luns, 6 de abril de 2020

Batallas humanas


[Ramonismo 19]
‘La madre de Frankenstein’ es la nueva novela de Almudena Grandes y parte de sus Episodios de una Guerra Interminable



POCAS EMPRESAS literarias se me ocurren más intensas y desafiantes para un autor que la serie firmada por Almudena Grandes bajo el genérico Episodios de una Guerra Interminable. Una aventura de emociones y compromiso que en estas semanas llega a su quinta entrega con ‘La madre de Frankenstein’. Restando, por lo tanto, sobre el planteamiento inicial, una obra para culminar el reto, y con un título ya asignado, ‘Mariano en el Bidasoa’.
Sí, asignado porque una de las características de estos episodios es el de su perfecta concreción en su desarrollo temporal, con unos plazos de entrega y el argumentario de cada uno de ellos perfectamente establecido desde su génesis. Toda esta valentía a priorística se ha ido confirmando entrega tras entrega con unos libros que a mi entender ya forman parte de lo mejor de nuestra narrativa en este inicio de siglo y así han sido reconocidos todos los títulos por un público ya fiel a ellos y también por la crítica, galardonando a dos de ellos, el primero de la serie, ‘Inés y la alegría’, Premio Iberoamericano Elena Poniatowska y el anterior al que nos ocupa, ‘Los pacientes del Doctor García’, con el Nacional de Narrativa 2018.
Pero siendo importantes los premios a buen seguro que a la escritora madrileña lo que más le reconforta, junto a ese cariño de los lectores, es el verse ya llegando al término de lo que comenzó siendo un reto al alcance de no demasiados autores, por lo que podía tener de caer en el hastío o en la repetición de situaciones y ambientes. Almudena Grandes ha sabido generar un fresco de esa posguerra española a la que se le había prestado mucha atención desde las diferentes circunstancias históricas y políticas, a los altos movimientos desde las poltronas y los despachos, a los frentes de guerra, pero nuestra protagonista ha sabido entender y posteriormente reflejar que las grandes batallas eran las de la cotidianeidad, las del día a día en hombres y mujeres en un territorio hostil con la persona, capaz de mostrar las peores caras de un presunto ser humano.
‘La madre de Frankenstein’ nos va a presentar a tres potentes personajes que engrasan todo el relato. Un médico psiquiatra, Germán Velázquez; una auxiliar de enfermería, María Castejón; y una paciente famosa en la historia de España, Aurora Rodríguez Carballeira, la gallega convertida en parricida de su hija, Hildegart Rodríguez. A partir de este triángulo Almudena Grandes genera una gran pirámide de historias y personajes que brillantemente se entrecruzan en escenarios y tiempos diversos, pero siempre con un eje central, el conformado por un poderoso escenario, el manicomio de mujeres de Ciempozuelos. Mujeres, enfermas mentales, un espacio físico apartado del mundo, en definitiva, la construcción de un espacio que como pocos ambientes se puede mostrar más acertado para relatar la podredumbre y miseria moral de aquel franquismo de los siniestros años cuarenta y cincuenta. Locas escondidas y utilizadas como conejillos de indias de diferentes experimentos médicos, sometidas a indescriptibles abusos y humillaciones, a la pérdida de hijos que iban a parar a las manos de acomodadas familias, con el beneplácito y complicidad de la Iglesia. En definitiva, grandes batallas del ser humano que el sonido de los cañones o el terciopelo de los ministerios han ido orillando de los libros de historia y que Almudena Grandes convierte en el germen de estos ‘Episodios Nacionales’ que siguen la estela de su admirado Benito Pérez Galdós, quien pocos homenajes mejores y más sinceros podrá encontrar en el año del centenario de su muerte que un texto tan eficaz sobre esa España que él tan bien alumbró desde su inteligente mirada y certera literatura.
La propia autora, en un apéndice final, narra su encuentro con la historia de Aurora Rodríguez Carballeira y como aquella espeluznante narración, de una madre que disparaba cuatro tiros en la cabeza de su brillante hija, se había depositado en su interior como un posible ingrediente literario, además del interés personal por seguir conociendo más datos de esa historia. Todos los datos se encajan de manera admirable en una historia en la que los conocimientos de la psiquiatría española de aquellos años, moviéndose entre los postulados deleznables del nacionalcatolicismo de Antonio Vallejo Nájera y otras opciones procedentes de Europa, mucho más avanzadas en la consideración de la persona, pero que al no ser aplicadas por los sicarios del bando vencedor en la Guerra, eran desterradas pese al conocimiento de sus evidentes beneficios para los pacientes. Y entre esa dicotomía médica una España con seres buscando huir tras el fin de la Guerra y, con el paso de los años, intentando encontrar su espacio vital en esa gris pátina de nuestra historia en la que las personas no eran más que piezas de un terrible juego en el que ganaban los únicos a los que se le permitía lanzar los dados al tablero de la vida.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 4/04/2020


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