lunes, 30 de diciembre de 2019

Poesía visual

[Ramonismo 8]
La reciente concesión de la Medalla de Oro de las Bellas Artes al fotógrafo Chema Madoz premia una obra lúcida


JUNTO A OTRAS personalidades del mundo de la creación, entre ellas otro colega fotógrafo de gigante talento, Alberto García-Alix, Chema Madoz (Madrid, 1958) viene de ser galardonado con la Medalla de Oro de las Bellas Artes, una distinción que sorprende no haya conseguido antes, en consecuencia a una de las obras artísticas más impactantes, inteligentes y brillantes de nuestro panorama creativo.
La fotografía de Chema Madoz se conduce por un territorio de asociaciones entre objetos que se acomodan en la metáfora para poetizar la imagen seleccionada. Inclasificable en cualquier tipo de adjetivación que sistematice su trabajo, el poderío visual de su obra se expande por perspectivas casi siempre inesperadas, es ahí cuando sus objetos, normalmente de uso cotidiano, presentan una nueva dimensión del todo punto sorpresiva desde la función para la que han sido concebidos. Objetos pero también la naturaleza se ha ido configurando dentro de su obra como otro espacio para la lucidez del artista, para la construcción de una visión nueva a partir de la sugerencia, pero también de una manera de integrar diferentes elementos que nunca nos dejan indiferentes, ya no sólo desde la perspectiva visual, sino también mental.
Esa naturaleza es la que centra su última exposición, recién inaugurada en el Jardín Botánico de Madrid, que estará abierta hasta principios del mes de marzo. Allí, bajo el título de ‘La naturaleza de las cosas’, sesenta y dos fotografías realizadas entre 1982 y 2018 muestran esa capacidad de la naturaleza para reinventarse, para generar desde su propio gérmen nuevas significaciones frente al espectador. La combinación de elementos propios de la naturaleza crean una naturaleza nueva. Ramas, agua, nubes, maderas, plantas y flores son los ingredientes para una nueva visualización de la realidad desde la que se desafía al visitante a sus exposiciones. Y es que ante las obras de Chema Madoz el espectador no es un mero acompañante circunstancial de cada una de las imágenes, sino que su percepción de lo presentado es parte esencial del discurso del artista. La contemplación de su fotografía en blanco y negro nos aisla de nuestro entorno y nos ubica en esa nueva realidad, en la construcción de un espacio irreal, pero con firmes anclajes en la realidad. En ellas, además, se consigue materializar un silencio que nos integra sin distracciones en su interior, y es en ese momento, y desde ese silencio, cuando la pieza nos genera la emoción que surge de entender su significado y el ser capaces de accionar el clic que hay siempre en su interior. Ante cada imagen de Chema Madoz hay un instante de incertidumbre, unos segundos en los que la mente coquetea con la imagen para su correcta asimilación, siendo conscientes, en un momento determinado, de que todo encaja, de que esos objetos, o esos elementos de la naturaleza, unidos, nos han abierto una puerta de imaginación y fantasía que nos evade de lo físico y nos integra en lo inventado.
Comisariada la exposición por Oliva María Rubio, Chema Madoz deja abiertas en las instalaciones del Jardín Botánico esas ventanas de la sugerencia y lo onírico, un determinismo surreal que siempre se desliza por sus obras como parte de la necesaria, para sus fines artísticos, desintegración de lo cotidiano.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 28/12/2019


lunes, 23 de diciembre de 2019

Humanidad a la deriva


[Ramonismo 7 ]
Lídia Jorge nos sumerge en su hipnótica y comprometida literatura uniendo Portugal y África.


"Aquí donde el mar acaba y la tierra comienza», es el mítico inicio del libro de José Saramago, ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, pero también es un compendio de la propia literatura portuguesa, así como de una historia como nación de navegaciones, idas y venidas, y vínculos coloniales. En ‘Estuario’, la última novela de Lídia Jorge, que en España ha sido publicada por esa editorial que puentea las fronteras de la Península Ibérica, ‘La umbría y la solana’, hay mucho de esa pátina que la cultura portuguesa lleva en su tuétano. Un relato entre Lisboa y Africa que narra la historia de una familia de armadores con su empresa en crisis, el regreso de los hijos al hogar y todo ello en un mundo con su humanidad a la deriva. Un libro que vuelve a sumergirnos en la literatura de una de las autoras lusas más consolidadas y también más traducidas a nivel internacional, con una escritura en la que las palabras tienen un profundo sentido, una densidad que multiplica sus posibilidades a la hora de contar historias, que la vincula con la recreación de elementos fundamentales de nuestra cultura, desde una clave poética que emana de su cuidado a la hora de plantear el lenguaje literario. Nacida en el Algarve en 1946 su primer libro, ‘El día de los prodigios’ (1980) la situó de manera firme dentro de un proceso de renovación literaria que se vivía en Portugal. Su actividad como docente la llevó a instalarse en Angola los últimos momentos de la guerra colonial, un ambiente y unas situaciones que ya no despegaron de su manera de mirar el mundo y que tuvo su consolidación máxima con su libro ‘La costa de los murmullos’ (1988), en el que se narran muchas de las experiencias allí vividas. Reconocida su labor literaria en numerosos países con la publicación de sus libros en diferentes lenguas, la Asociación de Escritores en Lingua Galega le concedió en 2013 el título de Escritora Universal.
Y es precisamente esa universalidad de su escritura la que fundamenta mucho de lo que sucede en esta última novela merecedora en Portugal del premio Gran Premio de Literatura DST, uno de los más prestigiosos del país luso. A partir de ahí esa labor va más allá de lo escrictamente literario con un profundo compromiso ético y humano, así es como en este libro emergen con fuerza situaciones relacionadas con conflictos humanitarios, como el ecologismo y nuestra posición como sociedad frente a las diferentes contaminaciones del planeta, entre ellas la proliferación de plásticos en los océanos. Su otro gran apoyo surge del universo cultural, concretándose en la importancia de dos textos, uno de Fernando Pessoa, la ‘Oda Marítima’, de su heterónimo Álvaro de Campos, y el otro, la ‘Ilíada’ de Homero. Ambos, inspiradores, y ambos explicativos de muchas de las realidades que ‘Estuario’ nos plantea como conformación del ser humano y de su relación con el entorno.
Y todo ello relacionado con el hilo argumental del texto como su gran valor como artefacto narrativo, en la capacidad para vincular todas esas perspectivas dentro de una historia, en este caso, la de esa familia en la que un escritor, Edmundo Galeano escribe un libro «pensado para evitar el apocalipsis», una misión redentora para intentar capturar aquello que sobre nuestro planeta está demostrando, día tras día, nuestra insensibilidad con él, así como nuestro deterioro como especie aparentemente evolucionada. Desde el cuerno de África hasta la desembocadura del Tajo las aguas de océanos y ríos son un reflejo de nuestras conductas, así como el marco para una serie de naufragios, no solo colectivos, sino personales e íntimos, como los que sufren los diferentes personajes de la novela. El hogar como refugio, la casa como amparo ante la tormenta, es un símbolo más de un texto lleno de elementos mitológicos que le conceden esa vocación de eternidad que toda obra literaria intenta alcanzar. Cultura y naturaleza que se hibridan para generar un relato fascinante, que introduce al lector en una atmósfera propiciada por la evocación de una escritura con un punto poético que se diluye entre las brumas de un mundo difuso, pero también de unos protagonistas desubicados por lo que la vida les ha deparado. En definitiva, otra excelente oportunidad para conocer o reconocer la escritura de la gran Lídia Jorge.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 21/12/2019
Fotografía. Lídia Jorge fotografiada en un café por João Pedro Marnoto (Cedida por La umbría y la solana)

viernes, 20 de diciembre de 2019

Paisaxe brava


A TODOS NOS amolan estes días. Xornadas de molladuras, de paraugas estragados, de árbores esnaquizados, atascos de tráfico ou sobresaltos pola noite que rachan o noso sono. Unha chea de situacións que enchen estes días de pequenos imprevistos que rachan a nosa prezada vida cotiá. Pero se miramos do outro lado, tras estas tolemias do tempo, atopámonos a nosa marabillosa natureza en plena liberdade, nun acto de rebeldía ante moitas das dubidosas fazañas do ser humano.
Estas xornadas de temporais déixannos unha chea de imaxes abraiantes da nosa contorna, pertencentes a unha Galicia inagotábel no referido as súas posibilidades paisaxísticas, e posuidora dunha bravura engaiolante dende cada un dos seus recantos. Do Caurel a Fisterra, de Estaca de Bares á ‘raia’, a nosa terra acumula durante estes días unha chea de postais a cada cal máis fermosa, pero tamén vén a poñer en discusión a natureza a e nosa relación con ela. Unha relación baseada, de xeito corrente, no seu asoballamento, na certeza de considerarse o ser humano un ser superior e coa capacidade para facer dela un elemento secundario das súas vidas, estando nas nosas mans a súa modificación, de xeito consciente ou inconsciente, sen ter que pedirlle explicacións a ninguén, ou cando estas se esixen o mal é xa irreversíbel. Así atopámonos con moitas desas paisaxes, que cando se contemplan de xeito pracenteiro amosan unha chea de contaminacións, primeiro visuais, e logo de modificacións das compoñentes do territorio. Pero cando a natureza libérase, cando a meteoroloxía dispara as súas condicións máis extremas, nós xa pouco pintamos nela. A natureza entón ponnos no noso sitio, na nosa insignificancia, e aí é cando moitas desas accións feitas polas nosas mentes tan evolucionadas como egoístas, incrementan as consecuencias negativas deses temporais. Dende ríos que medran no seu caudal e ocupan o seu espazo natural, ese mesmo que o home foi enchendo coas súas construcións, estradas que se adentran por zonas boscosas de xeito indiscriminado, ata portos que modifican as liñas e condicións da costa con diferentes consecuencias. En definitiva, moito do noso suposto avance social non se realiza conforme coa natureza que, ao fin e ao cabo, é o noso hábitat a respectar.
Estes días tamén deberían servir para converter a nosa reflexión en parte dun comportamento máis sostíbel co noso medio, o alento para unha complicidade con eses espazos naturais capaces de xerar unha emoción xigantesca cando presenciamos a esa natureza desfacerse de nós e debuxarse libremente baixo ballóns estremecedores, saraibadas arrepiantes, lóstregos alumeantes, néboas poéticas ou o bruar do vento berrando a súa trascendencia.
Non nos gusta mollarnos cando os nosos traballos nos obrigan a facelo, cando o ir e vir polas nosas rúas non nos deixa outra opción que a de sentir como o vento abaneas os nosos paraugas ou cando estes rematan nunha papeleira. Porén non me digan que non está fermosa Galicia nestes días, e xa sei que hai certos perigos, e que non se tería que recomendar, fronte ás xustificadas alertas das autoridades. Pero ubíquense en espazos como as fervenzas do Toxa, A Barosa ou no mítico Ézaro, a Costa da Morte ou a da Vela no Morrazo; pero tamén o noso interior, os Cañóns do Sil, a Fonsagrada ou calquera das nosas carballeiras, e poucos impactos terán máis fondos na súa vida que contemplar a unha natureza en liberdade, unha natureza na que a nosa presencia as máis das veces sobra, como tantas das nosas accións nela.



Publicado no Diario de Pontevedra 20/12/2019
Foto. Costa de Camariñas co faro Vilán ao fondo. Cabalar/Efe

lunes, 16 de diciembre de 2019

Gestionar la vida

 [Ramonismo 6]
Infelices’ el libro de Javier Peña se ha convertido, de manera más que merecida, en el libro revelación del año


TIENE MUCHO el libro de Javier Peña de radiografía generacional, de tránsito emocional destinado a dejar un momento determinado de la vida pasada perfectamente señalizado como documento de lo sucedido, pero también como argumentario irrenunciable de cara a ese futuro que abrirá nuevas etapas, nuevas amistades y nuevas experiencias, pero que siempre, de una una otra manera, irán siempre encadenadas a lo anteriormente sucedido.
Con ‘Infelices’, editado por Blackie Books, Javier Peña debuta en el territorio literario. Un árido escenario, sobre todo para el escritor novel, que, de vez en cuando, florece, como en el caso que nos ocupa, transformando esa infelicidad que titula el libro en la felicidad de quien ha podido componer un relato que interesa no sólo a un editor, sino a críticos y lectores. Una conjunción astral o mejor dicho, metafísica, que ha hecho de Javier Peña un habitual en los últimos días en los escenarios más selectos donde se transmite lo literario. Espacios en los que estamos demasiado habituados a la repetición de rostros y discursos, de ahí que la entrada del coruñés Javier Peña, por lo que dice y por cómo lo dice, es como aquella fordiana flor del cactus puesta sobre un ataúd.
Y es que ‘Infelices’ también debe entenderse como una especie de liberación para su autor. En estas líneas acostumbro a mirar hacia atrás en la trayectoria creativa del protagonista de esta sección para adentrar al lector en su nueva obra con algún dato que la sustente. Pero en este caso no existen esas afirmaciones literarias, siempre y cuando despreciemos la escritura de los discursos a los que durante muchos años (para este tipo de trabajos siempre demasiados) se ha dedicado Javier Peña en dos consellerías de la Xunta de Galicia, Cultura y Benestar Social. A medida que los discursos decrecían en motivación, y por lo tanto en interés, la escritura de ‘Infelices’ iba apaciguando los demonios que surgen de quien hace lo que no le gusta, de quien se siente mutilado en una parte tan importante de su vida, como es la profesional.
Así, entre cabreos y apuntes bajo cuerda, la novela tomaba cuerpo como el canto generacional ya indicado, describiendo a un grupo de estudiantes universitarios en una Compostela todavía universitaria y a salvo del parque temático de campana y piedra en que se ha convertido. Allí el grupo vive el presente entre el obligado carpe diem y un futuro que quien más y quien menos siempre confía como el más brillante del mundo. Pero la vida, que es una perra, suele enseñar sus dientes más afilados cuando esas expectativas empiezan a hacerse añicos y de paso a nosotros mismos. Es cuando esas vidas resquebrajadas comienzan a parecerse a la realidad, a gestionar la vida y a convertirse en el motivo necesario para armar una novela de seres desmadejados, de personajes que se van conformando como las caricaturas de lo que fueron, de aquellas miradas perdidas en horas eternas tras los cristales de una cafetería o en unos pisos de estudiante donde todo se condensaba en complicidades y risas capaces de aislar a cualquiera de lo que sucedía fuera de allí, por muy trascendental que fuera para el universo.
Hasta aquí lo que se cuenta, pero tan importante como eso es el cómo se cuenta. Y ahí Javier Peña también acierta con lo que en la contraportada del libro, dedicada a pellizcar el alma del comprador, se define como «una técnica narrativa prodigiosa». Si dejamos a William Faulkner en su merecido pedestal, es cierto que Javier Peña construye este relato de diferentes vidas y líneas argumentales de manera brillante desde los diferentes capítulos del libro y los reportajes de un periodista que nos hace ver infinidad de cuestiones que tienen que ver con los protagonistas, al tiempo que dinamizan la lectura y le concede una multiplicidad de miradas.
A todo eso súmenle un lenguaje descarado y eficaz, sin contaminaciones de ese postureo de tanto escritor que escribe como Dios pero que nos cuenta una realidad irreal, y se encontrarán un libro soberbio que les hará muy felices. Como lo está haciendo con alguien que ha tardado demasiado en llegar, aunque lo haya hecho con un cactus florido bajo el brazo.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 14/12/2019
Fotografía: Javier Peña en la pontevedresa librería Cronopios (Javier Cervera-Mercadillo)

domingo, 15 de diciembre de 2019

A paranoia luminosa


TEMPOS ESCUROS estes nos que o abraio e a admiración da xente móvense a ritmo de leds. Cos museos demasiado baleiros adicámonos a poñernos baixo uns arcos de luces a mirar pampos cara unhas lámpadas, como se iso fose unha especie de revelación artística e creativa. Ese brillo da posmodernidade máis simple está prendendo en numerosas cidades, en vilas e pobos que queren seguir o fulgor da estrela de Vigo, incrementando os seus gastos luminosos e decorativos para facer desas cidades, durante uns poucos días, un puntiño de luz sobre a face da terra.
Unha cantidade de leds que adoita ir en contra da calidade nas propostas dos que decoran eses espazos urbanos. Acumulacións de watts que deixan a estética no derradeiro lugar das súas propostas. Cegados por ese brillo todos semellan querer subir a ese carro luminoso. A esmagadora promoción que conseguiu o alcalde de Vigo, de todo punto indudable, en canto ao que falen de nós polo que sexa, provocou un andazo de electricidade por toda España. Políticos paranoicos medindo as súas forzas enerxéticas, veciños solicitando luz e máis luz como Goethes resucitados, compañías de instalación destas decoracións facendo o seu agosto todo o ano e Greta Thunberg ao borde dun ataque de nervos.
Realmente se lle poderá poñer fin a unha tolemia que máis que adornar adoita ensuxar unhas cidades nas que só se pensa como soporte de lámpadas e non como unha parte máis a reivindicar do urbano? O certo é que pinta mal a cousa. A nosa sociedade está cada vez máis afastada da reivindicación dunha estética eficaz, vivindo de cheo un momento dunha estúpida acumulación de adornos que moitos entenden como parte obrigada do Nadal, converténdose, deste xeito, no mellor símbolo do que son hoxe estas festas, un prender e apagar sentimental e económico cada vez con menos sentido.
Pois xa saiu a economía! O capitalismo descubriu fai tempo que as luces atraen os cartos como ás couzas. Ata elas van os cidadáns a empurrar as súas arelas mercantilistas. Compradores que non queren moverse na escuridade dos seus desexos e precisan dun arco da vella de luces para incentivar as súas gañas de gastar cartos. E que acontecerá cando se apaguen esas luces? Esgotarase o consumo? Pecharán os negocios? Porque non invertir esa barbaridade de cartos en programas de mellora dos comercios ou en propostas para incentivar o consumo dun xeito máis sostible? E, sobre todo, é que ninguén sabe facer unha decoración de Nadal con bo gusto? Camiñen por vilas e pequenos pobos de Portugal, por aquilo de citar algún espazo que nos quede de man, e atoparán fermosas decoracións que respectan a súa contorna e que converten estas datas nun acubillo para a alma e as relacións das persoas. Materiais recuperados da natureza, integración dos motivos navideños cos elementos arquitectónicos da cidade ou o preciso equilibrio entre a luz e a escuridade son algunhas das compoñentes que fan brillar a moitas vilas de todo o mundo pero que hoxe é moi estraño ver no noso país, sometidos á tiranía de cantos máis watts mellor.
Xa sei que non é unha tarefa sinxela para moitos cargos públicos que se senten obrigados pola masa vociferante, as oposicións municipais sempre ao lume que máis quenta e os que pensan que canta máis luz mellor. Facer respirar a unha cidade en Nadal é atopar un equilibrio entre a propia cidade, o seu espírito e unha decoración que nos fale da época na que estamos, non que nos cegue coa súa escura vacuidade.





Publicado no Diario de Pontevedra 15/11//2019
Foto: Rúa Principe de Vigo coa iluminación de Nadal. Salvador Sas (Efe)

miércoles, 11 de diciembre de 2019

El cuerpo como texto


[Ramonismo 5 ]
'Anatomía sensible' es un conjunto de textos alrededor del cuerpo humano como inspiración literaria



CABEZA, cabello, pie, ombligo, pierna, tobillo, axila, cadera, nalga, ano, oreja, vagina, pene, barriga, ojo, alma... en pocas páginas más hermosas ha podido escribir el bueno de Andrés Neuman como en las que conforman este libro, entre lo poético y lo narrativo, de título ‘Anatomía sensible’, publicado por Páginas de Espuma, la editorial merecidamente galardonada este año con el premio nacional a la mejor labor editorial.
Anatomía y sensibilidad coinciden bajo la advocación de este autor que también transita entre dos estaciones, entre la poesía y la prosa, confluyendo ambas en esta sensibilidad anatómica que se propone como inspiración, pero también como escenario para concebir una serie de textos sobre cada una de esas partes de nuestra anatomía. El humor, el ingenio y la ironía hacen sus cosquillas sobre la piel de cada uno de estos textos en los que el argentino Andrés Neuman vuelca, a partir de su ya consolidada calidad literaria, una extraordinaria capacidad de sorpresa por todo lo que puede provocar nuestro cuerpo, incluso aquellas zonas más despreciadas, por considerarlas sin importancia frente a otras con mucha más consideración.
Nacido en Buenos Aires en 1977 Andrés Neuman vino a España con sus padres exiliados, y en Granada, no sólo acabó sus estudios, sino que tras licenciarse en Filología Hispánica y realizar el doctorado, acabó impartiendo clases de Literatura Hispanoamericana en su Universidad. Con un pie en cada una de las orillas del Atlántico su obra se ha consolidado en España transitando de manera especial por la poesía, el cuento y la novela. Por ellos ha recibido numerosos reconocimientos destacando el premio Alfaguara y el premio de la Crítica por ‘ El viajero del siglo’ (2009), dentro de un amplio listado. Pero más allá de los premios lo singular de su obra reside en esa hibridación de dos sistemas literarios, el español y el latinoamericano, en especial el argentino, generando así una escritura llena de personalidad.
Y esa personalidad es bien evidente con esta ‘Anatomía sensible’, en la que desde la propia idea que da sentido al libro, como su materialización, son un interesante ejercicio literario en el que Andrés Neuman consigue que ya no volvamos a ver de la misma manera cada una de esas partes, desmitificadas a base de una mirada que son muchas miradas, tantas como las que suelen dirigirse a cada uno de esos fragmentos corporales en los nuestros propios y, por supuesto, los de los demás. También nos encontramos un propósito muy de agraceder, de desmitificación de esas anatomías, y precisamente ahora, cuando de una manera absolutamente avasalladora esta sociedad se define por el culto a un cuerpo perfecto. De ahí que lo imperfecto que tanto abunda en todos nuestros cuerpos se reclama aquí como parte de una identidad a reivindicar. Una alternativa de roles que se aleja de los escenarios mediáticos y desde lo más íntimo propone ese orgullo del cuerpo más común. La feliz frase con la que se cierra la contraportada del libro: «Todos los cuerpos son bienvenidos aquí», es la que mejor define el contenido de un libro que se disfruta desde cada una de sus páginas por esa mirada de greguería que surge en muchas de sus expresiones, por un lenguaje rico y la capacidad de expresar un cúmulo de sensaciones, muchas conocidas, por nuestra propia relación con esos fragmentos corporales, pero que una vez leídos los textos adquiere nuevas posibilidades y eso que tiene un enorme mérito el escribir algo lúcido sobre un hombro, un codo o una oreja.
En otros, erotismo y poesía coquetean también con la naturalidad de esos cuerpos que aquí Andrés Neuman toma como páginas sobre las que escribir, inspiraciones epidérmicas con las que acariciar la literatura, esa misma a la que este autor ha consagrado su vida para obsequiarnos con sus historias y poemas y, en ocasiones tan particulares como la que nos ocupa, con los instantes de una anatomía seductora no por lo maravilloso o espectacular, sino por esa naturalidad que hace que nuestros cuerpos sean nuestros mejores relatos frente a la cotidianeidad de la existencia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 7/12/2019



lunes, 9 de diciembre de 2019

Educar dende o cinema


É UNHA DAS grandes eivas dos nosos plans de estudos. O de poder apostar máis polas capacidades do cinema como xeito de educación para a mocidade. A Historia do Cine non deixa de ser un apéndice no programa dalgún curso perdido no currículum dos alumnos ao que rara vez se adoita chegar. Só a sensibilidade dos mestres, e que sexan quen de entender que o cinema é un dos discursos visuais e narrativos máis próximos aos mozos e mozas para entender as cousas, pode levar a que eses plans de estudos cheguen ao seu fin.
De aí que un dos grandes meritos do festival Novos Cinemas (que terían mil e unha cousas que alabar) sexa a atención que prestan a esa educación dende o cine, a facer desa maxia da pantalla unha canle de comunicación incomparable con calquera outra disciplina artística para que eles sexan quen, xa non só de entender a linguaxe cinematográfica, senón as súas capacidades para describir o noso mundo lonxe doutros medios que poden ser para eles moito máis áridos. Dende a primeira edición, dende aquel Antoine Duanel de François Truffaut correndo cara o mar no remate de ‘Os 400 golpes’, as intencións deste Festival quedaron ben claras. Por un lado o traballo coas novas miradas, cos directores que comezan a plantexar unha carreira dende o cinema (‘Os 400 golpes’ foi a primeira longametraxe do director francés), e por outro, esa mirada da infancia cara o mundo dos adultos como abraiante xeito de tentar explicarnos a nós mesmos. Ese sentido da descuberta é o gran acerto de Novos Cinemas, o seu elemento diferenciador nun escenario cheo de festivais cinematográficos.
Esa aposta pola educación é a que leva a este festival a dilatar o seu traballo ao longo de todo un ano. Mentres chegan as datas do festival o equipo da organización con Suso Novás á súa fronte plantexa toda unha serie de actividadse en centros escolares da contorna, este ano os escollidos foron o pontevedrés Concepción Crespo Rivas e o marinense do Carballal os que acolleron esta experiencia cunha serie de actividades vencelladas á historia do cinema e á súa linguaxe e que se completará cunha proxección no Museo de Pontevedra para escolares na que se exhibirá ‘A volta a clase’ (1956) de Jacques Rozier e ‘Pequena luz’ (2003) de Alain Gomis. Dúas pezas pequenas de duración pero que permitirán establecer un coloquio cos rapaces que abofé será toda unha experiencia para todos eles nas que poden ser as súas primeiras miradas a un cine que hoxe xa non se fai.
As catro edicións xa celebradas deste Festival amosaron de sobra as súas posibilidades e o poder inesgotable do cinema para emocionar e para converter os nosos ollos en pequenas pantalliñas nas que reflectirse o mundo. Mirar a través dos que miran por primeira vez é unha experiencia estremecedora coa que ningún outro festival ou proxecto de exhibición pode competir. Mirar como miran os nenos, mirar como mira alguén que fai cine por primeira vez é unha desas beizóns primixenias do ser humano e de calquera creador. Poderase con tempo mellorar moitas cousas, coñecer e sofisticar as accións deses directores noveis, pero aquela primeira mirada xa será para sempre irrecuperable. Do mesmo xeito as miradas dos nosos nenos e nenas complicaranse co tempo, enchéndose de prexuízos e de contaminacións dunha sociedade aniquiladora de calquera xeito de inocencia, por iso participar deste festival ten moito de regreso a inocencia, de buscar o sentido da vida, se é quen algún, nas nosas miradas de fai cada vez máis anos.



Publicado no Diario de Pontevedra 6/12/2019
Foto: Proxección de Trinta lumes no Museo de Pontevedra dirixida a escolares na edición de 2018 de Novos Cinemas. (José Luiz Oubiña)


martes, 3 de diciembre de 2019

Las palabras vividas

[Ramonismo 4]
Quique González y Luis García Montero renuevan su mítica colaboración en ‘Aunque tú no lo sepas’ con un emocionante disco


UNA HABITACIÓN, un poemario, y un encargo. Así fue como Quique González con ‘Habitaciones separadas’ en sus manos y el encargo de Enrique Urquijo para que compusiera una canción para él, se adentró ya para siempre en la obra de Luis García Montero, y no sólo en la obra, sino en la persona con la que establecería una de esas alianzas inmarchitables a lo largo de la vida.
De aquella habitación salieron dos canciones, pero la adaptación del poema ‘Aunque tú no lo sepas’ fue la que sabiamente eligió el inolvidable Enrique Urquijo, convirtiéndola en una de las más emocionantes integraciones de palabra y música en nuestro país. Una canción que Quique González siguió convirtiendo a través de su voz en una emoción permanente y la evidencia de que hay poemas que con una buena melodía a su lado estallan en infinitas posibilidades.
Hace unas semanas esa alianza entre músico y poeta renovó sus votos y, tras cinco años de trabajo, Quique González y Luis García Montero pusieron en nuestras manos diez poemas convertidos en canciones, diez estaciones de paso para entender el milagro de la palabra, de ‘Las palabras vividas’, que es como se llama este disco pulcramente editado por Varsovia records. Y es que en la palabra es en donde se sustenta todo, la vida, la imaginación, la amistad, el amor, la creación, en definitiva, las «palabras verdaderas», esas que necesitamos para el día a día del ser humano y que el propio poeta reclama en su último libro editado por Alfaguara, ‘Las palabras rotas’, (¡Lean, por favor, este libro tan necesario hoy!). De nuevo las palabras y las señales que esas palabras nos emiten en estos tiempos de confusiones y miedos. Con la poesía, como esa forma de resistencia ya proclamada en varias ocasiones por Luis García Montero, a partir de ella podemos reciclar todas esas palabras que esta sociedad ha ido orillando del que debería ser su centro, nosotros, depositándolas en lo marginal, en aquello que se desprecia. Todo ese libro es un canto a la palabra, a la verdad y a la dignidad de la poesía frente a la inmundicia en la que estamos cada vez más enfangados.
Y precisamente con cantos son con los que Quique González es capaz de apaciguar nuestras almas, de hacer de esas palabras vividas un cántico de emociones, de voces rasgadas en las que se sutura la vida y las historias, aquellas que ofrenda el poeta de manera limpia y clara, sin distracciones ni extravagancias del lenguaje. Así es como canciones como ‘La nave de los locos’, ‘Bienvenida’, ‘El pasajero’, ‘Las nuevas palabras’ o ‘Todo se acaba’, son tránsitos por lo vivido, itinerarios de miradas, pieles y memorias que fundamentan el arte de sobrevivir y que revitalizan aquel ‘Aunque tú no lo sepas’ como dignas sucesoras.
Cómplicidades, admiraciones cruzadas, urbanidades solitarias y resistencias varias unen a Quique González y Luis García Montero en este carrusel bajo la niebla movido por la palabra, esa misma que genera paisajes de ciudades y noches bajo la luna, corazones a la vuelta de la esquina, almas tristes y botellas que esconden el mar. Libertades en plazas por las que aquí se brinda como exaltación de una existencia que este caótico escenario en que se está convirtiendo nuestra sociedad quiere anular en beneficio de una uniformidad que nos acosa cada vez en mayor manera.
Ante ese ruido escuchar estas palabras, acompañadas de la música y la voz de Quique González, propicia un acto íntimo de conocimiento y análisis de uno mismo. La posibilidad de sentirse en el interior de cada una de esas historias que Luis García Montero pensó desde el principio como letras de canciones y no como poesías al uso. Una línea difusa por donde moverse el lector o quien escuche lo que podrían ser diferentes bandas sonoras de nuestras vidas. Deambulatorios en los que ante tantas sombras la palabra emerge con un fulgor cada vez más preciso para hacerse verdad. Como verdad fue la que surgió en aquella habitación y a la que todavía hoy nos asomamos para entender lo que fuimos, pero, sobre todo, para saber lo que somos.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 30/12/2019
Foto. Víctor Sainz/El País

lunes, 2 de diciembre de 2019

Culturgal. Apuntes na crista do galo

Rue Saint-Antoine nº 170
Cultura ▶ A décimo segunda edición do Culturgal renova un ano máis o compromiso desta cidade coa cultura e coas súas posibilidades arredor do ser humano converténdoa na patria natural desta Feira das Industrias Culturais. Os cheos de público, así como as vizosas propostas presentadas polos sectores culturais, énchenos de esperanza no futuro



Empoleirouse o Culturgal de novo no Recinto Feiral de Pontevedra. Berrou ben forte e, como aquel Galo co que se titulou o libro póstumo de poemas do pontevedrés Luis Amado Carballo, no que a Boa Vila deu de beber a quen pasa, o Culturgal deulle cultura e festa a quen o visitou. Porque diso é do que se trata ao longo deste fin de semana por excelencia da cultura galega abeirado ás orelas do Lérez, de amosar a nosa cultura dende unha chea de disciplinas, pero tamén de festexala e celebrala como algo noso, como unha das nosas pegadas máis intensas cara a posteridade. É por iso que o Culturgal funciona e funcionará sempre como acaído xeito de atoparse e de facer unha celebración colectiva. O inesgotable motor do Culturgal é xerar ese espazo propio, ese encontro de axentes e protagonistas da cultura para recoñecerse como parte dun clan e para tecer esas redes tan necesarias no universo cultural. A hibridación de diferentes ingredientes é o segredo desta feira, un banco de ensaio integrador de cada un de nós nos nosos campos de acción, tanto como axentes como público, sendo todos parte dun proxecto que, como poucos, nos pode xuntar arredor dun destino común.
Unha boa amiga miña di que do Culturgal un sae coas mans cheas e o corazón contento, e o certo é que hai moito diso, imposible non caer nalgunha das opcións de libros ou artesanías que alí se ofrecen é que tan ben falan do ben que traballamos en canto a facer cultura, tanto en contidos como na súa presentación, pero tamén que ese corazón saia cheo de ledicia é o que mellor fala do que é capaz de transmitir a nosa cultura. E todo iso porque quen se involucra na cultura traballa en boa parte cun forte compromiso co que fai, cun goce do seu traballo que excede en moitos casos o puramente administrativo, entendéndose como parte dunha paixón. Mirar durante estes tres días o traballo de editores, libreiros, actores, músicos, cineastas, xestores, artistas plásticos, e ata os traballadores dos stands oficiais reflicten que o seu compromiso coa cultura é impagable.
Falou na inauguración da Feira o conselleiro, Román Rodríguez, ao que hai que agradecerlle o forte compromiso da Xunta coa Feira, da importancia da cultura como axente económico, non falou, iso si, dos recentes datos que falaban da perda de mil quinientos empregos no tecido cultural galego, ou de que a Casa de Rosalía de Castro, un dos nosos tótems culturais, teña que poñer en marcha unha campaña de apoio económico popular para manter as súas actividades. Con todo isto atopámonos un Culturgal que, coma sempre, acaba como o galo cando asoma no alba do día, espertándo as nosas conciencias, porque cultura é conciencia, e tamén valentía para seguir neste espazo de resistencia en que se converte moito do que fan os nosos creadores. E a esperanza tamén vén da man dos pequenos, dese público miudo que está na feira, pero que aínda tiña que estar máis. O futuro pasa por eles e a loita por acadar novos públicos, por renovar aos que van cada ano como militantes de fe, debería ser unha das grandes apostas do Culturgal cara os anos seguintes. Mellorouse o plantexamento da Feira e a mobilidade do público cando en momentos de moita asistencia non se sentiu o colapso doutras veces. Houbo queixas en canto a sinalización da contorna do Recinto Feiral, de como acceder ata el dende as vías de comunicación, e de publicitar máis a Feira para manter o público doutras edicións. Todos sabemos o que custa acadar públicos, e non teríamos que baixar a garda fronte a un futuro descenso nas visitas. Pero como cada edición o mellor sempre vén da man dos creadores, dese concerto na despedida de Marful, das Tanxugueiras e o seu brutal cheo, como o de ‘Eroski paraíso’ de Chévere, na súa versión cinematográfica, ou a emoción da última obra de Oliver Laxe, dese novo xornal en papel, ‘Nós’, que sairá en xaneiro, do novo cómic de Miguel Anxo Prado, ‘Amani’, editado por Retranca Editora, do libro de María Vinyals de Diego Piay editado por Alvarellos, ou da plaquette que Apiario publica co ‘Agosto’ de Míriam Ferradáns, ou do novo selo editorial, Cuarto de Inverno, ou do ‘Un lume azul’ de Pedro Feijoo, ou... ou... unha interminable listaxe de aventuras creativas que nos falan da necesidade de moitos Culturgais máis e de que o galo siga amosando a súa fermosa crista.



Publicado no Diario de Pontevedra 2/12/2019
Fotografía. Rafa Fariña