sábado, 27 de febrero de 2016

Sofía, corresponsal de guerra

«Hacía lo menos veinticinco años que no escuchaba a nadie hablar en gallego, desde que, siendo muy niña, solía acompañar a mi abuelo Juan al puerto en Coruña».

[‘Azules son las horas’. 
Inés Martín Rodrigo]




Su nombre es Sofía Casanova. Una mujer rescatada por la literatura gracias a la intuición y la brillante escritura de Inés Martín Rodrigo. Una de las bendiciones que nos ofrece la propia literatura no es solo el hecho estético o el placer de la lectura, sino el descubrimiento de nombres orillados por nuestra historia, por un mezquino devenir de los años que se llena de olvidos dejando atrás a personajes tan valiosos y sorprendentes como el de esta gallega nacida en A Coruña en 1861.
Mujer, poeta, periodista, autora teatral y la primera corresponsal de guerra, son solo algunas de las facetas que descubrimos en Sofía Casanova a medida que leemos el libro publicado por la Editorial Espasa, ‘Azules son las horas’, pero sobre todo podríamos definirla como una resistente. Ella luchó desde bien temprano por expresarse a través de la escritura, por defender su nombre de mujer en un mundo construido por hombres y para hombres. Resistencia desde el deseo de forjar una familia, la defensa de sus hijas o los derechos de la mujer, y sobre todo resistir a la brutalidad del ser humano a través de cuatro guerras que atravesaron su vida como las garras de una bestia. Cuatro cicatrices, cada una más profunda que la anterior, que solo sirvieron para que Sofía Casanova fuese consciente de hasta qué punto el ser humano es contrario a sí mismo.  
Esas guerras, con todas sus miserias y repulsiones, fueron el marco en el que Sofía Casanova fijó su faceta de articulista de prensa y corresponsal de guerra. La primera mujer en España que acometía tal fin. Desde la Polonia a la que le condujo un mal casamiento y en la que cimentó a una familia que la acompañó hasta del final de su vida, enviaba a diarios como El Liberal primero, y posteriormente al ABC, los cadáveres que la guerra depositaba a la puerta de su casa. Durante 21 años hasta 800 artículos hicieron del ABC una referencia para pulsar el débil latido de esa Europa que se desangraba paulatinamente a través de las dos guerras mundiales, la Revolución Rusa y la Guerra Civil española.
Varsovia, Moscú, Londres fueron algunas de las estaciones de paso de una vida que al lector le engancha desde las primeras páginas del libro, una fascinación asentada en la humanización de la protagonista, lo que no hace más que aumentar el interés por el personaje histórico. Así, página tras página, formamos parte de ese inicio del siglo XX llamado a ser el del gran progreso social pero en el que se tuvo que pagar un altísimo y excesivo peaje. Cada uno de esos artículos que con muchas dificultades atravesaban una Europa humeante hasta Madrid, son una mirada firme a una geografía en la que los poderosos jugaban a configurar imperios, a desplazar fronteras. Caprichos de unos pocos que mutilaban vidas y esperanzas generando un horizonte en el que vidas como las de Sofía Casanova danzaban un baile macabro con los fantasmas de la guerra. Lejos del refugio, del paso atrás, Sofía Casanova no dudaba en cruzar líneas devastadas, en apilar cadáveres, en enfundarse un traje de enfermera e intentar paliar la desesperación de los demás o en entrar en palacios y embajadas buscando la salvación de los suyos.
Pocos espacios había para el aliento con ese panorama. El amor por sus hijas, el acto irrenunciable de escribir y al fondo, como una Itaca de la que nunca desprenderse, su tierra gallega. A ella necesitaba regresar cuando el nudo en la garganta impedía la respiración. Urgía entonces el aroma salado del mar, contemplar el balanceo de los árboles y sentir el cariño de una lengua hecha para la caricia. «La mecí como cuando era niña, en Marín, con la brisa de las rías gallegas entrando por el balcón», «Nada más llegar a Mera, supe que no me había equivocado. Julio empezaba a despuntar y la luz del mar se filtraba en el cielo, haciendo del paisaje una hermosa paleta de colores pastel». Son los retornos a Galicia pero también los recuerdos en las últimas horas de vida. De esa manera se inicia cada uno de los capítulos, desde el lecho final, en la invocación permanente de una vida que se apaga pero que aún destellea en cada narración como un faro que alumbraba a todos los que la rodearon, como esa Pepa, Pepiña, que crió a sus hijas hablándoles en gallego como parte de su esencia. Galicia siempre al fondo, como la entrada a una ría de estabilidad mental cuando precisamente todo te abocaba a lo contrario. Y horas ante de morir, el deseo manifestado a sus hijas: «Descansar, para siempre, en Galicia».
La otra gran patria de Sofía Casanova fueron las letras. El oficio y la pasión de escritora, las primeras poesías, el equipaje de una niña formado por unos pocos libros en una caja de zapatos, el apoyo del rey Alfonso XII para publicar su primer poemario, el pionero estreno teatral de una mujer en Madrid en 1913, y las tertulias de hombres en las que su posición firme y resuelta se imponía en muchas ocasiones a los Zorrilla, Pereda, Machado, Benavente, Goy de Silva, Murguía o Tolstoi, con los que coincidió a lo largo de su vida. Pero su gran debate fue siempre con la página en blanco, con ese abismo al que se asomaba cada vez con una vista más frágil hasta la oscuridad final. Ahora, casi sesenta años después de su muerte, esa oscuridad es luz gracias a Inés Martín Rodrigo que ha hecho que podamos ver y emocionarnos en el descubrimiento de ella, de Sofía Casanova.





Publicado en Diario de Pontevedra 27/02/2016.
Imagen: Sofía Casanova con el uniforme de la Cruz Roja en 1915. (Archivo gráfico ABC)

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