domingo, 11 de marzo de 2012

Mazás


Cando aínda nin se me pasaba pola cabeza aparecer na contra dun xornal, nunca deixei de ler as columnas escritas por Carlos Casares. Aquelas palabras foron sempre un bálsamo para dixerir unha realidade que, agochada no interior, era ben poucas veces agarimosa. Unhas cereixas ou unhas mazás, un gato chamado Samuel ou mesmo as ánimas, baixo a engaiolante escrita do autor, eran quen de converter o anecdótico da vida nun tema de interese que ía agromando a medida que avanzaban unhas liñas das que un xa era incapaz de baixarse. Daquela, como estudante de Historia da Arte, atopei un día a Carlos Casares polos corredores da Facultade. Eu, que nunca antes me dirixira a ningún outro escritor, que me tremían as pernas con só pensar en pedirlle un autografo a alguén, achegueime a aquel home que semellaba estar ausente da realidade mentres botaba unha ollada por unha das fiestras do claustro, só para dicirlle que gozaba moito coas súas columnas e que o pasaba moi ben, incluso cando falaba dunha bola de pan, como me parece recordar que acontecera naquela xornada. Notei nel unha fonda timidez que o honraba, mentres me contestaba cunhas sinxelas grazas e me ofrecía un sorriso. O tempo pasou, onte fixo dez anos que Carlos Casares morreu, e eu agora ando a escribir columnas que tamén se poden titular ‘mazás’. Gustaríame que o soubera.


Publicado en Diario de Pontevedra 10/03/2012 

luns, 5 de marzo de 2012

Rastros de poesía y memoria

La muerte de Leopoldo Nóvoa deja al universo plástico huérfano de una de sus figuras más singulares. Como suele suceder en demasiados casos su trabajo no ha sido suficientemente valorado, ya no solo a nivel español,-incomprensiblemente ignorado su óbito en los grandes medios-, sino en Galicia, a la que conectó de forma pionera con una manera de pintar que en nuestra comunidad era inasumible por sus artistas. Su fallecimiento permite seguir varios de los rastros que él mismo dejó establecidos en su obras. Huellas de un presente para un futuro.
 

Poesía. Pocos, muy pocos creadores desde el mundo de la plástica están capacitados para que sus obras, esas fascinantes superficies de trabajo, provoquen una introspección poética de sus componentes. Leopoldo Nóvoa logró bien pronto esa transustanciación poética de su obra. Desde el Cono Sur, observaba una realidad salpicada por las metáforas de Cortázar, el constructivismo de Joaquín Torres y la espacialidad de Jorge Oteiza, no había más que dejarse llevar por una aproximación al mundo desde una geografía que hervía a fuego lento con un ambiente cultural incomparable a ningún otro lugar en las décadas centrales del siglo XX. A Leopoldo Nóvoa le comenzaba a preocupar la exégesis del cuadro, su capacidad para desentrañar en él posibilidades y realidades, es decir, lo que existe en el mundo real y lo que la mente del artista es capaz de provocar desde la inquietud del artista. Esa mente sabía a buen seguro lo que quería, el problema era darle forma, conformar ese trasvase del mundo de las ideas al soporte físico. Y así es como empezó a caminar la obra de Leopoldo Nóvoa, entre famas y cronopios, entre líneas, huecos y materias que fueron deviniendo en poesía. Una poesía que hizo de sus superficies abstracción, informalismo lo bautizaron los que dan nombre a las teorías artísticas, argumentando un lirismo que subyace en cada uno de sus gestos, en sus superficies lisas y depuradas, en su meditada conformación del espacio. Como la palabra en el verso, el equilibro era el centro de observación y el lugar desde donde proyectar el futuro.

Memoria| El futuro era Europa y cómo no, París. Allí, en la Rue de Faubourg de Sainte Antoine, Leopoldo Nóvoa mudaba de paisaje y de realidad. Sin océano por medio su patria, la gallega, estaba más cerca, se apretaban los sentimientos y éstos se depositaban a orillas de un Sena por donde bajaba como un torrente una corriente de existencialismo que arrastraba a todo aquel que osase aproximarse a ella. Sartre, Camus o Beauvouir no dejaban de incendiar cabezas, de asediar al ser humano con soflamas para despertar conciencias. A ellos Leopoldo Nóvoa les arrancó una de sus banderas, la de la libertad, y la clavó con la contundencia de un alpinista en la cumbre de un ocho mil sobre esas superficies en donde se tamizaba la vida, como en un manifiesto de aquellos que caían entre los adoquines y eran arrastrados por las masas de estudiantes hasta las alcantarillas que desembocaban en un regenerador Sena. La luz de París, alimentada por años de vanguardias, dulcificó la secuencia de trabajo, hizo de esa abstracción un lugar mucho más lírico que el propuesto desde otros frentes informalistas como los que devenían en la España tardofranquista con Tàpies, Saura, Canogar o Millares. A diferencia de ellos, el germen parisino y el útero gallego, alentaron un escenario menos agresivo y primitivo, dulcificando en forma y fondo con respecto a esas otras experiencias más ligadas al Mediterráneo, por parte de Tàpies, y a la oposición frente al paisaje artístico permitido por el Régimen en España, en el caso de los otros artistas citados.

Claudicaban los setenta y un fuego abrasador ponía patas arriba todo un estudio y una mente. Lejos de huir, de dar la espalda a la destrucción y al desconcierto, Leopoldo Nóvoa intuyó una nueva realidad, una reinvención a partir de la memoria, de los restos de esos años de trabajo ahora materializados en ceniza. Con los sacos llenos de un polvo en el que se resumía todo lo que uno era y todo lo que uno quería ser, Leopoldo Nóvoa emprendía un nuevo viaje, éste bien anclado entre Armenteira y París, la simbiosis necesaria para que desde ese contacto, con un pie en cada latitud, emergiese su obra más poderosa y madura, en la que se acolmata la memoria a través de esas cenizas, resultado de ese fuego devastador revelador del alma humana ahora hecha materia. Y entre ambos pies, la verdadera patria, aquella infancia de Rilke que en Leopoldo Nóvoa toma el nombre de Raxó, salvavidas en Buenos Aires y ahora, en las últimas décadas de vida, cálido refugio donde subsistir. La playa, los juegos infantiles, el contacto con marineros y vecinos, son el sustrato imprescindible para conocerse a sí mismo. Su obra tendrá una mirada más rotunda hacia el interior del hombre donde el rojo y el negro serán protagonistas. Los huecos y la materia, a través de los más insospechados elementos, se apropiarán de unas geografías cada vez más cerradas, convulsas y apasionadas, pero también estéticamente poderosas y apasionantes. Galicia se rendirá por fin de manera plena, y así, en la Bienal de Arte de Pontevedra de 1996 se le dedica una amplia muestra, que el año siguiente tendrá colofón con una retrospectiva en el CGAC, lo que propició la sucesiva incorporación de sus obras a los fondos Cajas de Ahorro gallegas y en los últimos años, visualizado bajo el amparo de la galería compostela SCQ que en 2006 ofreció su última exposición en Galicia.


¿Y ahora qué?| Sorprende ver, mejor dicho no ver, cómo los grandes medios de comunicación han orillado su muerte, mientras la reciente desaparición de otro inmenso creador, Antoni Tápies, llenó numerosas páginas. Un revelador hecho que muestra el escaso interés de Leopoldo Nóvoa por convertir su obra en un escaparate vanidoso y el lamentable desconocimiento que de su obra todavía se tiene, quizás no tanto en nuestra tierra, como en el resto de España. Tras la muerte quizás sea el momento de revertir esa situación, de profundizar en el legado de un artista como pocos en Galicia. Pontevedra, su tierra de nacimiento, la ciudad que le distinguió con el Premio Ciudad de Pontevedra en 1997, podría tener en su figura un acicate para dinamizar su faceta cultural. ¿Por qué no plantear la creación de una Fundación con su nombre destinada a mostrar y divulgar de manera permanente su obra y figura? Creo que es una ocasión que merece la pena ser analizada para poder así explorar todos estos profundos rastros de poesía y memoria.

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad
de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

 "Serán ceniza..."
José Ángel Valente.
Publicado en Diario de Pontevedra 4/03/2012

Natura pictórica

«Todo arte viene de la naturaleza, el que puede arrancarlo de ella, solamente éste la posee» Con esta frase de Durero se cierra el catálogo que acompaña a esta exposición de Darío Basso (Caracas, Venezuela, 1966) en el nuevo edificio del Museo de Pontevedra, pero es también una frase que nos permite abrir una especie de ventana al universo creativo de este hombre que llega a Vigo con solo tres años para convertirse en el futuro en artista a través de un proceso de identificación con la naturaleza, que se irá afirmando con numerosos viajes por el mundo.


A lo largo del año por una ciudad como Pontevedra pasan exposiciones de lo más diverso, con mayores o menores pretensiones, pero que ofrecen un abanico de lo más variado. Dentro de ese abanico hay algunas muestras que pasarán al recuerdo de los amantes del arte. Tanto por las pretensiones de su planteamiento, el montaje en el espacio requerido y sobre todo, por la contundencia del trabajo en cuestión. Así sucede con la muestra de Darío Basso  que se presenta en el nuevo edificio del Museo de Pontevedra hasta el 16 de marzo y que bajo el nombre de ‘Materialeza 1999-2011’ recoge un conjunto de trabajos agrupados en varias series que recorren diferentes puntos del mundo, lugares en los que han sido creadas por un artista que se deja envolver por el manto de la naturaleza para evocar un universo propicio para que la recepción por parte del visitante implique todo ese potencial que el artista ha sabido ver en su elemento inspirador. Ese carácter abrumador que tantas veces nos muestra la naturaleza se repite en cada una de las series que conforman la exposición, generando un ecosistema en el que de nuevo nos encontramos con nuestra inherente fragilidad.
Materia| Responde Darío Basso a ese sentimiento de pertenencia a un ente superior, a una naturaleza a la que se reverencia una y otra vez de la que se aprende y se intenta comprender su valor así como el proceso de degradación al que el ser humano suele someterla. Artistas como Fernando Casás o Jorge Barbi, se mueven también en esa dinámica y su trabajo suele ser demandado en mayor medida desde fuera de nuestras fronteras que en su propia tierra, de ahí la importancia de esta muestra. El valor que posee como recorrido por una vida y por una serie de experiencias que son las que permiten la maduración de persona y obra. Y así lo vemos si partimos de ese gran mapamundi que centra la exposición y del que nacen cada una de las series que configuran la muestra. ‘Equinoccial’, ‘Leviatán’, ‘Ons’, ‘Urpflanze’, ‘La nave del argonauta’, ‘Acimut’, ‘Agoritmi dixit’... y así hasta completar un itinerario vital que refunda la manera de entender el arte del artista, de mirar y de recrear la naturaleza experiencia a experiencia.
Pintura y materia van interrelacionándose en un proceso de sedimentación, de conjunción que es lo que configura el paso de lo real a lo imaginado, de lo vivido a lo sentido, de lo natural a lo sobrenatural y es que del trabajo de Darío Basso trasciende un sentido de inmanencia, un panteísmo propio de culturas primitivas, y es que esa aproximación artística del autor a la naturaleza no se puede desligar de ese sentido primigenio como deidad y elemento de culto que ofreció la naturaleza a diferentes culturas. No solo hablamos de culturas prehistóricas, sino de pueblos que todavía hoy en día permanecen alejados del influjo del hombre moderno al estilo occidental tal y como lo conocemos.

Templo| La espectacular disposición propuesta desde el Museo de Pontevedra confiere al conjunto de la muestra ese carácter de templo primitivo, de cueva demiúrgica desde la que se honra a la madre naturaleza. Darío Basso sabe armar esa condición y ponerla en relación con el hecho pictórico más contemporáneo, de ahí la riqueza de su discurso y el éxito de su planteamiento. Modernidad que parte incluso de esos cuadernos de viaje, pasos premonitorios ante el hecho futuro de la traslación al gran mural, que se vislumbran como la idea original a partir de la cual actuar y edificar la nueva naturaleza, en la condición que al artista convierte de pretender evocar lo que existe a su alrededor y que en el caso de Darío Basso no se limita al hecho natural, al elemento botánico, por decirlo llanamente, sino que se integra en una acolmatación de hechos que se ligan al lugar donde surgen cada una de esas series. Y así es como ‘Leviatán’ se acerca a la catástrofe del Prestige, ‘Urpflanze’ indaga en la generación de las flores desde un pensamiento de Goethe o ‘Algoritmi dixit’ reflexiona sobre las barreras culturales entre oriente y occidente, generándose de esta manera un fértil imaginario donde la construcción histórica del ser humano se asienta en la naturaleza como forma y fondo de un arte que hace de lo natural pintura, y de la pintura naturaleza. Dos vías inagotables.


Publicado en Diaro de Pontevedra 5/03/2012
Fotografías: Rafa Fariña

domingo, 4 de marzo de 2012

Una ventana al arte

En los próximos días tenemos la posibilidad de asomarnos a una ventana muy especial, la que desde ‘A librería de Marín’ se abre para que podamos visualizar obras de diferentes creadores, pero también para asomarnos a un interior que supera el concepto de librería comercial para posicionarse como un centro de creación y de animación cultural, algo de lo que Marín no está excesivamente sobrado. La obra de Fernando González es la que ahora nos convoca y la que podemos disfrutar.

Entrar en una librería cada vez más se está alejando de aquella anticuada sensación que recibía el cliente cuando accedía a lo que no era más que un almacén de libros. Hoy en día ya son muchas las librerías que apuestan por dinamizar su espacio, por ofrecer al cliente un amplio abanico de opciones que le motiven de cara al acceso a la lectura, pero también buscando la sensación de que en ese lugar tan especial confluyen diferentes actividades relacionadas con la cultura de las cuales poder sacar un provecho para su persona.
‘A librería de Marín’, en la rúa da Roda, acaba de cumplir siete años abierta al público y desde hace unos meses lleva generando entre los aficionados al libro en Marín muchas y buenas de esas sensaciones comentadas. De la mano de la emprendedora Rosa Neutro-Licenciada en Bellas Artes- se lleva proponiendo con el respaldo de la propietaria, Marta Díaz, diferentes opciones que sirven para que Marín poco a poco asista a un lugar de dinamización cultural. En estos momentos un curso de fotografía que ofrece la propia Rosa Neutro, con quince personas inscritas, centra su atención a lo que se le une la exposición de una pieza artística que aproximadamente durante un mes se instala en la propia tienda.
‘Ollada obrigada’| No en un lugar cualquiera, sino en ese ámbito intermedio entre el exterior y el interior, entre la realidad de la calle y la realidad de un espacio donde se reconoce, una vez que accedes a él, el mimo por todo lo relacionado con el ambiente cultural. Desde esa ventana en los últimos meses los transeúntes de Marín han visto las obras de la propia Rosa Neutro, Fernando Lafuente, Antía Sánchez, y en esta ocasión, hasta mediados de este mes de marzo la instalación 'A ollada obrigada' de Fernando González. Una pieza que este artista, nacido en Vigo pero afincado en Marín, nos propone como un juego de miradas, un conjunto de fotografías de pequeño formato insertas en unas cajas de madera que a medida que transcurre el tiempo de la exposición van modificando su relación con el espacio, variando su posición y altura, componiendo nuevas visiones que suscitan así, ante el caminante que se detiene ante el escaparate, una nueva percepción. Una obra en permanente ejecución, en constante tránsito en sí misma para modificar la propia mirada que la pieza genera en su reflexión interna, la provocada por esos juegos de sombras y luces, elementos arquitectónicos donde la luz se erige como protagonista. Son pequeños guiños hacia nuevas realidades que nos obligan a participar de la pieza, a dirigir nuestra mirada al interior de esas cajitas donde el hecho de mirar a través de esos singulares objetivos nos convierte en parte de ella y también de este proyecto cultural y casi de vida, que dos mujeres generan en Marín como una referencia de lo que se puede lograr desde la ilusión y las ganas de presentar una propuesta novedosa. Literatura y arte se amalgaman desde este espacio, en el que una ventana simboliza aquello a donde asomarnos, aquello que nos permite descubrir de que material están hechos los sueños.

Bob


La esponja amarilla con piernas y corbata que mantiene pegados a nuestros hijos al televisor parece que se va a convertir en la penúltima víctima de la crisis económica. Los ERES van a llegar al mundo submarino y surreal de Fondo de Bikini, hasta donde Mariano Rajoy se sumergirá cual Neptuno tronante para poner de patitas en la calle a las estrellas infantiles de Clan TVE. Con las guarderías incrementando sus tasas y limitando a galletas la dieta de media mañana de sus inocentes clientes, la pretendida marcha de Bob Esponja y cía. puede suponer un lastre inasumible para las familias. Cierto es que podríamos sustituir las constantes broncas entre Bob Esponja y Patricio por los ‘cambios de impresiones’ entre Montoro y De Guindos, aunque eso sí, servidor no dejaría nunca solas a sus hijas ante la pareja económica (que no cómica) gubernamental, a fin de preservar su integridad mental, tampoco asegurada con los alocados ‘cartoons’. A éstos todo se le perdona, mientras que a los otros no. De consumarse el ‘dibujicidio’ no sería extraño ver a Bob Esponja el 29-M entre Toxo y Méndez al frente de la manifestación contra la Reforma Laboral, en lo que sería el mayor logro de los sindicalistas en las últimas décadas en favor de los trabajadores, aunque de no poder contar con él siempre podrán tirar del holograma de Jordi Hurtado. A él también lo van a desconectar.

Publicado en Diario de Pontevedra 03/03/2012
Montaje Vicente Caamaño

martes, 28 de febreiro de 2012

Nostalgia cruel



¿Se imaginan ustedes a la Ford recibiendo un premio en el Salón del Automóvil de Detroit por la recuperación y puesta en circulación del Ford T creado en 1908? Pues Hollywood ha logrado algo parecido al colmar de honores a una cinta muda. ¿Tiene algún sentido a estas alturas de la película (nunca mejor dicho) premiar a una obra muda? Con la que el propio Hollywood le montó a Charles Chaplin tras renegar éste una y otra vez de la llegada del cine sonoro, ahora son sus nietos los que se lían la manta a la cabeza y ¡hala! en un ataque de nostalgia, estatuilla que te crió. Woody Allen, en el guión premiado como mejor guión original de esa joyita que es ‘Midnight París’, resume su argumento con aquello de que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor y cómo en cada momento debemos buscar la felicidad, ajustándonos a sus singularidades. Pues contra esa idea que ellos mismos han premiado, la Academia permite que Francia le pinte la cara, y con ‘The Artist’ la coloque frente a su propia historia, ante el nacimiento de su industria cinematográfica. Pero pese a las cualidades que la cinta exhibe, ésta no registra la más mínima comparación con el verdadero cine mudo, culminado con aquella tríada inalcanzable de los Chaplin, Keaton y Lloyd. Ellos sí que se merecían todas las estatuillas del mundo y mucho menos esta nostalgia cruel.
Otro nostálgico, éste circunstancial, ya que es algo que no encaja demasiado con su estilo, fue Martin Scorsese, quien con ‘La invención de Hugo’ también nos hace mirar al pasado, al origen del cine, pero aquí no hay trucos ni pastiches, aquí se apuesta por el lenguaje cinematográfico actual y hasta si me apuran con alguna que otra concesión al futuro más inmediato. Eso es lo que debe ser el cine, un diálogo inserto en su tiempo que permita nuevas expectativas y con una historia donde también haya cabida para la imaginación, la fantasía, y todo ello sin negar la mirada al pasado. Se sustituye la perversa nostalgia por la melancolía y así se crea otra extraordinaria película en la carrera de un director que sigue estando muy por encima de la media. Quizás en un futuro se le acerque otro de los damnificados de esta noche de estrellas y estrellados, Alexander Payne, quien con ‘Los descendientes’ solo se ha llevado el premio al mejor guión adaptado para una gran película que perfectamente se podría haber llevado los premios al mejor actor (el que parecía más evidente hasta ese desvarío nostálgico) y por que no, también los de mejor película y director. Su obra, entre el drama y la comedia, ejemplarmente combinados ambos aspectos, como en la propia vida, generan una película muy cercana al ser humano. Estrellado también se quedó Terrence Mallick con la pretenciosa ‘El árbol de la vida’ y es que sus poéticas galaxias y dinosaurios no acaban de engrasar con el rostro de un Brad Pitt nominado por un gran trabajo en ‘Moneyball’, pero que también se fue de vacío ante el imparable émulo de bigotito ‘fairbanksiano’.
Entre las damas Meryl Streep hizo buenos los pronósticos entrando en la historia con sus tres Oscar. Merecidos fueron los premios a los secundarios, el veterano Christopher Plummer y la solvente Octavia Spencer. Todo dentro de una ceremonia que pierde consistencia en cada edición, y donde el sentido del espectáculo se empieza a apagar en Hollywood. Quizás por teñir de blanco y negro, y silencio, lo que hoy solo debe ser color y sonido, no teniendo demasiado sentido mirar hacia atrás, y más cuando ese pasado es tan glorioso como inalcanzable. Ellos, los cómicos y aventureros del mudo, estarán siempre esperándonos para que volvamos a disfrutar una y otra vez de la verdadera magia del cine.


Publicado en Diario de Pontevedra 28/02/2012


luns, 27 de febreiro de 2012

Aparente soledad

Durante el mes de febrero asistimos en la Galería Sargadelos al trabajo fotográfico de Borja Mucientes (Pontevedra, 1980). Un recorrido por diferente espacios donde la soledad solo es un pretexto para convocar la presencia del hombre.


Vacío, silencio, soledad... son parte de un argumento que se va descolgando de la fotografías que Borja Mucientes nos propone. Retratos de ciudad, ámbitos modernos, precisamente lugares donde se intuye la mayor presencia humana. Pero su presencia es, justamente, su ausencia. Notamos su falta en la oscuridad, la necesidad de un elemento habitual en lo que sería una fotografía ordinaria, pero el autor no quiere ser tan evidente. Al dejar fuera al ser humano lo que consigue precisamente es dejar constancia de su huella, de un tránsito diario configurado por el paso de miles y miles de personas. Esas arquitecturas desnudas de sus pobladores son las que permiten que nos realicemos numerosas preguntas, las que obligan a nuestra mente a completar la escena, a pensar en aquellos que diariamente cruzan como autómatas esos andenes o esos rincones. Lugares habitados pero que en un momento dado retoman su protagonismo, su importancia como un espacio estético camuflado durante el día como un mero lugar de paso. El fotógrafo sabe rescatar a esos ambientes de su olvido cotidiano, afirmando una belleza a la que somos ajenos, dado lo frenético de nuestras idas y venidas. La fotografía, dentro de ese milagro que surge de la congelación del tiempo, consigue mostrar una mirada que suele ser despreciada.
Ecosistema| Es la naturaleza de nuestro ecosistema urbano, del hábitat por donde nos movemos o nos refugiamos, en definitiva, donde encontramos la comodidad a la que nuestra sociedad parece obligarnos a buscar y definir con cada paso tomado en nuestras vidas. Borja Mucientes logra captar ese espacio con doble cara, rescatando esa cara oculta de la luna, aprovechando el amparo de la noche y donde esos focos inciden sobre una aparente soledad que emana de dichas imágenes. Pero además de esas luces dirigidas. Destellos que surgen en estas imágenes para alumbrar toda una serie de rastros humanos, papeles tirados al suelo, alambradas, carreteras, territorios vividos pese a que ya no haya nadie en ellos.
Borja Mucientes nos presenta de esta manera su visión de diferentes ámbitos urbanos, rincones que asoman para mostrar ese mundo que no vemos cuando ya no estamos en él y es que este joven creador muestra un interés particular por este tipo de visiones que, de no ser por su labor, nunca conoceríamos. Una muestra muy recomendable que nos pone en contacto con un joven creador que desde la imagen lleva dando pasos firmes por encontrar un hueco en ese complicado mundo de la imagen, tanto desde la fotografía como desde el cine donde ya ha realizado varios lúcidos proyectos.


Publicado en Diario de Pontevedra 26/02/2012
Fotografía: 'De la serie túnel'. Borja Mucientes