sábado, 11 de junio de 2016

Los besos en el pan

«Ella, como todos sus colegas, ha citado a enfermos para el día siguiente. Como todos sus colegas, confía en que el juez dicte mañana medidas cautelares que paralicen el cierre»
[‘Los besos en el pan’. 
Almudena Grandes]



Le tomo prestado el título de su último libro a Almudena Grandes para también titular así este artículo que ya estaba pensado para ser publicado hace unas semanas, para cuando este país debía haber conformado un Gobierno que nos hiciese pensar en un nuevo tiempo o en la continuidad de aquello en lo que nos hemos estado moviendo en los últimos años. Hoy nos vemos, como los hámsters dentro su rueda, atrapados en un devenir sinfín, girando sobre nosotros mismos y sobre un país aturdido por sus propios ‘líderes’. La incapacidad para formar un gobierno nos ha puesto de bruces ante una realidad, la de la inmadurez democrática de España, frente a unos políticos temerosos de hacer un servicio a su país y pensando en hacérselo únicamente a sus siglas.
Así es como nos vemos dentro de otra campaña electoral, si es que en los últimos meses hemos salido de ella. Una campaña llena de ruido y de distracciones mediáticas que si algo no deben conseguir es hacernos perder la perspectiva de lo pasado en la anterior legislatura, la de verdad, no la del sonrojo colectivo que vivimos recientemente. Sobre esa legislatura es a partir de la que debemos actuar, por mucho que ahora asistamos a piruetas varias, agotadoras presencias televisivas y ‘revivals’ de la campaña anterior. Nuestros políticos no se han movido ni un milímetro de su espectro anterior y solo la abducción de Alberto Garzón por el peso de la púrpura de Pablo Iglesias modifica el paisaje electoral. Un movimiento ante el que Garzón debe conducirse con pies de plomo, ya que el líder de Podemos sabemos que gusta de dejar balizado de cadáveres su transitar desde la República Independiente de su casa hasta la gloria celestial.
A estas alturas del artículo ustedes se preguntarán qué es lo que tiene que ver todo esto con que yo le haya robado vilmente a Almudena Grandes un título tan extraordinario. Algo a lo que es imposible resistirse tras leer este libro repleto de relatos surgidos de ese tiempo de crisis, de pérdida de valores y de acoso cruel al ser humano. Nunca ajena a lo que sucede en su entorno, la escritora pone el ojo en esa resistencia civil que durante estos años es la que ha mantenido en pie la dignidad de muchos habitantes de este país frente a las dentelladas del sistema y la complicidad más absoluta de un gobierno empeñado en refugiarse  en lo macro, mientras, lo realmente importante, como es lo micro, se iba aplastando de una manera indignante a base de una política de recortes que, como suele ser habitual, siega por donde se mueve el pueblo: los salarios, la sanidad, la educación, la vivienda, la cultura... es decir, lo imprescindible para la subsistencia. Este retrato coral nos seduce por la viveza de lo escrito, por su inmediatez con lo que sucede en nuestro barrio, en nuestro edificio, en el piso de enfrente, allí, donde la crisis se convertía en una marabunta que devastaba todo a su paso. Despidos, desahucios, hambre, humillaciones, estafas bancarias... en definitiva, desesperación, lágrimas y dolor que, como el gotero del suero ha ido calando a caño abierto entre las vidas de gran parte de la población, sobre todo de esa clase media, imposible ya de recuperar durante varias generaciones. Pues todo este trazo de compromiso de Almudena Grandes, reflejado en esa colmena vital, es el que al fin y al cabo nos debe hacer pensar nuestro voto, el que ha marcado esa legislatura en la que todo llegó a tener un punto de ciencia ficción y de incredulidad, realimentada al comprobar como las diferentes opciones políticas esquivaban un compromiso firme con los ciudadanos, despreciando sus votos, en base a unos mejores réditos en unos nuevos comicios. 
A Almudena Grandes su abuela le hacía besar el pan como agradecimiento por poder tener alimentos en un tiempo en el que todavía estaba muy presente el recuerdo del hambre guerracivilista. Nadie pensaría tantas décadas después, y con lo que hemos sido tú y yo, que diría Sabina, que habría gente que volviese a besar el pan como agradecimiento a la vida. Pues sí, esos besos de rabia se han vuelto a producir. Ahora que nuestros candidatos llenarán de besos calles, plazas y platós de televisión, acuérdense de esos otros besos a los que la literatura ha concedido la inmortalidad. Un buen camino para evitar el olvido.




Publicado en Diario de Pontevedra 11/06/2016

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