domingo, 3 de junio de 2012

La mitología de Hawthorne

En el ‘Libro de maravillas para niñas y niños’ el autor americano revisa algunas de las narraciones que son el sustrato de nuestra literatura

El mito. Una de las grandes cajas de Pandora de la literatura universal. En ella se encierran gran parte de nuestros secretos, pero también esas verdades reveladas que han ido conformando siglos y siglos de narraciones que han pasado del sistema oral al de la escritura. En ese territorio del mito, son los relatos de la mitología griega los grandes aglutinadores de leyendas primitivas que confluyeron así para convertirse en eternas, al amparo de las relaciones entre los dioses y los hombres. Innumerables relatos que se revistieron de trascendencia al hacerse escritura y al ser el firme sustento de gran parte de lo que hoy somos.
El famoso escritor Nathaniel Hawthorne (1804-1864), una de las piedras angulares de la gran literatura norteamericana, reinterpreta seis de las más conocidas leyendas mitológicas, en una revisión que, acertadamente, la editorial Acantilado pone en nuestras manos para aproximarnos a una curiosa mezcla entre el sustrato mítico y la narrativa del autor americano, coétaneo de Melville y Poe, y en la que se reconoce ese ambiente general que adquiría la prosa de aquel momento del Romanticismo americano, donde se ingerían ciertos toques góticos y fantásticos.
Gran amante de la literatura, Nathaniel Hawthorne sabía de la importancia de este tipo de narraciones en todo el orbe literario, de ahí que no sea extraña la aproximación que hace a seis relatos: ‘La cabeza de la Gorgona’, ‘El toque de Oro’, ‘El paraíso de los niños’, ‘Las tres manzanas de oro’, ‘La jara milagrosa’ y ‘La Quimera’, donde se reescriben los mitos de Perseo y la Medusa, el rey Midas, la caja de Pandora, el viaje de Hércules al Jardín de las Hespérides, el amor de Baucis y Filemón y el encuentro entre Pegaso y Belerofonte. Relatos en los que no se detiene solo en lo literario, ya que, y quizás debido por entenderse como lecturas destinadas a niños, insiste en la condición moralizante de cada una de ellas, dejando bien evidentes las enseñanzas que se pueden extraer de la lectura pausada de cada uno de ellos. Y es que el autor, amén del brillante manejo de las palabras, también destaca por cómo nos presenta todas esas narraciones, insertas en una narración global que se destina a un grupo de niños que, como en el mundo antiguo, se sientan ante el narrador a escuchar sus relatos.
No cabe duda de que Nathaniel Hawthorne quiere rendir pleitesía a esa forma literaria que se pierde en la noche de los tiempos, donde de verdad nace la condición literaria, y es por ello que insiste en cada uno de los relatos en irlos anunciando con el comienzo de ese relato oral por medio del narrador. No falta el humor en toda la narración, incluso en el guiño final que el escritor se hace a sí mismo en una especie de epílogo final. Del mismo modo sabe de la importancia del humor como bisagra dentro de unos relatos en los que también confluyen momentos de tensión. De ahí ese inteligente empleo del humor, no solo en las propias leyendas, sino también cuando el narrador anuncia a los menores el relato que les va a contar. Así es como dentro de la naturaleza esas mitologías parecen hacer regresar al ser humano al principio, a ese origen donde se han ido estableciendo narraciones, pero también conductas, de ahí que en cada una de ellas se registre una gran carga de valores. La distinción entre el bien y el mal para el hombre.
Nathaniel Hawthorne hace así su propio homenaje a la literatura, sirviéndose de esa concepción mítica para producir sus propias leyendas. Narraciones que nos conducen a dos tiempos y a dos momentos, uno en esa Norteamérica, todavía en pañales, y otro, a una Grecia, donde el hecho de narrar es parte de sus esencia.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 3/06/2012

sábado, 2 de junio de 2012

Cash


Necesito cash», proclamó entre periodistas Tita Cervera en un lujoso restaurante madrileño. Frase, personaje y lugar, se han convertido ya en la máxima confirmación de que estamos tocando fondo en esto de la crisis, cuando hasta el Hola no sale al rescate de sus protagonistas. Un ERE rosa en el papel couché que obliga a la baronesa a tirar de fondo de armario y, como quien lleva el anillo de boda a valorar el oro de un amor todavía feliz, descolgar un ‘constable’ de las paredes salmón del Museo Thyssen para subastarlo en la tienda de empeños de la posmodernidad en que se ha convertido Christie’s. No menos de 50 millones de euros sacará Tita por este bucólico paisaje de la campiña británica con el que uno tiene cierta historia personal, ya que su reproducción, tras un viaje en tiempos universitarios, se fijó a una de las paredes de un pequeño piso compostelano con otra de las estrellas de la colección, el retrato de Giovanna Tuornabuoni. No pocas veces a través de mi imaginación me pasé horas y horas pisando esa hierba todavía húmeda, o contemplando el paso de unas nubes que, además de tormenta, presagiaban un nuevo tiempo para la pintura. Ahora ese original alentará otras imaginaciones, quizás menos saludables que las de un estudiante de historia del arte. Y todo por no llevar suelto, ni ella ni yo.


Publicado en Diario de Pontevedra 02/06/2012

lunes, 28 de mayo de 2012

El invierno de Paul Auster

El último libro del escritor norteamericano Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) es una profunda reflexión sobre el paso del tiempo. Un experimento ejecutado sobre uno mismo y aquí es donde surge la mayor complicación, pero también el mayor acierto. La siempre atractiva prosa del autor incrementa, debido a esa intimidad, exponencialmente su proximidad con un lector que se adentra en una vida conocida de manera tangencial a través de sus libros, pero ahora reflejada en un texto fascinante, lleno de dolor, pero también de ilusiones. 

Con sesenta y cuatro años ya cumplidos Paul Auster vuelve la mirada hacia atrás, componiendo desde esa perspectiva un libro absolutamente maravilloso, en el que, a su habitual manera de narrar, añade el poso de toda una vida en la que cada una de las descripciones de hechos y situaciones que ocurrieron en su pasado se presentan ahora ante nosotros a través de la lúcida mirada que habitualmente evidencia el escritor a lo largo de su obra. Un recorrido expiatorio, en el que emerge el dolor, el no saber responder a ciertas situaciones en las que te coloca la vida, las relaciones con la familia y las mujeres, los lugares donde se ha vivido, el paso del tiempo... y todo ello permite al autor ajustar muchas cuentas, la principal de ellas consigo mismo, y para proyectarse hacia el futuro, hacia ese invierno que va depositando ya sus primeras nieves, las experiencias que han ido forjando su personalidad y como no, gran parte de su relato literario.
No hay una sola página desaprovechable a lo largo del libro. En cada una de ellas Paul Auster se vacía por completo, y muestra una abrumadora sinceridad con la que enseguida empatiza el lector, tanto por lo que se cuenta, por cómo se cuenta. Y es que la maestría narrativa del americano se deja notar al establecer un fino hilado entre las etapas de su vida y los personajes en los que, como en un gran torrente de humanidad, se sumerge el escritor. Especialmente fascinante resulta el recorrido por diferentes geografías, no sólo físicas-establecidas a partir de las veintiuna viviendas en las que ha residido Paul Auster a lo largo de su vida- sino también las humanas. Entre ambas se coloca nuestro protagonista, muchas veces superado por los acontecimientos, incapaz de responder al pulso que la vida le planteaba; pero otras, en cambio, gozoso de lo que ésta le proponía. Y es que la vida, tanto la del autor como la de cualquiera de nosotros se compone de esa caprichosa mezcla de buenos momentos con pasajes trágicos. De esa unión es desde donde surge nuestro propio aprendizaje y el anclaje de nuestra personalidad con la realidad circundante. Una realidad que en el caso de Paul Auster, ha tenido mucho de nómada, lo vemos a través de esas viviendas, unas mejores, otras peores, unas en Estados Unidos otras en Francia (siendo estos pasajes muy ilustrativos sobre su concepción del país galo y por donde se destila un afilado humor); que van respondiendo a los progresos de la vida, tanto la profesional como de sus diferentes matrimonios. Dos relaciones antes de la actual, en las que el autor se muestra especialmente feliz al lado de la también escritora Siri Hustvedt, compañías con las que el autor se lame las muchas heridas que la vida le ha infligido. El dolor con la muerte del ser querido, en especial de su madre, las tensiones con la familia propia, ahora resarcida con la felicidad que le produce su familia política, y el paso del tiempo. Siempre el tiempo como el gran definidor de nuestra existencia, el cronómetro que nos hiere al ver como nuestro cuerpo se va modificando, como las respuestas a los estímulos no son las mismas que hace unos años. El cuerpo asumido como superficie de experimentación: el recuerdo de aquella herida infantil producida mientras jugabas al béisbol, varios ataques de pánico, un accidente de tráfico y ahora esa degradación de lo físico, la conciencia de que el cuerpo responde de manera distinta a la mente ante ese tránsito temporal.
Temas donde se muestra al escritor más complejo y circunspecto al querer evidenciar hitos esenciales en su vida, pero éstos tienen también su envés, la otra cara de la moneda. Pequeños sucesos que sirven de desagravio a la realidad, desengrasantes que como el sexo, los paseos, el sueño, las noches en vela, el justificado cabreo con un taxista francés, la rabia, el ser judío, la literatura... se van evidenciando como territorios fértiles para que el autor nos desborde con su prosa, con esa manera de escribir que semeja brotar de manera natural como un manantial del que fluyen las mejores radiografías de nuestra sociedad a la que a través de los libros de Paul Auster nos lleva aproximando desde hace décadas. Allí, donde tantas veces el azar ha sido el caprichoso desencadenante de las más singulares situaciones, donde lo aparentemente cotidiano y anodino que surge en nuestras vidas parece carecer de importancia, aunque posteriormente se revele como fundamental, es hacia donde nos acaba conduciendo siempre el escritor. Pues precisamente ahí es donde la propia vida de Paul Auster muestra todo su sentido, quizás como el cuento de 'el cazador cazado' el escritor se ve inmerso en una de esas espirales en las que tantas veces ha colocado a alguno de sus personajes de ficción. Ahora estamos ante un ser de carne y hueso, que sufre y padece, pero también que se ilusiona con las nuevas puertas que la vida va abriendo ante él. Puertas que se apresta ya a atravesar. El invierno de la vida parece comenzar y por la nieve recién caída comienzan a asomar unas huellas en la que se encierran infinidad de cuestiones. Pequeños secretos, muchos de los cuales parecían ya superados, olvidados dentro de esa selección natural que nuestra mente realiza para seleccionar lo positivo de lo negativo, lo que nos conviene de lo que no.
Llega el momento de seguir esos rastros, de volver sobre el camino andado y abrir ese complejo baúl donde solemos encerrar el pasado, en ocasiones bajo siete llaves. No ha debido ser fácil, pero sí que parece obligado dar ese paso para seguir caminando en la senda de una vida en la que la literatura se evidencia como el eje central, pero en la que son otras muchas cuestiones las que le conceden su auténtico sentido. Y esto, por muy famoso escritor que uno sea, es algo común al resto de los mortales.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 27/05/2012

domingo, 27 de mayo de 2012

Mmmmmh!

Acoge de nuevo la Sala-X de la Facultade de Belas Artes  una exposición colectiva de alumnos directamente implicados en lo que se cuece en su interior. Ocho artistas que, desde diferentes formatos, apelan a nuestros sentidos para que degustemos sus propuestas artísticas. Ocho placeres visuales con los que deleitarnos a partir de una serie de nombres llamados a protagonizar tiempos venideros en el devenir artístico. Hasta el 8 dejunio tenemos de plazo para recorrer este espacio y decidir si el menú aquí expuesto es o no de nuestro agrado.


A fuego lento Marta Bran, Antón Caamaño, Beatriz Lobo, Christian García Bello, Cristina Ramírez, Eme, Jesús de la Iglesia, Joseba Muruzábal con Mar Caldas como ‘chef-comisaria’ de la exposición, han ido cocinando este menú artístico con el que podemos degustar el talento que se contiene en este grupo de creadores, definidos por su juventud, y por su formación en este centro pontevedrés que no cesa de poner en la calle, y en perfecto funcionamiento, a artistas desde las más diversas disciplinas.
Pintura, dibujo, vídeo o escultura son las que aquí nos convocan para rastrear unos lenguajes plenamente actuales, que hablan de lo claro que estos jovenes tienen las cosas, pero también que nos evidencian su destreza para ejecutar una obra artística.
La pintura de Joseba Muruzábal, muestra a un excelente pintor, un dominador de la luz sobre el lienzo con un trabajo muy especial al convertir en protagonista de sus trabajos a sus amigos o a esos monumentales perros; Antón Caamaño propone varios ejercicios, desde un irónico peluche, hasta un gran agujero creado con una simple mancha o un montaje con globos; Beatriz Lobo, nos seduce con sus ‘Problemas tiernos’, unas composiciones llenas de inocencia pero también con una gran carga de profundidad; Marta Bran nos lleva al universo del hogar y a conseguir que los objetos cotidianos de nuestras vidas alcancen el rango de elemento artístico; Christian García coquetea con el minimalismo, al sugerir cómo un simple papel es capaz de generar toda una geografía, una poderosa cordillera creada desde un frágil papel; con la fragilidad también juega Cristina Ramírez, salpicando una pared con unas figuras tan sencillas como seductoras; Eme, es capaz de contener en su pintura un silencio que emana de una surrealista composición, capaz de crear una atmósfera, compagina esa obra con sus esculturas ‘biológicas’; y nos quedan las miradas, que al final es lo que te sueles llevar de cualquier exposición: miradas y sentimientos, ambos concentrados en la instalación que el vídeo de Jesús de la Iglesia propicia, un encierro entre dos personas que se miran y se sienten.
El gran valor de este tipo de exposiciones, en las que se agrupan a varios artistas, es el permitir analizar, no solo propuestas artísticas, sino algo más interesante, como es la confección de una generación artística que, tras lo aquí visto, tiene mucho que decir. Simbólicamente la Sala-X esa el paso final, el salto al vacío que antecede a la salida de los alumnos ya casi artistas; y desde esa metaforización del destino es desde la que podemos apreciar los frutos madurados en las aulas a través del contacto con sus profesores. El orgullo de la Facultad se visualiza mejor que en cualquier listado de notas en este tipo de iniciativas.
Ocho menús ante los que nos podemos deleitar saboreando sus propuestas, y dejándonos llevar por el talento que surge de la juventud y el arte. Ambos deberán seguir cociéndose lentamente, para seguir progresando, y convertirse así en un gran plato.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 27/05/2012
Fotografías Guille López.
Obras: Marta Bran y Eme.

sábado, 26 de mayo de 2012

Terciopelo


Me pide mi compañera Ana López que localice imágenes sobre la historia del Cine Victoria para el reportaje que en el Diario de hoy recuerda los diez años de su cierre. Tras la búsqueda no encuentro fotografías de interés, solo alguna de las jornadas previas a su clausura. Poca cosa. Paradójicamente, mientras regreso a mi puesto de trabajo tras llevar esas decepcionantes noticias, mi mente se satura de imágenes. Y entonces pienso que un cine, sobre todo aquellos cines de grandes cortinones, pantallas extensas y juventudes extraviadas, perviven en el tiempo, no por fotografías que no tendrían sentido ante la obligada oscuridad, sino por las imágenes que la memoria deposita en cada uno de nosotros. Ya sentado ante el ordenador, un pestañeo permite que se proyecte en mi mente una película en la que tomo un café en el Beirut, mientras, a través de su cristalera, veo como se comienza a formar una cola ante la taquilla. Tras retirar aquel ticket, similar a un billete de metro, escucho el tintineo de los futbolines de la sala de juegos al tiempo que un flash-back me recuerda el último partido allí jugado. Ya en la sala, su olor, nada agradable pero siempre reconfortante, junto al tacto del terciopelo de las butacas, me preparan para soñar. Como sueño hoy con mi colección de fotografías, mejor que cualquier recuerdo en papel.


Publicado en Diario de Pontevedra 26/05/2012
Fotografía Miguel Vidal. 2002.

martes, 22 de mayo de 2012

Encerrados

50º Aniversario de 'El ángel exterminador'
En mayo de 1962 Luis Buñuel presentaba en el Festival de Cine de Cannes ‘El ángel exterminador’. La que sería la penúltima película de su estancia mexicana se erige como una de sus obras más singulares y personales, en la que el director aragonés recupera aquel surrealismo de sus inicios cinematográficos, ahora inscrito en una brillante idea.

«Número 1109 de la calle Providencia. Un grupo de personas a la salida de la ópera se dirigen a esa vivienda a disfrutar de una cena. A su término, se retiran al salón, y por una inexplicada razón, no pueden salir de su interior, debiendo pasar juntos varias jornadas. Este argumento, tan brillante como complejo de plasmar en una película, solo podía salir de la cabeza de Luis Buñuel. Lo que a buen seguro podría ser alguna de aquellas bromas del surrealismo que se fue incubando en los tiempos de la Residencia de Estudiantes, ahora, en el año 1962, tomaba cuerpo de guión cinematográfico en ‘El ángel exterminador’.
Nace así uno de los trabajos más personales de Luis Buñuel, con el que se presagiaba el cierre de su periplo mexicano, antes de trasladar su cine a Francia, dejándonos así una película tan singular como apocalíptica, poseedora de un magnetismo tal que algunos la colocan en la cima de su cine. Un cine, por otra parte, a la altura de los más brillantes directores de la historia, aquellos capaces de generar un universo propio, sustentado, en este caso, en muchas de sus obsesiones, y a la altura de nombres como los de John Ford o Alfred Hitchcock.
«Si desaparezco buscadme en cualquier parte menos allí», con esta frase, extraída del imprescindible libro ‘Mi último suspiro’ (una especie de colección de memorias comentadas por el propio director al que fue uno de sus grandes colaboradores, el escritor y guionista Jean Claude Carriere), Luis Buñuel se refería a su escaso interés por residir en América Latina, tras su periplo norteamericano y tras huir de España al estallar la Guerra Civil. Sin embargo la vida quiso que fuese en México donde desarrollase gran parte de su carrera y donde filmó varias de sus películas más interesantes: ‘Los olvidados’ (1950), ‘Él’ (1953), ‘Ensayo de un crimen’ (1955) o ‘Nazarín’ (1959), son algunas de las veinte películas, que de un total de treinta y dos, dirigiría en el país azteca y que culminarían en 1964 con ‘Simón del desierto’.
Luis Buñuel lamentó en varios comentarios no poder filmar este proyecto en algún escenario europeo, ya que la película a su parecer encajaba más en algún ambiente de París o Londres, con escenarios más lujosos y actores no tan ceñidos a la tipología mexicana. Pero lo cierto es que el resultado final se impone a ese tipo de cuestiones y el director genera una situación de extrema tensión que le permite dinamitar a una burguesía mezquina y llena de apariencias tras la que se esconde un mundo salvaje y de instintos no muy alejado de su otra gran película mexicana, ‘Los olvidados’, en la que retrataba las condiciones de vida de un grupo de muchachos marginales.
Para llegar hasta ese punto máximo de tensión Luis Buñuel echa mano de una idea que ya le rondaba la cabeza desde hace tiempo, y es que el director siempre se mantuvo fiel a las componentes del surrealismo, que habían dinamitado el cine a finales de los años veinte con ‘El perro andaluz’ (1929) y ‘La edad de oro’ (1930), en esa invocación de diferentes situaciones en las cuales no cabe una explicación racional. Además el mundo surreal no busca establecer símbolos que posean un significado que aclaren las cosas, sino que simplemente las plantea. Esta cuestión es la que muchos ignoran a la hora de aproximarse a la película, pretendiendo constantemente explicar la aparición de éste o aquel elemento, en base a alguna sesuda lectura, muchas de ellas sorprendentes por lo fantasioso de sus propuestas. Al director lo que menos le importa es explicar el porqué ese grupo de personas se ven atrapadas en una habitación, lo que le interesa es poner a esos seres, de refinadas formas y elegantes vestimentas contra las cuerdas de su propia esencia como clase social. Las horas pasan, el hambre, la suciedad, la enfermedad, se van depositando entre todos ellos generando un ambiente irrespirable, una enfermiza situación que termina por mostrar unas conductas radicalmente contrarias a las inicialmente pensadas. Cada personaje saca lo peor de su interior y lejos queda ya el instante inicial cuando vimos entrar a todas esas personas conversando gentilmente mientras se adentraban en una residencia de la que los miembros del servicio también se apuraron por huir, ¿y porqué? eso poco importa.
Una mano camina sola, un grupo de corderos corretea por la casa y un gran oso surge entre la desesperación de los encerrados... es la óptica de lo surreal, el complemento perfecto para la gran aportación narrativa de la película, como es la repetición de varias escenas filmadas desde diferentes puntos de vista: «Siempre me he sentido atraído, en la vida como en mis películas, por las cosas que se repiten. No sé por qué, no trato de explicarlo. En ‘El ángel exterminador’ hay, por lo menos, una decena repeticiones», comenta el director en ‘Mi último suspiro’. Esta cuestión llevó a desafortunadas interpretaciones de la película, e incluso muchas copias aparecen con errores de montaje al pensarse que se habían repetido tomas de manera errónea, cuando todo era parte de la propia intención del director.
Cuando Luis Buñuel llega a París en 1925, se deja arrastrar por el influjo del surrealismo. En aquel momento, y tras los postulados de André Bretón, este movimiento puso patas arriba gran parte del arte de ese tiempo, y si me apuran, del futuro. ‘Un perro andaluz’ dirigida en 1929 por Luis Buñuel se considera el gran testamento cinematográfico del surrealismo. Con un guión realizado entre Luis Buñuel y Salvador Dalí en la casa de este último en Figueras, ambos convinieron, según las palabras del propio director en «no aceptar idea ni imagen alguna que pudiera dar lugar a una explicación racional, psicológica o cultural. Abrir todas las puertas a lo irracional. No admitir más que las imágenes que nos impresionaran, sin tratar de averiguar por qué». Esta frase se convierte en el sustento de ‘El ángel exterminador’, donde más que las imágenes, que también las hay, absolutamente fascinantes dentro de la imaginería del surrealismo, es esa atmósfera de unos seres encerrados sin una razón lógica y por la que tampoco nadie se pregunta, la que sustenta toda una película que deja otra gran sorpresa para el final.
En 1961 con ‘Viridiana’ había obtenido la Palma de Oro (para enojo de las autoridades franquistas, que permitieron su rodaje en España) y en 1962 Luis Buñuel obtendría el Premio de la Crítica, estando nominada a la Palma de Oro. Pocos directores españoles pueden competir con este palmarés, reflejo del que sin ninguna duda es el mejor director de la historia de nuestro cine. Con ‘El ángel exterminador’ tenemos buena prueba de ello, una obra maestra que cumple cincuenta años tan fresca, original y lúcida como el primer día.

Publicado en Diario de Pontevedra 21/05/2012

lunes, 21 de mayo de 2012

Beleza e palabra

‘Os ángulos da brasa’ é unha escolma da poesía de Manuel Álvarez Torneiro. Un percorrido íntimo da man do verso

Ambas, a beleza e a palabra, son o tándem inexpugnable para o lector, pero tamén, e como se cita nas tapas desta escolma de versos, “as mellores armas do poeta”. E o certo é que tras percorrer as tres estacións que compoñen este volumen, os tres aneis que como no Purgatorio de Dante ten que superar o lector, un decátase de que Manuel Álvarez Torneiro (A Coruña, 1932) fía o seu destino a esas dúas acompañantes que ao fin se amosan como una seña de identidade dunha abondosa poesía chea de referencias culturais de suxerentes metáforas pero, sobre todo, dun caloriño do que ao lector lle custa afastarse.
 ‘Os ángulos da brasa’ é o título desta escolma de poesía pero tamén é a construción dunha metáfora, dese tacto onde empeza a queimar o lume, onde espertamos do sono dunha vida moitas veces monótona e nos botamos de bruces sobre a creación, sobre a trama do pensamento. E aí dentro desa lapa é a onde nos bota o poeta dende unhas palabras polas que navega a beleza na súa barcarola, “Pero a beleza existe”, afirma nese poema. Abofé que existe, e na poesía galega ten o nome de Manuel Álvarez Torneiro. Cruzamos o primeiro anel: ‘Trama da vida’, onde a pintura ou a música son partes substanciais dese agromar de percepcións, dese bulir de sensacións que só a arte é quen de conceder a quen se achega a ela, pero a beleza tamén é a propia vida, o traballo dos mariñeiros, palabras, leccións que nunca serán as derradeiras, e silencios.
O segundo anel é o que nos leva ata o ‘Terreal e o sagrado’, algo que non é máis que o intento e a necesidade, pero tamén a tristeza: “De súpeto, a tristeza:/ a túa flor onte pensada/e hoxe neve”, un episodio de tránsito para chegar á derradeira etapa, a ese ‘Tapiz de cinsa’, onde a memoria aparece como o gran vertebrado da nosa existencia, unha existencia onde comezan a ser moitas as tormentas e a angustia o empeza a encher todo. É o tempo dos espellos, das engurras “E a exfoliación. E o frío”.
Toda unha viaxe pola vida feita poesía. Poucas compañeiras pode haber máis sinceras que as palabras da poesía, o sentimento do vivido expresado coa contundencia dunhas palabras que se van facendo area no interior do verso, desfacéndose entre as nosas mans como antes se desfixeron nas do poeta. Area dun reloxo que pouco a pouco se consume nunha secuencia imparable, peaxe da propia vida, pero tamén berce do que aquí queda escrito. E non é pouco xa que esta escolma de poemas que edita Faktoría K de libros dentro da nova colección de poesía ‘Tambo’ que acomete Kalandraka da man de Luís Rei, asoma como un dos poemarios máis intensos e arrebatadores que un se botou á cara en moito tempo. Non é sinxelo converter unha vida en poesía, facer lume cos troncos e as pólas que foron compoñendo o noso existir, queimar tanto para recibir tan pouco. Ben certo é que estamos ante un proceso de purificación persoal, unha expiación da alma que non todo ser humano está disposto a afrontar. É o tempo de arrastrar as cadeas, das lembranzas, benditas as boas, teimudas as malas, pero sobre todo das preguntas, moitas delas sen respostas : “Que sabes dos que poxan á gloria,/ das infinitas nadas,/ do primeiro da clase,/ dos ángulos da brasa,/ da estulticia dos blues/ que asasinaron a Mozart?
Manuel Álvarez Torneiro amósase mercede a esta viaxe como un dos nosos meirandes poetas, o construtor dunha obra chea de fondura e coherente dende o primeiro poema ata o derradeiro verso. Refrendada xa con diferentes galardóns, non hai dúbida de que o maior recoñecemento para o poeta é ver todas estas palabras xuntas, falando da beleza, pero tamén da tristeza. En definitiva, falando da vida, falando de nós mesmos.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 20/05/2012