sábado, 21 de noviembre de 2015

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Cuando Johan Cruyff, hijo de un nuevo tiempo, irreverente y descarado, se enteró en 1973 de que el club de toda su vida, el Ajax de Amsterdam estaba negociando con el Real Madrid para efectuar un traspaso a sus espaldas, rompió la baraja y se decantó por el rival del equipo blanco, el F.C. Barcelona, sin argumentar ningún interés mayor que el de llevar la contraria. Siempre dueño de su destino. Gracias al Real Madrid, el Barcelona, aquel club desorientado y en permanente zozobra en los años sesenta, comenzó a enderezar su rumbo, a ganar la Liga 1973/74 rompiendo 14 años en blanco, pero sobre todo le permitió afianzar una relación a la que el tiempo deparaba la creación de una nueva era en el planeta fútbol.
En 1973 Cruyff apareció por las Ramblas a pecho descubierto y el pelo a lo Beatle para sonrojo del franquismo. Un fin de semana de 1974 lo llevaron al Bernabéu, ganó 0-5 y meses después conquistó la Liga. La muerte del dictador ya era cuestión de horas. En 1978 y tras desavenencias con la directiva dejó el Barcelona, pero no su vínculo con la ciudad y la identidad catalana. De nuevo las tinieblas rodearon al club en unos años ochenta plagados de miserias que ni Maradona pudo compensar y que tuvieron su culminación abisal en la noche sevillana en la que el Steaua de Bucarest conquistaba la que debía ser la primera Copa de Europa y un niño empapaba con sus lágrimas la colcha de su cama.
Sus tres balones de oro en los años 70 sintetizan la singularidad de su juego y el dominio del fútbol europeo, convirtiéndose en uno de los jugadores más importantes de la historia. Su carácter, sello distintivo a lo largo de su vida, fue el que le llevó a elegir el número 14 cuando todos los dorsales iban del 1 al 11, o a echarse un Camel sin filtro antes de cada partido, nada de fumar en los descansos en el vestuario, como decían algunos para darle mala fama. Técnica, velocidad y visión de juego resumen el fútbol de El flaco como abanderado de aquella Naranja Mecánica que maravilló de la mano de su seleccionador e ideólogo, Rinus Michels, proponiendo un fútbol al que, en cuanto a su vertiginosa concepción, efectividad y disfrute, por quien lo juega y lo observa, solo Brasil con sus mejores equipos podía aproximársele.
Cruyff labró en piedra ese manual futbolístico y bajó de la montaña para mostrárselo al mundo, para que esa fuese su propuesta al coger las riendas de aquel Barcelona deambulante que, tras el esperpento del motín del Hesperia, encomendó su alma al salvador holandés, tal y como había hecho quince años antes. Era 1988 y tras dos años complicados, pero en los que el crédito del tulipán se mantuvo inmarchitable, se desembocó en una sucesión de títulos como nunca había vivido este club. Años de Dream Team y Chupa Chups. Pero sobre todo de lograr la sensación de que el Barcelona había encontrado el engranaje perfecto sobre el que ir disponiendo a sus jugadores durante muchos años, tantos que llega hasta hoy.
Los Rexach, Robson, Van Gaal, Serra Ferrer, Rijkaard, Antic, Guardiola, Tito Vilanova, Tata Martino y Luis Enrique no hicieron más que seguir mostrando a sus jugadores aquellas tablas de la ley, la concepción del fútbol del tándem Michels-Cruyff, siempre con alguna variante para decir que ellos también estaban allí, unos mejor, y otros peor, que es lo que pasa cuando uno quiere escribir con rotulador junto a lo que está grabado en piedra.
Se cuenta que cuando Guardiola recién firmado su contrato como entrenador se colocó, con la cabeza baja y apretando los puños, ante la pizarra de su despacho en un Nou Camp en silencio, para intentar confeccionar un proyecto de equipo, durante unos segundos escuchó aquello de «Pep, yo soy tu padre», y acto seguido la pizarra se llenó de nombres y esquemas de juego. A partir de ahí, dos Copas de Europa, Ligas y un año en el que se ganaron todos los títulos en juego, algo nunca visto y que tardará en repetirse, pero sobre todo, la resurrección de ese fútbol total en un equipo convertido por juego y palmarés en el mejor de la historia.
El pasado jueves Cruyff reapareció tras haber anunciado, casi un mes antes, que tenía cáncer de pulmón. Con el tratamiento ya iniciado si Cruyff tiene clara una cosa es que hay que meter siempre un gol más que el contrario. Ganar este partido, como tantos en la vida, no será fácil, pero el flaco sabe que, junto con los adelantos médicos, ensanchar bien el campo con dos extremos veloces, colocar a tres en defensa, presionar desde la delantera y poblar el medio campo de buenos peloteros con llegada es tener ya mucho ganado. Todos sus enemigos sabían que estas eran sus armas, pero muy pocos lograron vencerle, igual que ahora.
¿Y el clásico? Pues poco importa cuando tu padre se está jugando la vida.



Publicado en Diario de Pontevedra 21/11/2015
Fotografía: Johan Cruyff realizando un reportaje con un fotógrafo holandés a su llegada a Barcelona en agosto de 1973. Foto Cifra.

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