venres, 24 de abril de 2020

Desasosiego/ 37. Maniquíes



Avanzamos, arañas al acecho,
sobre la red de calles y avenidas,
palpita, parpadea la ciudad, incendiada de flores,
frutas, envases de cartón, latas, botellas vacías.
En los acuarios de los escaparates nadan
los maniquíes calvos y desnudos
o cubiertos de tules, linos, pieles
(¡salvad a los visones, a las chinchillas, a los leopardos!,
reza un cartel, portado -igual que un estandarte-
por un hombre andrajoso).

‘Cuaderno de Nueva York’. José Hierro


Una mujer pasa ante un escaparate en Pontevedra (Rafa Fariña)

Testigos de nuestra soledad. Notarios de una irrealidad alucinante, la de unas calles vacías y unos comercios cerrados. Allí están, «en los escaparates de los acuarios», como escribiera José Hierro en su ‘Cuaderno de Nueva York’, los maniquíes, observando un delirio que poco o nada tiene que ver con el frenesí habitual que sucede ante ellos.
Tiene mucho esta crisis vírica de crisis antisistema. Ataca a la economía como nunca habíamos visto antes y si estamos comprobando lo frágiles que somos los seres humanos, el hasta ahora inexpugnable capitalismo también se siente en la necesidad imperiosa de recibir respiración asistida. Estamos ante un virus que se mueve por el mundo globalizado a una enorme velocidad, que diluye fronteras, que mete los aviones en los hangares, que despuebla los hoteles de nuestro turismo desproporcionado, y que somete a los potenciales consumidores a una cuarentena ante la que es incapaz de reaccionar, al atacar aquello que más le beneficia, el movimiento de personas y capitales.
Este Covid-19 es también un virus fundamentalmente urbano, nació en Wuhan, una mole de doce millones de habitantes, y se propagó por un mundo conectado a esa cada vez más poderosa potencia comercial que es China. Crece de una manera terrible en cuanto al número de víctimas allí donde encuentra una intensa contaminación, tal y como se ha comprobado desde varios estudios universitarios y científicos con datos tan evidentes como que el 78% de las muertes registradas en un solo día tuvieron lugar en zonas de una altísima contaminación, como fueron cuatro regiones del norte de Italia y Madrid. Espacios en los que el cielo, que es algo siempre muy poético pero que con los pies en la tierra no deja de ser el aire que respiramos, registra una brutal concentración de partículas contaminantes en el aire. Wuhan, esas cuatro ciudades del valle del Po y Madrid se localizan entre montañas, lo que permite estabilizar esa contaminación sobre las ciudades, formando una nebulosa que asfixia la salud. Durante estas semanas, en las que se ha detenido en gran medida la actividad económica, se han recuperado esos mismos cielos azules, ofreciéndonos imágenes impensables bajo nuestro fagocitador ritmo de consumo anterior. Son todas urbes en las que el tráfico y las calefacciones saturan nuestro aire. Metrópolis, a las que también podemos sumarle Nueva York, con unos datos escalofriantes de fallecidos, y que tras haber planteado simulaciones en el descenso de esas cifras de contaminación, se comprueba cómo el número de muertes por coronavirus bajaría su porcentaje.
La OMS ha establecido, desde hace tiempo, que «la contaminación es el enemigo número uno de la salud pública». Como siempre que se dan este tipo de alertas, miramos hacia otro lado, indolentes ante nuestra irrenunciable capacidad para destruir el mundo desde una premeditada inconsciencia que nos lleva a un desbocado consumo que agota recursos y destroza a una naturaleza que, desde nuestro confinamiento, respira cada vez con mayor intensidad. Impresiona ver las imágenes que nos llegan durante estos días de rincones del mundo en los que esa naturaleza revive a un ritmo que plantea un hilo de esperanza para cuando todo esto se solucione. Las aguas transparentes llenan los canales de Venecia, una de las cumbres del turismo que ha sustituido la podredumbre de sus aguas por un ecosistema en el que incluso se han detectado medusas. La India, donde registramos una de las grandes masificaciones de población, nos ofrece un Taj-Mahal perfectamente nítido ante nuestra visión, como esa Muralla China, en la que los escasos visitantes que allí llegan respiran un impensable aire puro, o Madrid, que ha colgado en el perchero esa boina que hacía de la capital uno de los espacios más contaminados de Europa.
El futuro que tiene que venir debe pasar inevitablemente por un futuro en verde. Por un aprovechamiento muy diferente de los recursos energéticos a cómo lo estábamos haciendo hasta el momento. Un planeta más sostenible será el que nos pueda sostener, pero para eso debemos poner mucho de nuestra parte y, como mínimo, reflexionar desde, al menos, tres ámbitos. La apuesta por un equilibrio territorial que distribuya la población de manera homogénea por nuestro territorio, menguando las grandes concentraciones urbanas. El consumo tiene que adaptarse a nuestras posibilidades reales y no encontrarnos con armarios que ordenamos durante estos días y ante los que no dejamos de sorprendernos por una cantidad de ropa que seremos incapaces de gastar en toda nuestra vida y, en tercer lugar, la apuesta por el reciclaje, esa ropa tiene que tener otras vidas después de nuestro uso, así como nuestros residuos diarios deben ser aprovechados de una mejor manera y con especial atención al consumo de plásticos y sus derivados, una especie más de nuestros océanos.
Vemos, junto a otras razones más inmediatas, como Galicia, con una dispersión de población muy superior al resto del Estado, ha resistido mejor el empuje del virus y Pontevedra, una ciudad pensada desde hace años en esa clave de humanización, de reducir los flujos de tráfico, y con una apuesta firme por el reciclaje, presenta índices bajos de enfermos y víctimas por un virus que en esto sí que parece nos da la razón. Ahora los maniquíes nos observan, mudos, pero atentos a nuestros próximos pasos, entre la responsabilidad y la irresponsabilidad.



Publicado en Diario de Pontevedra 24/04/2020

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