miércoles, 20 de septiembre de 2017

John Berger en el no olvido


Han pasado casi nueve meses desde que se conociera su fallecimiento. La muerte de John Berger. Nueve meses después la buena noticia es el no olvido de una de las personalidades más interesantes de la cultura mundial de las últimas décadas. Un no olvido que se ha visto alentado con un homenaje realizado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid propuesto por numerosos escritores, periodistas, artistas, músicos o directores de cine, entre un amplio muestrario de sus afinidades creativas, así como de las amistades que cultivó con el mismo esmero con que lo hacía con los productos de su huerta de Saboya. Entre ellos dos de los nuestros, Manuel Rivas y Alfonso Armada, inquebrantable conexión gallega con el escritor londinense.
El propio Manuel Rivas prologa de manera tan hermosa como intensa el libro que acaba de salir primorosamente publicado por la editorial Nórdica ‘Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos’, traducido por su siempre fiel Pilar Vázquez con ilustraciones de Leticia Ruifernández, en el que John Berger estaba trabajando cuando le sobrevino la muerte. Un libro en el que se recoge esa mirada singular y generadora de otras miradas en quienes estábamos siempre pendientes de sus pensamientos. Porque si algo nos enseñó John Berger es a pensar, a enfrentarnos con la cultura, y específicamente con la obra de arte, no de una manera frontal, sino como un gato merodeando ante una presa, posando nuestra mirada allí donde algunos profesores en las facultades nos dijeron que no la pusiéramos, en definitiva, acercándonos al arte como un ente vivo con sus voces bajas surgiendo de su interior. Es la «mirada fértil» a la que alude Manuel Rivas en ese prólogo o en palabras incluidas ahí mismo de Paul Celan: «Hay ojos que van al fondo de las cosas. Que divisan un fondo. Y hay otros que van a lo profundo de las cosas. Ésos no divisan ningún fondo, pero ven más profundo».
Esa sima es la que ha dejado balizada en vida John Berger a través de sus textos ante los que nunca uno se queda indiferente. Textos entre los que se acumula un inmenso silencio, ese mismo silencio con el que el periodista Juan Cruz tituló una de las últimas entrevistas realizadas a John Berger apenas dos meses antes de su muerte: «El silencio no miente». Ese silencio es en el que nos ha dejado su ausencia, y ese silencio, ciertamente, no miente. Envueltos en él somos incapaces de olvidar, de sentirnos ajenos a esa figura tallada, arruga tras arruga, para la eternidad. Ese  mismo silencio fue el que se rompió un día cuando escuchaba un rondó de Beethoven, cuatro semanas después de la muerte de su mujer, con la que había compartido cuarenta años de vida. El silencio volvió a no mentir y John Berger se vio obligado a escribir un pequeño libro que desborda sensibilidad. ‘Rondó para Beverly’ es un homenaje a una memoria inquebrantable, a ese no olvido al que la vida nos obliga con ciertas personas que nos rodean de una u otra manera. El pasado viernes el Círculo de Bellas Artes se encontró de bruces con la verdad del silencio al acoger ese no olvido al que los fieles a John Berger nunca permaneceremos ajenos. A través de sus ‘Modos de ver’ nos enseñó a mirar el arte o a una naturaleza que, inteligentemente, trataba de la misma manera para componer un sentido de la vida comprometido y resistente, una lección inasequible al paso del tiempo que con actos como el celebrado dinamita cualquier sentimiento de ausencia, yendo más allá del puntual recuerdo. Es el no olvido.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 20/09/2017


jueves, 14 de septiembre de 2017

Winter is coming

Achéganse escuros nubeiros ao MARCO de Vigo, un referente artístico que comeza a verse ameazado pola inxerencia política



O inverno achégase. O adagio da famosa serie ‘Juego de tronos’ pendúrase da solaina que preside a fachada pétrea do MARCO na rúa do Príncipe. Príncipes, pedras e cárceres, e agora iso, o laio dun edificio, dun proxecto que sente a ameaza da incertidume. Semella que non serán tempos sinxelos os que veñen para a institución cultural viguesa, unha das poucas que miran cara a arte contemporánea para, ao fin e ao cabo, medir a realidade na que estamos envoltos.
En Pontevedra sabemos moito do que é facer dun museo unha plataforma política. É por iso que os ventos que comezan a arrodear ao MARCO semellan que se van a levar por diante todo o bo que se fixo ao longo dos anos que leva aberto, co que iso costa recuperar cando pase o inverno. Un Museo hoxe é un ronsel de pensamento que vai máis aló de ser un contedor de cadros adicado a encherlle a mirada a centos ou milleiros de visitantes entre os que fotografarse o responsable político de turno. Un Museo hoxe enténdese dende unha dimensión que o vencelle co que acontece no tecido social que o rodea, isto é, explorar límites, resituar aos artistas (aos de antes e aos de agora-para proba non hai máis que achegarse a actual mostra arredor da obra de Ánxel Huete) e establecer canles de comunicación entre a arte e a sociedade que mobilicen o pensamento da cidadanía.
Dende que pouco antes do verán se coñecese que o Concello de Vigo ía controlar de xeito absoluto, e semella que absolutista ese centro, engadido á marcha do seu actual director Iñaki Martínez Antelo e as coñecidas intencións do alcalde-comisario de que alí se acolla unha colección de pintura que agora se amosa distribuída en diferentes espazos municipais, intúese que o inverno non vai ser moi proclive para un espazo que resituou a Vigo no ámbito internacional da arte contemporánea. Nin todo un exército de dinosetos, nin as surrealistas Feiras de Abril do Arenal poderán nunca competir con esa imaxe, que non é xa só un xeito de recoñecemento xeográfico, senón que a iso engádelle a excelencia dun discurso intelixente.
O MARCO foi quen, ao longo destes anos, de superar os moitos problemas con que sempre se atopa o tecido cultural, máis aínda en Galicia, máis aínda se nos movemos nos territorios da contemporaneidade, sempre cun complexo engrase coa sociedade. As liortas entre institucións, as perdas de financiamento, a crise, todo iso foi minando posibilidades, pero non así as ilusións duns profesionais que souberon manter a flote unha programación da que sentirse orgulloso, non só o Museo, senón tamén o propio Vigo. Tanto lles custa entender aos políticos que eles son os primeiros que lle sacan proveito a unha xestión coherente a cargo dos profesionais? É plausible a achega económica feita polo Concello ao longo deste anos, moi por riba das realizadas pola Xunta, Deputación e Ministerio de Cultura, pero iso non é un salvoconducto para tentar meterse onde non saben e onde o máis seguro é que rematen facendo un ridículo tras outro. Custa demasiado erixir estas institucións culturais que precisan do tempo e de aunar diferentes posturas en moitos eidos como para que un capricho ou a idea dun iluminado deixe todo en ruínas.
Winter is coming, as tebras comezan a cercar á claridade, os cabaleiros empuñan as súas armas para a loita, para a conquista dun territorio ignoto, o da arte, o da sensibilidade e o respecto polos profesionais. Atentos aos seguintes capítulos.  



Publicado no Diario de Pontevedra e no Progreso de Lugo 13/09/2017

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Torrente Ballester, hijo de Teucro

Rue Saint-Antoine nº 170
Memoria ▶ El inicio del mes de septiembre de 1997 asistió a un acto de justicia y honor, al recibir el escritor Gonzalo Torrente Ballester el título de Hijo Adoptivo de Pontevedra. Una ciudad clave en su vida, en la que residió durante dos años en sus «años más felices», como él los definió, y que le sirvió de inspiración para su gran novela, ‘La saga/fuga de JB’.


«El mejor de los rincones conseguidos a lo largo de mi vida lo tuve en Pontevedra». De esta manera se refería el escritor ferrolano a su vivienda en la pontevedresa calle Arzobispo Malvar. Pocos autores tan geniales han hablado tan bien de una ciudad, de un espacio que para Torrente Ballester se convirtió en un reducto mítico. Pontevedra, en cambio, sigue ausente de ese recuerdo, como si en realidad levitase sobre el afecto del escritor que convirtió a Pontevedra en Castroforte del Baralla en la mejor novela en castellano del pasado siglo. No intenten encontrar la casa de Gonzalo Torrente Ballester en Pontevedra sin que alguien les lleve, ni una placa, ni un mínimo recuerdo baliza ese lugar que en otras ciudades se honraría de manera perpetua, tampoco una estatua o un monumento sobre su paso en todo el término municipal. Solo silencio y olvido. Seguimos levitando.
Hace veinte años sí que Pontevedra se acordó del enjuto escritor nombrándolo Hijo Adoptivo de Pontevedra. Fue un cinco de septiembre cuando en el Teatro Principal Juan Luis Pedrosa, alcalde de la ciudad, le concedió ese título al autor de ‘Los gozos y las sombras’ en un acto oficial que el protagonista se encargó de desengrasar con su habitual ingenio e ironía. Ante la Corporación Municipal en pleno, la familia y amigos más íntimos y el rector de la Universidad de Santiago Darío Villanueva. «Gonzalo Torrente Ballester elevó a Pontevedra a la categoría de novela magistral y era de justicia que, cuando menos, recibiera este más que merecido tributo de nuestra ciudad, en la que ya mantenemos permanentemente su presencia en uno de nuestros institutos bautizado con su nombre»,  así justificó el alcalde de la ciudad esta concesión que tuvo durante el acto la intervención del crítico literario y amigo personal del autor, José Ponte Far quien pronunció una conferencia sobre la imbricación de Pontevedra en toda la obra de Gonzalo Torrente Ballester, ciudad que tuvo un importante papel en su vida, ya que desde ella se volvió a proyectar su figura como intelectual y escritor, además de la huella sentimental que dejó en quien necesitaba al menos venir dos veces al año a Pontevedra.
Después de los preceptivos elogios tomó la palabra el homenajeado que, a sus 86 años, mantenía una extraordinaria lucidez, como demostró en su contestación a tanto elogio en una hilarante intervención: «tanto el alcalde como Pepe Ponte son unos exagerados, a mi me gustan estas exageraciones pero hacen de mi un ‘globito’ de esos que se pueden hinchar a voluntad». Para continuar:  «Ya soy demasiado viejo para estas cosas os podría hablar de pie y sin equivocarme», argumentó el escritor para justificar sus palabras pronunciadas sentado y encorvado sobre una silla. Finalizó sus palabras agradeciendo a todos los pontevedreses el galardón concedido, al tiempo que se mostró sorprendido por «todas las cosas bonitas que se dijeron. Saben más que yo, porque muchas de ellas no las sabía».
Lo que se suponía un castigo al final se convirtió en uno de los mejores regalos de su vida. Su decisión de apoyar a los mineros de Asturias que protagonizaron una sonada huelga en 1962 motivó la reacción del aparato franquista, expulsándolo de sus trabajos en Madrid: crítico teatral en Radio Nacional, también en el diario Arriba y de las clases de historia que impartía en la Escuela Nacional de Guerra. Sin trabajo, Gonzalo Torrente Ballester se dedica a traducir novelas del Oeste y policíacas, al tiempo que solicita el ingreso en el cuerpo de Catedráticos de Instituto. El destino, visto para un funcionario de Madrid no podría ser más negro. Un punto geográfico en Galicia sobre el mar, lejísimos de Madrid: Pontevedra. Pero Gonzalo Torrente Ballester ya conocía la ciudad, su paso por Bueu, a donde llega a principios de los años treinta por el destino de su padre, y donde contrae matrimonio con su primera mujer, le hacen más agradable la llegada a una ciudad tranquila con tiempo para poder escribir. Si Bueu fue la gran inspiración para esa obra monumental escrita en tres partes ‘Los gozos y las sombras’ (durante estas semanas de madrugada La 2 está programando la famosa serie rodada en Pontevedra), la ciudad del Lérez sería el sustrato con el que alimentar la que sería su mejor novela, ‘La saga/fuga de JB’. Pero además de inspiración Pontevedra fue ese rincón inolvidable lleno de amigos, de escenarios que recorrer, de paseos y cafés. Los profesores Manolo Domínguez y Filgueira Valverde, el café Lar, la sastrería Valiño, el ahora Instituto Valle-Inclán, la basílica de Santa María, y los retazos de la memoria de esta ciudad: los Muruáis, Castro Sampedro, García de la Riega... fueron armando una relación que se mantuvo siempre. Jurado de los Premios Julio Camba, pontevedreses como Carmen Becerra o Miguel Fernández-Cid, desde la Fundación del escritor en Compostela siguen hoy tensando esa relación entre Gonzalo Torrente Ballester y Pontevedra como un hilo irrompible que tuvo en ese acto, del que se cumplen veinte años, un momento de goce que hizo olvidar tantas sombras.

Pontevedra mejor que Vigo
El literato hizo un repaso de su vinculación con Pontevedra, ciudad a la que llegó en 1964, pero que ya conocía desde 1928, para impartir clases en el Instituto Femenino, residiendo hasta agosto de 1966, cuando se irá a la Universidad de Albany donde se hizo cargo de las clases de Literatura Española. «El año 28 fue la primera vez que vine a esta ciudad. Era mucho más pacífica que hoy. No había tantos coches, pero aún quedaban piedras muy bonitas». «Mi padre antes de andar por Bueu anduvo por Vigo y yo venía desde Vigo para curarme de la modernidad y buscar un poco de este aire romántico que tenía la ciudad que a mí me gustaba mucho».



Publicado en Diario de Pontevedra 11/09/2017. Fotografía Miguel Vidal

jueves, 7 de septiembre de 2017

Poesía difuminada


Horas antes de cualquier viaje suelo mantener una lucha con mi biblioteca, con los libros que, casi por si mismos, y desconozco en base a qué motivos, deciden saltar a mi maleta para acompañarme durante unos días. Una especie de fuerza sobrenatural es la que lleva a mi mano a coger uno y a dejar otro, a elegir un título o un género literario, sin calibrar en absoluto las consecuencias de esa elección. Es, en el transcurso de ese viaje, y mientras leo sus páginas, cuando surgen las respuestas, dándome cuenta de qué listos y libres son los libros.
El destino era Italia, un escenario idílico para cualquier turista. Sol a raudales, ciudades maravillosas y una constante exaltación de la vida desde el arte, la gastronomía o las personas. Mi mano, junto al necesario y más que obligado ‘Un otoño romano’ de Javier Reverte, entendió que en mi equipaje debería estar un libro de poesía para quizás suavizar las horas previas a conciliar el sueño tras la fatiga de un intenso día sometido por el calor o resguardado en la hora de la siesta junto al aire acondicionado de una habitación de hotel mientras el ferragosto se estampa en las contras de la ventana o compaginando su lectura con un capuchino en alguna de las incomparables terrazas italianas. Todos ellos serían buenos momentos para medirse con la poesía que, al fin y al cabo, es medirse siempre con uno mismo.
Y ahí es donde entra en juego la recopilación que la editorial Visor ha publicado este año con la poesía de Fernando Valverde (Granada, 1980). Un libro que desde hace unos meses descansaba plácidamente entre otros volúmenes en una estantería, silencioso, indolente hacia quien no había encontrado el momento preciso para su lectura. La poesía de Fernando Valverde quiso venir conmigo a descubrir Roma y Florencia, ser una inesperada compañera con la que no se contaba cuando se hacían las reservas y los planes de visitas. Pero ella quiso estar allí y ya para siempre no se podrá entender este viaje maravilloso sin la poesía de Fernando Valverde en aquella habitación mientras escuchas a dos italianos discutir con sus manos, en un tren a Florencia o en un descanso a la sombra tras el Palacio Medici en la plaza de San Lorenzo. Lugares en los que la poesía reclamó su espacio, reivindicó su imponente presencia en un territorio a priori imprevisto para ella, pero ella era quien realmente desentrañaba la realidad: «Al cumplirse los sueños/queda una sensación vacía e incompleta,/el tiempo detenido y el vértigo al futuro».
Un poemario de ciudades que recorre no sólo esos escenarios físicos, sino otros más abruptos, los de un interior que sólo se puede explicar a través de la poesía: «Las ciudades son como los espejos, retratan tus defectos y tus manías». Espejado frente a esas ciudades descubrimos el interior del poeta que en estos veinte años de creación ha ido desvaneciendo contornos, fundiéndose con horizontes, fríos, soledades, pérdidas y derrotas. Discurrir por los poemas de Fernando Valverde es un darse de bruces con la vida, con sus rincones oscuros, allí donde más difícil es explicarnos y más aún entendernos. Donde solemos perder la batalla y la fragilidad amenaza con el fin. Son poemas cargados de frío, de madrugadas sin nadie, de ojos que se cierran, y ello, cuando estás sentado sobre una secular piedra ardiente ante el refugio de los grandes mecenas del Renacimiento, te hace palpar todo de diferente manera, ajusticiado por las aristas de la existencia que sólo la poesía puede difuminar.



Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 6/09/2017

miércoles, 30 de agosto de 2017

Roma


¡O témpora, o mores! Exclamaban los antiguos en referencia a los buenos tiempos del pasado, a las buenas costumbres perdidas con el paso de los tiempos. Visitar Roma, caminar por sus calles, moverse entre sus piedras, plazas, iglesias y monumentos supone caminar por el tiempo, adentrarse en el Panteón, salir a la arena del Coliseo, sobrecogerse ante Rafael y Caravaggio, entender el verdadero significado de la palabra luz. Una semana en Roma significa conocer todo lo maravilloso que es capaz de producir el ser humano, pero también entender de la caducidad de cada uno de los periodos históricos y artísticos que hemos recorrido hasta llegar a este demencial hoy en el que vehículos blindados del ejército deben bloquear las entradas a cualquier edificio o espacio público susceptible de acoger una aglomeración de personas.
Roma, con su calor y su violenta luz de agosto, configura un ámbito de disfrute incomparable. Un encontrarse con esa dimensión histórica del ser humano que, desde emperadores y papas, ha calibrado una ciudad concebida como espectáculo ante ese simple hombre que palidece ante las posibilidades de dioses y santos. Desde las columnas conmemorativas de las gestas del ejército imperial hasta las cúpulas concebidas en el Barroco, Roma se gestiona desde lo abrumador, desde ese hacer del ser humano un ser minúsculo ante la capacidad del poder por dominarnos, por controlar a un pueblo atemorizado desde las más diversas caras del poder.
Pero como todo viaje este debe entenderse desde sus sensaciones, desde aquello que flota sobre la superficie de un océano de descubrimientos maravillosos, de días en los que todo se resume en las cuatro letras de la palabra vida, en la exaltación del disfrute y del goce. Pero al echar la vista atrás son un puñado de situaciones las que sustentan esa semana romana, aquellas que, todavía varios días después, te erizan el vello con su recuerdo. Esos pellizcos son la luz escondiéndose en un ocaso monumental contemplado desde el Campidoglio, allí donde Miguel Ángel cambió el paso de la ciudad; pero también es el sentirse acogido bajo la cúpula del Panteón mientras un haz de luz entra por ese ojo divino que parece conectarte con la inmortalidad; o sentarse junto a la primitiva iglesia de Santa María in Trastevere a tomar una cerveza mientras el sol del mediodía te aplasta y te sirven una bruschetta homérica bajo la música de Rod Stewart en un local de nombre ya inolvidable, Ombre Rosse, lleno de carteles de jazz y de cine. Un espacio único en el que uno se sienta a pensar en los tres años de Valle-Inclán como director de la Academia de España en Roma y cuyo recuerdo vienes de honrar con el permiso de una amable funcionaria que me permitió posar ante las barbas de chivo del escritor en lunes, cuando ese lugar está cerrado. Cruzo el Ponte Sisto y dejo esas calles del Trastevere con la sensación de que si me pusieran un cuchillo en el gaznate para tener que dejar de vivir en Pontevedra este barrio sería uno de los pocos lugares ante el que claudicar.
Uno, que es muy aplicado, se plantó en Roma con lo que debería ser la biblia del viaje a la capital italiana para cualquiera. Me refiero al libro de Javier Reverte ‘Un otoño romano’, escrito durante los tres meses que su autor estuvo acogido por esa Academia que fuera presidida por Valle-Inclán durante la República, escribiendo, a cambio, otro de sus maravillosos libros de viajes. El libro llegó a la Estación Termini cargado de notas, de entradas que deberían ser refrendadas con los pasos del viajero. Una semana no son tres meses, pero sí que el libro es una brújula incomparable para ir a donde hay que ir cuando uno pisa la capital italiana. Es el momento de otro de esos pellizcos, de esas sensaciones que sólo se podrán borrar cuando se pueda volver a beber de esas fuentes de agua increíblemente fresca que te acompañan a lo largo de toda la ciudad. Ese pellizco son las pinturas de Caravaggio, desperdigadas por diferentes edificios que uno debe recorrer como una procesión de vestales. En Roma si algo hay son pinturas de todos los tiempos y manos, pero Caravaggio es diferente. El realismo de sus escenas, su composición o el tratamiento de los temas, que va más allá de lo puramente religioso, convierten en una experiencia única el citarse ante cualquiera de estos lienzos.
Dejamos un pellizco más para el final, quizás el más frívolo de todos, aquel ante el que todo el mundo sucumbe. Miles de flashes de cámaras de fotos procedentes de los rincones más insospechados del mundo no dejan de alumbrar a la gran fuente de Roma, la gran fuente del mundo. La Fontana di Trevi es de esas obras que se hacen para no cansarse nunca de mirarlas, algo así como lo que sucede con toda esta ciudad tan bella como inmortal.



Publicado en Diario de Pontevedra 30/08/2017
Fotografía: Cúpula del Panteón (Ramón Rozas)

domingo, 27 de agosto de 2017

Valle-Inclán caliente

El creador del esperpento es un olvidado precedente de la embajada pontevedresa a México.


“Un tipo completamente extraño, cuya figura exótica llamaba la atención de las gentes. Llevaba un amplio sombrero mejicano, negra y sedosa melena, barba puntiaguda, lentes perfectamente acomodados en una nariz nacida para llevarlos...". Así describía su amigo Antonio Palomero el rastro de la figura de Valle-Inclán por las calles de Madrid, poco tiempo después de su llegada de México, un rastro que no se limita únicamente a su efigie, ya para siempre representativa de su persona, sino que alcanza a su propia escritura y pasión literaria que nunca volvió a ser igual tras pasar por esa Tierra Caliente, a la que llegó por primera vez con 26 años, en 1892. 
Es su propio nieto el que refleja en su recientemente publicado libro biográfico Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno, como Ramón Mª del Valle-Inclán parte del puerto de Marín hacia Veracruz en el buque Havre. Fue Pontevedra, la ciudad en la que el escritor residía y en la que experimentaba sus primeras aventuras literarias desde el periodismo, la que contempló su marcha trasantlántica, tras la que dejó para siempre orillado el articulismo. El paso por México (al que se dice que fue por el atractivo de esa x en el nombre del país) decidió el futuro del escritor, recalentado por un nuevo lenguaje, por una plasticidad expresiva que le impactó de tal manera que fue el sustento para buena parte de su escritura, por lo menos durante los años siguientes a ese viaje, buena parte del cual fructificó en el que fue su primer libro, Femeninas editado en Pontevedra en 1895, pero también en obras posteriores tan importantes en su carrera como las Sonatas o Tirano Banderas.
En los catorce meses que pasa en México trabaja en varios periódicos de Veracruz y el D.F., participa de algunos escándalos por su afición a los duelos y se trae una maleta llena de objetos que permanecerán a su lado durante toda su vida, recordándole el tiempo en el que por primera vez fue plenamente consciente de querer ser escritor. En la maleta Valle-Inclán se traía también el Modernismo, la poesía de Salvador Díaz Mirón y las "Ráfagas venidas de las selvas vírgenes, tibias y acariciadoras como alientos de mujeres ardientes...". Esa brisa caribeña poco tenía que ver con las brumas gallegas, con las temperaturas de las Rías Baixas y con la estética femenina de una sociedad como la gallega a finales del siglo XIX. El choque, tremendo, cristalizó el deseo de experimentar del escritor y de forjar un territorio de fantasías, ergo, la literatura.
Tras desembalar el contenido de esa maleta, de nuevo en la Pontevedra de la que partió y con la escritura como único objetivo, Valle-Inclán pone en circulación su talento con la previsión de marchar a Madrid, pero para ello había que meter otro elemento en esa maleta, un libro. Su primer libro. El mestizaje de aquel modernismo transoceánico y las lecturas realizadas en la rica y vanguardista biblioteca de los Hermanos Muruáis del decadentismo europeo y unas pizcas de literatura erótica, tanto de libros como de revistas o fotografías que llegaban directamente de París, sirvieron de nutriente para esa colección de seis relatos que integraron Femeninas. La condesa de Cela, Tula Varona, Octavia Santino, La Niña Chole, La Generala y Rosarito fueron esas narraciones, algunas de ellas serán retocadas a lo largo de los años, corrigiendo así pequeños errores de juventud. Seis mujeres protagonizando esas seis historias que en algunos casos irán asomando en relatos siguientes del autor. Relatos de mujeres, pérdidas del amor, enamoramientos y pasiones, aires teñidos de Caribe, adjetivos refulgentes, ironías bajo palmeras, aventuras, colores y calores, sabores, miradas y sonrisas, volcanes a punto de la erupción, espumas cálidas, flores y corazones. Es, por lo tanto, un paisaje hecho palabra, que sobre todo emerge en La niña Çhole, el más destacado de los seis, con un indigenismo que posiciona al relato de manera innegable en las tierras aztecas.
Valle-Inclán y sus Femeninas harán que el Madrid cultural ponga el ojo en aquel señor de porte tan singular que comenzaba a sujetarse a su propia leyenda entre lo estrafalario y lo valeroso, algo a lo que estos relatos de amoríos en escenarios salvajes no hacían más que contribuir a ello, a construir un personaje en función de su propia obra, una imbricación entre lo real y lo irreal, entre la vida y la obra. El artista se hacía.
En 1905 comparte vivienda en Madrid con el pintor mejicano Zárraga al cual le uniría una gran amistad. Las Sonatas, las Comedias Bárbaras y Luces de Bohemia, con su esperpento reflejado en los espejos cóncavos, colocan a Valle-Inclán como un escritor total, un dominador de la escritura brillante y ya considerado. México no se olvida de él y así es como en 1921 es invitado a través del embajador en Madrid, Alfonso Reyes, a participar como "huésped de honor de la República en las fiestas del Centenario de la Independencia Mexicana". Ni Valle-Inclán es el mismo ni México tampoco. El dictador Porfirio Díaz es historia y el presidente Obregón poco tiene que ver con aquella política. Regresa Valle-Inclán pero su vista sigue en México, también su pluma, que le sirve para descerrajar una de sus mejores obras, la novela Tirano Banderas, crónica de un dictador tropical, ecosistema que posteriormente repetirían muchos de los mejores escritores latinoamericanos.
La mala salud comienza a golpear su cuerpo, empieza a pasar largos periodos de recuperación y gusta de taparse con un zarape. Un colorido que le abriga y confiere esa sensación de estar bajo una túnica sagrada, un manto que le retrotrae al principio de su vida literaria. La única importante, la que realmente se inició cuando aquella brisa cálida del golfo le anunció que iba a ser escritor: "México me abrió los ojos y me hizo poeta. Hasta entonces yo no sabía qué rumbo tomar".




Publicado en Diario de Pontevedra 23/08/2017
Fotografía: Javier Cervera-Mercadillo

jueves, 17 de agosto de 2017

Pontevedra en fiestas


Se alborota la ciudad en esta semana de bullicio, alegría y diversión. Es el jaleo de sus fiestas, el romper con los hábitos diarios, el conseguir durante unos días eludir esas agotadoras realidades que nos acosan durante el resto del año. Pontevedra organiza sus fiestas entre sus tradiciones y los nuevos hábitos que hoy en día se imponen en una ciudad especialmente pensada para hacerla escenario de la diversión, hábitat del buen vivir y respiradero de ilusiones.
Con las fiestas de la Peregrina siempre pasa lo mismo, unos se ponen de un lado de la cuerda a tirar de ella y otros desde el otro hacen lo mismo. Un vano gasto de fuerzas que, sobre todo desde la esfera política, deja variopintas situaciones, algunas con un cierto punto cómico, pero que por las fechas asumimos con buen humor. Ahí tienen por ejemplo a Jacobo Moreira presentando un cartel de las fiestas con casitas y logo pepero. Todavía me pregunto qué le llevó al edil del Partido Popular a frenarse ahí y, además de posar con el autor del cartel, hacerlo acompañado de una ristra de bellas y simpáticas jóvenes pontevedresas que podrían competir por ser reinas de las fiestas, o porque no hacerlo con un pregonero de abolengo y sustanciales méritos que nos permitiese, cuatro días después de escuchar el pregón de las fiestas, no seguir preguntando quien era la pregonera de este año. Y es que esta ciudad es así, un continuo tira y afloja entre el ayer y el hoy en la que engrasar ambas dimensiones parece una empresa de una enorme complicación.
Hemos visto un pseudocartel que carece de sentido alguno, escuchado un pregón que poco tiene que ver con lo que debe ser un pregón, pero estamos en fiestas y lo uno y lo otro se borrarán como las lágrimas bajo la lluvia mientras la ciudad hace de sus calles el auténtico ring en el que batirse con la fiesta. Las calles llenas de gente son el mejor barómetro para saber que a esta ciudad lo que le importa es pasarlo bien, que perdona todo y que Pontevedra donde se hace fuerte es en sus calles, compartiendo la felicidad de poder disfrutar del paraíso en el que nos ha tocado vivir. Pero Pontevedra también tiene su historia como sustento del hoy y en sus fiestas deben permanecer todavía imágenes como la procesión de la virgen, su ofrenda floral, los fuegos artificiales, su comida de Amigos de Pontevedra, la batalla de flores, sus gigantes y cabezudos, sus conciertos (actúe quien actúe), sus peñas taurinas (las de la plaza, claro) y los propios toros. Todo ello gustará más o menos, participaremos mucho, poco o nada, nos representará en mayor o menor medida, pero es lo que nos ha ido configurando como comunidad. De lo que no se dan cuenta muchos es que todo eso, a lo que tantos le conceden una inusitada importancia, palidece al lado de lo que de verdad da sentido a esta ciudad. A las cañas con los amigos en el Parvadas, en el Americano o en la de Petete, a los lazos de yema de Solla, a los niños chocándole la palma de la mano a los cabezudos, a Rafa Pintos con su sombrero de copa, a la Peña de la Once trabajando a destajo, a tener que ir por las plazas de la Verdura, la Leña o Méndez Núñez y cumplir treinta minutos de paseo hasta encontrar un sitio en el que poder sentarse, a cruzar Michelena esquivando los coches de pedales, a sacar un número para poder cenar en El Pitillo, a los partidos de fútbol en Curros Enríquez, a los turistas que se preguntan ante la estatua de Valle-Inclán si en realidad era tan poquita cosa, a no olvidar nunca a Sonia Iglesias, a girar la cabeza cuando escuchas la voz de Meli Fandiño dándote ganas de contarle lo de la calle Lepanto a ver si ella lo arregla.
En definitiva, Pontevedra donde se la juega es en la distancia corta, en ese escenario de vida en que se ha convertido en los últimos años y en el que durante estos días hemos asistido a secuencias que hablan de su potencial. El ‘Festival de Jazz’, ‘Aquí cántase’ o ‘Itineranta’ son geniales prolongaciones de la fiesta en que se convierten estos meses y que explotará definitivamente en la ‘Feira Franca’, allí donde todos, los de un lado y otro de la cuerda, se sientan en una misma mesa para lograr la apacible identidad de una aldea gala en el fin del verano. Pero si recuerdan bien en ese banquete el pobre bardo acaba siempre amordazado y atado a un árbol, y ahí sí que les dejo libertad total para que aten al suyo. Mientras se lo piensan acaben bien estas fiestas, las fiestas de una ciudad para todos.



Publicado en Diario de Pontevedra 16/08/2017
Fotografía: Rafa Fariña