luns, 19 de outubro de 2020

Vidas normales


[Ramonismo 40]

Dulce Maria Cardoso nos ofrece a través de dos títulos su prodigiosa manera de narrar la cotidianeidad de nuestra vida

 


Hacer de la vida un itinerario literario parece ser el sustento en las últimas obras de la portuguesa Dulce Maria Cardoso (Trás-os-Montes, 1964) que llega a nosotros a través de dos títulos editados por Seix Barral y La Umbría y la Solana, respectivamente. En el caso de la primera, la novela ‘La vida normal’, y en la segunda, en la editorial especializada en literatura lusa, la colección de cuentos ‘Todo son historias de amor’. Una coincidencia que no es tal ya que si algo percibimos de manera más intensa en la escritura de esta autora es su interés por convertir todo aquello que nos es más próximo, desde las relaciones familiares, a las sentimentales o las sociales, en germen para sus historias, consiguiendo así una complicidad con el lector que rápidamente empatiza con unos textos escritos de manera clara, sin extraños rodeos ni complicaciones que confundan o distraigan a ese lector demasiado mareado en los últimos tiempos por pretenciosas apuestas literarias.

Con traducción de Rosa Martínez-Alfaro, ‘La vida normal’ es un intenso relato sobre la vida de una mujer, una mujer que no destaca por nada, una mujer como tantas que nos encontramos en nuestras familias y entorno social, pero a la que el desgaste producido por el paso de los años le hace plantearse su posición en ese momento de su vida. El desencadenante que motiva esta reflexión y un drástico cambio de actitud es la enfermedad de alzhéimer de su abuela, una progresiva pérdida de memoria y destrezas que, además de obligar a mirar hacia su propio pasado familiar convierte a Eliete, la protagonista, en una mujer que quiere poner en valor el tiempo futuro. La relación con su pareja, con sus hijas y la irrupción de las tecnologías de la comunicación, como Tinder, que la llevan a encontrar deseos cumplidos más allá de las frustraciones que parten del hogar, originan un texto de una enorme humanidad, lleno de dudas y de preguntas que nos sitúan ante una mujer y su manera de observar un mundo tan cambiante, al tiempo que siente que nadie le presta la atención necesaria y merecida, a excepción de una persona que, al final del libro, deja una ventana abierta a un futuro pendiente todavía de ser escrito.

Dulce Maria Cardoso es una de las voces literarias más firmes del país vecino, su infancia angoleña y su estancia en Portugal desde 1975 crea una de esas dobles miradas habituales en los autores de ese país hacia el Portugal europeo y el que emana de las antiguas colonias. Desde su primera novela, publicada en 2002, ‘Campo de sangre’, y ya premiada con el ‘Acontece de Romance’, su obra se ha convertido en toda una referencia mundial, traduciéndose a numerosas lenguas. ‘Mis sentimientos’ (2005), Premio Europeo de Literatura o ‘El retorno’ (2011), Premio Especial de la Crítica en Portugal, son algunos de sus libros más importantes. En 2012 recibió de Francia la condecoración de Caballera de la Orden de las Artes y las Letras.

En ‘Todo son historias de amor’, con traducción de Pedro Rapoula y Jerónimo Pizarro, se reúnen varios de sus cuentos, entre ellos el titulado ‘Los ángeles por dentro’, que formó parte en 2012 de una antología de los mejores cuentos escritos en Europa. Es cierto que leer ese relato nos sitúa ante las capacidades narrativas de Dulce Maria Cardoso, mostrándonos una escritura llena de matices, con desfiladeros poéticos en donde las palabras se dotan de una intensidad que condensa sensaciones y hace de la brevedad del relato una esencia literaria de la autora. No quedan, por lo tanto, dudas sobre su destreza narrativa, pero el resto de los relatos que lo acompañan, hasta un total de dieciocho, son también un muestrario de esa manera de traducir la realidad, de convertir lo que nos puede pasar desapercibido, al formar parte de nuestra cotidianeidad, pero que la autora sabe colocar en una posición que merezca nuestra reflexión y que se genere en nosotros esas dudas que tanto enriquecen nuestra vida y que sólo el arte puede originar. Como ocurre con Eliete en su novela, también aquí nosotros miramos a los ojos de la vida, hacemos de las caricias, los silencios, el tiempo, las palabras o las risas, ingredientes de una realidad que no siempre entendemos o no llegamos a ella en el momento justo para su comprensión. Dulce Maria Cardoso consigue que esa posición frontal ante la realidad necesite de nuestra implicación para construir esa realidad propia que se mueve alrededor del relato propuesto.

Tanto con ese libro de relatos como con ‘La vida normal’ el ser humano es el centro sobre el que pivota todo lo demás, el catalizador de nuestros sentimientos que fluyen entre las líneas escritas y que en el caso de la novela convierte a Eliete en una mujer entre tres tiempos, tres generaciones en un país que, como sus habitantes, ha sufrido un electrizante proceso de transformación en las últimas décadas y que sutilmente se muestran a través de los protagonistas de libro. Tres generaciones de una mujer que dan sentido a una novela escrita en una profunda y reivindicativa clave femenina. Una manera de mirar el mundo desterrada durante mucho tiempo de los ambientes literarios pero que ahora necesitamos para entender lo que es una vida normal.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/10/2020

venres, 16 de outubro de 2020

Torrente en cajas

 


ME RECUERDA nuestro preciado archivo la celebración hace diez años de la exposición ‘Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester’ que, en el Museo de Pontevedra, y bajo el comisariado de Carmen Becerra y Miguel Fernández-Cid, ofrecía un impresionante escenario sobre la obra y vida del escritor gallego que tan vinculado estuvo a nuestra Pontevedra, levitante inspiración para la que es, no sólo una de sus más importantes obras, sino una de las novelas más destacadas del siglo XX: ‘La saga/fuga de JB’, y que casualmente, o quizás no tanto, da título a esta sección de andanzas locales.

El repaso a las fotografías tomadas por mi compañero Gonzalo García el día de aquella inauguración me ha llevado a pensar en qué sería de todo ese ingente legado que recuerdo entre lo abrumador de su contenido y lo didáctico que resultaba para conocer al autor de ‘Fragmentos del Apocalipsis’, y cómo nuestra sociedad no puede repetir, una vez que acabó el periplo de la exposición por las diferentes ciudades vinculadas a Torrente Ballester, el lujo de encontrarse con esos materiales cuando considere preciso, como disfrute de uno de sus tesoros literarios y culturales más preciados.

La respuesta se encuentra en la compostelana sede de su Fundación, en la rúa do Vilar, donde el cofre torrentino se encuentra en hibernación a la espera de tiempos mejores, de tiempos que apuesten más e intensamente por la cultura como motor para el orgullo y como sustrato para el conocimiento de todos nosotros. Tiempos en los que no todo venga condicionado por el dinero y la caprichosa apuesta de las instituciones que muchas veces se dejan llevar por proyectos efímeros, mientras se cruzan de brazos cuando tienen ante ellos oportunidades como la que presenta esta Fundación con auténticas riquezas vinculadas a lo literario, histórico, artístico y social, debido a la relevancia de Torrente Ballester y su papel dentro de la cultura y sociedades española y gallega durante décadas.

Pensar en ese Torrente Ballester encajonado debería motivar la reflexión general de quienes llevan las riendas de nuestra cultura y que tanto énfasis ponen en situar en posición de igualdad con otros sistemas culturales. Poseer a Torrente Ballester en nuestro suelo, que fue el suyo, del que tanto se impregnó su escritura, pese a no escribir en gallego (algo anecdótico frente a la profundidad y calado de lo realizado), es un privilegio que todavía no hemos sido quien de valorar y extraer el partido necesario. Cuando muchas de las expectativas de recuperación cultural y turística en este ambiente vírico se cifran desde Galicia en el próximo año Xacobeo, no estaría de más desterrar del olvido a quien hizo de esta tierra inspiración y motivo, campana y piedra, bruma y amor, entre mitos y leyendas en las que supo escudriñar, tras sus gruesas lentes, un imaginario que, como pocos, nos identifica como país. Recuperar y exponer de cara al público de forma permanente todos esos hitos vitales sería obligado para cualquier sociedad que se precie.

También la Pontevedra en la que residió, en la que se inspiró para esa novela increíble y de la que él mismo dijo que vivió los mejores momentos de su vida, sigue en deuda con él. Su vivienda en Arzobispo Malvar ignorada; sus palabras eternas, tan cercanas a Pontevedra, ausentes de sus calles; y su figura, que tantas veces caminó nuestras piedras, olvidada en forma de estatua, hasta el punto de que el propio Valle-Inclán, desde su presencia en Méndez Núñez, parece no entender ese esperpéntico desaire.




Publicado en Diario de Pontevedra 16/10/2020

luns, 12 de outubro de 2020

La puerta de Manel


[Ramonismo 39]

Manel Loureiro nos hace traspasar un misterioso umbral literario con este thriller inscrito en la comarca del Lérez




Nuestra tierra aparece salpicada de relatos y narraciones que surgen de una oralidad que se ha ido transmitiendo desde la noche de los tiempos hasta nuestro tiempo. Narraciones que forman parte de una identidad que tiene a la muerte y a los cultos y ritos que la rodean como uno de sus mayores exponentes.

Son tantos, tan fecundos y variados, que es extraño que no hayan sido más los autores de ficción que metan su pluma en ese tintero como inspiración para sus obras. Vivimos tiempos en que un buen puñado de novelas en los últimos años se han decantado por un género como el del misterio, el thriller o el suspense, llámenlo como quieran, que nos evaden con su lectura, sin demasiadas pretensiones, de nuestra cotidianeidad. Una escritura que, como toda la que se realiza dentro de cualquier propuesta literaria, puede ser mejor o peor todo depende de la destreza y las capacidades de su autor por trasladarnos a una historia determinada y a todo aquello que forma parte de ella, ya sean escenarios, protagonistas o acciones.

El que esto suscribe debe confesar, ante todo, que no es muy devoto de estos textos y rara vez cae en alguno de ellos, pero esta ocasión y debido a no sé todavía bien a qué fuerza telúrica me aproximé a ‘La puerta’ de nuestro vecino Manel Loureiro. Tras pasar varias páginas, y ya completamente empapado, me di cuenta de haber cruzado un peligroso umbral, el de una literatura de la que el lector (o por lo menos ciertos lectores) quizás no esperen demasiado, pero que si se arma con la destreza adecuada se convierte en unas horas de disfrute y de evasión con un libro entre las manos y eso siempre es de valorar. Lo cierto es que esa historia, las idas y venidas de sus protagonistas, sus paseos pontevedreses, y el intentar aclarar una narración que cada vez se iba oscureciendo más y más me tuvo durante dos días devorando ese relato sin prestar atención a demasiadas cosas más. Eso es algo que no siempre se puede decir de un libro, que tenga esa capacidad de fascinación hasta el punto de que estés intentando sacar minutos de cualquier actividad para dedicarte a continuar esa historia y que el libro se convierta en un apéndice más de tu cuerpo, acompañándote allá donde vayas.

En realidad, desde que Raquel llega a Galicia, una agente de la Guardia Civil que se desplaza desde Madrid buscando una desesperada solución para su pequeño hijo, desahuciado por la ciencia, se compone, o mejor dicho descompone, un puzle lleno de piezas por armar y en cuya solución acompañaremos a esta mujer entre dos escenarios. El del rural de Cotobade, lleno de misterios en una aparentemente despoblada aldea, y el urbano, el de una Pontevedra cuyos rincones asoman por este libro que hace de nuestra ciudad una parte esencial del relato, incluyéndose en esa larga serie de textos que han convertido a Pontevedra en inspiración para sus páginas.

Manel Loureiro se ha forjado en la literatura fantástica con su exitosa trilogía ‘Apocalipsis Z’, sus relatos han hecho de títulos como ‘Los días oscuros’, ‘La ira de los justos’, ‘El último pasajero’ o ‘Fulgor’, libros de referencia en ese género que pone el pie en la intriga, el terror o el misterio. Con ‘La puerta’ Manel Loureiro recupera uno de esos ritos mágicos que mencionaba al principio de este texto. En este caso uno que conoce bien por sus orígenes cercanos a ese espacio ubicado en el Monte Seixo, un lugar de culto prehistórico que se ha ido manteniendo vivo hasta nuestros días en el que se habla de la existencia de una puerta que une dos mundos, el de los muertos y el de los vivos. Un paso en el cual todavía hoy se pueden encontrar ofrendas allí depositadas manteniendo firme esa creencia.

A partir de ese imán Manel Loureiro proyecta una historia de misterio en el que a Raquel Colina la ayuda un compañero muy especial y ambos se lanzan a encajar todas esas piezas. Manel Loureiro logra que nos subamos a ese Todoterreno de la patrulla para movernos por las pistas del rural, pero también, junto a ellos, recorreremos una Pontevedra con un punto mágico por su despoblamiento de coches, que tan nervioso pone a alguien procedente de Madrid, y llegaremos a la estatua de Valle-Inclán con la lengua fuera, y nos sorprenderemos con los productos que se venden en nuestro reformado Mercado, recordaremos nuestra infancia lectora con la Casa de los Fonseca, la antigua biblioteca de Pontevedra, y tomaremos un café en el Café Moderno y, como no, leeremos el día a día de la ciudad en Diario de Pontevedra, todo ello mientras misteriosas sombras se proyectan sobre nosotros, y es que en un mundo de piedras húmedas y miradas tras las ventanas todo puede suceder y nada es lo que parece.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/10/2020

 

Dar libros, dar vida

 


DEJA EL verano, entre el éter de las horas vacías, noticias a las cuales no prestamos la necesaria atención. Compromisos de nuestros vecinos con la ciudadanía que honran a quienes toman ciertas decisiones, al tiempo que nos hacen mejores como comunidad, y a las que nunca está de más regresar para concederles la merecida repercusión y porque no, el agradecimiento colectivo.

Era el mes de julio cuando se conocía que la familia del doctor Carballal Lugrís, toda una institución en la medicina de nuestra ciudad, y una referencia en el campo de la Anatomía Patológica, procedía a la donación de más de seis mil libros (que se dice pronto) relacionados con el ámbito artístico, una de las pasiones del médico ferrolano afincado en nuestra ciudad, a la Escuela de Restauración de Pontevedra. Un generosísimo acto por parte de sus herederos, sus cinco hijos, Emma, Susana, Carlos, Pedro y Miguel y su viuda, Anne Haire, que poco podía pensar hace cincuenta años, cuando se instalaron en Pontevedra, que los libros iban a ser parte sustancial de su vida hasta el punto de colonizar su hogar.

No estamos hablando de unos libros acumulados de manera azarosa a lo largo de la vida. Se suele decir que a través de los libros que integran una biblioteca es como mejor se puede conocer la personalidad de su propietario. Los libros que ha ido acumulando en habitaciones y estanterías Manuel Carballal hablan de un excelente gusto por el arte, tanto por su plasmación visual, es decir el resultado final de la obra del artista, como todo lo que rodea al proceso de creación, para lo que no sólo son necesarios los libros específicamente artísticos, sino que los textos de historia, filosofía, literatura o viajes, son el complemento necesario para intentar acceder al mayor conocimiento posible de una pasión tan emocionante como agradecida con el ser humano como es el arte.

No es raro que un médico tenga en el arte una manera de volcar sus horas lejos de la salud más profesionalizada. Pocos aspectos de nuestra sociedad se me antojan más terapéuticos para el ser humano que el arte. Hemos visto durante estos meses pasados de confinamiento como horas de lectura, de ver películas, de movernos por las redes visitante museos o viajando por el mundo, en definitiva, buscando opciones culturales que nos evadiesen del horror vivido, eran una de las mejores válvulas de escape para nuestras mentes, así como un bálsamo para aliviar esa situación.

Tanto Anne Haire como sus hijos honran tantos años de compras, de horas dedicadas a la lectura y al estudio, con esta transmisión de unos manuales de tanta calidad a la Escuela de Restauración para que nuevas generaciones de estudiantes y conservadores del arte sigan manteniendo de la mejor manera posible todo aquello que tanto gozo le otorgó a Manuel Carballal, hasta su fallecimiento en 2015 tras 33 años como patólogo en Montecelo.

Como si de un acto médico se tratase dar libros es dar vida. Impedir que esos libros acaben destruidos o diseminados perdiendo el carácter de conjunto que su hacedor les otorgó, debe ser reconocido por todos nosotros, y si las distracciones del verano nos lo han impedido pues sirvan estas líneas para aplaudir ese gesto. Ahora le toca a ese centro académico poner en valor esos textos y para ello tanto Andrea Fernández como Sonia Seco dedicarán su tiempo y saber en seguir manteniendo con vida las vidas artísticas que se encuentran en todas esas páginas. Unas páginas que ya formarán parte para siempre de esta ciudad.

 



Publicado en Diario de Pontevedra 9/10/2020

Fotografía: El doctor Manuel Carballal Lugrís en 1971 impartiendo una conferencia en el Hospital Provincial de Pontevedra. (Camilo Gómez)

 

martes, 6 de outubro de 2020

Desfiladeros vitales


[Ramonismo 38]

Jon Bilbao, maestro del relato breve, hace de ‘Basilisco’ un doble itinerario entre tiempos distantes y héroes confusos

 


CRISTALIZA en ‘Basilisco’ el magisterio del autor asturiano para el relato breve en un libro que muestra su genialidad en la hibridación de dos protagonistas que discurren por desfiladeros diferentes. Uno, enmarcado en la actualidad, al contar la historia de un ingeniero que deriva en escritor y su mujer Katharina; y otro, el que afronta John Dumbar, veterano de la Guerra de Secesión y reflejo de aquel Oeste mitificado por el universo cinematográfico. Ambos se van sucediendo a través de una serie de relatos que se cierran en sí mismos al tiempo que entre ellos se genera una hilazón a través de una serie de vínculos subterráneos que engrandecen a cada uno de ellos por ese factor sorpresa, por ese sentido de lo inesperado que emerge de lo que no se cuenta explícitamente y que involucra al lector en el relato de una manera poco frecuente.

Esa complicidad es la que rápidamente nos obliga a continuar esa doble línea, ese deambulatorio vital por tiempos y heroicidades distantes y tampoco demasiados evidentes, pero que forman parte de los ánimos interiores de los protagonistas. De dos hombres ante una vida que se va disponiendo frente a ellos, arrastrándolos al sumidero de ciertas derivas que los colocan en situaciones que obligan a asomarse a su propio interior como si de un precipicio se tratase.

En ambos se atisba un sentido trágico de la existencia, un tránsito colmado de elementos perturbadores que dinamitan cualquier percepción de la felicidad. Incomprensiones, violencias, insatisfacciones y melancolías se suman a una suerte de abandono individual que deja tanto a Dumbar, en su Oeste polvoriento lleno de atroces peligros físicos; como a ese hombre, ubicado en nuestro presente y tensionado por los diferentes vínculos familiares, desde hijo a padre o pareja, en una situación límite frente al colectivo. Desde esta posición, a mi juicio clave en el texto, alcanza un sentido revelador la cita que antecede al libro. Una frase de Alan Le May, ¿no les suena este nombre? Pero si les digo que es el autor del texto con el que John Ford configuró ese portentoso espectáculo visual y narrativo que es ‘Centauros del desierto’, entenderán mucho mejor esa aproximación al ser humano que se sacrifica por la comunidad, mientras ésta va ahogando esa posibilidad de redención personal hasta el punto de hacerle abandonar a la propia sociedad. Una frase relacionada con la culpa, con esa sensación horadada en nuestra piel, como el viento podría hacerlo sobre las montañas de Monument Valley, pero también como acontece con las relaciones personales en nuestro entorno. Y es que en esa dualidad es en la que trabaja Jon Bilbao para entretejer esta doble narración, donde la confrontación entre la naturaleza, lo primitivo, y lo urbano, lo más consagrado a la presunta modernidad de nuestra manera de vida, permite tensar más esos itinerarios.

Jon Bilbao además de escritor es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa, realizando en los últimos años una importante labor como traductor, de hecho, otro éxito reciente del sello Impedimenta, ‘A lo lejos’ de Hernán Díaz (que también circuló por este Ramonismo) es una espléndida traducción suya, afrontándose también por un territorio vinculado al universo del western. Un ingeniero escritor y sus peripecias vitales y el Oeste, dos dinámicas que emergen en esta novela en la que gracias a ellas podemos denotar o intuir un carácter autobiográfico que llena el relato de una proximidad e intensidad que aumenta esa sensación de complicidad que el lector tiene con lo que sucede, especialmente con los capítulos inscritos en el momento presente.

Varios de sus libros de cuentos han sido premiados ‘Como una historia de terror’, Premio Ojo Crítico de Narrativa; ‘Bajo el influjo del cometa’, Premio Euskadi de Literatura o ‘Padres, hijos y primates’ Premio Otras voces, otros ámbitos; y numerosos relatos han sido incluidos en recientes antologías de este género en el que como sucede en esta ocasión se convierte en una condensación de relaciones humanas llenas de una intensidad que la novela suele estirar cayendo en la nadería pero que Jon Bilbao, con su reconocida destreza, no nos permite respiro.

Es en ese contraste entre lo legendario de las andanzas de Dumbar en los tiempos de la fiebre del oro, en una expedición paleontológica o huyendo de unos asesinos, frente al regreso al hogar de niño de nuestro ingeniero literario, o ante un suceso en el que sus padres estaban involucrados o enfrentándose al hecho de ser padre, es decir, el mito ante lo cotidiano, que tantas veces nos mide a nosotros mismos en nuestra aparente trivialidad diaria, en esa fricción, donde ‘Basilisco’ nos regala un tiempo para la reflexión y el disfrute de la lectura.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 3/10/2020

 

domingo, 20 de setembro de 2020

“José era yo”

        [Ramonismo 37]

     José Luis Peixoto hunde su biografía en la del Nobel Saramago, propiciando una reflexión sobre ambos autores

 

SEÑALADO incluso por el propio José Saramago como su sucesor en el olimpo de las letras lusas, José Luis Peixoto pisa firme en ese itinerario, armándose de valor para entremezclar su vida con la del propio creador de ‘Memorial del convento’. Un reto brutal del que José Luis Peixoto sale más que airoso, componiendo un texto lúcido y en ocasiones brillante, emocionante para los seguidores de Saramago y que respaldan a su autor como uno de los nombres de referencia de la actual literatura portuguesa.

En ‘Autobiografía’, editada en nuestro país por Random House, nos encontramos un juego de espejos, de nombres y personas que hilan sus caminos, como ya hicieran en ‘O ano da morte de Ricardo Reis’, el mismísimo Fernando Pessoa con uno de sus heterónimos, Ricardo Reis, retornado de Brasil a una Lisboa donde «o mar acaba e a terra principia» en un libro lleno de inteligencia, por el que también transita José Luis Peixoto, sabedor de sus posibilidades para hacer del territorio capitalino lugar de encuentro y ámbito mítico de libros y personajes.

Pero hacer de Saramago mito es también poner el pie en otras geografías, en la Azinhaga natal, tierra de olivos, abuelos y memorias de la infancia; pero también en el Lanzarote que lo acogió y que descubrió como ámbito imprescindible en el devenir final de su vida, territorio entre vientos y volcanes de contemplación de lo que quedó atrás, de disfrute con su pareja Pilar del Río y como impresionante escenario del que despedirse de la vida tras el viaje del elefante. Allí, donde todos los relojes de la que fue su casa marcan la misma hora, cruce de agujas en el que conoció a Pilar del Río, Saramago estableció un modesto refugio en el que al tiempo se acogía toda su vida, desde aquella aldea portuguesa, al Portugal político que lo despreció en los años noventa tras escibir ‘El Evangelio según Jesucristo’ y, como no, esa Lisboa que plantó frente a la Casa dos bicos, sede de su fundación, otro olivo, para ser memoria del compromiso del Nobel con su tierra, incluso por encima de su país.

Todo eso va fluyendo en el relato de José Luis Peixoto, tras el encuentro de un joven escritor al que se le encarga la biografía del gran literato, y que finalmente lo que busca construir, como no se cansa de repetir, es un «texto ficcional de cariz biográfico» y que lo que logra es posibilitar una biografía doble, de dos autores que como Pessoa y Reis son uno. José y Saramago, dos personas en una. «José era yo» ya escribira Peixoto de manera premonitoria en 2010. Dos tiempos diferentes, dos edades en la misma persona. Brillante. Y eso, tan complejo de gestionar como elemento literario, es lo que vamos encontrando en un relato en el que las dudas nos asaltan sobre quien realmente está escribiendo la biografía de quien.

Un libro, por lo tanto, lleno de momentos portentosos, instantes repletos de imaginación que nos conducen directamente a la obra de Saramago, como cuando la propia Pilar del Río lo miraba y era capaz de mirar a través del autor de ‘Ensayo sobre la ceguera’ como la inolvidable Blimunda, protagonista de aquel ‘Memorial del convento’ capaz de mirar en el interior de las personas, y que precisamente fue el texto culpable de que ambos se conociesen. El libro está trufado de esas complicidades entre la vida y la obra de José Saramago que lentamente se van colmatando a lo largo de estas páginas que fracturan los límites entre la literatura y la vida, que hacen de lo biográfico y de la ficción un tira y afloja en un total desafío que muestra la genialidad del este escritor.

José Luis Peixoto nació también en un pequeño rincón portugués, Galveias (título de una de sus novelas más interesantes) en 1974 y que con su primera obra, ‘Nadie nos mira’ logró el Premio José Saramago, lo que le sirvió para unir prematuramente su destino al de quien enseguida mostró su interés por aquel autor del que llegó a decir que es «un hombre que sabe escribir y que será el continuador de los grandes escritores». Lejos de sentirse aplastado por esa presencia José Luis Peixoto ha ido diversificando su obra desde la poesía, que lo trajo hasta nuestra ciudad en 2015 para participar en una edición de Pontepoética, el cuento infantil, la literatura de viajes o el teatro.

Esta ‘Autobiografía’ es un escalón más en esa carrera como escritor, pero sobre todo lo es en ese deambular por una vida que se cruza una y otra vez con la suya. El Hotel Bragança, la Rua do Alecrim, el Cais do Sodré... itinerarios de sombras que se cruzan y componen un mismo personaje, ese que el tiempo y la palabra dejarán para la posteridad como un relato propio desde el que narrar al otro. Desde el que tensionar una escritura llena de espejos líricos en los que reflejar a uno y otro José, al José Saramago y al José Peixoto.

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 19/09/2020

luns, 14 de setembro de 2020

Una bomba bajo la cama

 

[Ramonismo 36]

‘Fin de temporada’ de Ignacio Martínez de Pisón vuelve a situar a la familia y sus secretos como activo literario

 


TODOS sabemos que la familia es una especie de bomba de relojería colocada bajo nuestras camas. Un tictac que, ante la más leve agitación, es capaz de estallar y poner patas arriba nuestras vidas. Un sonido monótono que pende de un pasado que se colmata lentamente a nuestro alrededor, dejando entre sus estratos los resortes de lo que un día puede ser una explosión que cambie para siempre nuestras vidas y las relaciones con los miembros de nuestro entorno.

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) sabe bien de la posibilidad que significa la familia para convertirse en tubo de ensayo desde el que analizar lo que somos, aspiración máxima de cualquier escritor que se precie. La familia, como magma burbujeante, ya ha sido utilizada por el autor maño en varias de sus novelas para entender cómo nos comportamos como colectivo y cómo nuestra sociedad ha ido transformándose durante las últimas décadas. Títulos como ‘La buena reputación’, Premio Nacional de Narrativa, o ‘Derecho natural’, son ejemplos de familias que recorren tiempos y geografías. Personas, ciudades, dictaduras y transiciones que se vinculan bajo la escritura de uno de los mayores talentos literarios de nuestras letras, ofreciendo así una de las más lúcidas maneras de saber cómo este país ha ido generando un presente incapaz de desprenderse de su pasado, a través de unos protagonistas llenos de deseos, miedos, esperanzas y frustraciones. Protagonistas reales, pero que, inscritos en las tramas ideadas por este escritor, se convierten en espejos de cada uno de nosotros, de nuestros padres y abuelos, y en la radiografía de una España que, como pocos países, gestiona su destino a través de la familia y de unos vínculos férreos e impensables en otras latitudes.

Los protagonistas de ‘Fin de temporada’, novela editada por Seix Barral, son una madre y un hijo, Rosa e Iván, cuyas vidas presentes, situadas en los años noventa, penden de un hecho del pasado que se va revelando cuando Iván siente la necesidad de mirar por ese retrovisor en el cual la familia le coloca ante su génesis. Ambos personajes se muestran como una huida hacia adelante manejada por una madre que arrastra las sombras de un pasado imposible de aliviar cada vez que mira a su hijo, pero que ese mismo hijo debe afrontar para conocerse realmente, arrasando, con esa mirada a un tiempo anterior, todo aquello que le rodea. Como toda huida se precisa de un viaje, no sólo interior, sino también geográfico. Ambos gestionan su vida en Tarragona, entre un camping y una central nuclear, una provincia a la que Rosa llega tras varias vidas en otras ciudades y aquel punto decisivo en la frontera extremeña con Portugal a partir del cual ya nada fue igual. Esa inteligente decisión de enhebrar territorialmente la novela, como ya se había hecho en los títulos anteriormente citados, es una perfecta manera para tomar la fotografía de cómo era y es este país a pie de calle, entre personas, pueblos y ciudades que latían y laten al ritmo de sus protagonistas y de los cambios políticos y sociales que en ella se produjeron a lo largo de los años. El paseo de Iván por su propio pasado, por el reconocimiento de esos lazos de sangre, que hasta hace unas horas desconocía, generan en él un cambio trascendente que transformará un presente que se consideraba plácido y controlado, y en el que no se contaba con que ese tictac de la bomba bajo su cama fuese a detonar con imprevisibles consecuencias.

Ignacio Martínez de Pisón nos sitúa ante varios de esos personajes que tan bien retrata con sus palabras, con sus diálogos, con lo que leemos, pero también con lo que es capaz de lograr que imaginemos. Un prodigio a la hora de describir a unos seres a la intemperie, envueltos en una nebulosa del pasado a la que poner luz significa hacer que todo sea diferente. Las vidas no valen lo mismo con la verdad en la mano que con una venda sobre los ojos. Iván, solitario, renuncia a su presente para hacer de ese pasado verdad, para desatar esa venda y dejar sus ojos desnudos ante lo que necesita saber, aunque esa venda caída sea un trauma que gestionar sin apenas posibilidades de éxito. Las consecuencias del pasado se encabritan en un presente radicalmente distinto desde ese instante, pero, sobre todo, se convierten en la manera de modelar a una persona diferente, a otra persona.

Pocos autores son capaces de convertir esos lazos de sangre en un auténtico alambre en el que sus lectores, como equilibristas armados con una larga pértiga, deben evitar caer al vacío. Todos tenemos esa bomba bajo nuestro lecho y libros como éste son una brillante e inesperada manera de desactivarla o, quizás, todo lo contrario, de acortar los plazos de su explosión.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 12/09/2020