luns, 30 de abril de 2012

Paradojas en la oscuridad

Filipa César (Oporto, 1975) y Rui Toscano (Lisboa, 1970) son dos de los artistas más representativos del arte portugués del momento. Comisariada desde el buen ojo de un gran conocedor del arte portugués, el crítico de arte y promotor de distintas iniciativas artísticas David Barro, la muestra que se nos plantea desde la Fundación RAC busca, desde el encuentro de ambos, la reflexión sobre la mutación del espacio físico y cómo la aparición de variables propicia una transformación en lo que nunca es permanente y eterno. 


Mirada, juego, pero sobre todo reflexión, son los componentes que trascienden de la obra de Filipa César y Rui Toscano. En ambos se produce ese análisis de un momento, de un intervalo -más o menos amplio-en el que se produce la acción de cambio en el espacio objeto de análisis. Desde una inmensidad inabarcable para el ser humano, como puede ser el origen del universo, hasta un espacio más manejable, como la noche en una ciudad, se puede trabajar desde esa proyección. Rui Toscano eligirá el primero de ellos, mientras Filipa César hará de la noche de Berlín su tubo de ensayo. Ambos eligen un ámbito oscuro, una negación de la luz que emana de lo representado para evocar ese espacio límite, esa indefinición de lo establecido y en la que nos podemos encontrar cómodos. Ese será el marco elegido para la paradoja, para hacer de lo inverosímil conciencia de una realidad a la que no siempre prestamos la suficiente atención.
Realidades |Los dibujos o pinturas de Rui Toscano y las fotografías de Filipa César hacen de sus diferentes realidades la plasmación de lo transitorio, que sin duda es lo que les motiva en este proyecto y que, no cabe duda, es tan complejo de captar, pero sobre todo de representar. Y es en esa representación donde nos ganan definitivamente; tanto los universos de Rui Toscano, como esos fragmentos del rodaje de una película en la noche de Berlín poseen una gran capacidad de atracción. De una gran perfección técnica, en el caso del primero nos sorprende por la capacidad para sugerir el vacío entre el abismo negro, al presenciar cómo esas constelaciones oradan una dimensión espacial no exenta de una profunda carga lírica, sobre todo en algunas de sus piezas, donde apenas unos puntos sobre un papel sugieren la misma idea que las composiciones más complejas. Esa perfección en las fotografías de Filipa César, se muestra al hacer de un lugar en el que en aparicencia no sucede nada, como lo es la noche de una ciudad, un escenario de una nueva realidad, de un rodaje que busca modificar la realidad y subvertir el propio papel de la urbe.
Por lo tanto, son dos miradas las que la Fundación RAC, tan acertada en sus aproximaciones a lo actual, ofertará en nuestra ciudad hasta el 9 de junio.

Miradas
Recorrer las dos plantas que conforman el espacio de la Fundación RAC nos permitirá aproximarnos a dos nombres que han ido jalonando su andadura artística de grandes logros, siendo muy complicado que ambos formen parte de alguna muestra en la ciudad. Al igual que sucedió en la última exposición realizada en este espacio, la del artista catalán Ignasi Aballí, el trabajo que viene desplegando esta Fundación en Pontevedra merece ser elogiado por esa capacidad, más que demostrada hasta el momento, para traer hasta la ciudad de Lérez el trabajo de artistas internacionales, que normalmente solo se pude conocer en grandes citas fuera de este país.
Hablaba al inicio de esta columna de dos plantas, y así es como se distribuye el trabajo de los artistas lusos. En la parte superior, lo que podríamos llamar el 'Big Bang' de Rui Toscano, en cuyo interior un abismo negro se ve salpicado por numerosos puntos que al fin y al cabo son luz, brillantes pozos de los que extraer algún tipo de vida. Una permanente tensión entre la superficie y el fondo, entre lo visto y lo intuido, en definitiva, entre la materia y la nada.
Filipa César, por su parte, hace de Berlín un gran estudio de cine, un rodaje de lo que siempre es un falseamiento de la realidad, una de esas fisuras que surgen en la ciudad como contraste con lo que es la realidad, es decir, nuestro discurrir diario por ella. Al caer la noche, de esa oscuridad surge una nueva ciudad, pero la artista va más allá al provocar la reflexión sobre esa intervención en lo urbano, donde la iluminación, los planos o el guión cambiarán la estructura de ese ámbito 'controlable' por el ser humano. Y es en esa planta inferior donde interviene Filipa César, para traernos la noche, para traernos, también, una visión fascinante de una producción cultural. Tan fascinante como las producciones culturales surgidas de la Fundación RAC.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra  29/04/2012
Fotografías Guille López

sábado, 28 de abril de 2012

Mirada de niño, vida de hombre

 
Reconoce Almudena Grandes (Madrid,1960), en la nota final que en este libro explica el origen de este relato y de diferentes elementos que se encierran dentro de él, su “obsesión sentimental casi enfermiza por la guerra civil y la posguerra”. Algo que ya se nos había anticipado en el ‘El corazón helado’, libro referente en el discurrir literario de la autora. Una monumental obra de la que ha partido esta valerosa empresa de novelar en seis obras, al modo de los Episodios Nacional de Galdós, lo que ella misma llama  ‘Episodios de una guerra interminable’.

Reivindicar a Benito Pérez Galdós una y otra vez en cada entrevista y sobre todo en cada uno de los libros que conforman esta serie de seis obras que rastrean las consecuencias de la Guerra Civil en diferentes seres humanos, es el firme compromiso de esta escritora con la literatura, con su devoción por un autor fundamental para despertar en ella la pasión por contar historias y también porque este país, de una puñetera vez, mire frente a frente a un tiempo al que siempre se ha posicionado en una huida hacia adelante, y para ello lo hace desde el hoy, desde la mirada no desde el bando perdedor sino desde una democracia por la que todavía supuran numerosas heridas que no todos quieren cerrar, perpetuando el dolor en muchas, en demasiadas personas.

Historias de resistencias pero también historias cargadas de sentimientos que nos devuelven de una manera tan intensa como agradecida a esa gran novela que emergió en el siglo XIX y a la que la modernidad literaria y los excesivos postureos de numerosos escritores, siempre deseosos de reinventar la literatura, han ido desterrando sin pausa alguna.

Con una enorme honradez y humildad Almudena Grandes mira a Galdós y a esa forma de hacer novela anclada en las entrañas de un país, en un momento esencial en nuestra historia desde el que ya nada volvería a ser igual. La escritora madrileña emprende así un ‘tour de force’ que por ahora nos ha dado dos excelentes novelas: ‘Inés y la alegría’ y este ‘El lector de Julio Verne’ que se mantienen dentro de una línea genérica en la serie, focalizando la acción en puntos concretos de la resistencia antifranquista. Si en la primera novela la acción discurre en el Valle de Arán, en ésta el argumento de ese niño que mira a un mundo lleno de guardias civiles, de bandoleros, de ideales y sobre todo de seres humanos se hace geografía en la Sierra Sur de Jaén, y en un periodo muy concreto entre 1947-1949.
Nino | Tres años llenos de miserias que se traspasan a este libro donde es la mirada de un niño la que nos permite asistir a una serie de brutales acontecimientos, pero también a hermosos descubrimientos. Pocos de esos descubrimientos puede haber tan bellos e inolvidables para una persona como las lecturas de los libros de Julio Verne. Y es que son precisamente esas lecturas, y muchas otras, esenciales a la hora de conformar la personalidad del hombre, y el descompresivo de un ambiente sórdido y lleno de crueles episodios, como los que tienen lugar en estos tres años trágicos.
Nino es un niño de nueve años criado en un Cuartel de la Guardia Civil. Su padre es guardia civil y debe perseguir a varios elementos de la resistencia que se han echado al monte durante esos años comandados por un nombre mítico, Cencerro. Nino ve muchas cosas que no le gustan, cosas que le harán madurar, que le harán abrirse a una vida llena de episodios reales, no como esas maravillosas lecturas que el escritor francés le ofrece en sus novelas. Nino aprende mecanografía y no quiere ser guardia civil. Pero la vida le espera, y lejos de poder evadirse desde el ámbito de la imaginación, debe enfrentarse a ella, atravesar ese pórtico que nos permite abandonar la infancia para hacer eso tan difícil que es crecer.
Y Nino crecerá entre personajes idealizados como Pepe el portugués, sus padres, mujeres como Elena quien le abre su biblioteca, o las esposas de los hombres que han tenido que escapar al monte... en definitiva seres humanos a los cuales Almundena Grandes dota de la fisicidad necesaria para que el espectador empatice con ellos, para que se deje llevar hasta ese pueblo de motes que te acercan hasta la realidad de una manera asombrosa, y sobre todo, a mirar con los ojos de un niño todo ese paisaje de desolación e historias que se esconden bajo la alfombra de una historia alejada de los grandes manuales, de los libros que registran los hechos históricos, optando la autora por bajar a la arena, por recorrer esas calles distintas en la noche y en el día, por rastrear esos montes en dónde se han tenido que ocultar los damnificados por una guerra fratricida, que, como pocas, desoló a familias, amigos o vecinos. Ellos estaban allí, ocultos, pero muchos de los que estaban a la luz del día también se escondían, ocultaban su pasado y se esforzaban en parecer lo que no eran. Y es en esos momentos en los que el mal deja de serlo para mostrar matices, para que el negro se difumine en un gris que es en donde la novela alcanza su máximo esplendor, así como en la parte final del relato donde Nino regresa a su mirada de niño. En ese instante entendemos muchas cosas, pero sobre todo nos enfangamos en el lodazal en el que se enmarca ese periodo de nuestra historia y es cuando pensamos, cuando imaginamos parte de lo que debió ser todo aquello, cuando nos aproximamos a las víctimas, y por que no, también a los verdugos. Todos ellos con el lodo hasta las rodillas, limitando sus movimientos, pero sobre todo, mostrándolos como seres humanos, el gran logro de la novela de Almudena Grandes.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/04/2012

Seven

1Lujuria. Abrazados a una camiseta, a una pasión irrefrenable, confundidos por un becerro de oro distracción de la angustiosa realidad. Hipnotizados bajo la idea de una posesión y mimetizados en unos colores sagrados.
2. Gula. Es el exceso, el consumo masivo de horas y horas de fútbol, de páginas y páginas de prensa. Un atracón que no tiene fin, que no descansa más de 48 horas seguidas. El opio del pueblo.
3. Avaricia. Solo la victoria vale. Al precio que sea y cueste lo que cueste, es lo único que se valora. Años de historia, minutos de sufrimiento, intensidad y entrenamientos. Todo se arroja por la ventana ante la derrota. ¡Qué importa el camino! lo importante es siempre el metal, la recompensa.
4. Pereza. Cuánto cuesta aceptarse, saber lo que uno vale y lo que puede llegar a dar. Entender que nadie es más que nadie.
5. Ira. Venganza y fanatismo. Alegría por la derrota del contrario, como si eso aliviara el espíritu, y suspiros de tranquilidad cuando el otro es el caído. Mal de muchos...
6. Envidia. Es el deseo insaciable por atajar la felicidad del rival. La traición a uno mismo para mostrar su ridiculez ante el enemigo.
7. Soberbia. Sin respeto por los demás. Portadas y más portadas oráculo de una final entre equipos españoles. Desprecio absoluto. Vergüenza ajena, y tras lo visto, vergüenza propia.



Publicado en Diario de Pontevedra 28/04/2012

mércores, 25 de abril de 2012

Últimas lecciones

"Claro que merezco el Cervantes. Por un libro que estoy por escribir". El entrecomillado, pronunciado por el nieto del último Premio Cervantes, Nicanor Parra, durante la lectura del discurso de agradecimiento del 'antipoeta', vuelve a poner de manifiesto la genialidad de un creador poco convencional, que sabe, como tantos escritores, que siempre el mejor libro es el que está por escribir y la mejor palabra la que está por decir. Primera lección.
Se habla de su avanzada edad para justificar la ausencia en el acto de entrega, pero no duden de que el más alternativo de los poetas ha sido más que feliz bajo el anonimato de lo cotidiano en su vivienda chilena de Las Cruces. Mientras otros pretenden la fotografía y la exhibición, casi siempre gratuita, la inteligencia busca la soledad del trabajo para reivindicarse, para hacerse eterna. Segunda lección


'Entre dous'. Publicado en Diario de Pontevedra 25/04/2012

martes, 24 de abril de 2012

‘A librería de Marín’ propone, desde su ventana, una mirada al paisaje de la mano de Juan Rivas, un extraordinario pintor capaz de desentrañar las claves de nuestro paisaje más contemporáneo.
Si hay algo que llena nuestras librerías son los paisajes que suscitan los libros que en ellas se encierran. Geografías de lo más diverso y heterogéneo con las que se consigue hacer volar nuestra imaginación y alentar a nuestro espíritu. En el día de ayer las librerías vivieron un día especial, una jornada en la que se celebraba a ese objeto que les da sentido y del que se muestran como orgullosos custodios y difusores. ‘A librería de Marín’, además de ofrecernos esos paisajes literarios, desde la pasada semana también nos presenta otros paisajes, éstos pictóricos desde esa ventana denominada ‘Espacio neutro’, en la que, y desde hace ya unos meses, los vecinos de Marín han visto cómo diferentes artistas han intervenido en ella, como complemento a lo que debe ser una librería hoy, desterrando la antigua percepción de existir solo para vender libros, generando un espacio donde la cultura se ramifique en diferentes direcciones.
Además de cursos de fotografía o actividades tan hermosas como la desarrollada en el día de ayer, en la que se impulsó un homenaje al escritor Agustín Fernández Paz mediante la complicidad de los lectores con uno de sus relatos: ‘Río de palabras’, incluido en su obra ‘O único que queda é o amor’, haciendo realidad aquello que sucedía dentro de él para convertir a Marín en un ‘río de palabras’. Junto a esas iniciativas, el arte reclama su espacio desde esa ventana de ilusiones gestionada por Rosa Neutro -Licenciada en Belas Artes en la Facultad de Pontevedra- y que ha promovido, con el apoyo de la propietaria de la librería, Marta Díaz, la creación de este espacio por el que ya se han sucedido diferentes creadores que cada mes renuevan la visión de esa ventana desde la rúa da Roda. Una ventana que funciona de manera inversa a lo que es habitual. Una ventana que encierra una mirada a nuestra realidad a través de la creación artística.
PAISAJES. En las próximas semanas serán los paisajes de Juan Rivas (Pontevedra, 1974) los que aparezcan suspendidos en ese espacio límite entre dos universos. Tres pequeños lienzos donde reconocemos a un excelente pintor y a un brillante paisajista. Su tratamiento de la pincelada y la destreza en la plasmación de la luz, se entremezclan con la visión moderna del paisaje a raíz de la inteligente elección de un punto de vista singular. Es la implicación personal del autor con lo representado y ahí se justifican muchas cuestiones. Juan Rivas recrea esas miradas que salpican nuestros recorridos habituales, en ellos, la naturaleza cada vez más aparece mutilada por la irrupción del ser humano. Construcciones ante las que nos debemos preguntar a qué estamos jugando con nuestro entorno. Una realidad que se traspasa a la pintura para volver la mirada hacia la verdadera concepción de una disciplina últimamente amenazada por otras técnicas artísticas. El discurso de Juan Rivas revaloriza la pintura y, desde el paisaje, quizás el género más tradicional dentro de ella, gestiona la ventana del gran arte.

Publicado en Diario de Pontevedra 23/04/2012
Fotografía: Rosa Neutro

luns, 23 de abril de 2012

La flor del cactus

CINE 50º Aniversario de ‘El hombre que mató a Liberty valance’
El 22 de abril de 1962 se estrenaba en los Estados Unidos una obra capital en la historia del cine. El canto de cisne del gran director que se llamaba John Ford y hacía westerns. Él, que había consolidado al género y establecido sus bases canónicas, mostraba su modernidad retratando el final de una época, de un universo épico que tocaba a rebato.

«Cuando la realidad se convierte en leyenda, en el Oeste publicamos la leyenda», esta frase que cierra ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ simboliza lo que era el Oeste americano y como una vez acuñado el mito, la historia, es decir, la realidad, pasa a un segundo plano a la hora de confeccionar el relato de la comunidad. Nadie mejor que el propio John Ford para hacer de esta sentencia todo un lema y a estas alturas, si se quiere, hasta el epitafio de toda una carrera plagada de obras maestras, pero sobre todo, en el mundo del western, de cinco o seis obras sin las que el género no se sustentaría, sin las que la épica de la construcción de un país carecería de sentido.
En 1962 se estrenaba esta película en blanco y negro, precisamente cuando el color era el gran reclamo visual que Hollywood esgrimía para superar la durísima competencia de la televisión. Las salas llevaban tiempo vaciándose y la industria debía buscar nuevos medios de proyección, avances técnicos para narrar sus argumentos, ante los que la televisión poco tenía que hacer. Al director irlandés, al igual que al Rehtt Butler de ‘Lo que el viento se llevó’ eso le importaba un bledo, y desde un principio entendía que esta película necesitaba el blanco y negro. Por un lado, al funcionar la película casi como un documental de ese Oeste que caducaba al mismo tiempo que la modernidad del Estado americano comenzaba a fundarse, pero también por que una escena, la del tiroteo saldado con la muerte de Liberty Valance, pende del blanco y negro para captar los matices que ésta debía ofrecer, ya que pocas secuencias son tan esenciales a la hora de explicar un relato cinematográfico como el duelo entre James Stewart y Lee Marvin, con la presencia de un invitado, como no, John Wayne.
Western
Entre 1939, año en que John Ford dirige ‘La diligencia’ y 1961 en que realiza ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, el director creó varias de las mejores películas de este género, cierto es que cada uno tendrá su favoritas, pero en lo que todos podemos estar de acuerdo es en que títulos como ‘Pasión de los fuertes’, ‘Fort Apache’, Centauros del desierto, ‘Misión de audaces’ o ‘Dos cabalgan juntos’, son referencias del género, no sólo como grandes películas, sino como una forma de aproximarse al Oeste desde unos ingredientes que posteriormente todos los directores han ido empleando en sus películas. La importancia de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, es la de plantear ese tránsito de un agonizante western, con unos valores basados en el código de honor del vaquero, representado por John Wayne en el papel de Tom Doniphon y la mirada hacia un nuevo tiempo que encarna James Stewart, interpretando al abogado y futuro senador, Ransom Stoddard. Esa fricción entre ambos universos y su manera de enfrentarse al problema que supone Liberty Valance, es el sustento de la película, presentando ante el espectador una doble vía ante la que los diferentes personajes deben optar. Y es que el conflicto es lo que hace avanzar a las sociedades y John Ford así lo plantea desde el inicio de la cinta, un trabajo donde los personajes son fundamentales, quizás desde ‘La diligencia’, no era tan precisa la descripción de los diferentes tipos, pero a diferencia de aquella, en la que el western se abría a las grandes geografías norteamericanas (ejemplificadas en lo que sería el gran refugio fordiano de Monument Valley) como el gran ámbito de expansión complementario del vaquero, ahora, los exteriores ya no son necesarios y la acción se sitúa en las calles y locales del pueblo de Shinbone. Es la forma de mostrar cómo ese vaquero está siendo atrapado por la configuración de una sociedad moderna, que sustituye las pistolas por los votos. Así, tanto Liberty Valance como Tom Doniphon, se ven arrinconados, incómodos en este nuevo mundo que tiende a su expulsión, eso sí, uno como representante del mal será aniquilado, mientras el otro es el que motiva, tras su muerte, la recuperación del tiempo en que sucedieron los hechos que hicieron de Shinbone una de las cunas de la leyenda.
Amistad
Y es que toda la película es una mirada al pasado a cargo del senador Ranson Stoddard quien, vuelve a Shinbone, junto a su mujer, a rendir honores al fallecido Tom Doniphon y ante la petición de las ‘fuerzas vivas’ de la ciudad da a conocer los hechos que sucedieron a su llegada a este lugar. Una llegada marcada por el encuentro con el temido Liberty Valance, pero también por la amistad con Tom Doniphon, ambos, uno desde las leyes y el otro desde las armas, acabarán con ese personaje que mantiene atemorizada a la población, aunque no de la manera en que se había pensado.
Enfrentar a dos actores de la talla de James Stewart y John Wayne, más aún, en el territorio del Oeste, es sinónimo de que algo grande va a suceder, y así fue, ambos componen dos de sus mejores papeles. El primero como el abogado que confía en la justicia por encima de las armas frente a cualquier peligro, un hombre que no duda en ponerse un delantal y pagar sus deudas lavando la loza, una persona que confía en la política como forma de progreso y mejora social, que enseña a leer a las personas, en definitiva, alguien que cree en el ser humano y sus posibilidades. Por su parte, Tom Doniphon es un curtido vaquero, escéptico con el hombre, que solo cree en las armas como resolución de los problemas y que ama desde hace mucho tiempo a una mujer. Pero esa mujer se enamora de Ranson Stoddard, quizás lo único en lo que confiaba en este mundo es lo que ahora también se le niega, pese a ello, un código de honor le permitirá ayudar a Ranson Stoddard, permitiendo que ambos vivan el futuro juntos, sabedor de la importancia que tiene esa unión para todos. De nuevo es el sacrificio del solitario, como ocurriera en ‘Centauros del Desierto’, en beneficio de la sociedad, una especie de víctima anónima de la que se sirve la comunidad, pero a la que finalmente se rendirá el respeto que mereció en vida.
Nación
John Ford también va más allá al proponer una cuestión que está incluso por encima de las historias individuales. Y es la importancia de una serie de elementos de la sociedad necesarios para la construcción de la nación americana. Es así como en el relato confluyen elementos como el papel de la prensa, las leyes o el desarrollo de la política, imprescindibles para cualquier país que ofrezca entre sus premisas el desarrollo del ciudadano. El borrachín (arquetipo que ya estaba también en ‘La diligencia’) está encarnado por el periodista Dutton Peabody, quien dirige un periódico en este ambiente inhóspito para la verdad, y es que la verdad está siempre flotando a lo largo de la película como un gran pilar fundacional. Siempre amenazado nunca perderá la dignidad de  su oficio además de ser, junto a Ranson Stoddard, el personaje con más cultura. Éste último erige un código de leyes como el ‘arma’ de los nuevos tiempos, el emblema de uno de los tres grandes poderes de cualquier estado, y junto a él, el legislativo, representando el abogado las inquietudes de la población tras ser elegido por unos vecinos que habían superado el miedo y el temor a ser libres.
Todo esto y más se encierra en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, un canto homérico a una nación, pero sobre todo a una época límite entre dos mundos, entre dos tiempos. Es por ello que uno no puede dejar de emocionarse cuando esa mujer, disputada por dos hombres, por dos amigos, interpretada por Vera Miles, deposita sobre el féretro de Tom Doniphon un cactus que ha florecido. Una rara especie en un mundo donde personajes tan extraños como Tom Doniphon serán siempre recordados.

Publicado en Diario de Pontevedra 23/04/2012

domingo, 22 de abril de 2012

‘About art’ o el milagro hecho galería

La facultade de Belas Artes, la Escuela de Restauración o la Escola de Canteiros son, ya no solo en Pontevedra, sino en el ámbito artístico y creativo en general una auténtica referencia. Todo un potencial de la que esta ciudad todavía no ha sabido extraer todo lo positivo que desde esos centros se ha ido generando promoción tras promoción. Por increíble que parezca, desde el ámbito privado no se ha sabido canalizar toda esa energía. En los últimos tiempos varios proyectos han puesto en valor a esos nuevos creadores, el último de ellos la galería ‘About art’


Huérfana como se encuentra esta ciudad de la iniciativa privada a la hora de ofrecer espacios para la exhibición artística, de una manera incomprensible, todo sea dicho, ante su propia tradición artística así como por la presencia de centros de estudio vinculados con el ámbito creativo, la noticia de la apertura de este modesto pero interesante espacio, debe considerarse como una más que feliz noticia para Pontevedra. Dos jóvenes emprendedoras, María Díaz y Araceli Torres, son las valientes que han obrado el milagro, las que han abierto este lugar para la creación y la reflexión en un punto físico muy próximo a otros centros artísticos como el Museo de Pontevedra o la Fundación RAC. En la calle Pasantería, es hasta donde nos podemos acercar antes del día 30 de este mes para ver la exposición inaugural de esta galería. Una muestra que se puede entender como toda una declaración de intenciones de los principios que moverán el devenir de la galería ‘About art’. Hablamos de primar a los creadores más jóvenes, aquellos que todavía buscan su lugar en el ámbito de la creación, los que pelean por hacer de su discurso un lenguaje que permita explicar lo que acontece a su alrededor. Un bautismo de fuego para muchos de ellos que tendrán para siempre en el recuerdo a esta galería como aquella que les concedió su primera oportunidad para la visibilización de su trabajo, es decir, para sentirse artistas.
Todos ellos son parte de una especie de generación, algo a lo que solemos ser muy afines los que escribimos de arte, agrupando a diferentes nombres que coinciden, bien por su edad, por su licenciatura, o por su concurrencia a diferentes certámenes artísticos. Esto es lo que sucede con los participantes de esta muestra, cuya factura artística reconocemos los que hemos visitado la otra gran referencia del arte joven, ya no solo en nuestra ciudad sino en Galicia, como es el certamen de Novos Valores, en el que alguno de ellos participó de la selección final de su última edición.
Ocho | Este es el número de participantes cuyos nombres son Carlos Álvarez, Anabel Gaudioso, Gema López, María Maquieira, Begoña Mumary, Paulova, Bea Saa, Alejandra Sampedro y Santi Vega. Todos ellos vinculados por su formación, también por integrarse en una generación de edad similar nacida en torno a los años ochenta, pero sobre todo con mucho que decir en el mundo artístico. Sus lenguajes, unidos por una especie de vuelta a la tradición, es decir trabajando desde la pintura, la escultura o la fotografía adoptan, sin embargo, un lenguaje actual y además perfectamente personalizado en cada uno de ellos. Cada autor se singulariza de los demás, pero juntos confluyen en esa reivindicación de los lenguajes más tradicionales. Tampoco en ellos se puede ignorar cierta ironía, marcando distancia con ese lenguaje artístico en el que se mueven, pero también con la forma de acercarse a la sociedad, no dejando nunca de lado cierto tono crítico, que no hace más que enriquecer sus diferentes discursos, además de ofrecer al espectador una nueva mirada más fluida y completa de lo que nos rodea.
Su espacio es pequeño, pero su fondo de ilusión es grande, y es precisamente desde ese fondo desde el que María Díaz y Araceli Torres nos ofrecen todas estas nuevas miradas, las primeras de una larga lista que veremos en los próximos tiempos.




Publicado en Diario de Pontevedra 22/04/2012
Fotografía: Guille López