sábado, 7 de marzo de 2015

Pienso, luego...


Si nos falta la palabra, no nos encontramos.
El pensamiento precisa, siquiera, mojar los labios.
No pocas veces estamos a falta de una palabra próxima, como mano amiga.
[‘Por si acaso. Máximas y mínimas’. Ángel Gabilondo]



Accedió Ángel Gabilondo a aquel salón de actos conduciendo su montañoso cuerpo y un cráneo poderoso, como de Zeus, de esos que te invitan a pensar que en cualquier momento brotará una Atenea de su interior. Era un mes de abril de hace casi ocho años, que es el bendito mes en el que en Pontevedra se habla de filosofía gracias al Aula Castelao y desde hace unos pocos años también de poesía, con el Festival PontePoética del Concello de Pontevedra y el Ateneo de Pontevedra. ¡Ay, abril, qué hermoso eres!
Ángel Gabilondo dejaba tras su paso un rastro metafísico, un hermetismo que, en cuanto subió al estrado, se descompuso en toda una serie de reflexiones a cada cual más inteligente y que al día siguiente en las páginas de este medio se titulaban entrecomillando una frase suya: «Hay que hacer de nuestra vida una obra de arte». La información, sin firmar, como un crimen anónimo y sin reivindicar, era una cuchillada al resto del periódico y a las noticias, como casi siempre monótonas y desesperanzadoras, que en él se fijaban como notarias de la actualidad. Siete años después sigo buscando a quien hizo aquella crónica, a quien dejó flotando en el aire una frase como esa en la que Ángel Gabilondo describía la posición del ser humano  en un contexto como el nuestro. Ahí va otra andanada: «Hablamos tanto que lo dejamos todo perdido de palabras y, mientras tanto, no decimos nada». Todo un cañonazo a la línea de flotación de esta sociedad que en cuanto a palabras, y palabras de políticos, se mueve entre el barullo y el vapor, entre las palabras sonoras y densas pero sin sentido y buscando la distracción, y el vaho en que se convierten las palabras de otros, condenadas a evaporarse segundos después.
Después de aquella conferencia Ángel Gabilondo fue ministro de Educación y desde hace unos días candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Días, pocos, en los que le hemos oído expeler por su boca más sentido común que al noventa por ciento de esa clase política en la que se vuelve a integrar tras su paso por un ministerio que debería ser propiedad suyo, por lo saludable de sus ideas y en el que casi logra el milagro de los panes y los peces en nuestra política, un acuerdo entre los dos grandes partidos sobre un tema troncal para toda sociedad, como lo es la educación, siempre pendiente del cordel del partido en el poder y con leyes modificadas fracaso tras fracaso.
Ángel Gabilondo ha sido criticado a las pocas horas por el Partido Popular, con su habitual displicencia, bajo la dura acusación de ser un personaje «poco conocido», algo que se puede entender como lógico viniendo de un partido que acaba de mandar al ostracismo a la filosofía en los programas de estudio y para el que una persona que se mueve en los vaivenes de esa disciplina, manejando en sus diálogos frases de Kant o de Foucault, no deja de ser algo parecido a un extraterrestre. Uno está deseando ver los debates que enfrenten a los diferentes candidatos a la Comunidad de Madrid para ver cómo se manejan ante un hombre respetuoso, inteligente, educado, gran orador y mesurado, precisamente características que debería tener todo buen político, pero que desde hace un montón de tiempo están ausentes del vocerío político actual, seguramente por esa falta de asidero en el pensamiento y en la formación humanística.
Curiosamente esa Comunidad de Madrid tendrá otro candidato de tronío, el poeta Luis García Montero, quien estará en Pontevedra para participar en PontePoética en el mes de abril, otra vez el bendito abril. Un filósofo y un poeta en plena renovación moral de la sociedad, el pensamiento y el verso refundando una Comunidad carcomida desde sus cimientos por la corrupción, la manipulación, el pillaje y la indiferencia con los menos favorecidos. Indiferencia, otra de las palabras de aquella filosófica charla, «pensar es educar para mirar, lo más desconcertante es que no vemos, por eso la filosofía nace cuando reconocemos lo otro». Mientras, Luis García Montero buscará hacer realidad efectiva uno de sus mantras: «La poesía es un ajuste de cuentas con la realidad», y ¿por qué no desde la poesía mirar el mundo de manera más real?, más cercana a un ser humano tantas veces despojado de esa condición por la mirada altanera y engreída de los mercados y los mercaderes, capaces de conseguir, junto con el perverso uso de la política, (que nadie olvide su importancia y necesidad para cualquier orden social) que todo lo que sea política se vea como algo sucio y de lo que desconfiar. Un gran mal que nunca deberíamos perdonar a todos los que hicieron ese maléfico uso de la política.
Este nuevo escenario que la decepción general ha creado acerca a personas sin aspiraciones en el ruedo político a un compromiso que, desde su honestidad, bagaje y mirada, será revitalizante en el erial que hemos protagonizado, y hasta aquí, en Pontevedra, tenemos a Luís Rei, encabezando una candidatura a la alcaldía. Periodista, escritor y poeta, sí también poeta, y por lo tanto también filósofo. «O poeta rebate a tiranía do tempo!», escribe en su último poemario.  En esto está, y se lo ha tomado en serio.
Escucharles a todos ellos nos reconcilia con la política a través de la palabra. Una vuelta necesaria al principio, a aquellos clásicos con túnica que aplacaban y educaban a las masas con su voz y su discurso. Ahora parece que la palabra se impone sobre el espectáculo. Un espectáculo cutre y sórdido.





Publicado en Diario de Pontevedra 7/03/2015
Fotografía. Ángel Gabilondo en la Semana Galega de Filosofía de 2007. Gonzalo García

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