sábado, 22 de febrero de 2020

Sexamos ambiciosos




POR FIN se moveu ficha dende Madrid para recuperar o uso do gran edificio da antiga sede da Delegación de Facenda en Pontevedra. Un espazo que pola súa ubicación e pola súa capacidade ten que ser unha das grandes apostas que se fagan dende Pontevedra polo futuro, non só do contedor, senón tamén da propia cidade.
Tanto ese emprazamento, no mesmo corazón da cidade, como as potenciais posibilidades que ten o seu interior, deberían facer que sexamos ambiciosos no uso que ten que ter este edificio. Fálase de convertelo no gran arquivo da cidade, e non serei eu (que son do gremio) quen negue a necesidade de conservar e difundir materiais que forman parte da nosa historia e que nos explican como colectivo. Pero tamén entendo que ese tipo de edificios teñen uns usuarios moi restrinxidos, xente cun perfil moi especializado e que nos levaría a perder a ocasión de facer un edificio moito máis accesible á cidadanía, aberto á cidade, que debería ser un dos eixos da súa utilidade. Cada organismo dos cales se queren reunir os seus arquivos nun edificio central tería que ter a sensibilidade suficiente para o seu coidado en condicións óptimas dentro das súas propias instalacións (un bo exemplo é o da Deputación), concedéndolle así o valor que esa documentación xerou ao amparo de cadansúa institución ao longo do tempo.
Vivimos tempos complexos, nos que propiciar a reflexión sobre nós mesmos tería que ser unha das nosas identidades como sociedade, e algo que nos debería ocupar moito máis tempo, facéndoo dende disciplinas como a creación, o pensamento, a urbanidade, a sostenibilidade, a tecnoloxía... É por iso que, ao igual que noutros centros como poden ser o Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) ou o máis recente na súa posta en marcha, Centro Conde Duque de Madrid, recuperar un edificio do pasado para pensar o noso presente e tentar medir o futuro, sería algo moito máis interesante para o noso desenvolvemento social.
Refírome a espazos multidisciplinares adicados a entender a sociedade contemporánea con accións e actividades adicadas aos diferentes segmentos da poboación, dende o público máis novo ao máis adulto. Festivais creativos, conferencias, encontros literarios, salas de lectura ou de acceso ás novas tecnoloxías ou exposicións, poden dialogar tamén con parte da nosa memoria a través da convivencia con algún tipo de arquivo da cidade que non monopolice toda a infraestrutura. Ese espazo atractivo e aberto á cidadanía, que propicie o encontro coa pluralidade do que somos, pode ser tamén un bo alento para comezar a ensarillar ao público máis novo con este tipo de iniciativas do ámbito das humanidades.
Falaba de ambición e iso ten que ser o que nos mova para seguir facendo de Pontevedra unha cidade referente en moitos ámbitos que conviven co noso tempo e aos que outras cidades estanse sumando tarde. Aproveitemos este paso adiante na recuperación deste edificio e pidamos aos nosos xestores a ambición necesaria para mirar o futuro en común. Abordar un proxecto destas características ten que xuntar casi de maneira obrigada a varias das nosas principais institucións para fornecer un itinerario do que aproveitarnos todos. É importante ter presente o pasado ante calquer paso adiante, temos que conservar e manter aquilo que fomos, pero tamén temos que pensar o que somos hoxe e o que pode ter un maior aproveitamento para esta sociedade tan diferente a cómo o era ata hai uns poucos anos, e para iso precisamos novas ferramentas.



Publicado no Diario de Pontevedra 21/02/2020
Foto: Antiga Delegación de Facenda de Pontevedra


martes, 18 de febrero de 2020

Soñar un jardín

[Ramonismo 14]
Juan Antonio González Iglesias propone en ‘Jardín Gulbenkian' un equilibrio entre el mundo clásico y lo contemporáneo


SOÑAR UN JARDÍN”, escribe Juan Antonio González Iglesias. Soñar un jardín para hacerlo poemario, para conducir al lector por un espacio acogedor y que al tiempo se abre hacia el pasado y hacia la cultura como permanente epifanía para el ser humano. El Jardín Gulbenkian de Lisboa, en la Fundación del mismo nombre, ejerce de catalizador de unas emociones que se disgregan a lo largo de este poemario ganador del XXIX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma y que publica la editorial Visor como transmisor de esa febril apuesta del poeta por recuperar una suerte de equilibrio entre elementos de la cultura clásica y lo contemporáneo.
Cada poema se constituye así como una evasión, un caminar por ese jardín que simboliza el amor por la cultura, el deseo de coleccionar artes y sentimientos y exhibirlos ante el público de un tiempo posterior. Un jardín convertido en palabras que, como un laberinto, nos acoge y nos resguarda de la intemperie. La caricia de la naturaleza, la felicidad de la observación, el placer de la lectura. «Leer es mejor que escribir», nos ilumina el poeta. Leer es abrirse a los demás, leer es saber aquello de lo que el día a día nos aparta, leer es conocerse a uno mismo. Lo cierto es que este poemario es uno de esos impagables viajes que sólo la lectura puede ofrecer, un recorrido por tiempos, idiomas, geografías, palabras, tiempos y percepciones que la poesía es quien de acaudillar entre sus versos.
La relación entre el mecenas Calouste Gulbenkian y el diplomático y poeta Saint-John Perse, conformada en una correspondencia que se guarda en la propia Fundación, es también alambre que tensa el poemario, ya que sus palabras se convirtieron en el alumbramiento de este espacio y la posibilidad de generar un ámbito de resistencia ante el exterior, ante una sociedad que, como sucede en nuestra actualidad, mantiene demasiadas reticencias con la cultura y sus capacidades.
La consecución del premio de Poesía Jaime Gil de Biedma que abandera este poemario viene a refrendar la trayectoria del salmantino Juan Antonio García Iglesias, ya reconocido anteriormente con algunos de los premios más destacados de nuestra poesía, como el Loewe, Generación del 27 o el Ciudad de Melilla. Catedrático de Filología Latina en la Universidad de Salamanca, ciudad en la que nació en 1964, su poesía se ancla en el mundo clásico, como él mismo escribe en la introducción de este libro: «La poética clásica está llamada a decir lo esencial, aunque casi sin decirlo, como la curva que describe el río cuando su curso está ya sereno. Rodea las cosas sin arrollarlas, pasa muy cerca, pero las deja intactas, se las lleva reflejadas en su caudal transparente. Por eso las dice sin decirlas» Y así es como este libro está repleto de esos reflejos en el caudal plácido de unas palabras sobre las que navegamos como en un lago en medio del jardín. Poemas que te evaden de una realidad que aquí sobra, en los que el regusto clásico les concede una solidez a lo escrito que se conjuga de manera eficiente, también brillante, con un ámbito actual de la poesía que nos sitúa ante la necesidad de una esperanza, de manejar el lenguaje como un bálsamo y situarnos ante la experiencia de la vida desde el impulso de la palabra. Poemas como ‘Lo sencillo’ son todo un acontecimiento, una celebración sobre el encuentro con el ser humano y la importancia de un momento determinado en nuestra vida.
Ante el discurrir del poemario el lector no sólo se rinde ante el poema en su integridad, sino que hay frases que se mueven en su interior que quedan prendidos en quien los lee: «Lo esencial no hace falta decirlo, para eso tenemos el silencio», «Para que no dudemos se nos dio lo tangible», «Ojalá sea como tú/todo lo que me espera». Auténticos latigazos que nos hacen despertar del sopor al que cada vez más nos condena un mundo fuera de ese jardín. Allí, en su interior, el mármol, el amor, la Arcadia, la Academia, la belleza o la naturaleza nos protegen, como un tesoro inagotable del que ir sacando en cada línea una gema, un deslumbramiento, como la ‘Primera noche de verano’ o el ‘Poniente’, poemas que son una mirada hacia el gozo de ese instante que nos provoca la observación, la contemplación de aquello que, desde lo bello de una naturaleza repleta de pureza, alcanza la emoción.
Jardín, y por lo tanto naturaleza, jardín y por lo tanto contacto con lo natural como trascendencia del individuo. «Una mañana es un cuerpo joven», «Meto mi mano/en el costado de la primavera», afirma el poeta, situándonos ante esa humanización de lo natural, ante ese bosque de pinos que como un ejército se erige imponente. La conquista del lenguaje como medio para cambiar nuestra impresión de la realidad, para alumbrar a su paso las cosas. Juan Antonio González Iglesias hace de ese lenguaje, del profundo conocimiento de las palabras y de su dimensión latina, todo un itinerario que seguir en el caminar por ese jardín. Transitamos, por lo tanto, por un itinerario que tiene mucho de celebración, de encuentro báquico ante la vida y el paso del tiempo. ¡Ah, el tiempo! siempre el tiempo como diapasón que todo lo gestiona. Y este poemario es puro tiempo, tiempo pasado, tiempo presente y también futuro: «Dejar para el futuro/un puñado de versos encendidos/en los que únicamente pido un poco/de sol».
A ese sol y a esos versos nos encomendamos para seguir a este poeta, para entrar o salir en los futuros jardines que nos deparará una obra con la que celebrar la palabra, tal y como Juan Antonio González Iglesias la celebra con todas esas personas a las que dedica cada uno de estos versos. Profesores, poetas, amigos, escritores, en definitiva, celebrantes de la vida que hacen de esas lecturas una emoción personal a la que poder asomarnos cada uno de nosotros. Cada lector que se adentra en un jardín a la búsqueda de una rosa, el gran tesoro que nos convoca.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/02/2020

lunes, 17 de febrero de 2020

Llegan los de la radio

Un instante del programa 'La Ventana' realizado
el pasado viernes desde Pontevedra (Rafa Fariña)

COMO AQUELLA troupe de cómicos que inmortalizara en el cine Fernando Fernán Gómez en ‘El viaje a ninguna parte’, hoy llega a Pontevedra el equipo de La Ventana, con Carles Francino a la cabeza, para hacer radio en directo, para abrir las tripas del transistor y así poder comprobar de dónde sale eso que tantas veces escuchamos de ‘la magia de la radio’.
Precisamente escribo estas palabras en el Día Mundial de la Radio y hoy, Día de los Enamorados, que sirvan estas palabras para confesar el amor eterno a ese medio de comunicación, así como para evidenciar su importancia en la vida de todos nosotros.
En mayor o menor medida todos somos radio. Sus palabras a lo largo del tiempo se han ido depositando en todos nosotros para ser algo a lo que ya es imposible renunciar. Pocos entenderíamos el día a día sin su compañía de la mañana a la noche, sin su caricia cuando nos encontramos a gusto escuchando a alguien interesante, sin su obligada dosis de realismo cuando la actualidad impone su contundencia o, simplemente, entendiendo que sin su presencia todos estaríamos más sólos .
Pontevedra es radio y lo es gracias a una emisora como Radio Pontevedra con más de 85 años de existencia, y con dos premios Ondas, que forma parte de la vida de la ciudad como lo puedan ser el Diario de Pontevedra o clubes deportivos como el Pontevedra c.f. o el Teucro de balonmano, todos ellos con historias y pasiones que se han ido sucediendo generación tras generación. También gracias a periodistas como Susana Pedreira que, desde los micrófonos de Onda Cero, realiza programas para toda España desde sus estudios a las orillas del Lérez. ¡Brava!
La radio se ha ido adhiriendo a cada uno de nosotros, año a año, mes a mes, día a día, y así todos podríamos recuperar recuerdos radiofónicos para entender cómo hemos ido creciendo junto a esos nombres que han sido una compañía impagable y, tan importante debió ser, que todavía en un día como el de hoy permanecen vigorosos en nuestra memoria. El sabor del Cola-Cao mientras Iñaki Gabilondo ponía las luces en la pista de despegue de cada día, las voces de sábado de Manolito Gafotas en la boca de Elvira Lindo martilleando al joven resacoso, los salvadores consejos literarios de Javier Rioyo renovados actualmente por Benjamín Prado que hoy hablará frente a donde García Lorca dejó escrito un soneto para la historia de esta ciudad, las noches al cuidado de Carlos Llamas y la despedida obligada de Josep Ramoneda que, al día siguiente, comentaba entre imitaciones con Manuel Jabois en la redacción de este periódico, siendo ahora precisamente el propio Jabois (¡qué orgullosos estamos de ti, querido!) quien ocupa esa mítica atalaya. Esa es la magia de la radio, el poder evocador de un espacio misterioso que cualquiera de nosotros puede llegar a ocupar. Porque la radio es complicidad, comunicación entre periodistas y oyentes cuyas voces se ligan en las ondas.
En esta tarde podremos ver que hay tras ese telón de tantos kilómetros entre los estudios de la Cadena SER en la Gran Vía madrileña y nuestras casas. Un programa que llevará Pontevedra a todos los rincones del país, pero sobre todo llevará a una ciudad en la que la radio es parte esencial de un ecosistema singular de leyendas y personajes que han hecho de nuestras piedras verdeantes (que el ‘gran Isaías’ se apiade de mi), del centelleo de nuestras camelias o de nuestros cielos, inagotables en su variedad, el mejor estudio que alguien puede imaginar para hacer radio. Aquí donde la radio es pura vida. ¡Bienvenidos!



Publicado en Diario de Pontevedra 14/02/2020

jueves, 13 de febrero de 2020

As ‘Arquifeituras’ de Adolfo Barcia

Rue Saint-Antoine nº 170
Escultura ▶ A sala Rivas Briones de Vilagarcía de Arousa acolle unha interesante reflexión dende a escultura sobre a concepción de fogar. Coa metáfora da figura dunha casa, Adolfo Barcia compón un imaxinario creativo de longo percorrido no que a propia casa identifícase co eu, é decir, coa persoa, para xerar unha chea de ideas sobre nós


Catro paredes e un tellado. A imaxe dunha casa. Unha sinxela metáfora na que se reflicte ao propio ser humano. Que nos representa máis co noso fogar? A partir dese concepto Adolfo Barcia desenvolve todo un plantexamento escultórico que sorprende pola súa imaxinación, pola diversidade das pezas e por cómo o emprego dos materiais, moitos deles reciclados doutros usos, achegan toda unha serie de sensacións que lle engaden novos significados á cada unha das pezas.
As dúas salas do magnífico espazo de exposicións da sala Rivas Briones de Vilagarcía de Arousa confórmanse como unha gran casa. Un xeito de mirar cara o noso interior, pero tamén a cómo é a nosa relación coa contorna. Reflexións que nos levan a esta concepción da escultura como un compromiso coa propia sociedade, con cómo son as nosas relacións coa veciñanza, a nosa implicación nunha natureza que adoitamos masacrar co noso egoísmo cotiá, ou cómo o tempo se plantexa como un elemento chave en calquera aproximación sobre a nosa existencia.
Escribe coa súa lucidez habitual o profesor da pontevedresa Facultade de Belas Artes no catálogo que completa a mostra, Juan Fernando de Laiglesia: «Sus casas son como pequeños objetos portátiles, como maquetas a vista de pájaro, convertidas en módulos manejables, para poder coleccionarlas y pasarlas de mano en mano, manejarlas como ideas». Esa percepción da obra como idea, a forma como reflexión é a gran conquista de Adolfo Barcia nas súas pezas, xa que cada unha delas desenvólvese nunha dirección, nunha posibilidade plantexada dende a escultura para propiciar en nós un instante de pensamento, un tempo detido para que a nosa mente estableza unha reflexión sobre cal é a nosa posición fronte á realidade. Pezas aparentemente sinxelas, pezas cheas dunha fonda poética que xorde da súa sinxeleza pero ao tempo, tamén, da súa enorme fondura conceptual. Unhas escaleiras de arame que suben cara o ceo, uns raís que compoñen un infinito, uns anacos de cristais chantados arredor dunha casa, un niño de espiños onde se acubillan dúas casas, unha casa con gadoupas... casas e máis casas ás que os materiais e a súa disposición enchen de posibilidades que xorden do traballo do artista no seu taller, a súa casa taller. Un cerebro no que emerxen unha chea de proxectos que lentamente vanse propoñendo nas súas posibilidades, vendo como funcionan nesa conxunción de materiais que aproveitan a súa vida anterior para sumar unha nova existencia. Mesmo o fragmento, o escombro, asume unha nova funcionalidade. A de memoria dun tempo anterior, un anaco de vida que posúe, concebido como peza artística, unha inesperada capacide como obxecto artístico.
Adolfo Barcia tamén inclúe fotografía ou debuxo como partes do seu proxecto. Un proxecto que se fai. Arquitectura que se fai. ‘Arquifeituras’, o título da mostra. A capacidade do escultor por modelar a realidade tamén se reivindica na propia exposición. A secular idea do escultor que modela aquí trasládase a eses materiais reconvertidos para traballar con eles a partir da manualidade, isto é do propio feito escultórico. Parella, ruína, discusión, decisión, son nomes de pezas, pero son, ao tempo, a plasmación visual dos nosos propios comportamentos. Unha humanización desa forma casa que xoga con elementos surreais, con estrañezas que nos perturban, tamén con mitoloxías que forman parte da nosa cultura e ás que nunca está de máis revisitar polo que teñen de simbólico.
Casas que soben ata un ceo estrelado, casas que se defenden con púas como se fosen un ourizo, casas metidas nun cárcere. Casas e casas para falar de cómo habitamos eses contedores, pero tamén de cómo eses contedores falan coa súa contorna. Pobos, vilas, cidades, urbes... acumulacións de casas que dun xeito ou doutro vense afeitas a unha convivencia con máis ou menos tensións. Ata o 11 de marzo podemos achegarnos a esas tensións escultóricas, a entender como a escultura pode falar de nós mesmos a través dunha serie de formas que nos suxestionan coas súas posibilidades, coa suma de ideas e materiais para xerar unha nova cidade na que todo pode ser ben diferente a cómo é cando as nosas cidades deixan de pensar, algo cada vez máis frecuente.



Publicado en Diario de Pontevedra 10/02/2020


lunes, 10 de febrero de 2020

Mujeres cara a cara


[Ramonismo 13]
La súplica de resistencia de Cortázar a Pizarnik: ‘Te quiero viva, burra’, se convierte aquí en el rescate de otras mujeres


ABRIR ESTE libro es mirar a la cara a tantas y tantas mujeres a las que la historia ha negado la suya, ocultándolas bajo el desprecio de un secular machismo que se movía del desprecio a su trabajo por el mero hecho de ser mujer, hasta el premeditado olvido de su talento por compartir tiempo con hombres que las orillaron del canal central de esa historia que debemos entre todos reconstruir.
Un paso importante en esa reconstrucción es la mirada realizada por la periodista cultural y escritora Loreto Sánchez Seoane que en la editorial Círculo de Tiza recoge las vidas de varias de ellas en el volumen ‘Te quiero viva, burra’, recuperando la famosa frase que en una carta le escribió Julio Cortázar a la poeta argentina Alejandra Pizarnik, en el deseo de detener un suicidio que finalmente se consumó. Esa súplica, ese grito transoceánico emitido desde París, es el gran eco que brillantemente Loreto Sánchez recupera para salvar a otras mujeres del olvido, de ese naufragio al que se han visto sometidas dentro de un clamoroso silencio que sonroja en cuanto rascamos un poco en esas vidas, cuando calibramos sus relaciones y su obra en función de una sociedad demoledora con la mujer y con sus posibilidades de éxito en los más diferentes campos de trabajo o de creación.
Los 27 perfiles que aquí asoman se gestionan de esa manera tan complicada de encontrar cuando se afrontan recorridos biográficos, concentrándose la atención en una serie de hechos fundamentales para conocer tanto el genio individual como el punto de desprecio que la sociedad fue alentando sobre cada una de ellas. Ese equilibrio se arma a través de un lenguaje que también hace equilibrios entre lo periodístico y lo literario (otro día discutimos donde está ese límite) para propiciar una lectura llena de sugerencias, de destellos que iluminan allí donde hay luz y que nos hacen descender al averno donde nos aguarda el dolor. Porque luz y dolor se mueven a partes iguales en las vidas de todas ellas. Momentos de gozo en los que parece que el mundo se va a detener bajo sus pies y otros en los que una penumbra lo envuelve todo como desfiladero para llegar al delirio y el tormento.
Lee Miller, Enriqueta Otero, Alfonsina Storni, Amy Winehouse, Florbella Espanca, Violeta Parra, Silvia Plath, Marga Gil, Hedy Lamarr o Lee Krasner, sólo por citar alguno de esos nombres, son nombres de latitudes y tiempos diversos que lo único que hacen desde su cita es mostrar cómo ese síntoma no es en absoluto puntual sino que forma parte de una podredumbre que ha estado y está todavía muy presente en una sociedad configurada al cien por cien en beneficio del hombre frente a la mujer.
Aquellos latigazos que salían de su inconformismo y rebeldía, las fotografías de Dora Mar, la voz rasgada de Chavela Vargas, los poemas de Alejandra Pizarnik, los descubrimientos de María Teresa Toral o las esculturas de Camille Claudel, son ya eternidades que reafirman un potencial femenino al que nos aproxima Loreto Sánchez Seoane en uno de esos libros que te permiten descubrir, aprender y disfrutar de la buena literatura. Convendrán conmigo que pocas cosas más se le pueden pedir a un libro, y en este podrán mirar cara a cara a varias mujeres que, como otras muchas, debemos mantener siempre vivas.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 8/02/2020

miércoles, 5 de febrero de 2020

Troitas, memoria e verán

Rue Saint-Antoine nº 170
Literatura ▶ Alberto Fortes lévanos coa súa novela ‘O verán en Lucenza’ (Xerais) a gozar dun exercicio de memoria que nos fai recuperar moitas sensacións vividas na nenez, cando pasar un verán na aldea era un excitante descubrimento que, visto cos ollos de hoxe, convértese na vivencia dun tempo de felicidade nunca recuperado


Gozar coa literatura, sentir que o que estás a ler forma parte de ti, aínda que o escriba outra persoa. Poucas sensacións máis marabillosas pode permitirse a escrita que acadar esa conexión entre o seu autor e o lector. Cando un comeza a ler ‘O verán en Lucenza’ de Alberto Fortes (Pontevedra, 1964), deseguida ten esa sensación, a da mimese co seu protagonista, cun rapaz que poderiamos ser moitos de nós, aqueles que na nosa infancia compartimos cidade e aldea ao longo do ano, quedando normalmente a aldea como espazo de lecer no verán, para converterse así nun territorio da descuberta, das vivencias que se afunden nun e que formarán parte eterna da memoria. Tamén dunha mitificación que ao longo dos anos podemos ollar como un ámbito cheo dunha pureza infantil que se mantén no noso interior como un tesouro, un cofre que abrir en certas ocasións cando a escuridade dos anos fai que todo sexa máis complicado e, abofé, menos feliz.
Lucenza, o fillo de Cortizo, as tías coas que vive durante o verán, podén ser a contorna e as protagonistas de calquera espazo de Galicia, de calquera aldea nos anos setenta ou oitenta na que a vida era unha aventura diaria para os ollos dun rapaz que, entre a realidade e a fantasía, fará da súa lembranza o arame co que manter esa relación cun tempo pasado, cada vez máis afastado da persoa que é hoxe. Alberto Fortes tira da súa propia experiencia nas terras de Cotobade para recuperar ese fío coa terra, co valor da aldea e do ámbito rural para xerar todo un universo de personaxes, situacións e sensacións que hoxe, unha vez recuperados, son unha morea de tesouros, emocións acubilladas no interior dunha persoa que cando volve a poñer os pés neses territorios físicos, ou cando pecha durante uns instantes os ollos recupera de xeito estarrecedor, proba do importante que é hoxe algo que, cando se vivía, non deixaban de ser unha serie de instantes aparentemente intranscendentes.
O certo é que tal e como se foi modificando a nosa sociedade, coa imposición dunha serie de valores consumistas e o forte elo co mundo tecnolóxico, tamén coa prevaleza do ámbito urbano fronte ao rural, todo aquilo que ten que ver coa vida na aldea afastouse de ser algo a reivindicar ou a poñer en valor en relación á persoa. A importancia, tamén a necesidade, desta pequena novela de pouco máis de cen páxinas, é a súa capacidade para valorar aquelas experiencias, para facer do medio rural un lugar no que a conexión con certos valores esenciais da persoa seguen acesos e que, acubillados dentro de nós, serán sempre un valor seguro ao que voltar.
Como novela de sensacións e de emocións que é, o texto permite recuperar toda unha chea de experiencias vividas na infancia en contacto co ese medio tan especial. Coas persoas, cos protagonistas humanos que, aos ollos dun neno, causaban as máis diversas impresións; tamén co medio natural, coas leiras, o río, as casas; e cos animais, a outra parte desa conexión telúrica co territorio e que hoxe está prácticamente desaparecida. Un ton de emoción percorre toda a novela, sabedor da perda e da súa importancia para a configuración da persoa, pero xunto a ese ton, tamén hai humor, nostalxia e unha morriña que, lonxe de caer no anecdótico, conforma unha pátina que permite conectar co lector, capaz de sentir o mesmo que sente o protagonista porque el xa o viviu tamén antes. A pesca no río (que importancia teñen as troitas neste texto!), o estar xunto as vacas, o camiñar pola terra, os sabores do campo: o pan, a froita, as troitas, a carne... en definitiva, que ese verán en Lucenza é tamén o verán que moitos vivimos, e arredor do que Alberto Fortes constrúe a súa propia identidade, dende o paso do tempo, un elemento, xunto coa memoria, que adoita estar sempre presente, coñecedor do seu senso finito. «Sei que o que estou a mirar agora decontado será pasto do tempo, e que xa o está a ser segundo o estou vendo e segundo estou pensando que será pasto do tempo o que estou vendo, e que cada vez se achará máis lonxe no pasado», escribe o autor para que sexamos conscientes da fugacidade, que ao fin e ao cabo non será tal, se temos a sensibilidade para deixar que esos momentos nos habiten e formen parte de nós, como nós formamos parte deles, nun elo que Alberto Fortes converte en literatura e en caderno de emocións.



Publicado no Diario de Pontevedra 3/02/2020
Fotografía. Leito dun río cheo de troitas (Juan Adrio)


domingo, 2 de febrero de 2020

La noche quieta

[Ramonismo 12]
Un lacerante dolor hace del último libro de Ricardo Menéndez Salmón un ejercicio de alto voltaje


'No entres dócilmente en esa noche quieta’ es una inspiradora frase perteneciente a un verso de Dylan Thomas y cuyo aliento ha servido para titular el último libro de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) publicado por Seix Barral.  Un emocionante libro lleno de momentos que te obligan a leer en tu propio interior cómo está planteada tu vinculación con tu propia familia en el caso de haber sufrido algo similar a lo vivido por el escritor o cómo lo viviríamos en el caso de que esa situación se pueda llegar a producir.
Ese acontecimiento es la pérdida del padre, pero no tanto la pérdida en sí como el proceso, en este caso, larguísimo y dolorosísimo, en el que se ve envuelto un hijo al ver la progresiva degradación de la figura paterna y cómo ha discurrido su vida profesional, dedicada a la literatura bajo esa sombra extenuante. Un abrumador ejercicio de sinceridad que estremece en muchos momentos por la profundidad de lo que cuenta Ricardo Menéndez Salmón, sabedor de que sólo desde ese cortinaje caído se puede alumbrar una redención propia. Y es que son muchas las culpas que el autor de libros como ‘La ofensa’ expía a lo largo de estas líneas, mediante una mirada que se vuelca desde la habitación de un hospital hacía un vacío inagotable, hacia la incomprensión de una realidad que lo ha asolado desde su adolescencia hasta, quizás y ojalá, el punto y final de este libro.
Leer cualquiera de los libros escritos por Ricardo Menéndez Salmón signica embarcarse en un discurso literario siempre eficaz, alejado de esas comodidades de la escritura que muchos, demasiados, emplean para llenar de sus títulos las zonas de confort de las librerías y de paso auparse a las listas de ventas. Desde sus primeros textos se ha ido articulando un engranaje literario que asume al lector como un diente más de ese mecanismo, un diente necesario para que todo gire desde la implicación directa en cada relato. Ningún libro de Ricardo Menéndez Salmón se hace ajeno al lector, y de hecho en éste se explica mucho del devenir de su obra, de los planteamientos de unos libros a los que ahora, tras asomarnos a esta caja de Pandora, entendemos de una manera más nítida. «Escribo libros que intentan decir el mundo», afirma el autor en este libro. Decir el mundo, decirnos a nosotros mismos. Hacer de la literatura un camino que recorrer para pensarnos dentro de este ecosistema endiablado en el que nos movemos, para plantear así ese eterno enfrentamiento entre la luz y la sombra, y ese desequilibrio que siempre genera la aparición del mal como catalizador de numerosas situaciones. Desde postulados literarios, filosóficos, artísticos o de la comunicación Ricardo Menéndez Salmón ha escrito varios de los libros más apasionantes de los últimos tiempos en nuestra literatura y, sin duda, de los más interesantes para plantear esos nuevos itinerarios que siempre la escritura necesita para realmente asumir esa posibilidad de expiación individual y colectiva.
Tan interesante como la descripción de lo vivido a lo largo del calvario del padre es la relación que Ricardo Menéndez Salmón plantea entre ese Gólgota y su escritura, cómo aquella sombra se convirtió en un eclipse de otras realidades que podría haber abordado en sus libros, pero ante las que siempre se veía imantado por esa permanente pregunta sobre lo injusto de una situación que se había enquistado en su vivienda familiar, en esos cuartos del dolor que levantaban, cada vez que llegaba el zarpazo, una mayor altura. Desde ese recuerdo escribe el autor de ‘El sistema’, una distopía galardonada en 2016 con el Premio Biblioteca Breve, con un cuidadísimo lenguaje, con palabras que detonan en el interior del relato con una contundencia a la que no estamos acostumbrados, ya que muchas de ellas son un pellizco en la narración y asumen la condición del lenguaje como un elemento esencial para contar, una cuestión que puede parecer de perogrullo, pero que muchos desprecian en deshonra de lo literario. Ese lenguaje es todo un andamiaje para sobrecogernos y, especialmente en este caso, involucrarnos en esa noche quieta que es este libro. Un lóbrego escenario donde lo luminoso procede de la propia asunción de la culpa, por admitir esa situación en el margen de la consumación física, por abandonar el incendio en el que la madre se convierte en heroína, haciendo de lo literario una evasión que sólo podía conducir hacia este lugar en el que nos encontramos ahora mismo. También esa luz se ve reforzada por el desarrollo del amor que se plantea entre un padre y un hijo, ese alambre de espino por el que todos caminamos con más o menos consecuencias. Unos pies sangrados que aquí hacen de la honestidad y la emoción un rastro imposible de ser evitado en la búsqueda de la existencia propia, en la dinamo de una personalidad siempre condicionada por los que nos anteceden, los que ponen en nuestras manos las herramientas, pero también los que a partir de nuestro contacto con ellos hacen de la historia familiar el libro más complejo y sinuoso que escribir.
Queda todavía mucho año por delante pero será difícil que aparezca un libro de estas condiciones en el espectro literario. Un libro que te marca de manera profunda, más aún si has vivido alguna situación similar a la que aquí se cuenta. Seguir la narrativa de Ricardo Menéndez Salmón es una de esas bendiciones que la cultura pone en las manos de uno, cada escrito se espera con una inusitada expectación y, pese a que con sus últimos libros, ‘El sistema’ y ‘Homo Lubitz’, he sentido una cierta distancia, quizás provocada por esa ficción a la que no nos tenía acostumbrado el autor asturiano, con ‘No entres dócilmente en esa noche quieta’, el enfangarse en la más pura y absorbente realidad te arrastra hacia una reconstrucción propia y a la reconciliación con la literatura como un alumbramiento que nunca te deja de emocionar.


Publicado Revista. Diario de Pontevedra 1/02/2020


jueves, 30 de enero de 2020

Huellas de fuego

       "Socorro Venegas, poseedora de una escritura enérgica y directa, construye sus escritos con poderosas imágenes que desde lo cotidiano nos erizan la piel por sus posibilidades reales, y por gestionar esos lugares tan complicados donde el roce lo es todo"


Hay escrituras que queman. Palabras que arden. Tintas de fuego que recorren lo que somos para evidenciar a un ser humano indefenso y frágil pese a su aparente contundencia con los demás y consigo mismo. Literatura de la que no se sale indemne. Literatura de la buena. Todo esto es lo que nos propone la mexicana Socorro Venegas en su libro 'La memoria donde ardía', un conjunto de relatos breves editados por la siempre solvente Páginas de Espuma, e hilados por ese estado de desazón que emana del desgarro, de la pérdida, no sólo de algo físico, sino, y quizás con mayor envergadura, de un algo interior.
Escritora y editora en la Universidad Nacional de México, libros y lecturas balizan la vida de esta mujer reconocida ya con diferentes galardones literarios en su país y relatos traducidos a diversos idiomas. Estos días, de gira por España, se encuentra con el gran tesoro de todo escritor, con unos lectores azorados por lo leído, maravillados por la capacidad para en tan pocas palabras contener tanto y, supongo, que impactados por la sorpresa, como la de quien esto escribe, al encontrarse con una voz tan contundente como esta, que hasta hace unos días era desconocida.
Hablaba antes de un hilo común a todos los relatos, pero ese hilo también se hace común a cada lector por tensarlo desde el hecho de la maternidad, desde la relación entre una madre y un hijo. Alambre por el que todos desfilamos de una u otra manera con infinitas consecuencias. Hijos que buscan a sus progenitores, madres vaciadas tras el parto, madres que no lo son y niños que lo quieren ser. Memorias de fuego que nos consumen y que dejan en nuestras paredes un rastro imperecedero. Socorro Venegas, poseedora de una escritura enérgica y directa, construye sus escritos con poderosas imágenes que desde lo cotidiano nos erizan la piel por sus posibilidades reales, y por gestionar esos lugares tan complicados donde el roce lo es todo, donde el contacto entre las personas es la yesca lista para prender. Cada línea que leemos aviva ese calor y nos alumbra en esos espacios agrestes, zonas oscuras donde el silencio parece gritar en un vacío infinito.
Cuando Valle-Inclán se desplazó a México calificó a aquel país como Tierra Caliente, y así subtituló su mítico 'Tirano Banderas', como Novela de Tierra Caliente. Ahora que esta mexicana llega a Galicia entendemos mucho del calificativo de nuestro paisano y cómo esta lectura de poesías incendiadas convertidas en prosas nos pueden provocar toda una serie de emociones surgidas de las pasiones humanas, pasiones que borran fronteras y esquivan océanos.



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 25/02/2020

martes, 28 de enero de 2020

Cuando las palmeras aplauden

Rue Saint-Antoine nº 170
Música ▶ La presencia en el escenario del Pazo da Cultura de Pontevedra de Quique González significó el inicio del ciclo Voices que reunirá alguna de las voces más singulares de la música. Lo visto, oído y sentido con el músico madrileño se convirtió precisamente en eso, en uno de esos momentos mágicos que sólo la música puede ofrecer.


Se venía a Pontevedra Quique González con un nuevo disco bajo el brazo, ‘Las palabras vividas’, realizado en armonía musical y literaria con el gran Luis García Montero, pero también lo hizo acompañado de un espectacular conjunto de músicos que permitieron al público gozar de lo lindo con ese potencial cien por cien musical que no necesita de otras contaminaciones falsamente modernas para resultar triunfadora. Todas esas palabras las vivimos los allí presentes bajo un cielo de pajaritas de papel que alumbraron un concierto mágico que, como los ecos que están llegando de esta gira conciertos, muestran a un músico en plenitud y que disfruta con lo que está haciendo sobre el escenario, y eso se nota de principio a fin, desde el poético arranque del espectáculo basado en el nuevo disco y en las palabras del Premio Nacional de Poesía y ahora director del Instituto Cervantes, hasta el remate del concierto, dos horas después, con la proclamación de esos himnos musicales en que se han convertido muchas de las músicas de Quique Gonzalez a lo largo de estas últimas décadas, arremolinando a su alrededor a un público variado que el sábado llenó el patio de butacas del Pazo da Cultura.
Bienvenida’, era el arranque obligado, una canción de recibimiento, a todo el público, pero de manera más íntima a la hija de un cantante que llevaba ya varios años sin ofrecer un nuevo trabajo. Las palabras de Luis García Montero, como suele suceder con el granadino, son puro estremecimiento, una carga de profundidad en el devenir de la vida y que en este caso se prolonga por todo el disco con canciones que pausadamente Quique González fue mostrando al público, como él mismo dijo, para «arroparos con estas canciones». ‘La nave de los locos’, ‘Canción con orquesta’, ‘El pasajero’, ‘Todo se acaba’ o ‘Qué más puedo pedirte’ fueron generando esa atmósfera tan particular que este disco ha creado dentro de la carrera de Quique González. Un disco especial, diferente, en el que el sonido de violines, mandolinas o zanfonas aderezaban las más habituales músicas en este tipo de conciertos de guitarras, bajos, teclados y baterías. Lo cierto es que la fusión dejó tras de sí lo que es cada vez más complicado encontrar en un escenario, la sorpresa, el descubrimiento, la hipnosis del riesgo y a Quique González este disco le pedía asumir ese riesgo así que, acompañado de músicos del nivel de Diego Galaz y César Pop se dejó llevar por el océano de palabras propuesto por Luis García Montero y que venía a reverdecer los antiguos laureles de ‘Aunque tú no lo sepas’, canción fundacional de una amistad ahora cristalizada en este hatillo de canciones que tan bien reflejan un universo común de calles nocturnas, amores a la vuelta de la esquina, lunas cautivadoras y palmeras que aplauden al caminar contigo. Junto a ‘Aunque tú no lo sepas’ Quique González descerrajó sus listado de temas atemporales, los que escuchábamos hace años cuando la vida era un mar de dudas y de inquietudes y que ahora se han convertido en notarios de la ilusión sentida por el futuro. ‘Salitre’, ‘Pájaros mojados’, ‘Palomas en la quinta’ o ‘Polvo en el aire’, son algunas de aquellas palabras ya vividas, y bien vividas, que ahora se entremezclan con las palabras por vivir del nuevo disco.
El concierto se iba acelerando ante la proximidad del remate, cuyo instante final fue un éxtasis instrumental que el propio Quique González coronaba con su armónica y con unas sonrisas que delataban al músico feliz y a quien disfrutaba de su banda definiendo un momento profesional enorme. Tras la retirada los bises, entre los aplausos de un público rendido y la presentación de los músicos que lo acompañaban sobre el escenario. Fue el momento de ‘Clase media’, una de las canciones preferidas del músico, pese a no estar en ningún disco, y la guinda del concierto, una de las canciones que nunca pueden faltar en su repertorio, ‘Vidas cruzadas’, entre el clamor de los asistentes ya de pie y coreando la canción al tiempo que Quique González. Las luces se encendieron y aquellas pajaritas de papel suspendidas del techo iniciaron viaje cara otro escenario, cara otro público y hacia otra noche en la que las vidas de otros espectadores y Quique González se volverán a cruzar en una noche de palabras y sonidos movidos por el hilo de la poesía, por el hilo de la amistad, por el hilo de la vida.



Publicado en Diario de Pontevedra 27/01/2020
Un instante del concierto de Quique González en el Pazo da Cultura de Pontevedra (Rafa Fariña)





Más información sobre el disco 'Las palabras vividas' en:
http://ramonrozas.blogspot.com/2019/12/las-palabras-vividas.html

lunes, 27 de enero de 2020

Velintonia 3, ¡resiste!

[Ramonismo 11]

La casa del poeta Vicente Aleixandre necesita el compromiso social e institucional para ser latido



UNA CASA deshabitada pero llena de vida. La que crece como la hiedra en unas paredes empapadas de poesía, la mejor poesía española del siglo XX. La de quien fue su propietario, Vicente Aleixandre, pero también la de tantos nombres que se fueron arremolinando bajo ese techo que acogía al que se convirtió en un lucernario poético generación tras generación. Primero con sus coetáneos de la Generación del 27 a la que perteneció, la de los Lorca, Guillén, Cernuda, Gerardo Diego o Dámaso Alonso, que allí rieron; luego fueron los de la Generación de los 50, los que desconcertados en el desabrido páramo de aquella España se juntaban bajo aquel gran árbol de sombra fresca, de poesía inmarchitable y magisterio eterno; y así tantos otros hasta su muerte en 1984, siete años después de recibir el Premio Nobel de Literatura. Pues toda esa vida se ahormó en ese hogar, casi 60 años de casa y de latidos en la calle Velintonia, en su número 3, en el madrileño distrito de Moncloa.
Una casa que es poesía misma y que ahora, mellada por el tiempo, no acaba de ver una salida a un futuro que debía estar bien claro: la poesía. Instituciones y sociedad deberían echar el resto para que esos muros siguieran en pie, para que sus paredes recuperaran antiguos esplendores a partir de la luminosidad de esa poesía que no entiende de especulaciones ni del tiempo como deriva. Pocos espacios más apropiados para estudiarla, para expandir la poesía que desde esas ventanas. Un centro que sirviese para recorrer el siglo XX de nuestra poesía que, como agrupación de talentos, es la más importante de ese tiempo en todo el mundo, sería un bálsamo para este país que gusta automutilarse desde lo cultural y una leve satisfacción para tanto político que no entiende el impulso del verso para la sociedad a la que se debe.
Sin protección por su escaso valor arquitectónico (pero de un incalculable valor por el paso de tantos) y en manos de los herederos del poeta, se echa en falta el impulso decidido y la voluntad real para su rescate, y si bien es cierto que ha habido pasos recientes, el último un informe encargado por la Comunidad de Madrid que firmado por José Carlos Mainer recomienda su conservación, falta ese empuje definitivo para asumir una compra y que ese dinero revierta en un uso adecuado. Si esta semana conocíamos que la sevillana casa de Luis Cernuda iba a convertirse en un Centro de Estudios de la Generación del 27, Velintonia 3 debe ser la próxima recuperación de lo que el tiempo y nuestro desprecio ha ido ajando para nuestra vergüenza.
«La casa de la calle Velintonia, número tres, nos pertenece un poco a todos los poetas españoles, pero Vicente pertenece a ella por derecho propio. Yo no sé si es posible imaginarle sin su jardincillo verde al fondo, en la desconcertante calma del barrio a trasmano, con el cedro corpulento que casi le sombrea la cabeza (...); o en invierno, arriba, en el saloncito, junto al cerco de luz sobre el diván y la reproducción del retrato de Góngora, que asoma en la pared su impresionante calavera de Aleixandre sin dientes». Relatos como este, de Jaime Gil de Biedma, fijan la importancia per se y para tantos de esta vivienda que debemos proteger, como se está encargando de reclamar la ‘Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre’ empeñada en una salvación que sería la nuestra.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra (25/01/2020)
Fotografía. 8/10/1977. Un grupo de académicos, presididos por el presidente de la Real Academia Española de la Lengua, Dámaso, Alonso, acudió al domicilio del poeta y académico Vicente Aleixandre para felicitarle por la reciente concesión del Premio Nobel de Literatura. (Foto Cifra gráfica)

domingo, 19 de enero de 2020

Respirar palabras

[Ramonismo 10]
El asturiano Xuan Bello en ‘La historia escondida’ asume, de forma emocionante, el milagro ancestral de la literatura


SI LA literatura es algo es narración, la posibilidad de contar y de contarnos. Xuan Bello (Paniceiros, 1965) honra esa ancestral misión con su libro, ‘La historia escondida’, publicado por Xordica Editorial en la recuperación de un pasado que se funde con nuestro presente bajo el mítico peso del paisaje y el paisanaje asturiano. No es nueva esta misión en la obra de una de las voces más singulares de nuestra literatura. Autor en lengua asturiana que enarbola como una parte irrenunciable de su configuración como ser y como autor, sus traducciones al castellano nos abren ese desfiladero que nos permite adentrarnos en la tierra asturiana de una manera siempre emocionante por la pureza y la verdad que logra transmitir la escritura de Xuan Bello.
Sus libros son, precisamente, un itinerario por el territorio y por la memoria que, como un sustrato eterno, se integra en la sociedad a la que de una manera tan intensa honra Xuan Bello, sabedor de que no seríamos nada sin los que nos precedieron.
Esa capacidad de nombrar, de construir un relato, es el que da sentido a este libro que ahora se publica en castellano trece años después de su escritura asturiana, y lo que nos encontramos es un libro que todo rincón peninsular debería tener el suyo, por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y por lo que significa para la comunidad de ese entorno determinado. Paisaje, memoria, leyendas o tribu son los renglones que Xuan Bello emplea para que sus relatos cobren sentido. Tres historias que surgen del olvido que el paso del tiempo y el devenir de generaciones propician en nuestro pasado.
«Lo necesario que es seguir viviendo del olvido», es una de las frases que dinamitan el relato; frases que, como tantas otras en estos textos, propician nuestra reflexión sobre qué estamos construyendo entre todos y cómo esa acumulación de instantes vividos en el pasado, momentos aparentemente intrascendentes y fugaces, se recuperan años más tarde, otorgándole a la vida el único sentido que merece la pena. Cada vez más nuestros sentimientos se insertan en los laberintos que nuestra sociedad, aparentemente evolucionada, propicia en nuestra vida diaria. Las manecillas del reloj, como el hacha en el cadalso, acosando cada uno de nuestro movimientos. Días y prisas que no nos permiten casi levantar la cabeza y mucho menos girarla hacia todo ese sustrato que de una u otra manera nos conforma.
Tres capítulos articulan el libro: ‘La cueva del olvido’,  historia de Evaristo Santos quien, tras militar en el Batallón Comunista de Bóo, al término de la Guerra se pasó al bando contrario; ‘Veintitrés golpes de hacha’, otros tantos fogonazos entre el apunte y el flash que hacen resplandecer la memoria como ese gran faro que en un instante nos abrasa con su foco de luz para convertir en más oscuro el instante siguiente; y ‘Siete kilómetros y medio’, un viaje compartido por el autor con un familiar por ese escenario astur: caminos, hogares, leyendas, cielos, horizontes... que convierten ese viaje en el gran símbolo del libro, convirtiéndose este en un gran viaje por la memoria de una comunidad a través de una palabra que se respira y que te transporta a historias y personas que la historia, en su proceso de sedimentación, tiende a esconder, pero que al narrador le lleva a generar su propia Odisea, su propia historia viva.



Publicado en Revista Diario de Pontevedra 18/01/2020
Fotografía: Xuan Bello en su hogar asturiano (Archivo Xordica)


jueves, 16 de enero de 2020

Fusión corpórea

Rue Saint-Antoine nº170
Escultura ▶ Un canto a lo humano desde diferentes proporciones y especificaciones de nuestro cuerpo es el andamiaje formal de la escultura del ourensano Ramón Conde, quién ocupa el pontevedrés espazo Nemonon hasta el próximo viernes 17, cerrándose con una visita a cargo de su autor y ampliando una exitosa muestra en nuestra ciudad.



Tres desnudos se dejan ver en los balcones de Villa Pilar. Allí, en la primera planta, donde el arquitecto Mauro Lomba tiene su estudio, y esa bendición en forma de sala de exposiciones y actos para la ciudad, como es el espazo Nemonon, esos tres cuerpos desnudos desafían al invierno en que les ha tocado posar para convocarnos en la muestra que, durante las pasadas Navidades, y prolongada ahora debido al éxito en el número de visitantes hasta el próximo viernes 17, nos concita con la escultura de Ramón Conde.
Padre también de nuestro ‘Fiel Contraste’, la escultura ubicada tras el edificio del Concello de Sesmeros, en Pontevedra reconocemos rápidamente el gusto del escultor por las formas abultadas, por los cuerpos grandilocuentes y por esas construcciones de ‘carne’ que materializan tantos sueños de este creador que, en las últimas décadas, ha conformado una de las trayectorias artísticas más poderosas de nuestra escultura. «Mis personajes son creados por el mismo lenguaje emocional que el de los sueños y al igual que en ellos se establecen diferentes niveles de profundidad, representados por hombres atléticos y gordos», explica el escultor, en unas palabras a la entrada de la muestra, en un evidente ofrecimiento a hacernos pasar a ese interior de sueños y formas que se fusionan en unos cuerpos que son los que singularizan su escultura y a pocos espectadores dejan indiferentes.
Por la propia disposición y disponibilidades de la sala la escala de las piezas seleccionadas es menor a las expuestas en otras ocasiones, pero este tipo de muestras sirven también para medir al escultor de las grandes formas en otros espacios más reducidos frente a los habituales espacios abiertos, o salas de mayor tamaño en que se ofrecen en otras ocasiones sus divinidades corpóreas. Y lo cierto es que Ramón Conde sale bien parado de la afrenta, esa disposición sobre peanas de muchas de sus piezas, esas obras que juegan entre los bultos de grasa y los seres musculados, propician un diálogo más íntimo con el espectador que, además se ve interpelado por una sorpresa maravillosa en forma de dibujos. Una inesperada estancia que guarda un conjunto de dibujos delicados, pese a las formas allí contenidas, y en las que se ve al creador de una manera quizás más íntima. Esos fantásticos dibujos son todo un aleteo de la imaginación, la posibilidad de la figura para desarrollarse y para desenvolverse en diferentes circunstancias, pero siempre sin perder su esencia original y la que está detrás tanto de la mayor pieza de Ramón Conde que podamos ver en algún lugar de Galicia como del dibujo más modesto que nos encontremos en Nemonon. Siempre esa condensación emocional, esas formas que sintetizan otras tantas formas y posibilidades, aunando realismo e imaginación. Razón y sentimiento. En sus ‘gordos’, en las figuras cada vez más obesas, se pierde la propia condición sexual del ser humano, hombres que se confunden con mujeres, mujeres con hombres, cuerpos y masas que lo inundan todo. Son cuerpos que también diluyen cualquier línea de edad y todo se direcciona a la propia representación de la forma por encima de la siempre limitadora realidad.
Ante esas figuras, colocadas en sus peanas para que podamos rodear y entender la escultura como lo que es, como una pieza con numerosos puntos de vista, más allá del simple plano frontal con el que muchos suelen quedarse, descubrimos una escultura poderosa, no sólo por lo que tiene que ver con su materialización formal a través de diferentes materiales, sino también por esa concepción interior que acciona a un escultor a convertir en lenguaje físico su idea como parte de un proceso de comunicación al que ahora se nos convoca durante esta última semana de exposición, y que podremos cerrar el próximo viernes, acompañados por el propio Ramón Conde a las 20.00 horas, con una visita guiada en la que podremos conocer mejor a todos estos seres que surgen de la emoción, como si de un sueño se tratase, y acompañar con ellos nuestra realidad.



Publicado en Diario de Pontevedra 12/01/2020


domingo, 12 de enero de 2020

Explorar la realidad

[Ramonismo 9]
Alegría’ de Manuel Vilas regresa al itinerario íntimo del pasado para entender lo que somos en nuestros días


EMPECECEMOS por los oropeles: ‘Alegría’ de Manuel Vilas fue la novela finalista del Premio Planeta 2019. Un hecho que en años anteriores no me interesaría en absoluto, dada la deriva comercial que había asumido ese galardón, pero que este año me ha hecho regresar a él gracias al doble premio que ganador y finalista suponen para la literatura. Tanto Javier Cercas, autor de la novela premiada, ‘Terra alta’, como Manuel Vilas con ‘Alegría’, son dos narradores poderosos, tremendamente diferentes entre sí, pero cuyas novelas siempre asumen un compromiso literario indudable, siempre al albur del gusto de los lectores.
Servidor comenzó estas lecturas por ‘Alegría’, como gesto de gratitud hacia quien le ha hecho gozar en los últimos años con una serie de libros como ‘América’ u ‘Ordesa’ instalados ya entre los que más me han interesado recientemente. Conocida con anterioridad la poesía de Manuel Vilas, patria originaria del autor, y que todos pueden gozar en su ‘Poesía completa (1980-2015)’ editada por Visor, este salto a la narrativa se convirtió desde el primer momento en un acto de deslumbramiento. Aquella ‘América’ surgida con la llegada al poder de Donald Trump, y que se basaba en la experiencia vital del escritor aragonés en el medio oeste yanqui, fue y todavía sigue siendo la mejor manera de entender mucho del porqué de ella llegada al trono del mundo, pero también fue la manera de comenzar a adentrarse en una prosa limpia y abierta, como una poesía alineada en la exploración de la realidad, motivo que preocupa y que se evidencia en cada uno de sus libros siguientes. La realidad como motivo y como motor de una escritura despojada de contaminaciones que entorpezcan lo que en realidad se quiere contar que, al fin y al cabo, es la comprensión del mundo por una persona.
Con ‘Ordesa’ Manuel Vilas logró el foco mediático. Crítica y público aupando edición tras edición a un libro que llegó a marcar el año literario 2018 y cuyas consecuencias siguen llegando todavía hoy con una inusitada energía a los lectores. Más que libro de memorias ‘Ordesa’ es un libro de vida, un manuel de supervivencia frente a la familia y a una sociedad a la que nunca es suficiente mirar desde nuestro tiempo presente para calibrarnos como especie. Manuel Vilas mostró una valentía y una honestidad en su escritura que impactaron en un ambiente, el de las letras, en el que muchos quieren hacer el pino con la escritura olvidándose del territorio de la verdad. Manuel Vilas hizo nuestra su verdad como persona y despojado de miedos nos situó ante un fresco íntimo que todavía emociona cuando se recuerda.
Me detengo tanto en ‘Ordesa’ no sólo por su importancia por sí misma, sino por que su presencia imanta la escritura de Manuel Vilas en esta ‘Alegría’ que bien podría ser un itinerario paralelo al de su exitosa novela. El pasado sigue estando muy presente en ‘Alegría’, de nuevo como espejo para reflejar un presente que no se entendería sin aquel. De nuevo ese misterio de una escritura repleta de pureza, con una poesía encubierta en numerosos pasajes que, como siempre afirma Luis García Montero al referirse a la poesía, se convierte en «un ajuste de cuentas con la realidad». El miedo por el paso del tiempo, las circunstancias que nos rodean, las nuevas personas que se suman a la vida propia, los viajes, el contacto con el público que descubre al escritor de éxito, pero que ahora se encuentra al ser humano con sus miedos y voces atronadoras en la soledad de las habitaciones de hotel. Pero sobre todo este libro se erige como un homenaje a la vida, a la necesaria alegría para que la persona no explote en una búsqueda permanente que se sostiene en los inexpugnables baluartes del amor que emana de los seres queridos, tanto por vía familiar como los que la vida nos coloca a nuestro lado. Un amor que se transmite desde el interior, pero también a partir del manejo de objetos y con acciones de cada día en las que el recuerdo te asalta y te hace temblar, al traer desde el pasado el contacto físico perdido con los que ya no están pero a los que siempre se necesita.
Si algo se le debe pedir a cualquier manifestación artística es que te haga pensar, que active en tu interior ese mecanismo que te interrogue sobre tu posición en el universo. ‘Ordesa’ o ‘Alegría’ son dos estímulos inagotables para ese terapéutico objetivo.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra (11/01/2020)