lunes, 18 de febrero de 2013

La confirmación de un paraíso


La exposición del trabajo de Celso Varela en el Sexto Edificio del Museo de Pontevedra viene a mostrar la madurez de un pintor hecho a sí mismo a base de esfuerzo y dedicación. Horas de taller y de mirar a una realidad en la que no hay que ir muy lejos para encontrar inspiración. Todo está a nuestro alrededor, si de lo que de verdad se trata es del ejercicio pictórico. Pintar por el placer de pintar, aunque en el caso de Celso Varela este placer ofrezca tintes dramáticos por cómo entiende ese hecho. Una pasión desbocada con un efervescente resultado.


No es nueva para los que conocemos el trabajo de Celso Varela la recurrencia en una serie de lugares comunes para elaborar su discurso. Su estudio o su Briallos natal son los dos polos en los que se mueve un trabajo que si por algo destaca es por su abrumadora apuesta por el hecho pictórico. Por la devoción permanente hacia una disciplina en la que Celso Varela se ha definido a sí mismo a través de su vigorosa pintura, mediante unos cuadros de un ingente trabajo interno y ante los que no se escatiman horas y horas de dedicación para abrumarnos en citas como ésta con el frenesí de sus pinceladas.
Es por ello que se le debe perdonar a la hora de la exposición la repetición de escenas y figuras, la acumulación de estampas que nos pueden parecer semjantes, pero es que Celso Varela trabaja para sí, para expiar su pasión por la pintura y dar rienda suelta a ese estado de delirio que sucede cada vez que comienza una obra. Del mismo modo que Cézanne pintaba una y otra vez aquella dichosa montaña de Sainte-Victoire, que siendo siempre la misma, la veíamos siempre de diferente manera, Celso Varela también se refugia en la que es su montaña particular materializada en su parroquia de Briallos. Un ambiente surgido de su propia infancia (no es de extrañar la elección de diferentes frases de Rilke para acompañar en la exposición a los cuadros) a la que el pintor vuelve a mirar desde una ventana, atalaya permanente para la creación, pero también para enfrentarse una y otra vez con su gran preocupación, la de mejorar su trabajo, la de ser mejor pintor. Y exposiciones como ésta, en la que se recoge la trayectoria de los últimos cinco o seis años, sirven precisamente para levantar acta notarial de ese proceso.
Aquellos paisajes de los años 2004 van descorriendo el velo de la madurez hasta el año 2012, donde lo que vemos, simplemente es tan maravilloso como excitante. Poco nos debe importar ver una y otra vez Briallos, lo que vemos, tanto puede ser ese lugar de Portas, como un rincón de la Polinesia o de la Provenza, ya que lo que nos encontramos es un pretexto para pintar, para convertir a ese género tradicional de la pintura como es el paisaje, en una reivindicación de cómo transmitir las sensaciones que evoca un lugar, en este caso extremadamente cargado de connotaciones personales, mediante el pincel. Y así es como asistimos a un festín de pinceladas, a una extenuante sucesión de chorreos que dinamitan la sensación de realidad que levemente traspasa al exterior desde un espacio ya ganado definitivamente por la pintura. Aquello que percibimos como real, normalmente perceptible en la parte inferior de los cuadros, estalla sin remisión en su parte superior, cuando los cielos se convierten en una abstracción que supone el triunfo mismo de la interiorización de una circunstancia vital, de una experiencia sensorial convertida desde ese instante en una impresión para que el espectador la haga suya.

Las obras de Celso Varela poseen esa dinámica interna tan ausente en muchos creadores, en ellas se palpa vida e intensidad. Un latido interno que dramatiza todo lo que encierran unos marcos que parecen a punto de estallar.
Hablamos de paisajes, y es que la pintura de Celso Varela debe ser entendida siempre como tal. Incluso cuando se encierra en su estudio para mostrarnos la figuración humana o el bodegón, lo único que hace es volver a componer un paisaje, abrupto y acolmatado, para insistir en reclamar esa pincelada como el sintagma irrenunciable de su obra. En ellos se crea una tupida red que nos vuelve a atrapar como hiciera ya con su pintura ‘plen-air’, haciéndonos jugar con las distancias frente al cuadro, obligados a comprobar matices y cómo una superficie puede llegar a exhibir esa contundencia de trazos.
Hasta el 17 de marzo se nos brinda la oportunidad de asomarnos a esta forma de pintar tan descarnada, en la que el autor no se deja nada en la paleta para una ocasión posterior, con lo cual estas obras pertenecen al aquí y ahora. Pasear por este ‘Briallos Paradiso’, título de la exposición es palpar la tierra, esa tierra a la que pertenecemos y de la que somos parte como se encarga de recordar una frase del poeta chileno Nicanor Parra que, en medio de esta exaltación de esa patria íntima, no hace más que acrecentar la ignición que logra Celso Varela en sus obras más recientes. Las obras de la consolidación de una manera de pintar, pero sobre todo, unas piezas que permiten confirmar un paraíso, el paraíso en el que creció Celso Varela y al que necesita volver una y otra vez para medirse en un duelo con ecos cezannianos. Duelo del que solo cabe que salga un vencedor y en este caso no serán ni el paisaje ni el autor, sino la pintura. El único motivo de esta exposición, el de la reclamación de la pintura como motivo y fin. El fin de la pintura de Celso Varela.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 17/02/2013
Fotografía Rafa Fariña

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