luns, 6 de abril de 2020

Batallas humanas


[Ramonismo 19]
‘La madre de Frankenstein’ es la nueva novela de Almudena Grandes y parte de sus Episodios de una Guerra Interminable



POCAS EMPRESAS literarias se me ocurren más intensas y desafiantes para un autor que la serie firmada por Almudena Grandes bajo el genérico Episodios de una Guerra Interminable. Una aventura de emociones y compromiso que en estas semanas llega a su quinta entrega con ‘La madre de Frankenstein’. Restando, por lo tanto, sobre el planteamiento inicial, una obra para culminar el reto, y con un título ya asignado, ‘Mariano en el Bidasoa’.
Sí, asignado porque una de las características de estos episodios es el de su perfecta concreción en su desarrollo temporal, con unos plazos de entrega y el argumentario de cada uno de ellos perfectamente establecido desde su génesis. Toda esta valentía a priorística se ha ido confirmando entrega tras entrega con unos libros que a mi entender ya forman parte de lo mejor de nuestra narrativa en este inicio de siglo y así han sido reconocidos todos los títulos por un público ya fiel a ellos y también por la crítica, galardonando a dos de ellos, el primero de la serie, ‘Inés y la alegría’, Premio Iberoamericano Elena Poniatowska y el anterior al que nos ocupa, ‘Los pacientes del Doctor García’, con el Nacional de Narrativa 2018.
Pero siendo importantes los premios a buen seguro que a la escritora madrileña lo que más le reconforta, junto a ese cariño de los lectores, es el verse ya llegando al término de lo que comenzó siendo un reto al alcance de no demasiados autores, por lo que podía tener de caer en el hastío o en la repetición de situaciones y ambientes. Almudena Grandes ha sabido generar un fresco de esa posguerra española a la que se le había prestado mucha atención desde las diferentes circunstancias históricas y políticas, a los altos movimientos desde las poltronas y los despachos, a los frentes de guerra, pero nuestra protagonista ha sabido entender y posteriormente reflejar que las grandes batallas eran las de la cotidianeidad, las del día a día en hombres y mujeres en un territorio hostil con la persona, capaz de mostrar las peores caras de un presunto ser humano.
‘La madre de Frankenstein’ nos va a presentar a tres potentes personajes que engrasan todo el relato. Un médico psiquiatra, Germán Velázquez; una auxiliar de enfermería, María Castejón; y una paciente famosa en la historia de España, Aurora Rodríguez Carballeira, la gallega convertida en parricida de su hija, Hildegart Rodríguez. A partir de este triángulo Almudena Grandes genera una gran pirámide de historias y personajes que brillantemente se entrecruzan en escenarios y tiempos diversos, pero siempre con un eje central, el conformado por un poderoso escenario, el manicomio de mujeres de Ciempozuelos. Mujeres, enfermas mentales, un espacio físico apartado del mundo, en definitiva, la construcción de un espacio que como pocos ambientes se puede mostrar más acertado para relatar la podredumbre y miseria moral de aquel franquismo de los siniestros años cuarenta y cincuenta. Locas escondidas y utilizadas como conejillos de indias de diferentes experimentos médicos, sometidas a indescriptibles abusos y humillaciones, a la pérdida de hijos que iban a parar a las manos de acomodadas familias, con el beneplácito y complicidad de la Iglesia. En definitiva, grandes batallas del ser humano que el sonido de los cañones o el terciopelo de los ministerios han ido orillando de los libros de historia y que Almudena Grandes convierte en el germen de estos ‘Episodios Nacionales’ que siguen la estela de su admirado Benito Pérez Galdós, quien pocos homenajes mejores y más sinceros podrá encontrar en el año del centenario de su muerte que un texto tan eficaz sobre esa España que él tan bien alumbró desde su inteligente mirada y certera literatura.
La propia autora, en un apéndice final, narra su encuentro con la historia de Aurora Rodríguez Carballeira y como aquella espeluznante narración, de una madre que disparaba cuatro tiros en la cabeza de su brillante hija, se había depositado en su interior como un posible ingrediente literario, además del interés personal por seguir conociendo más datos de esa historia. Todos los datos se encajan de manera admirable en una historia en la que los conocimientos de la psiquiatría española de aquellos años, moviéndose entre los postulados deleznables del nacionalcatolicismo de Antonio Vallejo Nájera y otras opciones procedentes de Europa, mucho más avanzadas en la consideración de la persona, pero que al no ser aplicadas por los sicarios del bando vencedor en la Guerra, eran desterradas pese al conocimiento de sus evidentes beneficios para los pacientes. Y entre esa dicotomía médica una España con seres buscando huir tras el fin de la Guerra y, con el paso de los años, intentando encontrar su espacio vital en esa gris pátina de nuestra historia en la que las personas no eran más que piezas de un terrible juego en el que ganaban los únicos a los que se le permitía lanzar los dados al tablero de la vida.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 4/04/2020


domingo, 5 de abril de 2020

Desasosiego/ 19. Susana & Salinas. Tándem invencible

Susana Fortes (David Freire)


ASÍ COMIENZA el prólogo escrito por el también poeta Jorge Guillén en el libro ‘Poemas escogidos’ de Pedro Salinas: «En la obra de Pedro Salinas todo se somete a un primer valor: el alma». Pocas poesías en nuestras letras se han sometido más al dictado del alma que la de Pedro Salinas, integrante de aquella inigualable Generación del 27, de talentos maravillosos y en la que el tiempo ha ido estratificando a sus componentes de una manera poco justificada. Y si en esa constelación resplandecen los Lorca y Alberti como dos astros refulgentes, no se ha sido del todo ecuánime con nombres como los de Salinas o Guillén.
Estos días del desasosiego son propios para buscar esas almas poéticas, para adentrarse en estos páramos luminosos en los que la palabra se convierte en un escintilante sosiego para el lector. Leo estos días, con absoluta emoción, ese poemario publicado en los años cincuenta en una edición de Austral ajada por el tiempo, moteada en el marfil de sus páginas por una vida que se va comiendo a los libros que tanto amamos. Mi piel se eriza con cada página, con cada poema, con cada palabra, con cada alma allí contenida. «Yo no necesito tiempo/para saber cómo eres:/conocerse es el relámpago»; «Qué alegría, vivir/sintiéndose vivido», «Lo que eres/me distrae de lo que dices», y así podíamos seguir mutilando esa cumbre de la poesía que es ‘La voz a ti debida’.
Al tiempo que voy leyendo estos poemas recuerdo la lectura de otro libro, ‘El amor no es un verso libre’, escrito por nuestra vecina en la diáspora, Susana Fortes. Compongo así un tándem invencible para la resistencia a la que estamos sometidos. De entre su producción es probable que no sea uno de sus libros más conocidos, no obtuvo premios y reconocimientos como otros, pero yo siempre me he sentido muy a gusto en su interior. Un libro de caricias en un universo cada vez más gris, el de los estertores de una República que venía para ser luz y se convirtió en tinieblas por la acción de los golpistas. Y si había algún faro en esa República ese era la Residencia de Estudiantes, y allí, inteligentemente, Susana Fortes sitúa la acción que parte de la historia de amor de una estudiante americana con un profesor español. La frase que nos adentra en la novela: «Yo no./Te conocí en la tormenta», extraída de ‘La voz a ti debida’, define muy bien lo que estaba a punto de suceder en España y hace del poeta del amor... y del alma, el norte de una novela que acaba incluyéndolo como personaje de ese ambiente cultural que destilaba una atmósfera convertida en mito. Esa historia de amor, con dosis de thriller, se logra en una atmósfera muy especial, como consigue transmitir siempre la autora, al ubicar en momentos y espacios con una fuerza brutal sus textos, conforman una novela llena de una poética, hábilmente incluida en los interlineados de la narración.
Y así, entre las poesías de Pedro Salinas, y la novela de Susana Fortes, se suceden las horas amparado por palabras de tiempos y coordenadas distintas, y muy alejadas entre sí, pero ambas dependientes de los pronombres que somos: yo, tú, nosotros.


Publicado en Diario de Pontevedra 5/04/2020

Un limonero y un discurso



Rue Saint-Antoine nº 170
Poesía. La editorial Kalandraka renueva su apuesta por la poesía con la publicación de dos importantes y necesarios libros. Una selección de doce poemas de Antonio Machado, con ilustraciones de Pablo Auladell, y el famoso discurso pronunciado por Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuentevaqueros




 "Mataron a federico cuando la luz asomaba», escribió Antonio Machado en su poema ‘El crimen fue en Granada’. Dos de las cumbres de la poesía mundial se cruzaron en ese verso como ahora lo vuelven a hacer con la publicación por parte de la pontevedresa editorial Kalandraka de dos libros de esos que se pueden definir como imprescindibles en cualquier estantería, en cualquier alma. El primero de ellos una selección de doce poemas de Antonio Machado, sólo doce poemas, pero qué poemas. Doce alumbramientos a la luz de la razón y la sensibilidad, doce cánticos de humanidad entre el limonero de la infancia y esos cielos azules del final. Y por si fuera poca la importancia literaria de esos versos, todos ellos se sienten acompañados de su plasmación artística a través de las obras de Pablo Auladell. Ilustraciones de una emocionante calidad, capaces de condensar las palabras del poeta sevillano en un redescubrimiento por parte del ilustrador de la esencia del creador de ‘Soledades’. Una esencia que se concentra en esa infancia sevillana, en un patio, en una fuente, o en un limonero. En definitiva, en una infancia congelada en el tiempo que sólo la poesía es quien de descongelar desde el escalofrío en la piel.
Y ese estremecimiento aquí son doce poemas que nos llevan a un itinerario por el discurrir vital del poeta. ‘He andado muchos caminos’, ‘Pegasos, lindos pegasos’, ‘Recuerdo infantil’, ‘Las moscas’, ‘Guitarra del mesón’, ‘Parábolas’, ‘Proverbios y cantares’, ‘La saeta’, ‘A un olmo seco’, ‘La plaza tiene una torre’, ‘El crimen fue en Granada’, ‘Retrato’. Todos cumbres poéticas, todos retazos de una emoción incontenible que sólo la palabra mayúscula de un poeta mayúsculo es capaz de accionar. Sevilla, Soria, lo popular, todo ello converge en esta selección de poemas que son ese tránsito por la vida y que Kalandraka ha aproximado inteligentemente a la infancia, como parte esencial en la producción de esta editorial.
En pocos vates el peso de esa edad es tan contundente y se manifiesta de manera tan continuada. «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla», o ese último verso encontrado tras su muerte en su gabán, escrito en un papelillo: «Estos días azules y este sol de la infancia», son el rastro de una infancia a la que siempre estuvo pegado como debe hacerlo el poeta ante todo aquello que se considera auténtico, ante toda verdad que la vida dispone para su canto.
El segundo de los libros es la publicación en las cuatro lenguas del Estado del famoso discurso pronunciado por Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, FuenteVaqueros, en 1931. Aquellas palabras, tituladas ahora con su rotunda petición de ‘Medio pan y un libro’, es un cántico emocionado destinado a la cultura, y a la necesidad, sin duda vital, que el ser humano precisa de ese alimento, porque así lo entiende en poeta al afirmar que cuando la necesidad le obligue no pediría sólo pan: «Yo, si tuviera hambre y estuvera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro».
Todo el discurso es una fervorosa aclamación del valor y el sentido de la cultura, y aquí debemos entender el momento en el que fue pronunciado, en una España con un secular atraso que comenzaba a superar miserias colectivas desde la proclamación de la República, y en un intento febril, por parte de muchos, entre ellos el propio Lorca, por llevar la cultura a espacios de nuestra geografía con un gran atraso cultural bajo ese proyecto bien conocido de las ‘Misiones pedagógicas’. Pocos discursos podrán encontrar más emocionantes que el del granadino, palabras de quien conoce la importancia del saber como elemento regenerador del ser humano y como el mejor camino para alcanzar en la persona su mejor versión. Palabras que en su versión gallega proceden de la traducción realizada por Henrique Alvarellos, editor que sigue impulsando acciones a favor del conocimiento de la pegada gallega en el devenir lorquiano.
Antonio Machado y Federico García Lorca, dos genios universales a los que Kalandraka honra con las cuidadas ediciones que siempre salen de la factoría pontevedresa. Dos aproximaciones llenas de sensibilidad, de palabras e imágenes que traducen lo mejor de la cultura como canal de transmisión e incluso como esperanza ante un futuro siempre incierto.



Publicado en Diario de Pontevedra 29/03/2020

sábado, 4 de abril de 2020

Desasosiego/ 18. El tiempo pasa volando



HAGO pasar las horas más rápido escuchando un poco de música. Es este un buen momento para repasar discos a los que no se les ha dedicado el tiempo que por su calidad y esfuerzo merecen cuando entran por nuestras casas, y en muchas ocasiones acaban apilados a la espera de ese instante apropiado. Al tiempo que me empeño en limpiar el polvo de mis libros y a recolocarlos de una manera diferente (y aquí el territorio de las manías es inmenso, algún día se las contaré) me decanto por la alegría y la vida de Miguel Poveda.
Su ‘Enlorquecido’ me había maravillado, por aquí lo tengo escrito, como lo hará con toda la comunidad lorquiana al musicar varios de los poemas del granadino y presentarlos físicamente en uno de los discos más bellos editados en nuestro país. Ahora le toca el turno a un doble disco que celebra sus 30 años en la música. ‘El tiempo pasa volando’ es su título, un título al que uno necesita agarrarse más que nunca en estos momentos en los que los minutos parecen solidificarse en estos días del desasosiego. Dos discos y un libreto en el que el propio Miguel Poveda nos cuenta cómo han sido estos treinta años que han pasado desde que se subiera a un escenario por primera vez. Su prematuro interés por la música, el arrimarse al flamenco, su trabajo en la construcción, las amistades que lo fueron perfilando en tablaos y palos hasta aquella noche mágica en el Festival de la Canción Minera de La Unión, conquistando varios de los trofeos incluido el máximo, la Lámpara Minera. El cielo abierto. ‘Viento del este’ su primer disco. Los primeros conciertos y aprender, estar atento a todo lo que sucede en el mundo del flamenco. Tiempo de colaboraciones, de tocar con los mejores, de seguir mejorando. Este trabajo contiene ese periplo, un tiempo que vuela bajo el aleteo de todas estas canciones de un pelaje diferente, pero siempre engarzadas con la emoción flamenca, con el corazón latiendo una leyenda volcada a nuevas músicas. Cante tradicional, pero también muchas canciones que Miguel Poveda ha traído a su modo de cantar para concederles una nueva dimensión, llena de ese terciopelo que es capaz de conseguir su voz entre guitarras y palmas.
Mis libros, resplandecientes, parece que se van acomodando bien entre fandangos, seguirillas y bulerías, estableciendo unos vínculos que los fortalecerán durante los próximos meses en que les tocará estar juntos. Por aquí andan también los poetas, Muñoz Rojas, Gil de Biedma, Lorca...siempre Lorca. Las lunas de cada uno de ellos iluminan una música que se ha ido consolidando en el tiempo desde la honestidad y el orgullo de un hombre sencillo que ha alcanzado un sueño al que asomarse ahora es una bendición.








Publicado en Diario de Pontevedra 4/04/2020

Entrada sobre el disco Enlorquecido de Miguel Poveda:




venres, 3 de abril de 2020

Desasosiego/ 17. Poesía con alfileres



HACE justamente un mes que por nuestra ciudad se movió con sus andares de cowboy de medianoche, sofisticados y cultísimos, Luis Alberto de Cuenca. Hablar durante estos días de lo que nos sucedió hace un mes parece como si nos hubiésemos subido al DeLorean de ‘Regreso al Futuro’ y, tras ver como se agita el contador de los años, sumergirnos en otra dimensión tiempo-espacial, completamente diferente de la que procedíamos.
Pero la vida tiene estas cosas, es lo que tiene moverse por un tablero cada vez más imprevisible y en el que parece que nosotros mismos, con nuestras acciones, vamos cambiando las casillas de los lugares que teníamos como seguros. Lo cierto es que en un tiempo o en otro, en aquel espacio o en este, quizás lo único que nos pueda redimir de nuestras miserias sea la palabra. Palabra como el hecho factual de nombrar aquello que nos sucede, ya que lo que no tiene nombre no existe. Y para nombrar desde la palabra pocas acciones del ser humano más precisas que la poesía, y aquí vuelvo a aquel día de marzo en el que Luis Alberto de Cuenca recitó varios de sus poemas en la Casa das Campás. Es posible que tras el escaso uso desde entonces de ese espacio tan querido por la cultura en nuestra ciudad, todavía estén entre sus antiguas piedras las palabras del poeta prendidas con alfileres. Palabras que ponen el dedo en la llaga, el bálsamo necesario para cauterizar las heridas, pero también sirven de altavoz para las alegrías. Y eso es lo que estamos viendo y palpando durante estos días, las tensiones continuas entre alegrías y heridas, entre felicidad y dolor.
Serían muchos los libros y poemarios a recomendar de un autor con una larga y premiada trayectoria, como Luis Alberto de Cuenca, para estos días del desasosiego, pero quizás sea este ‘Se aceptan cheques, flores y mentiras’ editado por Verso & Cuento el que me parece más feliz para estos días. Tanto su formato, su presentación a cargo de Loquillo, músico con el que el poeta hace buenas migas, y la selección de poemas, hace de todos ellos una acertada aproximación a un público muy heterogéneo. Y esto es lo que también sorprende y emociona de Luis Alberto de Cuenca, esa relación con personajes de un pelaje muy diverso, tanto en lo ideológico como en lo generacional, y a todos ellos parecen destinados estos poemas contenidos en este libro en tres apartados: Cheques, poemas que nos hablan de todo aquello que nos cuesta; Flores, poemas que hablan del amor, y Mentiras, poemas en torno a las fantasías del ser humano. En definitiva, palabras que no entienden de virus, ni encierros, ni saltos en el tiempo. 



Publicado en Diario de Pontevedra 3/04/2020

xoves, 2 de abril de 2020

Desasosiego/ 16. La soledad, una esperpéntica vecina



Piedras calladas y melancólicas. Cielos que nos cubren con sus mil azules cobijando un silencio que estremece. Palomas y gaviotas reinando sobre el piso, mientras las personas se refugian solidaria y de manera comprometida en sus viviendas. Es la imagen que estos días nos ofrece una ciudad cada vez más pensada para la gente y que ahora se revuelve hacia sí misma, completamente desierta.

Pocas situaciones nos pueden producir una inquietud mayor que ver las calles de nuestras ciudades vacías y solitarias. Sin ese transitar de gentes de aquí y de allá que diariamente las ocupan como el mejor síntoma de la cotidianeidad y tranquilidad que pretendemos se haga fuerte en nuestras vidas. Lo sabía bien Alejandro Amenábar cuando en ‘Abre los ojos’ rodó una Gran Vía completamente vacía como la mejor manera de crear el desconcierto entre quienes acostumbran a hacer de esa calle, habitualmente atestada de personas, de luminosos y de coches, el mejor indicio de una presunta modernidad que nos confirme que todo va bien.
Nuestros restringidos y obligados pasos por la ciudad o las imágenes que se reflejan en los medios de comunicación, son los que están dejando en nuestras retinas unos fogonazos que tardaremos en olvidar, convirtiéndose en notarios de estos días de desasosiego que nos zarandean de manera inesperada y, por supuesto, nunca imaginada. Las calles de Pontevedra aparecen convertidas en una procesión del silencio, de un silencio hermético que resuena en el interior de esas fotografías como un estruendo escalofriante. En ese ámbito de nuestra felicidad colectiva mutilado de nosotros mismos, calles, plazas, parques, paseos y terrazas están sumidas en una desorientación que nos lleva a pensar en los días felices, en lo que significa compartir la vida con los demás y hacerlo en una ciudad en la que esa componente humana, y también humanística, es la que está caracterizándola en los últimos tiempos, y por extensión también a unos ciudadanos que han descubierto ese sentido de la polis griega que habíamos perdido bajo otra confusión, la de ese progreso especulativo que, como estamos viendo, atenta cada vez más contra nuestra salud, de manera mental y física.
Aquella Gran Vía de Amenábar es nuestra Ferraría completamente deshabitada, exceptuando las bandadas de palomas preguntándose por aquellas multitudes de niños que les arrojaban sus granos de maíz o la avenida de Montero Ríos, sólo salvada de la soledad por el paseo de algún ciudadano con su mascota, o qué decir de nuestro casco histórico, medalla en el pecho de todo pontevedrés y celebración permanente de la vida, ahora fruto de un desamparo que cierra los locales en los que brindamos por el regalo de la vida, clausura unas terrazas que nos concedían la oportunidad de eso que tanto valoraremos a partir de ahora como es respirar la libertad y donde levantar una caña será lo más parecido a alzar una Champions y comer unos huevos fritos, bien acompañado, recuperar el verdadero sentido de la amistad.
Con este delirio del silencio, con nuestra vida congelada, parece que sólo las estatuas cobran vida en este reino del esperpento, y ahí es evidente que quien mejor se mueve sea nuestro Valle-Inclán al que parece que todo esto no va con él, como si acabase de salir de la biblioteca de los Muruais para darse un paseíto por esta ciudad que lo acogió hecho un zagal y a la que regaló su primera novela. Aquella ‘Femeninas’ de inspiraciones caribeñas que a una Pontevedra de humedades permanentes le sentaría como a un Cristo dos pistolas. Pero esa era la genialidad de don Ramón, la de poner todo patas arriba en un voltear la realidad que culminaría con la consagración del esperpento como género literario y del que ahora tenemos un buen ejemplo en nuestras calles, llenas de un mutismo que va contra su condición natural. Un silencio en el que incluso parece escucharse el violín de Manuel Quiroga, al pasar junto al conjunto de La Tertulia en la plaza de San José, mientras se oyen las animadas palabras de Castelao, Bóveda, Cabanillas, Paz Andrade y Carlos Casares, conversando, entre sus habituales chascarrillos, sobre el abandono que les hemos impuesto. Es como si escondidos los humanos, todos aquellos que parecían tener su vida congelada se adueñasen de lo que en definitiva es su casa permanente, día y noche, llueva o haga calor, haya o no haya estado de alarma, para recuperar una libertad ajena a nuestros ojos siempre inquisidores y a esos turistas que no dejan de abrazarlos para llevarse una fotografía en recuerdo de su paso por Pontevedra. ¡Y ojo a nuestro anarquista Ravachol, a ver si cuando todo esto termine no tenemos que ir a recuperarlo a San Francisco o a la Peregrina, que de todos es conocido su amor por el clero!
Quizás esos abrazos se hayan acabado para siempre, dejaremos de tocar hasta a las estatuas y el mundo será distinto, pero es posible que Pontevedra no lo sea, y siga siendo esa ciudad de amistad imperecedera, como sus piedras, capaz de ser un canto diario a la vida que, cuando las cosas vienen torcidas, se convierte en un monumento a la responsabilidad, deteniendo el tiempo y haciendo del silencio una música de corazones conmovidos ante la llegada de una esperpéntica vecina: la soledad.



Publicado en Diario de Pontevedra 2/04/2020
Fotografía: Gonzalo García




mércores, 1 de abril de 2020

Desasosiego/ 15. ¡Yo no aguanto este sindiós!




DE POCAS personas me estoy acordando más durante estos días de desasosiego que de José Luis Cuerda. ¿Qué pensaría de todo esto que nos está ocurriendo? ¿Cómo le atizaría a nuestros políticos ante el espectáculo que nos están ofreciendo? ¿Qué guion distópico se le podría agitar en el interior de su cabeza? Igualmente echo de menos sus tweets, tan brillantes desde su aparente sencillez, convertidos en dardos envenenados contra todo aquello que le indignase, y que se alejaban tanto desde su forma y fondo del erial de odio y ponzoña en que se está convirtiendo esa red social de la que él era tan devoto.
Pero los que somos devotos de José Luis Cuerda tenemos mucha suerte, ya que podemos recrearnos durante estos días de encierro con sus películas, pero también con varios de sus textos publicados por la editorial Pepitas de Calabaza. Hasta cinco títulos podemos encontrar en su catálogo firmados por el albaceteño, a lo que se le une el prólogo del libro ‘Gracias y desgracias del ojo del culo’ de Francisco de Quevedo. Los textos de su autoría son: ‘Amanece, que no es poco (la serie)’, ‘Me noto muy cambiá’, ‘Tiempo después’, ‘Amanece, que no es poco’ y su libro de memorias, ‘Memorias fritas’, publicado pocos meses antes de su muerte en febrero de este mismo año. Pero sí algo somos los devotos de José Luis Cuerda es amanecistas, fieles seguidores de esa película que cuando la ves te sacude la cabeza y te quita muchas tonterías de encima, y que cuando la vuelves a ver dices: «pero este tío es un genio», y que cuando la ves por tercera vez las carcajadas continúan siendo las mismas, sino más, que cuando la viste por primera vez.
Pues para todos nosotros esta editorial, por supuesto, sumamente amanecista, nos propone el volumen ‘Amanece, que no es poco’. Un libro que, editado en 2013, ha tenido que poner la imprenta a funcionar en febrero para presentarnos una nueva edición de este compendio de todo lo que rodea al mítico film, desde el guion original, no el definitivo, esto es, con varias secuencias que finalmente no fueron rodadas, y con apuntes del propio director, con material fotográfico a cargo de Felipe López, con un prólogo del propio José Luis Cuerda, y hasta un texto con el que presentaba ante Televisión Española la posibilidad de una serie similar al producto cinematográfico final.
Tras las negativas a ese presuntamente disparatado proyecto televisivo y la posterior confirmación de que ‘Amanece, que no es poco’ sería una película, es cuando José Luis Cuerda hace esa producción un gratificante ejercicio de libertad personal como no había podido realizar hasta el momento. Una carta blanca que le permitió basarse en el universo íntimo de un pueblo de Albacete para generar un mundo propio, que va más allá de lo surreal y se convierte en lo surrural. Una perturbación del orden lógico de las cosas adaptado a la visión de este hombre que tan inteligente era que hasta escogió Galicia para pasar buena parte del año. ¡Y haciendo vino!, lo dicho, un genio.
Aprovechen durante estos días y súbanse junto a Resines y Luis Ciges en este viaje por un ecosistema de hombres plantados en la tierra, de elecciones anuales para elegir desde al alcalde del pueblo hasta la puta, de devotos faulknerianos, de curas ovacionados y de extraños amaneceres. Este sindiós que estamos viviendo en nuestras ciudades nos concede en ocasiones esa sensación de perturbación, de no encontrarnos allí donde realmente estamos cómodos. Una sensación de irrealidad que también subyace en esta película que le quiere ganar el pulso a la realidad a través del ingenio y del humor.
En estos tiempos complicados acudir a ese ingenio y a ese humor de José Luis Cuerda los convierten en unos magníficos ingredientes para medirnos ante la gravedad de esta situación. Con este libro a nuestro lado descubriremos muchas de las claves de la película, y podremos conocer muchas de las reflexiones que el director quería provocar en los espectadores a través de esa delirante colmena de personajes, muchos de ellos ya inolvidables en nuestro cine, con los que poder gozar durante nuestro confinamiento, hasta que de una vez por todas se acabe este sindiós en el que estamos metidos.



Publicado en Diario de Pontevedra 01/04/2020