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martes, 3 de abril de 2012

La entrada en el universo Saramago

En 1953 un joven escritor portugués, amante de Shakespeare, Pessoa, Eça de Queirós o Diderot, llevaba bajo el brazo un cargamento de ilusión en forma de un manuscrito titulado ‘Claraboya’ que entregó a una editorial de Lisboa. No hubo respuesta. El tiempo y el olvido se hicieron con aquel manuscrito hasta que una mudanza lo rescató de un cajón en 1999. Saramago ya era el primer escritor luso que había obtenido el Premio Nobel y el tiempo de aquel libro era ya otro, impidiendo el autor su publicación hasta pasada su muerte. Ahora es el momento. 


Con estas palabras de Pilar del Río incluidas en el prólogo del libro se refiere la que fue mujer y traductora de sus obras al castellano a ‘Claraboya’. Sí, la obra despreciada de Saramago, aquella que un muchacho de veintitantos años llevó a una editorial cargado de ilusiones y vio como era olvidada encerrada en un cajón. Allí permaneció durante décadas, hasta que en 1999 el cajón se abrió y la historias que se entremezclan en este patio de vecindad en la Lisboa de los años cincuenta comenzaron a buscar su protagonismo en la trayectoria del Premio Nobel. Con razón buscaban ser aquello que fueron y no les dejaron, la argamasa de lo que vendría después, el prólogo a una carrera que aquí esboza muchas de sus líneas argumentales y, todo ello, sin ni siquiera haber cumplido treinta años. Pero el tiempo ya se había encargado de que aquellas emociones iniciáticas se convirtiesen en la lúcida madurez de un escritor que no necesitaba enfrentarse a la vida revocando aquello que la propia vida no había querido. Así ‘Claraboya’ debería permanecer sin publicar hasta su fallecimiento, lo que la vida no había concedido que lo haga la muerte. Vida y muerte, tan importantes en toda su obra, vertebran aquí la resolución de ese enigma literario.
“En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido”. Esta frase de Raúl Brandao, el que fuera periodista entre los siglos XIX y XX, antecede al relato y ofrece la clave argumental de esta obra de Saramago. Una novela sobre las almas humanas, planteada a partir de una colmena llena de personajes que habitan un mismo edificio interactuando entre ellos. Esas relaciones parecen aislarlos del exterior, un exterior del que apenas se nos dice nada, como si esa vivienda lisboeta permaneciese aislada del mundo, centrándose en su universo particular a partir de los encuentros que mantienen entre sí cada uno de sus personajes. Una suerte de fresco neorrealista en el que estos encuentros son los que le conceden el ritmo al relato, estableciendo unas situaciones realmente modernas para el tiempo en el que fueron escritas: los odios dentro del matrimonio, la repulsión por los cuerpos cuando éste no es hermoso, los malos tratos, la homosexualidad, la sexualidad entre la pareja, ... y todo ello dentro de un contexto familiar en el que pocos escritores se aventuraban a adentrarse al entenderse la familia casi como un lugar mágico donde siempre reinaba la felicidad. Emerge así lo íntimo como una especie de reclusión de la persona, algo que podía metaforizarse con la relación del ser humano con la propia sociedad y como éste era maltratado por aquella, obligándole a su reclusión en esos patios de vecindad. Quizás todo ese mar de fondo, esa negrura de muchas situaciones, fuera fundamental para acabar dentro de un cajón, para domir durante décadas el sueño del olvido.
Saramago muestra así su modernidad en lo referido a lo temático, un progreso que también se acierta en cuanto a la atmósfera que alcanza en el tono de la novela, que debe ser vista en relación a su tiempo, a esas décadas centrales del siglo pasado en una sociedad que estaba todavía sacudida por el horror de las guerras y en la que la vida alejada de esos reductos casi familiares transitaba entre lo depresivo de unas sociedades en las que la población registraba grandes dosis de atraso, sobre todo en los países mediterráneos, muchos de ellos todavía bajo el férreo manto de feroces dictaduras. Así es como ‘Claraboya’ nos recuerda a muchos de los componentes de una obra capital de esos momentos en la literatura española, Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo, aunque si me apuran (y si mis recuerdos de lo que fue una lectura de juventud no me fallan), con una mayor profundidad en los personajes.
Lo que sí está claro es que esta novela nos vuelve a convocar con el gran escritor que fue José Saramago. Su obra, una de las más importantes de la literatura del siglo pasado, tiene en ‘Claraboya’ el origen o la explicación a muchos elementos que posteriormente irían mostrándose en su obra y que la propia Pilar del Río pone de manifiesto (y nadie mejor que ella) en el prólogo del libro a través de la importancia de esos personajes, tanto los masculinos como los femeninos, y la construcción de unos arquetipos que irían recorriendo muchos de sus títulos posteriores.
Pero amén de todos estos elementos, más o menos teóricos, más o menos literarios, el rescate y la publicación de ‘Claraboya’ supone volver a disfrutar de la literatura de José Saramago, de un territorio de sensaciones en el que muchos somos felices, un refugio  en el que ampararnos tras la muerte del escritor mediante la lectura de cualquiera de sus obras. Es el milagro de la escritura, ese que trasciende a la muerte de los propios autores, y que permite retomar una y otra vez sus textos para seguir apreciando matices y encontrando nuevas propuestas dentro de sus relatos. ‘Claraboya’ supone abrir la entrada al universo del escritor, volviendo a poner a Saramago ante nosotros, un Saramago iniciático, pero sobre todo un Saramago que nos pone en alerta sobre aquello que iba a llegar después.




Publicado en Diario de Pontevedra 1/04/2012

luns, 27 de febreiro de 2012


     ‘Pasajero K’ es la última novela de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), cuya trayectoria comienza a reafirmarse como imprescindible en el panorama narrativo español. Poesía, narrativa breve o novela nos hablan de una seguridad que en estos momentos desemboca en este último trabajo. Una novela sobre una Europa llena de cicatrices por la que circulan dos personas heridas, y que irán descubriendo juntos el origen de ese dolor latente. Un dolor que parte como metáfora de una Europa donde todavía permanecen abiertas numerosas heridas. 


    
            Esta vieja fotografía del asedio a Sarajevo por las tropas de Radovan Karadzic en 1995 evoca el rastro de dolor que un conflicto como aquel dejó en una Europa no siempre tan lustrosa y amable como se nos ha querido reflejar en no pocas ocasiones. Una herida que todavía supura ante el recuerdo de muchos de los participantes en aquella cruenta guerra. Las actitudes de unos y otros se refrescan de manera vergonzante cada vez que uno de aquellos criminales se sienta ante el Tribunal Internacional con sede en La Haya o cada vez que un periodista o un escritor decide hacer de ese suceso parte de su trabajo.
Esto es lo que ha hecho Adolfo García Ortega con ‘Pasajero K’, una novela en la que bajo un envoltorio de misterio o espionaje (hay quien habla de ecos de John le Carré o Alfred Hitchcock) se articula una radiografía intensa de lo que ha podido suponer aquella Guerra Civil y cómo dos personas hacen de aquellos hechos el motivo expiatorio para reconocer sus miedos y dudas, pero también para ir reconstruyendo su propio pasado. Y es que el encuentro entre una mujer, Sidonie, y un hombre, Balmori (K) en un viaje en ferrocarril les llevará a recorrer diferentes puntos de la geografía europea al encuentro de uno de los más cruentos episodios de aquella guerra de los Balcanes. Un episodio que a ella la llevará a buscar la verdad que siempre debe encontrar un periodista y a él le servirá como itinerario para redescubrirse a sí mismo y para encontrar el significado de esa K. El punto final de ese recorrido estará en La Haya, donde Radovan Karadzic espera su juicio y donde ambos personajes llegarán traumatizados por lo sucedido a lo largo de un viaje donde las heridas íntimas de cada uno de ellos se conjugan con la gran herida europea de los últimos tiempos, la de esa Guerra donde todavía el papel de las grandes potencias europeas o los organismos internacionales pende de un análisis a fondo que al parecer a nadie interesa realizar. Como sucede en el libro, dirigir la mirada hacia otro lado suele ser la manera más cotidiana de la alta política de resolver sus asuntos, por graves que estos sean, aunque posteriormente por esa herida no deje de supurar un dolor y un hedor cuyo rastro estará siempre latente en nuestra historia.
Junto a los dos protagonistas, la presencia de una cámara fotográfica permite a Balmori tomar toda una serie de instantáneas, notas de un diario que permitirá a este director de cine construir una historia que a medida que progrese el relato irá modificando su itinerario, al igual que sucede con el propio Balmori, sujeto y lastrado a esa K como una gran interrogante a la que ir dando forma y bajo la que se esconde un túnel de la infancia en la que no siempre es sencillo adentrarse.

Descubrimiento |Los que no conocíamos el trabajo de Adolfo García Ortega estaremos para siempre agradecidos a esta historia, a un relato que nos ofrece el descubrimiento de un gran escritor, de un autor capaz de enganchar al lector con una narración que circula con maestría entre ese relato personal, más humano, y el generacional de todo un continente. Es cierto que se intuyen esas componentes del cine de suspense o de la novela de intriga, pero la fuerza de ambos personajes y el buscar siempre resaltar su historia personal, su búsqueda interior, dota al conjunto de la obra de una humanidad pocas veces presente en esas influencias que muchos observan y que incluso se admite en la contraportada del libro. Adolfo García Ortega nos sitúa a todos como pasajeros en esa mirada al pasado que realiza, sabedor de que Europa, como un gran queso gruyere, posee muchos agujeros en donde encontrar historias que se puedan convertir en literatura. De sus capacidades ya depende que su lectura no se convierta en una revisión de hechos históricos carentes de interés que podrían pertenecer al género de la novela histórica y sí que ofrezcan la posibilidad de ser integrados en otro tipo de relatos, más novelísticos y eficaces de cara a una lectura sugerente para el lector. Así, la huida a la que pronto comenzarán a verse expuestos los protagonistas escapando de dos personas que les acosan o ese aberrante relato final relacionado con el criminal yugoslavo, del cual poco a poco se nos va suministrando información a lo largo del libro, son ingredientes para que la acción progrese, para que la novela crezca hacia unas páginas finales fantásticamente construidas para cerrar parte del relato y dejando algún que otro rastro por el cual rápidamente el lector irá construyendo su siguiente capítulo. Continuación que significa el futuro de dos personas, de dos seres humanos a los que la vida ha colocado frente a sí mismos, y también frente a una identidad geográfica e histórica común en la que estamos inmersos y que deberíamos conocer más en profundidad, aunque a muchos esa profundidad le genere recelos y temores. Es la Europa de hoy, edificada sobre arenas movedizas, sobre un blando argumentario al que ciertos viajes desnudan, al igual que a ciertas personas.

Publicado en Diario de Pontevedra 26/02/2012


domingo, 5 de febreiro de 2012

El fútbol, pasión y razón

El periodista y escritor Juan Cruz (Puerto de la Cruz, 1948) realiza un viaje al corazón del barcelonismo a través de una serie de entrevistas y encuentros con diferentes personalidades de nuestra sociedad. Escritores, músicos, cineastas, políticos, periodistas o actores decidieron pasar un rato hablando de lo que supone el Barcelona de Pep Guardiola, como resumen de una manera de entender el fútbol distinta a cualquier otra de nuestro país. ‘Viaje al corazón del fútbol’ es, sobre todo, el descubrimiento de lo importante que es el fútbol en nuestras vidas.


Estamos ante un libro impensable hace tan solo unos pocos años. Doscientas cincuenta páginas hablando de fútbol, sin esquemas  tácticos sobre el dibujo de un terreno de juego, vacío de fotografías de las estrellas del momento y ausente de esas interminables estadísticas sobre resultados, alineaciones y los más variopintos datos sobre encuentros futbolísticos. Aquí ‘solo’ hay palabras. Palabras y sentimientos, que se van alternando en un cruce de preguntas y respuestas en torno a un club que como ningún otro en nuestro fútbol representa las bondades de este deporte cuando todo se consigue hacer girar en torno a un balón y a una filosofía de diversión y felicidad. Una especie de recuperación de los ecos de las vanguardias artísticas que vertebraron Europa en los años veinte. Una escuela de la felicidad trasladada a lo futbolístico y que el Barcelona ha sabido enhebrar a partir de la llegada de jugadores insignia al club en diferentes épocas Kubala, Cruyff, Maradona o Messi y que tiene su culmen en esta década con la maduración de los frutos recogidos en La Masía y la adecuación a esa forma de entender el fútbol tan vistosa como descarada y audaz. A la vista de los diferentes encuentros que Juan Cruz, barcelonista por obra de las ondas de radio que le llegaban a sus maravillosas islas de origen desde tierras catalanas de manera más nítida que las madrileñas, ha mantenido con algunos referentes del barcelonismo,  y otros que no lo son, se evidencia el papel que el fútbol puede llegar a tener en nuestras vidas. Acumulador de recuerdos desde la infancia hasta hoy, vínculo imperecedero entre amigos que han tenido en esta forja el nexo inquebrantable que les ha mantenido unidos durante décadas, evocador de sensaciones que, todavía leídas hoy, ponen el vello de punta por el cariño y la importancia con que son rescatadas por sus protagonistas.

Encuentros |Y es que la cartera de ‘clientes’ de Juan Cruz, es tan abrumadora, como la capacidad de trabajo de este hombre, del que raro es el día que uno no se desayuna algún reportaje o entrevista en el periódico ‘El País’, teniendo todavía tiempo para preparar algún que otro libro, como sucede con este ‘Viaje al corazón del fútbol’ editado por Córner. La nómina de comparecientes ante estas páginas es tan diversa como interesante en la mayoría de ellos. Juan Cruz ha intentado y lo ha conseguido, extraer de su propio corazón y de su memoria aquello que les relacionaba con el deporte rey. En primer lugar con el Barça, y en segundo, con diferentes aspectos del planeta fútbol, relacionados con sus pasiones, sus alegrías y desvelos, rivalidades y afinidades, y es que así se construye el imaginario futbolístico de cada uno de nosotros, desde la nostalgia de un campo de fútbol con olor a puro o la compañía de un padre en una fría grada, hasta una derrota tan brutal como lo fue la de la Copa de Europa celebrada en Sevilla ante el Steaua.
Y es que la vida de muchos de los protagonistas de este libro, además de sus fechas íntimas, las que aluden a los acontecimientos más importantes de su existencia, se ve también balizada aquellas en que el fútbol les hizo reír o llorar. Gonzalo Suárez, Manuel Vicent, Juan Marsé, Enrique Vila-Matas, John Carlin, Julio Llamazares, Michael Robinson, Jorge Valdano, Joan Manuel Serrat, Jordi Soler, Ana María Moix, Cayetana Guillén Cuervo, Juan Cueto, Baltasar Garzón, José Luis Rodríguez Zapatero o Carmén Chacón, son el sustento físico de este recorrido por todas esas geografías sentimentales que desembocan en la realidad de hoy, y que es la gran motivación a la hora de construir este libro, como es significar la conquista futbolística de Pep Guardiola a partir de un argumento clave en el fútbol, y ya referenciado anteriormente, el balón. Ese al que tantos ignoran y desprecian sin darse cuenta de que es él, desde su sencillez, el verdadero protagonista de lo futbolístico. Pep Guardiola consagró todo un proceso evolutivo instalado en Can Barça tiempo atrás, pero que no había imbricado de manera contundente todos sus componentes. La figura emblemática de Pep Guardiola, no solo en lo deportivo, también en lo personal y en la proyección de una imagen representativa de su club, se ha evidenciado como el engrudo necesario para dar sentido a un esquema de juego madurado desde las experiencias de sucesivos entrenadores y aquilatado por la mejor generación del fútbol español. Hablar de Messi, Xavi, Iniesta, Pedro, Puyol, Valdés, Piqué o Busquets es hablar del triunfo no solo del fútbol, sino de una manera de entender la vida. Algo que lleva a un periodista y escritor a preguntarse qué hay detrás de todo ese gran telón de vanidades que representa un club tan gigantesco, buscando las repuestas en personas a las que no avergüenza hablar de fútbol. Algo, que como la propia creación de un libro sobre este deporte, sería inimaginable hace poco tiempo. Pero es que el discurso futbolístico también ha madurado, y en gran parte por discursos como los aquí recogidos.


Publicado en Diario de Pontevedra 5/02/2012

domingo, 11 de decembro de 2011

Cuando la vida se vuelve literatura

‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ es el último libro de la escritora y periodista gaditana Elvira Lindo. Un diario en la ciudad que la acoge durante seis meses al año en compañía de su marido, el también escritor Antonio Muñoz Molina. Ambos se han integrado en el paisaje de la metrópoli, y lo han hecho con la suficiente naturalidad para que a lo largo de estas páginas recorramos un Nueva York alejado de la estampa tradicional y bebamos en la cotidianeidad de quien hace de la humanidad el argumento de una vida, generando así un delicioso viaje.


Apuro sus últimas páginas mientras se levantan las brumas de una mañana gris y plomiza en una ría que durante décadas sirvió como escenario para el dolor de aquellos miles de personas que cruzaban el Atlántico en busca de un sueño, de una realidad mitificada que permitiese superar la atrasada situación de una Galicia secular a la que el progreso llegaba siempre tarde. Mientras paso sus hojas y ante mí se mueven las personas que habitan Nueva York bajo la mirada de la escritora Elvira Lindo, pienso también en todos aquellos gallegos que desde los trasantlánticos que partían de puertos como el de Vigo hicieron de América el escenario de sus nuevas vidas. Y es que precisamente una nueva vida es la que nos muestra la propia autora quien, junto con su marido, Antonio Muñoz Molina, alternan su estancia en la gran urbe con la vida en su querido e inolvidable Madrid. Esa nueva forma de mirar el mundo desde el prisma neoyorkino ha convertido a la literatura de Elvira Lindo en un acto de libertad, en la excarcelación de las dudas a las que siempre se somete al autor en su entorno habitual. Una distancia benefactora para sus últimos trabajos, y recordamos así su novela anterior, todavía reciente, ‘Lo que me queda por vivir’, una expiación íntima que no habíamos visto hasta el momento en su autora, una crónica sobre la vida llena de fragilidades y miedos que se van adhiriendo a nuestra piel y son los que van sustentando esa coraza que la vida nos obliga a ponernos encima para enfrentarnos a ella.
En ‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ Elvira Lindo cambia el paso, de aquella implicación anterior se pasa a uno de esos itinerarios que buscan descubrir no solo lo que hay en nuestro interior, sino todo aquello que a nuestro alrededor colabora a que nuestra personalidad encuentre su camino. Antonio Muñoz Molina, ex director del Instituto Cervantes de Nueva York y profesor en la Universidad de la misma ciudad, alentó esa suelta de amarras, al igual que las que de aquellos buques trasantlánticos, e hizo todo lo posible para que Elvira Lindo fuese escritora a tiempo completo, lo que no quiere decir que tuviese que pasar horas y horas en un piso del Upper West ante un folio en blanco, sino que bajo esa condición se imponía el valor del tiempo como material maleable, no solo destinado a escribir y escribir, sino como conexión con el exterior, para pasear y relacionarse con los demás, para explorar vidas ajenas, geografías humanas y sobre todo beber en esa fuente de inspiración eterna que es una ciudad. Y si de ciudades se habla es evidente que Nueva York se lleva la palma como escenario de las pasiones humanas, allí se encontraba Elvira Lindo en el momento exacto y con su recién alcanzada “insensata libertad”, como ella mismo la define. Una ciudad construida desde muchas ciudades, generadora de tipos y singulares presencias, desde las humanas hasta las animales, que las hay, y muchas, como se encarga de narrar la autora, pero sobre todo de un perfil vital que se ha ido incrustando en la escritora para liberarla de la ‘prisión’ madrileña en que se encerraba mucho de su trabajo.
Lúcido optimismo | Desde el diván de un psiquiatra o tras los ventanales de un bar surge no tanto el Nueva York de postal, como el Nueva York vivido, siempre mucho más interesante y lleno de matices, de corazones que se van aproximando entre si para superar la abrumadora presencia de la arquitectura y su historia. Pero también es la ciudad de las lecturas allí surgidas, de sus músicas, hamburgueserías, restaurantes, parques, museos y calles; también de lo que pasa entre bambalinas: la compañía de su marido, las visitas de los hijos, la análitica y desencantada mirada a España con todo un océano por medio, y todo ello en el intento por desentrañar una ciudad desde un diario tan íntimo como abierto a un lector al que no se le oculta nada y al que se le colocan las cartas boca arriba. Más allá de las postales con miles de luces, de hermosos puentes o de las noches de cenas y encuentros con personajes inolvidables, se encuentra también una ciudad dura y compleja, donde aquel que llega a ella debe luchar de forma decidida por encontrar un trabajo, por adaptarse a su modo de vida y a un clima al que no estamos acostumbrados. Ese realismo ante lo que el propio libro nos podía transmitir desde el contagioso optimismo en el que siempre se mueve la autora, se convierte en lúcido optimismo al ser capaz de valorar todas las coordenadas de la estancia americana. Lo que está claro es que se disfruta y mucho de esta literatura surgida de una vida apasionada con todo lo que le rodea y es que en ese equilibro entre vida y literatura es donde radica el éxito de un viaje en el que hasta pelar una gamba o una caída al salir de un ascensor se convierten en literatura mayúscula. Elvira Lindo acciona así las teclas de su mejor escritura, esa a la que la verticalidad neoyorkina parece elevar para conseguir unas líneas a las que la distancia sientan tan bien como a ella misma.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/12/2011
Fotografía: Ramón Rozas

mércores, 2 de novembro de 2011

Cuando la noche es dolor

La reedición de ‘La noche feroz’ explica en gran parte el gérmen de la escritura de Ricardo Menéndez Salmón
Es una de las trayectorias más respaldadas dentro del proceso literario de renovación de caras y nombres. Ese éxito es el que lleva a Seix Barral a recuperar una de sus primeras novelas, abrumadoramente intensa y llena de claves futuras.

Sucede con las primeras novelas, que suelen ser las que se leen cuando uno ya ha conocido diferentes obras de su autor. El mercado o la crítica, y en gran medida los gustos del público, son los que afianzan al escritor que posteriormente debe consolidar su obra, siendo aquellas primeras obras, las que a menudo considera el autor como sus obras más queridas, las que son leídas cuando ya se conoce bastante de la trayectoria de dicho creador. El último libro de Ricardo Menéndez Salmón, publicado el pasado año, ‘La luz es más antigua que el amor’, se ha convertido en su último éxito, coronando lo leído en la que se ha dado en llamar ‘Trilogía del mal’. Tres pequeños libros donde se da vueltas a esa innata capacidad del hombre para ejercer la maldad. Con ‘La ofensa’, ‘Derrumbe’ y ‘El corrector’, Ricardo Ménendez Salmón dejaba bien a las claras su inequívoco compromiso con la literatura manifestado a través de un prosa directa, cortante, sin medias tintas, que entraba como un cuchillo en la mantequilla de la historia a narrar.
Años después de todo ello y cuando se le conoce ya como una de los llamados a protagonizar laureados nuevos tiempos en nuestras letras, y al que se le ha colgado ese horrendo cartel de ‘firme promesa’ de nuestra literatura, la editorial Seix Barral publica uno de sus primeros trabajos, ‘La noche feroz’, que en el año 2006 recibió el premio de novela Casino de Mieres, en el año de su primera edición. Ahora, y dentro de la colección de Biblioteca Breve, este relato cruel y dramático, que bucea en el hombre y sus circunstancias con la Guerra Civil de fondo en un pequeño pueblo de las montañas de Asturias, evidencia donde se encuentra el gérmen de muchos de los territorios recurrentes en su literatura.
La noche como escenario para que el mal se mueva a sus anchas, personajes heridos que arrastran las cadenas de un pasado sin redención posible. Una persecución, el hombre en su origen, el animal cazador que solo busca saciar su primitivo instinto depredador. Y todo ello en una noche de miedos donde el mal, y solo el mal, justifica los actos de unos y otros. A partir de ahí el escritor nos hace asistir a esa cacería, a esa persecución en la que parece llevar grabados en los nudillos aquel odio y amor del reverendo Harry Powell en ‘La noche del cazador’, y nos hará subir a su lenguaje encabritado, a una narración tensa y angustiosa donde cada palabra sirve para ir incidiendo en ese horror, en la recreación de una atmósfera que sólo puede ser entendida desde esa dialéctica. Un sentido trágico de la existencia que conecta con la madre de todas las literaturas, la tragedia griega, pero también con la prospección psicológica empleada magistralmente por Dostoievski en sus personajes. Todo, dentro de ese manto oscuro, lleva a la exploración del ser humano y a la relación con sus semejantes. “En los pueblos pequeños el infierno es siempre grande”, así comienza uno de los capítulos de una novela inteligentemente estructurada. “Nada deja tanta huella como el aprendizaje del horror”. Frases que emergen como sentencias de esa noche en la que se enmarca esta novela llena de atrevimiento y arrojo, como corresponde a un texto iniciático. Tiempo habrá de torcerse. Pero el tiempo y los libros no han hecho más que refrendar el trabajo de este autor asturiano de poderosa narrativa y que ha singularizado su papel dentro de la literatura. Mientras esperamos nuevas publicaciones  de su autoría caemos en este pozo de la posguerra, como tantos que se horadaron a lo largo de nuestra geografía, así que dejémonos devorar por “la noche -fría, solemne, puro terciopelo- se traga a los hambrientos en un santiamén”. Pues que así sea.

Publicado en Diario de Pontevedra 30/10/2011

domingo, 15 de maio de 2011

Dice Ignacio Martínez de Pisón

Un retrato de una época, los años sesenta y setenta en una España que buscaba la democracia y dejar atrás el franquismo. Barcelona es el escenario escogido para desentrañar, desde la perspectiva de una docena de personajes, las claves de un periodo de nuestra historia. Un acercamiento a una realidad que se escribía desde sus gentes, pero sobre todo desde la complejidad del ser humano.



No debe cogernos de sorpresa el aplauso unánime que está recibiendo la última novela de Ignacio Martínez de Pisón. Su trabajo ha venido desarrollándose de manera coherente y diáfana, sin distracciones que atiendan a modas o a postureos dictados por el mercado del libro. El que esto suscribe se declara incondicional de este tipo de literatura, y sobremanera tras la lectura de su obra ‘Enterrar a los muertos’, publicada en 2005, e incluida desde ese instante en el catálogo de libros preferidos que todos tenemos. Lo cierto es que entre ese libro, que desarrollaba su acción en los inicios de la Guerra Civil española con la vida de José Robles Pazos, el traductor de las obras del escritor norteamericano John Dos Passos, y la novela ‘El día de mañana’ hay una cierta lógica al interpretar, en la primera, el inicio de ese horror en que se convirtió el franquismo, y en la otra, el final, a través de uno de los actos más repulsivos que puede haber dentro de una sociedad como es la delación. Justo Gil es el protagonista de esta novela, un ambicioso joven que en Barcelona participa como confidente para la Brigada Social (los grises), la policía política del régimen.

Perspectivas. Lo realmente interesante de la puesta en escena en que se convierte cualquier novela, es el cómo esto se presenta ante el lector, en este caso a través de una especie de narrativa faulkneriana con múltiples puntos de vista que nos presentan los diferentes personajes que pasaron por la vida de Justo Gil. Lo que permite al escritor situar toda una época, la Barcelona de los años sesenta y setenta, cuando el franquismo agonizaba de manera lenta y tortuosa, y a su alrededor, una serie de personas atrapadas en ese contexto desarrollaban su existencia. Y empleo la palabra existencia, porque en toda la novela hay mucho de eso, de existencia, de vida sometida al destino, a los caminos que nuestra presencia en este mundo va abriendo. Cada personaje se decantará por seguir un camino determinado, en ocasiones de manera decidida, en otras, será la propia vida la que determine la dirección a seguir. En toda esa atmósfera, compleja, como lo es la propia existencia humana, se generó un caldo de cultivo donde el fin de una época emponzoñaba todo lo que tocaba y son precisamente esos personajes los que se tocan unos a otros, de su contacto surge el relato dividido en todas esas perspectivas a las que precede un “dice Carme Román”, “dice Mateo Moreno”, narradores convertidos en personajes de una historia que se erige como un fresco de una época real y violenta.
Publicado en Diario de Pontevedra 15/05/2011