miércoles, 19 de junio de 2013

Fugas desde Castroforte

En junio de 1910 nacía Gonzalo Torrente Ballester. Su vida estuvo marcada por la itinerancia por diferentes ciudades, pero Pontevedra fue siempre un lugar muy singular para él, hasta el punto de convertirlo en uno de sus favoritos.


Era julio de 1966 cuando Gonzalo Torrente Ballester, catedrático de Literatura en el Instituto de Pontevedra, pronunciaba una conferencia sobre ‘El método Valle-Inclán’ organizada por el Ateneo de Pontevedra, entidad de la que él mismo había sido fundador, entre otros muchos destacados pontevedreses, junto a Alfonso Zulueta de Haz. Ese acto se entendía también como una despedida del escritor de esta ciudad, a la que había llegado en 1964 y de la que se marcharía el último día del mes de agosto. Eran momentos en los que se encontraba preparando su viaje a la Universidad de Albany, hacia donde marcharía en busca, entre otras cuestiones, de tiempo para escribir. Pero con esa marcha Torrente Ballester (quizás, y esto lo digo yo, el mejor escritor español del pasado siglo) se llevaba dentro de las maletas la que sería no solo una relación esporádica con Pontevedra, sino una vinculación eterna.
En una vivienda de la calle Arzobispo Malvar encontró acomodo el escritor, un lugar que se convirtió en un refugio que siempre recordó por ser un ámbito donde familia y escritura convivían felizmente. Localizado solo a unos pasos de su centro de trabajo, el Instituto Femenino, cada vez que se dirigía a él por un lado dejaba el casco histórico, con la Basílica de Santa María y su Gremio de Mareantes o el Palacete de las Mendoza; y por otro, el barrio de A Moureira, con sus historias épicas de navegantes pero también de Urcos y brumas en la desembocadura del Lérez. Y en ese ambiente, las amistades: Manolo Domínguez, Alfonso Zulueta de Haz..., pero también las tertulias, el café Lar, la sastrería Valiño... Todo era el complemento perfecto para escribir en una buhardilla ante «otoñales atardeceres valleinclanescos junto al río, o vendavales azotando los costados de su camarote abuhardillado», según relata su hijo, y todo ello para alcanzar una felicidad que Madrid y su postura de rebeldía ante el régimen de Franco e incluso ante sí mismo le impidió alcanzar. Aquí lo logró, y él mismo llegó a decir que Pontevedra era «el mejor de los rincones conseguidos a lo largo de mi vida».
Pontevedra ya formaba parte de su vida, y por lo tanto lo era también de su obra, y es así como esta ciudad es esencial a la hora de entender la gran novela de Gonzalo Torrente Ballester, ‘La saga/fuga de JB’, escrita en parte a las orillas del Lérez pero que respira Pontevedra por todos sus renglones. Tanto escenarios como situaciones o personajes tienen mucho de la historia local, amalgamadas bajo el ingenio de un escritor en estado de gracia para configurar esa Castroforte del Baralla «ciudad levitante y ensimismada» de piedras y leyendas, trasunto de la ciudad repleta de mitos que había descubierto durante su estancia. Y si en su obra el tema del mito como vínculo de la sociedad es siempre esencial, cómo no le iba a inspirar una ciudad cargada de ellos, de los que tanto habría oído y hablado en sus queridas tertulias.
Una vez en Estados Unidos tendría tiempo para escribir, así como para encontrar un reconocimiento que la pacata España del momento le negaba. Regresar a Pontevedra ya era muy complicado. Con siete hijos (a los cuales inculcó siempre el interés por Galicia), tras su paso por Madrid y Vigo, será finalmente Salamanca el lugar que se convierta en su residencia. Regresará a Galicia de manera frecuente. Veraneante habitual en A Ramallosa, en muchas de esas ocasiones lo hará también para volver a pisar las piedras de Pontevedra, sentarse en el Savoy o el Lar y encontrarse con sus amigos para reír y conversar de letras y vida.
Pero la presencia de Gonzalo Torrente Ballester se palpa no solo en su obra sino en su integración en aquella Pontevedra que había descubierto y en la que, pese a su pequeño tamaño, su actividad cultural le había deslumbrado. El ferrolano participó en la fundación del Ateneo de Pontevedra, en el cual impartió diversas conferencias. Amante del cine, no fueron pocas sus participaciones en sesiones del Cine-Club de Pontevedra, uno de los primeros del Estado: publicó artículos en Diario de Pontevedra y también ofreció charlas en otros cenáculos, además de pregonar las fiestas de la Peregrina en el año 1970. Formó parte del Jurado de los Premios Julio Camba de Periodismo en numerosas ediciones y en 1997 recibió el título de Hijo Adoptivo de la ciudad. En 1992 asistió al descubrimiento de una placa en el Instituto que lleva su nombre. Pontevedra fue escenario del rodaje de una de sus obras más populares, en buena medida por la serie de Televisión ‘Los Gozos y las sombras’ que, a partir de la novela homónima, se filmó en varios rincones de Pontevedra. Está claro que el rastro de este hombre de figura enjuta es de una gran dimensión, además de un orgullo del que quizás esta ciudad no ha sabido aprovecharse. Sin una placa, calle, plaza o monumento que recuerde esa estancia o vinculación, Pontevedra parece querer mirar hacia otro lado, pero solo hay que leer ‘La saga/fuga de JB’ para entender la importancia de Pontevedra en el autor y cómo tras esas brumas estamos todos nosotros a través de los que nos precedieron. Él nos hizo un monumento, nosotros todavía le debemos uno.
Gonzalo Torrente Ballester también realizó numerosas fotografías de la ciudad. Amante de esa disciplina artística, muchas de ellas las vimos recientemente en la exposición ‘Los mundos de Torrente’, exhibida en el Museo de Pontevedra en 2010 con motivo del centenario de su nacimiento, planteada por la Fundación Gonzalo Torrente Ballester y bajo el comisariado de Carmen Becerra, experta en su obra, además de tener fuertes lazos de amistad con él y el director de dicha Fundación, Miguel Fernández-Cid, casualmente ambos pontevedreses, ¿o no tan casualmente?


Relaciones esporádicas/8. Publicado en Diario de Pontevedra, 18/06/2013
Gonzalo Torrente Ballester pronunciando el Pregón de las Fiestas de la Peregrina de Pontevedra en el año 1970. Camilo Gómez.

martes, 18 de junio de 2013

‘Siempre acabamos llegando ...’


Bajó del estrado y un tumulto de lectores le rodeó, entre ellas una señora que portaba en sus manos uno de sus libros. Ante la petición de una firma, el escritor portugués no puso buena cara y seguidamente recriminó a la lectora diciéndole que aquel no era el acto adecuado para ponerse a firmar libros. José Saramago había llegado a Pontevedra a participar en un congreso sobre Gonzalo Torrente Ballester y su obra ‘La saga/fuga de J.B.’. Admirador del escritor gallego, del que curiosamente se celebró el pasado domingo el centenario de su nacimiento, y en especial de ese título al que comparó con el Quijote, Saramago se presentó en la ciudad con ese aura que poseen los Nobel y la sensación de estar tocados por un halo divino. Es posible que junto con Mario Vargas Llosa, José Saramago sea el escritor del que más títulos haya leído, a lo que se le suma una mirada del mundo y de sus conflictos tan lúcida y comprometida como sus propios textos. Desde la rendida admiración que todo ello comporta, y hasta una asumida condición reverencial, como era lógico y timidez aparte, mi insignificante presencia pasó desapercibida ante su figura. Sin querer importunarle mi única intención era la de sentir cercana la presencia del escritor, corporeizar aquella pluma que tantas buenas horas me había hecho pasar. Creo que durante unas décimas de segundo las mangas de su chaqueta rozaron mi brazo, mientras aquella señora reducía su admiración por el Nobel a marchas forzadas. Me sorprendió su delgadez y altura, pero sobre todo su calavera, un rostro ajado por los años, huesudo, un armazón en el que se sustentaba parte de la mejor literatura del momento. Profundo e irónico, serio y burlón, no sé si me gustaba más leer sus libros o escuchar sus comentarios tras una pregunta.
El viaje del elefante ha llegado a su fin. Ese viaje a través de Europa de un paquidermo de su penúltimo libro metaforiza lo que ha sido su existencia, sobre todo en lo relacionado con su compromiso con un territorio geográfico y humano, una realidad fundamentada en la confianza en esta península, en la que cada vez menos confían, en este rincón por el que apostaba como una unidad, una entidad que sumaría valores y renovaría su fortaleza secular. Para ese libro el escritor escogió la siguiente frase de un supuesto Libro de los Itinerarios como preámbulo a la novela: ‘Siempre acabamos llegando a donde nos esperan’. No se me ocurre mejor frase para cerrar este recordatorio, o quizás sí. Aquella señora finalmente se llevó un libro firmado por José Saramago.


Publicado en Diario de Pontevedra 21/06/2010

Miserias de una guerra


Escribir sobre una guerra siempre deja tras de sí un rastro de dolor y desesperación, pero en este caso no saben hasta que punto esas situaciones se multiplican, al estar narradas por alguien que estuvo implicado hasta lo más profundo en todo aquel ignominioso y vergonzoso conflicto que Europa consintió a las puertas de su mundo feliz, o mejor dicho, en su patio trasero. Allí se permitió que varios pueblos reunidos por la historia en unos acuerdos mal resueltos protagonizasen una carnicería en base al primitivo sentir del ser humano de considerarse superior al que no deja de ser como él.
Velibor Colic nació en Modrica, Bosnia, su casa y lo que había escrito hasta el momento fueron reducidos a cenizas. Se alistó en el ejército bosnio, del que posteriormente desertaría. Apresado, logró escapar y se refugió en Francia, donde vive actualmente y en donde desarrolla su tarea literaria que comenzó en 1994 con la publicación de ‘Los bosnios’, que la editorial Periférica, demostrando el buen olfato que la caracteriza en sus ediciones, ha publicado en España durante estos días. Queda, por lo tanto, patente la implicación de este hombre con todo aquello que rodeó a la conocida como Guerra de los Balcanes y que además de esquilmar a la población de este territorio supuso el episodio más frustrante para Europa desde la II Guerra Mundial, al ser incapaz de detener y reconducir este conflicto del que todavía hoy muchos deberían andar sacudiéndose las vergüenzas.
En solo 120 páginas el autor es capaz de poner ante nosotros toda aquella miseria moral, la capacidad del ser humano para destrozarse a sí mismo y arrastrarse por el fango. Desde la primera a la última de esas páginas asistimos a un horror narrado de manera directa, sin estridencias literarias, simplemente hechos y más hechos que pasan por delante nuestra para conmovernos y horrorizarnos a partes iguales.
Estas entradas se agrupan en tres apartados: Hombres, Ciudades y Alambradas. En el primero asistimos a sucesos protagonizados por Musulmanes, Serbios y Croatas, a través de nombres de personas de los que el autor refleja algún episodio vivido durante el conflicto, ese ponerle nombre a un ser de la comunidad nos hace empatizar con ellos, acortar distancias y mostrar una mayor cercanía a su tormento; en el segundo, Ciudades, son los escenarios de la guerra los que comparten protagonismo con los seres que las habitan y con aquellos que las destruyen, destrozando así su propio país; y el tercero, Alambradas, es la limitación de esos escenarios a los horrendos campos de concentración que toda guerra genera y cómo de uno de ellos, Velibor Colic, logró huir de una manera sencilla, casi sin querer, una de esas escenas ilógicas de una guerra en la que la lógica es la más débil de las presencias. Con esa marcha se cierra el libro y un capítulo en la vida de este hombre que, como la de muchos balcánicos, aparecerá ya para siempre marcada de manera indefectible por esta lucha fratricida.

La Editorial Periférica les concede voz a todos ellos con esta publicación desconocida en nuestro país, un documento abrumador en el que sonidos trágicos conviven con silencios y miedos; en el que la sangre y la barbarie desde la tortura y el asesinato están siempre presentes, en el que los asedios y las victorias son asedios a la humanidad y derrotas de nosotros mismos y entre todos esos acontecimientos un hombre emplea la literatura como refugio para calmar sus heridas, no las físicas, sino las mentales y sentimentales de ver como su tierra se convirtió en un infierno. Una derrota completa, no solo de un pueblo, o de varios, sino de toda una percepción de la existencia humana.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 16/06/2013

sábado, 15 de junio de 2013

A cerdeira

 «Tamén aquí, en San Simón, ollando a vermella festa do solpor sobre do mar. Alí facede un furado, catro cuartas de fondo. E cuarta e media, todo o máis dúas, para o largo. Enriba da terra que tirastes deitade as miñas cinzas amodiño; pouco han armar que eu son cativo. Mesturade con coidado e agarimo terra e cinzas e enchede até arriba aquel buraco. Despois hai que pisar ben pisadiña, de arredor da cerdeira a terra toda. Un caldeiro de auga ben cumprido. Dade a volta e ídevos sen ollar atrás e sen saudade. Volvede no abril cando floreza.»


Xa van alá sete días dende que embarcaramos cara á Illa de San Simón para participar na entrega dos Premios Xerais, firme bastión no que se alicerzan as nosas letras a partires do fío das que xa foron. Aínda hoxe as escumas que deixou o noso rastro a bordo do Babuxa traen ata nós a memoria do acontecido naquela illa de lendas e historias, moitas delas nada favorables para o home. A beizón de desenvolver alí este acto nos últimos nove anos, dos trinta que se celebraron desta entrega, converte á illa nun altar máxico onde a festa e a palabra vólvense unha esperanza para as nosas letras e para o ser humano. No ronsel desa escuma sobre as augas da ría de Vigo agochánse as palabras de Xabier P. DoCampo, mantedor desta edición. É imposible non mirar atrás xa que coas súas palabras fixo que agromase nos presentes o amor á lingua e á escrita como xermolo dun futuro do que os máis novos deben turrar para rexenerar este hábitat convulso no que nos movemos. A cerdeira que medrará, a carón de buxos e ata árbores de pedra, como a de Manolo Paz, farao dende as cinzas do que será pasado grazas ao coidado dos que virán, para manter ben alto o facho da palabra. Na medida en que medren as súas pólas a metáfora irá deixando de selo para facerse realidade. Xabier P. DoCampo convocou bágoas e pel de galiña, e amosou o maxín da literatura como canle infinito, belisco da nosa conciencia para sermos parte dun feito común.
Nese ronsel, nun solpor de emocións, enguedellábanse tamén as palabras que aínda podiamos atopar sementadas pola illa adiante de Fina Casalderrey, noutro deses discursos que repousan no anaquel da historia destes premios, pero tamén na alma dos que o escoitaron ou leron. Aquela chuvia de prata aínda mantén fresca a terra da que agromará a cerdeira entre cuxos froitos xurdirán textos como os galardoados este ano; ‘O castañeiro de abril’ de Antonio Fraga, Premio Merlín, e ‘Cadeas’, de Xabier López, Premio de Novela. Novos sabores que engaiolarán aos lectores, a parte indispensable de todo este bulir de escritores, ideas, relatos e festas. A eles é cara onde todos temos que mirar porque deles depende que a cerdeira de Xabier P. DoCampo medre frondosa e chea de saúde. Os pais deixaremos nas mans dos nosos fillos as lecturas que os convertan en lectores fieis, a auga dese cubo ben cumprido; os autores teñen que seguir confiando no seu quefacer, por moitos ventos en contra que sopren; as editoriais resistir, e as institucións públicas, nin máis nin menos que cumprir co seu deber na defensa dunha lingua, favorecendo o seu desenvolvemento na sociedade e apoiando ao tempo o sistema literario.
Un vento feble acariñaba a nosa faciana alí, no medio da ría, mentres as sereas cos seus cantos agradecían a aposta polos gañadores, pero sobre todo polo seu labor. Non hai nada máis gratificante que saber valorar ese traballo. A min este ano tocáronme coa variña máxica do privilexio de formar parte do xurado do Premio de Novela. Manuel Bragado, Fran Alonso, Celia Torres e Helena Pérez, almas de Xerais, gábanse e énchennos de loanzas por formar parte de xeito gratuíto do xurado, o que eles non saben, polo menos no que a min respecta, é que fun quen de enganalos a todos e que cobrei, vaia que se cobrei, e ben cobrado. Levo varios días como un galo ben fermoso co peito colorado dicindo que formei parte do xurado dos Premios Xerais de Novela, e que elixín unha obra chea de bondades, un engaiolante xogo literario feito por un ventrílocuo, como ben dixo o compañeiro de xurado Iago Martínez, que nos leva por unha manchea de relatos para debater o propio concepto de novela. Pero é que, ademais, este fachendoso galo está ledo por formar parte da festa da literatura, da festa dunha terra na que medran as cerdeiras. 
Publicado Diario de Pontevedra, 15/06/2013.

viernes, 14 de junio de 2013

El grifo


ESTÁ LLENANDO el Ministerio de Economía la prensa de todo el Estado de grifos abiertos, un chorreo continuo que va contra natura, ya que todo el mundo sabe que agua y papel no se llevan nada bien. Pero del grifo del ministro de Guindos no sale líquido, sino palabras, ¡Bienaventurados los que crean en sus palabras porque de ellos será el crédito! Y es que de esos grifos caen a caño abierto millones y millones de euros. Un estímulo para abrir el grifo del crédito (y seguro que pagaron un pastizal por la metáfora del grifo) para que fluya el capital por un país que se rasca los bolsillos para encontrar uno de esos nuevos billetes de cinco euros. Ha llegado el momento, ha llegado el momento... se repite la letanía en este poema del orbe económico. Con lo que esperábamos este momento y ahora que llega tenemos tal flojera de piernas que ni siquiera podemos llegar hasta el banco, si es que todavía sigue allí.
 
 
Entre Dous. Publicado en Diario de Pontevedra, 14/06/2013

miércoles, 12 de junio de 2013

«Hay que intentar dar la vuelta al dolor para que no te destruya»

No parece fácil escribir desde una situación tan dolorosa como la pérdida de la persona a la que amas y con la que compartes la vida, pero para Rosa Montero ha sido todo lo contrario. Hoy, partir de las 19.30 horas, contará a sus lectores esa experiencia en la Librería Cronopios.


Tras comenzar la semana con el regusto que le ha dejado el encuentro con sus numerosos lectores en la Feria del Libro de Madrid, Rosa Montero se acerca a Pontevedra con su última obra, ‘La ridícula idea de no volver a verte’. Antes no duda en alentar en las redes sociales a darse de alta en el grupo Teaming, una plataforma solidaria, o incluso pedir firmas para detener la ejecución de miles de caballos salvajes en Australia, y es que el compromiso con la sociedad es otro de sus signos distintivos.
Su libro está entre los más vendidos, y eso tiene mucho mérito, ya que no hablamos de uno de esos superventas que copan las listas, sino de un ejercicio de expiación personal a través de la literatura en el que sobre todo celebra el tiempo pasado con el que fue su pareja, el famoso periodista Pablo Lizcano. Una línea argumental que fusiona de manera ejemplar con una mujer con la que ha descubierto numerosas afinidades, la dos veces Premio Nobel Marie Curie.
¿Cómo se enciende la chispa que le hace decidirse a escribir el libro?
Yo siempre digo que tú no decides el libro que vas a contar, sino que el libro te escoge a ti. Realmente se impone por una imagen que se mete dentro de tu cabeza y que de repente te emociona. Todo el rato estás escribiendo con la cabeza, los novelistas somos como los niños, gente que no ha madurado y que no deja de ir proponiendo juegos con la realidad. Y en una de esas ensoñaciones aparece esa imagen emocionante que decides que tienes que compartir con los demás. Pero este libro es distinto, y esa necesidad apareció de golpe, al comenzar a leer el diario de Marie Curie, no solo por el diario, sino por el personaje. Yo creía que conocía a Marie Curie, pero realmente lo que conocemos es una biografía muy tópica, y su realidad es alucinante, era una mujer con una serie de pasiones y desmesuras increíbles. Mientras leía el diario empecé a tomar notas y entendí que podía rebotar en su vida una serie de pensamientos y emociones que me estaban ocupando el corazón y la cabeza en los últimos tres años.
¿Me imagino que habrá sido un libro muy complicado de escribir?
Pues no, para nada. Salió como un tiro, yo la escritura siempre la comparo con picar piedra, gran parte del tiempo es tedioso, obligada a estar sentada, y te cuesta. Hay una parte de trabajo de picapedrero muy duro, y eso no me ha pasado con este libro. Ha sido como un torrente, lo he disfrutado todo el rato, y lo que escribía era muy fluido. Además me he reído, divertido, emocionado, conmovido, ha sido realmente emocionante, lo que no quita que detrás haya todo un trabajo de ‘carpintería’, ya que esa estructura es la que mucha gente me comenta que es imposible dejar de leer una vez que empiezas.
De todos los libros que uno escribe está orgulloso, pero ¿quizás de este lo esté un poco más?
Sí y no, pero te voy a decir de lo que estoy más orgullosa. De haber recibido un montón de cartas, pero unas cartas increíbles, en las que me cuentan historias de duelo, pero que no son tristes. De pérdida, pero historias conmovedoras que celebran la vida, el amor, la intensidad de las emociones. Me enorgullezco de algo que no tiene que ver con la literatura, y es el haberle dado a la gente la posibilidad de extraer belleza en situaciones de dolor. Y he llegado a la conclusión de que eso es la literatura en realidad. La literatura nos da sentido, el sentido de  vivir.
¿Qué aprendió de Marie Curie?
Salvando las distancias siderales, (ella era un genio y yo no), la he encontrado muy cercana a mí en muchas cosas, en su obsesión, su tenacidad, la manera de hacerse a sí misma, y yo también creo que soy una hija de mi voluntad. Aprendes de su fuerza de voluntad y esa mezcla entre la fragilidad y la fortaleza, entre el cerebro y el corazón, entre la locura y la razón. Es una mujer muy interesante de la que me siento muy cerca.
¿Y de Rosa Montero?
Voy aprendiendo... el libro me parece hasta un poco sabio, y eso me asombra, porque tengo muy clara la teoría, pero la práctica a veces te sorprende.
Parece mentira cómo del sufrimiento puede brotar algo bello. ¿Puede ser que el dolor ayude a escribir de una manera hermosa?
No, no creo que ayude. No mitifico el dolor, lo digo en el libro. Eso de que el dolor te enseña es un desastre, te enseña si no te destruye, y mejor no tener dolor. Pero eso es imposible, ya que en la vida siempre hay una parte de dolor, mayor o menor, lo que hay que hacer es intentar dar la vuelta al dolor para que no te destruya. Pero cuanto menos dolor, mejor, y escribir con mucho es imposible. Así que lo mejor es una cierta distancia para manejarlo e intentar hacer algo útil para todos. Con el dolor personal vamos cada uno haciendo lo que podemos, escribir con las carnes abiertas, por lo general, desemboca en mala literatura.
¿Cuántas conversaciones ha mantenido con Pablo mientras escribía el libro?

Mientras escribía el libro no sé cuántas, pero con Pablo hablo todos los días. Todos hablamos con nuestros muertos, a ver quien me dice que no. Estás acompañada de tus muertos el resto de tu vida, viven en ti y hablas, siempre hay algo de lo que hablar.

Publicado en Diario de Pontevedra 12/06/2013

lunes, 10 de junio de 2013

O espazo: razón e sentimento

‘Ekaitz e os seus espazos’ é o nome da mostra exhibida por Elías Cochón na sala de exposicións da Xunta de Galicia en Pontevedra. Unha mostra conformada por pinturas e esculturas nas que se percibe unha mesma inquietude, a de estudar o espazo, a de confrontar o baleiro coa forma para artellar un sistema de representación que presenta infinidade de posibilidades, pero tamén o interese de compoñer unha obra viva, case que orgánica, e que se desenvolve pola sala aparentando ter autonomía propia. Forza e paixón que engaiolan ao espectador.  


“Oespazo é o sitio que se desaloxa, o baleiro que se fai a si mesmo estatua”. Esta frase é un dos postulados eternos dun escultor eterno, Jorge Oteiza. O seu rastro conceptual sobrevive ao personaxe e, como un gran chamán, actúa de inspiración para moitos creadores que seguen aínda apostando por esa dialéctica conceptual entre o baleiro e a forma para artellar o seu discurso.
Percorrer a exposición de Elías Cochón, en primeiro lugar, é algo moi recomendable, xa que nas súas pezas reside a forza e a paixón que tanto se bota en falta en moitos dos escultores de hoxe e que tanto reconforta a quen gusta da boa arte e, en segundo lugar, tamén o é por plantexar toda unha lección de escultura que nos leva, de xeito directo, ao mestre vasco e a súa perenne teima baseada na desmaterialización do obxecto.
Así é como, ao camiñar entre as súas pezas, tanto nas pinturas como nas esculturas, un recoñece esa pegada, pero tamén a achega dunha linguaxe propia por parte deste home de raíces arousás. Pinturas como ‘Desintegración’, ‘Erupción’, ‘Reducción simple a uno’ ou ‘Los tres espacios’ despoxan á propia palabra pintura para ir un pouco máis aló, converténdoas en obxectos que buscan a autonomía da propia parede. Tamén nelas elabórase un xogo territorial coa delimitación de espazos, barreiras internas dentro do lenzo que acotan superficies nunha loita planimétrica cun resultado visual máis que apreciable.

Pero coido que nas súas esculturas é onde Elías Cochón acada con máis éxitos os seus propósitos. Así o defenden pezas tan soberbias como ‘Contraposición’ ou ‘Vacíos en esquinas superpuestas’, ambas feitas en bronce e que posúen unha asombrosa fluidez na súa composición que choca co que un se pode esperar deste tipo de materiais. Pero é que os materiais tamén son diversos no traballo deste creador para o que, ademais do bronce, o ferro ou o aluminio son elementos do seu interese. Dende eles será dende os que plantexe esa dinámica tan ligada a do chamán vasco. Nas súas pezas tamén hai moito do ascetismo de Oteliza, da súa percepción poética do espazo desa distensión permanente por atopar dentro da peza aquilo que lle interesa, aquela percepción espacial que xera o facer do oco un elemento de razón, unha aposta por aquilo que nun principio só está no maxín do artista e que nun seguinte paso converte en peza.

Elías Cochón configura un universo plástico que está cheo de contundencia, polo que ten de experimentación e acaída visibilización desa aposta, resultando así unha arte de seu, chea de xogos volumétricos que se apropian do que hai ao seu arredor e co que debuxan formas e sentimentos. Unha parella inexpugnable cando falamos do que falamos, isto é, de arte.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra, 9/06/2013
Imagen. Gonzalo García