jueves, 30 de abril de 2020

Desasosiego/ 43. Punto de vista

Vecinos asomados a sus viviendas en Pontevedra
aplaudiendo a los sanitarios (Gonzalo García)

Medición de distancias

si una ciudad no late, 
hasta un árbol es nada
y un balcón es tronera
o precipicio.
Serás el prisionero
a quien nadie vigila,
en propio pecho encarcelado.

Entiende lo incomprensible
y ámalo. Ocupa el revés del intento:
sé cardo, cuando llegaste como lana,
piedra, cuando, hilo de seda, flotarías.

Ida Vitale

En una de las escenas más conocidas de ‘El club de los poetas muertos’ el profesor que encarna Robin Williams hace que sus asombrados alumnos rompan la férrea disciplina de su colegio y se pongan de pie sobre sus pupitres, y todo ello ¿para qué? pues para comprobar cómo las cosas se ven de distinta manera en función del lugar que ocupemos en la vida, intentándoles inculcar la idea de que debemos mirar las cosas constantemente de un modo diferente.
Estas semanas de confinamiento, estos días del desasosiego, si a algo nos están obligando es a cambiar nuestro punto de vista sobre numerosas cuestiones sobre las que quizás nunca antes habíamos reflexionado, debido a nuestras importantes urgencias diarias, que ahora estamos viendo que no eran ni tan urgentes ni tan importantes. Los días van pasando y vemos más cerca el salir de nuestras jaulas, pero todavía, cada vez que nos asomamos a esas ventanas, es cómo si nuestra manera de ver la realidad se hiciese de manera distinta. Desde ese punto elevado en el que estamos, como si fuéramos los alumnos del profesor Keating, intentamos ver la esperanza de nuestros sanitarios luchando denodadamente frente al virus, pero también a todos esos trabajadores que han aguantado estas semanas de manera firme y disciplinada en sus puestos de trabajo, permitiendo que el resto de personas normalicemos nuestras vidas de la mejor manera posible. Seguro que nunca hemos pensado en un charcutero, un pescadero, un quiosquero, un transportista o un farmacéutico como profesionales de esos que se califican como esenciales. Pues ya hemos visto como sí lo son, como toda profesión tiene dentro de la sociedad un papel relevante que desempeñar, pese a que su costumbrismo muchas veces no nos deje que lo parezca y, por lo tanto, valorarlos como se merecen.
Esa altura, desde la que observamos nuestras calles, a buen seguro que ha provocado también en nosotros una nueva mirada hacia la ciudad. Una mirada más cómplice y menos anecdótica de lo que podría ser con anterioridad al estado de alarma, cuando salíamos a la ventana como un acto más de nuestras vidas, cargado de inocencia. Esa inocencia quizás ya no vuelva más y ahora, cada vez que nos asomemos a esas ventanas, miraremos la ciudad como un conjunto de latidos, como una suma de acciones que nos dan pleno sentido como comunidad. «Si una ciudad no late,/hasta un árbol es nada/y un balcón es tronera o precipicio», escribió la poeta Ida Vitale. Pocas ciudades laten como Pontevedra, con sus calles reconvertidas en canales de vida, recuperando una componente humana a la que vemos también como esta crisis va a obligar a muchas ciudades a reconvertirlas en algo muy parecido a lo que es Pontevedra. De no sentir esos latidos nuestros balcones y ventanas serían como un precipicio al abismo por donde nos moveríamos como zombies. La vida de nuestra ciudad ahora se sube a nuestros pequeños reinos como una enredadera para hacernos partícipes de la tribu, con un contacto mucho mayor con nuestro territorio.
Un punto de vista que también se ha modificado en relación a nuestros vecinos. Tantas veces ajenos a ellos, números y letras sin nombres, casi sin caras, a los que ahora observamos también como copartícipes de una distopía en la que nunca pensamos vernos inmersos, pero que ahora aceptamos como grupo. Dibujos, músicas o acciones de lo más variopinto, intentan dinamitar el tedio con la mejor voluntad, convirtiendo esa cooperación en un instante de esperanza. Pero también podemos pensar en cómo todo esto puede afectar a la piel de nuestras ciudades. Desde nuestras casas vemos las otras casas, esos paneles oradados de manera demasiado tímida, convertidos en colmenas arquitectónicas en las que un balcón es una especie de tesoro revalorizado, ahora, desde la necesidad de aire. Habitamos unos pisos en los que cada metro cuadrado se aprovecha hacia el interior, despreciando lo común, o aquello que nos permita respirar. ¿Cambiarán mucho los pisos en un futuro? Quizás debíamos plantear la casa como un lugar intermedio entre el interior y el exterior, entre lo familiar y lo laboral. La irrupción del teletrabajo, uno de los grandes descubrimientos de esta crisis, definirá también la disposición de las viviendas futuras como un ingrediente más.
Esta crisis, lejos de hacernos agachar la cabeza, o de enfrascarnos en las miradas cortas que tanto estamos viendo, sobre todo desde las atalayas políticas, debe voltear la mirada hacia lo que nosotros mismos somos capaces de ver desde este punto de vista nuevo, desde el que la vida, y un cruel virus nos han obligado a mirar. Intentemos ver las cosas de manera diferente a cómo lo veníamos haciendo, porque aquella mirada anterior ya no nos vale.



Publicado en Diario de Pontevedra 30/04/2020




miércoles, 29 de abril de 2020

Desasosiego/ 42. El cine según Hitchcock



Un día como el de hoy de hace cuarenta años fallecía Alfred Hitchcock. Cuarenta años en los que su cine no ha dejado de crecer, de redimensionarse, de conquistar a nuevos espectadores y de seguir maravillando a los que somos unos apasionados de su cine. Si hablo en primera persona, para mí Alfred Hitchcock es uno de los tres directores más importantes de la historia del cine, los otros dos, John Ford y Luis Buñuel. ¿En base a qué defiendo este triunvirato que, evidentemente, es puramente personal? Pues a que los tres han sido capaces a lo largo de toda su cinematografía de crear un universo propio y diferente al de cualquier otro director, con una fuerza tal que sus películas se pueden ver infinidad de veces ya que siempre ofrecen matices y nuevas posibilidades para el espectador. Tanto el irlandés como el aragonés lo han logrado, al igual que Alfred Hitchcock, manejando una serie de elementos que se repiten en sus películas, pero que gracias al potencial visual y narrativo del que eran capaces, se van camuflando para no caer en la repetición.
En el caso de Alfred Hitchcock ese cine singular se ha condensado en esa calificación tan reduccionista que nos habla de él como ‘el maestro del suspense’ y durante demasiado tiempo su cine se ha entendido como una buena artesanía, incapaz de ir más allá de esa capacidad para tener al espectador en tensión. Pero entonces llegaron ellos, aquellos jóvenes turcos que desde la Nouvelle Vague prestaron atención al cine de Hollywood como algo que se movía más allá del espectáculo, otorgándole la importancia que merecían elementos como el western o el propio cine de Alfred Hitchcock. Es, en ese proceso de revisión, cuando uno de sus líderes, François Truffaut, se adentra en el cine del creador de ‘Psicosis’ con su director en una conversación ya mítica y condensada en un libro clave para la historia del cine, ‘El cine según Hitchcock’. Entre esas líneas el artesano deja de serlo para asomarse como el artista genial y único que hoy honramos, como lo hacemos cada vez que vemos una de sus películas.
En estos días del desasosiego ver películas del director británico es una de las mejores actividades para nuestra mente, aunque ya conozcamos muchas de sus obras, revisarlas es descubrir, pudiendo ofrecérselas como un maravilloso regalo a los que viven con nosotros y que todavía no conocen su cine. Es más, si disponen del Canal TCM, que ha dedicado todo este mes a ofrecer sus películas, hoy se pueden dar todo un festín, ya que a lo largo de toda la jornada exclusivamente se proyectarán sus películas. Catorce de sus obras maestras, entre ellas, y volviendo a los criterios puramente personales, la que para mí es la mejor película de la historia del cine: Vértigo. ¡Qué ustedes lo disfruten!



Publicado en Diario de Pontevedra 29/04/2020

martes, 28 de abril de 2020

Desasosiego/ 41. Preferiría no hacerlo



TIRO del hilo que nos dejó el pasado sábado mi compañera de opiniones en este medio, nuestra enormísima cronopia, Mercedes Corbillón, al hacer mención en su artículo al relato de Herman Melville, ‘Bartleby, el escribiente’. Si quieren que les sea sincero, no sé si prefiero hablarles del libro de Melville o de los artículos que Mercedes Corbillón nos está ofreciendo (regalando), en unas páginas que la llevaban aguardando demasiado tiempo, como se espera todo lo que merece la pena. Pero bueno, tiempo habrá para las alabanzas a la librera y toca seguir ese hilo para proponerles, en estos días del desasosiego, un texto de sesenta páginas en mi edición de bolsillo de Austral, que abulta muy poquito en mi montañita de recomendaciones para estos días y que Mercedes Corbillón ha agitado como un avispero reclamando su protagonismo.
No les llevará mucho tiempo su lectura, pero si nunca lo han leído se quedarán ya para siempre aferrados a este relato que nos proporciona una inquietud similar a la que estamos viviendo durante estas semanas distópicas. La historia es la del empleado en un bufete que ante las sucesivas órdenes de su jefe no deja de contestar una y otra vez: ‘preferiría no hacerlo’, que va, de manera progresiva, consiguiendo aumentar la perplejidad inicial hasta conducirnos a una situación kafkiana que, pese a su extrañeza e incomprensión, hace que no puedas salir de esa convulsa espiral. Pero el libro también ofrece otro vínculo con nuestra situación actual, al convertir la soledad en uno de los elementos fundamentales de este relato que, paradójicamente, se ubica en una metrópolis como Nueva York y la inmensidad de un mundo moderno en el cual comienzan a intuirse ciertas perversiones capaces de provocar extrañas reacciones en el ser humano.
Lo cierto es que uno no se cansa de leer esta narración, ya que siempre ofrece nuevas aristas. Y todo esto es gracias a la capacidad literaria de su autor, Herman Melville, sí, el creador de esa obra mayúscula («la novela infinita» que llamara Borges) de la historia de la literatura que es ‘Moby Dick’, con lo que todavía sorprende más asomarse a estas pocas páginas, capaces de contener tantos ricos matices, frente al océano literario que supone la búsqueda de la ballena blanca y sus maravillosos cientos de páginas.
El triste destino de Bartleby deja un largo rastro literario hasta nuestros días. El de la observación del ser humano dentro de la sociedad y cómo este ámbito colectivo se acaba imponiendo al ser individual hasta límites insospechados. ‘Preferiría no hacerlo’, se ha convertido en uno de los grandes adagios literarios y uno de esos gritos sordos que el hombre puede llegar a pronunciar en situaciones críticas. Lean a Melville y, como no, a Mercedes Corbillón. ¡Ay, Bartleby!, ¡Ay, humanidad!



Publicado en Diario de Pontevedra 28/04/2020


El río de la vida


[Ramonismo 21]

En la frágil sencillez del nuevo texto literario de David Trueba se esconde una hermosa lírica sobre la vida en la adolescencia


UNA PANDILLA de amigos pasa una Semana Santa en un pueblo de vacaciones. Jóvenes que, dentro de su inocente cotidianeidad, perciben que la vida es mucho más que eso que se mueve entre sus juegos y desafíos. ‘El río baja sucio’, editado por Siruela, es la última novela de David Trueba y la propuesta de un libro que, desde una aparente fragilidad, encierra elementos vislumbrados, desde los ojos de la adolescencia, como episodios de una vida adulta que pronto será la suya.
Un libro hecho para disfrutar, tanto por parte de su autor, que así se intuye haberlo hecho en la reconstrucción de esos fragmentos de vida, llenos de felicidad, que se instalan en el interior de las personas como una Ítaca a la que es necesario regresar cada cierto tiempo a lo largo de nuestra existencia; como por un lector que enseguida se siente parte de ese grupo de chavales alumbrados por el descubrimiento del mundo de los adultos a través de las enseñanzas que la propia vida les va ofreciendo, en unos días aparentemente intrascendentes.
David Trueba alrededor de los personajes construye un ecosistema en el que se introducen elementos relacionados con el deterioro medioambiental, en una metáfora de la pérdida de esa pureza de los jóvenes ante la apertura de un nuevo tiempo. Ese río que baja sucio con el que se titula el libro es el deterioro de un paisaje, exterior, pero también interior, en el que los intereses económicos, las perversiones políticas, pero también las de una sociedad en la que la televisión del cotilleo, la omnipresencia del fútbol o las derivas del periodismo, son también un grave perjuicio para nuestro ecosistema, más allá del natural.
Pero ese libro de amistad es, desde su amabilidad y franqueza, una extraordinaria oportunidad para hacer de la lectura ese acto de disfrute que muchas veces los propios escritores pervierten en base a unos ejercicios literarios tan sofisticados que van contra sí mismos. David Trueba nos ha presentado otros libros en los que había una experimentación más profunda en lo narrativo. Tiempos, personajes, geografías que destilaban una escritura tan compleja como interesante. Libros como ‘Tierra de Campos’, ‘Blitz’, ‘Saber perder’, ‘Cuatro amigos’ o ‘Abierto toda la noche’, nos han mostrado esa constante experimentación en un territorio al que David Trueba, afortunadamente ha llegado hace tiempo para quedarse, en paralelo a su conocida faceta como cineasta. La bendita sencillez en la escritura de ‘El río baja sucio’, establecida de manera lineal a lo largo de una Semana Santa, con unos personajes muy bien definidos y en una localización muy concreta, parece rebelarse contra esa otra escritura anterior, trabajando desde esa trasparencia para buscar nuestro reflejo en esta historia. Todos tenemos las vacaciones de la infancia como un lugar especial dentro de nuestra memoria íntima, de ahí que pasemos cada página de este relato como si nosotros formásemos parte de él con nuestra doble mirada: la del adolescente, a partir de la cual todo tiene algo de aventura y de descubrimiento, desde los lazos de la amistad al primer amor, o lo que entendíamos como amor, que solía condensarse en una caricia, una mirada o el olor de un perfume o una piel; pero también la del adulto, la de unos padres que miran a sus hijos como si fuesen una película de sus propias vidas, recuperando antiguas amistades como un aroma del pasado que les lleva a sentir algo similar a lo que sus propios hijos. Ese engranaje común es el miedo, los ojos del temor ante lo desconocido, o ante lo que se nos ha hecho pensar a través de comentarios o sombras del pasado que hoy pueden ser ya diferentes. Como en la famosa y ejemplar película ‘Matar a un ruiseñor’ de Robert Mulligan, una casa es la que esconde lo extraño, aquello que puede distorsionar nuestra felicidad. Los adultos no quieren que los jóvenes se aproximen a ella conocedores de lo que se esconde en su interior, pero también que ese contacto puede abrir una caja de Pandora de la que salgan los fantasmas del pasado alrededor de todos ellos.
Pero más que temer a las sombras los protagonistas deberían temer a la realidad, a todo este mundo que les y nos rodea, distrayéndonos de las proximidades entre las personas, del contacto entre nosotros y del disfrute de todo aquello que este repleto de autenticidad, nuestra naturaleza. ‘El río baja sucio’ también es un grito sosegado contra lo más perjudicial del ser humano, los comportamientos más innobles y que atentan contra esa vida que, de no ser por ellos, sería todavía más bella. El libro está lleno de cargas de profundidad contra esta sociedad que hemos armado a nuestro alrededor. «La imbecilidad ni se crea ni se destruye, solo se transforma», escribe David Trueba, y esa lucidez es la que recorre este hermoso libro, pero también sus artículos en prensa, cita imprescindible en ‘El País’ como bálsamo ante tanta imbecilidad como asoma cada vez con más desfachatez en ese país. Pero también sucede así en sus películas, su faceta pública más conocida. David Trueba ha compuesto cantos enormes contra la imbecilidad. Títulos como ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’, ‘Madrid, 1987’, ‘Soldados de Salamina’ o ese excepcional documental, ‘La silla de Fernando’, alrededor de las reflexiones del inolvidable Fernando Fernán Gómez, lo confirman.
Echarse al agua de este río es, paradójicamente, apartar la contaminación que nos acecha y vernos así reflejados en unas aguas que, como en un espejo, nos acogen para soñar con nuestra juventud, pero, sobre todo, para soñar con lo que somos.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 25/04/2020

lunes, 27 de abril de 2020

Desasosiego/ 40. El cumpleaños de Aleixandre



Uno de nuestros cinco premios Nobel de Literatura estuvo de cumpleaños. El 26 de abril de 1898 nacía en Sevilla Vicente Aleixandre. Un poeta mayúsculo que enhebró la poesía española del siglo XX desde su longevidad y su capacidad de empatizar con las sucesivas generaciones de poetas. Ellos lo consideraban una especie de demiurgo, que hizo de su mítica residencia madrileña, Velintonia 3, un refugio para la palabra y la complicidad, para la resistencia ante el gris de un cielo que no pocas veces descargó su tormenta sobre un país bajo el yugo franquista.
Si existe algún bálsamo realmente efectivo durante estos días del desasosiego que estamos a vivir, ya no sólo por el castigo de un virus asesino y desbocado, sino también por tanta palabrería ajena a cualquier tipo de esperanza y de apoyo ante la adversidad, ese procede de la poesía, y en pocos refugios esta se puede encontrar de manera tan acogedora como en los poemarios de Vicente Aleixandre, reunidos en una espléndida edición a cargo de Lumen, ‘Poesía completa’, coordinada por Alejandro Sanz, gran conocedor de su poética y defensor, desde la ‘Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre’, de una causa a la que esta sociedad sigue negando sus favores, o mejor dicho, sus obligaciones.
Yace la casa del poeta, aquella Velintonia 3, ajada por el tiempo, agrietándose ante el desprecio de unas autoridades incapaces de dar una solución a una vivienda que podría recuperarse como aquello que siempre fue, refugio y altavoz de la poesía. Una suerte de cátedra arquitectónica que nos sirviese para estudiar y acercarnos a la poesía española de ese siglo XX que el propio Vicente Aleixandre estructuró como un gran tronco desde la aparente fragilidad de su cuerpo. Mientras, su poesía era firme y recia, con su origen en lo surreal, por donde comenzó a brotar el amor como una savia que ya no tendría remate en su circulación. A partir de ahí la innovación, la experimentación formal y el construir una poesía cada vez más armada desde el tiempo y su insobornable paso a paso hasta el fin, en el que la juventud vuelve a florecer. En ese final llegó el Premio Nobel, era 1977. Los cielos ya no eran tan grises y la poesía de Vicente Aleixandre resonaba desde el silencio de una cueva en el que de manera ajena se vio confinado, por el peso estelar de otras figuras de su generación, aquella Edad de Plata de 1927 que alumbra permanentemente desde una pléyade incomparable.
Échense a su poesía durante estos días, no les defraudará, les dará sosiego y caricia, y al tiempo piensen que aquellas paredes en las que se parieron todas estas palabras sufren el virus del desprecio y la falta de sensibilidad de quienes se niegan repetidamente a recuperarlas como parte de nuestro patrimonio y de una memoria que nos ayude a ser mejor sociedad.



Publicado en Diario de Pontevedra 27/04/2020

Desasosiego/ 39. De visita al Reina Sofía

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
 (Joaquín Cortés/Román Lores. MNCARS)


NADIE dijo que permaneciendo en nuestras casas no podíamos seguir visitando centros culturales. Prácticamente todos los grandes espacios que trabajan en ese ámbito desde lo museístico han hecho de sus páginas web auténticas demostraciones de las posibilidades de las tecnologías para aprovechar los ricos recursos de que disponen.
Como siempre debemos buscar la parte positiva cuando la vida nos somete a sus derivas y diferentes museos han reactivado esas plataformas para darnos a conocer de manera mucho más efectiva a como lo podía ser antes de esta crisis sanitaria sus contenidos. Uno de las que más han apostado por su web para mantener el contacto con sus visitantes es el madrileño Centro de Arte Reina Sofía. Uno de los museos de Arte Contemporánea más importantes del mundo y que ha hecho de su web un amplísimo recorrido, no sólo por su colección permanente. En ella merece especial atención el Guernica que, bajo el epígrafe de ‘Repensar el Guernica’, nos abre una puerta increíble alrededor de la historia de este lienzo fundamental en la historia del arte. Así podemos rastrear cientos de documentos que, junto a los personajes que han tenido que ver con la procelosa historia de la obra de Picasso, nos ofrecen una minuciosa visión de esta pieza que nuclea la colección del Reina Sofía.
Pero también podemos asomarnos a las exposiciones que el Reina Sofía ha ido posibilitando en el extranjero en ‘Itinerancias’, así como a numerosas conferencias, diálogos o presentaciones de proyectos relacionados con el centro artístico. Por supuesto las exposiciones temporales que se han visto alejadas de nuestra presencia física se ven aquí presentadas con todo lujo de detalles. Obras y materiales que te facilitan una aproximación, evidentemente no igual que enfrentarte a la obra en directo, pero sí que permite una reflexión mucho más pausada de lo exhibido. Así es como podemos asomarnos a las exposiciones de Ignacio Gómez de Liaño, Miguel Ángel Campano, la muestra de Mario Merz en el Palacio de Cristal o la sorprendente exposición de Clement Bernard inaugurada el 13 de abril. Sí, hace solo unos días de manera virtual y en la que ya se muestran fotografías realizadas en un Madrid distópico, un Madrid confinado y azotado por el terror, pero al que los artistas ya tienen que aproximarse para ofrecernos sus lecturas de estos días del desasosiego. De hecho en la web se nos presenta también un proyecto on line de creación artística, ‘Artistas en cuarentena’, coordinado por la confederación de museos L’internacional, mostrando aportaciones desde diferentes rincones del mundo de esas visiones creativas, pudiendo contemplar la fotografía del polaco Pawel Zukov y un vídeo de la eslovena Maja Smrekar.



Publicado en Diario de Pontevedra 26/04/2020

sábado, 25 de abril de 2020

Desasosiego/ 38. Eça de Queiroz el 25 de abril



Miremos en este 25 de abril a nuestro país vecino en su día de celebración nacional. Allí escritores como Fernando Pessoa o José Saramago luchan de manera amistosa (Saramago era un gran admirador de Pessoa) por el olimpo de las letras portuguesas, siempre alumbrados por el astro Camões. Pero si existe otro nombre capaz de entrar en competencia con todos ellos ese sería el de José María Eça de Queiroz (Póvoa de Varzim, 1845- París, 1900), el creador de ‘Los Maias’, unas de las grandes novelas de la literatura portuguesa.
Un autor que cada vez se difunde de una forma más intensa, recuperando de manera permanente sus textos, para que un mayor número de lectores se adentren en una de las escrituras más lúcidas de un siglo XIX que se debatía entre dos universos, debido a los progresos económicos, sociales y culturales a los que la humanidad asistía.
En estos días del desasosiego acercarse a alguno de los relatos del escritor luso va a propiciar que nos asomemos a una escritura intensamente pegada a lo que acontecía en la sociedad de su momento, lo que no extraña en quien desarrolló una amplia labor como periodista, y que en sus escritos mezclaba de manera ejemplar esa identidad lusa con los aires cosmopolitas que llegaban de otras capitales europeas y que el autor de ‘El crimen del padre Amaro’, considerada la primera novela realista del país, conocía bien por su otra faceta, la de diplomático, que lo llevó a pasar temporadas en La Habana, Inglaterra o París.
En esa revisión de su obra la editorial Acantilado acaba de publicar una de sus novelas más señaladas, ‘La ciudad y las sierras’. Publicada de manera póstuma un año después de su muerte, la novela se constituye como una sátira de ese mundo moderno bajo la trama del regreso a Portugal de un ‘urbanita’ procedente de París. Esa contraposición de dos mundos se nutre de la inteligencia en la escritura de Eça de Queiroz bajo un relato lleno de ironía, de críticas a la Iglesia y con la capacidad de un entomólogo para describir al Portugal de las últimas décadas del siglo XIX de manera maravillosa.
Completa así Acantilado un espléndido catálogo dedicado al portugués con títulos como ‘El misterio de la carretera de Sintra’, ‘La reliquia’, ‘La capital’ o ‘El mandarín’, así como sus crónicas periodísticas enviadas tanto desde Inglaterra como desde París. Un itinerario, como sucede siempre en este sello editorial, presentado de una manera ejemplar, y con el que rastrear perfectamente a una de las grandes plumas de la literatura y a la que la desde fuera de Portugal cada vez más parece dársele el lugar que justamente merece.




Publicado en Diario de Pontevedra 25/04/2020

viernes, 24 de abril de 2020

Desasosiego/ 37. Maniquíes



Avanzamos, arañas al acecho,
sobre la red de calles y avenidas,
palpita, parpadea la ciudad, incendiada de flores,
frutas, envases de cartón, latas, botellas vacías.
En los acuarios de los escaparates nadan
los maniquíes calvos y desnudos
o cubiertos de tules, linos, pieles
(¡salvad a los visones, a las chinchillas, a los leopardos!,
reza un cartel, portado -igual que un estandarte-
por un hombre andrajoso).

‘Cuaderno de Nueva York’. José Hierro


Una mujer pasa ante un escaparate en Pontevedra (Rafa Fariña)

Testigos de nuestra soledad. Notarios de una irrealidad alucinante, la de unas calles vacías y unos comercios cerrados. Allí están, «en los escaparates de los acuarios», como escribiera José Hierro en su ‘Cuaderno de Nueva York’, los maniquíes, observando un delirio que poco o nada tiene que ver con el frenesí habitual que sucede ante ellos.
Tiene mucho esta crisis vírica de crisis antisistema. Ataca a la economía como nunca habíamos visto antes y si estamos comprobando lo frágiles que somos los seres humanos, el hasta ahora inexpugnable capitalismo también se siente en la necesidad imperiosa de recibir respiración asistida. Estamos ante un virus que se mueve por el mundo globalizado a una enorme velocidad, que diluye fronteras, que mete los aviones en los hangares, que despuebla los hoteles de nuestro turismo desproporcionado, y que somete a los potenciales consumidores a una cuarentena ante la que es incapaz de reaccionar, al atacar aquello que más le beneficia, el movimiento de personas y capitales.
Este Covid-19 es también un virus fundamentalmente urbano, nació en Wuhan, una mole de doce millones de habitantes, y se propagó por un mundo conectado a esa cada vez más poderosa potencia comercial que es China. Crece de una manera terrible en cuanto al número de víctimas allí donde encuentra una intensa contaminación, tal y como se ha comprobado desde varios estudios universitarios y científicos con datos tan evidentes como que el 78% de las muertes registradas en un solo día tuvieron lugar en zonas de una altísima contaminación, como fueron cuatro regiones del norte de Italia y Madrid. Espacios en los que el cielo, que es algo siempre muy poético pero que con los pies en la tierra no deja de ser el aire que respiramos, registra una brutal concentración de partículas contaminantes en el aire. Wuhan, esas cuatro ciudades del valle del Po y Madrid se localizan entre montañas, lo que permite estabilizar esa contaminación sobre las ciudades, formando una nebulosa que asfixia la salud. Durante estas semanas, en las que se ha detenido en gran medida la actividad económica, se han recuperado esos mismos cielos azules, ofreciéndonos imágenes impensables bajo nuestro fagocitador ritmo de consumo anterior. Son todas urbes en las que el tráfico y las calefacciones saturan nuestro aire. Metrópolis, a las que también podemos sumarle Nueva York, con unos datos escalofriantes de fallecidos, y que tras haber planteado simulaciones en el descenso de esas cifras de contaminación, se comprueba cómo el número de muertes por coronavirus bajaría su porcentaje.
La OMS ha establecido, desde hace tiempo, que «la contaminación es el enemigo número uno de la salud pública». Como siempre que se dan este tipo de alertas, miramos hacia otro lado, indolentes ante nuestra irrenunciable capacidad para destruir el mundo desde una premeditada inconsciencia que nos lleva a un desbocado consumo que agota recursos y destroza a una naturaleza que, desde nuestro confinamiento, respira cada vez con mayor intensidad. Impresiona ver las imágenes que nos llegan durante estos días de rincones del mundo en los que esa naturaleza revive a un ritmo que plantea un hilo de esperanza para cuando todo esto se solucione. Las aguas transparentes llenan los canales de Venecia, una de las cumbres del turismo que ha sustituido la podredumbre de sus aguas por un ecosistema en el que incluso se han detectado medusas. La India, donde registramos una de las grandes masificaciones de población, nos ofrece un Taj-Mahal perfectamente nítido ante nuestra visión, como esa Muralla China, en la que los escasos visitantes que allí llegan respiran un impensable aire puro, o Madrid, que ha colgado en el perchero esa boina que hacía de la capital uno de los espacios más contaminados de Europa.
El futuro que tiene que venir debe pasar inevitablemente por un futuro en verde. Por un aprovechamiento muy diferente de los recursos energéticos a cómo lo estábamos haciendo hasta el momento. Un planeta más sostenible será el que nos pueda sostener, pero para eso debemos poner mucho de nuestra parte y, como mínimo, reflexionar desde, al menos, tres ámbitos. La apuesta por un equilibrio territorial que distribuya la población de manera homogénea por nuestro territorio, menguando las grandes concentraciones urbanas. El consumo tiene que adaptarse a nuestras posibilidades reales y no encontrarnos con armarios que ordenamos durante estos días y ante los que no dejamos de sorprendernos por una cantidad de ropa que seremos incapaces de gastar en toda nuestra vida y, en tercer lugar, la apuesta por el reciclaje, esa ropa tiene que tener otras vidas después de nuestro uso, así como nuestros residuos diarios deben ser aprovechados de una mejor manera y con especial atención al consumo de plásticos y sus derivados, una especie más de nuestros océanos.
Vemos, junto a otras razones más inmediatas, como Galicia, con una dispersión de población muy superior al resto del Estado, ha resistido mejor el empuje del virus y Pontevedra, una ciudad pensada desde hace años en esa clave de humanización, de reducir los flujos de tráfico, y con una apuesta firme por el reciclaje, presenta índices bajos de enfermos y víctimas por un virus que en esto sí que parece nos da la razón. Ahora los maniquíes nos observan, mudos, pero atentos a nuestros próximos pasos, entre la responsabilidad y la irresponsabilidad.



Publicado en Diario de Pontevedra 24/04/2020

jueves, 23 de abril de 2020

Desasosiego/ 36. Sin el dolor no habríamos amado



SI ESTE MUNDO siguiese rodando como lo venía haciendo hasta hace unas semanas (que no digo yo que lo estuviese haciendo de la mejor manera posible) hoy el terciopelo rojo del Premio Cervantes acogería los pasos de un poeta al que laurear su cabeza y honrar sus palabras. El catalán Joan Margarit tendría que hacer, entre los rubores propios del día, ese paseíllo, y nos regalaría un discurso por el que pondría la mano en el fuego en lo relativo a su apego a la condición humana, alejado de efectistas distracciones, y en el que el paso del tiempo sería un diapasón que marcaría unas inteligentes palabras.
¿Y ustedes se preguntarán cómo estoy tan seguro de tanto bondadoso calificativo? Pues de pocas convicciones soy más consciente que de esta. Leer la poesía de Joan Margarit te hace entender a su creador y saber cuáles son sus intenciones en su paso por este tránsito. Una poesía que me acompaña desde hace varios años, a la que llegué tarde, pero nunca es tarde cuando lo que hay al otro lado del desierto es un oasis en el que siempre encuentras sombra fresca con la que explicarnos, porque de esto hay mucho en su poesía, un emocionante intento por medir lo que somos, nuestras oscuridades y nuestras luces. Una lucha permanente que la palabra pone en su lugar. Siempre la palabra.
El último de esos oasis es el propuesto a partes iguales por el editor Chus Visor y el propio poeta. Una antología personal seleccionada por Joan Margarit que de entre todos sus poemarios recupera una serie de poemas en la que quizás lo importante sea los que no están, aquellos poemas que, desterrados de la gloria, sirven para ensalzar a los que sí podemos leer en este ‘Sin el dolor no habríamos amado’. El epílogo que firma Joan Margarit en este libro habla de esa selección personal, ese buscar entre el hatillo de poemas aquellos que sirvan, empleando sus palabras, para «higienizar el mundo», mientras un mal poema lo que hace es ensuciarlo. Poemas que deben siempre hablar del ser, con ese carácter existencial que su poesía sabe gestionar como un rastreo de sí mismo, un mirarse al espejo para esa dura tarea que es convertir lo vivido, lo sentido, lo íntimo, en algo público.
En catalán y en castellano el poemario hace de ambos troncos una posibilidad común, la del diálogo con el lector de una manera diáfana, donde la poesía asume el dolor como parte de la vida y la mejor manera, sino la única, de entender lo mucho que se puede amar. En estos días de dolor y amor lo sabemos bien. Arquitecto y poeta, pocas poesías nos construyen mejor que estos versos que hoy son honrados en un día inquietante, como lo están siendo todos estos días del desasosiego.





Publicado en Diario de Pontevedra 23/04/2020

miércoles, 22 de abril de 2020

Desasosego/ 35. Resistencia libreira



IMOS celebrar o Día do Libro e farémolo baixo un estado de excepción, unha conxura vírica que nos ten afastados do mundo exterior, co que iso supón. Os afectos desterrados, as rúas baleiras e nós tentando afrontar unha nova realidade para a que nin moito menos estabamos preparados. O mundo estase poñendo moi diferente a cómo era fai uns poucos días. Que dicir de fai un ano cando os amantes dos libros desexabamos que este día chegase para botarnos a celebrar o libro como unha das nosas maiores afeccións e que nos define como un xeito de construírmonos.
Este 23 de abril vai ser ben distinto a cómo o foi ata agora, pero o noso amor polo libro debería verse reforzado ante os tempos de escaseza e polo moito que nos están dando entre as sombras que nos abafan. Durante estes días do desasosego se tivemos unha compañía fiel foi a dos nosos libros. Moitos deles estaban agardando, caladiños, á chegada dunha tempada como esta, con horas e horas nas nosas mans para buscar entretemento, para que os colleramos e saldásemos esa débeda que tiñamos con eles. Valoremos tras estas xornadas a capacidade do libro para acompañarnos ao longo das nosas vidas e o pouso que deixan en nós despois de cada lectura, e cando recuperemos a nosa liberdade voltemos ás librarías como algo que de verdade é unha necesidade para o ser humano.
Son moitos os sectores económicos para os que veñen tempos duros. O do libro, que o é por se algún aínda pensa que non, non vai ser diferente. Escritores, editores, librarías terán que facer da afouteza un sinal máis da súa valía. Non vai ser algo novo, nun ecosistema tristemente baseado na resistencia endémica, con escasos apoios dende as diferentes administracións, pouco cómplices co universo da cultura. O caso do libro galego, aínda semella máis grave, e del falaba fai pouco Xosé Ballesteros, presidente da Asociación Galega de Editoras, ao constatar unhas perdas estimadas dende a edición de catro millóns de euros que, a estas alturas, abofé que serán xa dunha maior cuantía.
Cando se abran as portas das nosas vivendas tamén se abrirán as portas das librarías e será a nosa oportunidade de amosar cal é o noso compromiso co mundo do libro. Agora si que xa non vale agocharse, nin pedir libros por vías alleas ás nosas librarías, as que levan semanas pechadas nunha labor milagrosa de resistencia que temos que apoiar á volta de todo isto. Oxalá todos estén no mesmo sitio onde os deixamos. Os nosos libreiros e libreiras son parte dunha cidade que ten a cultura como un dos seus latexos máis fortes e dinámicos, librarías que mudaron de xeito plausible moitas das súas antigas relacións cos clientes, baseadas nun mero intercambio comercial, converténdose en axitadores culturais, propoñendo actividades e participando da nosa cultura. Isto é cómplices da vitalidade dunha comunidade e saudables compañeiros no camiño.
Borges dicía que o paraíso é unha biblioteca e as nosas librarías son tamén pequenos paraísos ao noso carón. Non precisamos ir lonxe a buscar o que un paraíso pode ofrecer. Quedan tantas lecturas das que gozar, tantas parrafadas que botar cos nosos libreiros, tantas caricias que darlle aos libros nos andéis, tantos sorrisos cos que alumear o porvir que temos que celebrar o libro como unha das esperanzas máis firmes deste futuro cheo de interrogacións.



Publicado no Diario de Pontevedra 22/04/2020
Fotografía: Rafa Fariña

martes, 21 de abril de 2020

Desasosiego/ 34. Una cita homérica



CADA DÍA desde que estas jornadas del desasosiego nos han encerrado en nuestras casas les hago una recomendación para intentar pasar unos momentos de entretenimiento. Es posible que alguna vez me hayan hecho caso, las más de las veces seguro que no. Hoy, por favor, háganlo.
La 2 de Televisión Española, a las 22,00 horas, en su programa ‘Días de Cine Clásico’, pone ante nuestros ojos una de las películas más maravillosas de la historia del cine. Un canto feliz a la vida en comunidad, justo eso mismo que ahora se nos niega; ubicado en un increíble espacio abierto (otra afrenta a nuestro confinamiento), de infinitos verdes y cambiantes azules, como es el paisaje irlandés contenido en Innisfree, el lugar idílico en el que John Ford sitúa la acción de ‘El hombre tranquilo’. Contemplar esta película durante su emisión les aseguro que les evadirá por completo de estos días nuestros de tormentas y oscuridades. En la película también hay una enorme tormenta, pero el sol siempre llega y bajo él resplandecerá el pelo rojo de Mary Kate Danaher, una Maureen O’Hara capaz de volver loco a cualquiera, incluso a ese hombretón protagonizado por John Wayne, interpretando a un exboxeador de nombre Sean Thorton que busca superar el pasado y recuperar la tranquilidad que transmite ese territorio. Pero nada será como él piensa, los variopintos personajes que habitan ese pequeño pueblo y, sobre todo, ese encendido pelo rojo centelleando entre el verde irlandés, altera cualquier previsión y nos regala un relato fascinante, desde la propia historia, basada en un relato de el mismo nombre ‘El hombre tranquilo’, escrito por Maurice Walsh y que en España está editado por Reino de Cordelia; pero que desde lo visual, el director, de origen irlandés potencia, recreando uno de los escenarios más vibrantes de la historia del cine con escenas antológicas como las del cortejo o la gran pelea que tiene lugar entre John Wayne y uno de los habituales del cine de John Ford, Victor McLaglen, en el papel de hermano de la protagonista.
A Orson Welles le preguntaron cuáles eran sus tres directores preferidos, a lo que contestó. «John Ford, John Ford y John Ford». Está claro que lo era por películas como esta pese a que alejaba al viejo maestro de su querido Oeste, su ámbito cinematográfico más conocido, aunque esta película no se aparta demasiado de la esencia que se destapa cuando se visualiza alguno de sus famosos westerns. Esa esencia fordiana, ahora en su amada Irlanda, nos vuelve a enfrentar ante elementos como el honor, la amistad, el amor, el paisaje o el destino como enclaves fundamentales de su cine.
Solo dos premios Oscar logró la película, uno a la mejor dirección, y otro, a la mejor fotografía. Poco premio para una de las grandes obras del cine. Un film homérico.



Publicado en Diario de Pontevedra 21/04/2020

Desasosiego/ 33. Un Quijote actual y atractivo



En la semana destinada a honrar a Miguel de Cervantes, en la que sería también la de la entrega del Premio que lleva su nombre al poeta catalán Joan Margarit, no está de más acercarse, desde su mismo inicio, a la prodigiosa y lúcida pluma del creador de Don Quijote, el libro que nos legitima como entidad cultural, que nos estructura como sistema literario a partir del lenguaje y de una narrativa que es mucho más que novela, convirtiéndose en poesía, ensayo, libro de viajes y alma de un territorio.
Un libro inmenso, mucho menos por su extensión en páginas que por las dimensiones de su contenido, que todos deberíamos haber rastreado en mayor o menor medida. Seguramente una de las infinitas ediciones de este clásico forma parte de la decoración de sus casas y hasta es posible que en estos días de confinamiento le hayan pasado la mano por el lomo, bien en labores de desinfección o como parte de las locas rutinas diarias que este desasosiego ha generado en todos nosotros. Quizás hasta hayan tenido la intención, por muy pequeña que esta fuera, de pasear sus ojos entre sus líneas, pero lo más probable es que de haberlo hecho se hayan arrepentido tan rápido como sentían sus cientos de páginas sobre sus manos, pensando en que, frente a las bondades de su lectura, ese castellano ajado y macilento se convierta en un impedimento difícil de superar.
Pues aquí les traemos la solución de cara a próximos días y a inesperadas locuras. Un Quijote actualizado en su castellano, adaptado a cómo hablamos hoy, pero sin perder un ápice de su esencia original, que por algo quien ha acometido esta lucha contra gigantes molinos de viento es Andrés Trapiello, y con él ni medias tintas de duda ante el respeto frente a dicha empresa.
Hay estudios que cifran en dos de cada diez los españoles que han leído el texto cervantino, y también los que ven ese pobre número como una exageración. Lo cierto es que, aparte de la obligada lectura académica y los acercamientos de los estudiosos, leer el Quijote parece convertirse en una afrenta demasiado elevada para los lectores, cuando debería ser un texto recurrente, al que volver de cuando en cuando entre las diferentes lecturas que nos depara la vida. El amor y tesón puesto por Andrés Trapiello para llevar a cabo esta abrumadora tarea tendría que convertirse en un puente de plata para que recorramos esos caminos y gozar junto a Quijote y Sancho del gran relato de nuestras letras.



Publicado en Diario de Pontevedra 20/04/2020

lunes, 20 de abril de 2020

El libro infinito


[Ramonismo 20]

Irene Vallejo nos propone en el ensayo 'El infinito en un junco' un lúcido viaje a través del tiempo y la historia para conocer el origen del libro



HAY LIBROS que son mucho más que eso. Libros que se convierten en itinerarios a través del universo del ser humano capaces de transportarte y conducirte por espacios de la historia llenos de momentos trascendentales para el futuro, incluso, aunque nos parezcan muy lejanos, para el nuestro. ‘El infinito en un junco’, de Irene Vallejo, editado por Siruela, es uno de esos regalos que de vez en cuando el ámbito literario pone en nuestras manos para entender el verdadero significado de la palabra libro. Y lo digo así porque este texto nos sitúa frente al libro y a su importancia a lo largo de la historia, fundamentalmente en su origen, en su nacimiento y consolidación como acumulación de saberes, pensamientos, actividades artísticas, leyes... en definitiva, en su condición de contenedor de la presencia humana en sus más variadas posibilidades para la fijación y transmisión de conocimientos.
La labor homérica de la autora está llena de valentía por la inmensidad de esta empresa, por la idea original de plantearle al lector de nuestros días una senda que le lleve a empatizar con esos tiempos remotos de culturas como la sumeria, la egipcia o los gigantescos siglos del esplendor y decadencia de Grecia y Roma. El carácter didáctico de toda la narración, la magnífica escritura de Irene Vallejo, y el estar a lo largo de todo el libro tendiendo puentes entre los diferentes tiempos pasados y nuestro presente, lo dotan de una gran proximidad con el lector que no deja de saborear cada página como un enriquecedor aprendizaje, así como un disfrute literario de primer orden. Estamos, por lo tanto, ante un libro infinito, una acumulación de textos y autores que Irene Vallejo dispone ante nosotros como grandes piedras sobre las que apoyarnos para cruzar la laguna de la historia. Cada paso que damos, cada piedra que dejamos atrás, forma parte de la siguiente zancada, un impulso de diferentes sensibilidades e intereses que fueron conformando la historia del libro. Ese artefacto de piedra, arcilla, papiro, piel, árboles, y ahora luminosas pantallas, que nos definen como pocas realidades que haya creado el ser humano a lo largo de su existencia. Nos definen porque cada capítulo en la historia del ser humano ha tenido sus libros, sus historias que contar, sus relatos de unas realidades diferentes a las anteriores y a las posteriores. Grandezas y miserias que nos han explicado como una especie única que ha hecho del acto de narrar, y posteriormente de la lectura, una de sus acciones más extraordinarias.
Una aventura colectiva llevada a cabo en culturas fascinantes, en paisajes inimaginables, en arquitecturas prodigiosas o en otras humildes bajo un cielo estrellado, en definitiva, diversos escenarios en los que solo era necesaria la presencia de un ser humano armado con un útil de escritura y un soporte en el que contener sus ideas. Grecia y Roma se conforman como los grandes raíles de la historia para conformar nuestro actual concepto de libro. Irene Vallejo muestra su conocimiento de estas culturas, que domina bien por su formación, doctora en Filología Clásica y mundo que, como consta en la contraportada del libro, acostumbra a difundir en conferencias o en artículos de prensa en el Heraldo de Aragón o en El País. Varios de esos artículos se publicaron en la antología ‘Alguien habló de nosotros’. Al tiempo ha escrito dos novelas, ‘La luz sepultada’ y ‘El silbido del arquero’ y dos libros infantiles, ‘El inventor de viajes’ y ‘La leyenda de las mareas mansas’. Todo esto nos lleva a pensar en una persona con un claro afán didáctico e instructivo, alguien que confía plenamente en la capacidad de aprendizaje y la necesidad del conocimiento en nuestra sociedad, sí, en esta sociedad tantas veces reacia a activar ese pilar que, paradójicamente, todos entendemos como fundamental para el ser humano. Hasta esa vocación de escritora para niños también se puede rastrear en este ‘El infinito en un junco’, en el que la escritura brota de una manera clara, directa, sin absurdos recovecos que entorpezcan el verdadero sentido de este libro que es el de tomarnos de la mano y llevarnos a través de un viaje iniciático por la historia antigua del libro.
Increíbles son las partes del libro en las que recorre la Biblioteca de Alejandría, maravillosas en las que se desliza por la Odisea y la Ilíada, emocionantes cuando se adentra en el nacimiento de Roma y su capacidad de asimilación de otras culturas, como la griega, y de una gran lucidez cuando nos habla, ya hacia el final del texto, de lo que supone un libro clásico o la construcción de un canon. Etapas y momentos que la autora gestiona tejiendo, como Penélope, un interminable sudario a través del «hilo de las palabras y las metáforas atraviesa el tiempo, ovillando las épocas». Uno de tantos hermosos entrecomillados a los que podíamos acudir en este relato de Irene Vallejo en el que temes llegar al final, rematar una experiencia lectora y de adquisición de saberes como hacía tiempo que no nos encontrábamos en ese mundo del libro del que este ensayo se convierte en un devocionario, en una ofrenda que nos acoge a los letraheridos como cómplices del acto de la lectura, del goce que obtenemos al asomarnos a las ideas y bellezas de tantos que a lo largo de la historia gestaron una de las aventuras más grandiosas de la humanidad: el libro y, en este caso, un libro infinito, el de Irene Vallejo.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/04/2020

domingo, 19 de abril de 2020

Desasosiego/ 32. Un programa imprescindible

Ramón Menéndez Pidal
(Fundación Menéndez Pidal)


Hay programas en televisión que se afirman como la prueba necesaria y consistente de las virtudes que tiene este medio de comunicación. Y ello pese a un uso que de él se hace demasiadas veces perverso, en función de las manos que la manejen.
Si hablamos de una televisión pública ese servicio a la colectividad debería estar siempre por encima de cualquier otro tipo de vicios, basados en datos de audiencia, mensajes ideológicos o cualquier otra distracción de lo que es realmente obligado, como es el acompañar al espectador y a su entretenimiento a partir de una serie de contenidos que reivindiquen su inteligencia y posibilidades de conocimiento.
Cada domingo, a las nueve y media de la tarde en el segundo canal de Televisión Española el ente público pone ante nosotros uno de esos programas ejemplares. Su título, ‘Imprescindibles’, en alusión a los protagonistas de cada una de sus emisiones. Personajes relevantes de nuestra sociedad a lo largo de la historia que se presentan ante nosotros de una manera brillante, en cuanto a la confección de unos documentales rigurosos, entretenidos y fantásticamente realizados. Pero lo que realmente está consiguiendo todo el equipo que está detrás de este programa es hacer de él un imprescindible de nuestra televisión.
En la tarde de hoy el protagonista es un filólogo mítico en nuestra historia cultural, Ramón Menéndez Pidal, con el que, bajo el título de ‘La historia oculta en las palabras’, podremos ser conscientes de la importancia de su labor de reivindicación de la lengua y la cultura españolas, al mismo nivel que el resto de las naciones de Europa y, en este caso, siempre a partir de la valoración de la cultura popular como sustrato irrenunciable de cualquier identidad cultural. Un filólogo, un santón de la cultura, antiguos romances literarios... todo esto les puede parecer algo imposible de convertirse en un entretenimiento televisivo, pero solo les pido que le concedan una oportunidad y al término del programa ya me dirán. Así sucedió el domingo pasado con Camilo José Cela, visto a través de los ojos justicieros de su nieta o, anteriormente, con Emilio Lledó, Félix Rodríguez de la Fuente, Gregorio Marañón, Jorge Herralde o Luis Goytisolo, entre otros muchos, en un programa que lleva ya un buen número de convocatorias.
Citas con lo que somos a través de personajes, algunos olvidados y con los que no hemos sido siempre demasiado generosos, sobre todo en relación a sus aportaciones y que, afortunadamente, ahora podemos recuperar en estos días del desasosiego accediendo a la riquísima web de televisión española, simplemente buscando por todos esos imprescindibles de un programa imprescindible.



Publicado en Diario de Pontevedra 19/04/2020

sábado, 18 de abril de 2020

Desasosiego/ 31. Belmonte por Chaves Nogales



Reivindicada su figura desde hace unos pocos años, Manuel Chaves Nogales se muestra, en cada uno de sus libros recuperados, como una de las mejores plumas españolas del siglo XX. Con un pie en el periodismo y otro en la literatura, cuando no con los dos hincados en el mismo territorio que los une a ambos, sus páginas son de una intensidad y calidad tal que cuando uno se echa a ellas decide no apartarse de su propuesta.
Con ‘La agonía de Francia’ nos describió la llegada de los nazis a París, en donde se había instalado tras la pérdida de Madrid por parte de la República. Pero años antes Manuel Chaves Nogales nos brindó una de las mejores biografías escritas en España, ‘Juan Belmonte, matador de toros’, dedicada a una de las figuras de la época y fundador del toreo moderno.
Precisamente fue en un mes de abril, el día 8, cuando este revolucionario del toreo se suicidaba. Era el año 1962 y la vida, a través de la pérdida de condiciones se le escapaba de las manos a quien había sido estampa adorada del toreo. «Ni me quito yo, ni me quita el toro», recuerda sus palabras Zabala de la Serna en un artículo publicado hace unos días en El Mundo para recordar al ‘Pasmo de Triana’, pero si se quieren ventear la vida del toreo, incluso si no le gustan los toros, pero sí la buena literatura, deben recuperar este texto editado por Libros del Asteroide que además cuenta con un prólogo extraordinario del escritor Felipe Benítez Reyes. «Chaves opta por componer una historia», afirma Benítez Reyes, y ahí es cuando nos damos de bruces con una novela de vida.
Manuel Chaves Nogales entrevista al diestro para novelar su vida, y esta comienza a publicarse por entregas en el semanario Estampa en 1935 y a finales de ese año se publicarían en un libro. En su interior se va entremezclando ese latido existencial con una serie de anécdotas que nos hablan, como en pocas situaciones, del carácter del personaje, desde aquel niño humilde de Triana, hasta la forja del torero bajo la luna, la consagración, el duelo con Joselito, México, las mujeres, y las dudas, sombras que se iban acompasando al devenir de los años y a los miedos que coqueteaban con la gloria para, poco a poco, ir arrinconando a quien dejaba de ser figura para ser persona.
Descubriremos a un torero, pero al tiempo, gozaremos de la escritura de Chaves Nogales, el periodista que hizo literatura con su tiempo, desde la guerra a una vida en los ruedos.



Publicado en Diario de Pontevedra 18/04/2020