miércoles, 29 de noviembre de 2017

Diario de un escéptico

Rue Saint Antoine nº 170
Literatura. La edición de las crónicas parlamentarias de Julio Camba entre 1907 y 1909 nos sitúa de nuevo ante un prodigio de la escritura, ante un látigo de la palabra que atizaba a un Congreso bajo el «gobierno largo» de Maura, un martirio para la política y la palabra. Así las cosas sus crónicas se fijan allí donde nadie miraba, donde la lucidez obligaba.


A Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) habría que leerlo cada día. Más aún si quien lo hace se ha decantado o lo han decantado por el periodismo. Sus escritos son como fármacos contra tanta nadería como nos encontramos hoy en un periodismo demasiadas veces anodino y complaciente con el objetivo de sus crónicas. La pluma afilada de Julio Camba durante décadas se convirtió en una referencia sobre lo que sucedía en este país y junto a otro gallego, Wenceslao Fernández Flórez (sus crónicas parlamentarias son las únicas que resisten al de Vilanova de Arousa), escudriñó lo que sucedía en este sudario peninsular que durante las primeras décadas del siglo XX se convirtió en una vertiginosa montaña rusa de acontecimientos.
Esta meritoria edición a cargo de la Editorial Renacimiento de las ‘Crónicas parlamentarias (1907-1909)’, es buena prueba de ello, así como testimonio de un tiempo muy concreto y fundamental en el futuro del escritor. En estos años aquel anarquista fue abandonando esa posición radical redefiniéndose como un ‘anarko aristócrata’. En 1907 fue contratado por el periódico España Nueva para cronicar el Congreso de los Diputados, dominado por Antonio Maura durante tres años, lo que llevó a ser denominado como ‘Gobierno largo’, en un periodo de mucha inestabilidad política bajo el reinado de Alfonso XIII. Un gobierno conservador que se ajusta temporalmente a las crónicas incluidas en este volumen, completado con otros textos publicados en otros medios, incluyéndose varios inéditos. Sean o no inéditos estos textos son inagotables más de un siglo después de su primera publicación. En ellos se rastrea una vivacidad y actualidad asombrosa, así como una rebelde modernidad erigida contra el hastío que le provocaba a Julio Camba la mediocridad política, tanto en sus acciones, como en sus comportamientos y discursos en la propia Cámara.
Bajo la sección de ‘Diario de un escéptico’ el gallego llegaba a ese medio ya consagrado como cronista. Su humor y escritura ágil rápidamente le convirtieron en una referencia en los medios madrileños, continuando lo hecho en estas lides parlamentarias por otros grandes de la literatura como Galdós o Azorín. Julio Camba fue un maestro en esa otra mirada lateral que tanto abunda hoy en nuestros cronistas parlamentarios, algunos que son elevados a los altares del columnismo patrio y que ven aquí uno de sus precedentes más brillantes, sobre todo cuando la mirada del arousano se dirigía hacia el detalle y obviaba lo puramente político, cuando atuendos, gestos o elementos anecdóticos del parlamento se convertían en los protagonistas de unas crónicas entre cuyos blancos se atizaba a la política, a la mala política.
Galdós le recomendaba entre sesión y sesión por los aledaños del Congreso «que todavía debía ser más escéptico», a ese escepticismo se agarraba Julio Camba como «garantía de mi ecuanimidad y de mi imparcialidad». El mismo que le llevó en sus crónicas a tildar de «loros» a varios diputados, a afirmar que un cacique-el Congreso estaba repleto de ellos- era «un organismo refractario a la poesía» o que de «un edificio con tan mala arquitectura como el Congreso poca cosa buena se podía esperar en su interior». Puyazos a ese gobierno de Maura, pero auténticas obras de arte de literatura parlamentaria. Tanto el prologuista del libro, David Guistau, como el encargado de su edición, José Miguel González Soriano, completan eses artículos con certeras revisiones a su estilo y a esa mirada cargada de un bendito escepticismo, pero que a la vista de hoy son un compendio de lucidez y genialidad.


Política y cantería
«Pontevedra es un pueblo muy chico en el que diariamente hay que pasar diez o doce veces por los mismos lugares. Diez o doce veces que, ante las obras en construcción, son otras tantas exclamaciones: -¡El Instituto provincial, cosa de Besada!, -¡El cuartel, cosa de Besada!, ¡El malecón, cosa de Besada!
Aquí todo lo nuevo es cosa de Besada. Así el adoquinado de las calles de la ciudad como las carreteras y los caminos por donde vienen a ella los habitantes del interior. Todos los edificios importantes de Pontevedra o están en construcción o están en ruinas. Las ruinas pertenecen al dominio del vetusto Sr. D. Casto Sampedro-un aqueólogo local que ha envejecido con ellas-, y las construcciones son obra de Besada. Desde los tiempos de Teucro de D. Casto Sampedro hasta el advenimiento de Besada nadie se había interesado por Pontevedra, a excepción de Montero Ríos, que iba convirtiéndola poco a poco en residencia particular suya. (...)» 9/06/1908




Publicado en Diario de Pontevedra 27/11/2017

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