sábado, 25 de marzo de 2017

Poesía de primavera


Escribo cuando la primavera se hace sitio en los calendarios, cuando invade orgullosa nuestros campos y hace de nuestras calles un espacio diferente. Un acto heroico que se repite año tras año y que no por ello deja de emocionarnos. Y cuando entra la primavera, o por lo menos cuando se nos decía en el colegio que se producía el cambio de estación, el 21 de marzo, se celebra, desde 1999, por parte de la UNESCO, el Día de la poesía. Una jornada para honrar y alabar al verso. Pues a ello vamos.
En este mundo nuestro, cada vez menos poético, la poesía se convierte en algo cada vez más necesario. Un instrumento del ser humano que lo fija al mundo como pocos y que sirve para intentar comprenderlo y explicarlo que, al fin y al cabo, es lo mismo que comprendernos y explicarnos a nosotros mismos. La poesía deambula por la realidad sin hacer ruido, como un pez en el lecho de un río no demasiado profundo, pendiente del exterior, alimentándose en ese cauce desde el que, de vez en cuando, dar un salto. Cuando esa poesía cae en manos del lector toma el oxígeno necesario para la ignición, convirtiéndose en una llama incandescente, en una señal que deshace la oscuridad y se convierte en amparo para el ser humano.
Afortunadamente la poesía se rebela cada vez más contra su propio destino y lo hace con nuevos títulos, con poetas inagotables en la lectura de un mundo con cada vez más borrones. Pero también con la afortunada recuperación de otros que se sujetaron a ella como un madero en el naufragio. Estas semanas se habla mucho de una de esas recuperaciones, la de la poesía de una mujer que, con el telón de fondo del franquismo, consumió su vida a través del verso. Nuestros recuerdos sobre ella aparecen cercenados por unos años en los que su figura se asentó en el imaginario infantil, en programas televisivos para niños en los que el poema era parte de un juego de sílabas encontradizas y rimas pica-pica. Ahí se quedó Gloria Fuertes, y ahí nos quedamos muchos. Pero la poesía ha dado de nuevo uno de esos saltos desde el fondo del río y tras años de aposentar su fuerza el brinco ha sido espectacular, tanto que varias publicaciones y una exposición en Madrid sirven para reivindicar a la poeta madrileña en el centenario de su nacimiento de una manera casi visceral, en un tránsito por la poesía como pocas veces se ha visto. Uno de esos libros es el editado por Blackie Books, ‘Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida’ que hoy mismo ve cómo sale a la calle su segunda edición. Una joya, se lo aseguro. Pocos libros más bellamente editados, en pocos compendios literarios se puede rastrear más intensamente ese pósito de poesía y vida que, al fin y al cabo, es lo que se pone en nuestras manos. Poemas desconocidos, fotografías, objetos, dibujos, apuntes... todo un itinerario alrededor de la existencia de esta mujer que estuvo en la otra orilla de manera permanente.
Su obra y su vida fueron un desafío al tiempo en que le tocó vivir y al que fue tanteando desde la escritura. Carpetas de goma llenas de poemas, cigarros y botellas de anís componen el sombreado de la vida que se fue destilando en sus poemas que, lejos de aquella caricatura televisiva del final de sus días, se evidencia como una poesía de hondo calado, enérgica a la hora mirar a los ojos a aquella España gris y reaccionaria en la que el pez cada vez disponía de menos oxígeno. El oxígeno era su amor por otra mujer, las ausencias y los llantos, la juventud pasada y los recuerdos, los veranos y los autorretratos, los caballitos de mar y los niños. Nos damos así de bruces con la sorpresa de que aquella Gloria Fuertes a la que la transición hizo subir a unos globos de colores era  mujer y poeta, que no poetisa, con un espacio propio dentro de la literatura española y con una poesía destinada al pueblo: «El pesimista piensa en ayer/el optimista en mañana/el realista en hoy/El poeta en ti», escribió Gloria Fuertes en un poema titulado ‘El poeta’, para situar al poeta y a la poesía en su justo lugar, el punto medio entre la realidad y el folio que es el ser humano. Ayer se conmemoró con las primeras flores de la nueva estación el día de la poesía, pero poetas y poemas como los de Gloria Fuertes reivindican que todos los días lo puedan ser. Échense a este libro como a un río de aguas limpias, sumérjanse en él y a cada instante sentirán la necesidad de saltar, de dar brincos empujados por la emoción. Les dejo otro poema de la felizmente recuperada Gloria Fuertes para esa celebración titulado  ‘Poética’: «La poesía no debe ser un arma,/debe ser un abrazo,/un invento, un descubrir a los demás/lo que les pasa por dentro, eso,/un descubrimiento,/un aliento,/un aditamento,/un estremecimiento. La poesía debe ser obligatoria».



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 22/03/2017
Fotografía. Gloria Fuertes en 1966 (Blackie Books)

viernes, 24 de marzo de 2017

Una geografía vital



Hay libros que se pegan a la piel del lector. Textos con los que uno, por los motivos que sean, sobre todo los relacionados con las experiencias propias, se siente reflejado en sus palabras. Son libros que parecen situarse, no tanto junto al lector, y sí como resúmenes de un grupo generacional, de un colectivo que responde a toda una serie de rasgos comunes. Y para eso poco importa si la historia que se cuenta se sitúa en Madrid, Moscú o Montevideo. Las geografías físicas poco entienden de las geografías personales, en ellas la literatura disuelve ríos y cordilleras frente a las emociones que la vida nos hace experimentar.
Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Autor de novelas, poesía y guiones cinematográficos, escribe para diferentes medios de comunicación latinoamericanos. El pasado año publicó en Argentina La uruguaya, editada ahora en España de la mano de la siempre intuitiva editorial Libros del Asteroide. Y La uruguaya es, precisamente eso, un relato que, partiendo del individuo, ofrece una dimensión generacional que se sitúa ante un hombre de cuarenta años con dudas sobre su matrimonio y en el que un cambio de ciudad durante un único día motivado por un viaje entre Buenos Aires y Montevideo para cobrar un anticipo por unos libros le llevará a plantearse muchas cosas sobre su actual estado vital. En él, permanentemente sobrevuela el cómo la vida nos va posicionando ante diferentes situaciones que son las que van definiendo nuestra existencia, las que generan un mapa en el que se van sedimentando diferentes accidentes geográficos que nos costará más o menos superar, pero que en cualquier caso marcarán nuestro devenir y motivarán infinidad de situaciones motivadas por el miedo, las dudas, las preguntas sobre cómo irán discurriendo los años siguientes, en definitiva, nosotros y lo que nos rodea.

El autor nos sitúa ante una jornada en la que el protagonista hace de esa nueva geografía una especie de retorno a un momento previo de su vida, estableciendo contacto con una mujer que llegó a significar un momento inolvidable en el tiempo, aunque éste fuera muy escaso. Esa compañía parece convertirse en un soplo de aire fresco, pero solo servirá para comprender aquello que canta Sabina de que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", por lo que se había convertido en un feliz de recuerdo de un amor iniciático se convierte en una repetición de errores, en una sucesión de situaciones que, partiendo de lo cómico, no dejan de mostrar lo grotesco del personaje y como cada tiempo vivido responde a un momento determinado. Saltarse esa sucesión cronológica deriva en situaciones como las que se producen en el transcurso del relato. Un devenir que se convierte en brillante por la capacidad del autor para transmitir sensaciones, para reflejar el pasado y el presente a través de la mirada del protagonista y sus continuos planteamientos de su existencia que no hacen más que dirigirse en una huida hacia adelante en la que las parejas se van modificando y las relaciones entre hombres y mujeres pasan por situaciones muy propias de nuestro tiempo, y así todo parece fluir con una enorme normalidad a lo largo del libro gracias a la capacidad para narrar de Pedro Mairal, como él mismo escribe en el final del relato: "Escribo sobre lo que me pasa". Una escritura directa, sin grandes artificios literarios, sin las vanas pretensiones que muchos escritores buscan introducir en sus obras para mostrar lo bien que escriben, lo mucho que saben de literatura, pero olvidándose de rascar en la piel del lector, allí donde la complicidad con el autor es lo que le concede importancia a un relato, aunque este no trate de grandes circunstancias, sino, simplemente, de un hombre repleto de preguntas, situado en una de esas encrucijadas en las que la vida te mide y en las que nadie posee un libro de instrucciones sobre que es lo que hay que hacer. En la que simplemente uno contesta: "Soy yo".


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 19/03/2017 

martes, 21 de marzo de 2017

Del barrote al verso

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura. La presentación en Pontevedra el próximo jueves del poemario inédito de Eladio Vaz ‘Oropeles’, nos ofrece un conjunto de poemas en los que su amor por Galicia se entremezcla con la realidad humana y social de una España presa de su propio destino tras la Guerra Civil. Él, funcionario de prisiones, hizo del verso un canto de libertad.


En enero de 2016 Rodrigo Cota descubría en estas mismas páginas la historia de un poeta perdido de nombre Eladio Vaz Gallego (Compostela, 1894-Pontevedra, 1957). Aquella era una de esas historias que esta España cainita de unos y otros había dejado sepultada por años de historia y la tortícolis permanente de esta sociedad por mirar atrás, por reconciliarse con los suyos, por hacer justicia. Rodrigo Cota contaba una historia de esas que perfectamente él mismo se podría haber inventado para seducirnos con su escritura como hace semana tras semana, pero no, allí había un rastro de verdad inmensa, un rastro que llevaba hasta la historia de un hombre al que, pese a ser carcelero de la República, pese a sus convicciones galleguistas, azañistas y republicanas, Franco le había concedido, por intercesión de sus propios reos (a los cuales defendió poniendo en peligro su vida), el regreso a su Compostela natal y mantener allí su trabajo de funcionario de prisiones. Su nombre fue inscrito por Alexandre Bóveda en el Partido Galeguista en 1936, pocos días ante del Golpe fascista. Eladio Vaz, funcionario de prisiones y poeta paseaba con su nieto Rafael Domínguez por Pontevedra cuando la caída de una cornisa acabó con su vida. Su bisnieto, Rafael Domínguez, concejal de Pontevedra y médico de una saga íntimamente vinculada a Pontevedra a través del Sanatorio Domínguez es quien ha puesto en las manos del propio Rodrigo Cota un manojo de versos que el próximo jueves serán presentados a las 20.00 horas en la Casa das Campás. Versos en los que nos asomamos a un hombre entre una España sangrante y dolorida, y su familia, el bálsamo necesario para no derrumbarse ante una guerra y un paisaje humano y social lleno de miserias.
El poemario estaba compuesto de dos partes, una en gallego y otra en castellano. Todo él escrito entre 1937 y 1947, lo que venía a suponer una valerosa aportación dada la escasa poesía en gallego de aquel tiempo. El infortunio hizo que el poemario en gallego se extraviase en manos del médico, expresidente del Pontevedra c.f. y cantautor Luís Emilio Batallán quien quiso musicar esos primigenios poemas en gallego. La música no llegó y los poemas desaparecieron en una lastimosa pérdida en estos momentos irrecuperable, al no existir ninguna copia de ese original prestado por la familia tan inocentemente, conservándose únicamente dos pequeños fragmentos incluidos en el prólogo escrito por el autor: «Aló no Ceo prantado/ós pés do Noso Señor,/choroso i acongoxado/dixo-llel avergonzado:Señor, Galicia é millor. /Millor co Ceo da Groria/xa sei que non pode ser, pero Señor, fai memoria./Si fixeses ti outra Groria/Tiña en Galicia que ser».
Este profundo canto de amor a Galicia se mantiene a lo largo del resto del poemario que conservamos, el que, escrito en castellano, mantiene siempre un pie en Galicia, pese a estar compuesto en su gran mayoría en Madrid y varios poemas finales en su destino compostelano. Una distancia que superó a base de miradas a aquel paisaje de ríos y verdes y a la familia, tratados con una enorme dulzura a través de unas rimas que, en algunos casos, pueden presentarse como repletos de inocencia pero en los que sí emerge una enorme sinceridad. Él mismo, ante la inminente posibilidad de su publicación se disculpa por esa situación derivada de su deseo y entusiasmo por escribir poemas. Pero de lo que no dice nada Eladio Vaz es de otros poemas en los que sí hay que sujetarse a la silla, en los que vemos al hombre ante la España lacerada por sus hijos en los que el poeta se acerca a las distancias entre ricos y pobres, a la ciudad que engullía al campo, a la desolación provocada por la Guerra, a la educación, la cobardía o la ambición del ser humano. En esos poemas, muchos de ellos no tan condicionados por la métrica, el poeta abre la celda de sus pensamientos, muchos de los cuales no serían nada fáciles de mostrar en eses días: «No existe el asesinato,/esto se llama paseo,/el deporte es un recreo,/que se hace sin recato» o «Fábricas paralizadas,/el campo hecho un erial,/las industrias destrozadas/sin un artista genial,/y tantas vidas segadas/por la máquina infernal».
Se compone así un íntimo retrato de un tiempo en el que echamos muy en falta esos poemas en gallego a los cuales el propio Eladio Vaz se refiere en el prólogo: «expresan algunos mi acendrado cariño a la patria chica, a la que adoro con todas las fuerzas de mi ser (...) en la que ví por primera vez la luz suficiente para justificar el que yo quiera con deleite a esa tierra meiga de mis amores y que por ella suspiraba cuando de ella estaba ausente».

Desolación

Sonorísimas,claras, estridentes,
las trompetas amortiguan el fragor
de la lucha ensangrentada de terror
que se libra entre ambos combatientes.

A la muerte caminen, sonrientes
las brigadas, todas llenas de estupor,
se embisten con coraje, con furor,
armados de metralla hasta los dientes.

Ya lejos no suenan las trompetas
ni tampoco el ruido del tambor,
todo es calma y silencio en derredor.

No luchan al compás de las cornetas,
ni se alegran las luchas con retretas,
todo es muerte en el campo asolador.



Publicado en Diario de Pontevedra 20/03/2017
Fotografía. Eladio Vaz junto a sus dos hijas (Archivo familiar)


lunes, 20 de marzo de 2017

O espertar dun soño


DENDE O seu taller escoitase a campá do mosteiro de Armenteira, un repenicar que semella espertarnos dun soño como o de San Ero, fundador dese mosteiro, do que espertou 300 anos despois. O certo é que as obras de Leopoldo Nóvoa teñén tamén esa capacidade, a de conxelar o tempo, a de sedimentar, nese territorio construído, todo un magma que semella estar activo, aínda que na súa superficie se amose solidificado.
Toda a súa obra ten ese sentir, o do latexo interno, o da faciana hermética e silenciosa fronte ao espectador. "O silencio é, agora, a oquedade de luz dun soño morto", escribiu o poeta Xavier Seoane. Silencio, oquedade, luz, soño. Catro palabras que balizan, como un compás, o quefacer plástico de Leopoldo Nóvoa. Unha conxunción de elementos que forman parte dunha obra de longo alento, unha inmensidade pictórica que quedou sen pai fai cinco anos pero que deixou un legado inxente. Parte del, dezanove pezas, forman parte desta homenaxe en forma de exposición que se amosa no Centro Cultural Marcos Valcárcel de Ourense ata o 16 de abril. Poden semellar poucas pero á vista da forza que cada unha desas pezas ten, son máis que suficientes para a aproximación a un pintor único na nosa paisaxe plástica, pezas que ademais son o perfecto vencello para achegarnos ao motivo que lle da sentido a esta convocatoria como é o propio taller do pintor entendido como espazo de creación, o ámbito dende o que o creador impulsa a súa obra cara o infinito.
O Atelier de Armenteira segue aínda alí, como no soño do santo, chantado entre vides e leiras, entre bosques e correntes de auga, agochando no interior ese tempo detido entre a memoria e a luz. E aí é onde todavía pervive a obra de Leopoldo Nóvoa visibilizado nunha morea de cadros que son memoria a través da súa xeografía casi táctil, unha orografía do experimentado que se foi sedimentando sobre o soporte ata converterse en testemuña dun tempo e dun hombre fronte a el. Leopoldo Nóvoa nunca se afastou da súa contorna, tanto en A Armenteira como en París, os seus talleres eran unha sorte de alambique dende o que destilar o acontecer da realidade social do ser humano, facéndoo case como un alquimista, convertendo sensacións, percepcións ou inquedanzas en obras de arte. Obxectos físicos nos que se calibra unha realidade non sempre feliz. As cinzas, os fragmentos, os espiños, os símbolos, os ocos... todo iso e moito máis é a iconografía relativa a unha sucesión de xeracións e circunstancias, de loitas que foron facendo de todos nós algo moito peor do que semellamos ser, poñendo ao propio ser humano contra as cordas nese baleiro da escuridade, nese horizonte de cinzas no que o futuro semella estoupar no presente, nunha concentración de forzas que todavía hoxe abraia pola súa contundencia así como pola súa vixencia.

Percorrer estas obras significa achegarse a ese retorno que tiña lugar cada verán, no que o artista ía acumulando unha longa traxectoria a un e outro lado do Atlántico, a carón de grandes artistas plásticos, pero tamén xunto aos escritores do boom latinoamericano, pero ao que non se pode entender sen esa introspección que se pode acadar nese espazo inzado pola natureza e ata por un ascetismo de tipo monástico que semella sobrevoar pola contorna, dende a fusión de néboas e sons de paxaros que compoñen un hábitat certamente singular que agromou nunha obra da que aquí temos moitos dos seus diferentes percorridos. Tamaños e técnicas distintas nas que latexa unha mesma alma, un xeito de entender a arte como parte dunha vida que vai máis alá da presenza física do seu creador. Cinco anos despois cada unha destas obras seguen sendo un berro do desacougo, a contención dun silencio que nunca se escoitou tanto sobre unha superficie pictórica como cando Leopoldo Nóvoa puxo mans en mente sobre ela, e o que tantas veces fixo no seu estudo de A Armenteira, alí onde nos espertamos dun soño.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 12/03/2017

jueves, 16 de marzo de 2017

Non deas a esquecemento


O ESQUECEMENTO é a última morte. Esta morte, a da memoria, a da dignidade de tantas vítimas, é a que tenta evitar Luís Bará cun longo traballo de fondo que vén facendo dende hai anos adicado á recuperación da memoria histórica e que agora obtén un novo froito coa publicación de Non des a esquecemento. Un arrepiante mollo de relatos que xorde do contacto coas familias da dor, de poñer os pés alí onde os mortos viviron e onde lles arrincaron as súas esperanzas dun mundo mellor ou, sen tantas pretensións, sinxelamente, abortando as súas irrenunciábeis arelas de ser felices cos seus.
Aínda ata hai ben pouco estas historias estaban escritas no silencio, chantadas portas adentro de casas nas que a represión da Guerra Civil do franquismo fixo o seu traballo, e fíxoo tan ben que oitenta anos despois aínda custa achegarse a todos aqueles feitos para destapar o pano do espanto que ensombreceu as vidas de tantas familias. Esas familias son as que olla en fite Luís Bará nun traballo convertido nunha odisea, ao achegarse á dor e ao arreguizo que non se poderán superar aínda que pasen centos de anos. Ben ao contrario, mover esas pedras do mal deixa unha lameira aínda fresca, unha dor que se converte para as familias en pantasmas que volven saír. Pesadelos que fan das súas confesións un acto de expiación íntimo que, ao fin e ao cabo, convértese nunha necesaria liberación. Elas estaban agardando a que alguén petase na porta, a que se escoitase o que tantos quixeron que fose silencio e esquecemento. Unha cuestión que debería xurdir dos propios organismos oficiais, das administracións, ausentes na reparación da ferida que aínda supura e que tantos desprezan como se iso formase parte dun pasado de séculos prehistóricos ou como se aínda non estivese presente en tantos afectados que mesmo nin poden poñerlle unhas flores aos seus, privados dun lugar no que facer que as súas bágoas sementen a terra pola que morreron. Eses mesmos erguen a bandeira da Transición como vademécum que todo o cura, como o apósito baixo o que todo se soluciona, sen entender que ese emplasto xa non serve ao despegarse dunha pel que deixou de estar infecta para precisar aire limpo, un aire novo que recupere as súas vidas.
Ogallá que o libro, presentado no Museo de Pontevedra e que posteriormente terá presentacións en diferentes puntos de Galicia, sirva para que continúen agromando esas voces, transformando os silencios de pedra, que tanto custa mover, e que abofé están moi presentes en tantas xeografías da nosa comunidade, na que a represión, sen guerras, sen trincheiras, acadou unha especial virulencia dende a noite, dende a escuridade dos covardes que facían dos paseos ou dos fondeamentos un xeito de desaparición do que só quedaba a pegada da ausencia. Os cinco capítulos do libro sinalan cinco aspectos esenciais desa represión. Memoria de Vilaboa, a terra do autor e onde se deu conta de que existía ao seu arredor un espazo mudo de historias agochadas que había que rescatar como unha débeda coa sociedade; ‘O ronsel das silenciadas’, as mulleres como vítimas da dor inesgotábel da morte dos seus fillos e homes, sufrindo durante décadas, sinaladas para sempre ante a comunidade e que Montse Fajardo converteu en Un cesto de mazás, título doutro libro imprescindíbel da memoria; Memorial de San Simón, os espazos da reclusión e, neste caso, cando a beleza se volve horror; Das casas refuxio, o risco da solidariedade cos fuxidos, e Era a historia da noite, cando a ría de Vigo se converteu nunha gran foxa común.Luís Bará non é historiador, é filólogo e político, e a súa ferramenta de traballo é a oralidade, as narracións daqueles que viron como mataban a seus pais, como as súas nais e mulleres eran marcadas de por vida, xa non só sobre a súa pel sendo violadas, rapadas ou gravadas na fronte, senón na alma. Esa escrita da oralidade convértese en emoción continua, en tinta negra, e ben negra, na que nin nos brancos do folio un ten acougo. Só a condición ética (si, estoulles falando dun político) permite coller osíxeno para reivindicar aqueles ideais dos que morreron, pero tamén como base para a reconstrución dunha sociedade actual que sexa mellor, e aí aínda queda moito por facer, pero poucos chanzos máis firmes que os que emerxen deste proxecto admirábel.
Historias obrigadas que nos poñen un nudo na gorxa. Miradas afoutas cara á dignidade, como a de Cinta Rey, a nai do fusilado Víctor Casas, acariñando o piñeiro no que morreu o seu fillo, mirando á cámara que suxeitaba Amalia Álvarez, a viúva de Alexandre Bóveda. Historias... historias que nunca teñen que quedar no esquecemento. É a nosa obriga.





Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 15/03/2016. Fotografía: Cinta Rey retratada por Amalia Álvarez no piñeiro da Caeira onde fusilaron o seu fillo Víctor Casas (Arquivo da familia) 

miércoles, 15 de marzo de 2017

Sapos sen final feliz

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura. A estrea literaria de Ana Cabaleiro, ‘Sapos e sereas’ (Editorial Galaxia) pon nas nosas mans un mollo de relatos nos que se traballa nos estereotipos de xénero ante os que a historia e a nosa renuncia como sociedade igualitaria nos mergullaron, e iso sen deixar de lado unha coidada escrita que agocha un esperanzador futuro.



Sapos e sereas, homes e mulleres fantásticas que os relatos que a historia compuxo ao longo dos séculos para decorar a nosa paisaxe de nenos e nenas que medran cunha mitoloxía da demagoxia e que pouco ben lles fixo ao longo da súa vida. Figuras literarias que se suceden nos contos que lemos dende cativos, como aquelas mulleres marabillosas que fan que se afundan os barcos cos seus cantos dende as rochas ou homes que mudan en canto os bica unha muller para converterse nese príncipe azul que toda muller desexa ter. Ana Cabaleiro arremete contra estes clixés para, ela si, afundilos coa súa escrita no fondo das nosas conciencias.
Unha estrea literaria feita dende o compromiso, dende a mirada anovada a unha sociedade que ten que mudar e para iso Ana Cabaleiro vai ata onde todo xorde, ao imaxinario que pouco a pouco se foi pousando no noso maxín e que sen darnos conta queda preso no noso interior por moitos anos que pasen. De aí que a autora se arrodee de Reis Magos, de lobos feroces ou de sapos e sereas para darlle unha volta ás cousas, para amosar que baixo o tópico emerxen os matices que ao fin e ao cabo, son a realidade da vida, e aí é onde traba Ana Cabaleiro ao real, onde crea as súas propias historias que devecen por pegarse a nosa realidade, ao hoxe que vivimos e no que o engano e a dormente que tanto gostan moitos de espallar como un aire narcótico fan de todos unha especie de ‘replicantes’, de seres que viven cheos de medo, sen aquelas liberdades xenéticas coas que nacemos pero que nesta sociedade se sementan  ao longo dun rego errado. Nos relatos de Ana Cabaleiro ese rego non vai dereito, que é como ten que ser a vida, cos seus xiros e as súas voltas: as dúbidas, os erros, os medos e as equivocacións, pero tamén o humor, a ledicia e a esperanza.
Ese acomodar os relatos na vida de hoxe é o que lle dá a todos eles o carácter de achegarse ao lector, acadando unha proximidade que se agradece xa que moitas desas situacións son tamén as nosas, ou as que a pouco que xire esa vida sabemos que se poderían producir na nosa pel. Así é como nos textos vaise esvarando dende o territorio do irreal ou cando menos do que pode ser un mundo de soños ou de crenzas cegas, ata o acontecer do diario, que ven definido polas relacións entre homes e mulleres coas que Ana Cabaleiro aproveita para arremeter contra o que moitas veces se espera deste tipo de relacións, das convencións que amosan ás mulleres debecendo por un home no que pousar tódalas súas arelas de futuro, levando ao mesmo tempo a súa propia marxinación. Tamén para dirixir a nosa mirada cara capítulos de violencia de xénero e as posicións que dende a sociedade se adoptan fronte a esa eiva. As conductas previas aos sucesos, así como a paisaxe que queda aberta despois e que non poucas veces se volta contra a propia vítima. Faise así da escrita un lugar para tentar comprender (iso non, que é imposible) pero polo menos para poñer ante os nosos ollos aquilo que cada vez máis apodrenta a nosa sociedade.
E neses relatos tamén se coa o humor, ás veces un humor de gran finura, tenro, pero noutras un humor cheo de sorrisos como o adicado ao Lobo feroz, unha xenialidade pola que desfilan moitos personaxes ben coñecidos nun inesperado ambiente. Pero tamén hai espazo para imaxes cheas de poesía, como as dun poema escrito nun papel desfacéndose na neve, tal e como se desfán as relacións cando as cousas se poñen baixo cero. Eses dous son só algúns deses momentos rutilantes que asoman ao longo destes textos que o que fan sempre é poñernos ante nós mesmos a través dunha serie de historias que tamén amosan as posibilidades dunha nova escritora na nosa narrativa. O que de saída xa é unha espléndida noticia que, ademais, vese acompañada por todo o bo que teñen estes relatos dos que o mellor que se pode dicir é que semellan poucos cando chegamos ao seu final, botándose en falla algún máis para darlle máis corpo a un conxunto de textos que nos abren os ollos, e que nos fan mirar a todo ese pouso que a nosa sociedade labrou na nosa infancia para facernos medrar e agora espertarnos bicando sapos que lonxe de transformarse son aínda máis repulsivos que cando se puxeron ante nós.
Remata o libro cun acaído epílogo que baliza os camiños en feminino, os daquelas mulleres que a historia situou nun lado de perversión como demos fronte ao home, mulleres inzadas de pecados aos que carregar con tódolos nosos males e que van ben máis alá dun conto. Un sapo que se lles fixo tragar para poñer máis difícil un final feliz en feminino.



Publicado no Diario de Pontevedra 13/03/2017

lunes, 13 de marzo de 2017

Mulleres bravas

«-E por que os ían face-los homes? Vaia solución.
-Pois porque as mulleres andarían en traballos máis cualificados, nas profesións liberais, na dirección de empresas, nas actividades artísticas, nas viaxes longas, nos proxectos...»
[‘Anagnórise’ (1988).
Mª Victoria Moreno ]



Nesta semana tinxida de violeta non foron poucas as iniciativas ou os xestos que de novo puxeron en valor ás mulleres, e aínda máis, as mulleres fronte á fenda que teñen que superar no seu día a día respecto a unha sociedade esaxeradamente masculinizada. Minoradas en infinidade de eidos do noso mundo fronte ao home, a cor malva destes días ondeou como unha bandeira movida pola brisa da esperanza e axitada polos refachos da coraxe por andar a estas alturas da película con estas reinvindicacións que semellan propias de séculos pasados.
Hoxe mesmo, na Librería Paz, terá lugar outro deses axitar de bandeiras coa presentación na nosa cidade, Culturgal aparte, dunha colección de libros dirixidos ao lector infantil, aínda que non só a el, que saen do prelo da Editorial Urco baixo o título de Mulleres bravas. Unhas publicacións nas que se fai unha escolma de mulleres que amosaron a súa afouteza fronte á vida, ensarilladas pola lingua a unha terra da que nunca se desfixeron é a que honraron ata as súas respectivas mortes. Polo de agora son dous os títulos publicados, o primeiro inevitábelmente tiña que estar adicado a Rosalía de Castro, a pedra angular da historia da muller na sociedade galega, na que vida e poesía compuxeron unha clara cerna reivindicativa que aínda hoxe é ronsel para moitas outras mulleres. O segundo deles achégase moito máis aos nosos días e tamén a nosa Pontevedra, a inesquecíbel María Victoria Moreno é a protagonista dun deses libros que reluce como unha pequena xoia dende o que volver a compartir tanto como nos deixou esta muller. Certamente o de brava encaixalle a María Victoria Moreno perfectamente, ela que deseguida que aterrou en Galicia acolleu a nosa lingua como súa, e non só iso, senón que fixo un primixenio apostolado dela, xa non só coa súa fala, senón ensinándoa ou, como non, dende a escrita de numerosos libros cos que engaiolar a miles de rapaces para facelos entrar, dende a educación e a lectura, no territorio do galego. Libros que eran divertidos, cheos de temáticas actuais e próximos a mocidade, con mulleres que os protagonizaban dende unha cotidianeidade que viña a rachar con moitos dos estereotipos daquel momento, e nos que sempre habían algunha mensaxe que pegar á pel, que levar ao noso carón para sempre. Textos inagotábeis aos que un aínda se asoma hoxe coa emoción de coller unha antiga edición dese Anagnórise que formou parte das nosas vidas e na que se suceden os nomes de varios membros da familia que puxeron mans e ollos sobre el. Un axóuxere doutro tempo coa forza suficiente para levarte a un tempo de construción, de formación dun mesmo que nin siquera podía imaxinar este hoxe que temos onde ás veces todo semella que está baleiro. Un tempo no que, abofé, non confiabamos nin en nós mesmos, pero alí estaba María Victoria Moreno. Ela xa o facía poñendo nas nosas mans moito do preciso para medrar coas súas palabras e coas súas arelas: «As persoas estamos feitas para levar adiante os soños máis fermosos», escribiu nese texto. Ela foi das primeiras en incluir esas arelas nos plans de estudos, do mesmo xeito que fixo dos afectos manuais para servir de alicerce a todos eses cativos que se proxectaron nela e dende ela.
Como muller brava, como heroína dunha vida na que sempre fuxiu de protagonismos, precisaba tamén de actores secundarios. Alma, a súa cadela, ou Teresita o seu coche vermello, foron algúns deles. Pingas que compuxeron o océano da súa personalidade no que, como vemos, aínda se botan barcos a navegar sabedores, como sabemos moitos, que aínda se poden apañar moitos peixes.
Eli Ríos, que fixo o texto deste libro, como María Lado fixo o de Rosalía, xunto ás marabillosas ilustracións de Eva Agra en ambos, ou o traballo dende a editorial de Andrea Jamardo, son tamén mulleres bravas que reivindican hoxe un traballo en feminino é unha mirada á realidade cada vez máis necesaria. Cada un destes libros é un deses chanzos precisos para seguir na liña do progreso, na do ascenso que as mulleres deben manter  de xeito firme para recortar esas diferenzas co home que, como crebas na nosa sociedade, obríganos a un esforzo co que non contabamos e que probabelmente o optimismo de María Victoria Moreno non contaba con andar aínda a voltas con iso neste tempo. Tomar como exemplo a Rosalía de Castro ou a María Victoria Moreno é un axeitado canon polo que seguir poñendo os pés sobre as súas pegadas, un camiñar cheo de luzadas moradas. Unha cor de reivindicación para facer do berro xuízo e razón que alumeou ao longo desta semana en rúas, institucións ou medios de comunicación coa intención de facelo ao longo de todo o ano.
Hoxe, entre os libros de Cano Paz, proxectarase moito do que esas dúas mulleres fincaron en Galicia dende a lingua, pero tamén dende o seu compromiso co ser humano. Un Vermú con libros que fará, dende as 12.30, que voltemos a mirada cara esas mulleres bravas da nosa historia. Achéguense, non o pasarán mal, lembrando, e sobre todo coñecendo ao relevo nas mulleres bravas desta terra que xa lles digo eu que pagan moito a pena, e ata poden mercar un deses libriños para os seus cativos, estarán sementando bravura, tamén conciencia, pero sobre todo futuro.



Publicado no Diario de Pontevedra 11/03/2017
Fotografía. María Victoria Moreno no 2003 (Gonzalo García)