domingo, 30 de diciembre de 2012

El hombre mecido por el viento


Como una caricia consigue Emily Dickinson que sea su poesía. Una caricia turbadora a la que, pese su aparente fragilidad, uno puede sujetarse de manera firme para mirar a este mundo. En ocasiones, en muy contadas ocasiones, la literatura es la que nos otorga el valor necesario para mirar a los ojos a aquello que nos rodea. La poesía de esta mujer, que decidió no publicar sus escritos y recluirse en una habitación para desde ella mirar al exterior, es una de esas contadas ocasiones a las que antes me refería. Pequeños poemas cargados de una sensibilidad tan inusual como alentadora para el espíritu humano. Les aseguro que a nadie dejará indiferente la lectura de este breve poemario que la editorial Nórdica ha sacado a la luz en la primavera de este año. La mejor época para hacer florecer esos brotes rebeldes que parten de la naturaleza para acabar en un ser humano que, como la propia hierba del título de este libro: ‘El viento comenzó a mecer la hierba’ (tomado de unos de los poemas de su interior), aparece mecido por la propia vida.
En las diferentes colecciones con las que trabaja esta editorial, que cuida hasta el límite unos productos que, una vez en nuestras manos parecen joyas literarias brillando, tanto en su contenido como en su forma, alumbrando a nuestra mente. En esta ocasión los poemas de Emily Dickinson no están solos, sino cálidamente acompañados por la labor ilustradora de Kike de la Rubia, capaz de componer toda una escenografía que acompaña a cada uno de los poemas de una manera perfecta. Un tributo realizado más de un siglo después de su composición que no hace más que refrendar la capacidad de inspiración de un arte sobre otro, por muchos años que hayan transcurridos entre ellos.
Y son ya muchos esos años. Emily Dickinson forma parte de esa generación arrebatadora de la poesía norteamericana del siglo XIX, junto a Edgar Allan Poe o Walt Whitman. En este poemario se recogen veintisiete de esos poemas, pequeñas piezas de orfebrería que hacen de ese mínimo gesto un grito que nos conmueve y nos eriza la piel. Simples reclamos para entender cómo la belleza puede surgir de aquello más nimio, de pequeños pensamientos capaces de hacer saltar por los aires nuestra comprensión de este mundo que todos nos empeñamos en hacer más y más complejo. Un misterioso ejercicio que solo una mujer con las cualidades que poseía la autora podía desarrollar para sorpresa de los que, tiempo después de su escritura, han ido descubriendo a una poeta colosal que, afortunadamente, llega ahora a nosotros a través de diferentes medios, como lo pueda ser esta ya imprescindible edición que Nórdica ha sabido cuidar y conformar para que nos agarremos a ella y sintamos, sobre todo sintamos a partir de la fuerza irreductible de la palabra:
“Yo morí por la belleza/pero apenas estaba colocada en la tumba,/cuando uno, que murió por la Verdad,/fue tendido en un cercano lugar..." o "¡Qué bueno regresar a mis libros!/-término de los fatigados días-. Casi compensa la abstinencia, y el dolor se olvida con el placer..." son algunas de esas píldoras con que la autora abre al lector un torrente de sensaciones, pero sobre todo la pregunta en torno a cómo desde algo tan aparentemente frágil se puede provocar en el ser humano tantas y tantas cosas. Quizás la respuesta haya que buscarla en ese encierro, en esa distancia entre el mundo exterior y una habitación desde la que surgen unos susurros que, una vez fuera braman entre los árboles y las montañas, para lograr que las aves levanten el vuelo, o para dejar huellas en la nieve, pero sobre todo, para dejar huellas en el alma humana. El alma de un hombre mecido por el viento de la poesía.
 
Publicado en Diario de Pontevedra 30/12/2012

Memoria



Llevo una semana como el niño de ‘El sexto sentido’, es decir, viendo muertos por todas las esquinas. Es el resultado de encargarse de componer el obituario con el que se pone punto y final a nuestro trabajo a lo largo de todo un año. Un puzzle de caras y hechos en el cual, y enfrentado a todos esos rostros que van desde Tàpies a Niemeyer o desde Carlos Fuentes a Tony Leblanc, pasando por Manuel Fraga, Isaac Díaz Pardo, Basora, Mingote, Valentín ‘el castañero’, Joaquín Queizán, Chavela Vargas o Carrillo entre otros muchos, lo primero que debe hacer uno es dar gracias a quien sea por seguir por estos lares, por trascender a unos seres que con su vida han contribuido a confeccionar la nuestra desde sus diversas ocupaciones. Ellos ya no seguirán entre nosotros, pero su huella quedará para siempre adherida a nuestra memoria, al fin y al cabo lo único que somos: memoria. Eso a lo que han dedicado su esfuerzo, con independencia de su trascendencia, es parte tanto de lo que somos como de aquello en que nos convertiremos. Nadie duda de que las risas provocadas por Miliki, las canciones de Whitney Houston, las películas de Borau, la emoción de ver jugar al ajedrez a Ramón Escudeiro, las palabras de Marcelo Otero o la pintura de Leopoldo Nóvoa son la memoria de una vida, tan suya como nuestra.
 
 
Publicado en Diario de Pontevedra 29/12/2012

viernes, 21 de diciembre de 2012

La naturaleza como un rastro a seguir

Hasta el 10 de febrero el Centro Galego de Arte Contemporánea deja constancia del trabajo que, a lo largo de su vida, ha realizado Fernando Casás (Gondomar, 1946). Un amplio cuaderno de experiencias sobre el trabajo de un creador en cuyo fructífero  recorrido es muy difícil encontrar este tipo de registros. Su arte, creado desde el pensamiento de la propia naturaleza, se cobija bajo esa gran madre en la que pretende alcanzar toda su  plenitud, pero en esta ocasión el esfuerzo del creador y el CGAC subsanan esa cuestión con un efectivo y atractivo montaje.

Mientras recorro la exposición de Fernando Casás tengo la sensación de estar caminando por uno de esos cementerios indios que aparecen en los westerns de Hollywood. Hace pocos minutos que ha abierto el CGAC, en ese preciso instante no hay muchos visitantes, y el silencio, que se queda atrapado en las níveas paredes de Alvaro Siza, se convierte en el inesperado complemento perfecto para multiplicar esa sensación surgida del cine, tanto que uno parece oír cómo esas ramas, troncos o los diferentes materiales extraídos de la naturaleza, que aquí se insertan, aparecen ligeramente mecidos por el aire surgiendo de ellos una leve música. Esa música, una sinfonía espiritual de respeto a lo que representa la naturaleza, está siempre presente en el trabajo aparentemente silente de Fernando Casás, chamán de la naturaleza, ya que en cada una de esas obras continúa funcionando ese proceso que tanto llama la atención del creador y que va transformando la propia sustancia de cada una de esas piezas. Piezas que, como fragmentos de la naturaleza que son, ayudados por el elemento tiempo y las diferentes vidas microscópicas de su interior, continúan su proceso de evolución como metonimia del permanente cambio natural encarnado desde esos restos fósiles hasta las maderas carcomidas por la termita, o desde los retorcidos troncos hasta cualquiera de los restos que han partido de su estudio para formar parte de esta necesaria muestra. Necesaria por lo que tiene de valoración de un artista, además de profesor en la pontevedresa Facultade de Belas Artes, cuyo trabajo, en muchas ocasiones de compleja aproximación al espectador, no había tenido en su tierra de origen el respaldo que se merece; y por rescatar un gran número de trabajos y experiencias que nunca antes habían sido expuestas. En la mayor parte de las ocasiones su arte nace para agotarse en la propia naturaleza, un proceso de redención y retroalimentación que es muy complicado de llevar a un espacio expositivo. Es por ello que con buen tino desde la organización se plantea un recorrido por los rastros del Fernando Casás más íntimo, con muchos pequeños gestos que no hacen más que interiorizar sucesivas experiencias de mayor calado. De todas las maneras nos encontramos con piezas absolutamente impactantes como las pinturas de la primera planta, el monumental mural creado para la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América o esas cosmogonías que nos envuelven en un negro abisal y en las que parece que nos demos de bruces con nuestro origen. Y es que ese origen es la auténtica respuesta a todo lo demás, quizás a nosotros mismos, cuando éramos, simplemente, una posibilidad de futuro.

Publicado Diario de Pontevedra 16/12/2012
Fotografía CGAC

jueves, 20 de diciembre de 2012

As cousas de fóra dende dentro

‘O curioso mundo das persoas normais’ é un lúcido achegamento á mente dun home condenado a pasar toda a súa vida na habitación dun hospital.


Cando Diario de Pontevedra sacou á luz en abril de 2010 a historia de Agapito Pazos, un home que pasou 79 anos nunha habitación do Hospital Provincial de Pontevedra, ademais de dar a coñecer unha nova abraiante, o que fixo foi sementar o xerme da literatura na mente de Xosé Monteagudo. Abofé que a medida que ía lendo a noticia o seu maxín de escritor comezaba a bulir para artellar unha trama literaria. O resultado daquel intre chega agora a todos nós a través desta novela, na que o autor é quen de facer un achegamento tan respectuoso como cheo de lucidez cara o que representa o feito de pasar semellante número de décadas atrapado nunha habitación por unha enfermidade, sendo o único contacto co exterior o trato co persoal sanitario ou as visitas dos moitos que foron compañeiros de habitación.
Dende esas catro paredes observa Tomás a vida pasar, cheo de escepticismo ante o que non coñece, ante aquilo que nunca poderá ter na súa man, por exemplo a liberdade. Recluído por unha enfermidade, pero sobre todo polo abandono, non só da familia senón case que de toda unha sociedade. Xosé Monteagudo baséase no que se coñeceu de Agapito Pazos para compoñer a vida de Tomás e facelo dende unha perspectiva chea de ledicia, abofé que baseándose na inxenuidade que unha persoa así tiña que ter.
Afastado do que supón a vida fóra desas catro paredes, Tomás constrúe o seu propio espazo vital, unicamente suxeito ao exterior dende aquelas persoas que o rodean. A xente de fóra que ven visitar aos enfermos é a que lle leva as informacións, pero sobre todo as sensacións desa vida que transcorre fóra daquel espazo.  O bo e o malo. Porque Tomás é quen de diferencialo, así como de ver nas persoas aquilo que lle agrada ou desagrada. Pero como con quen pasa máis tempo é co persoal sanitario, será con eles cos únicos cos que se rompan certas barreiras, cos que busque ter unha relación de pai e fillo, cun médico; ou o máis preto que nunca estará ao que significa o amor cunha enfermeira; ou a amizade con aquel celador que se ocupaba de bañalo cada día dende a súa chegada ao Hospital e que o levou durante un par de xornadas fóra del para que descubrise algunhas cousas que calquera ser humano non pode  perder na súa vida, que se resumen nese horizonte dun mar que deixa abriado a Tomás.
A partires destas situacións Xosé Monteagudo vai configurando este percorrido por unha vida soñada a partires dunha realidade, para facer xurdir unha historia de imposibilidades e desexos, pero tamén de bágoas, recordos e descubrimentos, porque todo iso pode ter lugar nunha cama de hospital, en definitiva, alí onde exista unha vida humana. Dende todas estas situacións o autor acada o grande éxito da novela, como é o de poder levarnos ata esa mesma cama para que nos poñamos na pel dese home con quen a vida non foi nada xenerosa, mentres que a súa xenerosidade con ela foi máxima. Xosé Monteagudo converte aquela nova do xornal nunha historia de ficción conxugando os artefactos da literatura para que poidamos entender o que lle pasa pola mente a unha persoa tendida nunha cama ao longo de toda a vida. Un punto de vista que, lonxe de limitar a novela, fai recoñecer no seu autor esa capacidade que ten a propia obra para non verse limitada a esa habitación, botándose fóra dela e permitindo a Tomás que o aire fresco encha os seus pulmóns e a nós que tamén collamos aire e a distancia necesaria para coñecer a vida de Tomás.
A vida, como tantas veces adoita suceder, amosa caras non sempre amables para o home, destinos crueis ante os que só a literatura é quen de poñer algún pano quente. Un pouco de esperanza e ilusión.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo
Fotografía David Freire

Arte



Llega a mis manos un voluminoso diccionario que, coordinado por Juan Fernando de Laiglesia, y bajo el auspicio de la Universidad de Vigo y la Facultade de Belas Artes de Pontevedra, recoge las definiciones que numerosas personas relacionadas con el ámbito artístico entienden como apropiadas para explicar lo que es el arte. Una licenciatura en Historia del Arte, cursos de doctorado, cientos de escritos y lecturas sobre artistas y la presencia en numerosas exposiciones si para algo me han servido es para poder afirmar de manera categórica que no hay definición posible para aquello que se presenta como inabarcable. El hecho artístico como tal depende de un número tan amplio de circunstancias, la mayor parte de ellas alusivas a la sensibilidad del ser humano que, pretender pasar eso a letra supone una derrota de antemano para quien se enfrente a esa empresa, al tiempo que una victoria para las bondades del arte, ya que en ese espacio fronterizo radica su misterio y por lo tanto su capacidad de atracción y seducción. Este nuevo intento acepta esa premisa desde su origen y eso le beneficia, al liberarle y concederle la posibilidad de ofrecer un conjunto de perspectivas tan singulares como interesantes, no para definir, pero sí para reflexionar sobre lo que esas cuatro letras suponen para cada uno de los comparecientes, convertidos en entradas de un diccionario con vocación de ser arte en sí mismo.


Publicado en Diario de Pontevedra 15/12/2012
Fotografía David Freire

lunes, 10 de diciembre de 2012

El óxido de la existencia


Parapetado bajo su boina y tras sus gruesas gafas Manuel Aramburu significa pintura en Pontevedra. Creador, y maestro de numerosas jóvenes generaciones en esta disciplina artística, la pintura ha sido desde bien niño parte esencial de su vida. Recorrer el espacio que se le ha dedicado en el Museo de Pontevedra es recorrer esa existencia de la mano de esos hierros retorcidos, ajados por el paso de una vida y a la espera de quien sabe qué destino. Unos hierros que, amén de ser un ejercicio pictórico, se convierten en  un tratado sobre la vida y la muerte.
Durante varios años matriculado en la Universidad de Vigo penando un error en la elección de mis estudios pasé más tiempo en la cafetería de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales que en unas aulas llenas de asientos contables y fórmulas matemáticas que pretendían explicar las fluctuaciones económicas. De aquel tiempo poco saqué en limpio, pero si algo recuerdo con absoluta nitidez es un gran mural que colgaba de aquella cafetería. En aquel momento mis intereses artísticos eran bastante limitados pero sí que entre aquella imagen llena de amasijos de hierro mi mente disfrutaba de unos instantes de evasión y sosiego espiritual. Años más tarde conocí a Manuel Aramburu y viendo su obra me encontré con que aquel pintor había sido el autor del mural universitario. Nunca hablé con él de aquella obra y lo que significó en mi vida, pero sí que en alguna ocasión pretendí que me desentrañara el porqué de esa adicción al hierro como centro de su pintura. Y como suele suceder cuando buscas una respuesta desde la palabra de cualquier pintor ésta no me conducía a ningún lado. Siempre las respuestas están concentradas en sus obras y no hay nada más complicado que saber mirar. Y la pintura es, precisamente, saber mirar. El pintor a la realidad, para adaptarla a su forma de entender la pintura, y el espectador a una obra llena de claves sobre una vida.
Adentrarse en la exposición que Manuel Aramburu ha inaugurado en el nuevo edificio del Museo de Pontevedra supone encontrarse con las respuestas a toda una vida. Con el nacimiento, crecimiento, consolidación y madurez de un pintor que ha derivado en esa propuesta formal que es la chatarra, simplemente como la manera de desarrollar su comprensión de la pintura. El hierro, material con numerosas vidas, le permite reconstruir su propia vida para con el óxido definir una existencia. Buscar la belleza, aspiración máxima del pintor, donde no la hay y dotar así de una nueva vida aquello que ya había perecido. El extraordinario trabajo de comisariado de Tino Lores nos va a permitir rastrear cómo se llega a esta propuesta. Desde aquellos apuntes paisajísticos de los años cuarenta, pasando por los bodegones, o los espectaculares paisajes de O Paraño y todo ello para desde finales de los años setenta caer en esos paisajes insondables, en muchos casos, pletóricos de atmósferas y donde la imaginación es capaz de presentarnos infinitos significados. El dominio del dibujo, la extraordinaria paleta y el uso de la espátula son las armas que posibilitan este derroche de facultades que abruman a quienes pasen unos minutos entre todas estas obras que, como en una resurrección, parecen volver a la vida a Manuel Aramburu, algo que él mismo lleva haciendo desde hace muchos años, desde que entendió que una plancha de metal puede ser el paisaje más hermoso y evocador gracias al milagro de la pintura. El paisaje de una existencia teñida de óxido.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 09/12/2012
Fotografía David Freire

domingo, 9 de diciembre de 2012

Torito bravo



Afila los pitones el ministro Wert y, como un toro, que diría Jesulín, se lanza a embestir cualquier pañosa que le pongan por delante. Con el capote bien abierto le reciben los profesores que ven cómo esperan y se desesperan para cubrir unas substituciones que no existen; sale el caballo de picar y de su vara se cuelgan los principales afectados, unos alumnos que cada vez más se masifican en las aulas y que asisten perplejos al descenso de becas. Desde los chiqueros braman los consejeros autonómicos, de la misma ganadería del protagonista, con sus competencias transferidas, aplaudiendo en indisoluble armonía las acometidas del ministro. Tercio de banderillas. Los rectores clavan sus arpones airados por los recortes en sus Universidades. Inicio de faena y, muleta en mano, la educación pública cita de lejos cada vez más indefensa ante las medidas a favor de la educación privada. Con la espada en la mano para culminar la tarde y perfiladas en la suerte contraria, las comunidades autónomas con lengua propia asisten perplejas a la miopía que manifiesta el animal, incapaz de entender lo que significa la sensibilidad hacia los sentimientos de las diferentes tierras de la piel de toro. La suerte parece echada, pero el toro, crecido en el castigo, venderá cara su piel. Mientras este dantesco espectáculo continúa es nuestra educación quien se desangra a chorros.


Publicado Diario de Pontevedra 7/12/2012 

lunes, 3 de diciembre de 2012

¡Bendita inocencia!

El ‘mundo mundial’ ha cambiado mucho en estos diez años sin noticias de Manolito Gafotas. Ahora vuelve, eso sí, llámenle, ‘Mejor Manolo’

Diez años son muchos años para todos. Piensen lo que ha cambiado su vida en estos últimos diez años o, aunque no sea muy agradable, recuerden lo que era este país hace dos lustros y reflexionen en que nos hemos convertido hoy. Pues estos diez años son los que han transcurrido desde que la escritora Elvira Lindo dejara en reposo a una de las creaciones más audaces y frescas de nuestra literatura. Aquel niño de Carabanchel Alto, que responde al nombre de Manolito Gafotas, junto a su familia, posibilitan a la autora tener el punto de ingenuidad y descaro que siempre es necesario para aproximarse a la realidad, permitiéndole tratar muchos temas con la permisibilidad que solo se le concede a los niños para hablar alto y claro. Muchos elementos han cambiado en esta geografía social y humana que es una sociedad, también Manolito Gafotas ha cambiado. Él y su familia, tanto que hasta ha llegado un nuevo miembro, una niña de bucles dorados ‘la Chirli’, trasunto de una de las debilidades de la autora, como es la actriz Shirley Temple. Y es en el conjunto de esta sociedad, agonizante por una crisis llena de mezquindades, en la que surge el Manolito Gafotas adolescente, convertido en Manolo, como a él le gusta que le llamen, sabedor de que a aquel niño se le escapa la infancia y de que algo está cambiando a su alrededor. Pero Manolo si algo conserva es la inocencia, aún a salvo de ser ajada por la comunidad y el paso de los años. Esa inocencia es la que le permite mostrar esas aristas, cada vez más afiladas, que se hunden en nuestras entrañas para modificar nuestra realidad: la burbuja inmobiliaria, la crisis de las cajas, las huelgas y los recortes, la visita del Papa, el uso de los móviles en los menores y hasta Iñaki Urdangarín tienen cabida en esta radiografía de lo que hoy somos con el poso feliz de lo que fuimos.
Evidentemente no se podría entender al personaje sin esa fina sutileza en que se convierte su humor, un desengrasante de la realidad al que cada vez menos acudimos para aliviar nuestras miserias en la vida real y que la literatura y Elvira Lindo nunca dejan de lado como buen sinónimo de inteligencia. Manolito Gafotas, perdón, Manolo, con sus reflexiones rara vez no va a dejar en nuestra cara el esbozo de una sonrisa, el reflejo de un ingenio que le hace aproximarse a la vida de una manera tan brillante que muchos mayores deberían copiar como forma de relacionarse con la sociedad, aquí planteado desde su ámbito de amistades, con los incomparables Orejones y Yihad; o la evolución del trato con su familia, desde su madre o su padre hasta su abuelo, cada vez más mayor y con más dificultades para el cuidado de sus nietos, lo que hace que Manolo adquiera un mayor grado de responsabilidad, sobre todo por la presencia de la nueva de la casa, ‘la Chirli’, y por último, su especial relación con su hermano menor, ‘el Imbécil’, como siempre le hemos conocido.
Entre todos ellos se compone el fresco de esta España nuestra, cada vez más gris y lineal en el pensamiento general. Tras leer ‘Mejor Manolo’, uno no entiende cómo hemos podido estar tanto tiempo huérfanos de este muchacho, de este joven que comienza a entender el mundo al que sus padres le hicieron llegar en un momento de esperanza y futuro y en el que ahora ese futuro se ha convertido en un presente tan imperfecto en el que solo lúcidas miradas como las de Manolo y “la autora que escribe lo que él le cuenta”, pueden ofrecer algo de luz entre tanta oscuridad. El libro termina lastrado por esa ‘realidad real’ que hace madurar al protagonista, frente a la opción de la autora, y una cierta desesperanza que solo el tiempo y la evolución de los acontecimientos podrán mudar en sucesivas entregas de esta brújula infantil que se ha hecho mayor.



Publicado en Diario de Pontevedra 2/12/2012 y El Progreso de Lugo 1/12/2012

Culturfesta

Libros e máis libros, pero non só libros, tamén escritores, músicos, actores, títeres, xogos, cantantes, cómics cociñeiros, faladoiros, concertos, editoriais... todo iso e moito máis, ben axitado nunha cocteleira, é a festa da nosa cultura, o Culturgal. A ledicia maior que pode ter un pobo é a de gabarse da súa cultura, facho irrenunciable de calquera sociedade que se teña por tal e que confíe nos seus individuos. Hoxe estamos a ver como non son poucos os atrancos para que esa cultura agrome en todos os cidadáns, e así poder sustentarse nela nestes tempos de derivas vitais e existenciais de moitos homes e mulleres. Facer festa da cultura supón, nesta situación, ir máis aló desa reinvindicación propia de calquera pobo, xa que se vai converter nun berro de resistencia fronte ao terreo ermo que espreita ás nosas mil primaveiras máis. Esta verbena a carón do Lérez, no mellor espazo que un pode imaxinar, xa é unha cita obrigada para todos aqueles que se teñan respecto a sí mesmos e, como membros dunha colectividade, séntense orgullosos desa situación. Os que o coñecen xa saben todo o que se agocha no Culturgal, os que aínda non foron nunca, vaian, vexan, sintan, gocen o que significan as nosas músicas, contos, novelas, deseños ou ideas, pero por riba de todo a nosa forma de mirar ao mundo e a nós mesmos.

Publicado en Diario de Pontevedra 1/12/2012

viernes, 30 de noviembre de 2012

Un 'Cervantes' navegando por la ría de Pontevedra



El poeta recién galardonado con el Premio Cervantes tiene también su conexión con nuestra ciudad. Como tantas y tantas veces, el gran embajador pontevedrés, el inolvidable (aunque por muchos lo parezca) doctor José Luis Barros Malvar fue el culpable de que el jerezano cambiase el Mediterráneo por las aguas Atlánticas. Una de sus pasiones, la náutica, tuvo en la ría de Pontevedra el marco de sus andanzas durante sus visitas a la zona de Udra, en Bueu, en la que el cirujano tenía su residencia, un lugar en el que muchos de los grandes nombres de la cultura del pasado siglo en España tuvieron un rincón seguro para el refugio y la ‘curación’. «Mi sanador mi compañero el más republicano de los perdedores el ilustrado disidente de los foros políticos que culminaban en etílicos...», así se refiere el poeta a su cómplice pontevedrés en el que él mismo ha dicho será su última obra, ‘Entreguerras’, un libro en verso que repasa su vida y del que el doctor Barros Malvar no podía estar ausente. Como tampoco lo estuvo en su libro de memorias ‘La novela de la memoria’, editada recientemente por Seix Barral, y en la que queda clara esa íntima unión en tiempos oscuros por las calles de Madrid, entre artistas y gitanos, en desafío permanente a un ambiente donde cierta intelectualidad debía moverse a escondidas, sofocando sus pasiones entre fandangos, faldas y licores, era la “España zaragatera y triste, de cerrado y sacristía” de la que habla el poeta en ese imprescindible ejercicio memorialístico.
Del mismo modo, en el ‘Libro de los Amigos de José Luis Barros’, Caballero Bonald certifica los treinta y cinco años de experiencias comunes: “Hemos andado juntos por París, por La Habana, por Mallorca, por sus tierras de Pontevedra y Bueu y por las mías de Jerez y Sanlúcar.” Experiencias que, para esta ciudad, tuvo en una noche del mes de marzo de 1973 una de sus más curiosas citas mezclando cultura y amistad sobre las tablas del Teatro Malvar.
No se caracteriza nuestra ciudad precisamente por ser un gran foco flamenco, ni se sabe de una tradición interesada por este género musical, pero el 17 de marzo de 1973, José Manuel Caballero Bonald, acompañado nada más y nada menos por el bailarín Antonio Gades, participó en una velada organizada por el Liceo Casino, del que era presidente otro inolvidable pontevedrés, el constructor José Malvar, primo del doctor Barros, junto al que, a buen seguro, planificó esa actuación. En ella, Caballero Bonald, también profundo experto en el cante flamenco, impartió una conferencia ‘Introducción al baile español y al flamenco’, palabras que el famoso bailarín escenificaba.
En el día del reconocimiento el premiado habrá navegado por su vida, pensando en todo lo escrito y lo vivido, ya que todo ello es el motivo de esta recompensa largo tiempo esperada, por los más que sobrados merecimientos del que sin duda es el mejor poeta español. Entre ese recuerdo las aguas de esta ría nuestra habrán agitado la presencia del médico y embajador pontevedrés, el sanador que, bajo su elegante capa, habrá brindado por el poeta.


Publicado en Diario de Pontevedra 30/11/2012
Fotografía Camilo Gómez/Archivo Diario de Pontevedra
Antonio Gades, José Manuel Caballero Bonald y el constructor José Malvar en el Teatro Malvar de Pontevedra

Siete miradas

La Fundación RAC en la calle Sarmiento nos propone durante los próximos meses una inmersión en sus tan variados como inteligentemente variados fondos para rescatar de ellos la obra de siete creadores imprescindibles para entender el arte actual. Siete miradas que reposan en estas instalaciones para aproximarnos a esa realidad tantas veces compleja e incluso distante con el espectador, pero que a poco que se le otorgue una pizca de confianza te devuelve un caudal de sensaciones de las que será muy difícil desprenderse.


Sus obras son parte de algunas de las mejores citas artísticas del año. Nombres de creadores con los que uno se encuentra cada vez que ojea una revista artística o acude a la convocatoria de algún centro cultural preocupado por escrutar la realidad de este momento artístico tan diverso como apasionante. A ellos normalmente tenemos que acceder tras realizar numerosos kilómetros y desplazarnos durante varias jornadas. En las próximas semanas en Pontevedra tenemos la ocasión de acercarnos a varios de esos creadores reclamados internacionalmente y de los que en nuestra ciudad la Fundación Rosón de Arte Contemporáneo se ha hecho eco como parte de su colección.
Son ya cinco años los transcurridos desde la puesta en marcha de este proyecto artístico que debería llenar de orgullo a esta ciudad, por lo que supone de visibilización de un arte que en nuestra geografía no tiene demasiadas oportunidades. Y es que sus fondos con cerca de trescientas piezas son reclamados habitualmente desde diferentes instituciones para ser referente en muestras de lo más variado.
Y  de esos fondos es de los que se nutren varias de las exposiciones que se nos han propuesto desde la entidad que dirige Carlos Rosón. En esta ocasión la muestra ‘Monocromo’ elige siete de esas piezas con la suficiente contundencia y potencia como para organizar una exposición realmente interesante para explorar esas vías tan difusas como atractivas que nos suele proponer el arte contemporáneo. Sus creadores: Tacita Dean, DJ Simpson, Imi Knoebel, Karin Sander, Joao Louro, Iván Navarro y la coruñesa Ángela de la Cruz. Y por esta última debemos empezar, ya que desde aquella espectacular exposición organizada por el MARCO en el espacio Anexo no habíamos vuelto a ver por su tierra el trabajo de esta mujer que ha sido la primera española finalista de ese mediático premio como es el Turner. Algo que la va a marcar ya para siempre, y que en esta muestra exhibe una espectacular pieza en la que parece imposible que con algo tan simple se pueda transmitir tanto. Esta cualidad, la de transmitir a partir de expresiones casi mínimas, es un elemento que conecta a las piezas aquí seleccionadas. Las incisiones en la obra de DJ Simpson, o las aristas de la de Imi Knoebel o el profundo azul de la pieza de Joao Louro y como no, esa impresionante serie de Tacita Dean, te atrapan en una especie de espiral de lo mínimo, de cómo el arte es capaz de atisbar espacios donde aparentemente no hay nada y que, como si de agujeros negros se tratasen, te absorben e incrustan en su interior.  Y es que en esa incisión realizada en la superficie roja del lienzo de Ángela de la Cruz se esconden tantas cosas... ¡Atrévanse a mirar! ¡Atrévanse a sentir!


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 25/11/2012
Fotografía David Freire

martes, 27 de noviembre de 2012

La hija de la guerra


Cualquier guerra deja víctimas. Muchas de ellas son anónimas. Masas de personas aniquiladas que nunca pasarán a la historia más que como parte de una fría y siniestra estadística. Otras sí que tienen nombre, y también apellidos. Una de estas últimas fue Ana Mladic la hija de uno de los generales de la Guerra de los Balcanes, Ratko Mladic, quien, con tan solo veintitrés años decide acabar con su vida pegándose un tiro en la cabeza con la pistola preferida de su padre. La escritora Clara Usón reparó hace algún tiempo en la historia de esa mujer y lo que al principio no debía de pasar de un relato quizás íntimo y lleno de preguntas sobre esa mujer, acabó siendo ‘La hija del Este’, una gran novela que radiografía, no solo una vida y lo que conforma su entorno más inmediato, sino que también busca reflejar los acontecimientos que, en la década del siglo XX, se convirtieron en una vergonzosa herida para la lustrosa Europa, incapaz, como ahora mismo, de buscar soluciones a sus problemas.
Leyendo ‘La hija del Este’ el lector se hace una composición de lugar de aquellos lúgubres acontecimientos que quizás la prensa, cargada de maniqueísmos, verdades a medidas o simplificaciones, no ha sabido ofrecer a la sociedad. Clara Usón bucea a fondo en las distancias étnicas entre croatas, serbios y bosnios, sus diferencias religiosas, sus heridas históricas, su incapacidad por convivir y las decisiones dramáticas, en la mayor parte de los casos, de unos dirigentes mesiánicos que no dudaron en arrastrar a su pueblo a una guerra que solo buscaba aniquilar al vecino, al mismo tiempo que pasar ellos a una historia que lentamente les va situando en su lugar, lo que no es más que la galería de los horrores de este continente.
Dentro de ese paisaje que, de manera nada farragosa, va exponiendo la autora, es el perfil humano de Ana Mladic el que acaba imponiéndose, el que nos permite ir respirando, en ocasiones, por lo que significa una mujer que lucha por la vida dentro de ese clima de muerte. Veintitrés años fueron suficientes para intentar vivir, para convertirse en un ser popular, querido y admirado que, en el silencio de una noche, dijo basta, condenando a su padre, al que idolatraba, pero del que debido a diferentes situaciones fue conociendo su verdadera cara, a un futuro de odio y frustración que culminó en la espiral de violencia que tuvo su punto máximo en la matanza de Srebrenica en la que doce mil hombres bosnios fueron ejecutados. Entre todos esos disparos en el interior de Ratko Mladic retumbaba aquella detonación que acabó con la vida de su hija. Su hijo, como el la llamaba en un rasgo de aceptación de su primogénita como su favorito, como ese ser en el que su crueldad se calmaba al llegar a su hogar. Un instante de paz dentro de la deriva a la que sus acciones condenaban a todo un país y una región.
Su cuarta edición viene a confirmar las expectativas sobre una autora que ya lograra el Premio Biblioteca Breve de Novela en 2009, convocado por la Editorial Seix Barral, con la obra ‘Corazón de Napalm’. Esa misma editorial es la que publica este libro en el que la desgracia de un ser humano condenado por su apellido nos arrastra de manera frenética por uno de los capítulos más negros de la indolente Europa. Una manera de conocernos a nosotros mismos a través de un sonrojante episodio convertido, gracias a la pericia de la autora, en un fresco de una época en la que un siglo remataba y lo hacía repitiendo errores pasados, con unos personajes capaces de manipular a todo un pueblo a partir de la alusión a su identidad nacional y la exacerbación de esos sentimientos, y ahí, el apellido Mladic tuvo mucho que decir, para desgracia de una joven y de todo un país.


Publicado en Diario de Pontevedra 25/11/2012 y El Progreso 24/11/2012

domingo, 25 de noviembre de 2012

Best sellers



Con la Navidad a la vuelta de la esquina no hay editorial que no quiera tener a sus primeros espadas con su reluciente libro en los escaparates de toda España. Junto a Juan Manuel de Prada y Arturo Pérez Reverte, dos polos tan opuestos como unidos por la causa, este año su mismísima Santidad no se ha querido quedar fuera del best seller navideño y presenta su libro, ‘La infancia de Jesús’. El título no es que genere demasiadas emociones, ya que de Jesús si algo nos atrae es su vida adulta: los milagros, María Magdalena y el sacrificio. Tres patas argumentales imparables en cualquier carrera de ventas, pero la infancia de Jesús, pues que quieren que les diga, no parece de lo más llamativo. A los niños, la bondad, como el valor al soldado, se le presupone, ¡cuánto más bondadoso será el hijo de Dios! ¿Y qué es una novela sin una pizca de maldad? Poquita cosa. Quizás por eso al autor no se le ha ocurrido otra cosa que asumir él mismo el rol de malvado, pulcro y níveo, puesto de moda por el Bardem antiBond para, de un plumazo, borrarnos la mula y el buey de la idílica imagen del portal. Uno, que ya no cree en los best sellers y cada vez menos en la Navidad, lo único que espera de estas fechas literarias es el nuevo poemario de Felipe Benítez Reyes, y es que a este mundo cada vez le hace falta más poesía y menos best sellers.
Publicado en Diario de Pontevedra 24/11/2012

jueves, 22 de noviembre de 2012

«En tiempos de crisis no hay nada mejor que envolverse en una bandera»

Acaba de estrenar la cuarta edición de su novela ‘La hija del Este’, un fenómeno literario en el que se narra la historia de Ana Mladic quien, con tan solo 23 años, se descerrajó un disparo en la cabeza. A partir de las 19,30 la autora conversará con sus lectores en la Librería Cronopios

Será la primera vez que visite Pontevedra, un lugar plácido muy alejado de la actual efervescencia electoral que se vive en su tierra, Barcelona, y mucho más distante de lo que supuso uno de los capítulos más sonrojantes de la reciente historia de Europa: la Guerra de los Balcanes. Ese es el paisaje elegido por Clara Usón para su última novela ‘La hija del Este’, en cuyo interior germina la historia de una muchacha Ana Mladic, hija del general Ratko Mladic, el ejecutor de la matanza de Srebrenica. Un apellido que marcaría su corta vida así como el de todo un pueblo.
¿Cómo se sintió tras acabar una novela de este calado?
Pues muy contenta y muy aliviada por haberla acabado. Cuando proyecté escribir sobre Ana Mladic pensaba en una obra mucho más modesta de setenta páginas más o menos, y así se lo comenté a mi editora. Pero tras investigar e investigar decidí que quería contar muchas más cosas y que además de la tragedia personal de la protagonista y su familia, era necesario que contase la tragedia colectiva de los Balcanes. Posteriormente la satisfacción se completa cuando la gente que la lee está contenta del resultado, la crítica habla bien y se alcanza una cuarta edición.
¿Qué es lo que más le ha llamado la atención sobre esa mezcla de pueblos e identidades?
Lo que más me interesaba era estudiar cómo los políticos manipulan a la población usando sus instintos emocionales. Cómo los políticos consiguen aglutinar a la gente tras ellos. Y esto lo estamos viendo ahora. Y no es manejando estadísticas o prometiendo una rebaja de impuestos, sino apelando a esos sentimientos más profundos y eternos como la nación o la identidad nacional. Aquí, donde yo vivo, está sucediendo. Parece algo inevitable en tiempos de crisis. Lo vimos en los años treinta en Europa, en la Yugoslavia pos Tito con unos políticos corruptos e ineficaces que no aciertan a dar con la solución, o un pueblo que no vislumbra una salida. Entonces no hay nada mejor que envolverse en la bandera y señalar un culpable que siempre es otro.
¿Europa todavía no se ha avergonzado lo suficiente por su papel durante ese conflicto en pleno corazón de Europa?
Hay una cita al principio del libro de Hegel: «La historia nos enseña que los pueblos y sus gobernantes nunca han aprendido nada de ella», y ahora veo cómo se repiten los populismos, la extrema derecha... En cualquier momento de la historia podemos dar un paso atrás. Hay que estar alerta y no dejarse embaucar por los charlatanes. El caso de Grecia ha vuelto a resquebrajar a la frágil Unión Europea, y se repite el mismo patrón de siempre. Se reúnen, se reúnen y se reúnen y no se ponen de acuerdo en nada y la situación se va pudriendo. Da la impresión de que Europa es un sueño, que los diferentes sentimientos nacionalistas impedirán que Europa llegue a ser una realidad. Siempre volvemos al nacionalismo y al populismo, por un lado la lucha por unir Europa y por otro las pulsiones por disgregarla, algo similar a lo sucedido en aquella Yugoslavia.
¿Quizás la literatura sea ahora la que mejor puede acercar a la sociedad lo ocurrido?
Es algo que me comenta mucho la gente, el que la novela le ha servido para tener una idea más clara del conflicto de los Balcanes, Y para mi sorpresa tanto serbios, como bosnios o croatas me han dicho que mi historia es un buen reflejo de todo aquello. Un periodista que estuvo los cuatro años en Sarajevo la leyó dos veces y se emocionó mucho. Un regalo inesperado.
¿Qué le interesó de la historia de Ana Mladic?
Me llamó la atención ese drama personal, el de una joven guapa, simpática y popular, a punto de ser cirujana. Lo tenía todo y, tras un viaje de fin de curso a Moscú, algo ha cambiado, es otra persona, y una noche se pega un tiro con la pistola preferida de su padre, de la que él mismo dijo que solo utilizaría para festejar el nacimiento de su primer nieto. Un elemento con una potente carga simbólica. Era un mensaje para su padre: Me mato por tí. Quedando en el libro muchas preguntas sin resolver: ¿se puede heredar la culpa? ¿fue un sacrificio por su padre, para que recapacitase y dejase de matar?
Literariamente, ¿qué le preocupaba a la hora de resolver el equilibrio entre realidad y ficción?
Reflexionar hasta qué punto tiene uno derecho o no a ficcionar sobre seres reales, y lo que significaba un mayor desafío: contar esas dos historias, la personal de Ana Mladic y la colectiva de la antigua Yugoslavia de forma armónica, sin grandes disertaciones históricas y de manera entretenida. Se convirtió en el reto de contar una novela de dimensiones épicas desde la perspectiva del siglo XXI.

Publicado en Diario de Pontevedra 22/11/2012

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La ciudad como paisaje

Durante el mes de noviembre y dentro de las diversas actividades desplegadas por la Fundación Cuña-Casasbellas dentro de su Brumario Poético se enmarca esta exposición de Cecilio Chaves en la sede pontevedresa de la Galería Sargadelos, en la que podemos contemplar una serie de paisajes urbanos, con Vigo como realidad para la reflexión, y con la luz como motivo desde el que articular un trabajo que sorprende por la capacidad del artista para captar toda esa geografía urbana, llena de detalles y llena de sugerencias pictóricas.


Se esconde el sol por el horizonte que se agota en la ría de Vigo. Una luz amarillenta baña a toda la ciudad. Ese es uno de los momentos que escoge Cecilio Chaves para atrapar con sus pinceles un instante de nuestra realidad, en este caso de un Vigo que emerge como un gran paisaje, una geografía humana configurada a lo largo de los siglos y que hace de la ciudad paisaje y motivo de este autor. En su trabajo van a ser tres los elementos que van a definir su pintura de manera destacada. Por un lado el encuadre, por otro la luz, y en tercer lugar ese perfil urbano que sirve de excusa para hacer de la pintura un modo de expresión y representación, defendida por Cecilio Chaves como un compromiso con una disciplina artística de tan largo recorrido histórico y que en muestras como esta asume su primigenio protagonismo frente a competencias que han llegado hasta ella a última hora.
Encuadre | Acota el autor de manera clara cada una de sus imágenes, ofreciendo así una perspectiva fotográfica. Con independencia de su tamaño, cada mirada a la ciudad se presenta como parte de una colección fotográfica, un conjunto de instantes que se van acolmatando en las paredes de la tan necesaria galería Sargadelos como un recorrido por la propia ciudad, siempre reconocible a través de la mirada realista del autor que defiende dentro de su pintura frente a otras tendencias en las que prima el componente abstracto.
Cecilio Chaves, como todo buen pintor, va a convertir a la luz en uno de sus grandes recursos. El gran generador de matices entre unas piezas y otras, e incluso, dentro de la propia obra. Luces que nos sitúan en los diferentes momentos del día, en horas desde las que la ciudad muda su fisonomía para presentarse de una manera u otra ante un espectador que se encuentra situado en un mirador privilegiado ante el protagonismo que toma la ciudad como único actor de la composición. Estamos ante la urbe entendida como un paisaje humano en el que curiosamente no vemos ninguna figura que remita directamente a esa presencia, pero sin embargo, y esa es la magia de la pintura, el autor es capaz de hacernos intuir que esa presencia de una u otra forma se encuentra en esas superficies. Detrás de esas ventanas, trabajando en esos astilleros, o caminando por unas calles aparentemente vacías sabemos que hay alguien. Una situación que nos acerca más a las piezas, provocando una tensión entre paisaje y espectador, al generar esa sensación de desasosiego, de aparente calma situada en el interior de una ciudad que en su acumulación debería mostrar un perfil mucho más dinámico y febril. Unos espacios a los que esa luz, anteriormente comentada, otorga una atmósfera que les hace aparecer suspendidos en el tiempo llevándonos a pensar en sensaciones similares a las que obtenemos de pinturas como las de Edward Hooper, aunque sustituyendo espacios íntimos y privados por la dimensión de una ciudad, aquí convertida en un laboratorio. En una visión en la que arquitectura y ese perfil urbano de Vigo definen a la ciudad como paisaje.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/11/2012

martes, 20 de noviembre de 2012

Saul Bass. El cartel hecho arte

De su mente y de sus manos salieron algunos de los carteles más hermosos de la historia del cine. Carteles y títulos de crédito que significaron un antes y un después en este aspecto creativo al integrar una profunda perspectiva artística al diseño de la cartelería. Muchos de los directores más prestigiosos de Hollywood, entre ellos, Alfred Hitchcock, Otto Preminger, Billy Wilder o Martin Scorsese se sirvieron de sus diseños para anunciar sus películas. El Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge una exposición con un gran número de estos carteles. 

  
Hollywood. La colina mágica en la que los sueños se pueden convertir en realidad fue un importante reclamo, no solo para directores o actores, sino también para personas que desde su creatividad podían aportar mucho a la industria cinematográfica. Saul Bass fue uno de aquellos hombres que cruzaron los Estados Unidos desde su Nueva York natal hasta Los Ángeles para continuar trabajando en el mundo publicitario. Era el año 1946 y Hollywood era un edén en blanco y negro donde la maquinaria de producción del sistema establecido por los diferentes estudios acercaba al público mundial el mejor cine hecho nunca en cualquier punto del mundo.
En 1950 Saul Bass abre su propio estudio publicitario. Cuatro años más tarde el director de cine Otto Preminger le encarga el diseño del póster para su película Carmen Jones. Ese encuentro, de mano de uno de los grandes directores de Holywood significó, por un lado, el inicio de una fértil relación que se mantendría en espléndidas películas como ‘Buenos días, Tristeza’,  ‘Anatomía de un asesinato’, ‘Éxodo’ o  ‘El hombre del brazo de oro’, entre otras; y por otro, por ser su forma de entrada a ese universo hollywoodiense. Tras Preminger llegaron otros grandes directores Alfred Hitchcock (‘Vértigo’, ‘Con la muerte en los talones’, ‘Psicosis’), Billy Wilder (‘La tentación vive arriba’; ‘Uno, dos, tres’), Stanley Kubrick (‘Espartaco’), William Wyler (‘Horizontes de grandeza’) o Martin Scorsese (‘Uno de los nuestros’, ‘La edad de la inocencia’ o ‘Casino’). Un listado que podría extenderse hasta el final de estas líneas pero que es más que suficiente para entender el calado de sus propuestas.

Geometría y color |La sala Picasso del madrileño Círculo de Bellas Artes acoge hasta el 13 de enero muchos de estos carteles originales que forman parte de la colección particular del director teatral y cinematográfico Gerardo Vera, quien, además de demostrar su gusto en la mayor parte de sus trabajos artísticos, los viene a confirmar con esta extraordinaria colección que hará las delicias de los amantes del cine y también del diseño. A la vista de sus trabajos, tanto sobre el papel como con la continua emisión en la sala de varios de los títulos de crédito que él mismo se encargó de diseñar accedemos a un universo que, pese a su formación norteamericana se ve influida por las corrientes europeas de diseño establecidas desde la Escuela de la Bauhaus, así como en las derivas del Constructivismo ruso. El uso de elementos geométricos, la valoración del color (que tanto echamos de menos en esta página por el obligado uso del blanco y negro), son el sustento de ese universo tan propio como singular dentro de lo que ha sido el diseño de carteles, que, a partir de este creador, ha sido, sino copiado por muchos, sí muy imitado. La exposición está llena de detalles y matices que solo recorriéndola  se pueden rescatar, como un cartel de ‘La lista de Schindler’ que los productores se negaron a distribuir por parecerle demasiado agresivo. Aquí todo es sofisticación y elegancia, y todo a través de unos carteles en los que casi se puede ver el propio cine.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 18/11/2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

Tan frágiles como éramos

La Guerra Civil, la Transición y la crisis económica más importante de la historia de este país, son los tres paisajes con los que Luis García Montero conforma un único paisaje que aparece definido por el ser humano. Si en su dilatada y reconocida labor poética todo gira en torno a la persona, en la prosa no podía ser de otra manera y en esta novela el autor apuesta decididamente por el ser humano y por retratarlo en una secuencia de aprendizaje a cargo del hombre mayor que asiste a una nueva realidad que se abre ante él. Por un lado la establecida por un mundo donde nadie se encuentra cómodo, y por otro, un hijo que comienza a volar solo, a prescindir de las figuras familiares, haciendo de su independencia el canto de cisne de una época, como antes lo fue la de la generación de su padre.
Con su primera novela ‘Mañana no será lo que Dios quiera’ Luis García Montero se lanzaba a la novela, pero lo hacía con una red bajo él, como es la vida que se narraba en ella, la del poeta y amigo Ángel González. Ahora esa red ha desaparecido y el narrador ha soltado amarras para refugiarse en un talento de sobra reflejado en su obra poética, de ahí que uno se pregunte ¿qué lleva a un hombre como él a adentrarse en un territorio indómito y con evidentes complejidades, cuando con lo conseguido en el universo poético tendría ya mucho hecho? Pero tras la lectura del libro titulado ‘No me cuentes tu vida’ uno entiende la imposibilidad de afrontar lo que ahí se quiere contar desde la poesía. La narración permite, más que buscar simbolismos literarios, evidenciar una realidad, reflejar una situación de crisis que sirve de afrenta permanente al ser humano, degradándolo hasta límites insospechados. Un discurrir de personajes y paisajes que tiene en esa forma de imbricar los diferentes discursos su mayor acierto a la hora de presentar la historia al lector.
Y hablo de acierto por que esa unión de tiempos y escenarios no parece ser nada fácil, pero aquí van confluyendo ambas a través de la presencia de un libro que Juan, el padre de Ramón, construye como el mismo dice “midiendo las distancias”, para intentar explicar su vida a un hijo que no quiere saber nada más allá de lo inmediato, pero que además sirve al padre para reflexionar e intentar entender, con la pátina del tiempo, aquellas situaciones pasadas que uno pretende siempre que no se repitan en los vástagos, en el caso de que hayan sido negativas.
Discusiones generacionales que desembocan en nuestro tiempo rompiendo vínculos afectivos y, como una torrentera, adentrándose en esta corriente actual donde cada vez más el ser humano se encuentra contra las cuerdas dentro de una sociedad que aumenta su insolidaridad para que nos separemos definitivamente de un tiempo pasado donde las relaciones humanas, y sobre todo las familiares, servían de firme sostén ante los adversos acontecimientos. Nuestro tiempo de crisis, de mezquinos intereses económicos, no entiende ya de estos lazos y el ser humano se encuentra a la intemperie, asumiendo una fragilidad cada vez más solitaria.
Luis García Montero como novelista acciona las teclas necesarias para que entendamos página a página que tiempos, generaciones e historias no son tan diferentes, que aquella machadiana sentencia de que “La condición humana nos iguala a todos”, se hace extensible a cualquier periodo de nuestra historia. El poeta nos sorprende como novelista, ya sin red, ya seguro de plantear un largo relato de precisa y preciosa calidad, donde su vida aparece camuflada a partir de experiencias propias, viajes iniciáticos, conversaciones y encuentros que marcarían un futuro entre versos ahora convertidos en firme prosa.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/11/2011

domingo, 18 de noviembre de 2012

Cota


Hundo mis pies en la arena y dejo sobre ella pequeños abalorios, alguna fruta exótica y un licor de alta graduación en señal de bienvenida. No se me ocurre otra forma de darle acogida a Rodrigo Cota en este lugar recóndito que es la última página de un periódico. Y lo hago así, como habrían hecho aquellos seres con taparrabos que dieron la bienvenida al paraíso a Colón. Yo si por algo conozco a Cota, sobre todo antes de firmar en este periódico, es por su defensa de la teoría del Colón gallego, algo así como un de la Riega de la posmodernidad, lo que para alguien con título de historiador no deja de ser un hermoso sueño y que cuando asoma Pedro Madruga se convierte en delirio. Si algo aprendí de mis profesores es que para confirmar una teoría hace falta un argumento irrefutable, y ese no es más que un ‘papeliño’. Ya encendida la mecha que nos dará juego en las próximas décadas, reconozco en el Cota posdiario la revelación del gran exégeta de los plenos locales, lo cual no es moco de pavo tal y como está nuestro patio político. Desde que el Teatro Principal sube a nuestros ediles al escenario nadie ha sido capaz de ver el espectáculo como aquellos antiguos griegos asistiendo a un drama piosordo: lo que empieza a ser trágico acaba convertido ante el lector en una sátira. Cota es capaz de eso y más, en este nuevo mundo lo comprobarán.


Publicado en Diario de Pontevedra 17/11/2012
Fotografía Rafa Fariña

jueves, 15 de noviembre de 2012

A vida inscrita nunha espiral

Sempre é unha boa nova para a literatura galega a saída á luz dunha nova novela de Manuel Rivas. O seu tirón mediático é un pulo para o eido editorial, así como para os seus miles de lectores, que sempren esperan gozar da súa escrita. Agora,  todos eles, todos nós, estamos de noraboa. ‘As voces baixas’ recupera ao mellor Manuel Rivas, capaz de falarnos ao oído dende ese senso da oralidade, é dicir, o trasfondo da nosa tradición narrativa agora inscrita na súa propia vida chea de descubrimentos e de ledicias, pero tamén de dores e ausencias.


Cada vez teño máis claro que un escritor ofrece o mellor de si mesmo cando se refuxia na súa propia vida, cando escarva nesa especie de espiral íntima que é a existencia de cada un. Ocorreume cos mellores libros que teño lido, ou polo menos cos que eu máis gocei do feito literario nos últimos tempos. Cando Paul Auster pon ante nós o seu ‘Diario de Invierno’ ou cando Marcos Giralt Torrent se abre en canal en ‘Tiempo de vida’, estamos ante un afianzamento desa relación que se debe establecer sempre entre o escritor e o seu lector. Fronte a fronte, sen ficcións ou distraccións que nos poidan despistar daquilo que é o feito singular da literatura, a capacidade de narrar, de contar historias como xa facía o home primitivo nas súas cavernas mentres a sombra do seu corpo, alentada polo lume que o protexía do frío, xogaba polas paredes co valor da palabra.
Manuel Rivas, tras varias novelas que camiñaron por diferentes territorios, regresa a ese refuxio que sempre é a cova da vida, onde as sombras, moitas veces sinistras se afunde cos sorrisos que normalmente xorden da convivencia grupal. Dese xeito, Manuel Rivas percorre coa palabra ese circo concéntrico labrado na nosa mente e tamén na nosa historia. Esas superficies graníticas onde un grande escritor ergueu o primeiro gran relato galego. Unha liña na que Manuel Rivas  sustentou moito do seu propio eu persoal e literario, que agora se enfrontan nun relato engaiolante e que amosa o seu gran talento para a escrita, algo que xa sabemos todos e ninguén dubida nunca. Ao que me refiro é a que neste tipo de narracións é onde máis brilla o noso escritor, nesa escolma da memoria, a tradición e hasta o anecdótico é onde Manuel Rivas se erixe como un grande escritor. Dende aqueles relatos que compuxeron ‘Que me queres amor’ ou a emblemática ‘En salvaxe compaña’ ata estas ‘As voces baixas’ percorremos esa capacidade do relato oral para situarnos ante as nosas propias sombras a partires da experiencia persoal do autor.
Nesta obra todo empeza e case que remata no barrio de Monte Alto, fronte á Torre de Hércules, fito da memoria, e ante o Atlántico embravecido, de escumas, naufraxios e lendas. Alí se criou o rapaz, e foi descubrindo as personalidades dos compoñentes da súa familia, pero tamén o medo co que comeza o libro, os medos infantís, inocentes e ata agarimosos. Outros medos serán os que o pechen, os medos da ausencia, da perda do que tanto se quere, como  unha irmá, figura arredor da cal xira este libro escrito con vocación de continuidade. Entre ambos medos é por onde se van destilando as experiencias que acompañan ao crecemento do individuo, a configuración da persoa e esa maravillosa sensación do descubrimento, de ir abrindo portas nas que se agochan os diferentes capítulos das nosas vidas. Os primeiros poemas, a natureza, a música, os consellos dos maiores, as miradas, a escola,  os mestres, o Instituto, o achegamento ao oficio de escritor dende o xornalismo... os alicerces de toda unha vida forxados naquel ‘paraíso inquedo’ da nenez e a mocidade.
Un percorrido onde agroman os contos e as lendas que sementan ao noso pobo, e aos que Manuel Rivas sempre prestou especial atención sabendo que esa é a mellor argamasa para ir reforzando as paredes dese labirinto que, como a figura máxica dos petróglifos, é no que se afunde a nosa personalidade.
Dende aquela xeografía física da barriada coruñesa chea de compoñentes míticas é dende a que imos escoitando esas ‘voces baixas’, rede do que vai vir, para converterse na xeografía dun home na que podemos ir palpando as fendas que todo camiño deixa na pel. Unhas boas, outras atroces, pero todas elas formando parte desa experiencia que é a vida. Porque este é un libro cheo de vida, un latexo permanente que xira arredor desa sensación que é o vivir con todo o que supón, e máis aínda se o que a conta o fai en primeira persoa. Ese eu individual vaise estendendo a todos nós que; ao mesmo tempo que o autor, imos tamén abrindo as diferentes portas das nosas vidas. É certo que a lectura deste libro ten moito de terapia e ata de excarcelación de medos e desacougos, xa que permite unha reflexión sobre as nosas vidas. Un mérito do autor que fai traspasar ata nós esas páxinas para que escribamos as nosas.
Alí, acubillado no totémico faro galego, emerxe a figura de Manuel Rivas para converterse nese narrador clave na nosa escrita. Cos oídos ben abertos escoita esas ‘voces baixas’ que trae o rolar do vento para ser fixadas nas páxinas que conxelan o tempo. Alí inscribiranse como fixo aquel home na prehistoria na pedra, unha liña que, como unha serpe, se encolle en si mesma para facer un relato. O gran milagre na vida do ser humano e a súa relación coa comunidade, o de contar historias, o de deixarnos coa boca aberta mentres escoitamos ao gran chamán falando daquilo que acontece ao noso arredor. Palabras que se van amoreando nunha pila que nunca debe ser queimada. Xa sabemos que os libros arden mal, e por iso, o pasar de boca en boca, o que se transmite a través da voz, será a salvagarda da nosa propia existencia. Manuel Rivas deixa así fixadas as súas primeiras 'voces baixas'. Esperemos non tardar moito en volver a escoitalas.

Publicada en Diario de Pontevedra 11/11/2012

martes, 13 de noviembre de 2012

A balea negra. Dez anos despois…

Aquel mes de novembro de 2002 quedou xa para sempre fixado na historia de Galicia. Un vello barco á deriva ennegreceu as nosas costas e as nosas almas co chapapote que, como o vómito dunha balea maldita, xurdiu do seu interior. Pero aquel mes de novembro deixounos tamén unha boa nova, como é sempre que un espazo cultural abre as súas portas. Foi na rúa do Príncipe e aquela antiga cárcere converteuse nun museo moi atento ás dinámicas da arte contemporánea. Dez anos despois ambas situacións vólvense a achegar coa arte como testemuña.


13 de novembro de 2002. A prensa está convocada para asistir a un percorrido a cargo de Antón Castro, comisario da exposición ‘Atlántica’, a unha mostra que servirá para inaugurar o MARCO. Mentres percorremos as novas salas da que fora unha antiga prisión entre as cores de Menchu Lamas, Antón Patiño, Manuel Moldes e demais compoñentes daquel grupo que renovou a nosa dimensión artística, fóra, un temporal mollaba as rúas viguesas ao tempo que enchía de follas o chan. Unha chuvia e un vento que non parecían diferentes a tantos e tantos temporais dos nosos outonos. De volta as redaccións comenzaron a chegar noticias dun barco á deriva. O seu nome ‘Prestige’. Aquel día comezaba a escribirse unha dobre historia. A que viña dada pola felicidade que supoñía a creación dun novo espazo artístico, e a tristura daquel episodio que converteu a aquel vello petroleiro e o seu afundimento, seis días despois, nun dos fitos da nosa historia recente.
É posible que nada volvese a ser igual na nosa terra dende aquel mes de novembro. Un movemento de indignación sacudiu almas e conciencias, e Galicia espertou dun longo soño de brazos cruzados. Unha marea branca de voluntarios tentaba frear aquel viscoso elemento que teñía de negro as nosas costas. Branco sobre negro creouse, como nun taboleiro de xadrez, un novo territorio identitario do noso pobo, rebelde e cívico. Agora, cando ambas novas cumpren dez anos, o MARCO acubíllase nunha das facianas que pode amosar a arte contemporánea como é a reflexión sobre un feito, e a súa visibilización dende o maxín de diferentes creadores. Pedro del Llano comisaría esta exposición que enche a planta baixa do MARCO para xerar un territorio de sensacións, como si se enchesen as casillas dese taboleiro a través das percepcións e as pegadas que en artistas de todo o mundo deixaron aqueles acontecementos. Ata 33 creadores ou colectivos foron quen de achegarnos esas interpretacións, entre eles os galegos Alberte Pagán, Manuel Sendón, Antón Patiño ou Xurxo Lobato. Percorrer cada unha das salas supón volver a vivir aquelas xornadas, aqueles pesadelos que anunciara o visionario Man de Camelle, víctima mortal daqueles feitos, coa presenza desa balea negra que lle serve de título á mostra. A historia dos feitos mediante diferentes publicacións pon en relación o sucedido con outros acontecementos similares que aconteceron neste baile macabro de buques petroleiros polas nosas costas, para pasar a enfrontarse directamente coas visións dos protagonistas que, dende diferentes culturas ou xeografías, poñen en valor o papel desa mercancía emblemática do noso tempo como visualización do progreso, a globalización, as guerras, a mercantilización do noso sistema social ou a explotación indiscriminada da natureza.
A ninguén dos que vivimos aqueles días lles pode resultar alleo o que se amosa, dez anos despois daquela mañá de chuvia onde as cores de ‘Atlántica’ foron engulidos por una balea negra.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 11/11/2012
Fotografías cedidas por MARCO. Obras de Mark Dion e Hans Haacke

domingo, 11 de noviembre de 2012

Cuando el cine es la vida



Siempre es difícil calibrar una ausencia. Pensar cómo habrían sido las cosas si el destino no hubiese colocado sobre el tablero de la vida a esa calavera cruzada por dos tibias. Quizás dedicar tiempo a esa valoración no sea más que un engaño a uno mismo, una especie de expiación íntima sobre nuestro azaroso papel en este mundo. Pero si hay algo que merece la pena en él es precisamente el contacto humano, el relacionarte con personas que, de una u otra manera, dejan sobre ti una huella. Rita Martín Sánchez ha dejado una de esas huellas en quienes, en mayor o menor medida, hemos tenido algún vínculo con el Departamento de Historia del Cine de la Universidad de Santiago de Compostela. Hasta allí no fueron pocas las veces que como estudiantes nos desplazamos a buscar respuestas a tantas preguntas, o que como investigadores buscamos consejos y aclaraciones sobre nuestras oscuridades dentro del celuloide y que como doctorandos repetíamos esas visitas buscando progresar en nuestros proyectos. Siempre, tras esa puerta que separaba los pasillos universitarios del académico cielo cinematográfico, se encontraba ella, sentada frente a una pantalla por la que cada vez que te aproximabas, ya fuera con permiso o asomando el rabillo del ojo, uno se encontraba con los más diversos temas sobre la investigación cinematográfica: las mujeres en el cine de Woody Allen, la exhibición cinematográfica en salas de diferentes comarcas gallegas, el cine y la emigración, El bosque animado de José Luis Cuerda, o la producción cinematográfica en los años cuarenta en España son algunos de esos capítulos de estudio que recorrieron aquella pantalla.
Su presencia era la que animaba aquellas tensas esperas ante el profesor de turno, una charla sobre el último estreno que habíamos visto o un discurso apocalíptico sobre el devenir de la Universidad eran algunos de los temas recurrentes que tranquilizaban a quienes llegábamos a enfrentarnos a cuestiones que podían definir nuestro futuro. Aquella joven delgada, con el pelo corte y con un aire a Jean Seberg en ‘Al final de la escapada’, no pensaba demasiado en ese futuro, sino en convertir el presente en todo un recorrido vital donde el cine era el mejor sinónimo de lo que es la vida. A él se entregó en cuerpo y alma y el fruto de esa entrega sale ahora a la luz a partir de la iniciativa que compañeros de ese seminario como los profesores Ángel Luis Hueso Montón, José María Folgar de la Calle, Xosé Nogueira e Isabel Sempere han llevado a cabo con la compilación de varios de esos escritos reunidos en un espléndido trabajo sobre diferentes vertientes del cine y la investigación. Dos terrenos que muchas veces no son muy seguidos por el público, pero en el que se encuentran las claves necesarias para entender una actividad que trasciende de su componente espectacular para servir de radiografía de un tiempo y una sociedad. Rita Martín sabía perfectamente de esa importancia y a la luz de lo aquí escrito disponemos de varios trabajos muy necesarios de cara a mayores empresas. Sus estudios sobre El bosque animado o las ‘Miradas cinematográficas sobre la emigración gallega’, la creación de la Televisión de Galicia, la Guerra Civil española en el cine gallego o un tema que le apasionaba, como era el de la mujer en el cine a través de ‘Cine en femenino: las mujeres de Icíar Bollaín’, nos ofrecen un manual que a todos aquellos a los que el cine les interese encontrarán en él numerosas respuestas. Mientras, los que conocimos a la autora, los que disfrutamos de su sonrisa y hasta de su carácter, la recordaremos siempre tras esa puerta y ante un ordenador del que salieron investigaciones y aportaciones como las recogidas en este libro, ‘Papeles de cine’.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/11/2012