viernes, 7 de julio de 2017

Aurora, una vida para adentro


Aurora Bernárdez, una «mujer hecha de papel», como ella misma se definía, una mujer ausente del resto del mundo tras la alargadísima sombra de su pareja, Julio Cortázar. Un libro que recoge poemas, relatos breves, anotaciones y una larga entrevista se encarga, felizmente, de recuperar a esta mujer que decidió «vivir para adentro», mientras el creador de ‘Rayuela’ «vivía para afuera». Una decisión de la que nunca se arrepintió, ni cuando el escritor la abandonó por la fotógrafa Carol Dunlop. Ella siguió allí, resistente, consciente de un papel difícil de entender pero que nadie debería juzgar cuando ni ella misma lo había hecho.
El libro de Aurora’, editado por Alfaguara, confirma el talento del que todos los que conocieron a Aurora Bernárdez eran conscientes. Una muller brillante, inteligentísima, traductora para la UNESCO, así como de innumerables textos de los mejores escritores: Flaubert, Valéry, Faulkner, Calvino, Gore Vidal... sólo por citar algunos de los que ella traspasó al francés, al italiano o al castellano, lengua que conoció en segundo lugar, ya que su primer idioma fue el gallego, al pasar su primera infancia en Lugo. Después Buenos Aires, la Universidad, Cortázar y París. La felicidad en un apartamento en el que freían bifes a escondidas mientras Cortázar escribía ‘Rayuela’. París a los pies de una pareja brillante con la literatura como permanente alimento, como unión con el universo de la cultura que gravitaba sobre la capital francesa. Pero Aurora Bernárdez se movía permanentemente con el freno de mano puesto, siempre uno o varios pasos atrás del genio con el que compartía el mundo, el mundo de ambos. Mientras ella era la primera en leer los libros de Cortázar sus escritos se guardaban en cajones como ataúdes, en cuadernos repletos de palabras que surgían de un interior que necesitaba escribir, vincularse con el exterior a través de la palabra, ella, que vivía siempre interpretando las palabras de los demás. Sus palabras se fueron tiñendo del amargor de la soledad en una condena que anunciaba el anonimato al que se vieron sometidas durante muchos, demasiados años.
Ahora parte de esas palabras llegan a nosotros de la mano de Philippe Fénelon para descubrir a una mujer escritora. Sí, otra mujer escritora Javier Marías, y espero que ni te moleste ni te indigne el que la leamos. Incluso el que que seamos capaces de decidir si nos gusta o no nos gusta. Visto lo que se encierra en este libro está claro que Aurora Bernárdez no es Cortázar, ni Onetti, ni Vargas Llosa; como Gloria Fuertes, tras su necesaria e iluminadora recuperación, no es Emily Dickinson o Wislawa Szymborska, para la tranquilidad del orbe literario y su testosterona de fin de semana. Pero si algo muestran ambos casos es la obligación que tenemos de rescatar a estas mujeres, de poner en circulación su obra, de conocerla y, como en el caso de ambas, disfrutarlas. El canon lo dejamos en manos de los ilustrados de este país que se consideran parte de una cruzada que, desgraciadamente, demasiadas veces lo hace desde el desprecio y la displicencia.
Los poemas y relatos de Aurora Bernárdez muestran su manejo de la lengua, su capacidad para evocar sensaciones, para calibrar la vida de una manera tan sencilla como efectiva. La memoria, el paso del tiempo, y como éste afecta a la mujer, o el carácter argentino, genialmente reflejado a través de la «traición sexual, la venalidad política y el fútbol», conviven con el amor por la cultura, por los libros, por la pintura, por los viajes, y todo ello se comunica con inteligencia y una gran dosis de humor, caminos que casi siempre van de la mano.
Desde Galicia son especialmente vibrantes los textos en los que recuerda la tierra de sus padres, donde pasó unos años de su vida de los que siempre guardó un feliz recuerdo reavivado al pisarla junto a Cortázar. El Miño verde, Redondela o Santiago de Compostela marcaron un viaje en el que entre las callejuelas que rodean al Apóstol Aurora Bernárdez sació su hambre de nostalgia. «Hambre de pulpo, de sardinas asadas», los sabores de la infancia que entre las piedras milenarias se convirtieron al instante en «un sentimiento de paz y de armonía». Este viaje de 1956 se prolongó un año después, cuando por motivos de trabajo, desde Portugal, ambos se acercaron durante unas jornadas de paseos entre pinos y cruceiros a Lourido, en Nigrán, como recoge Francisco X. Fernández Naval en ‘O soño galego de Julio Cortázar’ y convirtió en imágenes, de manera fascinante, Juan de la Colina, con motivo del centenario del nacimiento del escritor. A Galicia donó Aurora Bernárdez un tesoro fotográfico de la vida de ambos depositado en el CGAI, una vida que de su mano fluye por fin en un libro, el libro de Aurora Bernárdez.




Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 5/07/2017
Fotografía. Aurora Bernárdez en Lourido (Nigrán) en 1957. Fondo CGAI

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