domingo, 6 de julio de 2014

Venteando interiores


Han sido ya varias las aproximaciones que he realizado a este texto febril, descarnado y punzante desde el mes de marzo, en el que conquistó el prestigioso Premio Loewe de poesía. Aproximaciones de esas que hace tiempo no te encontrabas a la hora de establecer una relación con un libro y su posterior comentario, ya que tras su lectura uno se siente vacío y azorado por la fuerza de las palabras y lo descarnado de lo que en él aborda su autor, Antonio Lucas.
«Todo estaba pactado menos la poesía», escribe en uno de sus poemas, y en esa frase se resume de manera brillante la capacidad de la poesía para convertirse en lo inesperado, en ese abismo ante el que uno se planta en la búsqueda de preguntas más que de respuestas. La poesía no entiende de comodidades, menos aun si se ejercita como lo hace alguien que emplea su literatura para enfrentarse a la sociedad y a sí mismo.
Antonio Lucas, reconocido periodista cultural en ‘El Mundo’, no pocas veces se sirve de la poesía como coda de sus entrevistas o artículos, pero también como trampolín para sus columnas desde el que zambullirse en este entorno nada apacible que nos rodea. Pero lo que sucede en ‘Los desengaños’, se escapa de ese salto de trampolín, y se convierte en una bajada a la profundidad abisal con el neopreno colgado en el armario. Y es que precisamente eso parece ser lo único que se ha dejado el autor prendido en sus armarios al ventear casa y alma, convirtiendo la poesía en un termómetro de una desesperanza que estremece tras lo interpretado a sus apenas cuarenta años.
A través de un palpitante lenguaje, de unas frases a las que hay que volver varias páginas después de haberlas cruzado como un paraje indómito, el poeta desarma lo vivido y reconstruye ese territorio de la desesperanza, las frustraciones, el dolor, la pérdida, la ausencia o lo efímero. Un árido paisaje que, en la primera parte del poemario, te golpea directamente al mentón para ir recomponiendo lentamente el ademán a través de los capítulos siguientes en los que diferentes paisajes se abren, articulándose pequeños reflejos, esperanzas que oradan «la noche de piedra» para perecer finalmente bajo infancias, soledades, amores, mudanzas, lluvias y despedidas de las que nadie puede ya escapar.
Tomo aire para concluir esta autopsia de lo leído y suspiro al entender la magia que solo la poesía es quien de presentar ante el lector para descifrar esa «suma de intemperies» a las que estamos sometidos en este vagar. Antonio Lucas completa así un libro asombroso al que todavía habrá que volver cicatrizadas las heridas. En él quizás no haya respuestas, pero sí preguntas en las que poder entendernos a nosotros mismos, ahora, que ya no todo está pactado.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 6/07/2014

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