sábado, 4 de abril de 2020

Desasosiego/ 18. El tiempo pasa volando



HAGO pasar las horas más rápido escuchando un poco de música. Es este un buen momento para repasar discos a los que no se les ha dedicado el tiempo que por su calidad y esfuerzo merecen cuando entran por nuestras casas, y en muchas ocasiones acaban apilados a la espera de ese instante apropiado. Al tiempo que me empeño en limpiar el polvo de mis libros y a recolocarlos de una manera diferente (y aquí el territorio de las manías es inmenso, algún día se las contaré) me decanto por la alegría y la vida de Miguel Poveda.
Su ‘Enlorquecido’ me había maravillado, por aquí lo tengo escrito, como lo hará con toda la comunidad lorquiana al musicar varios de los poemas del granadino y presentarlos físicamente en uno de los discos más bellos editados en nuestro país. Ahora le toca el turno a un doble disco que celebra sus 30 años en la música. ‘El tiempo pasa volando’ es su título, un título al que uno necesita agarrarse más que nunca en estos momentos en los que los minutos parecen solidificarse en estos días del desasosiego. Dos discos y un libreto en el que el propio Miguel Poveda nos cuenta cómo han sido estos treinta años que han pasado desde que se subiera a un escenario por primera vez. Su prematuro interés por la música, el arrimarse al flamenco, su trabajo en la construcción, las amistades que lo fueron perfilando en tablaos y palos hasta aquella noche mágica en el Festival de la Canción Minera de La Unión, conquistando varios de los trofeos incluido el máximo, la Lámpara Minera. El cielo abierto. ‘Viento del este’ su primer disco. Los primeros conciertos y aprender, estar atento a todo lo que sucede en el mundo del flamenco. Tiempo de colaboraciones, de tocar con los mejores, de seguir mejorando. Este trabajo contiene ese periplo, un tiempo que vuela bajo el aleteo de todas estas canciones de un pelaje diferente, pero siempre engarzadas con la emoción flamenca, con el corazón latiendo una leyenda volcada a nuevas músicas. Cante tradicional, pero también muchas canciones que Miguel Poveda ha traído a su modo de cantar para concederles una nueva dimensión, llena de ese terciopelo que es capaz de conseguir su voz entre guitarras y palmas.
Mis libros, resplandecientes, parece que se van acomodando bien entre fandangos, seguirillas y bulerías, estableciendo unos vínculos que los fortalecerán durante los próximos meses en que les tocará estar juntos. Por aquí andan también los poetas, Muñoz Rojas, Gil de Biedma, Lorca...siempre Lorca. Las lunas de cada uno de ellos iluminan una música que se ha ido consolidando en el tiempo desde la honestidad y el orgullo de un hombre sencillo que ha alcanzado un sueño al que asomarse ahora es una bendición.








Publicado en Diario de Pontevedra 4/04/2020

Entrada sobre el disco Enlorquecido de Miguel Poveda:




viernes, 3 de abril de 2020

Desasosiego/ 17. Poesía con alfileres



HACE justamente un mes que por nuestra ciudad se movió con sus andares de cowboy de medianoche, sofisticados y cultísimos, Luis Alberto de Cuenca. Hablar durante estos días de lo que nos sucedió hace un mes parece como si nos hubiésemos subido al DeLorean de ‘Regreso al Futuro’ y, tras ver como se agita el contador de los años, sumergirnos en otra dimensión tiempo-espacial, completamente diferente de la que procedíamos.
Pero la vida tiene estas cosas, es lo que tiene moverse por un tablero cada vez más imprevisible y en el que parece que nosotros mismos, con nuestras acciones, vamos cambiando las casillas de los lugares que teníamos como seguros. Lo cierto es que en un tiempo o en otro, en aquel espacio o en este, quizás lo único que nos pueda redimir de nuestras miserias sea la palabra. Palabra como el hecho factual de nombrar aquello que nos sucede, ya que lo que no tiene nombre no existe. Y para nombrar desde la palabra pocas acciones del ser humano más precisas que la poesía, y aquí vuelvo a aquel día de marzo en el que Luis Alberto de Cuenca recitó varios de sus poemas en la Casa das Campás. Es posible que tras el escaso uso desde entonces de ese espacio tan querido por la cultura en nuestra ciudad, todavía estén entre sus antiguas piedras las palabras del poeta prendidas con alfileres. Palabras que ponen el dedo en la llaga, el bálsamo necesario para cauterizar las heridas, pero también sirven de altavoz para las alegrías. Y eso es lo que estamos viendo y palpando durante estos días, las tensiones continuas entre alegrías y heridas, entre felicidad y dolor.
Serían muchos los libros y poemarios a recomendar de un autor con una larga y premiada trayectoria, como Luis Alberto de Cuenca, para estos días del desasosiego, pero quizás sea este ‘Se aceptan cheques, flores y mentiras’ editado por Verso & Cuento el que me parece más feliz para estos días. Tanto su formato, su presentación a cargo de Loquillo, músico con el que el poeta hace buenas migas, y la selección de poemas, hace de todos ellos una acertada aproximación a un público muy heterogéneo. Y esto es lo que también sorprende y emociona de Luis Alberto de Cuenca, esa relación con personajes de un pelaje muy diverso, tanto en lo ideológico como en lo generacional, y a todos ellos parecen destinados estos poemas contenidos en este libro en tres apartados: Cheques, poemas que nos hablan de todo aquello que nos cuesta; Flores, poemas que hablan del amor, y Mentiras, poemas en torno a las fantasías del ser humano. En definitiva, palabras que no entienden de virus, ni encierros, ni saltos en el tiempo. 



Publicado en Diario de Pontevedra 3/04/2020

jueves, 2 de abril de 2020

Desasosiego/ 16. La soledad, una esperpéntica vecina



Piedras calladas y melancólicas. Cielos que nos cubren con sus mil azules cobijando un silencio que estremece. Palomas y gaviotas reinando sobre el piso, mientras las personas se refugian solidaria y de manera comprometida en sus viviendas. Es la imagen que estos días nos ofrece una ciudad cada vez más pensada para la gente y que ahora se revuelve hacia sí misma, completamente desierta.

Pocas situaciones nos pueden producir una inquietud mayor que ver las calles de nuestras ciudades vacías y solitarias. Sin ese transitar de gentes de aquí y de allá que diariamente las ocupan como el mejor síntoma de la cotidianeidad y tranquilidad que pretendemos se haga fuerte en nuestras vidas. Lo sabía bien Alejandro Amenábar cuando en ‘Abre los ojos’ rodó una Gran Vía completamente vacía como la mejor manera de crear el desconcierto entre quienes acostumbran a hacer de esa calle, habitualmente atestada de personas, de luminosos y de coches, el mejor indicio de una presunta modernidad que nos confirme que todo va bien.
Nuestros restringidos y obligados pasos por la ciudad o las imágenes que se reflejan en los medios de comunicación, son los que están dejando en nuestras retinas unos fogonazos que tardaremos en olvidar, convirtiéndose en notarios de estos días de desasosiego que nos zarandean de manera inesperada y, por supuesto, nunca imaginada. Las calles de Pontevedra aparecen convertidas en una procesión del silencio, de un silencio hermético que resuena en el interior de esas fotografías como un estruendo escalofriante. En ese ámbito de nuestra felicidad colectiva mutilado de nosotros mismos, calles, plazas, parques, paseos y terrazas están sumidas en una desorientación que nos lleva a pensar en los días felices, en lo que significa compartir la vida con los demás y hacerlo en una ciudad en la que esa componente humana, y también humanística, es la que está caracterizándola en los últimos tiempos, y por extensión también a unos ciudadanos que han descubierto ese sentido de la polis griega que habíamos perdido bajo otra confusión, la de ese progreso especulativo que, como estamos viendo, atenta cada vez más contra nuestra salud, de manera mental y física.
Aquella Gran Vía de Amenábar es nuestra Ferraría completamente deshabitada, exceptuando las bandadas de palomas preguntándose por aquellas multitudes de niños que les arrojaban sus granos de maíz o la avenida de Montero Ríos, sólo salvada de la soledad por el paseo de algún ciudadano con su mascota, o qué decir de nuestro casco histórico, medalla en el pecho de todo pontevedrés y celebración permanente de la vida, ahora fruto de un desamparo que cierra los locales en los que brindamos por el regalo de la vida, clausura unas terrazas que nos concedían la oportunidad de eso que tanto valoraremos a partir de ahora como es respirar la libertad y donde levantar una caña será lo más parecido a alzar una Champions y comer unos huevos fritos, bien acompañado, recuperar el verdadero sentido de la amistad.
Con este delirio del silencio, con nuestra vida congelada, parece que sólo las estatuas cobran vida en este reino del esperpento, y ahí es evidente que quien mejor se mueve sea nuestro Valle-Inclán al que parece que todo esto no va con él, como si acabase de salir de la biblioteca de los Muruais para darse un paseíto por esta ciudad que lo acogió hecho un zagal y a la que regaló su primera novela. Aquella ‘Femeninas’ de inspiraciones caribeñas que a una Pontevedra de humedades permanentes le sentaría como a un Cristo dos pistolas. Pero esa era la genialidad de don Ramón, la de poner todo patas arriba en un voltear la realidad que culminaría con la consagración del esperpento como género literario y del que ahora tenemos un buen ejemplo en nuestras calles, llenas de un mutismo que va contra su condición natural. Un silencio en el que incluso parece escucharse el violín de Manuel Quiroga, al pasar junto al conjunto de La Tertulia en la plaza de San José, mientras se oyen las animadas palabras de Castelao, Bóveda, Cabanillas, Paz Andrade y Carlos Casares, conversando, entre sus habituales chascarrillos, sobre el abandono que les hemos impuesto. Es como si escondidos los humanos, todos aquellos que parecían tener su vida congelada se adueñasen de lo que en definitiva es su casa permanente, día y noche, llueva o haga calor, haya o no haya estado de alarma, para recuperar una libertad ajena a nuestros ojos siempre inquisidores y a esos turistas que no dejan de abrazarlos para llevarse una fotografía en recuerdo de su paso por Pontevedra. ¡Y ojo a nuestro anarquista Ravachol, a ver si cuando todo esto termine no tenemos que ir a recuperarlo a San Francisco o a la Peregrina, que de todos es conocido su amor por el clero!
Quizás esos abrazos se hayan acabado para siempre, dejaremos de tocar hasta a las estatuas y el mundo será distinto, pero es posible que Pontevedra no lo sea, y siga siendo esa ciudad de amistad imperecedera, como sus piedras, capaz de ser un canto diario a la vida que, cuando las cosas vienen torcidas, se convierte en un monumento a la responsabilidad, deteniendo el tiempo y haciendo del silencio una música de corazones conmovidos ante la llegada de una esperpéntica vecina: la soledad.



Publicado en Diario de Pontevedra 2/04/2020
Fotografía: Gonzalo García




miércoles, 1 de abril de 2020

Desasosiego/ 15. ¡Yo no aguanto este sindiós!




DE POCAS personas me estoy acordando más durante estos días de desasosiego que de José Luis Cuerda. ¿Qué pensaría de todo esto que nos está ocurriendo? ¿Cómo le atizaría a nuestros políticos ante el espectáculo que nos están ofreciendo? ¿Qué guion distópico se le podría agitar en el interior de su cabeza? Igualmente echo de menos sus tweets, tan brillantes desde su aparente sencillez, convertidos en dardos envenenados contra todo aquello que le indignase, y que se alejaban tanto desde su forma y fondo del erial de odio y ponzoña en que se está convirtiendo esa red social de la que él era tan devoto.
Pero los que somos devotos de José Luis Cuerda tenemos mucha suerte, ya que podemos recrearnos durante estos días de encierro con sus películas, pero también con varios de sus textos publicados por la editorial Pepitas de Calabaza. Hasta cinco títulos podemos encontrar en su catálogo firmados por el albaceteño, a lo que se le une el prólogo del libro ‘Gracias y desgracias del ojo del culo’ de Francisco de Quevedo. Los textos de su autoría son: ‘Amanece, que no es poco (la serie)’, ‘Me noto muy cambiá’, ‘Tiempo después’, ‘Amanece, que no es poco’ y su libro de memorias, ‘Memorias fritas’, publicado pocos meses antes de su muerte en febrero de este mismo año. Pero sí algo somos los devotos de José Luis Cuerda es amanecistas, fieles seguidores de esa película que cuando la ves te sacude la cabeza y te quita muchas tonterías de encima, y que cuando la vuelves a ver dices: «pero este tío es un genio», y que cuando la ves por tercera vez las carcajadas continúan siendo las mismas, sino más, que cuando la viste por primera vez.
Pues para todos nosotros esta editorial, por supuesto, sumamente amanecista, nos propone el volumen ‘Amanece, que no es poco’. Un libro que, editado en 2013, ha tenido que poner la imprenta a funcionar en febrero para presentarnos una nueva edición de este compendio de todo lo que rodea al mítico film, desde el guion original, no el definitivo, esto es, con varias secuencias que finalmente no fueron rodadas, y con apuntes del propio director, con material fotográfico a cargo de Felipe López, con un prólogo del propio José Luis Cuerda, y hasta un texto con el que presentaba ante Televisión Española la posibilidad de una serie similar al producto cinematográfico final.
Tras las negativas a ese presuntamente disparatado proyecto televisivo y la posterior confirmación de que ‘Amanece, que no es poco’ sería una película, es cuando José Luis Cuerda hace esa producción un gratificante ejercicio de libertad personal como no había podido realizar hasta el momento. Una carta blanca que le permitió basarse en el universo íntimo de un pueblo de Albacete para generar un mundo propio, que va más allá de lo surreal y se convierte en lo surrural. Una perturbación del orden lógico de las cosas adaptado a la visión de este hombre que tan inteligente era que hasta escogió Galicia para pasar buena parte del año. ¡Y haciendo vino!, lo dicho, un genio.
Aprovechen durante estos días y súbanse junto a Resines y Luis Ciges en este viaje por un ecosistema de hombres plantados en la tierra, de elecciones anuales para elegir desde al alcalde del pueblo hasta la puta, de devotos faulknerianos, de curas ovacionados y de extraños amaneceres. Este sindiós que estamos viviendo en nuestras ciudades nos concede en ocasiones esa sensación de perturbación, de no encontrarnos allí donde realmente estamos cómodos. Una sensación de irrealidad que también subyace en esta película que le quiere ganar el pulso a la realidad a través del ingenio y del humor.
En estos tiempos complicados acudir a ese ingenio y a ese humor de José Luis Cuerda los convierten en unos magníficos ingredientes para medirnos ante la gravedad de esta situación. Con este libro a nuestro lado descubriremos muchas de las claves de la película, y podremos conocer muchas de las reflexiones que el director quería provocar en los espectadores a través de esa delirante colmena de personajes, muchos de ellos ya inolvidables en nuestro cine, con los que poder gozar durante nuestro confinamiento, hasta que de una vez por todas se acabe este sindiós en el que estamos metidos.



Publicado en Diario de Pontevedra 01/04/2020

martes, 31 de marzo de 2020

Desasosiego/ 14. La vida en fuera de juego



AUNQUE LO pueda parecer ante la ingente cantidad de títulos publicados dirigidos al público infantil y juvenil no siempre es fácil encontrar un libro que se mueva en unas coordenadas que sean interesantes para este tipo de lectores. En demasiadas ocasiones muchos de estos libros pecan de una inocencia que enseguida aburre a quien lo toma entre sus manos, poseedores de unos argumentos bastantes alejados de lo que puede ser la cotidianeidad en las vidas e intereses de ese lector más joven, pero que ya comienza a demandar que sus lecturas se adapten a un universo más real que el siempre resultón de espacios mágicos y ámbitos irreales.
Niños y niñas como los de hoy en día, que unen a su universo escolar la práctica de diferentes deportes y la estrecha vinculación a las redes sociales como manera de engrasar amistades más allá del contacto físico. ‘La vida en fuera de juego’, publicado por Ediciones SM, es un magnífico ejemplo de un libro que asienta en sus páginas muchos de esos ingredientes reales con los que el lector o lectora asume a las pocas páginas su identificación con la historia que se cuenta, y no lo digo porque lo haya leído yo (más allá de un par de capítulos) sino por la lectura realizada por mi hija de trece años a la que el libro le ha gustado mucho. Y eso siempre es de agradecer, en este caso a su autor, el bilbaíno Galder Reguera, al que estos días veía ser felicitado desde las redes sociales por personas a las que tengo en consideración por su nueva novela, ‘Libro de familia’, editado por Seix Barral, y que ya estoy deseando echarme a los ojos.
Lo cierto es que el nombre me sonaba cada vez que veía uno esos aplausos, pero era incapaz de relacionarlo con ese libro que le había regalado a mi hija hace unos meses tras una bendita recomendación literaria en el siempre necesario programa ‘Página Dos’ que presenta Óscar López cada martes en Televisión Española. Allí una niña hablaba de él y de su argumento, la historia de Ibón, un niño de catorce años cuya pasión es jugar al fútbol y que en medio del inevitable proceso de crecimiento personal veía en peligro ese sueño. A mi hija Sofía también le encanta el fútbol de ahí que sin dudarlo, por lo difícil de encontrar este tema dirigido a adolescentes, me hice en nuestro Cronopios con un ejemplar que rápidamente Sofía devoró noche tras noche hasta su final.
No es fácil que un lector joven te hable favorablemente de un libro, más allá de un sonido onomatopéyico. Un «ssshiiii», o un «boooohhh», o un más esperanzador «está bien». Así que cuando mi hija me empezó a contar lo que se contenía en ese terreno de juego literario volví a ponerle una velita a Óscar López por su programa y a interesarme más por este autor que, como consta en las solapas del libro, es «licenciado en Filosofía, gestor cultural, escritor y, por encima de todo eso, hincha».  Claro, lo primero que uno piensa es la condición de ser civilizado por parte de un hincha de fútbol, y cómo este deporte también puede ofrecer una vertiente desde lo cultural a la sociedad, y en este caso concreto, a la juventud, a través de la que es su primera novela juvenil, pero seguro que también desde su trabajo como miembro de la Fundación del Athletic Club. Todos los que merodeamos alrededor del planeta fútbol sabemos de los valores o los rangos de importancia en sus gestos y actitudes de ciertos clubes deportivos. Así que en el Athletic me da a mí que tienen mucha suerte de tener en su interior a alguien que escribe así, y que entiende el fútbol como un ámbito de trabajo que puede conectar con los jóvenes y provocar su interés desde la cultura, lo que en nuestros tiempos tiene la misma importancia que lograr esa Copa del Rey que el club tiene en stand by hasta que volvamos a saltar al terreno de juego de la vida.
Y es que en estos días del desasosiego, en los que realmente nos sentimos en un clarísimo fuera de juego frente a la vida, encontrar un libro así puede servir a los chavales para sentir, desde algo que les es afín, como el fútbol, esa idea de que la vida es también una permanente superación. En estas semanas de cuarentena estamos viendo como su papel también es de mucho mérito frente a otros sectores bien reconocidos. Enjaulados como leones, no en San Mamés precisamente, sino en nuestras casas, todos ellos están asistiendo a una importantísima lección, la del compromiso con la sociedad en la que se están criando, un compromiso muy complicado para quienes hacen de la libertad su máximo anhelo y eso es muy de agradecer por todos. Si además de esa lección pueden leer libros tan interesantes para ellos como ‘La vida en fuera de juego’ estes encierros tendrán no sólo una eficacia en la salud colectiva de nuestro entorno más inmediato, sino también en la salud de nuestros hijos, ya que leer algo como «¡Fútbol es dinámica de lo impensado!» es algo que no se olvida fácilmente.



Publicado en Diario de Pontevedra 31/03/2020


lunes, 30 de marzo de 2020

Desasosiego/ 13. "Fue un día oscuro en Dallas..."



POCO NOS podíamos esperar que apareciese esta voz en nuestros días de confusión y dolor. La voz de Bob Dylan surgiendo de quien sabe dónde como un hablar ancestral, y porqué hacerlo justo ahora, cuando la humanidad se debate entre la vida y la muerte, sumergida en la impericia de su propia esencia como especie, no sólo para gobernarse, sino para modificar unos hábitos de comportamiento que claramente se evidencian como fatales para su propio futuro.
«Fue un día oscuro en Dallas» es el comienzo de ‘Murder most foul’, una canción de 17 minutos que también es un poema, una narración con un latido homérico sobre la condición de un país y de un Imperio con pies de barro. Bob Dylan comienza a cantar con su voz monocorde, como si se encontrase en un teatro griego ante la humanidad, ante esos ciudadanos americanos desconcertados bajo la batuta de un presidente inconcebible para un país que se entiende como el más avanzado del mundo. Allí, en Dallas, en noviembre de 1963 el magnicidio de John F. Kennedy fue el acto y la fecha clave en la conciencia norteamericana de los más oscuro y siniestro del ser humano, abocado a su propia condena. Los años sesenta, que Bob Dylan sintió como pocos, se empiezan a desbocar a lo largo de esta canción llena de referencias a la sociedad americana, a aquellas décadas posteriores de tantos traumas para una juventud que iba a reinar y a los que la corona aplastó. Pocas veces he echado tanto en falta no saber correctamente inglés para poder entender de manera precisa lo que canta Bob Dylan en una canción, en la que uno ya siente por su tono trascendente esa condición de épica que quizás en pocos momentos como el que vivimos, sumidos en el desasosiego, se convierte en tan necesaria. Tras estos ligeros apuntes vayan a la web de El País y lean el extraordinario artículo que el experto musical Fernando Navarro le dedica a esta canción, calibrando sus posibilidades expresivas, pero, sobre todo, interpretándola de manera precisa a través de las numerosísimas invocaciones a la cultura, sobre todo musical, que Bob Dylan realiza a lo largo de la canción. Una imprescindible brújula para navegar por una letra convertida en inmensidad, en corte de mangas a la industria musical, en desprecio a la administración Trump y en confirmación de la merecida concesión del Premio Nobel de Literatura, demostrando que las letras de muchas músicas son pura literatura y en ocasiones, como es el caso, se convierten en obras maestras que, como el mejor libro, nos explican y radiografían, aunque lo que veamos en ellas no nos deje en buen lugar.




Publicado en Diario de Pontevedra 30/03/2020

El corazón de Elvira


             [Ramonismo 18]




NO ES extraño que este libro se haya ido cociendo lentamente, tal y como afirma Elvira Lindo en diferentes entrevistas realizadas a propósito de la publicación de ‘A corazón abierto’ (Seix Barral), algo que también se deduce de manera intensa a medida que el lector va pasando las páginas, avanzando, junto a la autora, como Kurtz en la selva, en su conquista personal. Tan lento que es posible que una mujer como ella, con su mirada siempre a la caza de un germen literario y con una mente en permanente ebullición, comenzara a escribirlo desde su infancia. Precisamente cuando miraba a su madre, prematuramente flagelada por la salud, o a su padre, gran protagonista del libro por ser hilo conductor de un pasado que se inicia con su llegada como niño al Madrid guerracivilista y se extiende hasta su muerte tras una larga vida.
En esa existencia familiar asienta Elvira Lindo este texto que se mueve entre el retrato generacional de un país y la emoción, absolutamente arrebatadora en muchos pasajes del libro, que supura la hija ante lo vivido. Siempre pienso que todo escritor debe medirse en algún momento con su propio yo, esto es, con su vida. Literaturizar esa experiencia en primera persona nos ofrece habitualmente lo más intenso de cada autor, allí donde su esencia recupera un tono virginal y descarnado que es imposible alcanzar en un libro de ficción. Lo acaba de hacer Ricardo Menéndez Salmón en un libro también de piel erizada, con una fuerte presencia paterna, como es ‘No entres dócilmente en esa noche quieta’, pero también lo hicieron otros antes, como Juan José Millás en ‘El Mundo’, o Antonio Muñoz Molina en ‘El viento de la luna’. Territorios literarios en los que la revisión de la infancia o la juventud se convierten en un latido que se va multiplicando con el tiempo, hasta que el escritor se siente preparado para afrontar ese asomarse al abismo interior.
Elvira Lindo hace de esa sima un corazón abierto. Un no dejarse nada en el tintero para aproximarnos a su universo más íntimo, el de la niña que rápidamente tuvo que crecer para enfrentarse a la muerte de su madre, pero sobre todo al dolor de ver como el tiempo la marchitaba, mientras su padre, como tantos otros padres del siglo XX, se movían en unas coordenadas secularmente machistas. Pero un padre siempre es un padre, y el tiempo, la comprensión de los hijos y el amor, siempre el amor, atemperan y modulan vivencias y hacen ver allí donde la oscuridad en un momento determinado impedía ir más allá. Siempre quedarán las vacaciones, los tránsitos vitales por numerosos puntos de la geografía española, las caricias que la niña observa entre los padres como pasaporte para la eternidad de la ternura, la construcción de la familia, el acoger a los que llegan y, cuando pintan bastos, la disolución de todo aquello que podía ser distancia y enojo.
Y si ese padre es protagonista, no lo es menos la propia autora. Elvira Lindo se constituye en narradora de algo privado pero que no deja de ser también parte de un gran puzle de piezas, como lo era cada familia en la España a caballo entre el franquismo y la democracia. Un itinerario del gris al color en el que la mirada de la escritora se expande más allá del seno familiar y se adentra en esa nación en tránsito y alerta permanente, en la que una canción podía ser un respiradero de incontables emociones, y así sucede en el libro, en el que los nombres de ciertas canciones son también los títulos de varios capítulos. A corazón abierto escribe Elvira Lindo y ese corazón de la madre, que tuvo que abrirse para prolongar su vida, palpita como el necesario amparo para el resto de corazones que laten en este libro que narra el dolor, pero también lo bello y hermoso de la vida: las complicidades, los descubrimientos, los compromisos, los afectos, y todo ello desemboca en una narración, como siempre sucede con Elvira Lindo, llena de empatía, con una gran capacidad de seducción hacia el lector. La gaditana (en el libro entendemos el porqué de ese nacimiento en la ciudad andaluza), maneja como pocos autores la capacidad para escribir de la cotidianeidad, para hacer del barrio o de la familia todo un engranaje de situaciones que nos identifican de manera precisa como seres humanos, llenos de actos intrascendentes pero que en un momento determinado de nuestras vidas son sumamente importantes, tanto, que pueden asaltarnos décadas después como un luminoso fogonazo de lo que éramos: una conversación con una nueva amiga, esa primera pareja, la lucha con un grano...
Así hasta encontrarnos hoy con esta mujer que cuando la escuchas en la radio o la ves en la televisión te despierta una contagiosa vitalidad, también un compromiso con la persona que ha ido renovando a través de sus estancias en Nueva York o Lisboa, y explorando a través de su trabajo como periodista en radio y prensa (algunos todavía nos levantamos los sábados con la voz de su genial criatura, Manolito gafotas, resonando en la cabeza como uno de esos fogonazos), y, por supuesto, de sus libros. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1998 y ganadora del Premio Biblioteca Breve en 2005. Sus últimos libros, todos editados en Seix Barral, ‘Lo que me queda por vivir’, ‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ o ‘Noches sin dormir’ y, porque no, pese a su singularidad,  ‘30 maneras de quitarse el sombrero’, caminan en la dirección de descubrir lo íntimo como ejercicio literario, pero siempre asomándose a esa realidad ante la que Elvira Lindo, permanentemente atenta, tras los cristales de un café madrileño o desde un ventanal neoyorkino, no deja de nutrir sus trabajos.
Remata el libro de manera brillante con el relato del niño que fue padre en aquel Madrid de posguerra con olor a derrota y no a paz. Un texto que pasó por las tablas como un espectáculo de música y palabra. Emoción en tres dimensiones que la literatura guarda ahora en este cofre de Pandora cerrado bajo la llave de una tinta que sale directamente del corazón. El corazón de Elvira.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 28/03/2020