martes, 16 de agosto de 2011

La sofisticación de la sonrisa

Clásicos para un verano (V).  Su cine se ha convertido en uno de los más singulares de la historia. Surgido de Europa central, Ernst Lubitsch se instaló en Hollywood para que el cine americano aprendiese a realizar un guión casi perfecto. Tras él llegaría otro genio, Billy Wilder, que se convirtió en su mejor alumno. Lubitsch consiguió que su dirección elegante y sofisticada, siempre tan agradable de ver por el espectador, permitiese desentrañar varias claves del ser humano.



Dicen de él que fue el hombre que hizo reír a Greta Garbo. Lo que está claro es que pocos directores supieron hacer reír, eso tan difícil, de una manera tan especial como lo consiguió el berlinés Ernst Lubitsch.
Maestro de otro genio del cine, Billy Wilder, su trabajo destacó por la sutilidad de su trabajo y la consecución de una sonrisa inteligente en el espectador, que tenía una parte importante en su cine, ya que el significado de muchos de sus planos dependía de la comprensión del público al cual se le exigía un esfuerzo continuo. Aunque no es una de sus películas más conocidas y aplaudidas, entre ellas podríamos citar ‘Ser o no ser’, ‘Ninotchka’, ‘Lo que piensan las mujeres’ o ‘El diablo dijo no’, la cinta que hoy nos ocupa: ‘El bazar de las sorpresas’ es una deliciosa comedia que se desarrolla dentro de ese arquetipo que Hollywood había establecido un par de años anteriores en torno a la comedia, conocida como ‘screwball comedy’, cuyo más singular modelo es la película de George Cukor ‘La fiera de mi niña’. Si estas películas se caracterizaban por unos ambientes selectos donde se producían diferentes equívocos que iban haciendo progresar la narración dentro de un intenso ritmo, Ernst Lubitsch consigue que dentro de ese esquema sus actores muestren un interior más complejo  e incluso, como sucede en el caso del propietario de la tienda donde transcurre la acción, se den cita una serie de problemas personales. Debe por lo tanto este director, para intentar conciliar eses dos aspectos, el más lúdico y el más humano, acudir a una sutil puesta en escena que sepa relacionar ambos factores. Es lo que se dio en llamar el ‘toque Lubistch’ algo tan difícil de explicar pero que sin embargo está presente y se reconoce en cada uno de sus trabajos. En todos fluye una historia de cierto refinamiento, cargada de ironía, y donde muchas veces es más importante lo que no vemos que lo que vemos. Ningún director fue capaz de trabajar con aquello que está fuera de campo, es decir, fuera de nuestra visión, como el director alemán.

De puerta en puerta |En relación a lo que vemos y a lo que no vemos, el cine de Ernst Lubitsch se ha caracterizado por su empleo de las puertas, películas como ‘Ninotchka’ son un auténtico ejemplo de lo que puede sugerir el cine sin que veamos lo que en realidad sucede, pero en pocas películas las puertas tienen una importancia tan grande como en ‘El bazar de las sorpresas’, donde: la puerta del propietario de la tienda, el señor Matuschek, la puerta del almacén o la puerta de entrada del establecimiento se van abriendo y cerrando para cambiar escenas y ambientes, y eso, dentro de una película con mucho de teatral, como también sucedía en su monumental ‘Ser o no ser’, no debe dejarse pasar, ya que toda la película (con la excepción de una secuencia en un café) transcurre en dos escenarios: el interior de la tienda y la calle de Budapest donde ésta se encuentra. Esa limitación de espacios, en gran manera se soluciona con la continua apertura y  cierre de puertas, e incluso con elementos cómicos, como las huidas de uno de los empleados cada vez que el malhumorado señor Matuschek busca una opinión entre sus trabajadores sobre los artículos puestos a la venta.

Sombras |Pero en la película subyacen numerosos elementos que van acompañando el motivo central del argumento, como es la relación secreta que se va estableciendo entre dos de sus empleados y que ellos mismos irán descubriendo a través de sus conversaciones. A su alrededor, que es la construcción de una historia de amor, toma protagonismo la relación del señor Matuschek con su esposa, la cual le engaña y provoca su enfado con el protagonista, James Stewart, del cual desconfía como el amante de su esposa. Ese miedo a la soledad, a sentirse desamparado pese a ser el propietario de un boyante negocio, tiñe de pesimismo y hasta melancolía a esta película de Lubitsch.
Una obra maestra que en Estados Unidos es una de las películas preferidas por el público, (podemos recordar el remake perpetrado de manera infame, en comparación con el original, por la directora Nora Ephron, protagonizada por Tom Hanks y Meg Ryan), al estilo ‘Qué bello es vivir’, y con la que el director asume una especie de fabulación sobre la conducta del hombre. El microcosmos económico que es esa tienda de regalos contiene en su interior referencias a los aduladores, al abuso de los empresarios, el vendedor sin expectativas, el jovencito con ansias por sentirse jefe y el papel de unas mujeres maltratadas en relación a la postura del hombre siempre en primer plano durante una película de sonrisas sofisticadas.


El bazar de las sorpresas (The shop arround the corner, 1940)
Blanco y negro.
Director: Ernst Lubitsch.
Guión: Samson Raphaelson.
Fotografía: William Daniels.
Producción: Metro Goldwyn Mayer.
Dirección artística: Cedric Gibbons, Wade Rubottom.
Música: Werner R. Heymann.
Duración aproximada: 97 minutos.
Estreno: 12 de enero de 1940
Intérpretes: James Stewart (Alfred Kralik), Margaret Sullavan (Klara Novak), Frank Morgan (Hugo Matuschek), Joseph Schildkraut (Ferencz Vadas), Felix Bressart (Pirovitch.
Argumento: ‘Matuschek y Cia.’, es una tienda del centro de Budapest, donde un variopinto conjunto de empleados se afana en agradar a su malhumorado jefe. Entre dos de ellos se establece una relación de amor, sin que ellos lo sepan, a través de su correspondencia. Mientras, el señor Matuschek descubre la infidelidad de su esposa, lo que le conduce a un intento de suicidio y a que Kralik se convierta en el director de la tienda, donde no sólo los objetos, sino las personas que allí conviven son sus protagonistas.

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