Amosando publicacións coa etiqueta Critica de libros. Amosar todas as publicacións
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luns, 26 de marzo de 2012

El sur escrito en femenino

La autobiografía de Eudora Welty emerge con la calidez de un relato sureño al modo de Faulkner, pero la mirada femenina subyuga rápidamente al lector, al sentirse acariciado por una prosa plena de cercanía, que permite descubrir a una gran autora.

Es uno de los milagros que más agradan de la literatura, el descubrimiento, el encontrarte de buenas a primeras con un nombre que nunca habías oído antes, del que empiezas a buscar información y enseguida te atrapa por su cercanía con todo el mundo sureño que en Estados Unidos plasmó de manera inalcanzable William Faulkner y del que tanto te cuesta desprenderte una vez que lo has conocido. El nombre de Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001) llegó a mí de manera fortuita, pero es que tomar en tus manos cualquier libro de los publicados por la Editorial Impedimenta supone ya un camino sin retorno. A su cuidado y delicado trabajo de edición se le une la labor de recuperar textos no siempre conocidos por los lectores. Autores olvidados o escritos que no tuvieron la fortuna que merecían por su calidad.
En ese caso se encuentra ‘La palabra heredada’, el libro de memorias que escribió la autora a los 75 años sobre su niñez y sus primeros momentos como escritora. Un relato que surge de tres conferencias impartidas años antes por la escritora en la Universidad de Harvard. Con Eudora Welty uno descubre una cadencia literaria que solo parecen tener los escritores forjados junto al caudaloso Mississippi, pero que, ante lo que sucede con sus compañeros masculinos de generación: Faulkner, Tennessee Williams o Robert Penn Warren, esa narración se vuelve menos arisca y tajante, produciendo su prosa una cercanía que, en este caso, donde se destila una mirada hacia el pasado centrado en los años de la infancia, la relación con los miembros de su familia y los vínculos con un territorio tan determinado, beneficia al relato multiplicando la hondura sentimental que ese argumentario necesita. ‘Escuchar’, ‘Aprender a ver’ o ‘Encontrar una voz’ es la triple división que realiza la escritora para acercarse a ese tiempo pasado, rastreando así los agujeros que parece oradar en nuestro cerebro el paso del tiempo, todo un cúmulo de recuerdos donde la autora se encuentra a sí misma y a la que sería su gran pasión: la escritura. Ambos elementos van de la mano, unidos por la aparición de lecturas de las que nunca ya se querría separar y que quedarían grabadas para siempre en su interior. Junto a esas lecturas el otro elemento clave es la relación que surge con las figuras que aparecen en toda una colección de fotografías que separan los capítulos antes citados, aproximando más al lector a lo que se nos cuenta. Esas personas son las que rodearon a Eudora Welty durante su infancia y juventud, parientes con mayor o menor afectividad, ante los que la escritora muestra la mirada de cualquier niño ante un mundo de adultos, pero otras muchas surgieron de la labor  que realizó para la agencia estatal de la Administración Laboral, lo que la llevó a recorrer este territorio tan literario, a descubrir a cientos de personajes que luego impregnarían sus relatos de la verdad que parece trascender de todo lo que se escribe en torno al sureste americano. A lo que asistimos, por lo tanto, es a un muestrario casi sociológico de una familia del sur pero también y sobre todo, al descubrimiento interior de una niña que sentía pasión por la escritura, que necesitaba construir sus relatos en paralelo a su propia vida, construyendo así su sueño de ser escritora. Ese sueño se cumplió en 1936 con la publicación de su primer cuento e iría progresando hasta la consecución del Premio Pulitzer en 1973 por su obra ‘La hija del optimista’. Gran creadora de relatos breves, ‘Las batallas perdidas’, también recuperada por la editorial Impedimenta en 2010, es quizás su gran obra, y les digo una cosa, tras leer estas memorias las ganas de enfrentarse a ese texto son enormes.


Publicado en Diario de Pontevedra 25/03/2012

domingo, 11 de marzo de 2012

Un meteorito literario

‘El jardín colgante’ es el libro recientemente galardonado con el Premio Biblioteca Breve 2012 concedido por la prestigiosa editorial Seix Barral. Su autor, Javier Calvo, con una trayectoria literaria tan particular como arriesgada y efectiva ante el lector, nos ofrece un paso más en su literatura, vinculando su forma de narrar con un escenario relativamente reciente de nuestra historia. Se genera así un microcosmos con curiosos personajes, involucrados en una trama de la cual el escritor nos ofrece diferentes destellos, algunos de ellos deslumbrantes.


Leo en una reciente entrevista a Javier Calvo afirmar que ‘El jardín colgante’ “debe leerse como una novela de género” y me pregunta tras haber leído el libro es, ¿género, pero qué género? Y es que si por algo se caracteriza la literatura de Javier Calvo es por dinamitar cualquier especulación con los géneros, por destrozar un relato tradicional y fusionar sobre su narrativa una manera singular de afrontar la escritura. Tras leer una de sus novelas anteriores ‘Mundo maravilloso’ la sensación que me había quedado es la capacidad del escritor por generar su propio mundo, por arrastrar al lector hasta un espacio resultante de una mente atrevida y arriesgada, y esto mismo es lo que me sucede a las pocas páginas de adentrarme en esta novela ganadora del Premio Biblioteca Breve. Conocer al agente Arístides Lao o a Melitón Muria supone adentrarse en una nueva dimensión con extraños personajes en un mundo extraño, como lo fueron los años de la Transición Española, evocada aquí como el marco donde poner en circulación a todos este especímenes. Y es que esta cuestión, la de los personajes, es evidente que también preocupa sobremanera a Javier Calvo ya que es en ellos, en sus condiciones, en su manera de desarrollar sus acciones, en donde el pulso de Javier Calvo como escritor es más firme y decidido. Así es como los dos citados anteriormente, junto a Teo Barbosa o a Sara Arta, componen un espectral muestrario de lo que nos podíamos encontrar en aquella España que se debatía entre el fin de una época oscura y la apertura hacia un universo de libertades, o así se esperaba por la gran mayoría de la ciudadanía.



Puzzle |Hablaba de géneros al comienzo de este texto, y es que si bien la novela discurre en lo troncal por una trama de tipo policial, lo cierto es que el relato se va desparramando en innumerables direcciones, y esto, lejos de ser un lastre por las posibles distracciones del lector, sirve, precisamente para suscitar ese universo propio que caracteriza hasta el momento cada obra de Javier Calvo. Desde el humor a la ironía, pasando por temas sociales o de índole política, todo se agita dentro de una coctelera para luego ir volcando todas esas piezas sobre el tablero de la vida. Piezas de un puzzle que debemos armar con la lectura de cada uno de los breves capítulos en que el escritor disecciona la historia de la lucha contra una organización terrorista de extrema izquierda a cargo de unos curiosos agentes y la presencia de un infiltrado en ella, siempre bajo el ambiente que en España se respiraba en 1977.

Y es que la idea del puzzle está muy presente a lo largo de la novela, no solo como el pasatiempo de Arístide Lao, que desquicia a sus compañeros de brigada, sino como la metáfora de los diferentes vectores que desembocan en la narración y en la propia España de aquel momento, fragmentada en un sinfín de pedacitos, de muy difícil encaje. Tal y como sucede en la novela, donde los capítulos se van sucediendo de manera vertiginosa, mostrando el autor su capacidad para generar ritmo dentro de lo que se nos quiere contar. Algunos de ellos especialmente brillantes, o así me lo han parecido; los números 23, donde esos dos esperpénticos agentes coinciden en una Nochevieja o el número 39, en el que Sara Arta, tras salir de la cárcel, se mueve en la noche barcelonesa mientras se ofrecen toda una serie de referencias del momento histórico en el que transcurren los hechos que conforman el libro. Escrito de manera brillante por la aparición de una prosa irónica, arriesgada y capaz de formular su singularidad, algo que respalda precisamente la concesión del Premio Biblioteca Breve, que debería estar siempre atento a las nuevas corrientes, a las derivadas de escritores atrevidos por mostrarnos nuevos territorios. Javier Calvo así lo ha demostrado a lo largo de su trayectoria, con obras en las que parece que también parecen estrellarse meteoritos, como sucede en ‘El jardín colgante’, para hacer saltar por los aires la pretenciosa realidad que en manos de un escritor imaginativo debe transformarse en nuevas posibilidades.

Tanto desde Barcelona o desde un islote mallorquín, Javier Calvo nos ofrece un universo con mucho de kafkiano, donde lo extraño, lo angustioso, lo difuso de ese tiempo que supuso la Transición se extiende a unos personajes en constante zozobra, confiriéndole al relato ese carácter de inestabilidad que genera una nebulosa donde todo se envuelve, donde todo parece carecer de referencias, de anclajes emocionales, en el momento preciso en que España buscaba configurar un país nuevo, “Un jardín colgante, desconectado de todas las cosas”, como en algún momento se referencia en un texto por donde se insertan frases llenas de contundencia, relevantes para tomar el pulso a un momento concreto de nuestra historia, pero sobre todo a unos personajes, verdaderos protagonistas de estas páginas, incómodos consigo mismos e incapaces de relacionarse con una sociedad en la que no todo el mundo era bienvenido.

Publicado en Diario de Pontevedra 11/03/2012

luns, 20 de febreiro de 2012

El olor de la civilización

Pocos relatos han suscitado un debate más amplio, sobre todo en el mundo educativo sobre la posibilidad de la sociedad para regenerar a un niño que ha crecido en un medio salvaje, sin contacto con el ser humano. Al respecto se han elaborado las más diversas teorías educativas pero también en lo artístico este hecho real, sucedido en la Francia de inicios del siglo XIX, ha propiciado la creación de hermosas piezas, desde la película ‘El pequeño salvaje’ de François Truffaut hasta el reciente libro a cargo del escritor T.C. Boyle editado por Impedimenta.



“Vio confusión, escuchó el caos, y lo que olía era más fétido que cualquier otra cosa que hubiera olido en todos sus años de vagabundeo por el campo y los bosques de Aveyron. Un hedor concentrado, penetrante: el olor de la civilización”. De esta manera tan poderosa remata uno de los capítulos en que el escritor norteamericano T.C. Boyle divide su último libro ‘El pequeño salvaje’, editado en nuestro país por la Editorial Impedimenta. Profesor en la Universidad del Sur de California y especializado en la literatura del siglo XIX no es de extrañar la fascinación del autor por un relato que como pocos incide en el alma del ser humano y la capacidad de la sociedad para la regeneración del individuo y su posibilidad de desarrollo dentro del ecosistema social.
La historia es bien conocida, ya que a partir de este hecho auténtico, sucedido en la Francia postrevolucionaria, se han ido consolidando numerosas teorías educativas sobre la capacidad del hombre ‘moderno’ para restaurar ‘las buenas costumbres’ en alguien al que la vida había conducido a un camino de degradación. Así sucedió con ‘El pequeño salvaje’ donde se cuentan los hechos que pasaron del temor a un niño salvaje y embrutecido, a la fascinación de toda Francia hacia este caso y las posibilidades que la ciencia ofrecía para que ese niño dejase de ser una especie de atracción de feria y se comportase como una persona ordinaria.

En la naración, T.C. Boyle se muestra como un magnífico escritor al conducirnos de manera lineal por el relato de una forma firme, que en numerosos momentos se cuestiona hacia donde se conducía la sociedad de una Francia, entendida en aquellos momentos de la Ilustración como un reflejo del progreso humano y social, preocupada por el papel de la educación. Y es que todo se define en virtud a la dicotomía de las tesis de Locke- “¿nacía el hombre como una tábula rasa, inculto y sin ideas, listo para que la sociedad escribiera en él sus normas, susceptible de ser educado, mejorable?” y las de Rousseau- “¿O, por el contrario, era la sociedad una influencia corruptora, como suponía Rousseau, antes bien que la base fundamental de todas las cosas, buenas y malas?”
Entre esas dos ideas se mueve todo el relato planteado por su autor y cómo el trabajo del profesor Itard, entregado durante años a la empresa de educar a ese niño salvaje transcurre entre escasos avances y un futuro lleno de sombras.
El final, sombrío y áspero, no deja lugar a dudas, solo ciertas conductas asociadas a la emotividad, los sentimientos o la rebelión ante lo injusto, fueron jalonando de leves expectativas un capítulo que mantuvo en ascuas a toda Francia y a una comunidad científica con unos medios pertenecientes a otra época, pero que se verían renovados por las experiencias del profesor Itard con la amenaza siempre presente de la Iglesia y su escasa confianza en el hombre, cuando debería ser precisamente lo contrario.
T. C. Boyle en las 121 páginas de las que se compone este libro tiene espacio más que suficiente para retratar a toda una Francia en el trascendental proceso revolucionario y la superación del Antiguo Régimen, reflejado en ese niño surgido de la oscuridad de un bosque y al que la sociedad concede una oportunidad. El autor realiza un retrato perfectamente ajustado al relato original, a una historia que quizás hasta hoy nunca ha estado escrita de una manera tan directa y veraz, en la que no sobra nada y todo fluye en una misma dirección, la centrada en el ser humano y en la que se rompe esa fragilidad con espacios para la reflexión, normalmente fijados en la transición de un capítulo a otro, como si en ese blanco se contuviese un rincón para nuestra participación, para la emoción que en ocasiones te permite comprender las reacciones de quien estaba abocado a una muerte en estado salvaje, pero al que esta sociedad, con todas sus taras, se empeñó en reconducir y en cierto modo lo logró. “Tenía cuarenta años cuando murió”.
No es de extrañar que esta editorial recibiera en el año 2008 el Premio a la Mejor Labor Editorial Cultural. Por un lado la escogida selección de títulos, muchas veces olvidados por las editoriales más tradicionales, y por otro por la cuidada edición que realiza de cada una de sus obras. Un esmero dignificador del libro y en consecuencia del lector que descubre como nuestra literatura está plagada de placeres ocultos a los que solo iniciativas como esta permite salir a la luz y acercarse a los lectores.
Con T.C. Boyle nos encontramos la apuesta por un magnífico escritor, no siempre bien conocido en España y todo ello a través de uno de los grandes relatos que configuran la identidad cultural en Europa. La historia del niño salvaje.
Un relato tan especial como éste, con todo lo que comporta en relación con el aprendizaje y su vinculación a la propia historia de Francia no podía quedar al margen del mundo del cine y menos aún alejado de un director tan sensible con estos temas como François Truffaut quién en 1969 llevó a la pantalla ‘El pequeño salvaje’. Una emocionante película que traslada a la pantalla todo ese universo que muchos escritores plasmaron con anterioridad y que permitía al director francés aproximarse al tema de la educación en el ser humano y su formación, elementos habituales de un cine siempre comprometido con el hombre y sus posibilidades. No es de extrañar que él mismo fuese el intérprete del papel del profesor Itard, abordando la educación del ‘salvaje’, algo muy similar a lo que pretendió con su cine lleno de enseñanzas para el espectador.


Publicado en Diario de Pontevedra 19/02/2012
Fotografía 'El pequeño salvaje' (F. Truffaut, 1969)

luns, 30 de xaneiro de 2012

Navegando sobre el verso de la vida

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) escribe y publica el que dice será su último libro: ‘Entreguerras’. Un emocionante e intenso recorrido por toda una vida entendida desde el universo de la poesía. Su obra, quizás la más importante de un poeta vivo en España, espera el Premio Cervantes mientras el poeta espera vivir. Y es que el tiempo es el contrato con la vida y el que permite a este poeta escrutar, desde un lenguaje riquísimo, su tránsito por un país complejo, con una historia traumática, así como las relaciones con sus coetáneos. 

La poesía es tiempo, y al tiempo se aboca como un granero de experiencias, balizas que ir superando en la travesía que toda existencia comporta. José Manuel Caballero Bonald avista en su travesía el puerto final, inevitable punto de atraque al que, de manera irreversible todos acabaremos arribando. Llega la hora de mirar hacia atrás de intrincarse en la historia personal, de buscar y rebuscar en uno mismo. ¡Esa sí que es una compleja travesía! El poeta ya había recorrido ese tránsito anterior con un volumen de memorias, radiografía de una vida, pero también de una sociedad y una España entretinieblas, de título, y al igual que ésta, publicada por Seix Barral en 2010, ‘La novela de la memoria’ (en ella se recogen los dos volúmenes publicados de sus memorias: ‘‘Tiempo de guerras perdidas’ (1995) y ‘La costumbre de vivir’ (2001). La prosa deja ahora espacio a la poesía, al verso largo a la manera de los clásicos para narrar una epopeya, la surgida de la vida propia.

Compromiso |Y es que José Manuel Caballero Bonald sigue teniendo algo que decir, y decirlo en forma de poesía, como es compromiso del poeta con la vida (el autor ha hecho varias incursiones en la prosa). De ese compromiso es desde donde parte todo, de esa componente que fluidifica todo un recorrido plagado de desencuentros pero también de alegrías, de amistades y también de pérdidas, de libros, tanto los propios como los ajenos, de viajes, descubrimientos y oscuridades de una época.... y es que todos estos argumentos son las pequeñas, o no tan pequeñas guerras que origina la vida, de ahí el título del ‘verso biográfico’, ‘Entreguerras’, el espacio para la reflexión para medir y proponer, para crear esta salmodia existencial que no hace más que volver a refrendar a José Manuel Caballero Bonald -con permiso de Luis Garcia Montero- como el mejor poeta vivo en España y al que el Premio Cervantes le hace acomodarse en una sala de espera cada vez más desabrida.

El tiempo invisible |Con 85 años todavía es tiempo de aventuras, de intentar modificar la expresión,  de explorar el carácter formal de un verso largo, larguísimo, ausente de puntuación y donde las palabras se descuelgan unas entre las otras, entrelazadas por una secuencia vivencial pero también por un manejo del lenguaje abrumador, un léxico sin fisuras que atrapa a quien busca en el lenguaje placer, pero también a quien necesita de este tipo de narraciones para descubrir todo un escenario por donde discurre la vida de este país. Una memoria que resuena desde los ecos que la poesía ofrece, género que permite que de entre ese blanco del interlineado afloren otros elementos, ese tiempo invisible que se agacha entre lo versado por el poeta. Y es que de nuevo surge el tiempo, como la gran mecedora de la vida.
‘Somos el tiempo que nos queda’ es el título de uno de los poemas de José Manuel Caballero Bonald publicado en los años cincuenta. Allí quedaba mucho. Aquí lo que queda ya sólo es el recuerdo de lo pasado y a él recurre el poeta con un tono de despedida, una manera de acercarse a la naturaleza de las cosas, como hacían los clásicos, del mismo modo en que miraban el universo los filósofos helenos. Y es que ese tiempo ha forjado toda una vida, una personalidad imprescindible en nuestro panorama literario y humano, que va afluyendo a lo largo de la narración por diferentes espacios. Meandros de una vida que van irrigando el existir, gota a gota, empapando la vida para que en ella florezca lo bello, también las malas hierbas y todo ello es lo que vertebra este poema ‘Entreguerras’, donde finalmente lo mejor no es haber vivido sino seguir viviendo, que es lo mismo que decir seguir escribiendo. José Manuel Caballero Bonald dice en la promoción de este libro que ya no le queda tiempo para pensar en otro libro, seguirá escribirendo, pero no para la edición de una nueva obra. Una vez más solo el tiempo será el que nos ofrezca la respuesta, aunque también lo haga a través de miles de versos.


Publicado en Diario de Pontevedra 29/01/2012

luns, 23 de xaneiro de 2012

O 'espírito Sawyer' de Luís Rei

‘Cita en Fisterra’ é a última aventura literaria de Luís Rei. E é precisamente ese espírito de aventura o que trascende dun libro que se  asemella a unha guía de viaxe ao amosarse como un espazo cheo de historia e memoria, xa mítico na nosa identidade, como é a Costa da Morte. Ao longo dela o escritor plantexa un discurso vivencial e xornalístico, no cal se van dando encontros e descricións, pero tamén denuncias de moitos dos males que acosan a este lugar irrepetible. Asomado a este balcón atlántico Luís Rei non só mira a Galicia, senón tamén a si mesmo.

Apañamos a mochila e a carón de Luís Rei (A Coruña, 1958) percorremos a Costa da Morte, espazo mítico da nosa identidade galega ao que o escritor rende homenaxe como devolución do moito que este lle ten dado. Amosa na súa escrita unha permanente admiración polas paisaxes, polas súas xentes, as lendas ou as historias que van xurdindo ao longo deste percorrido por diferentes vilas onde o mar bate sempre con forza, establecendo unha sorte de connotación común a todos eles e creando unha atmósfera á que o libro non é alleo.
Luís Rei coñece ben este territorio; alí comparte o seu tempo con Pontevedra. En ambos lugares xorde a súa escrita, sempre curiosa por rastrexar novos territorios. Algo que ven facendo nos seus últimos traballos ‘O señor Lugrís e a negra sombra’ e ‘Monte Louro’, o seu ‘oitomil’ literario, como o define en ‘Cita en Fisterra’ e que, como unha alongada sombra tamén aparece ao longo deste último libro. E é que ese monte emerxe como un altar panteísta non só na obra literaria, senón tamén no eido vital do escritor. Del parece querer afastarse durante un tempo, abafado por unha empresa de tal calibre. A necesidade de aire fresco, de gozar do feito literario, parece ser a desculpa e a orixe deste itinerario polo que nos leva Luís Rei. Unha literatura de viaxe, se a queremos definir así, pero que non deixa de ser un pretexto para que o autor siga fundindo a súa mirada no ser humano e na súa relación coa sociedade.
Os diferentes personaxes cos que se vai atopando ao longo deste itinerario non son máis que os protagonistas da novela da vida, esa mesma que se escribe cada día e que se fixa na nosa pel, en cada unha das nosas engurras. Tabernas, restaurantes, museos, casas de cultura, faros... todos estes recunchos aos que accede o escritor serven para facer literatura, pero ao mesmo tempo para algo que interesa moito a un escritor tamén metido no mundo do xornalismo, como é radiografar unha terra que en non poucos casos metaforiza ao resto desta Galicia que nos toca vivir. Non elude o escritor a crítica a certa caste política que xogou con este paraíso aló polo ano 2002, cando aquel demo con forma de buque manchou toda a costa, así como as almas de moitos, algún ferido de morte, como o inesquecible Man de Camelle, pero o que aínda é peor, segue xogando hoxe en día esquecendo o comprometido, ralentizando proxectos e plantexando a creación de infraestruturas en espazos naturais protexidos. Con outra das denuncias máis habituais do autor, a presenza constante dese feísmo que foi esnaquizando un ámbito privilexiado e onde as cousas ‘horrendas’ destacan aínda máis que noutros lugares, fai deste libro unha especie de manifesto sobre a defensa do noso territorio.

Sete xornadas |A través desas sete xornadas imos participando desta aventura que o autor quere emparentar coa literatura de viaxe, xénero non moi recoñecido pero que emerxe con forza cando se fai bo uso dela. Luís Rei fálanos no texto de Mark Twain ou de Stevenson rescatando ese ‘espírito Sawyer’ que serve de título a este comentario. E de certo que hai moito diso, a mirada do mozo, do home que volve ao seu pasado, a da historia ou dunha memoria sempre moi presente en toda a súa obra, como xeito de reconciliación co home. E é que de memoria se van artellando tamén os relatos dos diferentes protagonistas do libro, aquelas xentes que falan do paso do tempo, da súa relación coa terra ou mellor dito, co mar: o mundo da pesca, da cultura tamén, a relación coa paisaxe... todos os ingredientes que constrúen o que somos hoxe, co bo e co malo.
É moi saudable facer este camiño co autor, acompañalo de xeito silencioso mentres percorre espazos marabillosos, paraísos naturais que sempre se amosan ameazados, como non, polo home. Pero Luís Rei aférrase con forza ao territorio, sabe que nel se atopa a salvación de todos nós, caracterizados pola morte das nosas vidas fronte á eternidade destes penedos, destes cantís, destas correntes de auga, destes ventos que zoan para ser o axóuxere dunha existencia que a carón de todos estes ingredientes se converte en especial.
Todo isto sábeo o escritor, que cando pode busca neste terreo o alento necesario para impulsar as súas palabras, dende esa galería reformada por outro home de Pontevedra, o arquitecto César Portela (que ten deixado xa moitas pegadas neste territorio do ‘finis terrae’), que lle serve de miradoiro. Alí, xunto cos sons das Variacións Goldberg creáse unha especie de aura para mirar ao mundo con outros ollos, afastados das inquedanzas da nosa actual realidade. Créase, deste xeito, un deses lugares nos que os escritores teñen a capacidade de mirar ao noso arredor de xeito diferente a como o facemos o resto dos mortais. ‘Cita en Fisterra’ é, polo tanto, un diario para coñecer o que non está tan lonxe de nós, e precisamente por iso pode parecer do máis descoñecido e sobre todo do máis engaiolante.



Publicado en Diario de Pontevedra 22/01/2012

domingo, 4 de decembro de 2011

Los cuentos de Muñoz Molina

El relato entendido como una singular forma de expresión, probablemente más libre y hasta arriesgada que la narración larga, permite a Antonio Muñoz Molina explorar nuevos territorios, visualizando así una nueva faceta de su obra.


Quizás la publicación de este libro sea como someterse a una terapia descompresiva, al pasar de una gran novela (hablando tanto en términos de  tamaño, como de la implicación del escritor en ella) a trabajar desde el relato breve. Así parece haber sucedido con Antonio Muñoz Molina, quien, tras la escritura de ‘La noche de los tiempos’, nos presenta ahora la recopilación de un conjunto de relatos bajo el nombre genérico de ‘Nada del otro mundo’. Nombre del primero de los cuentos que conforman esta selección de títulos, ya publicados en diferentes medios, a los que se les suma un relato inédito que cierra el volumen: ‘El miedo de los niños’.
Es quizás este interés por volver a revisitar lo publicado en ese formato breve, el síntoma evidente de un nuevo tiempo en la consideración del género. Su adaptación a nuestro frenético ritmo de vida, a las limitaciones que de tiempo y papel imponen los editores que en ocasiones encargan textos no demasiado amplios para conectar con el lector fugaz y apresurado. Esta nueva contextualización de lo literario explicaría la reciente salida a la luz de numerosos volúmenes, en los que o bien se hace una amalgama de diferentes creadores o se apuesta por que un mismo escritor haga acopio de sus trabajos en dicho género.
Comentaba en las primeras líneas de este artículo la implicación del autor con su última novela ‘La noche de los tiempos’, trabajo al que el tiempo otorgará la dimensión que merece (y que muchos racanearon) por su forma de aproximarse a la Guerra Civil desde una valentía mostrada al alejarse de oportunismos demagógicos tan accesibles a la hora de aproximarse a todo lo relativo a la espinosa cuestión de la memoria histórica, pero también con el tratamiento de los personajes y la estructura de lo narrado. Un esfuerzo del que parece una buena manera de evadirse releer aquellos cuentos que han ido jalonando una de las trayectorias literarias más destacadas de nuestro país en las últimas décadas.
Curiosamente en ellos el autor evidencia siempre una distancia con la realidad, una medida lejanía que se establece a través de un gusto por incluir elementos de misterio que truncan el discurrir de estos relatos. Mucho más intenso en el modélico ‘El miedo de los niños’, donde el autor abre la puerta a la infancia, para que una atmósfera de miedos, enfermedades y angustias, propiciados por la magnífica descripción de espacios y personajes, va aumentando la inquietud del lector en la despedida del libro. Ese mismo lector que ya había ingerido pequeñas píldoras con títulos como ‘El hombre sombra’, ‘La poseída’, ‘Extraños en la noche’, o ‘El cuarto del fantasma’ en los que se van explorando esas atmósferas del desasosiego, pero donde siempre habrá un río, como ese ‘río del olvido’, cuyas aguas tendremos que atravesar aún a riesgo de perder la memoria, de borrar aquello en lo que nuestra vida no nos ofrece refugio. La memoria que el autor no ha perdido para hacer de los detalles de la vida ese click que activa la imaginación y la posterior escritura. En sus cuentos se reconoce cómo cada uno de ellos surge de un instante, de una aproximación a un momento casi siempre más actual que el desarrollado en sus novelas, alimentado por numerosas y voraces lecturas, de muchas de las cuales nos participa el autor en sus habituales artículos de prensa (impagables recomendaciones para los lectores), entre las que podíamos apreciar la profunda y bendita huella de Edgar Allan Poe. Un libro imprescindible para conocer el trabajo del escritor jienense en el ámbito del relato, en el que se reúne una escritura realizada, como admite el propio escritor en una nota previa, "mientras yo andaba a otras cosas".

Publicado en Diario de Pontevedra 04/12/2011

domingo, 9 de outubro de 2011

Con la familia a cuestas

Quizás sea uno de los géneros más maltratados por todo el mundo literario, desde los editores hasta el propio público. Muchas veces ha sido menospreciado en relación a géneros como la novela, pero cada vez más parece que el relato breve ha ido conquistando su propio lugar. Los editores Sergi Bellver y Juan Soto Ivars han hecho un gran esfuerzo para acercar ese universo del relato al lector, por hacerlo parte de sus preferencias literarias y por ello merecen el aplauso por haber mimado a sus ‘cuentistas’ con el libro ‘Mi madre es un pez’.


‘Consejos sobre el arte de escribir cuentos’: “La verdad de la verdad, es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”. Ese mandamiento, el número 9 que el escritor Roberto Bolaño ofrece a los escritores en su propio libro de ‘Cuentos’ es la mejor pista para afrontar este tipo de narración. Pocos consejos son mejores que este, leer a Poe es una inmejorable escuela para el autor que quiera afrontar un relato. A la vista de los que se incluyen dentro del volumen ‘Mi madre es un pez’, son muchos los que han seguido el consejo del escritor chileno y han hecho del espíritu de Poe un timón seguro que manejar. Son estos tiempos nuestros propicios para la lectura breve, para el relato que se inicia y se remata en unos escasos minutos. Lejos de deslegitimar ese género frente a la gran literatura, grandes escritores se han dejado llevar por ese tipo de escritura, entre ellos Faulkner, Chéjov o el propio Poe.
Hay quien no entiende de diferencias entre ambos, y así, Ricardo Menéndez Salmón, una de las realidades más consolidadas de la narrativa española y participante en esta selección de relatos breves así lo entiende: “Me cuesta diferenciar mi trabajo de novelista de mi trabajo como cuentista. Yo me tengo por un narrador, lo que significa que la prosa es mi territorio y que en ella, tanto en la distancia corta, como en la media, como en la larga, encuentro mi espacio natural, el modo más poderoso para decir aquello que deseo.” Y desde ese deseo es desde el que surge ‘Mi madre es un pez’, una antología de treinta y tres relatos con un nexo en común, el tema a tratar es el de la familia, partiendo de esa frase ya emblemática, procedente del libro de William Faulkner, ‘Mientras agonizo’, en el que se narra la historia de una familia que traslada el cadáver de su madre hasta el lugar deseado para su entierro. Eduardo Mendoza, Rodrigo Fresán, Berta Marsé, Jon Bilbao, Mercedes Cebrián o el ya citado Ricardo Menéndez Salmón, junto al periodista de ‘Diario de Pontevedra’, Manuel Jabois, son algunos de los autores que participan en el libro. El propio Manuel Jabois entiende el relato “como una columna de periódico: una pieza de relojería en la que no debe sobrar nada. Al escritor el relato le conmueve el estilo; se lo afina, como una guitarra”.
Se nos presenta aquí, por lo tanto, una amalgama de escritos tan diverso y heterogéno, que permite radiografiar el estado de este género en nuestro país, respaldado gracias a iniciativas como la promovida desde la editorial ‘Libros del silencio’, una hermosa aventura de compromiso con el hecho literario, con la escritura, sin más pretensiones que el ofrecer una selección de textos de calidad, no sometidos a una autoría famosa que facilite un mayor número de ventas. La edición presenta también otros motivos de aplauso, la ilustración de la portada o un extraordinario prólogo, a la altura, e incluso en muchos casos superando a los propios relatos del interior, firmada por los editores, Sergi Bellver y Juan Soto Ivars, y que ofrece la explicación precisa que justifica esta publicación.

Partiendo de aquella trashumante familia faulkneriana, aquí seran otras familias las que se convoquen en una especie de terapia colectiva, en una expiación, en muchos casos íntima, de la relación entre el escritor y ese contexto siempre peliagudo y singular como es el familiar y que Manuel Jabois defiende como un ámbito “indispensable cuando uno escribe y los demonios familiares son el eterno retorno de un escritor. De hecho, está todo ahí. Uno escribe para entretener, pero en el fondo lo que hace es conocerse. La familia, en este sentido, es un objetivo prioritario. Una feliz amenaza. También las familias felices; sobre todo, ésas”. Y es que la familia siempre se ha entendido como uno de los gérmenes de la narración el pozo inagotable del cual ir extrayendo los cubos de inspiración necesarios para volcar sobre las páginas de un relato. Puede haber quien lo entienda como una convocatoria de demonios, no así el asturiano Ricardo Menéndez Salmón que prefiere huir de esa interpretación, “No creo que sea un terreno más incómodo que otros muchos. No al menos en mi caso. A la familia me acerco con la misma naturalidad y con la misma reverencia que me acerco a escribir sobre mí mismo o a escribir sobre la vida en un pueblo asturiano durante 1936”. Como toda selección que agrupa a un elevado número de relatos, la diversidad de formas de narrar, de concebir historias alrededor de la familia o el pelaje diferente de cada uno de los autores es su gran virtud, pero también puede ser su gran defecto. Lejos de entrar en juicios de valor sobre cada uno de los cuentos lo que sí es importante es la elaboración de este cauce para que jóvenes escritores hagan constar su presencia en ese territorio salvaje como es el de la creación literaria, mostrando sus ilusiones y capacidades de escritura. Todos los cuentos, que se acogen entre el celebrado prólogo y el último relato, una caricia literaria de Eduardo Mendoza, representan mucho más que literatura, representan la ilusión por escribir.

Publicado en Diario de Pontevedra 9/10/2011
Foto Camilo Gómez. Archivo Diario de Pontevedra

martes, 7 de xuño de 2011

O retorno ao fogar. A volta a un mesmo

‘Non hai noite tan longa’ é a última novela de Agustín Fernández Paz (Vilalba, 1947), unha extraordinaria obra que volta a mirada á grande literatura. A dos mitos gregos ou as obras de William Shakespeare, referentes para un relato que afonda na Galicia de finais do franquismo coa historia dun home que volta á súa casa tras trinta anos fóra dela co gallo da morte da súa nai. Nese retorno o protagonista abrirá as portas dun pasado cheo de feridas que lonxe de cicatrizar están aínda sen sanar. O lume da verdade será o seu facho para atoparse a si mesmo.



Monteverde é un pequeno concello no cal todos se coñecen. En 1972 un home, Gabriel Lamas, aínda rapaz, fuxiu daquel lugar afogado polos medos que os anos finais do franquismo propiciaron nas súas xentes. Tras pasar por Barcelona e tendo a súa vida en París, a chamada telefónica, trinta anos despois, da súa irmá anunciándolle a morte da súa nai propicia o seu retorno a aquel lugar ó que prometera non volver. A visión pantasmal da figura do pai faille revivir un lamentable suceso que aconteceu cando tomou aquela decisión de non volver mirar cara atrás. Atrapado polo recordo e a recuperación dun mesmo decide quedarse para coñecer a verdade.
Esa búsqueda é a que move todo o desenvolvemento da acción, as pesquisas que o protagonista realiza entre aqueles veciños que puideron ter relación cos feitos. Ó ir tirando dos fíos que a investigación vai poñendo nas mans do protagonista condúcenos por unha trama engaiolante e que nos atrapa nunha sorte de ‘thriller’ no marco físico da aldea e co paso do tempo como testemuña do que fomos e tamén do que somos.
A contraposición de tempos a través daqueles estertores do franquismo, con citas puntuais como o referéndum dos 25 anos de paz, ou a convulsa situación internacional coa Guerra Fría, a chegada do home á lúa ou os brotes de racismo en Estados Unidos, que tan ben se reflicten na fermosa imaxe que ilustra a portada do libro, coa actualidade é a que lle permite a Gabriel Lamas achegarse a súa propia familia, aquela da que se separou tras a súa marcha. Falar coa súa irmá ou manter longas conversas coa súa sobriña é o recurso que relaxa as situacións máis tensas como son as que se refiren ós sucesos que tiveron lugar nun pasado e que marcaron o futuro de toda unha familia.
Agustín Fernández Paz recupera nesta intensa novela os grandes mitos da literatura e é quen de inxerilos no discurso dun relato actual e moderno, con moitos acenos ó cinema. A hamletiana aparición da pantasma da figura do pai reclamando xustiza ó seu fillo, ou esa sorte de viaxe de retorno a casa como o Ulises da ‘Odisea’, ata o propio título da novela, saído dun diálogo de ‘Macbeth’ (“Reunide todo o ánimo que poidades. Que non hai noite tan longa que non remate en día”), danlle solidez á narración e permiten ó autor afianzar a historia personal do protagonista que é quen de facer dun xeito fluído e que sempre te vai mantendo en alerta ante os seus movementos. Porque se algo pode agradecer o lector nesta novela é a súa sinceridade literaria, a súa vocación de relato clásico que permite unha lectura sen atrancos afastada das complicacións que moitos escritores buscan de xeito premeditado para inscribir a súa novela dentro dalgunha corrente experimental. Agustín Fernández Paz a estas alturas da película, e sendo esta a súa primeira novela adicada plenamente ó público adulto (aínda que lendo as súas obras adicadas ó público infantil e xuvenil un non entende esta división de ‘xéneros’) non xoga con experimentos. Senón que se adica a escribir, a facer dun relato a narración dunha xeración onde os medos e teimas do franquismo enchían todo da súa baixeza moral, onde os rumores, as desconfianzas e as delacións entre amigos, convertían as vidas en vidas marcadas a ferro quente sobre a súa pel polos propios veciños. Estes resquemores danaron de xeito irreparable a moitas familias que se viron esnaquizadas, como acontece coa de Gabriel Lamas. Agora, cincuenta anos despois, é un deses simbólicos momentos que a vida nos ofrece para pechar o seu propio círculo, ou mellor dito, para fuxir dalgún deses labirintos no que a nosa existencia é quen de enredarnos, e como acontece tantas veces, a morte é o único desencadeante dese proceso terapéutico baseado na recuperación dun tempo, pero sobre todo na recuperación dun mesmo.
O escritor de Vilalba ofrécenos unha novela engaiolante para o lector que desexa pasar unha páxina tras outra para ver por cal deses fíos tira o protagonista na procura da súa propia historia, pero tamén na procura do que pasou en moitos recunchos desta terra.




Publicado en Diario de Pontevedra 5/06/2011
Fotografía 'Persoas nunha cafetería o día do Referendum dos XXV anos de Paz' (1966)