lunes, 11 de julio de 2016

Vacíos en la piel


Me gustan los escritores que se reinventan. Los que se conducen por territorios poco explorados por ellos mismos. Aquellos que huyen de los previsibles éxitos que su buena escritura y el manejo de ciertas armas les aseguran de antemano. Sergio del Molino, con sus últimas novelas, se había acogido a ese derecho a disfrutar del éxito de sus libros, a su prosa sin artificios, pura, resultante del dolor, en ocasiones, pero siempre cautivadora y un punto enigmática. Y de repente escribe un ensayo. Sí, señores, un ensayo, seguramente el género menos leído en nuestro país, con permiso de la poesía. El folio en el que volcar pensamientos y reflexiones, precisamente en este país en el que tan poco gusta pensar y reflexionar.
La España vacía’ es uno de esos libros imprescindibles para entender buena parte de la España de hoy, ahora encerrada en este volumen. La misma que emana de una geografía de arideces humanas, en buena parte reflejo de su propio paisaje, en la que tan poco nos hemos parado a pensar sobre nuestra historia y sobre de qué somos hijos. Sergio del Molino enfrenta la España urbana, receptora de población, con la España interior y despoblada. Desde esos dos países que enarbolan una misma bandera, y en ocasiones, ni tan siquiera eso, se origina una mirada repleta de lucidez y de talento narrativo, dejando la palabra ensayo en un arcano remoto para convertirse en una radiografía de muchos de nuestros males como sociedad. El abandono progresivo de pueblos y localidades que sucumbieron al paso del tiempo y la rotundidad climática y visual de su paisaje, la implantación de esa población en las grandes ciudades, su incidencia en el actual sistema electoral, la mirada que desde el siglo XIX ilustres visitantes románticos procedentes de Europa fijaron como un cliché patrio, o las visiones que diferentes escritores españoles configuraron sobre nuestra propia realidad, permiten gestionar, frente a frente, una forma de vivir, una manera de relacionarse con un hábitat que hizo y hace de España un ámbito muy diferente al resto de esa Europa a la que nos enganchamos como proyecto económico, más que como parte de nosotros mismos con la que sentirnos identificados.
Galicia, con sus miles de tonalidades verdes, con sus bosques y ríos, no casa bien con el tono pictórico del ensayo, de ahí que apenas Galicia sale referenciada a lo largo del texto. Nuestra singular y bendita geografía escapa del aspecto general de esa lúgubre Castilla mesetaria llena de quijotescas y brillantes referencias, pero en cambio, no se puede evadir del todo de ese proceso de fondo que sintetiza el libro, de ese sistemático vaciado de la piel peninsular, cuando todos sabemos del progresivo abandono de núcleos rurales que se ha ido produciendo en las últimas décadas en las que numerosos vecinos de aldeas, mayoritariamente jóvenes, se han planteado su futuro en las ciudades. Un abandono del campo que define, no solo el aspecto visual de Galicia, con sus aldeas abandonadas, con una naturaleza sin cuidados por parte de sus moradores facilitando incendios y despreciando recursos, con una población envejecida y con una presencia en las ciudades del eje atlántico de esos jóvenes del rural que, como en la España mesetaria, fueron progresivamente abandonando sus orígenes para gestionar sus oportunidades de vida en las urbes.

Galicia ha visto como en ese universo rural, también lleno de mitos, meigas, ‘conxuros’ y sombras (en menuda tierra estamos para esas cosas) el envejecimiento se ha disparado a cifras que multiplican por trece los límites de lo que se considera una población envejecida. Lugo y Ourense pierden una población que recala en una medida cada vez mayor en las provincias atlánticas, pero también en territorios limítrofes y en el extranjero, y así, si Galicia aportaba hace diez años al resto del Estado el 6,4 % de su población, en 2014 este dato se quedó en el 5,9%. Como en el texto de Sergio del Molino, Galicia también se mueve con dos ritmos desde dos hemisferios a los que las políticas deberían dedicar una mayor atención para limar las distancias entre ellos, para reintegrar población a un rural que, lejos de los paisajes yermos descritos en ‘La España vacía’, presenta enormes posibilidades para hacer brotar en ellos la vida.


Encerrado en un libro II. Publicado en Diario de Pontevedra 9/07/2016. (Fotografía Alba Sotelo. Aldea de Serrapio en Cerdedo habitada en 2012 por solo cuatro personas).

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