jueves, 30 de enero de 2020

Huellas de fuego

       "Socorro Venegas, poseedora de una escritura enérgica y directa, construye sus escritos con poderosas imágenes que desde lo cotidiano nos erizan la piel por sus posibilidades reales, y por gestionar esos lugares tan complicados donde el roce lo es todo"


Hay escrituras que queman. Palabras que arden. Tintas de fuego que recorren lo que somos para evidenciar a un ser humano indefenso y frágil pese a su aparente contundencia con los demás y consigo mismo. Literatura de la que no se sale indemne. Literatura de la buena. Todo esto es lo que nos propone la mexicana Socorro Venegas en su libro 'La memoria donde ardía', un conjunto de relatos breves editados por la siempre solvente Páginas de Espuma, e hilados por ese estado de desazón que emana del desgarro, de la pérdida, no sólo de algo físico, sino, y quizás con mayor envergadura, de un algo interior.
Escritora y editora en la Universidad Nacional de México, libros y lecturas balizan la vida de esta mujer reconocida ya con diferentes galardones literarios en su país y relatos traducidos a diversos idiomas. Estos días, de gira por España, se encuentra con el gran tesoro de todo escritor, con unos lectores azorados por lo leído, maravillados por la capacidad para en tan pocas palabras contener tanto y, supongo, que impactados por la sorpresa, como la de quien esto escribe, al encontrarse con una voz tan contundente como esta, que hasta hace unos días era desconocida.
Hablaba antes de un hilo común a todos los relatos, pero ese hilo también se hace común a cada lector por tensarlo desde el hecho de la maternidad, desde la relación entre una madre y un hijo. Alambre por el que todos desfilamos de una u otra manera con infinitas consecuencias. Hijos que buscan a sus progenitores, madres vaciadas tras el parto, madres que no lo son y niños que lo quieren ser. Memorias de fuego que nos consumen y que dejan en nuestras paredes un rastro imperecedero. Socorro Venegas, poseedora de una escritura enérgica y directa, construye sus escritos con poderosas imágenes que desde lo cotidiano nos erizan la piel por sus posibilidades reales, y por gestionar esos lugares tan complicados donde el roce lo es todo, donde el contacto entre las personas es la yesca lista para prender. Cada línea que leemos aviva ese calor y nos alumbra en esos espacios agrestes, zonas oscuras donde el silencio parece gritar en un vacío infinito.
Cuando Valle-Inclán se desplazó a México calificó a aquel país como Tierra Caliente, y así subtituló su mítico 'Tirano Banderas', como Novela de Tierra Caliente. Ahora que esta mexicana llega a Galicia entendemos mucho del calificativo de nuestro paisano y cómo esta lectura de poesías incendiadas convertidas en prosas nos pueden provocar toda una serie de emociones surgidas de las pasiones humanas, pasiones que borran fronteras y esquivan océanos.



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 25/02/2020

martes, 28 de enero de 2020

Cuando las palmeras aplauden

Rue Saint-Antoine nº 170
Música ▶ La presencia en el escenario del Pazo da Cultura de Pontevedra de Quique González significó el inicio del ciclo Voices que reunirá alguna de las voces más singulares de la música. Lo visto, oído y sentido con el músico madrileño se convirtió precisamente en eso, en uno de esos momentos mágicos que sólo la música puede ofrecer.


Se venía a Pontevedra Quique González con un nuevo disco bajo el brazo, ‘Las palabras vividas’, realizado en armonía musical y literaria con el gran Luis García Montero, pero también lo hizo acompañado de un espectacular conjunto de músicos que permitieron al público gozar de lo lindo con ese potencial cien por cien musical que no necesita de otras contaminaciones falsamente modernas para resultar triunfadora. Todas esas palabras las vivimos los allí presentes bajo un cielo de pajaritas de papel que alumbraron un concierto mágico que, como los ecos que están llegando de esta gira conciertos, muestran a un músico en plenitud y que disfruta con lo que está haciendo sobre el escenario, y eso se nota de principio a fin, desde el poético arranque del espectáculo basado en el nuevo disco y en las palabras del Premio Nacional de Poesía y ahora director del Instituto Cervantes, hasta el remate del concierto, dos horas después, con la proclamación de esos himnos musicales en que se han convertido muchas de las músicas de Quique Gonzalez a lo largo de estas últimas décadas, arremolinando a su alrededor a un público variado que el sábado llenó el patio de butacas del Pazo da Cultura.
Bienvenida’, era el arranque obligado, una canción de recibimiento, a todo el público, pero de manera más íntima a la hija de un cantante que llevaba ya varios años sin ofrecer un nuevo trabajo. Las palabras de Luis García Montero, como suele suceder con el granadino, son puro estremecimiento, una carga de profundidad en el devenir de la vida y que en este caso se prolonga por todo el disco con canciones que pausadamente Quique González fue mostrando al público, como él mismo dijo, para «arroparos con estas canciones». ‘La nave de los locos’, ‘Canción con orquesta’, ‘El pasajero’, ‘Todo se acaba’ o ‘Qué más puedo pedirte’ fueron generando esa atmósfera tan particular que este disco ha creado dentro de la carrera de Quique González. Un disco especial, diferente, en el que el sonido de violines, mandolinas o zanfonas aderezaban las más habituales músicas en este tipo de conciertos de guitarras, bajos, teclados y baterías. Lo cierto es que la fusión dejó tras de sí lo que es cada vez más complicado encontrar en un escenario, la sorpresa, el descubrimiento, la hipnosis del riesgo y a Quique González este disco le pedía asumir ese riesgo así que, acompañado de músicos del nivel de Diego Galaz y César Pop se dejó llevar por el océano de palabras propuesto por Luis García Montero y que venía a reverdecer los antiguos laureles de ‘Aunque tú no lo sepas’, canción fundacional de una amistad ahora cristalizada en este hatillo de canciones que tan bien reflejan un universo común de calles nocturnas, amores a la vuelta de la esquina, lunas cautivadoras y palmeras que aplauden al caminar contigo. Junto a ‘Aunque tú no lo sepas’ Quique González descerrajó sus listado de temas atemporales, los que escuchábamos hace años cuando la vida era un mar de dudas y de inquietudes y que ahora se han convertido en notarios de la ilusión sentida por el futuro. ‘Salitre’, ‘Pájaros mojados’, ‘Palomas en la quinta’ o ‘Polvo en el aire’, son algunas de aquellas palabras ya vividas, y bien vividas, que ahora se entremezclan con las palabras por vivir del nuevo disco.
El concierto se iba acelerando ante la proximidad del remate, cuyo instante final fue un éxtasis instrumental que el propio Quique González coronaba con su armónica y con unas sonrisas que delataban al músico feliz y a quien disfrutaba de su banda definiendo un momento profesional enorme. Tras la retirada los bises, entre los aplausos de un público rendido y la presentación de los músicos que lo acompañaban sobre el escenario. Fue el momento de ‘Clase media’, una de las canciones preferidas del músico, pese a no estar en ningún disco, y la guinda del concierto, una de las canciones que nunca pueden faltar en su repertorio, ‘Vidas cruzadas’, entre el clamor de los asistentes ya de pie y coreando la canción al tiempo que Quique González. Las luces se encendieron y aquellas pajaritas de papel suspendidas del techo iniciaron viaje cara otro escenario, cara otro público y hacia otra noche en la que las vidas de otros espectadores y Quique González se volverán a cruzar en una noche de palabras y sonidos movidos por el hilo de la poesía, por el hilo de la amistad, por el hilo de la vida.



Publicado en Diario de Pontevedra 27/01/2020
Un instante del concierto de Quique González en el Pazo da Cultura de Pontevedra (Rafa Fariña)





Más información sobre el disco 'Las palabras vividas' en:
http://ramonrozas.blogspot.com/2019/12/las-palabras-vividas.html

lunes, 27 de enero de 2020

Velintonia 3, ¡resiste!

[Ramonismo 11]

La casa del poeta Vicente Aleixandre necesita el compromiso social e institucional para ser latido



UNA CASA deshabitada pero llena de vida. La que crece como la hiedra en unas paredes empapadas de poesía, la mejor poesía española del siglo XX. La de quien fue su propietario, Vicente Aleixandre, pero también la de tantos nombres que se fueron arremolinando bajo ese techo que acogía al que se convirtió en un lucernario poético generación tras generación. Primero con sus coetáneos de la Generación del 27 a la que perteneció, la de los Lorca, Guillén, Cernuda, Gerardo Diego o Dámaso Alonso, que allí rieron; luego fueron los de la Generación de los 50, los que desconcertados en el desabrido páramo de aquella España se juntaban bajo aquel gran árbol de sombra fresca, de poesía inmarchitable y magisterio eterno; y así tantos otros hasta su muerte en 1984, siete años después de recibir el Premio Nobel de Literatura. Pues toda esa vida se ahormó en ese hogar, casi 60 años de casa y de latidos en la calle Velintonia, en su número 3, en el madrileño distrito de Moncloa.
Una casa que es poesía misma y que ahora, mellada por el tiempo, no acaba de ver una salida a un futuro que debía estar bien claro: la poesía. Instituciones y sociedad deberían echar el resto para que esos muros siguieran en pie, para que sus paredes recuperaran antiguos esplendores a partir de la luminosidad de esa poesía que no entiende de especulaciones ni del tiempo como deriva. Pocos espacios más apropiados para estudiarla, para expandir la poesía que desde esas ventanas. Un centro que sirviese para recorrer el siglo XX de nuestra poesía que, como agrupación de talentos, es la más importante de ese tiempo en todo el mundo, sería un bálsamo para este país que gusta automutilarse desde lo cultural y una leve satisfacción para tanto político que no entiende el impulso del verso para la sociedad a la que se debe.
Sin protección por su escaso valor arquitectónico (pero de un incalculable valor por el paso de tantos) y en manos de los herederos del poeta, se echa en falta el impulso decidido y la voluntad real para su rescate, y si bien es cierto que ha habido pasos recientes, el último un informe encargado por la Comunidad de Madrid que firmado por José Carlos Mainer recomienda su conservación, falta ese empuje definitivo para asumir una compra y que ese dinero revierta en un uso adecuado. Si esta semana conocíamos que la sevillana casa de Luis Cernuda iba a convertirse en un Centro de Estudios de la Generación del 27, Velintonia 3 debe ser la próxima recuperación de lo que el tiempo y nuestro desprecio ha ido ajando para nuestra vergüenza.
«La casa de la calle Velintonia, número tres, nos pertenece un poco a todos los poetas españoles, pero Vicente pertenece a ella por derecho propio. Yo no sé si es posible imaginarle sin su jardincillo verde al fondo, en la desconcertante calma del barrio a trasmano, con el cedro corpulento que casi le sombrea la cabeza (...); o en invierno, arriba, en el saloncito, junto al cerco de luz sobre el diván y la reproducción del retrato de Góngora, que asoma en la pared su impresionante calavera de Aleixandre sin dientes». Relatos como este, de Jaime Gil de Biedma, fijan la importancia per se y para tantos de esta vivienda que debemos proteger, como se está encargando de reclamar la ‘Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre’ empeñada en una salvación que sería la nuestra.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra (25/01/2020)
Fotografía. 8/10/1977. Un grupo de académicos, presididos por el presidente de la Real Academia Española de la Lengua, Dámaso, Alonso, acudió al domicilio del poeta y académico Vicente Aleixandre para felicitarle por la reciente concesión del Premio Nobel de Literatura. (Foto Cifra gráfica)

domingo, 19 de enero de 2020

Respirar palabras

[Ramonismo 10]
El asturiano Xuan Bello en ‘La historia escondida’ asume, de forma emocionante, el milagro ancestral de la literatura


SI LA literatura es algo es narración, la posibilidad de contar y de contarnos. Xuan Bello (Paniceiros, 1965) honra esa ancestral misión con su libro, ‘La historia escondida’, publicado por Xordica Editorial en la recuperación de un pasado que se funde con nuestro presente bajo el mítico peso del paisaje y el paisanaje asturiano. No es nueva esta misión en la obra de una de las voces más singulares de nuestra literatura. Autor en lengua asturiana que enarbola como una parte irrenunciable de su configuración como ser y como autor, sus traducciones al castellano nos abren ese desfiladero que nos permite adentrarnos en la tierra asturiana de una manera siempre emocionante por la pureza y la verdad que logra transmitir la escritura de Xuan Bello.
Sus libros son, precisamente, un itinerario por el territorio y por la memoria que, como un sustrato eterno, se integra en la sociedad a la que de una manera tan intensa honra Xuan Bello, sabedor de que no seríamos nada sin los que nos precedieron.
Esa capacidad de nombrar, de construir un relato, es el que da sentido a este libro que ahora se publica en castellano trece años después de su escritura asturiana, y lo que nos encontramos es un libro que todo rincón peninsular debería tener el suyo, por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y por lo que significa para la comunidad de ese entorno determinado. Paisaje, memoria, leyendas o tribu son los renglones que Xuan Bello emplea para que sus relatos cobren sentido. Tres historias que surgen del olvido que el paso del tiempo y el devenir de generaciones propician en nuestro pasado.
«Lo necesario que es seguir viviendo del olvido», es una de las frases que dinamitan el relato; frases que, como tantas otras en estos textos, propician nuestra reflexión sobre qué estamos construyendo entre todos y cómo esa acumulación de instantes vividos en el pasado, momentos aparentemente intrascendentes y fugaces, se recuperan años más tarde, otorgándole a la vida el único sentido que merece la pena. Cada vez más nuestros sentimientos se insertan en los laberintos que nuestra sociedad, aparentemente evolucionada, propicia en nuestra vida diaria. Las manecillas del reloj, como el hacha en el cadalso, acosando cada uno de nuestro movimientos. Días y prisas que no nos permiten casi levantar la cabeza y mucho menos girarla hacia todo ese sustrato que de una u otra manera nos conforma.
Tres capítulos articulan el libro: ‘La cueva del olvido’,  historia de Evaristo Santos quien, tras militar en el Batallón Comunista de Bóo, al término de la Guerra se pasó al bando contrario; ‘Veintitrés golpes de hacha’, otros tantos fogonazos entre el apunte y el flash que hacen resplandecer la memoria como ese gran faro que en un instante nos abrasa con su foco de luz para convertir en más oscuro el instante siguiente; y ‘Siete kilómetros y medio’, un viaje compartido por el autor con un familiar por ese escenario astur: caminos, hogares, leyendas, cielos, horizontes... que convierten ese viaje en el gran símbolo del libro, convirtiéndose este en un gran viaje por la memoria de una comunidad a través de una palabra que se respira y que te transporta a historias y personas que la historia, en su proceso de sedimentación, tiende a esconder, pero que al narrador le lleva a generar su propia Odisea, su propia historia viva.



Publicado en Revista Diario de Pontevedra 18/01/2020
Fotografía: Xuan Bello en su hogar asturiano (Archivo Xordica)


jueves, 16 de enero de 2020

Fusión corpórea

Rue Saint-Antoine nº170
Escultura ▶ Un canto a lo humano desde diferentes proporciones y especificaciones de nuestro cuerpo es el andamiaje formal de la escultura del ourensano Ramón Conde, quién ocupa el pontevedrés espazo Nemonon hasta el próximo viernes 17, cerrándose con una visita a cargo de su autor y ampliando una exitosa muestra en nuestra ciudad.



Tres desnudos se dejan ver en los balcones de Villa Pilar. Allí, en la primera planta, donde el arquitecto Mauro Lomba tiene su estudio, y esa bendición en forma de sala de exposiciones y actos para la ciudad, como es el espazo Nemonon, esos tres cuerpos desnudos desafían al invierno en que les ha tocado posar para convocarnos en la muestra que, durante las pasadas Navidades, y prolongada ahora debido al éxito en el número de visitantes hasta el próximo viernes 17, nos concita con la escultura de Ramón Conde.
Padre también de nuestro ‘Fiel Contraste’, la escultura ubicada tras el edificio del Concello de Sesmeros, en Pontevedra reconocemos rápidamente el gusto del escultor por las formas abultadas, por los cuerpos grandilocuentes y por esas construcciones de ‘carne’ que materializan tantos sueños de este creador que, en las últimas décadas, ha conformado una de las trayectorias artísticas más poderosas de nuestra escultura. «Mis personajes son creados por el mismo lenguaje emocional que el de los sueños y al igual que en ellos se establecen diferentes niveles de profundidad, representados por hombres atléticos y gordos», explica el escultor, en unas palabras a la entrada de la muestra, en un evidente ofrecimiento a hacernos pasar a ese interior de sueños y formas que se fusionan en unos cuerpos que son los que singularizan su escultura y a pocos espectadores dejan indiferentes.
Por la propia disposición y disponibilidades de la sala la escala de las piezas seleccionadas es menor a las expuestas en otras ocasiones, pero este tipo de muestras sirven también para medir al escultor de las grandes formas en otros espacios más reducidos frente a los habituales espacios abiertos, o salas de mayor tamaño en que se ofrecen en otras ocasiones sus divinidades corpóreas. Y lo cierto es que Ramón Conde sale bien parado de la afrenta, esa disposición sobre peanas de muchas de sus piezas, esas obras que juegan entre los bultos de grasa y los seres musculados, propician un diálogo más íntimo con el espectador que, además se ve interpelado por una sorpresa maravillosa en forma de dibujos. Una inesperada estancia que guarda un conjunto de dibujos delicados, pese a las formas allí contenidas, y en las que se ve al creador de una manera quizás más íntima. Esos fantásticos dibujos son todo un aleteo de la imaginación, la posibilidad de la figura para desarrollarse y para desenvolverse en diferentes circunstancias, pero siempre sin perder su esencia original y la que está detrás tanto de la mayor pieza de Ramón Conde que podamos ver en algún lugar de Galicia como del dibujo más modesto que nos encontremos en Nemonon. Siempre esa condensación emocional, esas formas que sintetizan otras tantas formas y posibilidades, aunando realismo e imaginación. Razón y sentimiento. En sus ‘gordos’, en las figuras cada vez más obesas, se pierde la propia condición sexual del ser humano, hombres que se confunden con mujeres, mujeres con hombres, cuerpos y masas que lo inundan todo. Son cuerpos que también diluyen cualquier línea de edad y todo se direcciona a la propia representación de la forma por encima de la siempre limitadora realidad.
Ante esas figuras, colocadas en sus peanas para que podamos rodear y entender la escultura como lo que es, como una pieza con numerosos puntos de vista, más allá del simple plano frontal con el que muchos suelen quedarse, descubrimos una escultura poderosa, no sólo por lo que tiene que ver con su materialización formal a través de diferentes materiales, sino también por esa concepción interior que acciona a un escultor a convertir en lenguaje físico su idea como parte de un proceso de comunicación al que ahora se nos convoca durante esta última semana de exposición, y que podremos cerrar el próximo viernes, acompañados por el propio Ramón Conde a las 20.00 horas, con una visita guiada en la que podremos conocer mejor a todos estos seres que surgen de la emoción, como si de un sueño se tratase, y acompañar con ellos nuestra realidad.



Publicado en Diario de Pontevedra 12/01/2020


domingo, 12 de enero de 2020

Explorar la realidad

[Ramonismo 9]
Alegría’ de Manuel Vilas regresa al itinerario íntimo del pasado para entender lo que somos en nuestros días


EMPECECEMOS por los oropeles: ‘Alegría’ de Manuel Vilas fue la novela finalista del Premio Planeta 2019. Un hecho que en años anteriores no me interesaría en absoluto, dada la deriva comercial que había asumido ese galardón, pero que este año me ha hecho regresar a él gracias al doble premio que ganador y finalista suponen para la literatura. Tanto Javier Cercas, autor de la novela premiada, ‘Terra alta’, como Manuel Vilas con ‘Alegría’, son dos narradores poderosos, tremendamente diferentes entre sí, pero cuyas novelas siempre asumen un compromiso literario indudable, siempre al albur del gusto de los lectores.
Servidor comenzó estas lecturas por ‘Alegría’, como gesto de gratitud hacia quien le ha hecho gozar en los últimos años con una serie de libros como ‘América’ u ‘Ordesa’ instalados ya entre los que más me han interesado recientemente. Conocida con anterioridad la poesía de Manuel Vilas, patria originaria del autor, y que todos pueden gozar en su ‘Poesía completa (1980-2015)’ editada por Visor, este salto a la narrativa se convirtió desde el primer momento en un acto de deslumbramiento. Aquella ‘América’ surgida con la llegada al poder de Donald Trump, y que se basaba en la experiencia vital del escritor aragonés en el medio oeste yanqui, fue y todavía sigue siendo la mejor manera de entender mucho del porqué de ella llegada al trono del mundo, pero también fue la manera de comenzar a adentrarse en una prosa limpia y abierta, como una poesía alineada en la exploración de la realidad, motivo que preocupa y que se evidencia en cada uno de sus libros siguientes. La realidad como motivo y como motor de una escritura despojada de contaminaciones que entorpezcan lo que en realidad se quiere contar que, al fin y al cabo, es la comprensión del mundo por una persona.
Con ‘Ordesa’ Manuel Vilas logró el foco mediático. Crítica y público aupando edición tras edición a un libro que llegó a marcar el año literario 2018 y cuyas consecuencias siguen llegando todavía hoy con una inusitada energía a los lectores. Más que libro de memorias ‘Ordesa’ es un libro de vida, un manuel de supervivencia frente a la familia y a una sociedad a la que nunca es suficiente mirar desde nuestro tiempo presente para calibrarnos como especie. Manuel Vilas mostró una valentía y una honestidad en su escritura que impactaron en un ambiente, el de las letras, en el que muchos quieren hacer el pino con la escritura olvidándose del territorio de la verdad. Manuel Vilas hizo nuestra su verdad como persona y despojado de miedos nos situó ante un fresco íntimo que todavía emociona cuando se recuerda.
Me detengo tanto en ‘Ordesa’ no sólo por su importancia por sí misma, sino por que su presencia imanta la escritura de Manuel Vilas en esta ‘Alegría’ que bien podría ser un itinerario paralelo al de su exitosa novela. El pasado sigue estando muy presente en ‘Alegría’, de nuevo como espejo para reflejar un presente que no se entendería sin aquel. De nuevo ese misterio de una escritura repleta de pureza, con una poesía encubierta en numerosos pasajes que, como siempre afirma Luis García Montero al referirse a la poesía, se convierte en «un ajuste de cuentas con la realidad». El miedo por el paso del tiempo, las circunstancias que nos rodean, las nuevas personas que se suman a la vida propia, los viajes, el contacto con el público que descubre al escritor de éxito, pero que ahora se encuentra al ser humano con sus miedos y voces atronadoras en la soledad de las habitaciones de hotel. Pero sobre todo este libro se erige como un homenaje a la vida, a la necesaria alegría para que la persona no explote en una búsqueda permanente que se sostiene en los inexpugnables baluartes del amor que emana de los seres queridos, tanto por vía familiar como los que la vida nos coloca a nuestro lado. Un amor que se transmite desde el interior, pero también a partir del manejo de objetos y con acciones de cada día en las que el recuerdo te asalta y te hace temblar, al traer desde el pasado el contacto físico perdido con los que ya no están pero a los que siempre se necesita.
Si algo se le debe pedir a cualquier manifestación artística es que te haga pensar, que active en tu interior ese mecanismo que te interrogue sobre tu posición en el universo. ‘Ordesa’ o ‘Alegría’ son dos estímulos inagotables para ese terapéutico objetivo.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra (11/01/2020)