venres, 29 de decembro de 2023

Memoria para saber

 

[Ramonismo 178]

El Nobel Patrick Modiano explora el laberinto de la memoria en un juego detectivesco del pasado


Cada libro de Patrick Modiano es una auténtica celebración, literaria, pero también vital. Sus relatos, sus historias, siempre marcadas por la memoria y por espacios tan singulares y colmados de vida e historias como son los barrios y suburbios de París, articulan un itinerario lleno de posibilidades para el lector que se adentra en ellas sintiéndose como una parte más del propio relato, al que no dudaría en sumarse si se pudiesen eliminar las barreras entre la ficción y la realidad.

Hablamos de novelas llenas de aromas parisinos, de terrazas y escenarios humanos colmados de una vida que se desliza de manera natural, pero en la que tampoco se olvida el autor de las sombras, sombras que sacude desde la memoria propia y que convierte en colectiva gracias a su brillante escritura, de un lenguaje sobrio y preciso, lleno de evocaciones e inevitablemente marcado por los tiempos de su infancia en los que París se sacudía la ocupación nazi. Ahora, cerca de cumplir los ochenta años, nos trae otra de esas novelas que definen su trayectoria en la que sin demasiadas páginas, y sin caer en los excesos en los que insisten algunos pensando que a más páginas mejor literatura, es capaz de convocarnos ante un universo particular, en este caso inscrito en una historia de investigación, una novela policíaca marcada por la búsqueda de una especie de tesoro alrededor del cual se convocan diferentes fantasmas del pasado, donde la memoria se adentra en un laberinto lleno de recovecos, de capas que, como diferentes velos, Patrick Modiano sitúa ante nuestros ojos.

Chevreuse’, es el nombre de la novela, editada, como es habitual en España, por Anagrama, siendo esa palabra una suerte de conjuro del pasado. Una palabra que evoca un lugar, un escenario de la memoria al que regresa Jean Bosmans, acompañado de dos amigas, a la casa en la que vivió de niño en los años cuarenta. Ese protagonista debe ir abriéndose paso en la neblina de los recuerdos, en cómo los años han ido modificando visiones y recuerdos, y de qué manera hoy nos acercamos a un ayer que, pese a todo, siempre permanece en nuestro interior. Un personaje que forma parte de novelas anteriores, como en ‘El horizonte’, en la que también semejaba transitar por un tiempo en suspenso, por un pasado con mucho de onírico y un tiempo actual desde el que intentar hallar los pilares de lo que sucede hoy en aquella infancia y juventud pasada.

A medida que progresamos en su lectura, ‘Chevreuse’ no deja de proponer preguntas que, en la mayor parte de los casos, suelen ser más relevantes que unas respuestas a las que no es sencillo acceder, por todo lo que supone seguir toda una serie de rastros, convocados desde la memoria, que han dejado los singulares personajes que se movían en el interior de aquella casa, desembocando todo ello no tanto en esas soluciones personales, sino en una suerte de retrato colectivo de la existencia humana, en la que incluso hay mucho de lo que supuso la incitación a la escritura del propio Patrick Modiano, de esa vocación de escritor que tuvo en la concesión del Premio Nobel de Literatura en 2014 su culminación. Él se convirtió en el decimoquinto autor francés en lograrlo, el país que más veces lo ha conseguido, y en aquella ocasión una de las expresiones del jurado fue la que se refirió entre sus virtudes literarias al «arte de la memoria». Casi diez años después Patrick Modiano sigue escribiendo con la misma intensidad y genialidad, y lo hace todavía a través de esa memoria a la que nunca renunció para alentar su escritura, para enfrentarse a un pasado no percibido como un ajuste de cuentas con él, pero sí como algo necesario para situarse hoy en el mundo.

Un proustianismo literario que nos convoca ante una nueva narración, ante esa manera de escribir que te lleva de un lugar físico a uno interior, de una geografía, que en el caso de ‘Chevreuse’ alcanza una mayor dimensión al narrar diferentes recorridos en automóvil por paisajes naturales, los de ese valle, y urbanos, como ese barrio de Auteuil de calles por las que caminaron y pensaron Baudelaire y, por supuesto, Proust, pero que rematan siempre con la consolidación del recuerdo, el asidero para alcanzar un deseo, que no es otro que lograr entender lo que sucedió. Quizás ese secreto que se busca desvelar, ese tesoro material, no sea más que la recuperación de lo vivido, una danza fantasmal a la que poner orden cada vez de una manera más firme al ver cómo los años conducen hacia su inexorable final, cuando se tiñe de recuerdos, de impresiones cada vez más difuminadas y de miradas inolvidables. «Le sonreía, y su sonrisa, ese reloj y ese timbre le hicieron pensar en un recuerdo de la infancia».

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 25/11/2023 

xoves, 28 de decembro de 2023

Palacios de los sueños

 

[Ramonismo 177]

'El limbo de los cines’ reúne en una edición ilustrada varios relatos sobre el hecho de adentrarse en una sala de cine



Hace unos días supimos que Luis Mateo Díez era reconocido con el máximo galardón de las letras en lengua castellana, el Premio Cervantes. Premio de tal magnitud que suele acontecer que, tras saber de su ganador, surgen a su alrededor voces encontradas, discordias y desavenencias tan propias del jardín umbrío de la literatura como de la condición humana.

No ha sido esta la ocasión en que eso se haya producido, sino que la unanimidad absoluta en la respuesta ante el acierto de esa decisión se ha plasmado en el aplauso unánime y el justo reconocimiento a uno de esos escritores que con una trayectoria brillante de méritos literarios, volcados donde realmente deben ser concretados, en sus libros, y sin grandes alharacas mediáticas, ha configurado una carrera repleta de la conquista de un universo propio, entre la realidad y la fantasía, y que, como en pocas ocasiones, responde a ese adjetivo que quieren sumarse muchos pero que pocos logran, de lo cervantino.

En esa labor de armar un mundo propio, plasmado en una geografía y un corpus social, como hicieron autores como Faulkner y Onetti, tiene un peldaño más en un libro reciente, publicado unas semanas antes de saber de los laureles literarios y que tiene mucho de especial. ‘El limbo de los cines’, editado por la siempre magnífica en el cuidado de sus publicación, editorial Nórdica, es un conjunto de relatos que surgen de la experiencia de espectador cinematográfico, no tanto de la visión de filmes a lo largo de los años, sino de esa incomparable, frente a otras artes, sensación de compartir oscuridad con otras personas para adentrarse en la historia que se nos ofrece en una pantalla. Un ritual que tiene mucho de mágico, en el que adentrarse en lo que se propone frente a nosotros también puede ser visto a la inversa, en un proceso de realidad y fantasía entre lo que sucede en el patio de butacas y el mundo exterior de la sala de cine y la pantalla.

Al igual que hiciera Woody Allen con la magistral ‘La rosa púrpura del Cairo’, en el que los personajes entraban y salían de la pantalla para relacionarse con los espectadores, Luis Mateo Díez también nos propone doce relatos, cada uno con el nombre de un cine de esas localidades que configuran su territorio literario de nombre Celama, en el que mito, imaginación y memoria, generan un sustrato colectivo al que ahora se suman de manera especial los cines, con todo lo que eso supone de proyección de experiencias íntimas, de misterios y epifanías en ese limbo entre lo real y lo irreal, que es el contexto cinematográfico.

Asistimos, por lo tanto, a historias que vertebran la identidad local, de personajes y situaciones costumbristas, con todo lo que se es capaz de evocar desde una película, donde te puedes encontrar trabajos de todo tiempo desde exóticas latitudes, a tiempos pasados, desde historias de amor a películas de aventuras. Todo ello permite trenzar un universo diferente, lleno de divertimentos, de un humor colmado de humanidad, y que emplea esa fascinación para contagiar el mundo real de esa capacidad para engrasar lo áspero de la vida que sólo puede alentar el mundo del cine.

En otro de sus libros, ‘Fábulas del sentimiento’, Luis Mateo Díez escribe en el prólogo que «tenía clara la ambición de crear una peculiar comedia humana, en nada ajena a lo que constituye el subsuelo y andamiaje de mi mundo narrativo...». En ‘El limbo del cine’, subsuelo y andamiaje, siguen siendo los mismos, así como su empeño por seguir dando vueltas alrededor de esa comedia humana de la que todos formamos parte. Para ello pocos contextos tan inspiradores y diferenciales que los cines, que el escritor pone en valor incluso por encima del propio hecho cinematográfico que transcurre ante nuestros ojos. Así es como la pantalla, el patio de butacas, las filas y los asientos, los accesos, las taquillas... todo lo que sustenta ese contexto, toma una importancia sustancial a la hora de configurar todas estas historias, propiciando que se genere un microcosmos repleto de complicidades personales con lo vivido por el propio autor en épocas pasadas.

Y si el cine es sustancialmente un mundo de imágenes, las palabras de Luis Mateo Díez las encontramos brillantemente acompañadas por una serie de ilustraciones firmadas por Emilio Urberuaga que convierten a este libro en una de esas joyas editoriales que Nórdica es capaz de producir. Un libro lleno de sueños, de homenaje a esos cines que tan importantes fueron para nuestra formación sentimental y personal. La casualidad ha querido que el sueño de todo escritor, lograr el Premio Cervantes, coincida con esta evocación cinematográfica desde la literatura, un eslabón más en la trayectoria del autor por reflejar esa comedia humana de la que él mismo es parte mayúscula.

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/11/2023 

luns, 18 de decembro de 2023

Vidas paralelas

 

[Ramonismo 176]

'El querido hermano’ novela el viaje de Manuel Machado para visitar la tumba de su hermano horas después de su muerte



ANTONIO y Manuel Machado. Dos hermanos, dos Españas. El primero, exhausto por el vagar de un exilio entre caminos de dolor y llanto, reventó en Collioure, en febrero de 1939, frente a un mar y junto a un gabán en cuyo bolsillo un papel guardaba como un tesoro unas palabras que eran bálsamo: «Estos días azules y este sol de la infancia», y fue él quien escribió aquello de que «una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Así ocurrió, y todavía hoy parece que esta tierra se empeña en continuar dentro de ese ruin marco, de ahí que las figuras de estos dos personajes que compartían sangre y pasiones literarias, a los que la vida y la situación sufrida en España tras la sublevación militar de 1936 fue progresivamente alejando, ubicándolos respectivamente en cada uno de los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil, representen esos dos ecosistemas existenciales.

Si siempre se ha calificado este conflicto como de una guerra entre hermanos, el caso de Antonio y Manuel Machado es uno de los ejemplos más evidentes de esta situación, envuelta por las luces y sombras que rodean a todo ser humano, precisando para su mejor comprensión de diferentes acercamientos a esa realidad. Uno de los más lúcidos y emocionantes de los últimos tiempos es el que refleja el escritor Joaquín Pérez Azaústre en su novela ‘El querido hermano’, galardonada con el último Premio Málaga de Novela y que ha editado Galaxia Gutenberg, en la que se relata el itinerario (no sólo físico) de Manuel Machado tras conocer el fallecimiento de su hermano, y cómo se gestiona ese desplazamiento entre Burgos y Collioure, amparado por el preboste franquista, y también literato, José María Pemán, quien entendió de cuestiones humanas y afinidades literarias por encima de las miserias bélicas.

Esta magnífica idea de novelar ese recorrido por todo lo que posibilita, al mismo tiempo nos va a permitir la aproximación a la situación social que se vivía en aquel momento y que el autor refleja de una manera muy clara, integrándose perfectamente en la circunstancia familiar, no lastrando la peripecia vital de los dos hermanos, sino contextualizando y explicando muchas de esas situaciones o decisiones que el trazo gordo, los prejuicios o el paso de los años, van solidificando para desdén de uno y otro y, sobre todo, deja patente el marcado amor que mantenían ambos, aún cuando los devenires vitales lo fueron ensombreciendo todo.

Ese camino en el que confluyen otros personajes, como Eulalia, la mujer de Manuel Machado; o Raúl, el chófer de la expedición; activa toda una serie de recuerdos que nos van a ir dando las claves precisas para componer ese puzle lleno de complejas piezas que poder encajar finalmente cuando todos ellos lleguen a la localidad francesa y entendamos que ambas vidas sólo tienen sentido narradas en paralelo, como parte de un destino común y que ahora se revela ante nosotros. Un desplazamiento entre bosques, elementos simbólicos, ciudades como San Sebastián, donde el propio Manuel Machado pronunció su discurso de ingreso en la Real Academia Española no obviando su condición de hermano del poeta rojo y soportando numerosos recelos por parte de quienes veían en su pasado una mácula para tales honras, enfrentándose a esa atmósfera de «cosas en el aire» que siempre les rodeó. Ese pasado está muy presente a lo largo de la novela, un pasado de vida en común en el París de la bohemia de entre siglos, también de éxitos teatrales compartidos entre ambos, llenando plateas y recibiendo numerosos aplausos y loas, pero siempre bajo los vaivenes políticos del convulso siglo XX en España con el fin de una monarquía, la dictadura de Primo de Rivera, la República, la Guerra Civil... episodios de la historia de un país que también lo fue de millones de vidas particulares, la mayoría anónimas, pero otras, como las de los hermanos Machado, elevadas sobre el resto por sus méritos literarios, y que muchos han querido seguir manteniendo enfrentados sin atender a lo particular e íntimo, a lo que supone un vínculo al que ninguno de los dos nunca renunció y motivó un viaje de despedida, o mejor dicho, de reencuentro.

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 11/11/2023 

mércores, 13 de decembro de 2023

Casa en llamas

 

[Ramonismo 175]

'La luz difícil’ nos adentra en las horas finales de un hijo y cómo estas se viven desde la distancia de la casa familiar



No es sencillo encontrar luz cuando la vida se empeña en rodearse de oscuridad. Envolviéndonos en ese denso manto que conlleva la pérdida y la despedida de un ser tan querido como lo puede ser un hijo. Tomás González, (Medellín, 1950), nos propone en ‘La luz difícil’, editorial Sexto piso, justamente eso, reflejar en las sensaciones de un padre de qué manera esa luz puede asomar entre la asfixiante negrura de esa atmósfera desde el amor a los demás o a partir de la experiencia artística.

David, un pintor de origen colombiano, recuerda veinte años después las jornadas vividas desde el accidente que dejó asolado por el dolor a su hijo, hasta su muerte voluntaria, una tensa espera que tiene lugar en un apartamento de Nueva York y que ahora se revive tras el regreso a su país de origen. Todo ello Tomás González es capaz de armarlo desde una aparente cotidianidad y desde una escritura que acompaña para sentir lo que piensa ese hombre que, al tiempo que se acerca la muerte, no deja de realizar un permanente canto a la vida, compartido con aquellas personas que quieres, también con las que atraviesas ese tiempo precioso con que la existencia nos hace su regalo maravilloso, aunque este puede convertirse en un doloroso tránsito. Todo ello se pone en paralelo con su mirada creativa, con la voluntad de hacer de la pintura una manera de expresión y de liberación de una angustia que se puede condensar en pintar la espuma del mar. Pinceladas que son como palabras, medios de comunicación con los demás y una manera de tocar el infinito, como puede ser una luz, esa luz difícil de materializar sobre una superficie plástica, o de encontrar entre los golpes de una vida para armar una esperanza en un relato llamado a definir la despedida y el adiós a quien tanto ha dado y forma parte de uno mismo.

Al tiempo que ese hecho está ahí, y mientras las horas pasan entre tranquilizantes y horas de vigilia, a su alrededor los diferentes personajes que comparten la vida con David, su esposa, sus otros dos hijos o los asistentes del hogar, tejen toda una malla de afectos surgidos de la convivencia, de las confidencias y relaciones que estos mantienen con otras personas, y que el pintor observa armado de su paleta de colores y palabras para encontrar ese hálito de vida que permita soportar la derrota. David mira a los demás pero su vista cada vez es más frágil, cada vez lo va alejando de esa realidad que cada vez necesita en mayor medida del tiempo que también lo expulsa de los territorios de la pintura o la escritura, en los que encontraba ese efecto balsámico que solo la creación artística es quien de procurar. La ceguera se aproxima al tiempo que lo que se procura es conservar en el interior esa luz que permita resistir. Para ello también son muy necesarias las complicidades entre todos los miembros del clan, las caricias, los abrazos, los sacrificios, las confianzas, las conversaciones, los consejos... pero también las miradas al exterior, cómo se observa la realidad que tanto en Nueva York, como en un pueblo del centro de Colombia, funcionan como paréntesis ante lo que sucede en esa casa en llamas donde todo parece tambalearse a la espera de la confirmación de que se ha producido esa muerte que es un poco la de todos los protagonistas del libro.

Tomás González nos ofrece una novela extraordinaria que, pese a su aparente fragilidad, por su tono apacible y por sus tintes poéticos, se convierte en un férreo asidero desde el que intentar entender todo lo que puede significar padecer una situación de esa entidad. ‘La luz difícil’ también hace de la memoria una emoción que, ante la inminencia de la muerte, o quizás por ello, lo que se dedica es a exaltar la vida, a celebrarla, a calibrar toda esas aportaciones que sin grandes necesidades sí que precisan del amor para sostenerse y sostener a quien intenta mimetizar el reflejo de la luz en el agua, un instante tan fugaz como eterno, tan complejo como necesario para tener ante nosotros la última de las explicaciones, la que no soluciona nada, pero sí la que permite seguir en pie.

«La verdad no existe, además, y el mundo es sólo música», es una de las muchas frases que Tomás González hace emerger de las profundidades del alma para intentar pintar la vida, para sumar esa espuma que le de sentido

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 4/11/2023 

martes, 12 de decembro de 2023

Rumbo al mar

 

[Ramonismo 174]

 'Mañana y tarde’, publicado días antes de la concesión del Nobel a su autor, reflexiona sobre el inicio y el fin de la vida



EL PASADO cinco de octubre el nombre de Jon Fosse dejó de ser el de un desconocido, para ser aclamado por el mundo literario como el nuevo Premio Nobel de Literatura. Favorito entre quienes siempre juguetean con las apuestas de candidatos y, sobre todo, entre quienes conocían su literatura que en España tiene en la editorial De Conatus un refugio frente a la ignorancia masiva, ante uno de esos nombres que llegan más allá de las fronteras literarias más comunes, también de los ámbitos más comerciales y mediáticos, pero que no por ello dejan de tener su mérito e importancia. De ahí que los Premios Nobel, más allá de los efectismos de esos nombres extraños, también desempeñe un relevante papel en poner el foco en esas otras literaturas tan desconocidas por una buena parte del mundo, autores muy ligados a su entorno, a una geografía, también a una lengua, muchas de ellas minorizadas, y en permanente peligro por otros ecosistemas lingüísticos mucho más poderosos.

Bajo este conjunto de situaciones es cómo nos debemos estrenar (quien esto escribe así lo ha hecho) en la lectura de este noruego nacido en 1959, debutó en la novela en 1983 y desde entonces ha escrito más de cincuenta obras entre teatro, novela, poesía o ensayo. ‘Septología’, editada por De conatus, reúne tres de sus obras más aplaudidas y en estos días saldrá a la venta una nueva edición empujada por los vientos del Nobel. Pero hace tan solo unas semanas, antes del revuelo que llegó del norte, Nórdica libros y De Conatus publicaron en comandita ‘Mañana y tarde’, con traducción de Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun y tras su lectura me parece una magnífica puerta de acceso a su literatura.

En ‘Mañana y tarde’ se nos relata una historia de nacimiento y muerte, una suerte de elipsis vital llena de lirismo y un punto de ascetismo que a medida que avanzaba en su lectura se me antojaba muy cercana a las obsesiones del cine del danés Carl Theodor Dreyer, donde las preocupaciones espirituales, las miradas profundas sobre el tránsito de la vida, las relaciones entre los personajes sin elementos que nos distraigan de esos contactos humanos y el papel de la naturaleza como un enorme contexto en el que suceden nuestro día a día y con unas connotaciones tan singulares como las de aquellas latitudes lo son todo.
Todo esto es lo que rodea la historia de dos Johannes, un niño que nace, y un anciano. En un libro que se abre con un parto y todo un conjunto de reflexiones sobre ese hecho, sobre lo que supone para el que llega a este «mundo de dolor» bajo la tensión Dios-Satanás, también para los que lo rodean, y que termina con la jornada final de un hombre ante su final, ante lo que significa abandonar la vida frente a un horizonte que nos lleva a pensar en qué sucederá, qué nos encontraremos después de ese acto final, imprevisible, pero que siempre acaba llegando.

La escritura, premeditadamente sencilla de Jon Fosse busca hacer de lo cotidiano, de lo aparentemente intrascendente, lo realmente importante de nuestras vidas, momentos en los que se condensa nuestra esencia y nuestra manera de afirmarnos en el mundo, tanto en el pasado como en el presente, y que en ciertos momentos plantea de manera genial y sorpresiva con ciertos cruces de personajes y tiempos, o mejor dicho de presencias, que hacen que una mirada se prolongue más allá de ese instante presente que se está viviendo y desarrollando en el libro.

A lo largo de la novela se refleja una clara intención a la hora de observar la existencia humana y todo aquello que la rodea, y que puede ser susceptible de mantenerla, desde lo sentimental hasta lo espiritual, lo que le lleva más que a pretender encontrar respuestas a plantear preguntas que casi siempre tienen su contrapunto en un momento de calma, en una escena de pesca junto a un amigo, o en la contemplación de un lejano horizonte marino entendido casi como una meta, como el lugar donde encontrar las respuestas a esas preguntas que surgen en el territorio de lo físico, de lo eminentemente humano y que cuando todo se acaba precisa una luz en la oscuridad.

Jon Fosse pasa desde este mes a formar parte de la historia de la literatura. Con sus obras ya lo estaba, pero otra luz, la luz del Nobel, nos va a permitir iluminar su intensa y frágil escritura. 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 28/10/2023 

luns, 11 de decembro de 2023

A vida no canto

 

[Ramonismo 173]

El nuevo disco de Salvador Sobral retoma el optimismo y disfrute de la vida a partir de su nueva condición de padre



TIMBRE es el título del nuevo trabajo de Salvador Sobral, convirtiéndose en todo un canto a la vida, lleno de vibrantes sonoridades, de divertimentos y de músicas que, sin perder nunca su irrenunciable identidad vocal, nos sitúan en un territorio de felicidad común a partir de cantar a lo que él mismo define como «la inocencia de crecer».

De esa inocencia todos nos hacemos cómplices a partir de esa primera nana cantada en castellano, un delicioso umbral que nos adentra en los hilos de colores con que nos ovilla este disco. Un amor a la recién llegada capaz de transmitirse a quienes se dejan seducir por su música, siempre cálida y cercana.

Tras discos sobresalientes como ‘París, Lisboa’(2019) y ‘Bmp’ (2021), ‘Timbre’ nos conduce también por esa mezcla de ritmos con que siempre se caracteriza el cantante portugués, un duende de la experimentación, de las probaturas a la hora de intentar encajar su voz y su singular entonación en cada uno de ellos. Estamos ante un conjunto de canciones que nos hablan de agradecimientos, de regalos, de manos que se tocan, de encuentros y confianzas que a cada uno de nosotros nos unen con nuestros semejantes y que en estas once canciones colectivizan esa confianza, no sólo desde su propia voz, sino a través de colaboraciones tan especiales como la de su propia hermana, Luísa Sobral y las cantantes Silvana Estrada y Barbara Pravi, o Jorge Drexler, en la canción que cierra el disco y que es la cuarta que en él se interpreta en castellano.
Toda una confluencia vocal maravillosamente adaptada a las diferentes instrumentaciones empleadas en cada una de ellas, algunas tan estremecedoras como la canción ‘de la mano de tu voz’, dedicada a Silvia Pérez Cruz, que en ella participa haciendo coros y que nos habla de la amistad y la capacidad de colaborar para avanzar en la vida y para propiciar canciones que, como esta, son un auténtico pellizco de emociones en forma de amor hacia los demás.

Llega ‘Timbre’ quizás en el mejor momento personal del artista nacido en Lisboa en 1987 y que tras el triunfo logrado en Eurovisión en 2017, dando un auténtico golpe sobre la mesa de autenticidad y sinceridad en el mundo de la música, y tras caer en un lógico hastío ante los medios que únicamente unían su trayectoria a ese hecho, con el que ya parece reconciliado. Ahora ha logrado una exultante madurez que hemos reconocido en esos trabajos anteriores ya citados, y que con este disco, tras el nacimiento de su hija y superados sus problemas de salud tras un exitoso trasplante de corazón, se vuelca en la música y en sus actuaciones en directo, siempre fascinantes, como la que todavía recordamos en esta tierra cuando participó en 2019 en el ciclo ‘Os xoves de Códax’, junto a uno de sus habituales colaboradores el pianista de jazz Abe Rábade.

Por lo tanto, con un cantante feliz, ya absolutamente centrado en su carrera, es lógico que surja un disco como este, lleno de la luz con que Aïda ilumina su vida desde hace unos meses, repleto de caricias a la vida, tantas veces compleja y áspera, pero que cuando se calma es un auténtico paraíso, y hasta ese paraíso precisamente nos conduce Salvador Sobral para rodearnos de sonidos de jazz, también del crooner que nunca dejará de ser, pero sobre todo el hombre confiado en su propuesta musical, entendida casi como un acto de resistencia frente a tantas distracciones como plantean otros músicos en relación a lo que supone llegar al alma, rascar allí donde las emociones son capaces de brotar y que si se logra en este caso es por todo lo que nos explica en ‘porque canto’, una auténtica confesión sobre lo que supone cantar para él, lo que pretende con su música y la mejor definición de qué significa esta pasión que se siente en el interior de un artista.

A distância não é lugar’, ‘pedra quente’, ‘abutres da premonição’‘se quando tu vieres’... desfilan ante nosotros con ese delicioso acento que vuelve a ponernos en la pista de lo hermoso que es escuchar cantar en portugués, de su sonoridad tan especial y que convierte ese territorio en un canto a la vida o como canta Salvador Sobral «a vida no canto». Déjense enredar por estos hilos de colores que en forma de sonidos cantan a la esperanza a través de una nueva vida, esa que impulsa a un padre a seguir haciendo lo que más le gusta, escribir canciones, subirse a un escenario y convertirnos en cómplices de su ilusión

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra, 21/10/2023 

xoves, 16 de novembro de 2023

Familias en tensión

 

[Ramonismo 172]

Guadalupe Nettel hace de ‘Los divagantes’ una mordiente aproximación al clan familiar y lo que supone para el individuo



SE aproxima la mexicana Guadalupe Nettel de manera inteligente al ámbito de la familia a partir de diferentes situaciones que no hace más que trabajar y mostrar la quiebra, ese punto de ruptura que siempre está presente en todo contexto humano, más aún si este viene definido por esa pertenencia a la tribu y a un ámbito donde las relaciones se evidencian como mucho más intensas que en cualquier otro territorio que vincule a los seres humanos.
En cada uno de ellos la autora es capaz de poner la lupa en ese instante en el que todo muda, bien por un acto premeditado o por cualquier circunstancia azarosa que pone a los protagonistas ante una nueva realidad, tras la cual todo, a partir de ese momento, será diferente y sus componentes no serán los mismos. Con una magnífica escritura, libre de complejidades estilísticas o difíciles armazones argumentales, Guadalupe Nettel saber hacer de cada relato una especie de esencia, una sublimación donde nada sobra y todo está perfectamente medido para dirigir nuestra atención hacia esa tensión que en muchos de los textos intuimos línea tras línea, mientras en otros nos sorprende, provocando también en el lector esa tensión que nos permite conectar con alguno de sus protagonistas.

Elementos silenciados a lo largo del tiempo, conductas que se revelan en un determinado entorno al que no se estaba acostumbrado, interferencias oníricas, la evolución de las relaciones entre hombre y mujer, los cambios en los hijos... Todos ellos son ingredientes de los relatos que forman parte de ‘Los divagantes’, editado por Anagrama, a partir de los cuales se produce esa fractura que nos sitúa ante una nueva realidad que provoca el siguiente cambio en la mirada de quien se hace eco de él. Esa mirada puede suponer el final del relato, pero también una rápida advertencia de aquello que sucede a nuestro alrededor y que por diferentes cuestiones nunca habíamos atendido. Y es que las familias son ecosistemas diversos en los que nada está escrito y los comportamientos de sus componentes serán los que irán definiendo su evolución.

Divagantes, ecosistemas... palabras que nunca son casuales, ya que si hay otro elemento que está muy presente en buena parte de los relatos es la naturaleza y cómo ella puede albergar metáforas, explicaciones e incluso razonamientos para lo que le ocurre al ser humano en esos otros contextos más urbanos de ciudades, calles o viviendas, donde todo parece oprimir todavía más nuestras acciones, de ahí que la necesidad de la naturaleza, de establecer un contacto que nos permita recuperar aquella parte más atávica de lo que somos accione nuevas percepciones de la existencia. Se preguntarán ustedes que son los divagantes, pues en uno de los relatos más hermosos, que así se titula, se nos explica cómo una de las variedades de albatros recibe ese nombre cuando se desorientan por la ausencia de viento, obligado en su manera de volar, cayendo en la desorientación y alejando a esos ejemplares de su entorno natural. Así es como muchas veces las personas se encuentran frente a esa desorientación que viene marcada por la insatisfacción, el miedo, las dudas, las inquietudes, lo inesperado o ese destino que tantas veces se nos escapa de las manos con independencia de nosotros mismos, por citar tan solo alguna de las situaciones que pueden motivar ese estado de perplejidad, hacen que reaccionemos de una manera que mudará todo aquello que las rodea.

Ese alambre sobre el que hacer equilibrios, como es el afecto, es con el que Guadalupe Nettel activa la energía interior de cada una de las historias, manejada desde una forma de escribir especial, ya reconocida como una de las más atractivas y firmes de latinoamérica, logrando entre otros galardones el prestigioso Premio Herralde de Novela en el año 2014 con ‘Después del invierno’, siendo en 2023 finalista del Premio Booker Internacional con su anterior libro, el también muy recomendable, ‘La hija única’, donde de nuevo la familia, a través del hecho de la maternidad en tres mujeres, está muy presente.

Sabemos lo jugoso que es la familia como materia literaria, lo bueno es cuando encuentras una manera de aproximarse diferente, que mira allí donde no estamos acostumbrados a hacerlo, tal y como hace Guadalupe Nettel.

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra, 14/10/2023