miércoles, 31 de enero de 2018

Militancia en la poesía

En un mes de numerosas bajas en el ejército de la poesía
dos poemarios nos deslumbran con su mirada sobre el paso del tiempo.

Recital de Joan Margarit y Luis García Montero
en la Residencia de Estudiantes (Kike Para/El País)
Viene cayendo negra la nieve en los últimos días sobre los campos de la poesía. Las numerosas bajas encarnadas en nombres tan destacados como Pablo García Baena, Nicanor Parra o Claribel Alegría dejan un vacío físico que sólo sus propias palabras podrán aplacar con el paso del tiempo. Tiempo es una de las claves de la poesía, tiempo para experimentar, tiempo para traducir, tiempo para escribir. Pero tiempo también para horadar el verso, para amortiguar las palabras en la pausa blanca que reside entre renglón y renglón en la que contener a los lectores.
Dos poemarios se han ido abriendo paso entre la nevada de luto como uno de esos gigantescos rompehielos que tras su paso dejan un cauce de agua recién descubierta. Y es que eso es la poesía siempre, un manantial con el que calmar la sed del cuerpo, la perentoria necesidad de habitarnos a partir de la saciedad.
Uno de esos poemarios titulado ‘A puerta cerrada’ lo firma Luis García Montero y en él dice que «el tiempo es un lugar deshabitado». El otro, es obra de Joan Margarit y, bajo el título de ‘Un asombroso invierno’, nos encontramos el siguiente diapasón: «Pero una herida es también un lugar donde vivir». Ambos escenarios, editados en Visor, son un monumental canto de cisne de dos poetas que alumbran tras ellos un vivido pasado, mientras el futuro tiende a acortarse ante «la inminente proyección de la muerte», como apunta el poeta catalán en uno de sus versos. Versos pletóricos por lo que tienen de condensación de lo que significa para un poeta el paso del tiempo. Por engendrar una dignidad a prueba de calendarios, a prueba de otros seres humanos que, al fin y al cabo, son quienes más atentan contra esos días que pasan. Poemas repletos de ausencias, de sonidos, de tactos en la búsqueda de ese amarre seguro ante la encalmada final.
Luis García Montero, tras sus puertas cerradas, nos obliga a mirar por el ojo de esa cerradura para asumir el reto de vivir, para evaluarnos ante el examen de la vida, para calibrar allí donde es urgente la poesía. Y es en esa urgencia en la que el poeta necesita de ese tiempo en el que las sirenas sean el silencio necesario para pasar la mano sobre el lomo de esos lobos que nos amenazan, pero también para recomponer la figura ante los espejos que nos descubren y buscar así el indulto de la poesía.
Ambos, milicia de la poesía, son, al mismo tiempo, un compromiso con la realidad y convierten su escritura en puente entre el autor y la sociedad. También ambos han compartido ya varios recitales en común, en Madrid y en Barcelona para, con la poesía darle en los morros a la vista cansada de las fronteras, para rajar con la pluma las acometidas furiosas de las banderas y las necedades de quienes galopan con cólera sobre el caballo de la soberbia mientras el pueblo asiste, perplejo y desconcertado, a la incapacidad de sus políticos por ser. Esta crisis de fondo, si me apuran, mucho más grave que la económica, es la nieve perpetua de los dos poemarios, el paisaje de una desolación que destierra al yo confinado cada vez más a la irrelevancia.
Cada uno de estos poemarios es, por lo tanto, un salvavidas, una bengala que ilumina y nos sitúa en el desconcierto de esa nieve que quiere ser blanca pero que se torna negra con la muerte de los poetas. Son días difíciles para ellos. «La muerte hija de puta sin estar invitada», como escribe Luis García Montero, bajo la huella de Jaime Sabines, quiere convidarse al festín del verso, cobrarse un tributo para el que nunca estamos preparados. Un tributo que nos hace participar todavía más allí, donde el poeta escucha sus pasos, en la militancia de la poesía.


Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 31/01/2018


martes, 30 de enero de 2018

O xogo das agachadas

Rue Saint-Antoine nº 170
Arte. O Día Internacional da Ilustración serve de inmellorábel data para celebrar de novo a chegada a Pontevedra dunha excelente exposición baseada no traballo do taiwanés Page Tsou. Unha das grandes referencias no seu eido artístico propón un amplo repaso a todo o seu universo creativo, que se converte en fascinante para o visitante.


Ampliada nas súas iniciais datas de exposición no Pazo da Cultura, ata o 4 de marzo, a presenza na cidade de Pontevedra dunha exposición como esta é todo un luxo. Atopámonos na figura de Page Tsou e nas súas diferentes series de traballo cun dos máis sobranceiros ilustradores do mundo dende un poderoso traballo no que á habilidade técnica engádeselle unha abraiante imaxinación para xerar novos mundos e tamén para enguedellar no seu interior algunha mensaxe sobre o noso mundo.
Dez dos seus proxectos e máis dun cento de obras son máis que suficiente para facer esa valoración, para comprobar como este artista manexa toda unha serie de claves que mesturan dous universos sociolóxicos, pero tamén creativos, como os que proceden de Oriente e de Occidente, xa que nas súas pezas atopamos pegadas do cómic xaponés, da pintura tradicional oriental, pero tamén tempos unha chea de influencias de sistemas de representación que naceron en Europa da man de salientábeis creadores.
O xogo das agachadas’ é unha invitación a pensar, a formar parte do xogo, ou da compoñente lúdica que sempre forma parte dos seus traballos. E, nese xogo, atopamos un intento de ocultarlle ingredientes ao espectador facendo das súas obras un desafío fronte ao que o visitante debe buscar distintos significados. Nesas pezas sempre hai máis cuestións das que asoman á primeira vista. A clave é o tempo, o deterse ante cada unha delas para, ademáis de gozar co seu ‘atrezo’ visual, facelo co que é quen de conquerir o artista taiwanés. A maior parte deses proxectos, nos que tamén hai cabida para a publicidade ou ilustración de grandes firmas comerciais nos que é moi escrupuloso á hora de elexir o que é un traballo por encargo, convértense tamén en medios nos que trasladar unha mensaxe á sociedade. A violencia, o mundo das máquinas fronte ao individuo, a necesidade da cultura ou o mundo do neno, forman parte dese compromiso que Page Tsou incorpora ás súas obras.
Nese doble plano entre forma e fondo é onde se produce a verdadeira loita do artista, consigo mesmo, pero tamén coa sociedade. Os proxectos de ilustración que aquí se amosan póñennos fronte a esa obriga de todo artista de ir máis aló dunha simple mensaxe estética e así é como tras esas obras tan fermosas, en ocasións tan delicadas, froito dun traballo de centos e centos de horas, ábrese a mensaxe como a que se atopa no proxecto ‘Trace’ no que a partir da celebración do 130 aniversario da fundación de Taipei plantexa unha publicación na que reflexionar sobre a industria e como iso plantexa diferentes relacións co ser humano. Tamén na serie ‘Toy gun’, amósase como a maquina de morte e destrución que é unha pistola e que tantas veces se lle dá aos nenos como un xogo, pode encherse de todo o que supón o seu universo de maldade.
Esconder, polo tanto, é parte da súa proposta, facer da superficie dos seus gravados dixitais todo un espazo no que espertar a nosa visión, facer que vexamos o que está máis alá dunha primeira mirada. El tamén tivo que aprender a mirar, darse conta, por exemplo no Metro de Londres, de como a tradicional mirada ocúpase máis do frente dunha cabeza que da súa parte traseira. Así é como con ‘The And’, adícase a representar as calugas daquelas persoas que vía nas súas viaxes no metro, e que volve a ser unha sensíbel maneira de traballar, de recrearse no detalle, pero, sobre todo, de ensinarnos a entender como a realidade ten múltiples puntos de vista. Percorrer esta mostra é precisamente iso, poñer a proba a nosa visión, atopar alí onde se abre a porta da inocencia un mundo cheo de sombras que nos enfrontan ao mundo adulto.



Publicado no Diario de Pontevedra 29/01/2018
Fotografías. Olga Fernández


lunes, 29 de enero de 2018

Amadeo Modigliani, la vida a bocanadas

Una biografía sobre la vida de Amadeo Modigliani a cargo de un testigo de la misma, André Salmon, y una amplia exposición en la Tate Modern de Londres, junto a un nuevo escándalo por la exhibición de varias obras falsas del pintor en una prestigiosa exposición realizada la pasada primavera en el palacio Ducal de Génova vuelven a centrar la mirada del mundo del arte en un pintor al que ese mismo mundo orilló durante su vida, despreciando su obra y todo lo que rodeó a uno de esos malditos que tanto gusta acuñar a ese mismo ecosistema artístico.


París, 1906. Un joven italiano de nombre Amadeo Modigliani llegaba a París, la capital artística de un mundo que a principios del siglo XX se encontraba inmersa en un febril proceso artístico en el que este apuesto pintor nunca encontró un lugar junto a los demás, huyendo de tantos movimientos y configurando su pintura desde una trayectoria individual que hizo de él un extraño frente a los demás. Su carácter y el aura que se generó ante su desordenada vida hicieron de Amadeo Modigliani una de las figuras más llamativas del arte de las primeras décadas del siglo XX, y su obra, apestada durante su vida, fue progresivamente incrementando su valor y aprecio por parte de coleccionistas y expositores, también por los falsificadores, que vieron en sus sencillos trazos un camino bien fácil para lograr unos ingresos que medraban a medida que su pintura recibía un mayor reconocimiento de críticos e instituciones y cuyo último capítulo viene de abrirse hace unos pocos días al comprobarse como un tercio de las obras expuestas en una muestra visitada por cien mil personas en el Palacio Ducal de Génova resultaron falsas. Esa sensación de que «Modigliani pintó más de muerto que de vivo», según el estudioso de su obra Carlo Pepi, no puede evadirse de la gran exposición que actualmente y hasta el mes de abril se encuentra abierta en la Tate Modern de Londres con un centenar de obras del artista.
Hablamos de una obra que depende directamente de una vida llena de excesos como la de este pintor nacido en Livorno en 1884 y fallecido en París en 1920. 35 años que vienen de condensarse en un libro esencial para entender, ya no sólo a un artista, sino a todo un tiempo, el que entre Montmartre y Montparnasse dejó para la historia algunas de las más bellas estampas artísticas de la historia, pero también numerosas vidas ajadas entre excesos, amores y copas de alcohol consumidas en noches en las que las pinceladas se convertían en un efímero paso por la vida. Esa vida se relata en el libro ‘La apasionada vida de Modigliani’ (Editorial El Acantilado, 2017) de una manera muy diferente a cómo se hace en otras biografías del artista, ya que en este caso, su autor, André Salmon, compartió muchas de esas jornadas de encuentros con otros pintores en aquel irrepetible París. André Salmón fue escritor y crítico de arte, frecuentando desde 1903 los círculos vanguardistas parisinos y trabajando como periodista para diferentes medios, entre ellos ‘Le Petit Parisien’, del que fue corresponsal durante la Guerra Civil española. El periodista consigue sumarle a la biografía de Amadeo Modigliani ese ingrediente de piel que se echa en falta en otras biografías, demasiado rígidas y centradas en lo puramente artístico. Leyendo estas páginas entendemos cómo en las pinturas del italiano no sólo está una manera de pintar distinta a la de cualquier otro, sino que que también está un tiempo y un espacio como fue aquel París en el que vivió Amadeo Modigliani, convirtiendo a este texto en mucho más que una biografía individual, prolongándose como la biografía de un tiempo y un espacio.
Para Amadeo Modigliani la pintura siempre fue un acto de resistencia, de joven, cuando se enfrentó a su padre, un comerciante de pieles y de carbón, y no un banquero como tantas veces se afirmó, que se negaba a apoyar las inquietudes artísticas de su hijo. Un hombre esbelto y elegante que hizo de su belleza y atractivo un ingrediente más de esa vida que iba a estar siempre condicionada por su endeble salud, por una afección respiratoria que la iría minando junto a sus excesos hasta la muerte por una tuberculosis que fue derivando en una meningitis cerebral. Pero entre esos dos momentos Modigliani desarrolló una vida intensa como pocos artistas y que se podría iniciar en esa llegada a París en 1906 y en un rápido encuentro con Picasso en el barrio de Montmartre en el que se instaló el pintor italiano. A Picasso, que en aquellos momentos comenzaba a dinamitar la pintura, aquel joven de buena familia le prestó cinco francos que tiempo después le serían devueltos por el creador de ‘Las señoritas de Avignon’ con cien francos metidos en su bolsillo en una noche de borrachera.
Modigliani fue rápidamente haciéndose con aquel espacio y contactando con pintores maravillosos: Derain, Vlaminck, Matisse... pero también con otros mucho menos conocidos como el chileno Manuel Ortíz de Zárate con el que tendría una gran amistad labrada en horas y horas de cafés y locales en los que Modigliani comenzó bebiendo copas de vino tinto para después pasar al ron y al consumo de hachís. André Salmon relata cómo ese consumo de alcohol, y sobre todo el de drogas como el opio o el hachís, era habitual, siendo un un mercado muy accesible. Las preguntas enseguida se agolpan alrededor de esta búsqueda continua del alcohol como una manera de aplacar los demonios ante la impaciencia por lograr la genialidad a la que se aspiraba desde los pinceles. Ese alcohol y su ingesta continua y masiva a todas horas se convirtió en uno de los círculos del infierno de un pintor con un carácter imprevisible e irascible que tuvo siempre la lectura de la ‘Divina Comedia’ de Dante, como uno de sus asideros creativos y vitales. Desde bien joven memorizó pasajes de la obra literaria que no dudaba repetir en sus conversaciones con los personajes de aquel París consumido en sus propias pasiones.
Amadeo Modigliani cambiará el barrio de Montmartre por el de Montparnasse, una nueva zona de París en la que seguía enfrentándose a sus demonios y a unos lienzos en los que era incapaz de alcanzar lo que él mismo quería reflejar. Retratos y desnudos a través de unas líneas muy marcadas, la influencia de la escultura, no tanto la africana como la etrusca, fueron amalgamando esa pintura que era una discusión continua sobre sus resultados, no sólo consigo mismo sino con los otros pintores del momento. Es maravilloso leer como André Salmón relata los diálogos entre genios de la pintura sobre sus pretensiones y sobre los caminos del arte en unos momentos llenos de encrucijadas. Pero no sólo la pintura inquietó a Modigliani, su amistad con Brancusi le llevó a la escultura, y a ‘robar piedras’ como él mismo denominaba a aquellas noches en las que se dedicaba a buscar un soporte para esa escultura.
Pero la vida de Modigliani, también es la vida del amor por dos mujeres, dos entre tantos amores ocasionales. Beatrice Hastings y Jeanne Hébuterne. La primera aparece definida en este libro como el valor ante la pintura, mientras la segunda se convertiría en la fe por esa misma pintura. Sólo junto a Jeanne Hébuterne Amadeo Modigliani domó a ese puñado de demonios, por instantes se despegó del alcohol y una moderada calma le hizo alcanzar una inesperada felicidad en los últimos años de su vida. Años en los que su existencia comenzaba a apagarse al tiempo que nacía su única hija y su pintura comenzaba a ser lo que él mismo había buscado desde aquellos primeros dibujos en unas viviendas que aspiraron pero nunca fueron un taller de pintura. Pero lo que nunca vio Modigliani fue el éxito de su pintura, incluso meses antes de morir el gran marchante Ambroise Vollard, que alentara la obra de Cézanne y Picasso rechazó comprar sus obras, algo de lo que no tardó en arrepentirse.
El maldito Modigliani se apagaba en un hospital tras sujetar la mano de la única persona que le concedió paz, aquella mujer, Jeanne Hébuterne, tantas veces retratada en sus cuadros, horas después se arrojaba embarazada por una ventana a las calles de París. Las calles que pisó Amadeo Modigliani antes de morir y de pronunciar las que fueron sus últimas palabras: ¡Italia! ¡Cara Italia!


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 21/01/2018


miércoles, 24 de enero de 2018

Luces de bohemia


Hay textos que son un manantial inagotable. Literaturas que se fijan a la identidad del ser humano y de un país, a las que regresar, y que no son más que una manera de seguir conociéndose uno y otro.
Luces de Bohemia’, la obra de teatro que Valle-Inclán escribiera en 1920 como una publicación por entregas y que cuatro años más tarde se convirtió en libro, fijó un nuevo género, el esperpento, e incluso un nuevo concepto social que, como pocos, ha servido para analizar y calibrar a este país al que el protagonista de la obra, Max Estrella, califica como «una deformación grotesca de la civilización europea». En ese ámbito de lo grotesco, que se mueve entre lo ridículo y extravagante, hay mucho de un país que gusta de deformarse a sí mismo, casi sin la necesidad de verse en los espejos cóncavos que originan el esperpento. Lo vemos prácticamente a diario en nuestros políticos, en nuestras televisiones, en nuestras actitudes como comunidad, en un sinfín de situaciones que nos ponen siempre ante esos espejos que tan lúcidamente ideó el escritor de Vilanova de Arousa.
Esa sensación de actualidad de un escrito que tiene casi un siglo de existencia hace que sea obligado para toda sociedad que se precie regresar a su lectura, a su estudio y, como obra de teatro, a su representación. Y eso es lo que ha pasado en los últimos meses con nuevas ediciones (ahora que transcurridos ochenta años de la muerte de Valle-Inclán sus obras están libres de derechos) de ‘Luces de Bohemia’, incluyéndose en algunas de ellas profundos análisis de la obra, como sucede en el espectacular trabajo que el catedrático de Literatura Española, Manuel Aznar Soler suma al propio texto dramático en ‘Iluminaciones sobre Luces de Bohemia de Valle-Inclán’, publicada por la editorial Renacimiento y que todo aquel que tenga interés por esta obra debería tener bien cerca. Un esclarecedor estudio de un inmenso universo acodado en esas calles nocturnas de un Madrid que quiso ser París, de un Max Estrella que quiso ser Víctor Hugo, pero a los que la realidad condenó a ambos a ser lo que son. En el texto crítico se analiza la estructura temporal y espacial, el lenguaje escénico, los personajes, y elementos como la ironía, el humor, la cultura, la historia o la política, que Valle-Inclán situó en su obra como auténticas bombas de relojería que sirviesen para poner el foco sobre esos años tan convulsos de la sociedad española del periodo de entreguerras.
Y junto al texto su representación, y así es como durante estos días, mañana todavía hay una última función en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la compañía aragonesa Teatro del Temple, pone vida sobre las tablas a todos esos personajes noctívagos para, desde una sobriedad que refuerza el propio texto y su espíritu, y con mínimos recursos escénicos, poner ante el espectador esta deformación de una sociedad que tras su lectura o su visualización no calificamos ya tan alejada de la nuestra, como si formásemos parte de esa noche que recorren Max Estrella y Latino de Hispalis que no es más que un país sin luces, oscuro y lóbrego, agotado de si mismo, que se falta al respeto y al de muchos de sus «cráneos privilegiados». «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo».
No, no se crean que es una editorial de un periódico de 2018, es, simplemente, parte de un texto brillante, un texto inagotable. Luz en la oscuridad.



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 24/01/2018
Fotografía. Representación de 'Luces de Bohemia' por Teatro del Temple en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. (Cedida Círculo de Bellas Artes)


lunes, 22 de enero de 2018

Dentro de una guitarra

Rue Saint-Antoine nº 170
Música ▶ El concierto de Jorge Drexler en el Pazo da Cultura de Pontevedra dejó una exhibición musical y también literaria sobre cómo entender nuestro mundo. El cantante uruguayo, con un fantástico acompañamiento musical basado en el sonido de las guitarras, conectó con un público que disfrutó con un repertorio comprometido con la vida.


Lleno absoluto en un patio de butacas que se encontró con un cantante entregado, con un músico que le hizo caso a Joaquín Sabina (‘Pongamos que hablo de Martínez’) para cambiar Montevideo por Madrid y con ese cambio virar toda su vida. Tanto que de no ser por aquella noche de tangos, licores y confesiones al alba es posible que Jorge Drexler nunca hubiera estado una noche de enero, en el día de San Sebastián, frente a un público cómplice como pocas veces se ha visto en nuestra ciudad, y con quien hace de esa conexión parte de su espectáculo.
Pero antes de su voz y de su guitarra Pontevedra dejó sobre el escenario muestra también de su brío musical, de una efervescencia de grupos y cantantes que están sementando esta ciudad de una nueva generación de músicos fantásticos. Ella se llama Cora Sayers, y la primera caricia de la noche vino de su voz, con tres canciones que prepararon al público para el resto de la noche, así como para visibilizar lo importante de las complicidades entre la gente que crea, entre músicos que, por muy famosos que sean, no dudan en compartir escenario con quien tiene en la ilusión y en el futuro el mayor valor para enfrentarse al público.
Salió Jorge Drexler a un escenario iluminado por una luna que no era luna, sino el ojo de una guitarra, y es que si algo marcó el concierto del autor de la ‘Milonga del moro judío’, fue ese círculo rasgado por las cuerdas de la guitarra cuyo sonido fue la clave de todo un recital basado en los últimos trabajos del cantante uruguayo, orillando antiguos éxitos y dándole mayor consistencia a sus nuevas músicas, músicas de aquí y de allá, de este y del otro lado del Atlántico, ya que si algo caracteriza sus sonidos es esa mezcla que tanto bien le hace a la música. Instrumentos y ritmos trasantlánticos que se integran como anillo al dedo con unas letras maravillosas. Letras que cuentan historias de vida, experiencias que se hacen relato para constituir una especie de narración alumbrada en las paredes de las cavernas. Una tradición oral a la que Jorge Drexler tributa sus canciones como manera de relacionarse con la comunidad, y la comunidad ayer era un público que había agotado el papel desde hace varias semanas, lo que provocó el agradecimiento del protagonista de la noche, quien entre explicaciones de canciones y sus músicas, iba intimando con el colectivo. ‘Despidiendo a los glaciares’, como cantó en una de las canciones más hermosas de la noche, y esa conexión entre el deshielo se hizo sonido pero también silencio. Palmas y castañuelas hicieron del público parte de la banda, pero también el silencio, en una canción que reclamaba su presencia en nuestra sociedad como amparo frente al ruido del exterior.
Y es que Jorge Drexler si algo busca en sus canciones es dejar siempre flotando un mensaje, una botella lanzada al mar del compromiso en la que encerrar alguna reflexión atinada sobre este loco universo en el que nos ha tocado danzar. Ecologismo, guerras, religiones, incomunicaciones, ruido... se van sucediendo en sus argumentarios para que finalmente entre todos ellos medie la palabra. Siempre la palabra, a quien tanto cuida y mima en sus letras, de las que tanto pende su música siempre utilizada como aderezo al mensaje pero nunca distrayéndonos. Pues con todo eso que cae ahí fuera Jorge Drexler y su magnetismo nos hizo creer que en la noche del sábado su público estaba en el interior de una de sus guitarras, un asilo provisional para respirar y para mirar por la boca de esa guitarra hacia un cielo cargado de inspiraciones. En aquel refugio la complicidad ya era toda, y la disolución entre escenario y platea había desaparecido. Jorge Drexler destilaba sus canciones, muchas de su último disco, recién parido, comprobando como esas músicas conectaban con el público, formando parte ya de su extenso catálogo de inmarchitables. Los doce segundos de silencio entre las luces de un faro nos permitían conectar con esos instantes oscuros de nuestras vidas, unos vacíos que siempre acaban siendo iluminados y desde los que recuperar el rumbo. Cada canción era un abrazo a la humanidad, una recuperación de la confianza que tantas veces hemos perdido, y con razón, pero ante la que la música no da el brazo a torcer.
En un recital de guitarras fue emocionante el homenaje realizado al recientemente fallecido Tom Petty con su inmortal ‘Free fallin’ o cuando en un trío con dos de sus colegas de escenario entre copas de albariño se escucharon algunos de los momentos musicales más importantes de una noche que ya estaba abocada al éxito. Jorge Drexler iba sustituyendo su condición de chamán, de orador y narrador de historias, por una vertiente musical mucho más poderosa que se coronó con los bises tras su regreso al escenario. Casi media hora más de propina en un concierto que en su conjunto nos dejó dos horas y media, casi tres, por la actuación de Cora Sayers, y que me da a mí que tardará mucho tiempo en olvidarse en nuestra ciudad.
Salvavidas de hielo’ es el título del último trabajo de Jorge Drexler en el que lo efímero, esos momentos transitorios de nuestras vidas que suelen tener tanta importancia, aunque en el momento de producirse no los valoremos así, son los protagonistas. Mirar allí donde parece que no hay nada. ‘Quimera’, ‘Estalacticas’, ‘Silencio’ o ‘Movimiento’ canciones de ese último trabajo fueron las que el sábado pasaron por nuestra ciudad para afirmar esa imagen del Jorge Drexler como un gran letrista, pero también un excelente músico y guitarrista. Historias que pretenden hacer de esa levedad parte del petate que llevamos a la espalda en nuestro tránsito, para ello, nuestras actitudes frente a los problemas de la sociedad son fundamentales, un compromiso que debería formar parte todos nosotros y que desde la música logra alcanzar una resonancia que ayer comprobamos con la capacidad suficiente como para emocionar, más aún cuando la escuchas desde el interior de una guitarra que se pensaba luna.



Publicado en Diario de Pontevedra 22/01/2018
Fotografía: Olga Fernández


miércoles, 17 de enero de 2018

¡Este no lee!


Imposible olvidarse tantos años después de los consejos de aquel programa imborrable para tantos como fue ‘La bola de cristal’. Mañanas de un sábado muy distinto a los que vemos hoy en día en una televisión que desprecia a los niños eludiendo responsabilidades y sus grandes capacidades para inocular en ellos hábitos saludables como pueda ser el de la lectura. Uno de aquellos mensajes buscaba fomentar que niños y niñas abrazasen los libros, que se revolcasen en sus páginas para alentar su imaginación. Así era como sobre unas imágenes que se iban sucediendo de King Kong, Robin Hood, un tiburón, Charles Chaplin, un monstruo fantástico o una Superwoman se alternaban con los comentarios realizados por una voz infantil sobre si cada uno de ellos era o no lector: «Este sí lee. Este no lee», para rematar con la secuencia de un rebaño de ovejas cruzando un río mientras se escuchaba: «¡Si no quieres ser como estos, lee!». Pues en esa galería de imágenes los guionistas del programa dirigido por la gran Lolo Rico sin ningún rubor podrían colocar una del actual presidente de los Estados Unidos Donald Trump y un sonoro: «¡Este tampoco lee!»
Si hace unos meses en la gira de presentación de su novela ‘4321’ Paul Auster hablaba de Trump como de «un psicópata incapaz de leer un libro» o de cómo el propio presidente había comentado que los libros «no le gustaba ni olerlos», ahora, tras la publicación por parte del periodista Michael Wolff de un mediático volumen sobre la llegada hace casi un año de Donald Trump a la Casa Blanca, entre otras innumerables lindezas, se vuelve a incidir en su desprecio por la lectura y en que ni tan siquiera lee los informes sobre los que tomar sus decisiones, siendo sus colaboradores los que deben darle lectura mientras Trump dirige su mirada hacia un infinito saturado de comida basura, horas de televisión de sus propios canales y líderes coreanos con los que medir quien lo tiene más grande. El botón.
Este año de presidencia se ha convertido en un auténtico desastre para la imagen de los Estados Unidos y todavía, pasados tantos días de esas funestas elecciones, uno sigue sin entender qué ha llevado a esa nación a elegir para ocupar su máxima representación a un personaje así. «Tal vez cuando este libro se publique ya haya llegado, sí, es muy posible que al final gane Trump, porque la gente ha elegido el caos, la aniquilación, la enfermedad, el rencor, la melancolía pesada, porque los basements le están ganando la partida a Abraham Lincoln». Esta frase, extraída de otro libro titulado ‘América’, y que vio la luz también hace un año de la mano de Manuel Vilas (aprovechen y apunten el título de su nueva obra que está ya en las librerías, ‘Ordesa’), residente en Iowa durante diferentes periodos, servía para intuir de manera clara el apocalipsis, para calibrar cómo una parte de la sociedad norteamericana se decantaba en su día a día, ajena a los sesudos debates de los comentaristas políticos, por sumarse a ese lado oscuro en el que el respeto por el ser humano, de dentro o de fuera de sus fronteras, deja de ser una bandera estrellada para convertirse en una cachiporra que este presidente no ha dejado de blandir desde su subida al poder.
Cada semana, cada discurso, cada acción, cada tweet, inciden en reforzar a este penoso histrión que arrastra por el fango tantas componentes maravillosas y dignas de ensalzar de los Estados Unidos. Su último vómito, en el que se refiere a países como El Salvador o Haití como «países de mierda», no es más que una línea más en la escritura analfabeta de un hombre que cada vez deja más claro que no huele un solo libro.

Artículo sobre 'América' de Manuel Vilas en http://ramonrozas.blogspot.com.es/2017/01/america.html



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 17/01/2018.


martes, 16 de enero de 2018

Una reflexión de la tesis a la pared

Rue Saint-Antoine nº 170
Arte. María Prada completa la presentación de su tesis doctoral en la Facultade de Belas Artes de Pontevedra con un proyecto artístico que visibiliza, en las paredes de la Sala-X, los argumentos que deberá defender próximamente ante un tribunal. Surge así una exposición que es pura reflexión desde lo artístico sobre los libros de artista y sus secretos.


María Prada es arquitecta, pero ahora está volcada en la defensa de su tesis doctoral en la Facultade de Belas Artes de Pontevedra, lo que evidencia las posibilidades de esta carrera artística para sumar a personas de otros universos, de otros mundos profesionales y personales, (como también ocurrió, no hace demasiado, con la exposición de Luis Bueno, médico de profesión y también doctorando), y relaja esa condición asumida por la sociedad de una facultad como el paso siguiente de alumnos que acabaron el Bachillerato. Así las cosas María Prada indaga en su labor artística sobre aquello oculto, sobre cómo lo visual puede desdoblarse y analizarse desde una multiplicidad de miradas que hacen que lo que vemos, o lo que se sitúa ante nosotros, no tenga una única posibilidad de percepción.
The private case’, título que toma la exposición de aquellos recintos cerrados que en grandes bibliotecas acogen, como una especie de cámara secreta del tesoro, a ciertos libros entendidos como peligrosos, es la muestra que se exhibe en la Sala-X de la Facultade de Belas Artes como una parte más de ese proyecto de estudio y análisis que es una tesis doctoral, una reflexión más de lo artístico que parte del propio objeto como material de experimentación y que acaba convertida en obra de arte. Las diversas piezas que en diferentes soportes y formatos se muestran en este espacio que estará abierto hasta el 21 de febrero son una interpretación de esa idea de desajuste o de recomponer visualmente una realidad. Desde el collage hasta el vídeo se procura materializar ese desequilibro entre lo que es y lo que parece, entre lo que hay a simple vista, y aquello que va surgiendo cuando nos paramos a reflexionar sobre alguna realidad.
Una relación entre lo visible y lo invisible que se extiende a la propia sala de exposiciones dada su disponibilidad de espacios, con un pequeño recinto cerrado en el cual se ofrecen esos libros del artista, que son los empleados por la propia creadora. Un abismo al que caemos sumergidos en la oscuridad pero que inteligentemente se presenta como una filmación en la que vemos como se pasan esas páginas para asomarnos a su interior. Como complemento, la reproducción de varias páginas de libros y textos en los que la mirada se centra en las citas a pie de página, que al fin y al cabo no dejan de ser otro espacio dentro de una página, una puerta abierta a otro recinto de pensamiento. Citas que te abren a una nueva complejidad, a una mirada que se expande al modo del estudio realizado a finales de los años setenta sobre la escultura por parte de Rosalind Krauss. Texto y cita, partes de una misma realidad, pero que se bifurcan en un momento dado.
Lo mismo sucede en otros ejercicios plásticos en los que María Prada continúa analizando esa capacidad del arte por sorprender y en ocasiones por hacer de la ironía un igrediente. Así toda una serie de pequeños collages que salpican la pared principal de la sala se evidencian como agradables juegos a partir de esa recomposición visual que te permite reconocer una nueva realidad. Arquitecturas, figuras humanas, mapas... son el soporte para visibilizar todo aquello que forma parte del corpus de pensamiento de la tesis doctoral de María Prada, ya que quizás esta sea la manera más eficaz de plantear las respuestas que la teoría en muchas ocasiones no es capaz de analizar de una manera tan evidente.
Estamos, por lo tanto, ante una exposición con un alto contenido conceptual, a la que hay que aproximarse con ganas de mantener una lucha con sus componentes, con esa capacidad de reflexión y de análisis de la propia realidad artística, tantas veces analizada, pero siempre con nuevas vetas de las que seguir extrayendo posibilidades de estudio. María Prada consigue algo muy complicado como es entender el espacio en el que trabaja y adaptarlo a sus propias formulaciones teóricas, y hacerlo, en ciertas obras, con materiales poco sofisticados o de uso bastante común, pero que aquí se alían para formar parte de un proyecto artístico que pone imágenes donde sólo había teorías, donde corporeíza ideas que, sin el objeto, serían como aquellos libros prohibidos guardados bajo siete llaves para salvaguardar a la sociedad de su ‘peligroso’ contenido, pero que una vez abiertos lo único que hacen es ofrecer esa otra relación con su objeto de estudio llena de matices y posibilidades para el ser humano y para su progreso. ‘The private case’ deja entonces de ser una rejilla inaccesible para convertirse en un espacio de sensaciones y de pensamiento, allí donde el arte se debate consigo mismo.



Publicado en Diario de Pontevedra 15/01/2018
Fotografías. David Freire.


lunes, 15 de enero de 2018

De Chirico: Sueño o realidad



La pintura metafísica de Giorgio De Chirico se plantea en el espacio del CaixaForum de Madrid como un faro entre dos mundos. El de la antigüedad, del que no se desprende en ningún momento, y el de una contemporaneidad que surge del planteamiento onírico de muchas de sus escenas.


Pocos movimientos pictóricos fueron quien de generar un universo tan fascinante como la conocida como Pintura metafísica. Sus plazas abiertas, sometidas a una perspectiva renacentista con un sol proyectando su luz sobre objetos y maniquíes, generadores a su vez de largas y enigmáticas sombras, hicieron de los aproximadamente cinco años en que se condensó este fugaz istmo artístico del siglo XX un epígono perfecto de otros como el Dadaísmo o el Surrealismo que integraron la enérgica libertad del subconsciente en el mundo de la pintura.
Giorgio De Chirico (Volos, 1888-Roma 1978) fue su representante más destacado y, junto a Carlo Carrá o Giorgio Morandi, los autores de una pintura que se incluía en el febril relatorio de movimientos pictóricos de las vanguardias artísticas del periodo de entreguerras. Hasta el 18 de febrero el CaixaForum de Madrid nos propone una aproximación esos espacios turbadores generadores de una sensación de desasosiego, pero también de una belleza fascinante. Y lo hace de la mano del artista más destacado del movimiento, ya que bajo el título ‘El mundo de Giorgio De Chirico. Sueño o realidad’, pinturas, esculturas, dibujos y acuarelas sintetizan de una meditada manera todo el universo de un pintor que por su longevidad tuvo un gran influjo en numerosos pintores, y su pintura tuvo un largo recorrido en el tiempo, pero manteniéndose siempre fiel a sus postulados metafísicos.
El brillante montaje de la exposición juega con el interior de los lienzos al plantear toda una serie de arcadas en la propia sala, como las que caracterizaron esa arquitectura que surgía de la pintura italiana del Trecento y el Quattrocento, en las que se ubican los cuadros. Un eco en el que esa perspectiva que tiranizaba los interiores de las piezas sale al exterior y prolonga en todo el espacio el magnetismo que reside el interior de cada uno de ellos. Porque si algo consiguen estos cuadros, a partir de esa manera de pintar, es cautivar al espectador, sumergirlo en una atmósfera especial que descontextualiza al ser humano y lo adentra en un universo entre lo onírico y lo histórico, ya que la pintura metafísica pende directamente, no sólo del subconsciente, en unas curiosas alineaciones de objetos, sino también de toda una tradición artística, cultural y social, en este caso, italiana, que ofrece una línea de continuidad en la pintura de ese país.
El mundo de Giorgio De Chirico pasa por diferentes etapas, la más importante para la pintura metafísica en la década de los años diez, centrada en esos espacios arquitectónicos; un momento posterior en las décadas de los años veinte y treinta, en las que la figuración se impone al espacio a partir de una poderosa iconografía; un tercer momento en el que a partir de los años cuarenta vuelve la mirada a los grandes maestros de la pintura para, en la parte final de su vida, entre 1968 y 1976, generar una suerte de neometafísica, recuperando muchos de los postulados iniciales de su pintura.
Pero todas esas etapas se diluyen cuando uno recorre la exposición, cuando se enfrenta a esas piezas evocadoras, ya no sólo de un tiempo concreto, el de su creación, sino el de una pintura anterior, de la que se nutre e inspira. Allí, frente a esas plazas abiertas o ante sus maniquíes, aquella pintura italiana del Renacimiento se adentra en un mundo de sueños, de espacios que renuevan una tradición a la que sería imposible dar la espalda enriqueciéndola así desde la individualidad del ser humano en el siglo XX. El arranque de la exposición con una serie de retratos y autorretratos realistas nos presentan a un artista dominador del dibujo y de una técnica que no se limitó a un fácil camino que le auguraría éxitos seguros, sino que decidió adentrarse por una nueva pintura, pero también escultura, ya que esta muestra sirve también para descubrir la que era una gran desconocida en la producción del pintor italiano: su escultura. Piezas en terracota y bronce, unión también material con la antigüedad, que trasladan al espacio tridimensional muchos de los elementos que configuran su pintura. Todo este universo de objetos descontextualizados, naturalezas muertas o maniquíes humanizados no se separan de otro elemento clave en la pintura de De Chiricho, como es el sentido de la narración, al no plantear una fractura completa con la historia de la pintura ya que sus espacios tienen siempre un enganche con el pasado, con un pasado sin el cual poco seríamos.



Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo7/01/2018

miércoles, 10 de enero de 2018

Fotos dende o Lérez

Mª Victoria Moreno e Alejandro de la Sota, con cadansúa homenaxe das nosas academias, capitalizarán en Pontevedra a cultura no 2018.


Literatura e arquitectura danse a man este ano en Galicia, e farano dende o ronsel de escumas sobre o Lérez que deixa a pegada de dúas persoas tan ligadas á cidade de Pontevedra, que se converterá, deste xeito, na capital da nosa cultura ao longo do 2018, grazas ás designacións de Mª Victoria Moreno como homenaxeada no Día das Letras Galegas pola Real Academia Galega e á de Alejandro de la Sota pola Real Academia de Belas Artes, que será enxalzado no Día das Artes Galegas.
Arredor de ambos espéranse ao longo de todo o ano unha serie de actividades que recuperarán as súas figuras dende as súas actividades creativas, ambas, dun xeito ou doutro, movéndose arredor do ser humano e, para iso, Pontevedra será clave, por ser a cidade na que a escritora se instalou despois da súa chegada a Galicia, na que se namorou dunha nova lingua para ela, na que levou da súa man a milleiros de cativos aos que ensinou non só teorías senón tamén sentimentos e na que De la Sota naceu no xa mítico Café Moderno para desenvolver un proxecto arquitectónico renovador de tantas situacións nese eido e que se converteu, co paso dos anos, nun dos arquitectos esenciais no século XX, xa non só en España, senón nesta disciplina a nivel mundial. Un dobre ronsel para que esta cidade renove os seus fíos afoutos coa cultura que, dende diferentes disciplinas artísticas, converteron a Pontevedra naquela ‘pequena Atenas’, como a definira Xosé Filgueira Valverde.
Pois a esa ‘pequena Atenas’ volverán a mirada dende Galicia aqueles que desexen recoñecer o talento destes dous persoeiros da nosa cultura. A literatura como acubillo do ser humano, achega a Mª Victoria Moreno a quen facía da súa obra un espazo habitábel para ese mesmo individuo. E é que ambas artes ás veces non están tan afastadas. Adentrarse nun libro ten moito de refuxio, de amparo fronte á tempestade duns tempos inhóspitos para o home e a muller e, a carón da aparente sinxeleza dunhas páxinas, moitas veces acádase o coñecemento e a seguridade precisa para seguir camiñando. Mª Victoria Moreno fixo da súa obra literaria un compás para que moitos mozos e mozas comprendesen que dende as páxinas dun libro o mundo podía estar nas súas mans, que os seus ollos e as súas lecturas serían as lumieiras precisas dende as que tentar comprender un pouco mellor todo iso que pasa nas nosas rúas, ámbitos da sociedade nos que as veces vai moito frío. Todos eses rapaces tiñan a sensación de que entre esas liñas estaban eles, xa que a escrita de Mª Victoria Moreno convertíaos en protagonistas reais dun mundo de adultos que se erguía sobre a definición de Literatura Infantil e Xuvenil, indo moito máis alá.
Pola súa banda, as arquitecturas de Alejandro de la Sota, dende a reinvención e o moderno emprego dos materiais, acollían e acollen a un home que ten tamén nesa arquitectura un xeito de vencellarse co que lle rodea. Unha dialéctica entre o interior e o exterior que permitiu á súa obra acadar unha serie de avances espaciais respectando sempre a obriga da arquitectura de ser un espazo para ser vivido, e cuxas solucións teóricas deben ter unha aplicación beneficiosa para os seus ocupantes, algo tan afastado do que moitos procuran hoxe, como unha sorte de arquitectura do espectáculo.
Tanto a escritora coma o arquitecto arrédanse de facer do seu traballo un show, unha fotografía pasaxeira que, porén, convértese nunha fotografía permanente de talento, semente e contribución á súa sociedade. Fotografías que desta volta saen dende Pontevedra cara a Galicia.



Publicado no Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo. 10/01/2018.


martes, 9 de enero de 2018

Fellini: sueños, dibujos y publicidad

El Círculo de Bellas Artes de Madrid plantea una deliciosa exposición que ahonda en el universo onírico de Federico Fellini a través de su secreto ‘Libro de los sueños’, así como desde tres anuncios publicitarios filmados al final de su carrera y basados en tres de esos sueños.


Con la mirada puesta en el año 2020, año de celebración del centenario del nacimiento de Federico Fellini, están siendo numerosas las vías de investigación y análisis sobre la obra del director italiano. Hasta el 21 de enero en la sala Goya del Círculo de Bellas Artes de Madrid se plantea una aproximación a un aspecto bastante desconocido de su trabajo, como es el de la publicidad, pero, eso sí, indisociable de uno de los elementos claves en su filmografía como es el mundo de los sueños.
Desde los años sesenta Federico Fellini anotaba y dibujaba prácticamente cada día los caprichos que el subconsciente planteaba cada noche en sus sueños. Dibujos que registraban muchas de las que serían posteriores imágenes y secuencias de sus películas, algunas, como ‘8 y medio’, ‘Roma’ o ‘Amarcord’ claramente deudoras de ese universo. Ese libro le sirvió al director de ‘La dolce vita’ para inspirar tres anuncios publicitarios que no dejan de ser tres pequeñas películas, tan alejadas de lo que puede ser una filmación publicitaria como próximas a una película propiamente dicha. Sólo le restaba un año de vida cuando Federico Fellini arranca varias hojas de ese libro, en el que se habían esquematizado tres sueños, tres pesadillas relacionadas con el sentimiento de culpa originada por tres aventuras fuera del matrimonio que provocaban un despertar sobresaltado, así como el alcanzar la necesaria tranquilidad que producía una posterior visita al psicoanalista.
La poderosa Banca di Roma fue quien encargó esos anuncios y Fellini, no demasiado afecto a trabajar en publicidad, pero incapaz de pasar demasiado tiempo sin estar detrás de la cámara, realizó esos tres anuncios que son los que se pueden contemplar en esta exposición montada de manera brillante con tres pequeñas salas de proyección en las que sentados en una sillas de director nos encontramos con esas imágenes que, como suele suceder en su filmografía, son fascinantes, al tiempo que se completan eses espacios con los dibujos que originan las diferentes secuencias, así como imágenes de sus rodajes.
Junto a esos tres espacios se abre otro mayor en el cual nos adentramos, como en una espiral onírica, en ese ‘Libro de los sueños’, así como en toda una colección de dibujos realizados por el propio director. «Siempre he dibujado sobre cualquier trozo de papel que me encontraba. Es una especie de reflejo condicionado, un gesto automático, una manía que llevo conmigo desde siempre». De esta manera el autor de ‘La strada’ explica esa devoción por el dibujo que en esta ocasión sitúa ante nosotros una selección de piezas, muchas de ellas propiedad de su amigo el escenógrafo Antonello Geleng, en las que se aprecia esa frescura del momento, ese crear desde aquellos elementos subversivos y de provocación, desde el sexo hasta el subconsciente, que formaron parte del mundo de Federico Fellini y que aquí se recogen en soportes de lo más diferente como servilletas o manteles de restaurantes.
De nuevo, sentados ante esas tres pequeñas producciones, volvemos a adentrarnos en su cine a través de tres pesadillas. Un desayuno encantador que se ve interrumpido, la presencia de un animal salvaje en el interior de una cárcel o un túnel que se derrumba obligan a su protagonista a reclamar la presencia de un psicoanalista, interpretado por Fernando Rey en los tres anuncios que nos conducen a esa pulsión del inconsciente que tantas veces se desbordó en la exuberancia de su cine, en unas imágenes visionarias que desde el deseo y la obsesión plantea al hombre moderno con todas sus contradicciones. Un universo visual que se sitúa en lo más alto de nuestra cultura y que tendrá en ese año 2020 un momento propicio para reflexionar sobre él, así como seguir avanzando en esas vías todavía no exploradas completamente, como lo pueda ser esta faceta que podemos ver durante estos días en el Círculo de Bellas Artes, un punto de encuentro entre los sueños, el dibujo y la publicidad de un genio llamado Federico Fellini.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 31/12/2017


miércoles, 3 de enero de 2018

Abrir una ventana


'Sueños y Pan’, es el título del nuevo trabajo musical de Xoel López, mientras que ‘Bailarás cometas bajo el mar’ es el primer poemario que el creador coruñés publica para comenzar de esta manera el nuevo año a partir de una efervescente actividad y que, a la vista de lo aquí escuchado y leído, vislumbra un año repleto de aplausos.
Esta manera de entrar en la década de los cuarenta visibiliza un momento de madurez, un estado de esos que se dicen de gracia a la hora de enfrentarse a la creación. Si hablamos de ‘Sueños y pan’, sus diez canciones son fantásticas, cada una con sus matices, pero deslizándose por diferentes emociones que balizan la trayectoria vital de su creador. Letras y músicas que enseguida te seducen y que en muchos casos te obligan a escuchar temas como ‘Insomnio’, ‘Madrid’, ‘Serpes’, ‘Lodos’ o ‘Durme’ de una manera casi enfermiza. Sí, han leído bien, dos títulos en gallego, dos maravillosas canciones que plantan a Xoel López en dos territorios íntimos, el de la memoria y la fisicidad de su paisaje natal; y el de los sentimientos tras ser padre, ambas escritas desde el valor y el orgullo de cantarlas en gallego en un disco que llegará a muchos rincones y la comprobación de cómo esta lengua tiene cabida también a la hora de plantear temas de éxito en la trayectoria de un cantante de primer nivel.
‘Bailarás cometas bajo el mar’ es el hatillo de poemas que ha publicado la editorial Espasa dentro de esta ebullición poética de muchos de los cantantes del panorama nacional. Una ebullición de la que uno no es muy partidario, ya que la seriedad de la poesía debería conducirse por otras experiencias y hago mías las palabras de un buen amigo de Xoel López, Iván Ferreiro, quien, en Pontevedra, en la presentación del libro recientemente escrito por Arancha Moreno sobre su obra, también dudó públicamente de esta faceta de muchos de sus colegas.
Pero este poemario de Xoel López tiene cosas, tiene un pellizco que te seduce en muchos momentos y reconoces esa dimensión de la poesía que es la que se pretende en la emoción de la palabra. En la poesía las palabras deben pesar, deben tener tras ellas una carga que a veces no llegas a comprender pero que te emociona. La mayoría de los cantantes metidos ahora a poetas presentan una levedad en sus escritos que poco o nada tiene que ver con esto, y sí más con alguna letra de canción de poco fuste o un estribillo con forma de tweet de medianoche. Pero cuando buceas entre estas cometas te encuentras con esto: «Cuando no quieren salir las palabras,/me limito a mirar por la ventana/y ver las otras ventanas/y las ventanas dentro de las ventanas/y dentro de mí, aún más ventanas./A veces, cuando no/quieren salir las palabras,/sólo tienes que abrir una ventana». Y es esa necesidad de abrir una ventana mediante la poesía la que te seduce en este poemario, seguramente lleno de dudas y de miedos, a cargo de quien no necesita de estos pantanos para ganarse a un público fiel a él desde su música como pocos autores. Pero ese deseo de voltear las palabras de sacarlas de una canción y ponerlas sobre papel merece más de un aplauso. Así que, junto a su «sueño de ciervos y lobos blancos» o a «cando as anduriñas bailen cos morcegos», que brotan de sus nuevas canciones, tenemos el vértigo de la poesía como una ventana más desde la que Xoel López se asoma a la vida, precisamente allí donde: «No hay espacio para la poesía,/pero está en todo y todo lo alcanza».


Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 3/01/2018
Fotografía: Jessyca Ocampo

martes, 2 de enero de 2018

A familia de Jorge Castillo


Unha ampla mostra adicada a Jorge Castillo enche as salas do Museo de Pontevedra co abondoso imaxinario que define a pintura do pintor pontevedrés coma unha das máis singulares e orixinais da plástica mundial. Un retorno a súa terra que aplaca demos e fai brillar a súa obra.

 

 

A escolla de pezas realizadas entre os anos cincoenta e a actualidade permiten, como poucas veces antes, facer un percorrido polo universo pictórico de Jorge Castillo (Pontevedra, 1933). Un universo que o caracterizou dende os seus inicios como un autor libre, que afundiu os seus pinceis en diferentes creadores e movementos pictóricos, pero sendo quen de non adscribirse a ningún deles. Un exercicio de liberdade que reafirmou coa súa vida itinerante por diferentes xeografías das que nutriu a súa pintura como complemento a toda unha serie de formas e figuras que compuxeron o que el mesmo define como «unha familia de seres autóctonos que actúan entre si e viven diferentes existencias», ao tempo que o fixaron como un dos nosos artistas máis internacionais e con obra en máis centros de referencia no orbe artístico.

Enfrontarse con estes cadros é unha confirmación dun dos nosos meirandes talentos da pintura, porén bastante descoñecido na nosa terra, por esa condición de pintor que se estableceu dende ben novo fóra dela, e por amosar ao longo da súa vida un certo receo a mergullarse no seu territorio orixinal, o que abofé engádelle a esta exposición, na súa vila de orixe, ese carácter de aperta fraternal e de expurgar os demos que a memoria e o tempo as veces fan subir ás nosas costas. Falabamos de talento e iso é o que non deixa de agromar nos diferentes espazos dunha exposición plantexada na súa distribución polo propio artista, coa axuda da comisaria, Pilar Corredoira. Desa opción persoal pola ubicación das pezas acadamos unha lectura uniforme da súa obra, afastada de liñas cronolóxicas e permitindo un tránsito por se mesma que afianza esas relacións familiares entre as pezas, comprobando como certas formas e materiais vanse repetindo ao longo das sucesivas décadas nas que se desenvolveu o seu traballo.

Unhas etapas que semellan diluirse fronte á capacidade da súa pintura por ser, por constituirse como unha entidade propia, case que axena ao que acontece no exterior do cadro, e sempre cunha finalidade clara como é a intención de emocionar, primeiro ao artista, e nun paso seguinte ao espectador. Unha pintura da emoción que nesta ocasión medra de xeito exponencial ante o abondoso número de obras expostas que permiten ese mergullo nun universo propio, radicalmente distinto a tantos camiños máis que transitados na nosa pintura. É por iso que non só estremece poñerse diante do seu mítico Tríptico de Palomares (1967), que lle abriu as portas á Documenta de Kassel do ano seguinte, alí onde ben poucos españois foron chamados a amosar a súa obra, senón tamén ante algún deses cadros de pequeno formato nos que miramos aos ollos dun personaxe, ou ante unha serie de froitos e flores dispostos sobre unha mesa nunha realidade paralela á nosa. Retratos e bodegóns que semellan esvaecerse dende a súa disposición, dende esa brandura á hora de pintar sen un contexto espacial definido ( a excepción da súa importante etapa newyorkina) que fai que a nosa mente se libere de condicionantes e se achegue á pintura dun xeito puro, primitivo ás veces, e só coa intención de acadar a cobizada emoción que persegue o artista.

Picasso, Bacon o Surrealismo todo flúe cara ese río propio que é Jorge Castillo. Un río no que reflectirnos para comprobar como as pinceladas mantéñense afoutas fronte ao paso do tempo. Moitas das obras da exposición pertencen aos últimos quince anos do artista, tempo que moitos xa daban por descontado na súa traxectoria. Algúns xa esquecerían, incluso, que Jorge Castillo segue vivo. Non teñen máis que ver esas pezas recentes para volver a caer no seu feitizo, para comprobar a súa inesgotábel capacidade para xerar universos, para enfrontármonos ante unhas superficies nas que a cor acadou un inesperado chanzo como rebelión e berro fronte ao paso do tempo, e é que as persoas non son vellas pola súa idade senón polo seu espírito. O espírito de Jorge Castillo, dende Pontevedra, Nova York, Ibiza ou Madrid, segue sendo un galope libre, unha corrente que só ten unha misión na pintura: a emoción. A emoción da familia.
 
Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 24/12/2017
Fotografía: Rafa Fariña