miércoles, 27 de febrero de 2013

Un clásico revalorizado



De ella Nabokov o Gandhi dijeron que era la mejor novela de toda la literatura rusa. La editorial Nórdica la ha puesto en circulación en este inicio de año bajo una atractiva edición, en la que sus páginas se ven acompañadas por las ilustraciones del argentino Agustín Comotto, ofreciendo una certera aproximación a una novela en la que en cuanto uno se sumerge en sus primeras páginas, se ve ya abocado a compartir las vicisitudes de ese hombre llamado Iván Ilich, a través del cual el autor ruso pretende mostrar las dudas e incertidumbres que van acechando y llenando de sobresaltos nuestra vida.
Todo era calma en la vida de Iván Ilich, con una buena plaza de trabajo en el funcionariado zarista, mujer, hijos, partidas de cartas con sus amigos, una buena situación social, la vivienda propia de cualquier sueño. Todo eso formaba parte de la vida de este hombre que, un buen día, de la manera más inesperada recibe un golpe en su costado. Ya nada volvería a ser igual. El declive físico se vio rápidamente acompañado por un declive moral en el que la mente acosa constantemente a este hombre repleto de dudas. Todas ellas dinamitan su devenir diario, los convencionalismos, su forma de relacionarse, tanto en el interior de su hogar como en el exterior de él. Esa incertidumbre retumba en su interior para cuestionarse todo lo conseguido. Si lo material es lo menos importante, más lo es su relación con los seres humanos, aquellos con los que el contacto se convierte en un sufrimiento que no hace más que acrecentar los síntomas de un final irreversible al cual el protagonista se aboca.
Las dudas convertirán todo en una sensación de engaño, acrecentando en Iván Ilich la perspectiva de la hipocresía que siente y que le rodea como la parte más detestable de su enfermedad. Es así como al acercarse el momento final, una agonía descrita de manera magistral y, a la que no puedas dejar de aferrarte en su lectura, vemos como el protagonista acepta como con el paso de los años la sensación de felicidad se va apagando, al igual que la vida. La infancia se convertirá entonces en ese ámbito en el que la felicidad es plena, contaminándose a lo largo de la existencia con las circunstancias de una vida de la que Iván Ilich duda sobre su autenticidad, acusándola de ser un engaño permanente.
Tras este pensamiento, y aceptada la mentira como la gran enfermedad de la vida, Iván Ilich está listo para expirar, para liberar a sus familiares de la carga de su existencia.
Lev Tolstói acababa de cumplir cincuenta años cuando escribió esta novela publicada en 1886, una cifra singular en la vida de cualquier persona que marca de manera definitiva esta obra, al ser una especie de conclusión sobre la vida y nuestro papel en ella a partir de una visión claramente pesimista, fruto de una suerte de crisis existencial al confeccionarse tras superar esa ‘barrera’ de edad. Lo cierto es que ‘La muerte de Iván Ilich’ se evidencia como un magnífico ejemplo de novela, perfectamente construida, fácil de leer y en la que tras cada página afloran unos segundos para la reflexión, para pensar cómo los hechos y azares que acaecen en nuestras vidas dejan un rastro más o menos profundo en ellas.
No debemos dejar de incidir en el acompañamiento del relato, una serie de bellas ilustraciones tan arriesgadas como efectivas, representando diferentes aspectos de la novela y actualizándola de manera visual a las corrientes editoriales de nuestro tiempo. Se vivifica así un relato  de la mano de Agustín Comotto y un espléndido trabajo capaz de hacer que un texto ya clásico sea capaz de alcanzar una nueva vida, llena de la esperanza que le faltó a Iván Ilich.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra
El Progreso de Lugo

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