martes, 28 de agosto de 2018

Luz de agosto

Puesta de sol en la ría de Pontevedra
desde la playa de Lapamán. (Tintin)

Posee el verano esos preciados minutos que durante el resto del año se ocultan bajo las obligaciones laborales y familiares y ahora se liberan para añadirlos al imprescindible tiempo de la lectura. Es por ello que los meses de estío suelen ser idóneos para ponerse al día con esos libros publicados recientemente que se nos han ido quedando atrás, pero también para volver a esas catedrales literarias que, con su frescura interior, permiten que te adentres en obras inagotables, a las que uno nunca se cansa de regresar y de las que siempre sale bendecido, tanto por el asombro ante el don de la escritura como por el inmenso beneficio que depara la lectura de estos relatos.
Entre los hábitos veraniegos que uno tiene, manías estacionales, cuando llegan los días de agosto empieza a sentir en su interior el cosquilleo anual ante la necesidad de coger entre las manos uno de esos libros y volver a caminar por ese territorio parido por uno de los mejores escritores del siglo XX, William Faulkner. Desde que hace unos años, cada vez más, el estravagario recomendador de textos, Javier Rioyo, volcó su habitual pasión a la hora de invitar a la lectura en ‘Luz de agosto’, no pasa un verano sin que revise, si no todo el texto, sí algunos capítulos, suficientes para sentir el latido faulkneriano a través de caminos pedregosos, personajes desarraigados y un destino que juega con todos ellos de una manera muy similar a cómo lo hace con nosotros en nuestra cotidianeidad.
Hace unos días he vuelto al estante de mi librería en donde se desborda permanentemente Yoknapatawpha, el territorio inventado por el escritor norteamericano, como García Márquez hiciera con Macondo, Onetti con Santa María o Torrente Ballester con Castroforte del Baralla, cualquiera de ellos faulknerianos convencidos, y de nuevo, entre esas vigorosas líneas, se siente esa torrentera vital donde se percibe un escenario mayúsculo desde una narrativa amparada en la realidad, pero que se eleva desde la imaginación alentada por un escritor con el torso desnudo ante una máquina de escribir y una botella de whisky a su lado, que por algo «la civilización había comenzado con la destilación», según él mismo creía firmemente.
Bien, ya tenemos el libro, que no es poca cosa, pero lo que también tenemos abierto de par en par ante nuestra vista, y demasiadas veces despreciamos por su proximidad, es otro territorio, éste natural, del mismo calibre en ese ámbito que lo que significa William Faulkner al paisaje de la literatura. Una ría de Pontevedra desde la que cualquier punto se convierte en un observatorio incomparable para sentir esa otra luz de agosto, la que el sol proyecta sobre nuestra ría y que se enciende fulgurosa cuando desaparece tras el fugaz y caprichoso equilibrio sobre la línea del horizonte. Desde Cabo Udra en Bueu hasta el Con negro en O Grove, ambas columnas vigorosas como las piernas de un Hércules que flanquean su amplia entrada, hasta otros espacios más íntimos como Lapamán, las islas Ons, o los cientos de recodos y playas que flanquean ambas márgenes, son infinitos los rincones desde los que asistir a ese espectáculo inolvidable que nos empequeñece y abruma ante su inmensidad.

Cojan ‘Luz de agosto’, hundan los pies en la arena de su playa favorita o suban al promontorio que prefieran para observar esa puesta de sol, beban un trago de su bebida favorita y entenderán que la vida es sencillamente eso: una sensación, un instante que perdurará en el tiempo sin más pretensiones que las del goce. Busquen ese momento, se lo llevarán con ustedes para siempre, junto a la luz de agosto.


Publicado en Diario de Pontevedra 22/08/2018

domingo, 19 de agosto de 2018

La ciudad en verano


Habitantes y turistas convierten a Pontevedra en un ámbito de relaciones personales enmarcadas en un escenario privilegiado
 
Jóvenes en Pontevedra refrescándose
en los años sesenta (Camilo Gómez)
Escenario eterno, Pontevedra configura, durante los meses de verano, un ámbito que cada vez descubre más gente como un lugar privilegiado para disfrutar de sus vacaciones. Al mismo tiempo los habitantes de la capital de la provincia hacen de ella un espacio de mayor esparcimiento, si cabe, que durante el resto del año, con una programación festiva y cultural que emerge de la propia fisonomía urbana y que se intensifica durante esta semana festiva en la que los anclajes de la infancia se reafirman con lo que el paso del tiempo nos ha echado encima.
Muchas de las fotografías que guardan la memoria de Pontevedra durante el siglo pasado nos presentan una ciudad pausada, en la que las piedras semejan dormir bajo un silencio inagotable y sus ciudadanos se mueven dentro de ella con una pesada cotidianeidad. Eran otros tiempos, fosilizados en blanco y negro, y en los que sobre todo la ciudad se percibe como un remanso frente a otras urbes que poseían un mayor dinamismo económico e industrial que modificaba los ritmos de vida de sus ciudadanos. Pontevedra, ciudad eminentemente administrativa y comercial, siempre ha sido una ciudad en calma, gustosa de quererse y de hacer de todo lo que suponga diversión y sosiego para el alma, una de sus mayores virtudes, aunque muchos vean en ellas un defecto. A su espalda carga con tradiciones de esas que se dicen seculares, de ritos y hábitos sociales que en cualquier otro ambiente serían perniciosos, pero que en ella son un elemento diferenciador sobre el resto de ciudades gallegas y que ha hecho de ella un entorno especial al que muchos han mirado con desconfianza, durante muchas décadas, pero ahora, en cambio, la observan con un punto de envidia y hasta de frustración por no vivir en ella.
Durante estos días de verano, de estío en forma de sonata, como firmaría uno de nuestros vecinos más ilustres, el esculturizado Valle-Inclán. Turistas y habitantes conviven en sus calles y plazas en un canto a la vida que no sé yo si tendrá demasiadas comparaciones con lo que sucede en el resto de ciudades. Miles de fotografías inmortalizando nuestros monumentos, abrazos a ese mismo Valle-Inclán, preguntas sobre quien es ese loro que posee hasta una estatua, terrazas repletas de personas saboreando nuestra gastronomía, risas y caras de felicidad que le otorgan a Pontevedra la fuerza necesaria para formar parte ya de los recuerdos imborrables de cada uno de ellos. Mientras, los de aquí, les observamos confiados, sabedores de que el embrujo de Pontevedra está actuando, a través de ese misterio que desprenden ciertas ciudades por sus cualidades físicas y humanas en cuanto las habitas durante un tiempo.
Esa mirada ya es en color, el que brota de un tiempo nuevo que ha ido renovando muchas actitudes y mentalidades para adaptar la ciudad a una nueva realidad. Cuando nos miramos al espejo de nuestras fuentes nos vemos a nosotros mismos, aupados al recuerdo de una ciudad que ya no levita, como la recreara genialmente otro significado vecino, Torrente Ballester, sino que se asienta firme sobre el suelo, reivindicando, desde diferentes aspectos, sus posibilidades de transformación, evolución y comunicación con otras realidades. Aquella ciudad que parecía aislada del mundo, en un enclave perdido de la geografía peninsular, acoge a miles de turistas que entre el olor a calamares fritos y la brisa marina que sube por el Lérez gozan durante varias horas de un paraíso en miniatura en el que el calor sabe medirse convenientemente (quizás este año se haya medido de más), para incidir todavía más en la calle como lugar de encuentro y de descubrimiento, algo que, por desgracia, ya se ha perdido de manera irremisible en muchas otras ciudades.


Publicado en Diario de Pontevedra 15/08/2018


martes, 14 de agosto de 2018

Os silencios do tempo


Fálame do silencio’, escrito polo xornalista Pablo L. Orosa, convértese nun abraiante debut no terreo literario que nos enfronta á descuberta do pasado, así como ao propio descubrimento interior de quen fai dese pasado unha necesidade para coñecerse a si mesmo.



Nunca deixa de ser emocionante atoparse cunha nova voz literaria, cunha nova proposta que, dende a nosa lingua, converte en literatura unha historia coa que facernos partícipes da nosa propia historia común. Unha emoción que medra cando un pasa páxinas e páxinas e non deixa de preguntarse cuestións como: de onde sae este mozo? como estivo calado ata o de agora? como se pode escribir con tanta madurez unha primeira novela?, e unha exclamación ao chegar ao final: bravo!
Fálame do silencio’, publicada por Edicións Xerais, cóntanos o encargo dun xornalista para completar a historia dun home. Fóra de Galicia, voltará a ela, á Coruña de 1977, converténdose a descuberta daquela persoa na descuberta do protagonista. Ou o protagonista é esa persoa da que se investiga? O libro está cheo de brillantes momentos literarios, de capítulos que arrincan cunha forza estremecedora, tamén con certos instantes poéticos que, como as gotas da chuvia sobre os cristais, compoñen os camiños co protagonista debe seguir. Camiños casuais, camiños que mudan de dirección, camiños polos que equivocarse. O autor plantéxalle tamén ao lector outros vieiros que seguir e que enchen de riqueza formal o texto, camiños que nos levan por espazos literarios vencellados ao suspense, ao romanticismo, á descuberta da memoria colectiva, todos eles para tentar compoñer o crebacabezas dunha vida anterior pero con fíos no presente da novela.
Aparece o texto repleto de instantes que describen o ambiente portuario, as relacións no bar, no prostíbulo, o contacto co medio mariño. Emerxe o mar como nexo de unión non só entre xeografías, senón tamén entre almas, entre sentimentos, que en Galicia préndense desa liña do horizonte na que se define moito do que somos como comunidade, ventos e salitre, que compoñen unha paisaxe social, pero tamén interior de moitos de nós. Ese horizonte permanece ao longo da novela como unha liña que todos queren alcanzar para descubrir que se atopa tras ela, cada un cun motivo diferente, cunhas arelas singulares, pero sabedores de que esa liña salgada marcará o seu futuro.
Aquel ano 1977 foi un ano bisagra entre a superación dos anos da ditadura e a apertura dun novo tempo. E a novela non renuncia á recuperación de moitos feitos dese pasado escuro, de resistencia e loita para alumear a longa noite de pedra. A memoria emerxe así como unha ferramenta necesaria para alumear o pasado, pero sobre todo para poñerlle sons ao silencio. Se algo está moi presente nesta novela é o silencio. Todo prodúcese para resolvelo, para que o silencio deixe de ser unha fosa abisal na que conter un pasado descoñecido pero necesario para coñecernos hoxe. Todas a nosas vidas teñen zonas de silencio, espazos co tempo deixa pendurados dun fino pero resistente fío no que moitas veces préndense feitos importantes pero cos que non nos gusta enfrontarnos. Zonas de tensión ás que tarde ou temprano temos que achegarnos, e para iso necesitamos motivacións para darnos o empurrón e seguir furando neses ocos co tempo deixa en nós. Pablo L. Orosa decántase por empurróns tan necesarios como o amor, tanto polas persoas como pola cultura, así este libro é tamén un canto á necesidade de facer da cultura, do mundo dos libros, unha anclaxe necesaria para movernos pola vida.

Fálame do silencio’ non pode deixar a ninguén indiferente. A boa literatura é a que nos move por dentro e na que un sente que hai algo dun nesa escritura, a parte de moitas afinidades literarias ou musicais, neses horizontes un atopa un afoutado compromiso coa realidade a partir dese pasado que nunca debemos esquecer. Beizóns!



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 29/07/2018

A verdade entre as mans

A posta en valor da fotografía de Baldomero Pestana converte a súa obra nunha referencia visual do século XX, sobre todo no retrato de certos ambientes culturais e sociais de Bos Aires, Lima ou París. Unha mostra na Cidade da Cultura pon ante nós todo o seu talento.


Poucas situacións na vida máis fermosas ca da descuberta. O achádego dunha actividade, obra ou realización cun non coñecía pero que de súpeto aparece para quedar xa para sempre no noso imaxinario e formar parte de nós. Isto é o que acontece, polo menos para quen isto escribe, con Baldomero Pestana (Castroverde, Lugo, 1917-Bascuas, Lugo, 2015) ao acadar as imaxes de Baldomero Pestana o converterse unha das máis interesantes propostas da fotografía, que ademias serviron para deixar constancia de aspectos como a cultura ou a sociedade dos espazos físicos polos que se moveu.
Este proxecto, levado adiante dende a Cidade da Cultura e o Instituto Cervantes, e do que podemos gozar aínda en Compostela ata o 2 de setembro, permite un amplo enfrontamento co seu traballo, e o recoñecemento do bo quefacer dos comisarios Chus Villar e Juan Bonillo que, dende a mostra e o fermoso catálogo que a acompaña, revelan a lúcida mirada deste fotógrafo que se moveu nun triángulo urbano bulideiro e cosmpolito como o foron en tempos Bos Aires, Lima e París.
Neses espazos rexistrou a moitos dos protagonistas da gran literatura sudamericana que chegaron a ser amigos seus. Todas esas fotografías destilan un forte magnetismo e o seu creador foi quen de pechar nelas a vitalidade creativa de xente como Borges, Vargas Llosa, García Marquez, Carlos Fuentes ou Bryce Echenique por salientar algúns dos retratados, quizais os máis coñecidos. Eses fíos de amizade levaron a Baldomero Pestana a un trueque con cada un dos escritores dunha fotografía, elexida por eles, mentres que ao fotógrafo lle correspondían cunha desas fotografías da serie adicada cun autógrafo. Unha espectacular colección que pode ter moi poucas comparacións no mundo da fotografía e que sería a envexa de calquera mitómano das letras.
Pero xunto a isto, que pode funcionar como o máis vistoso e engaiolante do seu traballo, atopámonos tamén toda unha serie de imaxes que falan do que ten que facer un fotógrafo alí onde pouse a súa mirada, como é a captación da vida, o facer dun anaco de realidade unha obra de arte. E non hai máis que mirar as imaxes que Baldomero Pestana captou en Bos Aires ou en Lima para darse conta da súa consistencia como fotógrafo. A realidade, a verdade das súas fotografías son un documento marabilloso para achegarnos a esar grandes urbes sudamericanas, pero é que esa verdade é a que soubo tamén capturar, nunha paisaxe humana e xestual, dende os seus famosos retratados.
Nenos xogando nun parque de Bos Aires, a xente camiñando, os ambientes musicais todo iso xera un ambiente de luces e sombras enfrontadas dunha prodixiosa escenografía. Miradas emocionantes como as que logra acadar achegando o obxectivo da súa cámara aos máis desfavorecidos nas rúas do Perú, así como das poblacións indíxenas propiciando ademais un rexistro etnográfico de gran forza ao engadirlle ao aspecto artístico un fondo respecto por eles.
A finais da década do sesenta Baldomero Pestana instálase en París. Traballa na fotografía de obras de arte para catálogos e tamén comeza a desenvolver outra das súas paixóns, o debuxo. Na capital francesa, plétorica de forzas e emocións, encóntrase con moitos dos seus amigos escritores, agora si cunha crecente sona no mundo das letras, aquela que comezaron a forxar cando posaban ante o fotografo lucense sendo apenas uns descoñecidos. París é un marabilloso escenario que sumar aos dos países latinoamericanos e así o fai o noso protagonista. As rúas de París, os cafés ou a música de jazz, que tanto lle fascinaba, pasarán a ocupar outra boa serie de fotografías, pero tamén o serán protagonistas cidades como Madrid ou Lugo en diferentes momentos ata o seu pasamento. Unha noticia que foi referida por unha das revistas nas que colaborou definíndoo como ‘o fotógrafo que non se daba importancia’. Así foi, pero el sempre foi consciente da calidade artística da súa mirada e de que con cada un dos seus disparos a fotografía de Baldomero Pestana convertíase nun documento artístico e documental de primeiro orde. Agora podemos gozalo e descubrilo, asegúrolles que xa nunca esquecerán a un fotógrafo importante.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 22/07/2018


Sen piedade cun mesmo

O novo libro de Pedro Feijoo ‘Sen piedade’ agocha trala súa fermosa capa a historia de dous mozos nunha fuxida a bordo dun excéntrico automóbil. Unha faciana de road-movie que a pouco cun esburaca nela atopa un libro cheo de intimidade e reflexións sobre a propia natureza do autor.



Estamos afeitos a brincar coa literatura de Pedro Feijoo. A deixarnos levar polas súas historias, sempre entretidas e ben armadas, para coñecernos máis a nós mesmos. Ao colectivo, á memoria, a aquilo que nos conformou ao longo do tempo. Por iso cando subimos ao coche no que Gordo e Teo fuxen, penso que de si mesmos, o que nos atopamos non é tanto un xogo como un plantexamento moi valente de Pedro Feijoo que emprega o seu último libro para, sen piedade algunha, enfrontarse a moitas das pantasmas que xurdiron ao longo da súa vida.
Esa nova perspectiva da súa obra é a que nos leva a atoparnos cun libro con moitos riscos, pero como adoita acontecer cando un escritor, un bo escritor, se plantexa mirar cara o seu interior, o libro medra de xeito exponencial, dende o meu punto de vista, en relación a outros anteriores do autor, porque se afunde na experiencia vital, no real como cerna dunha narración que pode presentar algunha situación imaxinativa, pero que prende como faísca na fogueira en que as veces se converte a nosa vida.
Todo comeza en ‘Sen piedade’ (Editorial Xerais) coa fuxida de dous amigos a bordo dun coche un tanto esperpéntico por diferentes escenarios que teñen unha grande importancia no desenvolvemento do relato. Todo ten a faciana dunha historia de xénero negro na que os a priori protagonistas se mergullan en ambientes perigosos. Pero con cada páxina a narración muda e o que semellaba unha cousa remata por ser outra, ou outras, xa que neste libro conflúen varias temáticas. E refírome como protagonistas a priori porque un dase conta tamén de cómo o autor a quen lle concede o protagonismo real non son aos dous mozos, senón a eses outros personaxes, neste caso, femininos, que son os que provocan todos e cada un dos seus movementos. Elas non están, pero son. A súa presenza, a través das conversas dos dous mozos, é clara e a través dela caemos na conta de que o que nos quere contar Pedro Feijoo é unha historia de amor, pero lonxe de enchela de doce o que está é chea do que é realmente o amor, de bos e malos momentos, de sorrisos pero tamén de feridas cun ten que levar, como se pode, durante o resto da súa vida.
Temos, polo tanto, a dinámica do amor, pero tamén o da amizade e os diferentes vectores que nel conflúen. A diversión, a necesidade, a confianza, a desconfianza, a traizón ou a perda. Marca da casa é a facilidade da lectura, o facer da escrita unha ferramenta para atrapar lectores e engadilos a un sistema literario que non está sobrado deles. O propio Pedro Feijoo sempre se quita importancia neste aspecto, afastándose das elevadas pretensións que moitos autores queren adoptar sen darse conta de que a Icaro se lle queimaron as ás por voar preto do sol. Equivócase Pedro Feijoo cando se resta valor e esta novela é boa mostra diso, xa que a súa estrutura, e tal e como está escrita, non é máis que a confirmación do seu bo manexo do literario sen que se lle teñan que plantexar complicacións aos lectores. O traballo co ritmo da narración, que no éxtase da noite compostelá aumenta a súa velocidade ata o desenlace final dun xeito maxistral, pero tamén a estructura, os diálogos, a construción e evolución dos personaxes ou a linguaxe, son ferramentas que suman nunha novela que, pegada á vida como está, non pode deixar de lado aspectos esenciais da nosa problemática social como a violencia contra a muller. Vítima dunha sociedade que non acaba por avergoñarse das súas actitudes e comportamentos e que neste relato asoma como unha necesidade do autor por relatar esa traxedia do noso tempo.
Este libro é un libro de necesidades, sobre todo a do autor por poñerse ante o espello, iso que nos custa tanto, para recoñecerse asi mesmo dende o paso do tempo. Ese recoñecemento do vivido é o que sustenta este relato que semella algo que non é, pero que si se erixe como o mellor texto do Pedro Feijoo novelista e no que atopamos máis de quen fai da literatura un fío de encontro entre as persoas.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 15/07/2018

Edgar Neville, un ser único



Cineasta, escritor, pintor, autor teatral, diplomático, jugador de hockey sobre hielo, amigo de Charles Chaplin, presente en la guerra de Marruecos... a la vida de Edgar Neville muy pocas otras se le pueden aproximar en cuanto a su diversidad y celeridad. Desde Hollywood hasta el Madrid más castizo su desbordante personalidad configuró una de las trayectorias creativas más singulares de la España de la primera mitad de siglo XX. Una reedición de sus cuentos publicada por Reino de Cordelia reúne, no sólo esos escritos, sino su visión de una vida que él mismo supo aprovechar hasta el tuétano.


En 1982 la Semana Internacional de Cine de Valladolid le dedicó a un cineasta español de nombre Edgar Neville (1899-1967) una monografía y una retrospectiva sobre sus trabajos en cine. Ese fue el tímido inicio de la recuperación de Edgar Neville como un ser único dentro de nuestro panorama cultural. Se hizo a partir del cine, territorio en el que ha dejado algunas de las películas más interesantes de nuestra cinematografía. Títulos como ‘La vida en un hilo’, ‘La torre de los siete jorobados’ o ‘Domingo de carnaval’ son auténticas joyas en las que de una lúcida manera el director supo conjugar un casticismo surgido del costumbrismo y el sainete con una manera de filmar de pulso hollywoodiense.
Ver esas películas, así como algunas otras de su diversa filmografía, supone enfrentarse a un genio absoluto, a un ser que, tras esas imágenes, esconde una existencia como pocas dentro de nuestro sistema cultural, y es que hacer de la vida un goce máximo y extraer de ella todas sus posibilidades, fue lo que mejor supo hacer el conde de Berlanga de Duero. Bon vivant, entusiasta de la comida y las fiestas, sus amistades y relaciones con personajes de lo más especial como Charles Chaplin, García Lorca, Douglas Fairbanks o Gómez de la Serna hacen de Edgar Neville una especie de gran contenedor de lo que tiene la cultura y la expresión artística como parte de la vitalidad en la existencia humana. De ahí, que el gran vector que unifica todas esas actividades suyas tan diversas sea el humor, el humor como símbolo de modernidad e inteligencia, un brillo lúcido que echó mucho de menos en la sombría y agotadora España del franquismo, al que se sometió tras su apuesta por la República. Pero Edgar Neville acababa y empezaba en él mismo y su deseo de poder vivir cómodamente se imponía a su adaptación a cualquier ecosistema.
Nacido un 28 de diciembre no es ningún disparate ni chiste fácil decir que su vida fue una completa inocentada. Hijo de un ingeniero británico y de la Condesa de Berlanga de Duero, título que él heredaría. La infancia en Alfafar, Valencia, fue un espacio de felicidad que recuperaría en numerosas oportunidades a lo largo de su vida. Pronto mostró una gran afición por el teatro y las letras, pese a realizar estudios de Derecho, carrera que remató en Granada, en la que entabló amistad con García Lorca y donde fundó su amor por el flamenco que también llevaría al cine como patrimonio cultural en ‘Duende y misterio del flamenco’, participando, junto al poeta, en el mítico 'Concurso del Cante Jondo', organizado por Manuel de Falla en 1922. Varios años antes un desengaño amoroso le lleva a alistarse en la Guerra de Marruecos, pero una enfermedad en suelo africano le hizo regresar a la península. En 1922 ingresa en la carrera diplomática obteniendo destino como secretario de la Embajada de Washington. Era el año 1928 y Edgar Neville pasó a formar parte de lo que se dio en llamar la Otra generación del 27, junto a Miguel Mihura, Tono, Jardiel Poncela o Álvaro de la Iglesia, colaboradores habituales de publicaciones como 'Buen Humor', 'Gutiérrez', 'La Ametralladora' o 'La Codorniz', en ellas Edgar Neville publicaba sus relatos sustentados en el vitalismo y el humor como manera de enfrentarse a la vida.
Sobre suelo estadounidense el magnetismo de la meca del cine atrajo enseguida al curioso Edgar Neville y unos meses después ya se encuentra en la costa oeste donde fue acogido, junto a su mujer, por los españoles que trabajaban en las versiones en castellano de películas de Hollywood. Su carácter extrovertido, su conocimiento del idioma y su amplia cultura prenden en las más altas instancias del Hollywood de aquel momento, esto es, Charles Chaplin (cuya amistad mantendría durante toda su vida), Douglas Fairbanks y Mary Pickford, todos ellos parte de la United Artists. Neville participa como actor en ‘Luces de la ciudad’ de Chaplin, al tiempo que comparte fiestas y ocio en forma de partidos de tenis con el actor y director. Edgar Neville comenzó a enviar artículos al ABC para contar todas estas experiencias en la industria del cine, en la que ya se había integrado plenamente gracias a un contrato con la Metro Goldwyn Mayer para supervisar los diálogos de esas versiones de películas para el mercado castellano. El fin de este tipo de películas y la llegada del cine sonoro marcaron el regreso a España de Edgar Neville cargado de prestigio y de buenas amistades que se fundieron con las que ya había dejado en el mundo cultural de un Madrid que se abrazaba a la República. Neville apuesta por ella, al tiempo que comienza su carrera en Madrid como cineasta. Deja a su esposa y establece una relación con la actriz Conchita Montes, que sería una presencia habitual en sus películas, y un escándalo en la sociedad burguesa. Pero eso a Neville poco le importa. Escribe en prensa, novelas y cuentos que van apareciendo en diferentes medios y su imagen se relaciona con todo el universo de la vanguardia artística. Rendido admirador de Ramón Gómez de la Serna él mismo portó su ataúd durante su funeral en Madrid.
La Guerra Civil planteó para Edgar Neville un nuevo escenario y mostró, de nuevo, su capacidad para adaptarse al medio. Trabajó como diplomático para la República, estuvo a punto de ser fusilado por el franquismo y acabó echando mano de sus numerosos contactos y amistades para depurar su anterior currículum de vida disoluta y actitudes afectas a la izquierda. Con las aguas más tranquilas Edgar Neville hizo de Madrid el escenario de su obra, tanto la cinematográfica como la literaria. En ambas se gestionaban los mismo temas y preocupaciones que acostumbraban a ser la crítica contra lo cursi y lo rancio, el uso del humor como búsqueda de la felicidad y la exaltación de la vida.
Si algo odiaba Edgar Neville era el aburrimiento y siempre estaba ideando algo. Sus primeras películas se encontraron con numerosos problemas de financiación para cumplir sus deseos y así en 1944 funda su propia productora. Él, que había conocido el sistema de producción de la gran industria de Hollywood, se encontraba con un ingentes cantidades de buenas ideas pero sin medios para plantearlas en unos estudios miserables y una manera de entender el cine completamente primitiva. Muchas de sus películas serían prodigiosas de haber dispuesto de más medios y también de una mayor implicación del director que en demasiadas ocasiones se despreocupaba de sus propias obligaciones una vez que iniciaba un proyecto. Aún así visionar ‘La vida en un hilo’, sobre cómo el azar influye en nuestras vidas bajo la apariencia de una comedia sofisticada hollywoodiense; o ‘La torre de los siete jorobados’, con una clara estética expresionista; o ‘Domingo de Carnaval’, en la que se rinde homenaje a la estética del pintor Gutiérrez Solana, dejan patente lo diferente de su cine en relación a la autarquía fílmica de la posguerra y lo diverso de sus propuestas. ’El último caballo’, ‘El baile’ o ‘Mi calle’ evidencian de nuevo su prodigioso talento visual en historias sobre el amor y la nostalgia en relación a un tiempo que se iba desgastando a marchas forzadas.
Ese paso de tiempo fue el que no pudo contener Edgar Neville. Su cuerpo fue acusando sus excesos y una enfermedad de tiroides le llevó a engordar de una manera exagerada. Su otra gran pasión, la comida, tampoco ayudó a mejorar su salud. El cine fue dejando paso a actividades más sosegadas como la pintura o la poesía, pero la escritura siempre estuvo presente hasta el final de sus días.
Los últimos años han sido los del redescubrimiento de la figura de Edgar Neville. Diferentes estudios universitarios han ido analizando aspectos de su obra, desde lo literario hasta lo fílmico, y la celebración del centenario de su nacimiento impulsaron toda una serie monografías sobre su cine que lo han situado al lado de nuestros mejores directores. Muchas de sus películas se han restaurado y proyectado en plataformas de televisión, así como en ciclos y congresos, y su vida se ha estudiado y planteado en publicaciones tan completas como ‘Edgar Neville. Duende y misterio de un cineasta español’ de Christian Franco Torre.
Ahora es Reino de Cordelia, bajo la coordinación de José María Goicoechea, la que ha reeditado sus cuentos incluyendo dieciséis hasta ahora sólo publicados en prensa. Más de cien relatos que fueron publicados en las revistas y periódicos en los que colaboró, poniendo así en nuestras manos el universo literario de Edgar Neville, un ser único.






Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 8/07/2018

miércoles, 8 de agosto de 2018

Maletillas

Pontevedra está pegada a la plaza de toros como una proyección sentimental de muchos de sus ciudadanos que la sienten como suya

Maletillas en la plaza de toros de Pontevedra
en los años sesenta (Camilo Gómez)

En pleno debate entre taurinos y antitaurinos, debate que por lógica nunca llegará a un acuerdo, se desprecia siempre un elemento como es el sentimental. Una plaza de toros en Pontevedra significa un rasgo de identificación sobre el resto de ciudades de Galicia e incluso de muchas otras ciudades de fuera de la comunidad. Un elemento al que muchas generaciones de pontevedreses han estado unidas desde su juventud, en mayor o menor medida, y esa identificación con lo que es suyo, formando parte de su memoria personal, es algo a lo que no se podrá renunciar tan fácilmente dentro de ese debate, por muchas razones que se pongan sobre la mesa.
Una plaza de toros con más de un siglo de existencia, y que se construyó porque desde muchos siglos antes ya existían corridas de toros en Pontevedra, lo que había generado una afición y una demanda, es sinónimo de fiesta, de alegría, de ilusiones compartidas entre los vecinos de la comunidad. Son muchos mayores de hoy los que recuerdan con un brillo en los ojos cuando de niños se colaban en aquella plaza para asistir al gran espectáculo del momento junto al cine y, como no, al fútbol de aquel Pontevedra ye-yé. No había más y aquello era algo que se interiorizaba como los días más alegres del año. La presencia de grandes figuras y todo lo que rodeaba a una corrida de toros logró que aquellos infantes nunca se pudieran ya desentender de su memoria, de su propio yo.
Eso mismo ha ido sucediendo generación tras generación, hasta nuestros días, en los que los toros siguen significando mucho más que un espectáculo sangriento, como tantos que genera nuestra sociedad y ante los que se guarda silencio. Sería innumerable el número de industrias vinculadas al ámbito animal que tras sus muros someten a las más diversas especies a una completa degradación desde el mismo momento de su nacimiento. Silencio.
Sólo cuando el lodazal de la política hincha las velas de las soflamas es cuando el grito antitaurino pasa a ser algo diferente a un grito por la vida y se traviste de los más espurios fines. Y en eso estamos, en el batiburrillo de la confusión: los que abogan por el fin de las corridas de toros, con todo el derecho del mundo y sus defendibles argumentos; y los que apuestan por su continuidad, desde las más diversas razones y con los mismos derechos que los primeros. Pero también quienes, asustados por el ruido, juegan al despiste. Uno todavía recuerda a muchos que batían palmas a rabiar desde los tendidos, que se arrimaban a la figuras, y que henchían el pecho como parte de la cultura más 'progre' del estado por alternar con los toreros. Hablo de una izquierda que, como en tantas situaciones, se ha adentrado por el territorio de la indefinición y le ha dado la espalda a su propia historia, negándose a sí misma.
No digo yo que la tauromaquia no tenga un final, como todo en la vida. Lo que tenga que ser será, y es evidente que las nuevas generaciones se están decantando por otras opciones de ocio, pero que éste no sea por la presión de quienes buscan una oportunidad tras la pancarta o tras un megáfono. Al fin y al cabo poco ha cambiado desde aquellos jóvenes que en los años sesenta saltaban a la plaza de A Moureira para buscar también su gloria y su sueño. Maletillas llenos de honradez y de ilusiones en un tiempo muy jodido. Ahora los tiempos son otros y las prioridades y sensibilidades también, pero todo fluirá de manera inexorable sin necesidad de gritos, ni de lecciones, ni del equilibrismo del silencio.



Publicado en Diario de Pontevedra 8/08/2018
Fotografía. Camilo Gómez (Archivo Diario de Pontevedra)


martes, 7 de agosto de 2018

Memoria entre dúas orelas

As dúas orelas do Atlántico achéganse na nova novela de Ramón Nicolás a través do fío da memoria. Afoutada canle da que colga unha historia marcada a lume na vida das persoas, pero tamén de toda unha sociedade. ‘Lapis na noite’ é unha esculca na memoria de todos nós.


Non é moi habitual que na nosa escrita haxa unha temática narrativa vencellada aos acontecementos da Ditadura Arxentina. Algo ben estrano, xa que non son poucas as relacións humanas que dende ben atrás veñen sorteando a distancia plantexada por kilómetros de océano. Ramón Nicolás, comprometido en diferentes ámbitos do activismo cultural da necesidade de recuperar a nosa memoria, atina plenamente ao plantexar unha novela que, partindo de Galicia, insírese na Arxentina da Ditadura comandada polo xeral Videla e as consecuencias da represión na mocidade.
Lapis na noite’, editada por Xerais, arrinca dende o firme alicerce dunha frase do gran Juan Gelman, poeta afectado en primeira persoa por actos semellantes aos descritos no libro. «Memoria é memoria se é presente», e a partir desa proposta o que fai Ramón Nicolás é traer ao presente, a unha historia de hoxe, aqueles acontecementos que quedaron prendidos na alma de moitas persoas. A segunda novela do autor despois de ‘O espello do mundo’, amosa a súa progresión neste xénero, acostumado como está á escrita de crítica literaria ou biografías como a de Celso Emilio Ferreiro, Ramón Nicolás déixanos unha novela de calidade que enseguida acolle ao lector no seu interior interesado polo segredo que se agocha no seo dunha familia distanciada entre si na xeografía, pero tamén no tempo. A presenza en Bos Aires dun membro desa familia permitirá destecer esa rede cos atrapaou entre o medo, a desconfianza, a ignorancia e a incomprensión. Feitos de antes para tentar explicar unha situación hoxe.
Alí, sobre o terreo, a memoria daquela maquinaria represiva da ditadura que entre 1976 e 1983 deixou milleiros de pegadas en forma de sombras, de xente torturada e mesmo desaparecida, convértese no escenario para debullar unha historia de historias, porque este libro vaise construíndo deste xeito. Historias que ao ir abríndoas van deixando ante nós novas historias. Unha familia en Galicia, outra en Arxentina, e naquela familia a irrupción da dor que non se percibiu a este lado do Atlántico, alimentada como estaba por outro tipo de dor que contrarrestaba aqueles feitos. A dor da marcha, o laio do tamén desaparecido aínda que por outras circunstancias.
Unha novela de medos que se revelan como o tinteiro no que mollar a pluma para escribir, para contar aquilo que nunca ten que ser esquecido. Deixar unha marca, unha pegada do que aconteceu baixo a rúbrica do horror, é unha das poucas cousas que nos quedan como acto de rebeldía en calquera situación. Cando temos o pé da opresión na gorxa, ou cando o tempo deixa calibrar as cousas para poñer negro sobre branco. Tanto ten facelo na sórdida parede dunha cela no cárcere como no texto dunha novela. A palabra é a lumieira que nos permitirá coñecer o que pasou e poñer acougo no alivio da dor.
Ditaduras de alí e de aquí, calquera delas é unha loita contra a condición humana. Cicatrices que se cosen ao corpo dos que a sofren e, como non, das familias que caen nun estado de conmoción ao que é moi complexo acceder dende fóra del, aínda cun se sinta moi próximo á persoa. Os diferentes personaxes desta novela séntense baixo a gadoupa da conmoción, nese estado de sitio mental que nos limita como seres libres e que vai a afectar á convivencia coa nosa contorna. Feridas que só a lembranza e o non esquecemento poder tentar fechar pero nunca de xeito completo.
A importancia da escrita é o de balizar esas situacións, incorporalas ao noso sistema cultural como unha necesidade de coñercernos e tamén a uns feitos que non sempre se teñen que entender nos libros de historia. A humanidade que se agocha en novelas como ‘Lapis na noite’ é boa mostra da súa importancia para establecer unhas coordenadas sentimentais precisas que completen os discursos oficiais.

Aquí é o tempo da resistencia, do heroísmo e do amor como acubillo para a memoria, para que o descoñecido se afaste da necesidade do ser humano por poupar o que del hai na nosa historia, tantas veces contraria, dende a sinrazón e a ignominia, a nós mesmos.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 24/06/2018

A inocencia perdida

Entre 1956 e 1976 o fotógrafo Catalá-Roca achegouse ata en sete ocasións a Galicia para convertela no motivo da súa fotografía. Unha imaxe que se humanizou e modernizou para rachar o ‘tipismo’ turístico e converter así a espazos e xente nun mostrario da nosa identidade.


Apégase unha mesta néboa ás torres da catedral. A babuxa dalle lustre ás pedras eternas dunha cidade que semella moverse ao ritmo das badaladas. Camiñando pola contorna do sepulcro do apóstolo un ten hoxe a sensación de que o tempo neste espazo pouco se ten movido dende os anos nos que o fotógrafo Francesc Catalá-Roca pisou Compostela. Moitos máis turistas, si; un vestiario diferente, tamén; e uns ritmos moito máis axitados no ir e vir as persoas, pero o esencial, o que se entende como a alma dunha cidade, permanece fiel ao longo das décadas.
A exposición que se amosa no Auditorio de Galicia en Santiago de Compostela baixo o comisariado de Anxo Rabuñal e a colaboración de Agar Ledo, reflicte esa alma nunhas décadas moi concretas da nosa historia, espallándose dende o Obradoiro ata unha chea de pobos e vilas de Galicia que emerxen aquí cunhas visións que van rachar o que era a fotografía turística tradicional que, intelixentemente, amósase á entrada da mostra como complemento das fotografías de Catalá-Roca e que reflicten unha fotografía estática, de rúas, prazas e vistas panorámicas nas que atopamos lugares, pero non vida. O cambio co fotógrafo catalán e a súa presenza en Galicia é o notariar ese rexistro de vida, de xentes que habitan as cidades e que forman parte delas. As súas tarefas cotiás, tanto de traballo como de ocio, forman parte do tecido da cidade e pousar a mirada nelas permite entender moito mellor como fomos dun xeito fiel á realidade. A sinceridade das imaxes emociona ao colocarnos fronte aos rostros sorprendidos de quen se sente protagonista dunha fotografía dende o seu universo anónimo, tamén por enfrontarnos aos traballos dunha xente que nunca tivo a sensación de que o que estaban a facer tiña un senso artístico ou de trascendencia. Pero ese é o milagre que acada a fotografía, o de converter en eterno un instante que semella intrascendente.
No ano 1965 Compostela viviu un Ano Santo diferente. Esa década de apertura económica e social na España do franquismo comenzou a albiscar as posibilidades turísticas de Compostela e o berce apostólico, chegando nese ano 387 peregrinacións organizadas que se aloxaron no Burgo das Nacións, cuxa presenza arquitectónica na exposición amosa o proceso de transformación de Galicia iniciado nesa década e que se prolongaría no tempo e nas imaxes que van a ir alternando o ámbito rural co noso tecido urbano. A Coruña, Vigo ou Lugo mestúranse con Portonovo, Betanzos, Marín ou Cangas, compoñendo dous ámbitos de traballo e dous tempos que nas propias fotografías de Catalá-Roca latexan con ritmos distintos.
A montaxe, con todas as fotografías dun mesmo formato, concédenlle á exposición unha harmonía que encaixa perfectamente co seu contido, con ese universo calmo e orgulloso inxerido en cada unha delas que reflicte o día a día dunha sociedade que un observa con moito pracere. O de contemplar a fermosura do noso territorio, o de sentir moitos destes espazos como parte da nosa vida, recunchos polos que transitamos a cotío e que aquí podemos observar na súa orixe. Pero isto deriva tamén na percepción da muda do territorio, de como o progreso esnaquizou espazos que contemplados hoxe emocionan pola súa fermosura pero entristecen por esa sensación da perda e ferida por non saber conservar o noso patrimonio natural e urbanístico.
Fotos cheas de inocencia, tamén de humanidade, facianas frescas e afoutadas de seu, que ao mellor non era moito, pero que se tiña como un tesouro. É por iso que cada unha destas fotos é tamén un pequeno tesouro, ou polo menos o acceso a el, á inocencia perdida pero que quedou retratada dende a dignidade de quen a soubo ver como retrato colectivo, como a crónica fotográfica dun tempo e dunhas xentes das que aínda hoxe somos debedores.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 17/06/2018
Fotografía. Catalá-Roca. Auditorio de Galicia

miércoles, 1 de agosto de 2018

Descubrimientos


Pocas satisfacciones mayores para un lector que el descubrir a un autor del cual se sabe que, desde el momento en que se establece la necesaria complicidad a través de uno sus textos, este formará ya parte indisociable de su vida lectora. En ocasiones esto cuesta lograrse, libros que te cansan, libros de los que no sacas nada en claro, bien por culpa del autor o también, por el propio lector, pero en ocasiones este milagro experiencial se multiplica y uno puede encadenar varios libros que sabe serán importantes en el futuro, no sólo por ellos mismos, sino por la posibilidad de abrir la puerta a sucesivos textos de esos mismos autores.
El verano, con sus horas baldías, con sus cielos azules bajo los que leer, con el murmullo de las olas acunando historias, se convierte en una época más que propicia para alentar ese encuentro, en la necesaria oportunidad de sustituir trabajo por unos libros entendidos como una pura conquista del placer. Quien esto escribe, ya da por solventado medio verano con uno de esos encadenamientos inesperados, con un engranaje de libros que se han convertido en tres accesos a la escritura de los hasta ese momento tres desconocidos en lo literario, por lo menos en el ámbito mayoritario. A partir de ahora estaré bien atento a lo próximo que publiquen Miguel Ángel Hernández, Eduardo Muslip y Miguel Barrero. Sus tres recientes libros, ‘El dolor de los demás’ (Editorial Anagrama), ‘Florentina’ (Editorial Caballo de Troya) y ‘El rinoceronte y el poeta’ (Editorial Alianza) son tres maneras diferentes de narrar y de poner ante el lector tres historias que además de ser gozo son conocimiento de lo que somos, uno de los grandes logros de la literatura, el servir de espejo en el que reflejar nuestra historia, pero también nuestras historias individuales tan vinculadas a la fragilidad humana.
Con ‘El dolor de los demás’ Miguel Ángel Hernández nos sitúa ante la recuperación de un hecho criminal ocurrido en su juventud. Un acontecimiento depositado en su memoria que ahora emerge con una potencia descomunal para colocarnos ante las vivencias de un hombre ajustando cuentas con un pasado al que valientemente mira a los ojos para escribir sobre el dolor, pero también sobre otras muchas cuestiones que completan su personalidad, tal y como sucede con cualquiera de nosotros.
También el argentino Eduardo Muslip nos presenta otra novela flotando sobre la memoria, la de una abuela gallega que desde su vejez en tierras argentinas es vista por su nieto como un abrir y cerrar de ojos capaz de saltar todo un océano para aproximarse al rural gallego desde la óptica de la capital porteña. Recuerdos para reconstruir un pasado que no hacen más que reforzar de manera vibrante un presente íntimo.
Por su parte, Miguel Barrero, se traslada a Lisboa, a la luz inexplicable de ese balcón atlántico poblado de sueños que aquí merodean alrededor de dos presencias míticas junto a la desembocadura del Tajo, la de un rinoceronte, y la de ese océano poético como es la figura de Fernando Pessoa en el que desembocan diferentes heterónimos que lo convierten en un ser sujeto a numerosas teorías que en este libro se convierten en una inteligente proposición.

Tres descubrimientos que ustedes mismos pueden también comprobar como efectivos para su espíritu. Tres nombres que ya no se despegarán de los nuevos lectores que los conviertan en motivo de su lectura y, para ello, pocos paisajes mejores que los de un verano que ahora sí parece concedernos su bendición de espumas y destellos.



Publicado en Diario de Pontevedra 1/08/2018