonistas de la novela de Lara Moreno, ‘La ciudad’, que, bajo la edición de Lumen, nos ofrece un extraordinario relato sobre tres vidas que coinciden en un edificio de viviendas en el madrileño barrio de La Latina. Un ecosistema urbano que se condensa en esos pisos y escaleras desde donde se puede observar cómo nuestra sociedad todavía deja mucho que desear en cuanto al tratamiento que ofrece a determinadas realidades de la mujer, cuando se encuentra en diferentes situaciones límite.

Abismos frente a los que te coloca la vida de la manera más inesperada en ocasiones, aunque en otras, esa situación surge en base a una especie de cocción lenta de diferentes ingredientes personales y colectivos que llegan a un punto en el que, como en una olla a presión, todo salta por los aires. Una situación de malos tratos en la pareja, y la vida de dos inmigrantes con diferentes procedencias, colombiana y marroquí, respectivamente, generan una suerte de líneas paralelas que, por la vida en la ciudad, se entrecruzan ante la mirada inconsciente de sus protagonistas y de un lector que rápidamente se suma a querer conocer el destino de estas tres mujeres y cómo se enfrentan a esas situaciones, condicionadas por un entorno rara vez comprensivo con ellas, y que hace del anonimato de la masa una suerte de dique de contención que no entiende de solidaridades o afectos, mientras la vida de la ciudad no se detiene.

Hablaba anteriormente de miradas que se cruzan y si algo llama la atención en este libro son las miradas que brotan de cada una de sus protagonistas. Miradas hacia su situación, pero también las miradas que ellas mismas dirigen a esa sociedad ausente en su sentido cooperativo y, finalmente, las miradas que todas ellas sienten de ese colectivo hacia su situación. Una mirada de indefensión, de vergüenza, cuando no de miedo ante el desvelo de su intimidad. Capítulo a capítulo el círculo se va estrechando en torno a cada una de ellas, la sensación de asfixia se hará mayor hasta el desenlace final. A todo ello ayuda la escritura de esta autora sevillana de frases cortas que sintetizan lo esencial y eliminan lo que sobra, dejándonos ante una literatura esencial, que retrata de manera abrupta pero necesaria esa hibridación de lo íntimo y personal con lo colectivo, y que nos muestra un amplio abanico de realidades vinculadas con la violencia que esta sociedad de manera más o menos descarada ejerce sobre la mujer y que va desde la violencia de género, hasta la laboral con un trabajo de corte esclavista en territorios agrícolas del sur, la separación de los hijos, la dificultad para encontrar vivienda de las extranjeras, la economía sumergida o el acceso a la sanidad. En definitiva, la evidencia de que todavía hay muchas fisuras en nuestra sociedad que, como un bloque de viviendas, acoge diferentes realidades, muchas de ellas próximas entre sí, aunque separadas por una simple puerta cerrada o una ventana entreabierta. Tras ellas no pocas veces se esconden frágiles vidas a punto de ser derrotadas por quienes ejercen diferentes tipos de violencias ancladas en lo más profundo de una sociedad en la que todavía queda mucho por hacer, por orear esos espacios llenos de una herrumbre que no solo destroza lo particular sino que evidencia la falla del grupo.

Lara Moreno logra articular un relato admirable en su fondo, pero también en una forma que muestra su potencial literario al integrar en un mismo pasillo tres realidades alejadas entre ellas, pero que unidas generan un poderoso retrato de tres mujeres que no paran de luchar para hacer de cada una de sus vidas no solo un acto de amor y sacrificio hacia los demás, olvidándose de su propia libertad, sino un acto de resistencia ante el olvido colectivo, ante la tensa relación con una sociedad en la que nunca, y estando tan intensamente conectados, nos sentimos dolorosamente aislados.

Esa dialéctica entre el exterior y el interior se acrecienta gracias a la conquista que la escritura de Lara Moreno realiza de lo físico, desde la recreación de acciones cotidianas en nuestras viviendas, de los objetos que manejamos cada día, de nuestros movimientos, en apariencia irrelevantes, pero que, como en su poesía, son el rastro de una vida, en este caso el rastro de tres mujeres.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 24/09/2022


martes, 11 de outubro de 2022

Aguanta, corazón

[Ramonismo 125]

La nueva novela de Susana Fortes se llena de misterio para llevarnos hasta la infancia y la memoria que somos



La infancia queda en cada uno de nosotros como uno de esos firmes anclajes que nos amparan ante los temporales de la vida. Un territorio mítico que muchas veces no es tan luminoso como todo ser humano se merece y en el que las sombras, cuando se producen, son tan alargadas que marcarán, durante el resto de nuestra existencia, esa travesía homérica en que se convierte toda existencia.

Es en el canto XX de la Odisea cuando la diosa Atenea susurra al oído de su protagonista, Odiseo, aquello de ‘Aguanta, corazón’, ante el estupor frente a la pérdida de los suyos y como manera de resistir ante lo queda de recorrido. Un gesto de humanidad que llena de fuerza al héroe ante las muchas oscuridades que le comienzan a rodear de manera amenazadora. A ese susurro también se aferra Susana Fortes a la hora de impulsar a la protagonista de su nueva novela, ‘Nada que perder’ (Editorial Planeta), en la que Blanca regresa, no solo a una geografía muy determinada, la del Baixo Miño, sino a un pasado, el de su infancia, en el que se vio envuelta en un suceso trágico, como fue la desaparición de dos de sus amigos de aventuras mientras ella aparecía en un canasto, sana y salva, unas horas después. El descubrimiento de los restos óseos de dichos niños veinticinco años después en el castro de Santa Tecla, así como la labor de un periodista que busca encontrar respuestas a aquel caso, provocan el regreso de Blanca, todavía con mucho de niña, todavía con muchas deudas que saldar con un pasado que marca su personalidad y cada una de las singladuras tanto profesionales como personales por las que le ha llevado la existencia.

Cuando aquel verano se rompió un telón de silencio cubrió esos hechos y la comunidad de vecinos y familiares en los que se produjeron maquinaron, casi de manera refleja, todo un caparazón inaccesible para que la luz de la verdad ilumine los acontecimientos, señale a los culpables y, sobre todo, le conceda sosiego y calma a los que de manera íntima se vieron afectados por aquellas dos precoces muertes. Con este trasfondo y las capacidades ya más que demostradas de Susana Fortes para armar este tipo de historias desarrolladas en títulos anteriores como ‘Quattrocento’ o ‘La huella del hereje’, la autora rápidamente nos envuelve en una trama perfectamente construida en base a su destreza para configurar personajes y, sobre todo, para convertir diferentes escenarios en reales, aproximándolos al lector de una manera cómplice. Uno duda poco de que aquella niña, con sus juegos infantiles, con los objetos que manejaba en su infancia, con sus pinturas y cuadernos, con sus juguetes y lecturas adolescentes, no esté muy alejada de la Susana Fortes niña, del mismo modo que las andanzas del periodista cómplice con Blanca, bebe del clan familiar, maná inagotable que también nutre esas historias rurales de Galicia que, como en este caso, se acodan en las márgenes de un río con lo que eso tiene de especificidad, de territorio fronterizo, de recovecos físicos que, como en la vida, deparan sorpresas.

Pero bajo ese mcguffin de la resolución de un misterio, Susana Fortes apuesta por algo mucho más intenso, por la fortaleza de la novela que transcurre más allá de episodios vinculados a la Guerra Civil o al narcotráfico, sino que convierte esa abrupta infancia en un espacio dialéctico con el universo de los adultos. Como aquellos niños de películas como ‘La noche del cazador’ o ‘Matar a un ruiseñor’ el aprendizaje del mundo de los mayores no siempre es sencillo y, en ocasiones, el miedo, el dolor o simplemente el terror, inundan para siempre lo que debería ser un ámbito de felicidad permanente, de gozo continuo y de exploración de la vida.

Nada que perder’ se convierte así en una excelente novela sobre cómo el tiempo encapsula ciertas verdades, cómo los ojos de un niño o una niña ven de manera muy diferente con doce años que cuando la mirada se va endureciendo y las almas se van agrietando, en definitiva, Susana Fortes establece otra de esas geografías vitales a las que nos acostumbra desde su literatura. Textos llenos de destellos que la vida ha ido dejando en ella misma y que flanquean un argumento que huye, como hacen tantos de manera simplona, de estereotipos gallegos para rodear un argumento asentado en Galicia pero de raíz universal.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/09/2022 

domingo, 9 de outubro de 2022

¿Qué es la cultura?

 

[Ramonismo 124]

'En el vientre de la ballena' es una atalaya desde la que observar el inabarcable paisaje que supone la cultura



¡POR allí resopla! gritaba la tripulación del Pequod cada vez que asomaba por el horizonte marino el lomo de aquella ballena blanca, al tiempo que le hervía la sangre al capitán Ahab preparado para cumplir su venganza de atrapar aquel animal que lo había marcado para el resto de su vida. De manera parecida, y partiendo de una imagen tan poderosa como la de una ballena surgida del inconsciente de Diego Moldes mientras leía un texto del gran e inolvidable George Steiner, el autor pontevedrés se afana por capturar a ese gigantesco cachalote que forma parte de nuestra sociedad, como es el de la cultura, intentando responder a una pregunta: ¿Qué es la cultura?, que detona en el interior del libro proyectándose en infinitas direcciones a la búsqueda de poder arponear toda una serie de respuestas que no hacen más que poner en valor lo que significa el hecho cultural en la configuración y evolución del ser humano.

Profundo conocedor de esas inmensas ramificaciones que desde la noche de los tiempos significan a la cultura como un elemento imprescindible en el devenir humano, Diego Moldes nos presenta un vastísimo y documentado trabajo en el que, como él mismo admite de manera lúcida: «Lo más valioso de mi libro es lo que yo no he escrito», y es que junto a sus aportaciones personales, que las hay y bien interesantes, ‘En el vientre de la ballena’ (Galaxia Gutenberg), se convierte en una venturosa travesía alrededor de las opiniones de numerosos nombres que son referentes culturales de nuestro momento y que responden a dos cuestiones que vertebran todo el ensayo. Y estas son la ya referida búsqueda de una definición de cultura y en qué se asemeja y diferencia la cultura del siglo XXI de la cultura del siglo XX. Respuestas que se van amalgamando con todo ese horizonte generado por la cultura desde sus diferentes posibilidades y géneros, que Diego Moldes nos permite observar como si estuviésemos a bordo del ballenero creado por Melville para ser conscientes de las posibilidades del ser humano y cómo cuándo nos lo proponemos no somos esa especie que cada vez más semeja fracasada en su capacidad de mejora. Si algo permite la cultura es sembrar preguntas y respuestas, dudas que, como un catalizador, activan la inquietud de los autores para alentar ese hecho central del texto como es la creación.

Unas creaciones que son las que se manejan como referentes, como acompañantes en el cabotaje de Diego Moldes por un sinfín de océanos imposibles de reconocer al completo, pero en los que nuestro intrépido capitán selecciona una serie de hitos que han ido conformándonos a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestro tiempo, quizás el más convulso o quizás no, ya que demasiadas veces entendemos cada uno de los tiempos presentes como único e irrepetible, cuando, precisamente este libro, genera toda una serie de encadenamientos a través de procesos creativos que se alimentan a lo largo del tiempo, uniformizando esa línea temporal. Todos esos sedimentos de lo que somos son los que al ser descubiertos permiten al autor enfrentarse al interminable debate alrededor de lo creativo, del sentido lúdico del creador, de la distinción entre alta y baja cultura, a la modernidad líquida de nuestro presente, al desafío digital, al canon cultural, a las diferentes formas de lo que puede entenderse como cultura... es decir, todo un inmenso espacio de pensamiento y discusión, pero este es, a mi modo de ver, el gran éxito de este libro, el lograr parar el tiempo, el encerrarnos en esa singladura para propiciar nuestra reflexión en un momento marcado por una sobrecarga de estímulos que logra que todo sea más liviano y etéreo, convirtiendo en destacable una de las frases iniciales de este libro tomada de Montaigne, cuyo comienzo es el siguiente: «No estamos nunca concentrados en nosotros mismos...». El autor francés la escribió muy lejos de nuestro entramado visual, pero una vez más pone ante nuestros ojos la permanente necesidad del ser humano por observar su interior, por convertirse en un ser  capaz de reflexionar sobre sí mismo y sobre su entorno, para lo que la cultura es el mejor bote al que subirse. Diego Moldes logra encerrarnos en un buque literario para enfrentarnos a un rastro cultural sin el que el ser humano sería muy diferente, y, si me lo permiten, bastante menos humano.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/09/2022


mércores, 10 de agosto de 2022

Antes no era ahora

[Ramonismo 123]

El debut literario de Arturo Muñoz es un sagaz relato sobre ETA y su entorno narrado de manera diferente a lo habitual




Sin duda el tiempo es el mejor tintero para poder escribir sobre lo que supuso la existencia de la banda terrorista ETA en nuestra sociedad. Un tiempo necesario para tomar distancia, para masticar acontecimientos llenos de rabia y de dolor, pero también para extender un foco de luz por toda una serie de elementos que muchas veces han quedado oscurecidos por los intereses o la visceralidad con la que muchos se acercan a esta cuestión que, de una manera tan dramática, afectó a nuestro país durante demasiadas décadas.

Es en esa aproximación, portando una especie de farol, donde la literatura puede aproximarse a territorios poco explorados desde el periodismo o la historiografía, pero necesarios para comprender todo el contexto en el que se desarrolló ETA, y que cuando esta se realiza, con rigor, manejando datos y de una manera seria y contundente, permite ampliar un ángulo de visión que, como en el caso de ‘Por un túnel de silencio’, nos ofrece muchas de esas variables no suficientemente, pero de una gran importancia, analizadas desde otros ámbitos.

No ha elegido un territorio sencillo Arturo Muñoz para su primer libro que, editado por Pepitas de Calabaza, nos ubica en los años setenta en el País Vasco, contando la historia de un Guardia Civil procedente de Granada que progresivamente se ve envuelto en un clima de violencia, terrorista, pero también de la violencia que se planteó dentro de su propio estamento. Rápidamente Arturo Muñoz se hace con el gran acierto de este libro, y es saber lograr el tono preciso para contar lo que se cuenta y para afrontarlo de una manera precisa en la que, por un lado se nos narra cómo es esa estancia del Guardia Civil en Euskadi y su relación con la cotidianidad de un ambiente que se va enrareciendo con el paso de los años; mientras por otro, el propio autor nos hace partícipes del proceso de construcción del libro a través del manejo de diferentes fuentes documentales y de testimonios de personas implicadas. Todo ello nos involucra en una especie de literatura periodística resuelta de una manera brillante por esa siempre obligada ley del buen periodismo, o del periodismo a secas, que consiste en ver las diferentes situaciones de la vida desde diversas miradas. Puntos de vista que, presentes en un mismo hecho, varían su percepción de los acontecimientos.

Un texto que acrecienta su intensidad a medida que pasamos sus páginas, que entendemos la tensión vital de su protagonista en un ambiente cada vez más opresivo y que se contrapone con aquellos años iniciales en los cuales, pese a la existencia de ETA, la convivencia era diferente, y donde la relación con los vecinos, con la gastronomía, con los paisajes, en definitiva, con el territorio, carecía de esa violencia que emergía más allá de la situación política del propio país tras el fin del franquismo, si no que se iba acrecentando por las fricciones entre las fuerzas de seguridad y la banda terrorista y las situaciones de violencia que se produjeron en el interior de los cuarteles. Antes no era ahora, y así es como el relato va pasando de las ilusiones y esperanzas de quien quería armar su propia vida y la de su familia, hasta un momento lleno de incertezas, de medias verdades o de recuerdos maquillados por la pertenencia a uno u otro bando.

Arturo Muñoz va a desplegar ante nosotros toda una serie de historias que orbitan alrededor de los mediáticos nombres de aquel momento, los de terroristas y mandos de la Guardia Civil, acercándose a las historias de personas que se vieron atrapadas desde su cotidianidad en un escenario del horror del que suelen verse desplazados, pero cuyas vidas no se pueden entender sin los hechos sufridos durante aquellos años.

Saber amalgamar ambas realidades convierte ‘Por un túnel de silencio’ en un valiente ejercicio de escritura y de aproximación a la historia de nuestro propio país. A ese tiempo de sobresaltos en el que al resto de la sociedad nos llegaba una información con muchos menos protagonistas de los que eran necesarios para comprender qué sucedía y a los que solo el tiempo y, en este caso, la buena literatura, permiten integrarse en el relato completo y, como se dice en la contraportada del libro, presentar «una historia sobre ETA y sobre la Guardia Civil que no se parece a las habituales».

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 30/07/2022

luns, 8 de agosto de 2022

Comprender la vida

 

[Ramonismo 122]

Un intento por razonar la vida, por certificar una existencia llena de verdades, es la propuesta de Manuel Arranz



AFIRMABA Baudelaire aquello de que «toda belleza es fugaz y pasajera», como la vida moderna que se abría a su alrededor y que él mismo intentó tantear desde su poesía, pero, sobre todo, desde la observación directa del nuevo contexto urbano que se abría ante él. Manuel Arranz (Madrid, 1950) hace de su vida una suerte de contexto que explorar, un territorio por el que deambular en el intento de entender, no tanto qué sucede a su alrededor, como qué acontece en su relación con ese ámbito en el que desenvuelve su existencia.

De esta forma es como la siempre brillante en sus propuestas literarias editorial Periférica coloca en nuestros manos ‘Hoy ha vuelto Baudelaire’, uno de esos textos que gracias a su originalidad, a su brío literario y a ese estar permanentemente sujeto a una identidad, convierten al lector en un cómplice inmediato de su protagonista. Junto a él nos lanzamos a recorrer esa existencia por tiempos, espacios, lecturas o relaciones que se van tiñendo de los colores de toda vida. Los colores del descubrimiento, de la sorpresa, la decepción, el dolor, la alegría, el abatimiento, la desconfianza, el caos, el escepticismo... y así podríamos continuar de manera infinita en la visualización sobre cómo nuestros sentidos y nuestros estados de ánimo balizan cada uno de nuestros días dejando muchos de ellos señalados para el futuro.

Una propuesta literaria que se nutre, precisamente, de un intenso componente literario gracias a los numerosos y profundos conocimientos de su autor, quien ejerce la crítica literaria y la traducción, gestionando así un sinfín de sensibilidades que son también las que con el paso de los años nos enseñan a saber lo que sucede a nuestro alrededor. Citas, títulos, autores nos van seduciendo al tiempo que el propio Manuel Arranz deja también ante nosotros sus propias reflexiones, frases que, como pequeños adagios, coloca ante nuestros ojos para provocar nuestra propia evocación de lo que somos, compartiendo así ese itinerario que deja de ser único para volverse compartido.

Lo que sobrevuela permanentemente a lo largo del relato es ese pálpito de contradicción que marca nuestras vidas ante los diversos acontecimientos que suceden en ella. «Un desorden feliz es lo más parecido al orden, lo más parecido a la felicidad», escribe Manuel Arranz, señalando, de esa forma, esa vida que se mueve entre la euforia y la desesperación, amplios márgenes por los que conducirnos bien cargados de nuestras dudas y miedos, de nuestras incertezas y temores, todas ellas muestras de una fragilidad ante la que poco se puede hacer más que entenderla y dominarla en la medida de lo posible. Para ello, como un demiurgo, no duda en convocar espacios del pasado, como la infancia, o presencias, como las de la madre muerta, o aquel amor que fue. Luces en una oscuridad que cada vez más se cierne sobre nosotros a medida que los años se suceden, al tiempo que esos destellos luminosos quizás sean lo único que tiene sentido junto, como no, a los libros, a esos refugios impagables gracias a los que todo es menos malo, gracias a los que todo es mejor. «Si al menos no tuviera que irme a la cama», escribió en una carta Dylan Thomas a su esposa Caitlin. «Todo hombre, en cualquier caso, ha fracasado...», anota Thomas Bernhard. «El pasado es la suma de los errores cometidos», afirma May Ann Clark Bremer. Frases, sentencias, que Manuel Arranz asume como esos sedimentos que las lecturas dejan en las personas, cada lectura, cada frase, cada autor, forma parte de un tiempo, de ese instante que deja de serlo para convertirse en un fósil, en un estrato del que somos una circunstancia para siempre.

Un tiempo ante el que nos damos cuenta que se convierte en el gran protagonista de este relato que juega a ser una especie de diario, pero que tiene muy poco de eso. Un tiempo que todo lo dinamita y que ya se presenta como una clave de bóveda de lo que vendrá desde la cita inicial de Thomas Wolfe: «Todo vuelve como si hubiera ocurrido ayer. Y entonces se va y parece lejano y extraño como si hubiera ocurrido en un sueño», y es esa extrañeza la que todo lo marca, la que como un diapasón marca el deambular de quien tiene en la vida un muestrario de lo que somos y cuyo caos ahora se intenta ordenar a través de una escritura más que reflexiva podíamos decir que activa, del apunte de lo vivido, de la muesca en una existencia donde cada palabra es un espejo al que enfrentarse a lo que uno es, a lo que ha intentado ser frente al desafío de comprender la vida.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 23/07/2022


mércores, 3 de agosto de 2022

Cielo y paraíso

 

[Ramonismo 121]

Rocío Márquez y Bronquio hacen de su feliz maridaje una nueva puerta de acceso al flamenco al que suma el tecno



Con su anterior disco ‘Visto en jueves’ Rocío Márquez se posicionó como una de las voces más firmes del flamenco actual. De ese flamenco que desde una nueva generación quiere tomar un poderoso protagonismo honrando siempre la tradición pero explorando nuevos itinerarios. Aquello fue puro flamenco, emoción desde una voz que ya para siempre se ha instalado entre quienes, pese a la distancia geográfica con esta tierra gallega tan poco proclive a esas músicas, aprecia el estremecimiento que supone la voz y el sentimiento de Rocío Márquez.

Pero el temblor ha llegado estas semanas desde que se ha puesto en circulación un nuevo trabajo realizado en compañía de Bronquio, jerezano y músico urbano y ligado a lo tecno. Un seísmo por lo que significa de impacto, de entender que eso ahí contenido es algo llamado, no solo a ser presente, sino a construir nuevos itinerarios para que esa tradición no se quede detenida. Entre los sonidos musicales, la voz de Rocío Márquez y unas letras muy ligadas a la poética de nombres como Carmen Camacho o Luis García Montero, junto a ese sustrato popular de ecos lorquianos que sostienen desde siempre las palabras del flamenco, nos encontramos con un trabajo de esos llamados a edificar un nuevo tiempo.

Durante estos días no son pocos los que ponen en relación el impacto de este ‘Tercer cielo’ con lo que supuso el ‘Omega’ de Morente y, sin querer caer en la repetición o el seguidismo, y a la espera de que sea el tiempo el que ponga cada cosa en su sitio, sí que cuando se escucha esta alianza musical uno recupera aquella sensación vivida con el disco del granadino. Un golpeo desde lo más profundo que permite entender que esa exploración desde bulerías, verdiales o seguiriyas, envuelta por un sonido tecnológico que define mucha de la nueva música hoy, nos lleva a un territorio en el que todavía queda mucho por decir y por hacer, pero al que sin este primer paso nunca se llegará al paraíso.

Escribe la poeta Carmen Camacho en la introducción al disco que al tercer cielo se sube por inmersión, y es cierto que esta música, esta unión, proponen ese estado inmersivo, yo diría que también subversivo, capaz de envolver y de sustraer de la realidad, adentrándonos en una nueva dimensión sonora y experiencial que renueva ese carácter libertario de la música y de quien la escucha.

Y como de escuchar se trata, el próximo viernes, día 22, dentro del ciclo Son Estrella Galicia Rocío Márquez y Bronquio cantarán entre las piedras milenarias de Compostela para hacer del cielo de Santiago, como lo fuera para Lorca en su visita compostelana, una bóveda de experiencias desde la conciencia de un hermanamiento cultural entre el norte y el sur, entre dos sensibilidades que pueden entenderse en ese flamenco de una tradición irrenunciable, pero que necesita, como cualquier arte, de nuevas bocanadas de aire fresco, y aquí el aire entra a borbotones, respirando, entre el cielo y el paraíso.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 16/07/2022


xoves, 21 de xullo de 2022

El óxido de la violencia

 

[Ramonismo 120]

Jorge Volpi nos enfrenta a la violencia en nuestra sociedad, con especial atención a su país, México, que la sufre a diario



ACOSTUMBRAMOS a estremecernos desde los medios de comunicación por las noticias que nos llegan de muertes violentas en un país tan maravilloso como México. Una situación de permanente violencia que hace de aquella sociedad un tenso espacio para la convivencia del ser humano. Jorge Volpi (México, 1968), desde su reconocida capacidad literaria, lleva colocando ante nuestros ojos varios de esos escenarios vinculados a la violencia en su país, aunque algunas conductas son similares a las que pueden darse en diferentes partes del mundo, lo que aparte de algunas cuestiones concretas universaliza su mirada.

Y esto es, precisamente, lo que nos encontramos en su última novela, ‘Partes de guerra’ (Alfaguara) en la que se cuenta la muerte de una joven de catorce años a manos de otros menores que formaban parte de su círculo de amistades, todo ello en un territorio fronterizo entre México y Guatemala, con una identidad muy marcada. Un violencia juvenil que asola a no pocas sociedades del planeta, vinculada a los vertiginosos cambios sociales, a la irrupción de nuevas tecnologías y a las nuevas formas de relacionarse de nuestras generaciones más jóvenes.

Jorge Volpi entremezcla el relato de ese suceso con el que surge de las relaciones de un grupo de profesionales que investigarán, desde el ámbito científico, qué es lo que se activa en nuestro interior para que unos chavales lleguen a ese extremo y cualquiera, como dice el director del colegio en el que estudian, «se convierta en un monstruo». Un texto que, como es habitual en este autor ganador en 2018 del Premio Alfaguara con el libro ‘Una novela criminal’ en la que también se trataba ese problemática de su país en ese caso vinculada a los secuestros exprés, está dotado de una gran calidad literaria bordeando en este caso también lo periodístico, al exponer posibles causas y condiciones para que emerja esa violencia, cuestionando su origen como un elemento natural o como una cuestión que la sociedad poco a poco ha ido insertando en nuestro interior, llegando a conformar un escenario bélico, dado el número de víctimas mortales que se producen cada año. Una guerra a la que no se le llama guerra y en la que Jorge Volpi intenta ayudar a entender esos actos violentos que atentan de manera brutal contra la existencia de los que allí habitan. «En este pinche país la violencia nos carcome como un óxido, violencia contra mujeres y niños, violencia del narco, violencia política, violencia contra los migrantes, violencia policial», escribe Jorge Volpi como una reflexión más de las muchas que pueblan el texto, del mismo modo que no son pocas las críticas que afloran sobre esta sociedad que entre todos hemos configurado como una sociedad del espectáculo, en la que no acertamos a solucionar nuestras derivas, naufragios y fracasos como colectivo.

Esas relaciones entre los jóvenes protagonistas del luctuoso relato se paralelizan con las de los otros actores del libro, los adultos que, llevados de la mano de un brillante y admirado neurocientífico, llegan hasta ese territorio para entender esos otros cerebros. Pero resulta que esas líneas paralelas no lo son tanto y cuando se produce un fatal accidente se revelan toda una serie de situaciones personales que dinamitan lo establecido, arrojando una serie de dudas sobre las apariencias y la identidad. Esa reflexión sobre lo identitario es la que también permitirá conocer las diferentes situaciones que se dieron entre aquellos chicos para que la violencia segase la vida de una de ellos y dejase al resto marcados para el resto de sus vidas.

Si Jorge Volpi con ‘Una novela criminal’ ya nos había impactado no solo por lo que se cuenta, sino por el inteligente planteamiento que presenta todo lo que sucede en su interior, con ‘Partes de guerra’, una novela más ligera, se adentra de manera contundente en esos ámbitos marginales de su país, espacios físicos condicionados por la naturaleza, por las condiciones de vida y de educación que también forman parte de ese caldo de cultivo en el que la violencia brota de la manera más insospechada, incluso en quién unos minutos antes era incapaz de pensar que se vería en una situación así. De igual modo un acto tan impactante como este genera una serie de seísmos en quienes se acercan a conocer lo sucedido, a relacionarse con sus protagonistas y a activar una serie de fantasmas que muchas veces entendemos dominados a lo largo del tiempo pero que, simplemente, aguardan a que en un instante esa carcoma los libere para enfrentarnos a lo que somos

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 9/07/2022 

martes, 19 de xullo de 2022

Motas de polvo

 

[Ramonismo 119]

El segundo libro de poemas de Rosa Berbel se configura como una expedición a la oscuridad haciendo del lenguaje luz



SOBRECOGE enfrentarse a estos poemas escritos por Rosa Berbel (Estepa, Sevilla, 1997), por cómo alguien tan joven es capaz de adentrarse de manera tan decidida por ámbitos tan complejos como los aquí expuestos, conformando una expedición hacia el interior de la oscuridad, una observación allí donde semeja que el abismo nos somete.

Un espacio donde descubrir nuevos planetas, nuevos territorios que expliquen más que lo que somos, el lugar que ocupamos en función de los acontecimientos que nos rodean. Y ahí la poeta escruta esos «planetas fantasma» que son los que titulan el libro aludiendo a esos hipotéticos planetas cuya existencia está probada desde el ámbito científico, pero que todavía no han podido ser observados.

«Hablamos de la luz,/de esas motas de polvo que el sol hace visibles,/como nuevos planetas». Este es el arranque del poema ‘Posibilidad de la luz’ que nos encontramos dentro de ‘Los planetas fantasma’ (Tusquets), y esa luz de la que hablamos no deja de ser la poesía de Rosa Berbel. Luz y lenguaje confluyen en esa exploración desde el poema hacia una realidad observada por esta mujer en la identificación de identidades e incertezas. Ámbitos de la duda que Rosa Berbel rastrea desde una manera de mirar que es la que define una «educación de la mirada», como ella misma la denomina, en la señalización de esos paisajes por los que atravesamos a lo largo de nuestras vidas.

«El paisaje ha cambiado/y lo llevo por dentro», escribe en el inicio de otro poema que plantea esa radical conexión entre el interior y el exterior. Entre la persona y todo aquello que la rodea y cómo ambos territorios confluyen entre sí. Experiencias, relaciones personales, ambientes... generan esa especie de sistemas solares en los que seguir en ese rastreo de lo que no vemos, de lo que intuimos y que de una u otra manera estamos seguros que existe. Cada poema de Rosa Berbel nos sitúa ante esas experiencias que surgen de un viaje, un recuerdo de la infancia, una sensación propiciada por el clima, la estancia en una vivienda, en definitiva, una serie de mecanismos que accionan en la poeta esa posibilidad de cerciorarse que tanto el tiempo como el espacio tienen sus dobleces, ángulos imperceptibles que la poesía es quién de iluminar, estableciendo la posibilidad de que pongamos nuestro foco sobre ellos como la revelación de los denominados «fantasmas del realismo».

Y así, llegando al final del libro, nos encontramos con uno de esos poemas valle en los que te refugias ante los poemas finales. ‘La conquista del paisaje’ es parte esencial en esta travesía, un territorio para tomar aire tras lo vivido, al tiempo que para coger fuerzas ante esa cúspide que nos espera en las páginas siguientes. Cruzamos toda esta naturaleza poética a la búsqueda de una belleza necesaria en todo momento, reclamada a lo largo de todo el libro como una guía permanente, como la luz inmarcesible que señala más que un camino, una esperanza.

Para todo ello, para lo visto y para lo que veremos, la otra necesidad inexcusable que se nos plantea a lo largo del poemario es la de nombrar, la de motivar el lenguaje como la otra forma de activar la luz. «Estaba el mundo a oscuras y nosotras/tuvimos que nombrarlo», nos advierte Rosa Berbel en el comienzo de otro importante poema: ‘Vuelo de brujas’. La mujer, su cuerpo, el amor, el sacrificio, aquí se exaltan como fundamento concreto de este poema, desde el cual sus huellas también se pueden seguir a lo largo de un libro lleno de compromisos con la identidad femenina, definiendo esa mirada como un firme anclaje con lo real, con lo táctil y lo sentido, aquello que endurece la piel en cualquier proceso de crecimiento que, al fin y al cabo, también envuelve los poemas de Rosa Berbel, convertidos en una manera de escrutar esas motas de polvo que la luz revela en la oscuridad, como sucede con muchos de nosotros, estableciendo una posibilidad que surge de lo imprevisto.

La poeta sevillana reafirma así aquel primer libro ‘Las niñas siempre dicen la verdad’ (Hiperión, 2018), acaparador de diferentes premios poéticos, pero sobre todo la presentación en sociedad de una poeta que sigue creciendo en sus ambiciones y posibilidades, y también en las emociones que suscita en el lector.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 2/07/2022

mércores, 6 de xullo de 2022

Tu patria es el tiempo

 

[Ramonismo 118]

El periodista Juan Cruz afronta una valiente mirada a la sombra de la infancia para reconocer el niño que fue



POSIBLEMENTE enfrentarse con quien uno es sea la tarea más compleja para cualquier escritor. Poner negro sobre blanco alrededor del proceso vital registrado en un interior que vislumbra la llegada a la meta tiene mucho de ajuste de cuentas con la propia persona, en ese asomarse a un acantilado ora luminoso ora brumoso, que significa el pasado. El tiempo convertido en patria que definió el poeta Luis Feria.

Juan Cruz (Puerto de la Cruz, 1948), como él escribe, afronta esta tarea desde «la piel que habito que ya es vejez», pero una vejez enérgica y sabia, capaz de proyectar esa sinceridad necesaria en el momento de recuperar lo que significó la infancia, ese lugar recóndito de nuestro interior que nos negamos a abandonar pero que siempre deja en nosotros una huella inmarchitable y, no pocas veces, definitoria de aquello en que nos hemos convertido.

Mil doscientos pasos’, editado por Alfaguara, es más que una distancia, es un salto al vacío de la memoria que nos conduce, envueltos en una atmósfera precisa, la que surge de la lúgubre represión de la posguerra bajo la particular climatología canaria, a ese momento de tránsito de la infancia al mundo adulto, a una pubertad en la que cada mirada, cada decisión, forman parte de un proceso determinado que, según las circunstancias individuales, puede prolongarse más o menos en el tiempo.

Desde ese territorio fronterizo que es toda adolescencia Juan Cruz articula este libro junto al muro en el que descubrió la violencia, entendiendo el dolor casi como un peaje, y al que nombrar desde una palabra que es el eterno tesoro del ser humano y de la que Juan Cruz hace en todo este relato una declaración de amor y necesidad, la que todo escritor posee sobre ella al ser su arma más precisa para explicar el mundo. La palabra, aquello que sirve para nombrar, puede convertirse en una masacre, en una carga de profundidad de la violencia que, en el ámbito de la infancia, se acomete sin control, sin evaluar daños, calificando y sometiendo al otro, normalmente al más débil, a un permanente castigo. El insulto, la maledicencia, el rumor... son una manera de horadar la convivencia, de estirar las costuras de cualquier sociedad y, si nos situamos en la actualidad, en nuestro contexto social, observamos, de manera escalofriante, como todos esos elementos son una de las grandes taras de nuestra sociedad. Un momento que vivimos que intuyo está también en el sustrato original de esta novela, planteada como un punto de ignición de las sucesivas derivas de una España angustiada por su propio destino y por una complicada convivencia entre clases, facciones, siglas políticas y hasta equipos de fútbol. Una sociedad acostumbrada al encanallamiento, la fricción y el permanente desasosiego que imposibilita un mayor progreso.

Mil doscientos pasos’, es una mirada a los amigos, a los padres, a la escuela, a los secretos que la vida va desvelando, a los miedos que las personas generan a nuestro alrededor, en definitiva, una mirada a la vida. «Recordar es la materia de la poesía», escribe Juan Cruz, diciéndonos así que también lo es de quien observa su vida de manera literaria. Y quien observa construye su relato, en este caso el de un niño apocado y castigado por las actitudes de otros niños que obligan a apurar esa mirada hacia lo que le rodea. Fijándose en conversaciones y en silencios, en actitudes que suelen esconder siempre más de lo que parece, en entender que las presencias, las vestimentas, los rasgos físicos son parte de un todo que, en ocasiones se convierte en una amenaza permanente. Un proceso en el que se descubre la violencia y el odio, y cómo las palabras se convierten en los pasos que damos para evidenciar ese señalamiento de la comunidad hacia aquellos que consideramos distintos y que deben ser apartados de ella.

Un libro valiente en el que Juan Cruz reconoce, bajo el sol de la infancia, la sombra del niño que fue y que, posiblemente, aún siga siendo. La última pieza del puzle por encajar.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 25/06/2022