lunes, 30 de diciembre de 2019

Poesía visual

[Ramonismo 8]
La reciente concesión de la Medalla de Oro de las Bellas Artes al fotógrafo Chema Madoz premia una obra lúcida


JUNTO A OTRAS personalidades del mundo de la creación, entre ellas otro colega fotógrafo de gigante talento, Alberto García-Alix, Chema Madoz (Madrid, 1958) viene de ser galardonado con la Medalla de Oro de las Bellas Artes, una distinción que sorprende no haya conseguido antes, en consecuencia a una de las obras artísticas más impactantes, inteligentes y brillantes de nuestro panorama creativo.
La fotografía de Chema Madoz se conduce por un territorio de asociaciones entre objetos que se acomodan en la metáfora para poetizar la imagen seleccionada. Inclasificable en cualquier tipo de adjetivación que sistematice su trabajo, el poderío visual de su obra se expande por perspectivas casi siempre inesperadas, es ahí cuando sus objetos, normalmente de uso cotidiano, presentan una nueva dimensión del todo punto sorpresiva desde la función para la que han sido concebidos. Objetos pero también la naturaleza se ha ido configurando dentro de su obra como otro espacio para la lucidez del artista, para la construcción de una visión nueva a partir de la sugerencia, pero también de una manera de integrar diferentes elementos que nunca nos dejan indiferentes, ya no sólo desde la perspectiva visual, sino también mental.
Esa naturaleza es la que centra su última exposición, recién inaugurada en el Jardín Botánico de Madrid, que estará abierta hasta principios del mes de marzo. Allí, bajo el título de ‘La naturaleza de las cosas’, sesenta y dos fotografías realizadas entre 1982 y 2018 muestran esa capacidad de la naturaleza para reinventarse, para generar desde su propio gérmen nuevas significaciones frente al espectador. La combinación de elementos propios de la naturaleza crean una naturaleza nueva. Ramas, agua, nubes, maderas, plantas y flores son los ingredientes para una nueva visualización de la realidad desde la que se desafía al visitante a sus exposiciones. Y es que ante las obras de Chema Madoz el espectador no es un mero acompañante circunstancial de cada una de las imágenes, sino que su percepción de lo presentado es parte esencial del discurso del artista. La contemplación de su fotografía en blanco y negro nos aisla de nuestro entorno y nos ubica en esa nueva realidad, en la construcción de un espacio irreal, pero con firmes anclajes en la realidad. En ellas, además, se consigue materializar un silencio que nos integra sin distracciones en su interior, y es en ese momento, y desde ese silencio, cuando la pieza nos genera la emoción que surge de entender su significado y el ser capaces de accionar el clic que hay siempre en su interior. Ante cada imagen de Chema Madoz hay un instante de incertidumbre, unos segundos en los que la mente coquetea con la imagen para su correcta asimilación, siendo conscientes, en un momento determinado, de que todo encaja, de que esos objetos, o esos elementos de la naturaleza, unidos, nos han abierto una puerta de imaginación y fantasía que nos evade de lo físico y nos integra en lo inventado.
Comisariada la exposición por Oliva María Rubio, Chema Madoz deja abiertas en las instalaciones del Jardín Botánico esas ventanas de la sugerencia y lo onírico, un determinismo surreal que siempre se desliza por sus obras como parte de la necesaria, para sus fines artísticos, desintegración de lo cotidiano.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 28/12/2019


lunes, 23 de diciembre de 2019

Humanidad a la deriva


[Ramonismo 7 ]
Lídia Jorge nos sumerge en su hipnótica y comprometida literatura uniendo Portugal y África.


"Aquí donde el mar acaba y la tierra comienza», es el mítico inicio del libro de José Saramago, ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, pero también es un compendio de la propia literatura portuguesa, así como de una historia como nación de navegaciones, idas y venidas, y vínculos coloniales. En ‘Estuario’, la última novela de Lídia Jorge, que en España ha sido publicada por esa editorial que puentea las fronteras de la Península Ibérica, ‘La umbría y la solana’, hay mucho de esa pátina que la cultura portuguesa lleva en su tuétano. Un relato entre Lisboa y Africa que narra la historia de una familia de armadores con su empresa en crisis, el regreso de los hijos al hogar y todo ello en un mundo con su humanidad a la deriva. Un libro que vuelve a sumergirnos en la literatura de una de las autoras lusas más consolidadas y también más traducidas a nivel internacional, con una escritura en la que las palabras tienen un profundo sentido, una densidad que multiplica sus posibilidades a la hora de contar historias, que la vincula con la recreación de elementos fundamentales de nuestra cultura, desde una clave poética que emana de su cuidado a la hora de plantear el lenguaje literario. Nacida en el Algarve en 1946 su primer libro, ‘El día de los prodigios’ (1980) la situó de manera firme dentro de un proceso de renovación literaria que se vivía en Portugal. Su actividad como docente la llevó a instalarse en Angola los últimos momentos de la guerra colonial, un ambiente y unas situaciones que ya no despegaron de su manera de mirar el mundo y que tuvo su consolidación máxima con su libro ‘La costa de los murmullos’ (1988), en el que se narran muchas de las experiencias allí vividas. Reconocida su labor literaria en numerosos países con la publicación de sus libros en diferentes lenguas, la Asociación de Escritores en Lingua Galega le concedió en 2013 el título de Escritora Universal.
Y es precisamente esa universalidad de su escritura la que fundamenta mucho de lo que sucede en esta última novela merecedora en Portugal del premio Gran Premio de Literatura DST, uno de los más prestigiosos del país luso. A partir de ahí esa labor va más allá de lo escrictamente literario con un profundo compromiso ético y humano, así es como en este libro emergen con fuerza situaciones relacionadas con conflictos humanitarios, como el ecologismo y nuestra posición como sociedad frente a las diferentes contaminaciones del planeta, entre ellas la proliferación de plásticos en los océanos. Su otro gran apoyo surge del universo cultural, concretándose en la importancia de dos textos, uno de Fernando Pessoa, la ‘Oda Marítima’, de su heterónimo Álvaro de Campos, y el otro, la ‘Ilíada’ de Homero. Ambos, inspiradores, y ambos explicativos de muchas de las realidades que ‘Estuario’ nos plantea como conformación del ser humano y de su relación con el entorno.
Y todo ello relacionado con el hilo argumental del texto como su gran valor como artefacto narrativo, en la capacidad para vincular todas esas perspectivas dentro de una historia, en este caso, la de esa familia en la que un escritor, Edmundo Galeano escribe un libro «pensado para evitar el apocalipsis», una misión redentora para intentar capturar aquello que sobre nuestro planeta está demostrando, día tras día, nuestra insensibilidad con él, así como nuestro deterioro como especie aparentemente evolucionada. Desde el cuerno de África hasta la desembocadura del Tajo las aguas de océanos y ríos son un reflejo de nuestras conductas, así como el marco para una serie de naufragios, no solo colectivos, sino personales e íntimos, como los que sufren los diferentes personajes de la novela. El hogar como refugio, la casa como amparo ante la tormenta, es un símbolo más de un texto lleno de elementos mitológicos que le conceden esa vocación de eternidad que toda obra literaria intenta alcanzar. Cultura y naturaleza que se hibridan para generar un relato fascinante, que introduce al lector en una atmósfera propiciada por la evocación de una escritura con un punto poético que se diluye entre las brumas de un mundo difuso, pero también de unos protagonistas desubicados por lo que la vida les ha deparado. En definitiva, otra excelente oportunidad para conocer o reconocer la escritura de la gran Lídia Jorge.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 21/12/2019
Fotografía. Lídia Jorge fotografiada en un café por João Pedro Marnoto (Cedida por La umbría y la solana)

viernes, 20 de diciembre de 2019

Paisaxe brava


A TODOS NOS amolan estes días. Xornadas de molladuras, de paraugas estragados, de árbores esnaquizados, atascos de tráfico ou sobresaltos pola noite que rachan o noso sono. Unha chea de situacións que enchen estes días de pequenos imprevistos que rachan a nosa prezada vida cotiá. Pero se miramos do outro lado, tras estas tolemias do tempo, atopámonos a nosa marabillosa natureza en plena liberdade, nun acto de rebeldía ante moitas das dubidosas fazañas do ser humano.
Estas xornadas de temporais déixannos unha chea de imaxes abraiantes da nosa contorna, pertencentes a unha Galicia inagotábel no referido as súas posibilidades paisaxísticas, e posuidora dunha bravura engaiolante dende cada un dos seus recantos. Do Caurel a Fisterra, de Estaca de Bares á ‘raia’, a nosa terra acumula durante estes días unha chea de postais a cada cal máis fermosa, pero tamén vén a poñer en discusión a natureza a e nosa relación con ela. Unha relación baseada, de xeito corrente, no seu asoballamento, na certeza de considerarse o ser humano un ser superior e coa capacidade para facer dela un elemento secundario das súas vidas, estando nas nosas mans a súa modificación, de xeito consciente ou inconsciente, sen ter que pedirlle explicacións a ninguén, ou cando estas se esixen o mal é xa irreversíbel. Así atopámonos con moitas desas paisaxes, que cando se contemplan de xeito pracenteiro amosan unha chea de contaminacións, primeiro visuais, e logo de modificacións das compoñentes do territorio. Pero cando a natureza libérase, cando a meteoroloxía dispara as súas condicións máis extremas, nós xa pouco pintamos nela. A natureza entón ponnos no noso sitio, na nosa insignificancia, e aí é cando moitas desas accións feitas polas nosas mentes tan evolucionadas como egoístas, incrementan as consecuencias negativas deses temporais. Dende ríos que medran no seu caudal e ocupan o seu espazo natural, ese mesmo que o home foi enchendo coas súas construcións, estradas que se adentran por zonas boscosas de xeito indiscriminado, ata portos que modifican as liñas e condicións da costa con diferentes consecuencias. En definitiva, moito do noso suposto avance social non se realiza conforme coa natureza que, ao fin e ao cabo, é o noso hábitat a respectar.
Estes días tamén deberían servir para converter a nosa reflexión en parte dun comportamento máis sostíbel co noso medio, o alento para unha complicidade con eses espazos naturais capaces de xerar unha emoción xigantesca cando presenciamos a esa natureza desfacerse de nós e debuxarse libremente baixo ballóns estremecedores, saraibadas arrepiantes, lóstregos alumeantes, néboas poéticas ou o bruar do vento berrando a súa trascendencia.
Non nos gusta mollarnos cando os nosos traballos nos obrigan a facelo, cando o ir e vir polas nosas rúas non nos deixa outra opción que a de sentir como o vento abaneas os nosos paraugas ou cando estes rematan nunha papeleira. Porén non me digan que non está fermosa Galicia nestes días, e xa sei que hai certos perigos, e que non se tería que recomendar, fronte ás xustificadas alertas das autoridades. Pero ubíquense en espazos como as fervenzas do Toxa, A Barosa ou no mítico Ézaro, a Costa da Morte ou a da Vela no Morrazo; pero tamén o noso interior, os Cañóns do Sil, a Fonsagrada ou calquera das nosas carballeiras, e poucos impactos terán máis fondos na súa vida que contemplar a unha natureza en liberdade, unha natureza na que a nosa presencia as máis das veces sobra, como tantas das nosas accións nela.



Publicado no Diario de Pontevedra 20/12/2019
Foto. Costa de Camariñas co faro Vilán ao fondo. Cabalar/Efe

lunes, 16 de diciembre de 2019

Gestionar la vida

 [Ramonismo 6]
Infelices’ el libro de Javier Peña se ha convertido, de manera más que merecida, en el libro revelación del año


TIENE MUCHO el libro de Javier Peña de radiografía generacional, de tránsito emocional destinado a dejar un momento determinado de la vida pasada perfectamente señalizado como documento de lo sucedido, pero también como argumentario irrenunciable de cara a ese futuro que abrirá nuevas etapas, nuevas amistades y nuevas experiencias, pero que siempre, de una una otra manera, irán siempre encadenadas a lo anteriormente sucedido.
Con ‘Infelices’, editado por Blackie Books, Javier Peña debuta en el territorio literario. Un árido escenario, sobre todo para el escritor novel, que, de vez en cuando, florece, como en el caso que nos ocupa, transformando esa infelicidad que titula el libro en la felicidad de quien ha podido componer un relato que interesa no sólo a un editor, sino a críticos y lectores. Una conjunción astral o mejor dicho, metafísica, que ha hecho de Javier Peña un habitual en los últimos días en los escenarios más selectos donde se transmite lo literario. Espacios en los que estamos demasiado habituados a la repetición de rostros y discursos, de ahí que la entrada del coruñés Javier Peña, por lo que dice y por cómo lo dice, es como aquella fordiana flor del cactus puesta sobre un ataúd.
Y es que ‘Infelices’ también debe entenderse como una especie de liberación para su autor. En estas líneas acostumbro a mirar hacia atrás en la trayectoria creativa del protagonista de esta sección para adentrar al lector en su nueva obra con algún dato que la sustente. Pero en este caso no existen esas afirmaciones literarias, siempre y cuando despreciemos la escritura de los discursos a los que durante muchos años (para este tipo de trabajos siempre demasiados) se ha dedicado Javier Peña en dos consellerías de la Xunta de Galicia, Cultura y Benestar Social. A medida que los discursos decrecían en motivación, y por lo tanto en interés, la escritura de ‘Infelices’ iba apaciguando los demonios que surgen de quien hace lo que no le gusta, de quien se siente mutilado en una parte tan importante de su vida, como es la profesional.
Así, entre cabreos y apuntes bajo cuerda, la novela tomaba cuerpo como el canto generacional ya indicado, describiendo a un grupo de estudiantes universitarios en una Compostela todavía universitaria y a salvo del parque temático de campana y piedra en que se ha convertido. Allí el grupo vive el presente entre el obligado carpe diem y un futuro que quien más y quien menos siempre confía como el más brillante del mundo. Pero la vida, que es una perra, suele enseñar sus dientes más afilados cuando esas expectativas empiezan a hacerse añicos y de paso a nosotros mismos. Es cuando esas vidas resquebrajadas comienzan a parecerse a la realidad, a gestionar la vida y a convertirse en el motivo necesario para armar una novela de seres desmadejados, de personajes que se van conformando como las caricaturas de lo que fueron, de aquellas miradas perdidas en horas eternas tras los cristales de una cafetería o en unos pisos de estudiante donde todo se condensaba en complicidades y risas capaces de aislar a cualquiera de lo que sucedía fuera de allí, por muy trascendental que fuera para el universo.
Hasta aquí lo que se cuenta, pero tan importante como eso es el cómo se cuenta. Y ahí Javier Peña también acierta con lo que en la contraportada del libro, dedicada a pellizcar el alma del comprador, se define como «una técnica narrativa prodigiosa». Si dejamos a William Faulkner en su merecido pedestal, es cierto que Javier Peña construye este relato de diferentes vidas y líneas argumentales de manera brillante desde los diferentes capítulos del libro y los reportajes de un periodista que nos hace ver infinidad de cuestiones que tienen que ver con los protagonistas, al tiempo que dinamizan la lectura y le concede una multiplicidad de miradas.
A todo eso súmenle un lenguaje descarado y eficaz, sin contaminaciones de ese postureo de tanto escritor que escribe como Dios pero que nos cuenta una realidad irreal, y se encontrarán un libro soberbio que les hará muy felices. Como lo está haciendo con alguien que ha tardado demasiado en llegar, aunque lo haya hecho con un cactus florido bajo el brazo.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 14/12/2019
Fotografía: Javier Peña en la pontevedresa librería Cronopios (Javier Cervera-Mercadillo)

domingo, 15 de diciembre de 2019

A paranoia luminosa


TEMPOS ESCUROS estes nos que o abraio e a admiración da xente móvense a ritmo de leds. Cos museos demasiado baleiros adicámonos a poñernos baixo uns arcos de luces a mirar pampos cara unhas lámpadas, como se iso fose unha especie de revelación artística e creativa. Ese brillo da posmodernidade máis simple está prendendo en numerosas cidades, en vilas e pobos que queren seguir o fulgor da estrela de Vigo, incrementando os seus gastos luminosos e decorativos para facer desas cidades, durante uns poucos días, un puntiño de luz sobre a face da terra.
Unha cantidade de leds que adoita ir en contra da calidade nas propostas dos que decoran eses espazos urbanos. Acumulacións de watts que deixan a estética no derradeiro lugar das súas propostas. Cegados por ese brillo todos semellan querer subir a ese carro luminoso. A esmagadora promoción que conseguiu o alcalde de Vigo, de todo punto indudable, en canto ao que falen de nós polo que sexa, provocou un andazo de electricidade por toda España. Políticos paranoicos medindo as súas forzas enerxéticas, veciños solicitando luz e máis luz como Goethes resucitados, compañías de instalación destas decoracións facendo o seu agosto todo o ano e Greta Thunberg ao borde dun ataque de nervos.
Realmente se lle poderá poñer fin a unha tolemia que máis que adornar adoita ensuxar unhas cidades nas que só se pensa como soporte de lámpadas e non como unha parte máis a reivindicar do urbano? O certo é que pinta mal a cousa. A nosa sociedade está cada vez máis afastada da reivindicación dunha estética eficaz, vivindo de cheo un momento dunha estúpida acumulación de adornos que moitos entenden como parte obrigada do Nadal, converténdose, deste xeito, no mellor símbolo do que son hoxe estas festas, un prender e apagar sentimental e económico cada vez con menos sentido.
Pois xa saiu a economía! O capitalismo descubriu fai tempo que as luces atraen os cartos como ás couzas. Ata elas van os cidadáns a empurrar as súas arelas mercantilistas. Compradores que non queren moverse na escuridade dos seus desexos e precisan dun arco da vella de luces para incentivar as súas gañas de gastar cartos. E que acontecerá cando se apaguen esas luces? Esgotarase o consumo? Pecharán os negocios? Porque non invertir esa barbaridade de cartos en programas de mellora dos comercios ou en propostas para incentivar o consumo dun xeito máis sostible? E, sobre todo, é que ninguén sabe facer unha decoración de Nadal con bo gusto? Camiñen por vilas e pequenos pobos de Portugal, por aquilo de citar algún espazo que nos quede de man, e atoparán fermosas decoracións que respectan a súa contorna e que converten estas datas nun acubillo para a alma e as relacións das persoas. Materiais recuperados da natureza, integración dos motivos navideños cos elementos arquitectónicos da cidade ou o preciso equilibrio entre a luz e a escuridade son algunhas das compoñentes que fan brillar a moitas vilas de todo o mundo pero que hoxe é moi estraño ver no noso país, sometidos á tiranía de cantos máis watts mellor.
Xa sei que non é unha tarefa sinxela para moitos cargos públicos que se senten obrigados pola masa vociferante, as oposicións municipais sempre ao lume que máis quenta e os que pensan que canta máis luz mellor. Facer respirar a unha cidade en Nadal é atopar un equilibrio entre a propia cidade, o seu espírito e unha decoración que nos fale da época na que estamos, non que nos cegue coa súa escura vacuidade.





Publicado no Diario de Pontevedra 15/11//2019
Foto: Rúa Principe de Vigo coa iluminación de Nadal. Salvador Sas (Efe)

miércoles, 11 de diciembre de 2019

El cuerpo como texto


[Ramonismo 5 ]
'Anatomía sensible' es un conjunto de textos alrededor del cuerpo humano como inspiración literaria



CABEZA, cabello, pie, ombligo, pierna, tobillo, axila, cadera, nalga, ano, oreja, vagina, pene, barriga, ojo, alma... en pocas páginas más hermosas ha podido escribir el bueno de Andrés Neuman como en las que conforman este libro, entre lo poético y lo narrativo, de título ‘Anatomía sensible’, publicado por Páginas de Espuma, la editorial merecidamente galardonada este año con el premio nacional a la mejor labor editorial.
Anatomía y sensibilidad coinciden bajo la advocación de este autor que también transita entre dos estaciones, entre la poesía y la prosa, confluyendo ambas en esta sensibilidad anatómica que se propone como inspiración, pero también como escenario para concebir una serie de textos sobre cada una de esas partes de nuestra anatomía. El humor, el ingenio y la ironía hacen sus cosquillas sobre la piel de cada uno de estos textos en los que el argentino Andrés Neuman vuelca, a partir de su ya consolidada calidad literaria, una extraordinaria capacidad de sorpresa por todo lo que puede provocar nuestro cuerpo, incluso aquellas zonas más despreciadas, por considerarlas sin importancia frente a otras con mucha más consideración.
Nacido en Buenos Aires en 1977 Andrés Neuman vino a España con sus padres exiliados, y en Granada, no sólo acabó sus estudios, sino que tras licenciarse en Filología Hispánica y realizar el doctorado, acabó impartiendo clases de Literatura Hispanoamericana en su Universidad. Con un pie en cada una de las orillas del Atlántico su obra se ha consolidado en España transitando de manera especial por la poesía, el cuento y la novela. Por ellos ha recibido numerosos reconocimientos destacando el premio Alfaguara y el premio de la Crítica por ‘ El viajero del siglo’ (2009), dentro de un amplio listado. Pero más allá de los premios lo singular de su obra reside en esa hibridación de dos sistemas literarios, el español y el latinoamericano, en especial el argentino, generando así una escritura llena de personalidad.
Y esa personalidad es bien evidente con esta ‘Anatomía sensible’, en la que desde la propia idea que da sentido al libro, como su materialización, son un interesante ejercicio literario en el que Andrés Neuman consigue que ya no volvamos a ver de la misma manera cada una de esas partes, desmitificadas a base de una mirada que son muchas miradas, tantas como las que suelen dirigirse a cada uno de esos fragmentos corporales en los nuestros propios y, por supuesto, los de los demás. También nos encontramos un propósito muy de agraceder, de desmitificación de esas anatomías, y precisamente ahora, cuando de una manera absolutamente avasalladora esta sociedad se define por el culto a un cuerpo perfecto. De ahí que lo imperfecto que tanto abunda en todos nuestros cuerpos se reclama aquí como parte de una identidad a reivindicar. Una alternativa de roles que se aleja de los escenarios mediáticos y desde lo más íntimo propone ese orgullo del cuerpo más común. La feliz frase con la que se cierra la contraportada del libro: «Todos los cuerpos son bienvenidos aquí», es la que mejor define el contenido de un libro que se disfruta desde cada una de sus páginas por esa mirada de greguería que surge en muchas de sus expresiones, por un lenguaje rico y la capacidad de expresar un cúmulo de sensaciones, muchas conocidas, por nuestra propia relación con esos fragmentos corporales, pero que una vez leídos los textos adquiere nuevas posibilidades y eso que tiene un enorme mérito el escribir algo lúcido sobre un hombro, un codo o una oreja.
En otros, erotismo y poesía coquetean también con la naturalidad de esos cuerpos que aquí Andrés Neuman toma como páginas sobre las que escribir, inspiraciones epidérmicas con las que acariciar la literatura, esa misma a la que este autor ha consagrado su vida para obsequiarnos con sus historias y poemas y, en ocasiones tan particulares como la que nos ocupa, con los instantes de una anatomía seductora no por lo maravilloso o espectacular, sino por esa naturalidad que hace que nuestros cuerpos sean nuestros mejores relatos frente a la cotidianeidad de la existencia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 7/12/2019



lunes, 9 de diciembre de 2019

Educar dende o cinema


É UNHA DAS grandes eivas dos nosos plans de estudos. O de poder apostar máis polas capacidades do cinema como xeito de educación para a mocidade. A Historia do Cine non deixa de ser un apéndice no programa dalgún curso perdido no currículum dos alumnos ao que rara vez se adoita chegar. Só a sensibilidade dos mestres, e que sexan quen de entender que o cinema é un dos discursos visuais e narrativos máis próximos aos mozos e mozas para entender as cousas, pode levar a que eses plans de estudos cheguen ao seu fin.
De aí que un dos grandes meritos do festival Novos Cinemas (que terían mil e unha cousas que alabar) sexa a atención que prestan a esa educación dende o cine, a facer desa maxia da pantalla unha canle de comunicación incomparable con calquera outra disciplina artística para que eles sexan quen, xa non só de entender a linguaxe cinematográfica, senón as súas capacidades para describir o noso mundo lonxe doutros medios que poden ser para eles moito máis áridos. Dende a primeira edición, dende aquel Antoine Duanel de François Truffaut correndo cara o mar no remate de ‘Os 400 golpes’, as intencións deste Festival quedaron ben claras. Por un lado o traballo coas novas miradas, cos directores que comezan a plantexar unha carreira dende o cinema (‘Os 400 golpes’ foi a primeira longametraxe do director francés), e por outro, esa mirada da infancia cara o mundo dos adultos como abraiante xeito de tentar explicarnos a nós mesmos. Ese sentido da descuberta é o gran acerto de Novos Cinemas, o seu elemento diferenciador nun escenario cheo de festivais cinematográficos.
Esa aposta pola educación é a que leva a este festival a dilatar o seu traballo ao longo de todo un ano. Mentres chegan as datas do festival o equipo da organización con Suso Novás á súa fronte plantexa toda unha serie de actividadse en centros escolares da contorna, este ano os escollidos foron o pontevedrés Concepción Crespo Rivas e o marinense do Carballal os que acolleron esta experiencia cunha serie de actividades vencelladas á historia do cinema e á súa linguaxe e que se completará cunha proxección no Museo de Pontevedra para escolares na que se exhibirá ‘A volta a clase’ (1956) de Jacques Rozier e ‘Pequena luz’ (2003) de Alain Gomis. Dúas pezas pequenas de duración pero que permitirán establecer un coloquio cos rapaces que abofé será toda unha experiencia para todos eles nas que poden ser as súas primeiras miradas a un cine que hoxe xa non se fai.
As catro edicións xa celebradas deste Festival amosaron de sobra as súas posibilidades e o poder inesgotable do cinema para emocionar e para converter os nosos ollos en pequenas pantalliñas nas que reflectirse o mundo. Mirar a través dos que miran por primeira vez é unha experiencia estremecedora coa que ningún outro festival ou proxecto de exhibición pode competir. Mirar como miran os nenos, mirar como mira alguén que fai cine por primeira vez é unha desas beizóns primixenias do ser humano e de calquera creador. Poderase con tempo mellorar moitas cousas, coñecer e sofisticar as accións deses directores noveis, pero aquela primeira mirada xa será para sempre irrecuperable. Do mesmo xeito as miradas dos nosos nenos e nenas complicaranse co tempo, enchéndose de prexuízos e de contaminacións dunha sociedade aniquiladora de calquera xeito de inocencia, por iso participar deste festival ten moito de regreso a inocencia, de buscar o sentido da vida, se é quen algún, nas nosas miradas de fai cada vez máis anos.



Publicado no Diario de Pontevedra 6/12/2019
Foto: Proxección de Trinta lumes no Museo de Pontevedra dirixida a escolares na edición de 2018 de Novos Cinemas. (José Luiz Oubiña)


martes, 3 de diciembre de 2019

Las palabras vividas

[Ramonismo 4]
Quique González y Luis García Montero renuevan su mítica colaboración en ‘Aunque tú no lo sepas’ con un emocionante disco


UNA HABITACIÓN, un poemario, y un encargo. Así fue como Quique González con ‘Habitaciones separadas’ en sus manos y el encargo de Enrique Urquijo para que compusiera una canción para él, se adentró ya para siempre en la obra de Luis García Montero, y no sólo en la obra, sino en la persona con la que establecería una de esas alianzas inmarchitables a lo largo de la vida.
De aquella habitación salieron dos canciones, pero la adaptación del poema ‘Aunque tú no lo sepas’ fue la que sabiamente eligió el inolvidable Enrique Urquijo, convirtiéndola en una de las más emocionantes integraciones de palabra y música en nuestro país. Una canción que Quique González siguió convirtiendo a través de su voz en una emoción permanente y la evidencia de que hay poemas que con una buena melodía a su lado estallan en infinitas posibilidades.
Hace unas semanas esa alianza entre músico y poeta renovó sus votos y, tras cinco años de trabajo, Quique González y Luis García Montero pusieron en nuestras manos diez poemas convertidos en canciones, diez estaciones de paso para entender el milagro de la palabra, de ‘Las palabras vividas’, que es como se llama este disco pulcramente editado por Varsovia records. Y es que en la palabra es en donde se sustenta todo, la vida, la imaginación, la amistad, el amor, la creación, en definitiva, las «palabras verdaderas», esas que necesitamos para el día a día del ser humano y que el propio poeta reclama en su último libro editado por Alfaguara, ‘Las palabras rotas’, (¡Lean, por favor, este libro tan necesario hoy!). De nuevo las palabras y las señales que esas palabras nos emiten en estos tiempos de confusiones y miedos. Con la poesía, como esa forma de resistencia ya proclamada en varias ocasiones por Luis García Montero, a partir de ella podemos reciclar todas esas palabras que esta sociedad ha ido orillando del que debería ser su centro, nosotros, depositándolas en lo marginal, en aquello que se desprecia. Todo ese libro es un canto a la palabra, a la verdad y a la dignidad de la poesía frente a la inmundicia en la que estamos cada vez más enfangados.
Y precisamente con cantos son con los que Quique González es capaz de apaciguar nuestras almas, de hacer de esas palabras vividas un cántico de emociones, de voces rasgadas en las que se sutura la vida y las historias, aquellas que ofrenda el poeta de manera limpia y clara, sin distracciones ni extravagancias del lenguaje. Así es como canciones como ‘La nave de los locos’, ‘Bienvenida’, ‘El pasajero’, ‘Las nuevas palabras’ o ‘Todo se acaba’, son tránsitos por lo vivido, itinerarios de miradas, pieles y memorias que fundamentan el arte de sobrevivir y que revitalizan aquel ‘Aunque tú no lo sepas’ como dignas sucesoras.
Cómplicidades, admiraciones cruzadas, urbanidades solitarias y resistencias varias unen a Quique González y Luis García Montero en este carrusel bajo la niebla movido por la palabra, esa misma que genera paisajes de ciudades y noches bajo la luna, corazones a la vuelta de la esquina, almas tristes y botellas que esconden el mar. Libertades en plazas por las que aquí se brinda como exaltación de una existencia que este caótico escenario en que se está convirtiendo nuestra sociedad quiere anular en beneficio de una uniformidad que nos acosa cada vez en mayor manera.
Ante ese ruido escuchar estas palabras, acompañadas de la música y la voz de Quique González, propicia un acto íntimo de conocimiento y análisis de uno mismo. La posibilidad de sentirse en el interior de cada una de esas historias que Luis García Montero pensó desde el principio como letras de canciones y no como poesías al uso. Una línea difusa por donde moverse el lector o quien escuche lo que podrían ser diferentes bandas sonoras de nuestras vidas. Deambulatorios en los que ante tantas sombras la palabra emerge con un fulgor cada vez más preciso para hacerse verdad. Como verdad fue la que surgió en aquella habitación y a la que todavía hoy nos asomamos para entender lo que fuimos, pero, sobre todo, para saber lo que somos.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 30/12/2019
Foto. Víctor Sainz/El País

lunes, 2 de diciembre de 2019

Culturgal. Apuntes na crista do galo

Rue Saint-Antoine nº 170
Cultura ▶ A décimo segunda edición do Culturgal renova un ano máis o compromiso desta cidade coa cultura e coas súas posibilidades arredor do ser humano converténdoa na patria natural desta Feira das Industrias Culturais. Os cheos de público, así como as vizosas propostas presentadas polos sectores culturais, énchenos de esperanza no futuro



Empoleirouse o Culturgal de novo no Recinto Feiral de Pontevedra. Berrou ben forte e, como aquel Galo co que se titulou o libro póstumo de poemas do pontevedrés Luis Amado Carballo, no que a Boa Vila deu de beber a quen pasa, o Culturgal deulle cultura e festa a quen o visitou. Porque diso é do que se trata ao longo deste fin de semana por excelencia da cultura galega abeirado ás orelas do Lérez, de amosar a nosa cultura dende unha chea de disciplinas, pero tamén de festexala e celebrala como algo noso, como unha das nosas pegadas máis intensas cara a posteridade. É por iso que o Culturgal funciona e funcionará sempre como acaído xeito de atoparse e de facer unha celebración colectiva. O inesgotable motor do Culturgal é xerar ese espazo propio, ese encontro de axentes e protagonistas da cultura para recoñecerse como parte dun clan e para tecer esas redes tan necesarias no universo cultural. A hibridación de diferentes ingredientes é o segredo desta feira, un banco de ensaio integrador de cada un de nós nos nosos campos de acción, tanto como axentes como público, sendo todos parte dun proxecto que, como poucos, nos pode xuntar arredor dun destino común.
Unha boa amiga miña di que do Culturgal un sae coas mans cheas e o corazón contento, e o certo é que hai moito diso, imposible non caer nalgunha das opcións de libros ou artesanías que alí se ofrecen é que tan ben falan do ben que traballamos en canto a facer cultura, tanto en contidos como na súa presentación, pero tamén que ese corazón saia cheo de ledicia é o que mellor fala do que é capaz de transmitir a nosa cultura. E todo iso porque quen se involucra na cultura traballa en boa parte cun forte compromiso co que fai, cun goce do seu traballo que excede en moitos casos o puramente administrativo, entendéndose como parte dunha paixón. Mirar durante estes tres días o traballo de editores, libreiros, actores, músicos, cineastas, xestores, artistas plásticos, e ata os traballadores dos stands oficiais reflicten que o seu compromiso coa cultura é impagable.
Falou na inauguración da Feira o conselleiro, Román Rodríguez, ao que hai que agradecerlle o forte compromiso da Xunta coa Feira, da importancia da cultura como axente económico, non falou, iso si, dos recentes datos que falaban da perda de mil quinientos empregos no tecido cultural galego, ou de que a Casa de Rosalía de Castro, un dos nosos tótems culturais, teña que poñer en marcha unha campaña de apoio económico popular para manter as súas actividades. Con todo isto atopámonos un Culturgal que, coma sempre, acaba como o galo cando asoma no alba do día, espertándo as nosas conciencias, porque cultura é conciencia, e tamén valentía para seguir neste espazo de resistencia en que se converte moito do que fan os nosos creadores. E a esperanza tamén vén da man dos pequenos, dese público miudo que está na feira, pero que aínda tiña que estar máis. O futuro pasa por eles e a loita por acadar novos públicos, por renovar aos que van cada ano como militantes de fe, debería ser unha das grandes apostas do Culturgal cara os anos seguintes. Mellorouse o plantexamento da Feira e a mobilidade do público cando en momentos de moita asistencia non se sentiu o colapso doutras veces. Houbo queixas en canto a sinalización da contorna do Recinto Feiral, de como acceder ata el dende as vías de comunicación, e de publicitar máis a Feira para manter o público doutras edicións. Todos sabemos o que custa acadar públicos, e non teríamos que baixar a garda fronte a un futuro descenso nas visitas. Pero como cada edición o mellor sempre vén da man dos creadores, dese concerto na despedida de Marful, das Tanxugueiras e o seu brutal cheo, como o de ‘Eroski paraíso’ de Chévere, na súa versión cinematográfica, ou a emoción da última obra de Oliver Laxe, dese novo xornal en papel, ‘Nós’, que sairá en xaneiro, do novo cómic de Miguel Anxo Prado, ‘Amani’, editado por Retranca Editora, do libro de María Vinyals de Diego Piay editado por Alvarellos, ou da plaquette que Apiario publica co ‘Agosto’ de Míriam Ferradáns, ou do novo selo editorial, Cuarto de Inverno, ou do ‘Un lume azul’ de Pedro Feijoo, ou... ou... unha interminable listaxe de aventuras creativas que nos falan da necesidade de moitos Culturgais máis e de que o galo siga amosando a súa fermosa crista.



Publicado no Diario de Pontevedra 2/12/2019
Fotografía. Rafa Fariña

lunes, 25 de noviembre de 2019

Una furtiva lágrima

[Ramonismo. 3]
En esa lágrima Nélida Piñón contiene una vida que se agota desde la emoción y la escritura


UN DIARIO luminoso, íntimo y singular de una de las escritoras más importantes de la literatura latinoamericana». De esta manera se presenta en la contraportada de ‘Una furtiva lágrima’ (Alfaguara) a la escritora Nélida Piñón (Río de Janeiro, 1937), un limitado elogio incapaz de reflejar la importancia de esta enorme escritora con profundas raíces en Galicia, y en concreto en Borela, Cotobade.
El hermoso título de este libro es toda una metafórica declaración de intenciones de su contenido. Una lágrima ante un final que inevitablemente se acerca, «vivo en vísperas de la despedida o de la capitulación final», escribe la autora. Una lágrima también luminosa en la que se contiene una vida exprimida al máximo, desde el contacto con diferentes personas de su círculo íntimo o personalidades de la cultura y la sociedad de las últimas décadas. Y es que este texto, o compilación de textos, es más que un diario, es un conjunto de anotaciones alrededor de una serie de experiencias que han ido alimentando a la autora de ‘La república de los sueños’. Y digo alimentando porque en todo el libro hay mucho de eso, de la vida como alimento, de sabores que se se han ido adentrando en el interior de Nélida Piñón para, desde la memoria, los viajes, los paisajes, la religión o esa dualidad Galicia/Brasil, conformar a una persona inmensamente agradecida con la vida.
«Narrar es una prueba de amor», escribe en una de las primera páginas, y es que ese hecho narrativo es el que justifica toda su larga peripecia literaria, que la ha hecho merecedora de galardones coronados en 2005 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Como importante es también su papel como mujer dentro de las letras al ser la primera en presidir la Academia Brasileña de las Letras, profesora invitada y doctora Honoris Causa en numerosas universidades del mundo. Esa condición de mujer inevitablemente está muy presente, no sólo a lo largo de su obra, sino también en este libro, mostrando a la mujer a lo largo de la historia, en diferentes contextos y ante esa culpabilización de tantas cosas como la historia machista se ha encargado de acusar.
Un libro en el que el gran protagonista es el tiempo. El tiempo vivido y el tiempo que nos resta. «Somos víctimas del tiempo que nos acecha», apunta Nélida Piñón en uno de los capítulos en el que ese tiempo se muestra como un tesoro que no solemos apreciar. Ese tiempo y el continuo deterioro de nuestros cuerpos es el que está llevando a la autora a perder la vista, a una progresiva pérdida de visión que cada vez más limita sus lecturas y su escritura.
Esa lágrima que parece recorrer todo el libro contiene también su intensa mirada hacia la cultura, hacia lo que le ha aportado a lo largo de este tiempo (¡qué hermoso su texto sobre el wéstern!), también hacia la escritura como el «salvoconducto con el que circular por el laberinto humano», pero sobre todo, su mirada hacia sus raíces, hacia ese paisaje físico y humano de Borela que ya se había volcado en su ‘Libro de horas’, pero que aquí toma de nuevo protagonismo como una de las patrias de esta «mujer, brasileña, escritora, cosmopolita, aldeana, un ser de todas partes, de todos los puertos», tal y como ella se define. Y es que ahí está siempre Borela, alojada en ese inagotable baúl de la memoria en que se convierte ese rincón de Cotobade. Y ese cofre necesario, oxígeno puro, se abre de manera intermitente, entre comentarios sobre su oficio, viajes, sueños, el rostro de Dios, su Vila Isabel natal o el determinismo, estaciones de paso de una mujer capaz de escribir esta frase estremecedora leída desde aquí: «El eco del corazón gallego me confirmaba que el mundo era narrable». Como estremece ese final donde, tras tanto vivido, la muerte de un perro, de un fiel compañero, es lo realmente importante, hasta el punto de dedicarle un libro donde todo es vida.




Publicado en La Revista. Diario de Pontevedra 23/11/2019
Fotografía. Nélida Piñón en la presentación en Madrid de 'Una furtiva lágrima'. (Zipi/Efe)

lunes, 18 de noviembre de 2019

Verdad

[Ramonismo. 2]
Un cofre de tesoros flamencos es el que nos ofrece Rocío Márquez en su último disco ‘Visto en El Jueves’


ALEJADA DE los estereotipos del flamenco Rocío Márquez (Huelva, 1985) pone con su voz patas arriba ese universo musical y el alma de quien la escucha. Su voz, impregnada de esa verdad tan obligada en un cante racial, es un hilo conductor desde la memoria del flamenco hasta nuestros días, reuniendo, bajo un mismo palo, tradición y renovación. Esos elementos confluyen de manera afortunada en su último trabajo, ‘Visto en El Jueves’, una exploración desde esa memoria del flamenco que sirve, como la propia cantaora apunta, como «la celebración de nuestro compromiso».
Y es que ese compromiso es el que alumbra todo este trabajo. Un electrizante recorrido por cantes y canciones del mundo flamenco: Pepe Marchena, José Menese, Manuel Vallejo, El Cabrero, Turronero, Bambino o Paco Ibáñez, entre otros, son el sustrato al que Rocío Márquez aporta su identidad, y ahí es donde se disparan estas canciones, desde una voz limpia y generosa, entornada en las más dispares emociones que hacen de esas letras una exaltación de la vida, un rasguño interno que es donde esa música alcanza todo su misterio y emoción.
En Galicia no estamos muy acostumbrados a estes sones, a esas guitarras que parecen querer hablar-¡qué maravilla en este disco la guitarra de Juan Antonio Suárez Cano!- pero simplemente, con un poco de interés y atención, les aseguro que estas canciones se les prenderán en la memoria, de la que vienen y a la que Rocío Márquez, en un ejercicio de honestidad con su trabajo, quiere reverenciar.
Está la cantaora de Huelva recogiendo los frutos de muchos esfuerzos y horas de estudio que eclosionaron de manera definitiva con su triunfo en esa universidad del flamenco que es el certamen de la Lámpara Minera en La Unión, que conquistó en 2008. Antes había estudiado piano y cante, y en Sevilla, desde los quince años, se fue adentrando en el estudio del flamenco de manera más intensa. Graduada en Educación Musical por la Universidad de Sevilla. Máster de Estudios avanzados de flamenco y con una tesis sobre la técnica vocal en la historia del flamenco. Profesora y conferenciante sobre el flamenco vemos como su aproximación a él es de una solidez abrumadora, de un conocimiento de todo ese andamiaje que durante décadas y décadas ha sostenido a numerosos cantantes y músicos desde una vertiente más basada en la experiencia de tablaos y palmas que desde el conocimiento intelectual de este género musical, como en nuestra protagonista.
Desde aquel triunfo en Las Minas se dispara su presencia en festivales y eventos musicales, también sus discos comienzan a difundir esa expresión suya donde una pasión se ve enriquecida por todo ese aprendizaje y formación desde el universo más clásico del cante jondo, pero al que Rocío Márque ha sabido generar una nueva perspectiva, la que surge de las fusiones, del propio concepto del flamenco como arte de hibridación de músicas.
En ese buscar en el pasado Rocío Márquez se echó al rastro sevillano, a un mercadillo que en la capital andaluza se celebra los jueves y allí, entre grabaciones que se pensaban caducadas, ella recuperó cantes y canciones a los que inoculó su fuerza. Esa que nos conecta con títulos como ‘Trago amargo’, ‘Se nos rompió el amor’, ‘Entorna la puerta’, ‘Luz de luna’ o un ‘Andaluces de Jaén’, junto a Kiko Veneno, que remata el disco de una manera antológica. Un trabajo en el que en cualquier canción, en cualquier parada en esas diferentes estaciones del flamenco hay algo nuevo, un pellizco que te acerca a esa dimensión de la música que, por muy poca conexión que puedas tener con ella, te acaba conquistando.
Esa conexión también se establece a partir del soporte físico con el que se presenta un disco con un diseño muy atractivo y lleno de unos cuidados dibujos de Manuel León, así como la tipografía que nos conduce a un disco moderno y atrevido, en consonancia con esa visión del flamenco cantado en 2019 y no, como si siguiésemos en el siglo pasado. Pocas bendiciones mejores puede tener el flamenco que cantaoras como Rocío Márquez, una mujer que escapa del muchos tópicos, pero que respeta, como pocas, todo lo que se vincula al universo flamenco, contribuyendo a su difusión desde el máximo respeto. De ahí la importancia de su reciente aparición en el fantástico y tan necesario programa de ‘La hora musa’ en La 2, con una actuación en la que cantó, hasta el estremecimiento, el primer tema del disco ‘Luz de luna’, y que situó al flamenco en igualdad de condiciones con otras opciones musicales, algo hasta hace poco prácticamente imposible.
Verdad, es la que se respira en este disco que, cuando uno lo escucha una vez, no puede alejarse demasiado de él, dejándose llevar por las tonalidades de una voz limpia que ejecuta esas músicas históricas mano a mano con una guitarra inmensa. Rocío Márquez coloca así las piedritas para no perderse en el camino del flamenco, la piedritas que encontró en ese mercado sevillano y que sirven para señalar toda una historia enorme, de maestros y canciones que fueron haciendo del flamenco una parte sustancial de nuestra cultura, demasiadas veces maltratada por ciertos atavismos, pero que también necesita de cierto reverdecimiento, de nuevas voces que lo aproximen más allá de sus centros neurálgicos y popularicen una manera de cantar singular y que se agarra al interior de quien lo escucha de una manera infrecuente en otro tipo de canciones con cada vez con menos esencia y también sustancia.
Sensaciones de palabras y guitarras que parten de los escenarios y se vuelcan en este trabajo más que recomendable para sentir un nuevo flamenco de memoria y el intimismo de mente y corazón de una cantaora que está llamada a ser la gran voz del flamenco en los próximos años. ‘Visto en El Jueves’ es la celebración del compromiso de una mujer con sus raíces, con una cultura y con un sentir emocionante.



Publicado en Diario de Pontevedra 16/11/2019
Fotografía: Rocío Márquez en un balcón de Madrid. (Víctor Lerena. Efe)

domingo, 17 de noviembre de 2019

Guernica. Lección eterna


POUCAS leccións máis duradeiras deixou ao longo da historia a arte que a que permanece aínda hoxe chea de forza no Guernica. O cadro de Picasso, o cadro do horror da guerra, o cadro que nos fai pensar sobre as miserias do ser humano, o cadro do enfrontamento nun país. Non hai nada máis alá desta visión antibelicista, simplemente, o branco e negro da condición humana.
Impresiona, por moitas veces que un o faga, achegarse ata o Museo Nacional Reina Sofía e chantarse ante este monumental lenzo, ben rodeado de pezas que completan o seu contexto histórico. Pero non sempre é doado facelo, de aí a importancia deste tipo de iniciativas de La Caixa que achegan diferentes cuestións artísticas, culturais ou sociais a diferentes cidades e espazos da península, co fin de que o pobo poida coñecer e gozar das súas exposicións, sempre interesantes e sempre propostas dunha maneira exemplar. Recorda este tipo de aventuras aquelas Misións Pedagóxicas que na República facían da cultura un pasaporte para o coñecemento en moitas vilas e pobos lonxe das posibilidades do saber. Aquela foi unha proeza e o que fai hoxe La Caixa, noutros tempos e con moitas posibilidades, tamén o é. Como o é o seu compromiso coa cultura dende os seus proxectos e edificios culturais en varias cidades de España, e canto botamos de menos en Galicia un CaixaForum como os que hai en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Sevilla, Palma, Girona, Lleida ou Tarragona.
Voltemos ao Guernica, e á posibilidade que temos na pontevedresa praza de España de coñecer a súa historia, grazas a unha interesante mostra que nos leva por diferentes cuestións vencelladas a ese cadro vertebrador da arte do século XX, non só pola súa creación, senón polas súas vicisitudes e polo significado que tomou como símbolo antibelicista. Os distintos espazos da exposición lévannos por aquilo que motivou o cadro, como é máis que sabido o bombardeo de Guernika pola Lexión Condor foi o reactivo que moveu a Picasso a aceptar o encargo da II República para o Pabellón Español da Exposición Internacional de 1937. Tamén se fai unha parada nas diferentes viaxes que fixo o cadro despois da Exposición para buscar a solidaridade internacional ante o levantamento militar. Un terceiro chanzo é a súa estancia no MoMA de Nova York. O cuarto sería as negociacións para o seu retorno a España, unha vez que o país recuperou as súas liberdades perdidas, tal e como deixara disposto Picasso; e por último, temos  ese papel simbólico do Guernica convertido nunha icona de paz e así asumido por numerosos colectivos. Xa falamos antes da calidade das mostras de La Caixa e aquí temos unha boa mostra, así que xunto ao apoio técnico e de materiais do Museo Reina Sofía, sóubose compoñer unha mostra atractiva e con moitos contidos que explican ese carácter lexendario do cadro que Picasso pintou tras corenta e cinco bosquexos e cinco semanas de traballo baixo a atenta mirada da súa parella, Dora Maar, que nos deixou outro legado de vital importancia: o resumo fotográfico da construción do cadro.
Nunca está de máis achegarse ao Guernica, agora témolo ás portas da casa, como temos ás nosas portas unha preocupante involución de certos postulados políticos que poden, de non ser atallados a tempo, voltar a caer no branco e negro deste cadro. O crecemento dunha extrema dereita fagocitadora de todo o que signifique progreso e liberdade estase a converter nunha das graves ameazas a nosa convivencia. A lección do Guernica non debería facernos esquecer como rematan estas cousas.



Publicado no Diario de Pontevedra 15/11/2017
Un dos paneis da exposición 'Picasso. El viaje del Guernica' (Gonzalo García)


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Pinturas de guerra

Ángel de la Calle propón unha intensa novela gráfica na que, arredor da procura de documentación sobre a actriz Jean Seberg, artéllase unha paisaxe humana, política e histórica de diferentes feitos que tensionaron á sociedade das décadas centrais do século XX


Eu quería escribir un libro cheo de cultura cinéfila, novidades e engado, resaltando a suave beleza de Jean, o seu evasivo xeito de actuar, os amoríos sen futuro, o inestable compromiso coas causas xustas e, sen saber como, atópome metido nunha historia de guerra fría, de sucidade política». Deste xeito, o protagonista da novela, o propio Ángel de la Calle ubicado nun París cheo de enigmas do pasado, explica no mesmo texto, cara onde derivou esta extraordinaria novela gráfica editada por Retranca editora e que traduce ao galego o texto que xa fora publicado en Reino de Cordelia.
Unha espléndida edición que dignifica a novela gráfica e dalle a honra precisa a esta mestura a partes iguais de relato e imaxe na que Ángel de la Calle afronta un tremendo esforzo para situar diferentes historias persoais que xorden dos numerosos procesos represores e de negación da liberdade a unha chea de vítimas en países latinoamericanos, en especial xente adicada ao mundo da creación, e que fixeron de París unha especie de oasis vital, aínda que as consecuencias físicas e mentais do sufrido xa serían irreversíbeis.
Varios elementos chaman a atención a medida que un pasa as páxinas e se deixa levar polo que lle están contando nesta ‘Pinturas de guerra’. Nun primeiro lugar o estilo gráfico, a ausencia de cores, o branco e negro, a contundencia do que alí se reflicte sen posibilidade de distracción. Tamén como o creador móvese cunha enorme liberdade á hora de empregar ou non a viñeta, de superar a tiranía do marco e espallar as imaxes, se é preciso, para unha mellor comprensión da narración. Xunto a iso a estrutura é a outra gran achega dende o punto de vista técnico por cómo Ángel de la Calle plantexa unha serie de capítulos que se poden seguir lendo de xeito continuado, tal e como son presentados, ou podemos lelos según o noso criterio. Istos sonaralles á brincadeira de Julio Cortázar con ‘Rayuela’, pois iso asúmeo o autor no capítulo final de aclaracións, no que ‘Rayuela’, ese París do Cortázar, xunto a tantos emigrantes latinoamericanos que buscaban respirar o aire da bohemia, da liberdade, do existencialismo e da creación ás beiras do Sena, son tamén parte do relato, asomando esa rayuela debuxada en varios momentos da novela.
Pero a novela é tamén unha gran paisaxe dun tempo determinado daquelas décadas de mediados do século XX, coa Guerra Fría de pano de fondo, as accións do FBI e nas que latinoamérica desangrábase co terror dos gobernos militares que afastaban calquera proxecto democrático. Uruguay, Chile, Arxentina, foron algúns deles, ou outros nos que se esmagaba calquera xeito de revolta, como a dos estudantes universitarios en México do 68 antes dos Xogos Olímpicos e, por riba de todo, como estaba perfectamente artellado todo un sistema de terror e tortura que afectaba a todo aquel que sospeitoso ou non podía ofrecer algunha información sobre aqueles colegas que podían ser perigosos para os novos sistemas. En non poucos momentos o autor consegue o arreguizo ante as diferentes formas de tortura, e como iso formaba xa parte das persoas que lograban sobrevivir a todo aquel horror e que ao tratarse dunha novela gráfica, acada un punto maior de arrepío que si se tratase dunha novela puramente literaria.
Todo iso é o que rodea a cerna da narración, a procura de información sobre a actriz Jean Seberg, un axeitado símbolo dunha época e de todo o que amosa esta novela. Ela, a actriz dun novo tempo, a referencia feminina da Nouvelle Vague, despois da súa participación en ‘À bout de souffle’ e cuxa prematura morte estivo sempre vencellada ao misterio e a incertidume por si verdadeiramente foi un suicidio ou un asasinato do que o FBI puido formar parte polas conductas desafortunadas, dende o punto de vista norteamericano, e de alguén que formara parte de Hollywood, demasiado liberais en canto a súa sexualidade, así como de compromiso con diferentes movementos de igualdade racial ou dos máis desfavorecidos.
O certo é que esta novela gráfica plantexa un amplo abano de escenarios e personaxes amosando unha guerra latente en rúas e países no envés dun mundo que non sempre é o que parece por moi fermoso que sexa o cadro que se nos queira pintar.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 22/09/2019