martes, 19 de abril de 2016

El doctor embajador de Pontevedra

Rue Saint-Antoine nº 170
Memoria. Cuando se cumplen 15 años de la muerte del doctor José Luis Barros Malvar, Pontevedra permanece ausente ante su recuerdo. La ciudad, su ciudad, de la que se convirtió quizás en su mejor embajador ante el mundo, y en especial ante el entramado de la cultura, todavía le debe un homenaje que redimensione su singular figura.


Se agotaba el mes de abril de 2001 cuando desde Madrid llegaba la noticia del fallecimiento de José Luis Barros Malvar (Pontevedra, 1923 -Madrid, 2001). No podía ser en otro mes, tenía que ser en el de las ilusiones tricolores, en el mes de los libros y cuando la belleza de las flores se convierte en pequeñas poesías de vida. Y es que la existencia de este médico, que recordaba haber jugado de niño con el que era su vecino en la calle de la Oliva, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, estaba repleta de cuestiones como el pensamiento ilustrado y libertario, el coleccionismo de libros, la amistad con infinidad de personajes del arte y la literatura y la búsqueda de la belleza, no tanto en las flores como en las mujeres, y también esa belleza que surge de su labor profesional, la de la cirugía, en la que el doctor Barros Malvar fue toda una eminencia.
Atravesaba todos esos ingredientes vitales esa especie de magdalena proustiana que siempre necesitaba saborear Barros Malvar y que era ni más ni menos que su ciudad natal, una Pontevedra que ocupaba su corazón de una manera constante, con un apéndice, su cuartel general en Udra (Bueu). De estos dos territorios se convirtió en uno de sus mejores embajadores, exaltando sus virtudes por el mundo entero e invitando, siempre que era posible, a diferentes personajes para que conociesen lo que se sentía a lo largo de la ría de Pontevedra.
Por esa Ría de Pontevedra navegó con el Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald; por Pontevedra y Estribela caminó con su gran amigo Luis Buñuel, que lo incluyó en pequeños papeles en varias de sus películas; a la propia capital se trajó una noche a Caballero Bonald con el gran bailarín Antonio Gades para realizar una demostración de flamenco en el Teatro Malvar. También invitó al mismísimo Rafael Alberti en 1993 para que recordase su primer y único paseíllo en una plaza de toros, sí, en la de Pontevedra, en 1927, formando parte de la cuadrilla de otro mito, Ignacio Sánchez Mejías.
Y es que la vida de José Luis Barros Malvar es, junto con la de su profesión como médico, la de disfrutar de la vida a través de la amistad. Pero sus amistades no solo se relacionaban con personajes conocidos, sino que Barros Malvar era amigo de sus amigos de toda la vida, de aquellos con los que creció en Pontevedra, de aquellos con los que jugaba al waterpolo en las frías aguas de un Lérez que se volvía mar, y también de aquellos que se iban colocando ante su ir y venir en la vida. A mí me tocó hacerlo en el último tramo, apenas dos años que me descubrieron a un ser fascinante, arrollador en cuanto a su capacidad para hacer cosas, para poner en marcha nuevos retos y sobre todo para ensalzar a la amistad.
A esa amistad dedicó los últimos meses de su vida coincidentes con el centenario del nacimiento de Luis Buñuel en los que, inmerso en numerosas celebraciones, se empeñó en que Pontevedra también tuviese un recuerdo para el director aragonés. Constantes llamadas movían los hilos para que Pontevedra conmemorase esa fecha movilizando a diferentes instituciones para que, bajo la organización del Ateneo de Pontevedra, se pudiese organizar una exposición, un ciclo de proyecciones y otro de charlas en octubre del año 2000. Solo unos pocos meses después, la noticia que escuchaba en la radio, aquel 26 de abril, convertía a José Luis Barros Malvar en una de esas personas que la vida te regala, no solo durante el tiempo que pudiste convivir con él, sino para el resto de tu vida.
Esa amistad se trasladaba a todo lo que tenía que ver con Pontevedra, a pacientes que con pocos recursos eran enviados a Madrid para que sus manos sanadoras obrasen el milagro, que también obró en cuerpos famosos, como los de Camilo José Cela o Antonio Gala que, gracias a sus saberes quirúrgicos, prolongaron sus vidas. Una labor médica que le tuvo como una referencia en la cirugía digestiva y torácica a nivel mundial desde el Hospital Provincial de Madrid, posteriormente Gregorio Marañón, del que llegó a ser su director, siendo invitado en numerosos centros médicos de todo el mundo para mostrar sus conocimientos.
Pero siempre que ese calendario se lo permitía se imponía una escapada a Pontevedra, para encontrarse con sus vecinos, para contar anécdotas entre seductoras sonrisas en alguna taberna o para retirarse a ese mirador sobre la ría entre pinos y el horizonte frente a sus ojos desde el que tomarse un respiro en la vida.
José Luis Barros Malvar recibió homenajes como el Premio Amigos de Pontevedra, fue pregonero de las fiestas de la Peregrina en 1989 y también recibió el Premio Ciudad de Pontevedra en 1993, pero de todo eso ya hace demasiado tiempo. Él siguió ‘trabajando’ como embajador de Pontevedra, e incluso para la presentación de ese congreso sobre Buñuel fue capaz de traer al hijo del cineasta, Juan Luis Buñuel y al guionista, escritor y director de cine, Jean Claude-Carrière, al que todavía recuerdo maravillado ante el San Jerónimo con gafas de la fachada de la Basílica de Santa María mientras lo grababa con una cámara.

Quince años después es un buen momento para que Pontevedra se plantee algún tipo de reflexión sobre el papel de este humanista moderno. Merecimientos para un espacio público con su nombre los tiene más que de sobra, él, que hizo de nuestras calles el itinerario de tantos y tantos personajes inolvidables. Y es que el callejero de Pontevedra sin su nombre es como un abril sin bandera tricolor, sin libros y sin flores.



Publicado en Diario de Pontevedra 18/04/2016

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