xoves, 20 de outubro de 2022

Fascinación por lo real

[Ramonismo 127]

José Ovejero crea una serie de relatos para trazar su senda vital desde la infancia y bajo el firme empeño de ser escritor


TODO libro que husmea en el interior de un escritor tiene algo de pellizco, de adentrarse en espacios complejos. Asomarse a ellos muchas veces supone afrontar sombras que, junto con las siempre presentes luces, conforman lo que un autor es, y, observando con atención, sirven para explicar su visión alrededor del mundo y su posterior traslación a lo literario. José Ovejero hila una serie de relatos que bajo el título de ‘Mientras estamos muertos’, editado por Páginas de Espuma, hacen de ese pellizco un estremecimiento, el que cada vez más logra llegar un escritor en estado de gracia. José Ovejero ha convertido sus últimos libros en una corriente narrativa de alta tensión que arrastra al lector a ese universo construido línea a línea, párrafo a párrafo y, en este caso, aliento tras aliento.

Algo similar nos ocurrió con su anterior libro, ‘Humo’, en el que la aspereza y las relaciones humanas estaban muy presentes, y ahora, gracias a ese asomarse a lo íntimo, a lo vivido en primera persona, se incrementa esa capacidad de José Ovejero por mostrarnos eso que él mismo define como la «fascinación por la realidad», y que entiende es su germen o el impulso para convertirse en escritor.

Este retrato familiar nos envuelve desde el primer momento, pasando a ser cómplices de ese relato como unos habitantes más de un tiempo, el del tardofranquismo español, en el que las familias de una determinada clase social no eran muy diferentes en Madrid o en Galicia. Todo ese microcosmos que emerge del contexto de una familia en el que vecinos, parientes o compañeros de colegio tejen toda una serie de vínculos fundamentales en la infancia y adolescencia y que, vistos con la distancia del tiempo transcurrido, se convierten en estampas de una vida que José Ovejero no recrea con condescendencia o desde una mitología familiar nostálgica o almibarada, sino que desde esa vivienda de Vallecas la existencia se veía y, por supuesto, se sentía de una manera muy determinada, por alguien que se empeñó en ser escritor y no defraudar con esa decisión a su familia.

Ese «esfuerzo por llegar», como él mismo escribe, va calibrando la mirada del niño que en su proceso de crecimiento observa la realidad de una manera muy diferente en cada periodo vital, toda una lección sobre lo que significa aprender a mirar y, al tiempo, aprender a vivir, con lo que ello supone de cambio en nosotros mismos y de cómo nos relacionamos con ese pasado que entendemos como un tiempo pretérito y superado pero que anida en nuestro interior rebelándose en determinados momentos.

Esa aspereza que apuntaba anteriormente crea una atmósfera turbia que se disuelve en cuanto José Ovejero habla de su amor por E. y de los numerosos motivos que le llevan a acordarse de ella, a generar, desde este presente, un altavoz de una felicidad inesperada, pero que aquí permite despejar todas esas voces del pasado que en demasiadas ocasiones han sometido al autor a una oscuridad que solo el amor parece poder horadar. Un capítulo hermoso que resplandece como una llama entre ese recorrido vital lleno de recovecos, de lo que, al fin y al cabo, supone aprender a vivir, y donde también hay tiempo para el humor, como el brillante texto sobre la compra y la necesidad o no de unas caras botas, o también una versión B sobre el entierro de su padre, así como para la emocionante delicadeza de hacer una fotografía a ese padre en su tiempo final.

‘Mientras estamos muertos’ nos permite, por lo tanto, olisquear el hábitat humano de José Ovejero, encontrando no pocas claves de lo que significa su manera de ser escritor. Él mismo argumenta muchas de ellas a lo largo de los diferentes capítulos en los que nos ofrece sus opiniones sobre el mundo literario, ese al que ha llegado esta voz surgida de Vallecas para, a partir de ese contexto, sacudirse muchas incertezas hasta el momento en el que se alcanza la fuerza suficiente para colocarse ante el espejo o los espejos que nos van poniendo delante a medida que nos hacemos mayores. El escritor, bendito él, posee el don de poder convertir en palabras el resultado de esa visión, y solo algunos tienen la valentía de convertirla en lectura para que el lector no solo disfrute de esa posibilidad, sino que se entienda mejor aquello que construye el interior de un autor.

José Ovejero nos sitúa en el centro de esa galería de espejos en los que él mismo se ha visto reflejado para, desde lo autobiográfico, lo real y quien sabe si también lo imaginado, proponernos una historia individual, pero que se expande por un contexto social y físico del que todos somos parte. 

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 1/10/2022 

 

domingo, 16 de outubro de 2022

Tres mujeres

 

[Ramonismo 126]

Lara Moreno concibe un excelente texto desde el que mostrar tres perspectivas de la vida de la mujer en la sociedad



OLIVA, Damaris y Horía, son los nombres de tres mujeres. Las tres protagonistas de la novela de Lara Moreno, ‘La ciudad’, que, bajo la edición de Lumen, nos ofrece un extraordinario relato sobre tres vidas que coinciden en un edificio de viviendas en el madrileño barrio de La Latina. Un ecosistema urbano que se condensa en esos pisos y escaleras desde donde se puede observar cómo nuestra sociedad todavía deja mucho que desear en cuanto al tratamiento que ofrece a determinadas realidades de la mujer, cuando se encuentra en diferentes situaciones límite.

Abismos frente a los que te coloca la vida de la manera más inesperada en ocasiones, aunque en otras, esa situación surge en base a una especie de cocción lenta de diferentes ingredientes personales y colectivos que llegan a un punto en el que, como en una olla a presión, todo salta por los aires. Una situación de malos tratos en la pareja, y la vida de dos inmigrantes con diferentes procedencias, colombiana y marroquí, respectivamente, generan una suerte de líneas paralelas que, por la vida en la ciudad, se entrecruzan ante la mirada inconsciente de sus protagonistas y de un lector que rápidamente se suma a querer conocer el destino de estas tres mujeres y cómo se enfrentan a esas situaciones, condicionadas por un entorno rara vez comprensivo con ellas, y que hace del anonimato de la masa una suerte de dique de contención que no entiende de solidaridades o afectos, mientras la vida de la ciudad no se detiene.

Hablaba anteriormente de miradas que se cruzan y si algo llama la atención en este libro son las miradas que brotan de cada una de sus protagonistas. Miradas hacia su situación, pero también las miradas que ellas mismas dirigen a esa sociedad ausente en su sentido cooperativo y, finalmente, las miradas que todas ellas sienten de ese colectivo hacia su situación. Una mirada de indefensión, de vergüenza, cuando no de miedo ante el desvelo de su intimidad. Capítulo a capítulo el círculo se va estrechando en torno a cada una de ellas, la sensación de asfixia se hará mayor hasta el desenlace final. A todo ello ayuda la escritura de esta autora sevillana de frases cortas que sintetizan lo esencial y eliminan lo que sobra, dejándonos ante una literatura esencial, que retrata de manera abrupta pero necesaria esa hibridación de lo íntimo y personal con lo colectivo, y que nos muestra un amplio abanico de realidades vinculadas con la violencia que esta sociedad de manera más o menos descarada ejerce sobre la mujer y que va desde la violencia de género, hasta la laboral con un trabajo de corte esclavista en territorios agrícolas del sur, la separación de los hijos, la dificultad para encontrar vivienda de las extranjeras, la economía sumergida o el acceso a la sanidad. En definitiva, la evidencia de que todavía hay muchas fisuras en nuestra sociedad que, como un bloque de viviendas, acoge diferentes realidades, muchas de ellas próximas entre sí, aunque separadas por una simple puerta cerrada o una ventana entreabierta. Tras ellas no pocas veces se esconden frágiles vidas a punto de ser derrotadas por quienes ejercen diferentes tipos de violencias ancladas en lo más profundo de una sociedad en la que todavía queda mucho por hacer, por orear esos espacios llenos de una herrumbre que no solo destroza lo particular sino que evidencia la falla del grupo.

Lara Moreno logra articular un relato admirable en su fondo, pero también en una forma que muestra su potencial literario al integrar en un mismo pasillo tres realidades alejadas entre ellas, pero que unidas generan un poderoso retrato de tres mujeres que no paran de luchar para hacer de cada una de sus vidas no solo un acto de amor y sacrificio hacia los demás, olvidándose de su propia libertad, sino un acto de resistencia ante el olvido colectivo, ante la tensa relación con una sociedad en la que nunca, y estando tan intensamente conectados, nos sentimos dolorosamente aislados.

Esa dialéctica entre el exterior y el interior se acrecienta gracias a la conquista que la escritura de Lara Moreno realiza de lo físico, desde la recreación de acciones cotidianas en nuestras viviendas, de los objetos que manejamos cada día, de nuestros movimientos, en apariencia irrelevantes, pero que, como en su poesía, son el rastro de una vida, en este caso el rastro de tres mujeres.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 24/09/2022


martes, 11 de outubro de 2022

Aguanta, corazón

[Ramonismo 125]

La nueva novela de Susana Fortes se llena de misterio para llevarnos hasta la infancia y la memoria que somos



La infancia queda en cada uno de nosotros como uno de esos firmes anclajes que nos amparan ante los temporales de la vida. Un territorio mítico que muchas veces no es tan luminoso como todo ser humano se merece y en el que las sombras, cuando se producen, son tan alargadas que marcarán, durante el resto de nuestra existencia, esa travesía homérica en que se convierte toda existencia.

Es en el canto XX de la Odisea cuando la diosa Atenea susurra al oído de su protagonista, Odiseo, aquello de ‘Aguanta, corazón’, ante el estupor frente a la pérdida de los suyos y como manera de resistir ante lo queda de recorrido. Un gesto de humanidad que llena de fuerza al héroe ante las muchas oscuridades que le comienzan a rodear de manera amenazadora. A ese susurro también se aferra Susana Fortes a la hora de impulsar a la protagonista de su nueva novela, ‘Nada que perder’ (Editorial Planeta), en la que Blanca regresa, no solo a una geografía muy determinada, la del Baixo Miño, sino a un pasado, el de su infancia, en el que se vio envuelta en un suceso trágico, como fue la desaparición de dos de sus amigos de aventuras mientras ella aparecía en un canasto, sana y salva, unas horas después. El descubrimiento de los restos óseos de dichos niños veinticinco años después en el castro de Santa Tecla, así como la labor de un periodista que busca encontrar respuestas a aquel caso, provocan el regreso de Blanca, todavía con mucho de niña, todavía con muchas deudas que saldar con un pasado que marca su personalidad y cada una de las singladuras tanto profesionales como personales por las que le ha llevado la existencia.

Cuando aquel verano se rompió un telón de silencio cubrió esos hechos y la comunidad de vecinos y familiares en los que se produjeron maquinaron, casi de manera refleja, todo un caparazón inaccesible para que la luz de la verdad ilumine los acontecimientos, señale a los culpables y, sobre todo, le conceda sosiego y calma a los que de manera íntima se vieron afectados por aquellas dos precoces muertes. Con este trasfondo y las capacidades ya más que demostradas de Susana Fortes para armar este tipo de historias desarrolladas en títulos anteriores como ‘Quattrocento’ o ‘La huella del hereje’, la autora rápidamente nos envuelve en una trama perfectamente construida en base a su destreza para configurar personajes y, sobre todo, para convertir diferentes escenarios en reales, aproximándolos al lector de una manera cómplice. Uno duda poco de que aquella niña, con sus juegos infantiles, con los objetos que manejaba en su infancia, con sus pinturas y cuadernos, con sus juguetes y lecturas adolescentes, no esté muy alejada de la Susana Fortes niña, del mismo modo que las andanzas del periodista cómplice con Blanca, bebe del clan familiar, maná inagotable que también nutre esas historias rurales de Galicia que, como en este caso, se acodan en las márgenes de un río con lo que eso tiene de especificidad, de territorio fronterizo, de recovecos físicos que, como en la vida, deparan sorpresas.

Pero bajo ese mcguffin de la resolución de un misterio, Susana Fortes apuesta por algo mucho más intenso, por la fortaleza de la novela que transcurre más allá de episodios vinculados a la Guerra Civil o al narcotráfico, sino que convierte esa abrupta infancia en un espacio dialéctico con el universo de los adultos. Como aquellos niños de películas como ‘La noche del cazador’ o ‘Matar a un ruiseñor’ el aprendizaje del mundo de los mayores no siempre es sencillo y, en ocasiones, el miedo, el dolor o simplemente el terror, inundan para siempre lo que debería ser un ámbito de felicidad permanente, de gozo continuo y de exploración de la vida.

‘Nada que perder’ se convierte así en una excelente novela sobre cómo el tiempo encapsula ciertas verdades, cómo los ojos de un niño o una niña ven de manera muy diferente con doce años que cuando la mirada se va endureciendo y las almas se van agrietando, en definitiva, Susana Fortes establece otra de esas geografías vitales a las que nos acostumbra desde su literatura. Textos llenos de destellos que la vida ha ido dejando en ella misma y que flanquean un argumento que huye, como hacen tantos de manera simplona, de estereotipos gallegos para rodear un argumento asentado en Galicia pero de raíz universal.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/09/2022 

domingo, 9 de outubro de 2022

¿Qué es la cultura?

 

[Ramonismo 124]

'En el vientre de la ballena' es una atalaya desde la que observar el inabarcable paisaje que supone la cultura



¡POR allí resopla! gritaba la tripulación del Pequod cada vez que asomaba por el horizonte marino el lomo de aquella ballena blanca, al tiempo que le hervía la sangre al capitán Ahab preparado para cumplir su venganza de atrapar aquel animal que lo había marcado para el resto de su vida. De manera parecida, y partiendo de una imagen tan poderosa como la de una ballena surgida del inconsciente de Diego Moldes mientras leía un texto del gran e inolvidable George Steiner, el autor pontevedrés se afana por capturar a ese gigantesco cachalote que forma parte de nuestra sociedad, como es el de la cultura, intentando responder a una pregunta: ¿Qué es la cultura?, que detona en el interior del libro proyectándose en infinitas direcciones a la búsqueda de poder arponear toda una serie de respuestas que no hacen más que poner en valor lo que significa el hecho cultural en la configuración y evolución del ser humano.

Profundo conocedor de esas inmensas ramificaciones que desde la noche de los tiempos significan a la cultura como un elemento imprescindible en el devenir humano, Diego Moldes nos presenta un vastísimo y documentado trabajo en el que, como él mismo admite de manera lúcida: «Lo más valioso de mi libro es lo que yo no he escrito», y es que junto a sus aportaciones personales, que las hay y bien interesantes, ‘En el vientre de la ballena’ (Galaxia Gutenberg), se convierte en una venturosa travesía alrededor de las opiniones de numerosos nombres que son referentes culturales de nuestro momento y que responden a dos cuestiones que vertebran todo el ensayo. Y estas son la ya referida búsqueda de una definición de cultura y en qué se asemeja y diferencia la cultura del siglo XXI de la cultura del siglo XX. Respuestas que se van amalgamando con todo ese horizonte generado por la cultura desde sus diferentes posibilidades y géneros, que Diego Moldes nos permite observar como si estuviésemos a bordo del ballenero creado por Melville para ser conscientes de las posibilidades del ser humano y cómo cuándo nos lo proponemos no somos esa especie que cada vez más semeja fracasada en su capacidad de mejora. Si algo permite la cultura es sembrar preguntas y respuestas, dudas que, como un catalizador, activan la inquietud de los autores para alentar ese hecho central del texto como es la creación.

Unas creaciones que son las que se manejan como referentes, como acompañantes en el cabotaje de Diego Moldes por un sinfín de océanos imposibles de reconocer al completo, pero en los que nuestro intrépido capitán selecciona una serie de hitos que han ido conformándonos a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestro tiempo, quizás el más convulso o quizás no, ya que demasiadas veces entendemos cada uno de los tiempos presentes como único e irrepetible, cuando, precisamente este libro, genera toda una serie de encadenamientos a través de procesos creativos que se alimentan a lo largo del tiempo, uniformizando esa línea temporal. Todos esos sedimentos de lo que somos son los que al ser descubiertos permiten al autor enfrentarse al interminable debate alrededor de lo creativo, del sentido lúdico del creador, de la distinción entre alta y baja cultura, a la modernidad líquida de nuestro presente, al desafío digital, al canon cultural, a las diferentes formas de lo que puede entenderse como cultura... es decir, todo un inmenso espacio de pensamiento y discusión, pero este es, a mi modo de ver, el gran éxito de este libro, el lograr parar el tiempo, el encerrarnos en esa singladura para propiciar nuestra reflexión en un momento marcado por una sobrecarga de estímulos que logra que todo sea más liviano y etéreo, convirtiendo en destacable una de las frases iniciales de este libro tomada de Montaigne, cuyo comienzo es el siguiente: «No estamos nunca concentrados en nosotros mismos...». El autor francés la escribió muy lejos de nuestro entramado visual, pero una vez más pone ante nuestros ojos la permanente necesidad del ser humano por observar su interior, por convertirse en un ser  capaz de reflexionar sobre sí mismo y sobre su entorno, para lo que la cultura es el mejor bote al que subirse. Diego Moldes logra encerrarnos en un buque literario para enfrentarnos a un rastro cultural sin el que el ser humano sería muy diferente, y, si me lo permiten, bastante menos humano.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/09/2022


mércores, 10 de agosto de 2022

Antes no era ahora

[Ramonismo 123]

El debut literario de Arturo Muñoz es un sagaz relato sobre ETA y su entorno narrado de manera diferente a lo habitual




Sin duda el tiempo es el mejor tintero para poder escribir sobre lo que supuso la existencia de la banda terrorista ETA en nuestra sociedad. Un tiempo necesario para tomar distancia, para masticar acontecimientos llenos de rabia y de dolor, pero también para extender un foco de luz por toda una serie de elementos que muchas veces han quedado oscurecidos por los intereses o la visceralidad con la que muchos se acercan a esta cuestión que, de una manera tan dramática, afectó a nuestro país durante demasiadas décadas.

Es en esa aproximación, portando una especie de farol, donde la literatura puede aproximarse a territorios poco explorados desde el periodismo o la historiografía, pero necesarios para comprender todo el contexto en el que se desarrolló ETA, y que cuando esta se realiza, con rigor, manejando datos y de una manera seria y contundente, permite ampliar un ángulo de visión que, como en el caso de ‘Por un túnel de silencio’, nos ofrece muchas de esas variables no suficientemente, pero de una gran importancia, analizadas desde otros ámbitos.

No ha elegido un territorio sencillo Arturo Muñoz para su primer libro que, editado por Pepitas de Calabaza, nos ubica en los años setenta en el País Vasco, contando la historia de un Guardia Civil procedente de Granada que progresivamente se ve envuelto en un clima de violencia, terrorista, pero también de la violencia que se planteó dentro de su propio estamento. Rápidamente Arturo Muñoz se hace con el gran acierto de este libro, y es saber lograr el tono preciso para contar lo que se cuenta y para afrontarlo de una manera precisa en la que, por un lado se nos narra cómo es esa estancia del Guardia Civil en Euskadi y su relación con la cotidianidad de un ambiente que se va enrareciendo con el paso de los años; mientras por otro, el propio autor nos hace partícipes del proceso de construcción del libro a través del manejo de diferentes fuentes documentales y de testimonios de personas implicadas. Todo ello nos involucra en una especie de literatura periodística resuelta de una manera brillante por esa siempre obligada ley del buen periodismo, o del periodismo a secas, que consiste en ver las diferentes situaciones de la vida desde diversas miradas. Puntos de vista que, presentes en un mismo hecho, varían su percepción de los acontecimientos.

Un texto que acrecienta su intensidad a medida que pasamos sus páginas, que entendemos la tensión vital de su protagonista en un ambiente cada vez más opresivo y que se contrapone con aquellos años iniciales en los cuales, pese a la existencia de ETA, la convivencia era diferente, y donde la relación con los vecinos, con la gastronomía, con los paisajes, en definitiva, con el territorio, carecía de esa violencia que emergía más allá de la situación política del propio país tras el fin del franquismo, si no que se iba acrecentando por las fricciones entre las fuerzas de seguridad y la banda terrorista y las situaciones de violencia que se produjeron en el interior de los cuarteles. Antes no era ahora, y así es como el relato va pasando de las ilusiones y esperanzas de quien quería armar su propia vida y la de su familia, hasta un momento lleno de incertezas, de medias verdades o de recuerdos maquillados por la pertenencia a uno u otro bando.

Arturo Muñoz va a desplegar ante nosotros toda una serie de historias que orbitan alrededor de los mediáticos nombres de aquel momento, los de terroristas y mandos de la Guardia Civil, acercándose a las historias de personas que se vieron atrapadas desde su cotidianidad en un escenario del horror del que suelen verse desplazados, pero cuyas vidas no se pueden entender sin los hechos sufridos durante aquellos años.

Saber amalgamar ambas realidades convierte ‘Por un túnel de silencio’ en un valiente ejercicio de escritura y de aproximación a la historia de nuestro propio país. A ese tiempo de sobresaltos en el que al resto de la sociedad nos llegaba una información con muchos menos protagonistas de los que eran necesarios para comprender qué sucedía y a los que solo el tiempo y, en este caso, la buena literatura, permiten integrarse en el relato completo y, como se dice en la contraportada del libro, presentar «una historia sobre ETA y sobre la Guardia Civil que no se parece a las habituales».

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 30/07/2022

luns, 8 de agosto de 2022

Comprender la vida

 

[Ramonismo 122]

Un intento por razonar la vida, por certificar una existencia llena de verdades, es la propuesta de Manuel Arranz



AFIRMABA Baudelaire aquello de que «toda belleza es fugaz y pasajera», como la vida moderna que se abría a su alrededor y que él mismo intentó tantear desde su poesía, pero, sobre todo, desde la observación directa del nuevo contexto urbano que se abría ante él. Manuel Arranz (Madrid, 1950) hace de su vida una suerte de contexto que explorar, un territorio por el que deambular en el intento de entender, no tanto qué sucede a su alrededor, como qué acontece en su relación con ese ámbito en el que desenvuelve su existencia.

De esta forma es como la siempre brillante en sus propuestas literarias editorial Periférica coloca en nuestros manos ‘Hoy ha vuelto Baudelaire’, uno de esos textos que gracias a su originalidad, a su brío literario y a ese estar permanentemente sujeto a una identidad, convierten al lector en un cómplice inmediato de su protagonista. Junto a él nos lanzamos a recorrer esa existencia por tiempos, espacios, lecturas o relaciones que se van tiñendo de los colores de toda vida. Los colores del descubrimiento, de la sorpresa, la decepción, el dolor, la alegría, el abatimiento, la desconfianza, el caos, el escepticismo... y así podríamos continuar de manera infinita en la visualización sobre cómo nuestros sentidos y nuestros estados de ánimo balizan cada uno de nuestros días dejando muchos de ellos señalados para el futuro.

Una propuesta literaria que se nutre, precisamente, de un intenso componente literario gracias a los numerosos y profundos conocimientos de su autor, quien ejerce la crítica literaria y la traducción, gestionando así un sinfín de sensibilidades que son también las que con el paso de los años nos enseñan a saber lo que sucede a nuestro alrededor. Citas, títulos, autores nos van seduciendo al tiempo que el propio Manuel Arranz deja también ante nosotros sus propias reflexiones, frases que, como pequeños adagios, coloca ante nuestros ojos para provocar nuestra propia evocación de lo que somos, compartiendo así ese itinerario que deja de ser único para volverse compartido.

Lo que sobrevuela permanentemente a lo largo del relato es ese pálpito de contradicción que marca nuestras vidas ante los diversos acontecimientos que suceden en ella. «Un desorden feliz es lo más parecido al orden, lo más parecido a la felicidad», escribe Manuel Arranz, señalando, de esa forma, esa vida que se mueve entre la euforia y la desesperación, amplios márgenes por los que conducirnos bien cargados de nuestras dudas y miedos, de nuestras incertezas y temores, todas ellas muestras de una fragilidad ante la que poco se puede hacer más que entenderla y dominarla en la medida de lo posible. Para ello, como un demiurgo, no duda en convocar espacios del pasado, como la infancia, o presencias, como las de la madre muerta, o aquel amor que fue. Luces en una oscuridad que cada vez más se cierne sobre nosotros a medida que los años se suceden, al tiempo que esos destellos luminosos quizás sean lo único que tiene sentido junto, como no, a los libros, a esos refugios impagables gracias a los que todo es menos malo, gracias a los que todo es mejor. «Si al menos no tuviera que irme a la cama», escribió en una carta Dylan Thomas a su esposa Caitlin. «Todo hombre, en cualquier caso, ha fracasado...», anota Thomas Bernhard. «El pasado es la suma de los errores cometidos», afirma May Ann Clark Bremer. Frases, sentencias, que Manuel Arranz asume como esos sedimentos que las lecturas dejan en las personas, cada lectura, cada frase, cada autor, forma parte de un tiempo, de ese instante que deja de serlo para convertirse en un fósil, en un estrato del que somos una circunstancia para siempre.

Un tiempo ante el que nos damos cuenta que se convierte en el gran protagonista de este relato que juega a ser una especie de diario, pero que tiene muy poco de eso. Un tiempo que todo lo dinamita y que ya se presenta como una clave de bóveda de lo que vendrá desde la cita inicial de Thomas Wolfe: «Todo vuelve como si hubiera ocurrido ayer. Y entonces se va y parece lejano y extraño como si hubiera ocurrido en un sueño», y es esa extrañeza la que todo lo marca, la que como un diapasón marca el deambular de quien tiene en la vida un muestrario de lo que somos y cuyo caos ahora se intenta ordenar a través de una escritura más que reflexiva podíamos decir que activa, del apunte de lo vivido, de la muesca en una existencia donde cada palabra es un espejo al que enfrentarse a lo que uno es, a lo que ha intentado ser frente al desafío de comprender la vida.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 23/07/2022


mércores, 3 de agosto de 2022

Cielo y paraíso

 

[Ramonismo 121]

Rocío Márquez y Bronquio hacen de su feliz maridaje una nueva puerta de acceso al flamenco al que suma el tecno



Con su anterior disco ‘Visto en jueves’ Rocío Márquez se posicionó como una de las voces más firmes del flamenco actual. De ese flamenco que desde una nueva generación quiere tomar un poderoso protagonismo honrando siempre la tradición pero explorando nuevos itinerarios. Aquello fue puro flamenco, emoción desde una voz que ya para siempre se ha instalado entre quienes, pese a la distancia geográfica con esta tierra gallega tan poco proclive a esas músicas, aprecia el estremecimiento que supone la voz y el sentimiento de Rocío Márquez.

Pero el temblor ha llegado estas semanas desde que se ha puesto en circulación un nuevo trabajo realizado en compañía de Bronquio, jerezano y músico urbano y ligado a lo tecno. Un seísmo por lo que significa de impacto, de entender que eso ahí contenido es algo llamado, no solo a ser presente, sino a construir nuevos itinerarios para que esa tradición no se quede detenida. Entre los sonidos musicales, la voz de Rocío Márquez y unas letras muy ligadas a la poética de nombres como Carmen Camacho o Luis García Montero, junto a ese sustrato popular de ecos lorquianos que sostienen desde siempre las palabras del flamenco, nos encontramos con un trabajo de esos llamados a edificar un nuevo tiempo.

Durante estos días no son pocos los que ponen en relación el impacto de este ‘Tercer cielo’ con lo que supuso el ‘Omega’ de Morente y, sin querer caer en la repetición o el seguidismo, y a la espera de que sea el tiempo el que ponga cada cosa en su sitio, sí que cuando se escucha esta alianza musical uno recupera aquella sensación vivida con el disco del granadino. Un golpeo desde lo más profundo que permite entender que esa exploración desde bulerías, verdiales o seguiriyas, envuelta por un sonido tecnológico que define mucha de la nueva música hoy, nos lleva a un territorio en el que todavía queda mucho por decir y por hacer, pero al que sin este primer paso nunca se llegará al paraíso.

Escribe la poeta Carmen Camacho en la introducción al disco que al tercer cielo se sube por inmersión, y es cierto que esta música, esta unión, proponen ese estado inmersivo, yo diría que también subversivo, capaz de envolver y de sustraer de la realidad, adentrándonos en una nueva dimensión sonora y experiencial que renueva ese carácter libertario de la música y de quien la escucha.

Y como de escuchar se trata, el próximo viernes, día 22, dentro del ciclo Son Estrella Galicia Rocío Márquez y Bronquio cantarán entre las piedras milenarias de Compostela para hacer del cielo de Santiago, como lo fuera para Lorca en su visita compostelana, una bóveda de experiencias desde la conciencia de un hermanamiento cultural entre el norte y el sur, entre dos sensibilidades que pueden entenderse en ese flamenco de una tradición irrenunciable, pero que necesita, como cualquier arte, de nuevas bocanadas de aire fresco, y aquí el aire entra a borbotones, respirando, entre el cielo y el paraíso.

 

 

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 16/07/2022