domingo, 24 de febrero de 2013

Cronopios y cenizas un año después


En un día como hoy una noticia sobresaltaba al mundo del arte en Galicia, el fallecimiento de Leopoldo Nóvoa, uno de sus grandes patriarcas y figura referencial. Dejaba así en estado de shock a un sector que desde hace muchos años entendía la importancia y consideración de su obra. Hoy, un año después, su memoria permanece viva a través de una exposición abierta en la sede compostelana de NovaGalicia Banco hasta el 10 de marzo, organizada como homenaje a quien construyó uno de los territorios plásticos más fructíferos de nuestro arte.


Cae uno ante las piezas de Leopoldo Nóvoa y parece que todo permanece igual. Situarse ante las imponentes obras de esta muestra no es más que pensar en cómo Leopoldo Nóvoa sigue acumulando cenizas para componer versos en su estudio de París, o de qué manera continúa agujereando las superficies del lienzo en su taller de Armenteira para llenarlos de unas ‘saudades’ a través de las cuales seguir respirando su obra y, como no, él mismo.
En definitiva, ha transcurrido un año desde aquella noticia que arrasó las almas de los que bebíamos de su creatividad como si de un bálsamo se tratase a la hora de combatir tanta banalidad como la que nos ofrece gran parte del arte actual. Leopoldo Nóvoa hacía expresión de ese desasosiego pessoano que hay en toda su obra, la inquietud reflejada a través de unos territorios de expiación que afloraban a una bestia artística. “Yo no me sé explicar.... es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres” dice la Maga Lucía, protagonista de ‘Rayuela’. Leopoldo Nóvoa, con un tránsito vital semejante al de la figura parida por Julio Cortázar, uruguayo adoptivo y emigrado en París, explica su comprensión de la vida a través de unas obras que resumen toda una existencia.
Espacios sagrados de cenizas, poesías y reflexiones. Escaleras y cruces como símbolos de distancias y cercanías con algo, quien sabe, si el cielo de ‘Rayuela’, ¡qué hermoso sería! Geografías que, a fuerza de ser vistas, se convierten en íntimas, en recorridos planteados desde nuestra esencia fugaz y en la que esa ceniza redentora, como lo fue un día del propio pintor tras el incendio de su taller parisino, es parte de nuestra alma. Así componía Leopoldo Nóvoa y así llega hasta nosotros, como llegó en su vida, y seguirá llegando en su ausencia, como ese gran legado de los creadores que es la permanencia atemporal de su trabajo, de ahí el título de esta exposición compostelana: ‘Leopoldo Nóvoa alén do tempo’, en la que se reunen obras de la entidad organizadora, NovaGalicia Banco, y de coleccionistas particulares.
No existe el tiempo al hablar de arte, y menos en el caso del pintor de Salcedo, en el que ese tiempo se diluye lentamente a través del polvo de la vida y la visión sosegada a través del tamiz artístico. Depuración que pasaba a formar parte de sus pinturas, entendidas más allá de esa técnica para materializarse en paisajes vitales.
Me gusta pensar en Leopoldo Nóvoa superando esa dimensión temporal y hasta espiritual para reunirse con su amigo Cortázar y hablar, no solo de las cosas tristes, sino también de las alegres. De los recuerdos de aquella fraternidad del piolín que trianguló la vida entre Buenos Aires, Montevideo y París a través de un cordel para sostener el mundo, pero sobre todo su universo de palabras y gestos, convirtiendo la luz de esas tres agitadas metrópolis en parte de unas obras sin las cuales nuestro mundo hoy se volvería infinitamente peor de lo que sería sin cronopios ni cenizas. Huérfanos de una estirpe legendaria de la que nos queda su simiente. La mejor herencia, el mejor consuelo.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 24/02/2013
Fotografía: Exposición AGN y Archivo

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