miércoles, 13 de diciembre de 2017

Madrid faise Galicia


Dende Valle-Inclán a Jabois, Madrid sempre amosou o seu interese polo sentir galego. Unha querenza de lonxe que se ve renovada de xeito cada vez máis intenso, e xa non só dende os parnasos culturais, senón no día a día, naquilo tan cotiá como camiñar pola rúa ou consumir algún dos nosos produtos gastronómicos máis totémicos.
Non hai máis que pasar uns días na vila e corte para entender que todo o que arrecende a galego gusta e que ten éxito entre os madrileños, así como entre os moitísimos visitantes que durante estes días enchen rúas e prazas, entre colas interminábeis ante as administracións de Lotería e as compras no Primark. Toda esa multitude precisa de espazo para moverse e Madrid vén de estrear unha ampliación provisional, que despois do Nadal será definitiva, das beirarrúas da Gran Vía convertidas nun caudaloso Amazonas polo que discorren milleiros de persoas cara arriba e cara abaixo. Manuela Carmena arrinca así en Madrid un proceso de humanización que se prolongará por diferentes espazos urbanos, alentando un proceso xa irreversíbel e que semella que llo borboriñou ao oído o mesmísimo Miguel Anxo Fernández Lores, autoridade mundial na materia e recordman de recollida de premios ao modelo de cidade por esa loita contra os fumes e a conquista de espazos para o cidadán.
Mimetízase así fisicamente Madrid en Pontevedra, un Madrid no que pasear entre as arquitecturas doutro galego, Antonio Palacios, é tamén no que manter un fío directo coa terra a través da gastronomía. Mercados de Nadal nas prazas nos que diferentes postos do Forno de Lugo dispoñen ante a multitude un amplísimo repertorio de lambetadas, tortas, pans e empanadas. Alí, xunto ao Teatro Real, e baixo os anuncios das representacións de La Boheme, os nosos paisanos non paran de vender empanadas de polbo ou cachos dun pan de millo escintilante baixo o sol do inverno madrileño. Pero máis aló do espontáneo destas apostas, outras afúndense na cerna da capital. Na Cava Alta, ás costas do mesmísimo Lucio, abriu as portas un local da franquicia galega Galeguesa, cunhas hamburguesas que son máis que comida, son un compromiso coa terra, o medio ambiente e a gandería máis tradicional. Non dubiden de que en pouco tempo o sabor das cachenas deixará os famosos ovos estrelados como o recordo dun tempo pretérito, converténdose esta carne noutro atractivo nesta zona tan senlleira do plano madrileño.
E é que Madrid respira polos seus barrios, os seus entornos máis tradicionais, sometidos nos últimos tempos a uns procesos de revitalización que enchen estes espazos de novas posibilidades. Un dos que mellor se está a enfrontar aos novos tempos é o barrio das Letras. Alí onde Cervantes, Lope de Vega e Quevedo moveron a súa pluma en colosais duelos literarios, un dos nosos referentes editorais, Kalandraka, tamén abriu as súas portas á cidadanía para amosar as súas xoias, porque iso é o que son estes libros especialmente dirixidos aos cativos, xoias de palabras e debuxos que non deixan de inspirar aventuras e soños entre eles, e que agora os lectores de Madrid teñen ben preto, como tiveron a Kiko Da Silva o pasado sábado explicándolles o proceso de creación dunha novela gráfica. Unha delicia que lles podo asegurar que moitos pequechos non esquecerán por cómo aquel miudiño home de negro acabado de chegar de Galicia faloulles de moitos dos seus heroes. Heroes como os que están a facer de Madrid Galicia.


Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 13/12/2017


«Mi relación con Pontevedra es instintiva. Cuando vengo siento que soy de aquí »

Rue Saint-Antoine nº 170
Jorge Castillo (Pontevedra, 1933) exhibe en el Museo de Pontevedra una exposición retrospectiva en la que se puede rastrear su larga y exitosa trayectoria. El más internacional de nuestros artistas propone así un viaje junto a sus seres y formas unidas a través de los años por una irrenunciable búsqueda de la emoción, la misma que busca en el espectador.

Jorge Castillo ante el mítico tríptico 'Palomares' (1969). Gonzalo García

Como dos amantes que se encuentran cada cierto tiempo Pontevedra y Jorge Castillo se convocan durante las próximas semanas para seguir entendiéndose. Y para ello la pintura es el mejor motivo, el lubricante necesario para que esa pasión siga viva. Jorge Castillo se instala en el Museo de Pontevedra para sorprender y admirar, pero sobre todo para convencer a los pontevedreses, sus vecinos, de que la suya es una pintura de la emoción.
¿Cómo siente usted Pontevedra?
Pues con mucha fuerza. Cuando vengo siento que soy de aquí. Es algo instintivo y a través de esta ocasión tan bonita es más intensa esa fuerza.
¿Cómo ha sido su relación con esta ciudad a lo largo de los años?
Yo he mantenido una relación con la ciudad que se ha prolongado a lo largo de los años, algún año no he podido venir, pero creo que en los últimos treinta años he hecho uno o dos viajes al año a Pontevedra. Pero muchas veces los he realizado no para encontrarme con alguien sino para ver la ciudad.
¿Y estos días preparando la exposición que le ha llamado la atención de la ciudad y cual es su espacio preferido?
Una situación que me ha llamado siempre la atención es un aire de tranquilidad extraordinario. Hay una sensación de humanidad en toda la ciudad, en la manera de la gente de hablar, de moverse. Para mí la iglesia de la Peregrina siempre ha sido un punto muy atractivo. Tan alta, estrechita, como una hermosa mujer.
Su vida se ha caracterizado por la itinerancia. ¿Qué le ha aportado esa situación a su pintura?
Todas las ciudades grandes o pequeñas tienen algo que aportar y siempre es mucho, y eso siempre se pega y te influye.
¿Cómo recuerda Jorge Castillo el inicio siempre complicado de un artista?
Es cierto, todo comienzo, sobre todo desde el punto de vista material, es problemático, pero ya está olvidado y cuando veo un cuadro realizado en los años cincuenta siento una gran emoción, la misma que sentí en aquel momento. Esa es la búsqueda de mi pintura, la de la emoción.
¿Quizás lo más complicado haya sido encontrar un lenguaje propio?
Por supuesto. Yo no tengo maestros. Todos los grandes pintores de la historia han sido mis maestros. Me interesan todos los movimientos artísticos, sin pertenecer a ninguno, y me he quedado con lo realizado por mis antecesores. Desde el principio he encontrado un estilo personal que me ha causado muchos problemas, pero sí, la satisfacción es ese camino propio y singular ya que la originalidad no está muy bien vista.
A lo largo de tantos años de trayectoria ha conocido ha muchas personalidades de la cultura. ¿Quién le ha impresionado más?
Han sido muchísimos, pero creo que quien más me ha impactado ha sido Giacometti. Fue una relación breve, en Ginebra. A él le gustaban mucho mis dibujos y me animó a que hiciese escultura, como así fue. Yo era muy joven, tenía treinta años, él era alguien muy inteligente y extraordinariamente sutil, alguien muy conciso que me aportó mucho. Y tampoco me puedo olvidar de Sartre. Fue alguien con quien discutí bastante y de quien se aprende. Son personas que permiten desarrollarte en una gran medida.
¿Qué supone para Jorge Castillo ver tanta obra reunida en un lugar especial como Pontevedra?
Me encanta. Esa cantidad de piezas, 87, de diferentes épocas reunidas en mi ciudad. Es una gran alegría, aunque ya se han hecho más exposiciones retrospectivas y siempre son impactantes, en Pontevedra es muy especial.
¿Y de que se siente usted más satisfecho en medio de tantas piezas?
Me siento satisfecho del camino realizado. Cuadro por cuadro es normal que unos se impongan a otros, y además mi juicio no es el mejor, es un juicio, un crítico tendría otro, pero lo importante es el proceso realizado a lo largo de ese camino tan satisfactorio.
¿Qué le preocupa a Jorge Castillo cuando comienza una obra?
El ser capaz de captar esa emoción de la que hablábamos antes. Una figura, un objeto o un paisaje, eso da igual, lo que busco es que a mí me produzca una emoción y que eso logre una misión. Las formas académicamente pueden ser muy diversas, pero yo rechazo el academicismo y si esa forma no me emociona la abandono.
En la exposición se han intercalado cuadros de diferentes épocas, sin un criterio cronológico lineal
Claro. El montaje lo he planteado yo mismo y no tengo en cuenta para ello las fechas. Para mí el arte es una cuestión de espacio y de pensamiento. También entiendo que las personas no son viejas por su edad y sí lo son por su espíritu. He distribuido las obras por las relaciones que ese establecen entre las diferentes piezas ya que mis cuadros son una gran familia de seres autónomos.
¿Semeja un universo muy singular de personajes que viven una realidad paralela a la nuestra?
Me alegro mucho de que usted lo vea así, porque en mi obra se produce esa mezcla de personas que actúan entre sí y viven diferentes existencias.
¿Jorge Castillo sigue pintando cada día?
Sí, cada día. Bueno, cuando no lo hago escribo, y escribo mucho además. Pero es lo mismo cuando pinto o cuando escribo, ya que para mí son situaciones que van de la mano. Yo escribo en el sentido no estrictamente literario de la palabra, trato escribir cosas que tengan que ser dichas por la voz humana y eso se relaciona de manera muy directa con lo que pinto.


Publicado no Diario de Pontevedra 11/12/2017


martes, 12 de diciembre de 2017

Bendito escepticismo


Rafael Sánchez Ferlosio cumplió noventa años el pasado lunes y a la gente que cumple esos años hay que escucharla siempre, más aún si quien habla es una de esos rara avis de las letras asentada ya, definitivamente, en el escepticismo, quizás el más lúcido de los estados vitales.
Es posible que muchas personas de las que hemos leído ‘El Jarama’, como uno de esos libros sustanciales en la formación humana y literaria de cualquier ser nacido en este territorio, nos hayamos olvidado de Rafael Sánchez Ferlosio. Su silencio pétreo nos habla de una persona cansada ya de comunicar y de hacerlo con una sociedad que ni él mismo reconoce. Una sociedad bajo un vertiginoso cambio y a la que muchas personas son incapaces ya no solo de adaptarse sino de comprender. Es por ello que cuando uno de estos personajes rompe su silencio hay que estar muy atentos a lo dicho ya que en sus palabras suele residir siempre esa mirada sincera sobre la vida, ya sin peajes que pagar y asentada en una larga experiencia de desengaños y frustraciones, más que de logros, siempre tan caprichosos. Una vida ya más perdida que ganada y en la que el tiempo se entiende ya como un regalo añadido.
Dicho esto, y confirmando que Rafael Sánchez Ferlosio sigue vivo, asomarse a la entrevista concedida a El País, que firma José Andrés Rojo y publicada en el mismo día de un cumpleaños convertido en un acto público de reconocimiento a quien logró premios como el Nadal, el Cervantes o el Nacional de las Letras, se convierte en un provechoso ejercicio. Entre esas palabras, abruptas y descarnadas, que parecen dejar negro sobre blanco de lo aquí acontecido, nos encontramos a un hombre que lee la prensa sólo con lupa, una esclavitud de la vejez pero que se convierte en hermosa metáfora para el resto de los mortales enfrentados a diario a tantos titulares y artículos que emborronan la realidad, distanciándonos de ella, lo contrario de lo que debería ser su función. Nos encontramos también una persona hastiada de patrias y horrorizada con nuestra televisión, casi tanto como con la literatura de Vargas Llosa. Pero quien tan severo es con el escritor peruano también lo es consigo mismo, a través de la que es calificada como su gran obra. Sí, ‘El Jarama’, aquel libro obligatorio del Bachillerato que, junto con ‘Luces de Bohemia’, ‘El árbol de la ciencia’ o ‘El jugador’, se quedaron en nuestra alma (por lo menos en la de quien esto firma) como la gran puerta de acceso a la literatura desde el sistema educativo que, solo por gestas como estas, certifica su importancia dentro de una sociedad que sigue enemistada con él. Leer tantos años después de aquella lectura a su autor desangrarse a sí mismo con sus comentarios sobre la obra que lo consagró, es una nueva enseñanza alrededor de cómo nada es intocable o como aquello sobre lo que se lleva teorizado tanto, de repente, asiste al resquebrajamiento de sus pilares.
No es extraño que personas como él se aparten del mundo, si para una vez que salen, el ministro de turno le planta en sus rodillas un enorme ramo de rosas rojas como si fuese un gran féretro literario. Así las cosas, el propio Rafael Sánchez Ferlosio ante la pregunta sobre su futuro no le quedó más que sacar de nuevo el escepticismo a pasear y llevarlo hasta Valle-Inclán, siempre Valle-Inclán, para recordar la conversación entre el de las luengas barbas y el torero Juan Belmonte. «A ti solo te falta que te mate un toro», a lo que el diestro contestó: «Se hará lo que se pueda».



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 6/12/2017
Fotografía: EFE/Mariscal


lunes, 11 de diciembre de 2017

Todo pasa por algo

 ‘Deixe a súa mensaxe despois do sinal’ de Arantza Portabales Santomé é un orixinal relato, ou conxunto de relatos, que se enguedellan de xeito intelixente para contar catro historias persoais. Catro existencias en feminino que se fan literatura para amosar as quebras da vida.


Catro mulleres e catro vidas. Catro relatos que lle falan a un contestador, pero que nos falan a nós mesmos de como elas se enfrontan ao que ese taboleiro de xogo, en que se converten as nosas existencias, dispón ao seu arredor. Marina, Carmela, Sara e Viviana son mulleres ante situacións límite, realidades expostas dende a sinceridade, dende una maneira de escribir que non precisa da frase elaborada, do relato longo ou cheo de distracións. Arantza Portabales diríxese á cerna desas vidas, a rastrexar as emocións dende o emprego de frases curtas e plantexando unha serie de S.O.S. que atronan no seu interior e que precisan ser canalizados cara un destinatario no que se busca o desafogo máis que unha resposta que xa se dá por perdida. Mulleres que precisan a reflexión, a necesidade de respirar, botar fóra aquilo que as consume, aquilo que non entenden pero que pouco a pouco superan ata a súa redención final.
A intelixencia de ‘Deixe a súa mensaxe despois do sinal’, editado por Galaxia, é a súa contrución formal, o cómo eses relatos comezan afastados entre si para ir enguedellándose, xa non só dende unha construción literaria, senón social, ao ir pouco a pouco amosándose como partes dun todo, dunha realidade vivencial que nos sitúa ante esas colmeas en que se converten os nosos edificios. Vivendas separadas por uns escasos metros ou centímetros pero que en realidade afástannos moito máis do que pensamos dos nosos veciños Pero hai momentos nos que a vida se conxura para que esas vidas se crucen, para que xorda a descuberta e moitas veces unha especie de milagre provoque novos afectos e ata a empatía entre aqueles que ata hai un intre non eran máis cunha morea de descofianza e descoñecemento.
Arantza Portabales plantexa todas esas vivencias que como monólogos interiores convócannos ante catro personalidades que deben solucionar os problemas que lles puxo a vida no camiño. Unha separación matrimonial, unha doenza irreversíbel, as visitas ao psicólogo dunha moza ou unha muller que exerce a prostitución son os vieiros polos que as protagonistas teñen que transitar, o que lles serve como exercicio interior para acadar o seu propio coñecemento, pero tamén para tentar entender as razóns polas que se chegou a ese punto das súas vidas.
O falar de xeito aséptico cunha máquina convértese pouco a pouco nunha cálida conversa na que teñen lugar todos os matices da vida. A amargura, a ledicia, o amor, o medo, a dúbida, o rancor e todo iso vaise conxugando dende cada unha desas voces, distintas todas elas, pero conxugadas dunha maneira eficaz baixo ese senso novo da escrita co que traballa a autora e que permite unha nova posibilidade, xa que se se quere pódese ler a vida de cada unha delas de xeito continuado, sen as interferencias das outras historias, simplemente seguindo as numeracións do índice.
Temos así catro libros, catro relatos nos que a autora non despreza o humor, como un dispositivo máis para tentar acougar as situacións máis dramáticas. Un humor preciso para que a vida non nos volva tolos e permita, ao mesmo tempo, obter os folgos precisos para seguir adiante.
Unha historia pódese contar de moitas maneras, e a elección dese cómo é o que marca a diferencia entre os libros. Arantza Portabales plantexa nestes textos un crebacabezas que non debeu ser nada sinxelo armar, pero que a medida que se avanza na súa lectura un non deixa de aplaudir ese esforzo e de sorprenderse con eses encontros que se fían nos distintos relatos. O que se reforza cando se remata o libro e un ten a sensación de participar nas confesións de catro mulleres ás que os dados do azar fixeron conducirse por casas complexas. O que elas non contaban era coa mestría de Arantza Portabales e a súa capacidade para que todos nós nos puidésemos asomar a todas elas e entender así como todo pasa por algo.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 3/12/2017



martes, 5 de diciembre de 2017

Apagouse a luz


Luz. Esa é a palabra clave na vida de calquera pintor. A chave que fai mudar as tebras da mente na lumieira en que se converte un cadro. A luz era o meu vencello con Manuel Moldes, pero máis alá do propio lenzo. A luz que se albiscaba pola fiestra do seu estudo era o meu acougo cando saía do traballo e ía ao meu fogar. Aquela luz acesa, cando as páxinas do xornal íanse rematando, era unha sorte de contrasinal. Moldes estaba no seu refuxio xunto as súas figuras, plantexando novos territorios, loitando contra si mesmo e contra o misterio que supoñía para el o feito de pintar. O feito de crear.
Misterio+Luz=Pintura e vida. A ecuación estaba así xa plantexada. Era o tempo da pincelada. Manuel Moldes miraba a vida a través dos pinceis. Con eles berraba, con eles analizaba a realidade, a de cada un dos tempos que lle tocou vivir, que non foron poucos. Tempos de muda, de compromiso, de loita para continuar aínda hoxe berrando. Porque Manuel Moldes berraba e os seus berros eran esas pinceladas que foron participando da mellor pintura que se podía facer dende Galicia cara o mundo. Unha linguaxe global que se mantivo afouta dende os anos setenta ata hoxe, ata este mesmo verán con esa exposición ‘Pontevedra suite’ no Museo de Pontevedra que fixo tremer o corazón da cidade vista dende o sofá que converteu a Moldes nun referente na nosa plástica.
Alí sentouse un día aquel Gran Dida para ollar cara todos nós, para que nos reflectísemos nesa mirada e que tivésemos a confianza precisa para facer o camiño. Canto lle amolaba a Moldes que non fósemos quen de armarnos da confianza precisa para non ter que marchar! Para que o talento que temos non se perdera! Durante un tempo pensou que todo iso mudara, pero os últimos anos volveron a encher de dúbidas a pintura de Moldes. E ata volveron os berros.
Aquela luz no estudo permitíame petar na porta e que Moldes abrira o seu acubillo. Eu sabía que tras aquela barreira estaba moita da nosa mellor pintura, pero tamén unha conversa entre risas e frustracións. Risas porque Manuel Moldes, baixo ese sorriso co que se enfrontaba a todo, deixaba escorregar moitas cargas de profundidade contra a sociedade, contra a pintura, contra os críticos, contra as institucións que non apoiaban aos creadores, contra a Universidade, contra o xogo do Pontevedra. Eu, mentras Moldes falaba, e ao tempo que escoitaba, miraba cara aqueles botes de pintura abertos, esperando que o pincel os convertese en magma sobre o lenzo, tamén dirixía a miña mirada cara a súas paredes cheas de frases e 'ecuacións' que procuraban darlle sentido á súa pintura fronte á vida, esa mesma que se agochaba baixo moitos cadros envoltos tras participar en diferentes exposicións e outros a medio camiño na súa realización. Manuel Moldes entraba e saía dos seus cadros, algúns quedaban un tempiño cara a parede, mentres a súa atención diríxiase a outros, pero aqueles, 'os castigados' ao mesmo tempo tamén estaban sendo pintados dende o seu inagotábel maxín. Era ese un tempo de reflexión, como se eses cadros tivesen que memorizar aquelas sentenzas gravadas nos muros do seu taller. Esas eran as frustracións, a do cadro que se resistía a xurdir, e tamén as de non comprender o mundo que se abría fóra dese estudo, as veces tan cruel, as veces tan teimudo para someter ao home. Un home que era o centro da pintura de Manuel Moldes. Pensemos un anaco en toda a súa obra e veremos como todo xira na capacidade do ser humano para tentar comprender e comprenderse. Dende o puramente instintivo ou racial ata o científico. Que ben quedou reflectida esa mestura no seu espectacular mural da Uned de Pontevedra!
Cando pasaba fronte ao estudo e a luz estaba apagada o día non remataba de todo ben. Eran horas que perdíamos os que gozábamos da súa pintura vendo como se retrasaba o remate dun cadro. Aquela luz era tamén a da veciñanza, a do home que traballaba e vivía fronte a gasolineira de Costa Giráldez en Benito Corbal, a do home que purraba cada domingo polo equipo granate como parte dunha memoria sentimental e de compromiso coa cidade. Imposíbel afastar Pontevedra da súa pintura. ‘As mozas de Pontevedra’, ‘Pontevedra durme’... e tantas e tantas obras directa ou indirectamente vencelladas a nosa cidade. A espazos físicos, a monumentos, ao Lérez, á xente... sensacións sentimentais que se afundían na cerna da terra, no carballo, no molete de pan, no coitelo, na cunca de viño, na espiral dun labirinto do que unha frecha marcaba o rumbo a seguir. Moldes nunca rexeitou seguir fincado nese espazo no que o seu taller xeraba unha especie de forza telúrica. Ao seu arredor tiñao todo, a vida do pasado, a que mudou esa antiga rúa ata convertela hoxe nunha rúa moi diferente a aquela na que se instalou un primeiro taller, pero tamén a de hoxe, coa familia, coa Facultade de Belas Artes e os veciños do seu barrio. Alí, fronte a aquela gasolineira, ás veces pensabamos estar ante un cadro de Hopper, ollando a xentes descoñecidas que formaban parte da vida, dunha vida allea a nós, pero a fin e ao cabo á vida dunha cidade na que todos somos.
Cando esa luz xa non se voltará a encender un no pode máis que berrar tamén. Berrar ante a ausencia, a do pintor, pero tamén a do amigo que me contaba cousas inesquecíbeis como cando Carlos Oroza aparecía pola casa para quedarse a comer (“pouco, que era máis ben ascético”) entre poesías e contos, que me mandaba ao carallo cando lle chamaba ‘Académico’ ou que era feliz cando lle comentaba que a Jabois íanlle ben as cousas por Madrid. Tamén cando falabamos dos proxectos que irían pouco a pouco sendo realidade, ilusións que ían tamén esvaecendo esas teimas que se repetían de xeito cíclico sobre o noso futuro como sociedade ensombrecido con aquel petroleiro da vergoña ou unha crise que volveu bater duro nese home arredor do que tanto pintou Manuel Moldes. Un pintor da luz e cuxa luz xa nunca máis volverá a prender como a chamada da amizade.


Publicado no Diario de Pontevedra 4/12/2017
Ilustración: Kiko da Silva

O testemuño de Lita Cabellut

O Museo de Arte Contemporánea de A Coruña acolle unha espectacular exposición da creadora Lita Cabellut. Unha contundente proposta sobre a súa observación do mundo e como esa contorna convértese nun universo plástico abraiante arredor de nós mesmos e o debate sobre a existencia.


Proxectarse dende o individuo. Afundirse na tradición para achegarnos unha nova dimensión da pintura. Construir un relato dende o que enfrontarse a nosa propia existencia. Son tres dos vértices nos que se sustenta unha exposición desas que provoca o abraio no visitante, non só polo que se amosa, senón por cómo iso se presenta ante nós. A estudiada disposición da mostra no MACUF aumenta de xeito exponencial o discurso da artista e permite que o espectador entenda ou se aproxime moito mellor as súas intencións.
Esas intencións, as de Lita Cabellut, axudadas polo intelixente e lúcido traballo do comisario da exposición, Antón Castro, xeran un espazo cheo de singulariades e calidades, en definitiva, unha exposición imperdíbel para calquera amante do artístico e que sitúa a este proxecto a altura de calquera mostra a nivel mundial. Certo que partimos dun material dunha alta calidade, a pintura de Lita Cabellut, fronte á que un entende o éxito e o momento de pulo que está a experimentar o seu traballo reclamado dende diferentes xeografías. Así París ou Hong Kong compartirán tempo de exposición con A Coruña, pero permítanme que dubide de si nesas exposicións alcanzarase a fondura do que aquí se amosa sobre todo por ese cómo do que falaba antes. A disposición da obra da artista en diferentes espazos activando momentos moi concretos da súa relación co seu universo de personaxes, ese corazón central latexando na recreación do seu estudo xunto a unha biblioteca-vitrina ou un vídeo no que observamos o seu modo de traballo, pois todo iso resume esa multidisciplinaridade do seu quefacer, da súa conciencia artística que se eleva entre a escuridade dos espazos como unha lumieira a través da cal observar o mundo.
Ese aspecto de Lita Cabellut é o que máis me impresiona da súa obra, como a través dos ollos dos seus representados vemos os ollos da propia pintora mirando a cada un deses rexistros que este mundo noso tan diverso, como cada vez máis alleo para o propio ser humano, é quen de presentar. Eses ollos resúmense en diferentes itinerarios, estacións de paso para seguir observando, para tentar entender a nosa existencia: a soedade, a transitoriedade da vida, a tolerancia, o silencio, a rebeldía, o futuro, a esperanza... son algunhas da compoñentes que rexistran este relatorio de historias, porque tamén hai moito disto nesta exposición. Historias que se amorean entre si artellando un relato coral e humano.
Se entramos no twitter de Lita Cabellut recíbesenos cunha frase de benvida: «Son máis cunha pintora. Son unha contadora de historias». A partir desta declaración de intencións todo se vai clarexando. ‘A mudez da existencia’, ‘A verdade’, ‘Silencio branco’, ‘O grito animal’, ‘Os acróbatas da cidade’ ou ‘As estrelas espidas’ son os nomes desas realidades que a artista plantexa. Grupos de persoas que singularizados reflicten ese estado de soedade dentro da manda. A soedade como obriga ou como necesidade. O devir do tempo como motor da nosa existencia, o que define o que somos e aquilo no que nos convertiremos. E todo iso felizmente enguedellado coa tradición pictórica. Dende o retrato ata o xénero das vanitas, axitado coa singular maneira de pintar, que é a que lle dá a Lita Cabellut a súa condición de unicidade dentro da paisaxe artística. Unha fusión do pincel co spray, o rodillo, a espátula. A cor como berro, tamén como pozo no que afundirse e dese pozo ou dese berro xorde a xestualidade chea de materia enfrontada a todos eses rostros, a esas facinas nas que se percibe a súa relación co mundo a través dunha sociedade na que a pintura de Lita Cabellut emerxe cunha forza tan soprendente, nun principio, como necesaria tras o preciso proceso de reflexión.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 26/11/2017


jueves, 30 de noviembre de 2017

Culturdez

O Culturgal celebra a súa décima edición mantendo afouto o seu labor como termómetro da realidade cultural galega


A Feira das Industrias Culturais de Galicia acada a súa décima edición, unha cifra redonda que confirma a este evento como o máis senlleiro da cultura galega e que permite, dende diferentes sensacións e axentes culturais, calibrar o latexo da nosa cultura, non só na literatura, senón tamén na música, o teatro, as artes plásticas, a banda deseñada, o xornalismo ou o cinema.
De singular importancia nestes días son dúas situacións: a interrelación que se amosa entre os protagonistas desas forzas de acción cultural así como a visibilidade do seu esforzo fronte ao público. Un público que é a derradeira  pata do escano da cultura pero sen a que ao fin e ao cabo este asento caería ao chan. Un sistema cultural sen público, sen lectores ou sen clientes (non perdamos nunca de vista a capacidade da cultura como motor económico) estaría mutilado e abocado ao seu fin.
Durante estes dez anos, case todos eles de acubillo en Pontevedra, inmellorábel escenario para este encontro, vimos como esta Feira non deixaba de medrar, cunha organización cada vez mellor, con máis actividades, e abrindo o foco a novas situacións que nos enchen de ledicia e que este ano se singularizan na colaboración internacional, neste caso con Portugal como convidado, e que permitirá amosar unha parte da súa forza creativa e cultural, ante a que, lamentábel e inexplicabelmente, permanecemos de costas aínda que estemos tran preto. Ese arrecendo luso viralle moi ben ao Culturgal para seguir metendo aire nas velas, un aire que tanto precisa o noso sistema cultural, tantas veces en medio das calmas que os océanos da ignorancia procuran. Nesas velas temos que soprar todos, xa que só xuntos será como a navegación chegará a bo porto. Non sempre é sinxelo acadar ese aire, como tampouco o é navegar nunha poza de auga, en vez dun océano, na que semella que os que teñen capacidade de tomar decisións queren converter o noso idioma, o que tería que ser o recio elo de todo este tecido cultural, así como da cultura coa sociedade. A seca non só se concentra nos nosos encoros. Cada vez aprétase máis o investimento adicado ao fomento do galego e uns recentes datos fixan esa perda de investimento nun 60% dende 2008 ata os nosos días. Cifras que deixan os 23 millóns de euros daquela nuns esfameados 6,76 millóns e a esperanza de onte convertida na vergoña de hoxe.
Pois sobre ese regato navegan as nosas mellores naves, que son as do maxín dos nosos autores e autoras, as dos nosos editores, as dos nosos actores e actrices, os nosos músicos e todos aqueles que traballan para facer cultura turrando dende o seu. Un facer cultura que é un facer país. Fagámolo todos xuntos acudindo ao Culturgal, investindo o noso tempo nesa cultura que tanto precisa de nós. Bótenlle unha ollada á programación deses tres días que comezan o venres e verán canto se fai aquí, e canto bo. Nunca baixen a cabeza fronte a falla de apoios coa que tanto acostumamos a flaxelarnos e sexamos optimistas. Cando entren en contacto co espírito do Cuturgal verán renovado ese optimismo e sairán co peito enchido de cousas fermosas, de cousas que falan de todos nós.
Abran a billa da poesía, esa si manando augas frescas e anovadas, gocen coa nosa escrita infantil, merecente de novo de todo un Premio Nacional, vexan cine, sintan as nosas músicas, escoiten falar aos nosos escritores. Formen parte do mellor que temos, a nosa cultura, unha cultura de dez.




Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 29/11/2017

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Diario de un escéptico

Rue Saint Antoine nº 170
Literatura. La edición de las crónicas parlamentarias de Julio Camba entre 1907 y 1909 nos sitúa de nuevo ante un prodigio de la escritura, ante un látigo de la palabra que atizaba a un Congreso bajo el «gobierno largo» de Maura, un martirio para la política y la palabra. Así las cosas sus crónicas se fijan allí donde nadie miraba, donde la lucidez obligaba.


A Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) habría que leerlo cada día. Más aún si quien lo hace se ha decantado o lo han decantado por el periodismo. Sus escritos son como fármacos contra tanta nadería como nos encontramos hoy en un periodismo demasiadas veces anodino y complaciente con el objetivo de sus crónicas. La pluma afilada de Julio Camba durante décadas se convirtió en una referencia sobre lo que sucedía en este país y junto a otro gallego, Wenceslao Fernández Flórez (sus crónicas parlamentarias son las únicas que resisten al de Vilanova de Arousa), escudriñó lo que sucedía en este sudario peninsular que durante las primeras décadas del siglo XX se convirtió en una vertiginosa montaña rusa de acontecimientos.
Esta meritoria edición a cargo de la Editorial Renacimiento de las ‘Crónicas parlamentarias (1907-1909)’, es buena prueba de ello, así como testimonio de un tiempo muy concreto y fundamental en el futuro del escritor. En estos años aquel anarquista fue abandonando esa posición radical redefiniéndose como un ‘anarko aristócrata’. En 1907 fue contratado por el periódico España Nueva para cronicar el Congreso de los Diputados, dominado por Antonio Maura durante tres años, lo que llevó a ser denominado como ‘Gobierno largo’, en un periodo de mucha inestabilidad política bajo el reinado de Alfonso XIII. Un gobierno conservador que se ajusta temporalmente a las crónicas incluidas en este volumen, completado con otros textos publicados en otros medios, incluyéndose varios inéditos. Sean o no inéditos estos textos son inagotables más de un siglo después de su primera publicación. En ellos se rastrea una vivacidad y actualidad asombrosa, así como una rebelde modernidad erigida contra el hastío que le provocaba a Julio Camba la mediocridad política, tanto en sus acciones, como en sus comportamientos y discursos en la propia Cámara.
Bajo la sección de ‘Diario de un escéptico’ el gallego llegaba a ese medio ya consagrado como cronista. Su humor y escritura ágil rápidamente le convirtieron en una referencia en los medios madrileños, continuando lo hecho en estas lides parlamentarias por otros grandes de la literatura como Galdós o Azorín. Julio Camba fue un maestro en esa otra mirada lateral que tanto abunda hoy en nuestros cronistas parlamentarios, algunos que son elevados a los altares del columnismo patrio y que ven aquí uno de sus precedentes más brillantes, sobre todo cuando la mirada del arousano se dirigía hacia el detalle y obviaba lo puramente político, cuando atuendos, gestos o elementos anecdóticos del parlamento se convertían en los protagonistas de unas crónicas entre cuyos blancos se atizaba a la política, a la mala política.
Galdós le recomendaba entre sesión y sesión por los aledaños del Congreso «que todavía debía ser más escéptico», a ese escepticismo se agarraba Julio Camba como «garantía de mi ecuanimidad y de mi imparcialidad». El mismo que le llevó en sus crónicas a tildar de «loros» a varios diputados, a afirmar que un cacique-el Congreso estaba repleto de ellos- era «un organismo refractario a la poesía» o que de «un edificio con tan mala arquitectura como el Congreso poca cosa buena se podía esperar en su interior». Puyazos a ese gobierno de Maura, pero auténticas obras de arte de literatura parlamentaria. Tanto el prologuista del libro, David Guistau, como el encargado de su edición, José Miguel González Soriano, completan eses artículos con certeras revisiones a su estilo y a esa mirada cargada de un bendito escepticismo, pero que a la vista de hoy son un compendio de lucidez y genialidad.


Política y cantería
«Pontevedra es un pueblo muy chico en el que diariamente hay que pasar diez o doce veces por los mismos lugares. Diez o doce veces que, ante las obras en construcción, son otras tantas exclamaciones: -¡El Instituto provincial, cosa de Besada!, -¡El cuartel, cosa de Besada!, ¡El malecón, cosa de Besada!
Aquí todo lo nuevo es cosa de Besada. Así el adoquinado de las calles de la ciudad como las carreteras y los caminos por donde vienen a ella los habitantes del interior. Todos los edificios importantes de Pontevedra o están en construcción o están en ruinas. Las ruinas pertenecen al dominio del vetusto Sr. D. Casto Sampedro-un aqueólogo local que ha envejecido con ellas-, y las construcciones son obra de Besada. Desde los tiempos de Teucro de D. Casto Sampedro hasta el advenimiento de Besada nadie se había interesado por Pontevedra, a excepción de Montero Ríos, que iba convirtiéndola poco a poco en residencia particular suya. (...)» 9/06/1908




Publicado en Diario de Pontevedra 27/11/2017

viernes, 24 de noviembre de 2017

82 retratos e 1 bodegón

David Hockney, cos seus oitenta anos, afronta outro novo reto dende a súa gran pintura con esta exposición no Museo Guggenheim de Bilbao na que de novo fai do retrato unha ferramenta de exploración para enguedellar a cultura popular coa modernidade.


Tres días para facer cada un deles, un fondo azul idéntico, unha mesma cadeira e unhas medidas iguais en tódalas pezas. A partir destas condicións identitarias desprégase a proposta de David Hockney (Bradford, Inglaterra, 1937) na que se representan oitenta e dous retratos e un bodegón nunha sala especialmente acondicionada -pintada cun febril vermello- sobre a que todos eses azuis e coloridos retratos semellan moverse nunha danza matissiana.
Ese frenesí da cor complétase co que acontece no interior deses cadros idénticos no seu tamaño e nos que se plantexa unha revisión do Pop Art que este mesmo pintor contribuíra a plantexar nos anos sesenta dentro dunha mostra xa mítica, ‘Young Contemporaries’, que fixou a irrupción dese movemento nas illas británicas. Pouco despois David Hockney estableceuse nos Ánxeles e alí, xunto a unha luz e unha cor abofé que moi diferente a da súa terra natal, compuxo unha pintura chea de vida, na que dende a paisaxe ou o retrato, sempre cunha anclaxe na tradición, integrábase nunha modernidade alabada por todo o eido artístico. As súas exposicións convértense sempre en auténticos feitos mediáticos, sabedores, curadores, institucións e medios de comunicación de que a súa pintura é moi accesíbel ao público, polo menos en cando a súa formalidade, algo que non é nada sinxelo para a pintura hoxe en día.
No Museo Guggenheim de Bilbao xa amosou o pintor, aínda non hai moito, no ano 2012, unha abraiante aproximación á paisaxe inglesa dende acuarelas, óleos e ata co traballo no seu ipad, o que amosa, como poucas situacións, o seu interese por traer ao noso tempo toda esa secularización da pintura. Intelixentemente David Hockney aséntase nesa tradición, nos propósitos dunha longa historia para facela andamiaxe da súa obra que logo complétase coa súa proposta persoal nunha composición chea dunha efectiva sinxeleza, no tratamento da cor ou na disposición das figuras. Unha mirada entre o pictórico e o fotográfico que, neste caso, axústase como poucas veces a través destes retratados aos que o pintor citaba no seu estudo, todos eles amigos seus, algúns famosos, outros descoñecidos para o público, pero que se uniformizan dende esa disposición similiar, nesa cadeira que semella estar flotando sobre algunha das súas coñecidas piscinas.
Alí foron citados e un deles no acudiu rachando así a cadea establecida de cadros e tempos de traballo. A solución de novo xurdía da tradición, do xénero do bodegón, e así David Hockney colocou unhas froitas e unhas hortalizas que tan ben encaixan nesa representatividade do universo Pop entre a brincadeira e a plasmación do cotiá. Constitúense así os 82 retratos e 1 bodegón da mostra que estará aberta ata o 25 de febreiro de 2018. O retrato como un territorio do psicolóxico, facianas e xestos que resumen diferentes personalidades que aquí tenden a homoxeinización, unha fermosa democratización da imaxe que non entende de xenios ou descoñecidos, de ricos ou persoas do común, que aquí acadan a eternidade que só a arte é quen de conseguir. Unha eternidade chea de frescura conseguida polo rápido traballo no tempo, esas 72 horas nas que limitábase cada cadro, tamén polo emprego do acrílico, moito máis manexábel que o óleo, facendo así de cada un destes retratos auténticos anacos de vida. A captación do xesto, a configuración dos rasgos físicos, a colocación de brazos e pernas, son os que falan de como é cada un deles, ou polo menos de como David Hockney ve e entende a todos estes 'modelos' que volven a deixar claro a xenialidade dun dos máis fascinantes pintores do mundo.




Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 19/11/2017.
Fotografía: Luis Tejedo (Efe)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Castelao en Madrid

Estampa do Álbum 'Atila en Galicia' (1937)
Museo de Pontevedra

"O debuxo dun hórreo que polas súas fendas amose únicamente o ceo, di máis da fame dun ano que un artigo de fondo». Con estas palabras expresaba Castelao a importancia que ten a ilustración gráfica á hora de transmitir unha mensaxe, tamén como o impacto na mirada podía superar á palabra escrita nun artigo, nun discurso, ou en calquera libro teórico sobre a política. Esa capacidade do medio gráfico é o que suxeitou cada vez máis o labor de Castelao no mundo da creación, cada vez máis comprometido co ser humano e coa súa terra, e é a mesma que levou a plantexar unha exposición, ‘Castelao grafista’ que leva xa case dous meses amosándose en Madrid, nin máis nin menos que nun dos berces do debuxo, como é a Real Academia de Belas Artes de San Fernando, redefinindo, de novo, a inesgotábel figura do de Rianxo.
Xa nos achegáramos a el polo miúdo na dobre cita plantexada de xeito exitoso o ano pasado na súa casa, o Museo de Pontevedra, pero agora, da man do comisario Miguel Fernández-Cid, o que se fai no conxunto deste proxecto é pecharse na liña de Castelao, alí onde o seu trazo contén unha infinidade de situacións que definiron o seu labor gráfico a través de pinturas, debuxos ou estampas que participaron de diferentes iniciativas artísticas e de pensamento. Acompañado dun farturento catálogo, que excede esa condición sendo un auténtico libro sobre esa faciana da súa obra, esta redimensión de Castelao volve de novo a sorprender e a marabillar. Ao atopármonos a un infindo talento que se foi axustando a cadanseu instante vital, dende os tempos de Nós e ata o final da súa existencia. Esa adaptación ía a carón do afianzamento do seu compromiso social e co país e agromou nunha serie de traballos que agora, na súa totalidade, amosan a súa identificación con ese proxecto en forma de compromiso.
Nós’, ‘Cousas’ ou as ‘Estampas da Guerra’ configúranse como tres grandes cumes que artellan a exposición, pero ao seu arredor atopámonos outra xeira de traballos que, dende a ilustración de libros, viñetas, a creación de cartaces, traballos etnográficos ou escenificacións teatrais, móvense sempre nesa mesma dirección, que é a de xerar un corpus de acción que sirva para o retrato dun territorio e dunha alma, para que se levante a voz en moitos casos fronte o que acontece e na procura dun discurso artistico propio. Unha arte para unha patria. O Madrid fronte ao que nun tempo Castelao ergueuse para pedirlle máis autonomía para Galicia é o que acolle esta mostra. Agora xa non é o cego que pide esmola, agora é a capital a que honra a un artista galego que puxo o seu talento ao servizo dunha causa. Un talento que se pon agora en Madrid ao nivel do propio Goya cos seus ‘Álbumes da Guerra’ que, como se fosen os ‘Desastres’ pintados polo aragonés, deixan constancia da violencia e da represión sufrida en Galicia na Guerra Civil. Arte e reflexión ao servizo dun pobo. O que comezou anos antes como un interese artístico e humano, agora a sinrazón converteuno nunha obriga moral. Como obriga é por parte de todos nós seguir traballando arredor desta personalidade, tal e como fixeron nesta ocasión tres institucións como a Real Academia de Belas Artes de San Fernando, a Fundación Mapfre e a Fundación Torrente Ballester empurradas por un deses pontevedreses imprescindíbeis, Miguel Fernández-Cid.
Esas Estampas saíron por primeira vez do Museo de Pontevedra de maneira completa para amosarse fóra, e abofé que moita xente se atoparía por primeira vez fronte a elas para sentir o arreguizo que un sempre sente cando se enfronta a este traballo monumental, e que conforma unha das máis grandes obras da plástica mundial e que xa se bota de menos en Pontevedra, o seu Pontevedra.



Publicado no Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 22/11/2017 




lunes, 20 de noviembre de 2017

Lorca en la noche de Pontevedra

«Pronto será huésped de Pontevedra García Lorca, el gitano de los romances. Y para ‘Cristal’ será un huésped de honor, todo él espíritu e ingenuidad que nos estimulará en nuestra labor con aguijonazos de su lirismo captador (...) Y alimenta nuestros espíritus. Y aviva y zahiere nuestras imaginaciones. Y anima y solaza nuestros pechos. Y nos da optimismo, y emoción, y luz estelar... Todo ello con el desinterés del que no espera la menor recompensa».
(Revista Cristal nº 5. Noviembre de 1932)


Rue Saint-Antoine nº 170
Memoria La presencia de Federico García Lorca en Pontevedra los días 19 y 20 de noviembre de 1932 dejó para la historia de la ciudad uno de esos acontecimientos inolvidables. Aquel poeta de 34 años era un espejo en el que mirarse tantos jóvenes ilusionados por la cultura y un progreso que en Pontevedra se definieron a través de la Revista Cristal

Paseó Federico García Lorca por Pontevedra entre el 19 y el 20 de noviembre de 1932. Uno de esos paseos que se quedan prendados en la memoria de una ciudad. 85 años escritos sobre la mesa de mármol de un café alumbrado por el reflejo de la luna sobre la ría de Pontevedra, incapaz de desdibujarse por las ondas de un río que brillaba esperando las palabras del poeta que, al día siguiente, iba a pronunciar en una conferencia en el desaparecido Cine Coliseum, sobre la pintora María Blanchard, invitado por el Comité de Cooperación Intelectual de Pontevedra.
García Lorca ya había estado apenas tres meses antes en Pontevedra, en una de las dos únicas visitas de las que se sabe que el poeta granadino realizó a la ciudad. En aquella ocasión acompañando a la compañía teatral ‘La Barraca’ en una actuación en la plaza de la Estrella. Ahora, el poeta de la modernidad visitaba Pontevedra y era acogido por otro grupo de entusiastas creadores imbuidos por aquel espíritu del que la República impregnó a todo un país entre las libertades, el progreso y el amor por la cultura. Esos jóvenes, ‘capitaneados’ por Juan Vidal pusieron en marcha la revista Cristal, cuyo primer número se fecha el 25 de julio de ese mismo año. El «espíritu cosmopolita, deportivo y elegante» del que se presume como declaración de intenciones en su primer editorial se nutre de los mejores escritos de la literatura gallega y universal. Los diferentes números fueron componiéndose entre los poemas de Juan Bautista Andrade, Xosé María Álvarez Blázquez o Luis Amado Carballo y los de Juan Ramón Jiménez, García Lorca o Antonio Machado, con una serie de ilustraciones que acercaban a esta revista a otras publicaciones del momento, respondiendo a una emocionante inquietud en el panorama literario, como lo fue la revista ‘Gallo’ que el propio García Lorca fundara en Granada en 1928.
Luciano del Río, Evaristo Mosquera, Javier Andrade, Bernardo Salom, Tabucho Pintos Fonseca y Luis Poza Pastrana esperan en la estación del tren de Campolongo al poeta, a ellos se les unieron poco después los miembros de aquella revista de los que Luciano del Río cita en un artículo publicado en Diario de Pontevedra en 1973 «al poeta Juan Vidal Martínez, como redactor y fundador de la revista Cristal a la que pertenecían José María Álvarez Blázquez, Antonio Díaz Herrera, Rafael Lois Teijeiro y como dibujantes Ventura de Dios López (Turas), Alejandro de la Sota y José Luis Fuentes. Juan Vidal era como el ‘hermano mayor’ de aquella animosa e inquieta comunidad literaria».
Habría que imaginarse a aquellos jóvenes orgullosos y felices caminando junto a Federico García Lorca por las calles de Pontevedra. Jóvenes que llevaron a ver su guarida al poeta. Avergonzados por la precariedad de sus instalaciones el autor de  ‘Bodas de sangre’ rápidamente los alivió a todos al recordar como su revista granadina no había nacido en mejor cobijo. Aquella redacción estaba en un desván del Hotel Méndez Núñez, frente a él, otro de esos símbolos de la modernidad local, el Café Moderno. Hasta él le llevaron, al tiempo que sacaban unas cuartillas, para que García Lorca, cuya presencia habían anunciado en el número de noviembre, descerrajase un poema que sería suyo, de aquellos incandescentes pontevedreses y que sería publicado en el siguiente número de Cristal, el correspondiente a la Navidad.
Las mesas de mármol de aquel lugar, las mismas en las que Castelao y Bóveda posaban sus manos diseñando un país, sobre las que Luís Amado Carballo ya había rimado cientos de palabras eran ahora todo el papel para que García Lorca escribiese en Pontevedra, y así surgió un soneto que sería ilustrado por José Luis Fuentes que fue la gran sensación del número 6 de la revista que se abría con ese poema y se cerraba con otro en francés de Vicente Huidobro. Federico García Lorca tuvo otro gesto más hacía aquella revista, al permitir la publicación de un poema inédito que se publicaría posteriormente en esa obra cumbre de la literatura mundial como es ‘Poeta en Nueva York’, el poema ‘Asesinato’ se incluyó en el número 7 de la revista Cristal.
«La luna vino a la fragua/con su polisón de nardos», escribió el poeta y la luna llegó a iluminar a aquella noche pontevedresa como pocas lunas lo hicieron. Lorca fue agasajado con un vino en casa de los Díaz Herrera, en el piso principal del Café Moderno, donde él mismo improvisó un recital de canciones populares y andaluzas. De nuevo un paseo puso el final a aquella jornada inolvidable, un paseo bajo la luna, mientras la noche quedaba, todavía, demasiado lejos.


Publicado en Diario de Pontevedra 20/11/2017

sábado, 18 de noviembre de 2017

A rexeneración da identidade

‘Corpo de Antiochia’ revélase como un poemario feito viaxe. Un espazo para a reflexión sobre a reconstrución dun ámbito físico pero que vai máis alá da man de Tamara Andrés, adentrándose nun devir íntimo de descuberta da persoa e dos seus procesos de evolución.


'O que non se nomea non existe’. Afirma Tamara Andrés (Combarro, 1992) no interior de ‘A auga’ un dos poemas clave deste ‘Corpo de Antiochía’ que, editado por Galaxia dentro da súa colección Dombate, lévanos a afrontar un proceso de construción íntima a través da afoutada metáfora da cidade de Antiochia. Histórico cruce de civilizacións, construída, derruída e de novo ergueita, unha e outra vez. Unha visión especular que serve a Tamara Andrés para dar un salto de madurez na súa aínda recente traxectoria na escrita, e que deixa abertas as portas a un futuro que teima en chegar.
Convértese así esa imaxe da cidade situada  na actual Turquía nun poderoso faro fronte ao que esta poeta actúa como unha serea que xorde do mar para, co seu canto, evocar o paso do tempo e a súa pegada na pel dos que hoxe somos protagonistas doutro tempo tan afastado daquel. Nesa pel póusase como se fose un compás un poemario preciso tamén para termos consciencia do noso eu.
O primeiro que nos chama a atención é esa afouteza da linguaxe, a capacidade por prescindir do sobrante, nun proceso de depuración que case sempre adoita ser o máis complexo para o escritor que sabe dese compromiso para chegar á cerna das cousas. Agora queda a segunda parte do trato, o de ser quen de artellar con esas poucas palabras un discurso no que se conteñan as pretensións do creador e que estas sexan palpábeis para o lector. E isto acádao Tamara Andrés cuns poemas contundentes, nos que se rastrexa ese ronsel da forza que ese proceso cíclico de construción e destrución foi devalando nos séculos. Agora ese tempo é o noso, e todo o que semella un devir histórico contense no noso eu. A poeta é quen de facernos conscientes dende a palabra, sempre a palabra que nomea o que existe, de que ese proceso dase de xeito constante no noso interior, entendidos o nosos corpos tamén como cidades de ida e volta, cheas de bos e malos momentos, de incertezas e loitas fronte ao exterior, de procesos que nos poñen ao límite pero dende o que tentar albiscar novos horizontes.
O poemario condúcese por todo ese itinerario: A extinción, o desterro e o retorno. No primeiro céntrase na ausencia da beleza, a súa perda como cegueira da sociedade que precisa desa beleza como rexistro atemporal: «a fame da memoria», escribe a autora. Non se pode dicir mellor, memoria en cuxa ausencia impídese o camiñar. No desterro xorden as dúbidas: «como mirarnos?/onde nos deter?» É o desacougo, o derrubamento do eu, a dor, o percorrido polo descoñecido, entendido como incerteza. Un tránsito que aínda que nese intre non o pareza serve para sementar o futuro, esa nova etapa convertida en retorno, a redescuberta do que somos, de novo o eu como lugar no que deterse o faro que alumea a nosa contorna, alí onde bater a nosa individualidade fronte ao colectivo.
Imos, polo tanto, con cada páxina debullando ese eu, sempre a partir da metáfora colectiva, esfolar a nosa identidade, capa a capa: «Disque a ferida sempre cicatriza/e que a dor nace para o remedio,/mais o proxectil do berro/non deixa/aquí/estanque/entre os beizos.». A destrución e o remedio: a reconstrución da identidade. Escoitamos un novo canto da serea, o da identidade, unha das cernas do poemario, a capacidade para a rexeneración desa identidade en canto o que somos fronte ao conxunto de individuos. Un corpo no que se pousan as cronoloxías, as maneiras de mirar, o físico e o simbólico.
Dende ese corpo escribe Tamara Andrés, dende ese eu medran os versos precisos para enfrontármonos cun espello en forma de mar. Un espello que non é, como a nosa identidade tampouco ten a precisa estabilidade, móvendose entre ondas axitadas incapaces de ter a calma necesaria para vérmonos, para recoñecérmonos.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 12/11/2017