venres, 14 de marzo de 2014

Cociñando contos


ESTE É O SUXERENTE título escollido para a XV edición do Salón do Libro Infantil e Xuvenil de Pontevedra que hoxe se inaugura no Pazo da Cultura. Quince citas que encheron de libros e contos, de lecturas e palabras, de autores e lectores, de historias e lembranzas o que xa é un fito singular na nosa terra. Unha cita que enche de orgullo a unha cidade que fai do feito da lectura un xérmolo de esperanza de cara ao futuro dos máis novos.
Dende hoxe cociñarase grazas ao maxín dos autores, dos contacontos, dos que engalanan cada ano de maneira tan fermosa como intelixente as instalacións do Pazo da Cultura. Receitas para gozar e para o lecer sempre coa forte anclaxe do literario. Homenaxearase aos diferentes autores que ao longo destes anos tiveron cadanseu recoñecemento, abofé que o seu mellor premio será ver as facianas dos cativos coa boca aberta ante todo o que se abre ante eles.

Entre Dous. Diario de Pontevedra 14/03/2014

martes, 11 de marzo de 2014

Descubriendo una poeta. Descubriendo un tiempo


El pasado año fue uno de los libros fijos en las listas de los libros de poesía más vendidos, ahora, varios meses después, sus poemas siguen latiendo con inusitada fuerza, como lo han venido haciendo desde su recuperación tras décadas de olvido. ‘Los poemas perdidos’ de Dorothy Parker (West End, 1893-New York, 1967), que la editorial Nórdica ha puesto en circulación son un descubrimiento para muchos y otro firme espaldarazo a una labor de edición de una extraordinaria calidad, tanto en la presentación física de las obras como en la selección de unos textos que se ponen en valor y que muchas veces estaban perdidos o por lo menos  permanecían orillados para el público de hoy. Estos poemas nos enfrentan a la colosal figura de una mujer singular que desarrolló su vida y pasiones en aquellas efervescentes décadas de la cultura y vida norteamericana. Coetánea de Scott Fitzgerald, que solía recomendar su trabajo a sus amistades, Dorothy Parker fue más conocida por sus cuentos y sus artículos en publicaciones estadounidenses. Revistas y periódicos contaban con su afilada ironía y su ingenio para traspasar a papel ese ambiente newyorkino de la que ella era protagonista. Un protagonismo que la arrastró por las veredas del alcoholismo, la depresión o las relaciones “en serie” como ella misma decía.
Ingredientes que asoman también en sus versos, conformados por una poesía limpia, directa y moderna, transgresora, pero con un límite en altura como los rascacielos que comenzaban a asomar por el perfil de aquella ciudad y que de manera perfecta permite reconocer los tiempos del New York convertido en capital del mundo. Por su poesía pasa el mundo del cine, los famosos de sus fiestas, la propia ciudad pero también el resto del país y todo a través de su mirada, a través de su propia vida: “Mi vida es como una galería de arte,/con pasillos estrechos en los que los espectadores pueden caminar”. Su carácter le hacía no esconderse e invitar a sus fiestas a todo aquel que llegase con una botella bajo el brazo. Poemas alegres, pletóricos de vida en los que se huele aquel aroma de los felices años veinte, pero en los que en ocasiones asoma también la desconfianza ante los nuevos tiempos: “¡Qué gusto leer sobre los días desvanecidos/cuando los caballeros, cuanto menos eran atrevidos!”, y en aquel tiempo y en este, el amor, siempre el amor, parece dejar su poso, una arcadia que nunca pudo alcanzar plenamente pero que aparece una y otra vez en esta selección de poemas: “Pobres criaturas, nos quedamos sin aliento luchando por capturar el amor,/y entre nuestras manos, se convierte en polvo con el contacto”.
Y como remate de esta selección nos deja una de sus aristas más características, su ironía, su capacidad crítica para someter gran parte de lo que la rodea a su escrutadora intuición, como vemos en sus ‘Versos del odio’. Hombres, mujeres, bohemios, libros, películas, esposas o universitarios no se libran de una mirada lúcida y a la que ahora podemos mirar directamente.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 9/03/2013

luns, 10 de marzo de 2014

Lavando os trapos sucios


Homes e mulleres a falar do seu. O xérmolo de tantas liortas na nosa sociedade e o ancestral choque de condutas que protagonizou tantos relatos literarios ou tantos filmes ao longo da historia. Desa loita é da que nace ‘Dióxenes en Dolorida’, a novela de Ignacio Vidal Portabales que acadou no 2012 o Premio Blanco Amor, e que sae agora do prelo. Un texto que nos enfronta as relacións entre home e muller a través dunha serie de personaxes galvanizados por unha curiosa presenza, como é a dun tal Dióxenes que, tras un fracaso amoroso, chega a unha localidade na que se acompaña de tres homes aos que nas súas relacións sentimentais tampouco lles vai nada ben. Eles comporán un curioso grupo que fará das mulleres a súa cerna de debate, cheo de misoxinia e ferintes reflexións sobre o sexo contrario, que logo terán resposta por parte delas.
O primeiro que nos chama a atención na lectura ademais desa idea, a de establecer un ring de boxeo no cal achegarse a ese inagotable pozo ao que todos nos asomamos a diario, é a estrutura da novela. Así é como nunha primeira parte, e case sen acougo, eses homes van soltando pola boca as súas confesións sobre o que acontece nos seus fogares e como a relación coas súas mulleres vai marcando as súas vidas, empregando para iso moitas das teimas masculinas na procura dos consellos que ese home, que tan sabio lles parece, ese Dióxenes excesivo e irreverente, lles pode ofrecer, algúns deles tan estridentes como o de perfumarse cun insecticida. Sérveme este consello para achegarme ao humor, que este si perfuma de maneira axeitada toda a novela. Un humor groso en ocasións, que lle acae moi ben ao ton que procura Ignacio Vidal para achegarse dende o exceso a amosar esas relacións. O humor funciona como desengrasante da realidade e na novela, como xeito de sosegar un relato que as veces colle demasiada velocidade nesa pendente de descalificacións mutuas. Esa parte, bañada no exceso de xeito premeditado polo autor e afundido na testosterona, mudará cando as mulleres toman protagonismo facendo desfilar esa ringleira de tópicos que uns e outros fomos asentando na nosa sociedade. E o farán dende un ‘orixinal establecemento’ como se di nas cubertas do libro, un lugar onde as mulleres amosarán os seus pensamentos sobre os homes, e tamén, entre elas mesmas, algo que tamén aparece nesa primeira parte. Non so son homes contra mulleres ou mulleres contra homes, senón homes e mulleres que plantexan as súas relacións entre si cun funcionamento ben singular.
Como o propio Dióxenes, metido a ‘filósofo afeccionado’, Ignacio Vidal introdúcenos neste relato ao que ninguén é alleo ao formarmos parte desta realidade de homes e mulleres, de encontros e desencontros, que son ante os que o autor propicia esta enxeñosa reflexión dende o literario e co sempre intelixente sustento do humor. Benvida sexa.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 2/03/2014

domingo, 9 de marzo de 2014

Gritos


«He pasado de ti/Me han distraído/Me dicen ven ven venimos con nosotras vamos nunca se llega/Y se expande una luz blanca por las praderas/Qué lejos está el Mundo! Nunca se llega/No hay nadie a estas horas por el mundo/Qué lejos está el mundo! Nunca se llega.» (Del poema ‘Elencar’ incluido en ‘En el norte hay un mar que es más alto que el cielo. Carlos Oroza)


«El último poeta maldito fue Federico García Lorca», le espetó Carlos Oroza a Antonio Lucas en las páginas de El Mundo esta semana. Palabras de poeta a poeta, en confianza, cuando el largo invierno ha puesto a los poetas con las orejas en punta, como lobos expectantes ante el acosador acecho de la muerte. Justo ahora, cuando más falta nos hace la esperanza de la poesía, se nos van en fila de a uno en lúgubre goteo, incesante y cadencioso. 
El último en caer ha sido Leopoldo María Panero. Un raro, le decían, siempre con ese gusto indisimulado del que califica a sus semejantes. Como si fuese necesario ordenarlos en cajones, depositándolos en las estanterías a las que pocos se sonrojan en acudir cuando es necesario para sacar al monstruo y exhibirlo ante las amistades. Y así asistimos durante el luto a la exaltación, más que del poeta muerto, del personaje singular, del maldito, del ser arrinconado por la vida, y también, claro está, por sí mismo. Un desarraigo que va del yo al mundo, a ese mundo que en ocasiones está tan lejos, como clama, Carlos Oroza en ese fragmento de ‘Elencar’. El mundo está siempre demasiado lejos de los que se muestran más enfermos que malditos, más humanos que mitos, pero que segregan la seductora tinta necesaria para aquellos que huyen del verso y se acercan prostibulariamente al esqueleto. 
Carlos Oroza ha asomado esta semana por toda España desde esas dos páginas que reflejan al poeta que fue y que es. En ellas huye, como huyen todos, de la manida etiqueta de maldito, también lo hizo Leopoldo María Panero pero la etiqueta lo aplastó. Juntos, recuerda Antonio Lucas, salieron a un escenario en Barcelona acompañados de otro al que también llamaban raro, Carlos Edmundo de Ory, todavía por descubrir. Una triada antisistema, cuando el sistema estaba todavía por hacer y que enarbolaba, como aquella Libertad de Delacroix, la palabra como bandera a la que aferrarse ante los vaivenes de ese mundo al que nunca se llega. 
En Vigo vive Carlos Oroza, un accidente tras salir por piernas de Pontevedra tras ondear demasiado esa bandera cuando el momento exigía otra enseña. Pero no es raro verle por esta ciudad, y más ahora que brotan las camelias acariciadas por un sol renovador, a ella regresará a observar como se enfrentan las sombras al sol posado en el casco histórico y del que ha presumido en alguna ocasión, al igual que de una Pontevedra que tanto ama, al reconocerla sometida al ciudadano, y que incluso le ha puesto su nombre a una escuela de hostelería. ¡Pero si aun está vivo! ¿no lo sabéis? El poeta vive y seguirá viviendo mientras haya futuro, y en él, la palabra, siempre la palabra. 
Si os cruzáis con él no le molestéis, a mi me gusta pasar a su lado para admirarlo como si fuera una estatua, cruzo la acera y desde allí lo veo, con perspectiva, enjuto, barnizado por el sol y un cigarro que convierte en volutas de humo unas metáforas de las que procura huir casi tanto como de las rimas, para no ser un poeta cursi, algo que detesta. Es él, el poeta, Carlos Oroza, y cuando lo suelto tomo uno de sus libros, lo abro, y leo lo primero que por él asoma: «La palabra cumbre es la cumbre el universo expansión/El pensamiento permanece en las sombras y la piedra en el ojo se ilumina/Pues si la palabra cumbre es la cumbre/Y la cumbre es muy alta/No subas/No toques lo que puedas mirar.» De nuevo la palabra, esas mismas palabras que una noche de verano rebotaban entre las piedras de las ruinas de Santo Domingo en un recital entre sepulcros y ojivas para convertir en eterna la palabra a través de la voz y dar sentido a lo que somos, poco más que un grito primitivo, un instante en el abismo. Gritos en el infinito. 
Lo más contestatario que puede hacer un poeta hoy es publicar otro libro y más aun si poeta y libro son de largo recorrido. Carlos Oroza ha reunido en ‘Évame’ piezas de antes y de ahora, en definitiva, de una vida de poesía que comenzó a ser palabra en los años sesenta y ahora es, no una maldición, sino una bendición, que es precisamente lo que son los poetas.

Publicado en Diario de Pontevedra 8/03/2014
Imagen: Carlos Oroza en 1964 (Camilo Gómez)

venres, 7 de marzo de 2014

Y la nieve cayó negra


Se nos siguen muriendo los poetas en este invierno de nieves negras para olvidar. Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Félix Grande y ahora Leopoldo María Panero, un alud de desolación precisamente cuando tanta falta hacían.
Pocos autores han tenido tantas necrológicas como él, a pocos se les ha llorado en vida tanto como al último de una estirpe anclada hasta el tuétano a este país, para lo bueno y para lo malo, y que de manera tan certera plasmó Jaime Chávarri en ‘El desencanto’. La poesía de Leopoldo María Panero fue siempre un grito contra el sistema a partir de gritar contra sí mismo y su desarraigo, y eso ponía cachondos a todos los que hoy escribirán enfervorizados loas al poeta muerto, mientras en vida, su tránsito por sanatorios psiquiátricos se convertía en un medallero para el olvido y la construcción de uno de esos mitos tan queridos por la España del aquelarre, esa que desprecia al loco y que solo lo saca a pasear en los días de fiesta. “España es la que está loca, no yo” exclamaba el poeta. ¡Qué razón tenía!, pocos tan cuerdos como él, pocos tan certeros. Junto a nuestro Carlos Oroza, y algún otro, convirtió la poesía en un magma creativo, en la iconoclastia ante lo establecido y en el pasaporte para una libertad irrenunciable por encima de todo y de todos, con un único asidero: la palabra. Novísimos, beat, underground… Adjetivos para adjetivar lo inadjetivable, lo que no admite calificación, una renuncia que le llevó, junto al propio Oroza, a ser considerado ‘raro’, un poeta de minorías pero que salpica desde hace horas las redes con más entradas que muchos premios Nobel.
Y es que la poesía sigue latiendo pese al color de la nevada, pese a ese manto negro bajo el cual se encuentra la pureza, la nieve blanca en la que la palabra manda y ella no entiende de raros y no raros solo de fulgor y eternidad, «He aquí un hombre al que masticó la vida», dijo el poeta.


Publicado en Diario de Pontevedra 7/03/2014

xoves, 6 de marzo de 2014

Palabra de Oroza

Se ha  muerto Leopoldo María Panero... como hace solo unos días fueron Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Félix Grande los que cubrieron enero con un manto de nieve negra. Ayer, otro poeta, Antonio Lucas, hacía emerger de la nieblas gallegas a Carlos Oroza y descubría, en dos páginas antológicas en El Mundo, al poeta que en un recital mítico había unido a Leopoldo María Panero y Carlos Edmundo de Ory para orear palabras y versos, para convertir en raros a los demás cuando hoy se dice que ellos son los raros. Una noche escuché a Oroza entre piedras y noche, entre ojivas y musgos, pero sobre todo entre palabras y eternidad.... que valgan estas palabras rescatadas de la memoria para honrar a los poetas y a los raros también, qué coño!!!



Alquimista de la palabra. Poeta de la imaginación. Inventor de imágenes, pero antes, siempre antes, fue la palabra. Yo no entiendo de movimientos beat o de generaciones underground, pero sí que entiendo, como entendemos todos, de emociones, de pálpitos que te golpean lentamente y son capaces de trasladarte a otra esfera. A la esfera de la pureza, de la verdad y también de la trascendencia. Hasta allí nos condujo el pasado jueves Carlos Oroza en las ruinas de Santo Domingo, entre luces que se enfrentaban con la noche y piedras inmortales que, como sus propias palabras, adquieren con el tiempo ese carácter inmanente que convierte lo fugaz en eterno, lo liviano en sólido, lo trivial en esencial. Esa es la patria del poeta y Carlos Oroza ha conquistado hace tiempo la bandera de la eternidad, su ‘iconoclastia’ y su rebeldía han forjado ya una leyenda de nuestra poesía, pero sobre todo han hecho que la palabra subsista y emerja con la fuerza de la que tantos la han desposeído durante sus estériles discursos y su vacuos parlamentos, amparados por una sociedad cada vez más enemiga de las palabras. Carlos Oroza se debe a la palabra y la palabra le debe mucho a él, ambos son un binomio indisoluble, una argamasa que mientras siga existiendo permitirá que sigamos soñando con la libertad, con la eterna revolución, como eterna es su palabra.

Diario de Pontevedra, agosto de 2008

domingo, 2 de marzo de 2014

Medicina


«Este es el pueblo de las iniciativas y del buen humor, capaz no solamente de organizar una buena comparsa, sino también de más altas empresas, porque hay que reconocer que Pontevedra si bien figura entre las capitales más pequeñitas de España y puede decirse que cabe debajo de un brazo, es en compensación una de las más cultas e ilustradas.» 


«A las ocho y treinta y dos minutos y cuatro segundos, por el meridiano de Campolongo -hora así anunciada en el programa para el comienzo del espectáculo» se estrenó en el Teatro Principal el festejo carnavalesco que cerraba el programa del Carnaval de Pontevedra en el año 1900. Fue, como lo es hoy, un 1 de marzo cuando Pontevedra renovó sus votos con una de las fiestas más singulares de nuestra ciudad y que más nos distinguen del resto de carnavales, no solo de Galicia, sino de toda España. 
Aquel estreno llegaba de la mano de uno de esos personajes sin los que Pontevedra no sería la misma, alguien que hizo del ingenio, el talento y el buen humor una enseña que lució en terrenos de lo más diverso, desde la poesía hasta el periodismo, que ejerció en esta misma cabecera, o la creación de revistas, alguna de ellas tan interesante como lo fue ‘Extracto de Literatura’. Hablamos de Enrique Labarta Pose quien, como persona inteligente, encontró en el Carnaval territorio abonado para subvertir la realidad, para distraer la cotidianeidad desde el disfraz y la sonrisa y hacer de la fiesta motivo de unión entre la ciudadanía. 
Ojear el libreto de aquel ‘apropósito carnavalesco’ como se le dio en llamar, significa gozar de unos hechos que han llegado a nosotros gracias a la labor de otro pontevedrés ilustre, este menos dado a la algarabía, como fue José Casal, quien entre sus numerosas virtudes estaba la de guardar este tipo de materiales que por otros muchos podrían ser despreciados, pero que con el paso de los años, y fíjense los que han pasado ya, se convierten en incomparables tesoros para descubrir como era la vida cotidiana en esta capital. El Museo de Pontevedra, fiel custodio de esas riquezas, se convierte a través de estos materiales en una ventana abierta al pasado gracias a la labor silenciosa, tanto de los que por allí han pasado como de los que aun hoy siguen en las trincheras. Gente que con su trabajo mantiene en perfecto estado un legado con el que, en fechas como estas, poder redescubrirnos y hacerlo, no solo a través de los cuadros o las piezas más espectaculares de sus fondos, sino a través de ese encanto de lo cotidiano. Algo que pueden confirmar si visitan la brillante (por muchos sentidos) exposición que durante estos días todavía están a tiempo de contemplar, ‘Las joyas y su reflejo’, que inteligentemente comisaría Natalia Fraguas. 
Regresemos a aquel libreto de comienzos de siglo, a esas endebles páginas que, ajadas por el paso del tiempo, nos llevan ante las imágenes de numerosos pontevedreses disfrazados de manera brillante. Nada de medianías o disfraces de esos que hoy se colarán en nuestro desfile de una calidad ínfima, algo que no siempre va reñido a su coste, y que tanto perjudica al conjunto del cortejo y a aquellos que sí merece la pena contemplar. Junto a ellos, los muñidores de aquella noche, el ya comentado Enrique Labarta Pose en los diálogos y la dirección, corriendo la música a cargo del «joven director de orquesta» Isidro Puga y la decoración obra del «genial y distinguido pontevedrés» Demetrio Durán. El ambiente de excepción lo reflejó el Diario de Pontevedra del día siguiente: «El golpe de vista que ofrecía el teatro visto desde el patio era magnífico. A uno y otro lado que se volviese la mirada, veíanse hermosos rostros de elegantes damas. Palcos y plateas eran planteles de bellezas. La aristocracia elegante de Pontevedra estaba anoche en el teatro reunida. Literatos, periodistas, los hombres de ciencia, la milicia, las artes, tenían digna representación, y todos esperaban con ansia el acontecimiento». 
En el espectáculo se narraba la visita del Carnaval de 1600 a la ciudad, siendo recibido por el Carnaval de 1900, quien le mostraba una ciudad moderna y muy distinta a la suya. Ante ellos desfilaron personajes como el Concello, la Diputación, la Plaza de Toros o la Luz eléctrica. También Ravachol estuvo presente, en pluma y hueso, en el Teatro Principal, representándose a sí mismo, ¿quién mejor? y hasta el Diario de Pontevedra se convirtió en uno de los actores que, junto a ‘El Áncora’ y ‘La Correspondencia’, dos de los medios locales de la época, se marcaban el siguiente versito: «Representantes/de la opinión/Somos el cuarto/Poder de la nación». Aquel encargo que recibiera Enrique Labarta Pose, según él cuenta, tras esquivar en el mes de enero la visita de su propia muerte, a cargo del presidente de la Sociedad Gimnasio, junto a las otras dos grandes sociedades del momento, el Recreo Artesanos y el Liceo Casino, le sirvió, según él mismo anota, como evidencia del «beneficio del Carnaval para la salud». Pues ya lo saben, si nuestros antepasados utilizaron el Carnaval como medicina para sanar sus males, hagamos lo mismo con los nuestros y sigamos sus consejos: ¡careta y antifaz, y a la calle!


Publicado en Diario de Pontevedra 1/03/2014
Imagen: Archivo gráfico Museo de Pontevedra