viernes, 26 de mayo de 2017

Claribel y la alegría


Se apellida Alegría y hace poemas entre plantas que riega desde la sencillez y la contundencia de su escritura, a la que todavía se dedica con sus 93 años. La poesía suele ser silencio, «una manera de estar solo», como afirmó desde su compleja lucidez Fernando Pessoa. Claribel Alegría, nicaragüense, ha ido conformando su poesía desde que conoció a Juan Ramón Jiménez. También desde que, con 14 años, se echó a las manos las ‘Cartas a un joven poeta’ de Rilke, y entonces fue la poesía la que la agarró a ella.
Ahora llega el gran reconocimiento, más allá de la edición de sus poemas, que lo debe ser todo para el poeta. La concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana reivindica a esta mujer, la sexta que logra el premio frente a veinte hombres que lo han conseguido desde su creación, en 1992, lo que la sitúa como a una reina de la poesía, mucho más conocida en Sudamérica que en España. Antes de la poesía la mujer. Antes del verso la mirada frente a la vida que la sobresaltó en su infancia salvadoreña cuando asistió al asesinato de más de 30.000 indígenas. El dolor y la incomprensión del ser humano se quedaron dentro. Luego Estados Unidos y Juan Ramón Jiménez, que la acogió como discípula. España y el regreso a su Nicaragua para constituirse, junto a quien logró este mismo premio en 2012, Ernesto Cardenal, como una voz poética surgida del pueblo: «mujeres y niños recibiendo escupidas en su cara», «no soporto el relincho de los heraldos electrónicos ni el tatuaje de fuego», «campesinos con las manos atadas». Hace 20 años falleció su marido, y la soledad se hizo combustión desde la poesía, el amor que estaba y se fue se quedó en el verso, que se convirtió en salvación de aquel mundo que era amor y ahora espacio para buscarse. ‘Pasos inciertos’ (1948-2015) es la antología, prologada por Benjamín Prado, que su editor en España Chus Visor puso en el mercado para contener a la poeta que, como la vegetación que tanto ama, no deja de prolongarse en el tiempo y en el papel. El verde se hace tinta y en esta tinta nos encontramos a Nicaragua, el amor, la vida, la muerte, la esperanza y todo, como el propio editor escribió en El Mundo, tras la designación de Claribel Alegría, desde «la desnudez, la desornamentación, la profundidad que parte desde la sinceridad y el sentimiento». Y es que moverse por esas páginas es descubrir la propia esencia de la poesía, aquella que se cierra al vacío en unas pocas líneas pero que cuando se abre deja escapar una asombrosa fertilidad de contenidos que se mueven entre la luz y la sombra humana, pero siempre con un puntito de redención, de «salvación desde la poesía», como ella misma apunta que fue la poesía en diferentes momentos de su vida. «...yo descubro el sol/todos los días/y entre valles volcanes y despojos de guerra avizoro la tierra prometida». No es fácil para una mujer encontrar esa tierra prometida de la poesía, pero ella descubrió el sol cada día, su voz de mujer se abrió paso, como desgraciadamente les tocó y toca a las mujeres, desde más abajo que sus colegas hombres, pero la raíz era firme y el crecimiento imparable. Su voz se colocó al lado de Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik, Gioconda Belli, Ida Vitale o Piedad Bonnett, entre otras, para, desde aquel territorio, gritar en el verso su condición de poetas y de mujeres que miran al mundo y que ustedes pueden descubrir, conocer y finalmente gozar en un imprescindible volumen que dos grandes poetas, jóvenes y briosas, como Raquel Lanseros y Ana Merino, han coordinado también en Visor, bajo el título ‘Poesía soy yo’.
Esa mirada ha sido felizmente reconocida, lo que no debe hacernos olvidar el arrinconamiento y el olvido. Un olvido contra el que siempre lucha el poeta, sabedor del poder cauterizador de la palabra, de su efecto regenerador en el alma y que, como un injerto, se sitúa en nosotros para ser brote, para ser futuro. Y es que cuando para Claribel Alegría el futuro se acorta de manera irremisible, ella misma no ceja en su perenne rebeldía, en hacer de la poesía, de la lectura y de sus plantas, armas de resistencia para seguir honrando a su apellido, para hacer de la felicidad el escritorio desde el que seguir consumiendo las horas, desde el que conocerse, porque hasta el final seguimos descubriéndonos.
«Salí a buscarte/atravesé valles/y montañas/surqué mares lejanos/le pregunté a las nubes/y al viento/inútil todo/inútil/dentro de mí estabas». ‘Salí a buscarte’ es precisamente uno de esos poemas de condensación extrema en el que finalmente descubrimos que nuestro interior es el gran hallazgo. Una intimidad que ha sido registrada desde la poesía, esa que ahora viene de honrar a una poeta, a una mujer heroica, resistente y sencilla.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 24/05/2017.
Fotografía Jorge Torres.


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