martes, 14 de enero de 2014

Una mirada de ayer, hoy

Julio de 1929. John, "oscuro profesor en una de las universidades de la ciudad", vuelve en tren a la casa familiar, al pueblo que dejara hace años. En la estación lo esperan su madre y su hermano que muy pronto lo pondrán al día sobre ese pueblo.

Resulta inquietante aproximarse a esta novela escrita en 1938, apenas nueve años después del crack del 29 norteamericano, a partir del cual aquella sociedad y aquel país ya nunca volvieron a ser iguales.
Thomas Wolfe falleció en ese mismo año de 1938 contando treinta y ocho años de vida. Una corta trayectoria que, no obstante, permitió singularizar su escritura como una de las más importantes de la Norteamérica de la primera mitad del siglo XX. En el primer párrafo hablaba de inquietud, y ella es la que surge como un escalofrío que recorre nuestro cuerpo al comparar el paisaje de nuestra sociedad actual, oradada por las consecuencias de la crisis económica, con el paisaje que describe el autor como el argumentario de esta corta novela que se lee de manera casi convulsiva.
Planteado a partir del regreso a casa, esa situación siempre ha generado grandes relatos por todos conocidos desde la antigüedad. El retorno al hogar tras una larga ausencia enmarca en este caso el encuentro de un hijo con su madre y hermano, pero sobre todo con la comunidad y con un paisaje esquilmado por la especulación urbanística que modifica por completo no solo una imagen física, sino también el ambiente humano que cada vez más deja de serlo. Calles, colinas y personas acaban sucumbiendo a esa orgiástica fiesta que suponen los momentos de ebullición económica: la compra de solares para edificar, la construcción masiva sin orden ni concierto, el caudal de millones y millones en un pueblo poco acostumbrado a ese maná. ¿Acaso hay tanta diferencia entre ese recorrido familiar y el que pudimos realizar hace apenas unos pocos años en esta España nuestra? Los protagonistas se resisten a creer lo que están viendo, dudando sobre a dónde les llevará todo este agresivo vaivén especulador que modificará de manera irremediable el pueblo, pero también los estrechos vínculos establecidos entre el vecindario. Personas que asisten a cómo el dinero se multiplica de la noche a la mañana con una simple operación de compraventa, lo que se convierte en una obsesión para esos vecinos metidos a especuladores en una espiral por la que se ha ido el recuerdo de lo que era ese lugar y con él la memoria de tiempos en los que la felicidad se alimentaba de una manera más natural, más saludable y siempre alejada de todo lo que rodea al dinero como motor de la vida.
"Y ahora, mientras observaba desde la colina aquel extraño y nuevo pueblo, aquella increíble conversión en una ciudad que había enloquecido de la noche a la mañana, John recordó de repente la imagen nocturna de las calles muertas de su infancia". Este precioso fragmento es el inicio del último capítulo de los que componen este libro en el que aparece consumado el febril despeñarse de un pueblo cegado por la especulación al que Thomas Wolfe ha colocado ante un espejo, y no para que se retrate esta ficción local, sino para que lo haga todo un país, unos Estados Unidos cuyos intereses especulativos fueron, en parte, causa de la profunda crisis que en 1929 asoló a su maquinaria económica.
Y en ese espejo asoma, o más bien se desliza sobre él, el manejo que del lenguaje logra el autor, basado en una precisión que facilita la lectura al tiempo que describe de manera magistral los hechos que contiene el relato. Una manera de escribir pegada a la realidad en la que se respira una vida que no hace más que enfrentar a la humanidad con todo aquello que la pervierte y asfixia, haciéndole perder el fluir natural que la debe caracterizar. Un fluir que página a página comprobamos como se puede hacer literatura para describir un instante que hoy sigue plenamente vivo.

Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo

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