sábado, 2 de abril de 2016

Una caja, una voz y un periódico


Tardan en salir las palabras sobre la gente que uno admira o respeta. Sobre esos seres que, aunque distantes en lo físico, parece que siempre te han acompañado como parte de tu itinerario vital. Presencias, desde los más diversos aspectos de la sociedad, que son esenciales para entender ciertos momentos que le dan verdadero sentido a la vida. 
En el mundo del fútbol mi magdalena es Cruyff. Quizás, junto con Pep Guardiola, lo que vendría a ser una redundancia, las únicas personas del orbe fútbol con las que me gustaría compartir unos momentos de conversación. Cruyff ofrecía esa mezcla de descaro e inteligencia precisa para que el fútbol en blanco y negro pasase a ser en color. El campo verde salpicado de papelillos blancos de la final del Mundial del 78 con las camisetas naranjas de Holanda son mi primer recuerdo del fútbol en colorines, y eso que allí no estaba Cruyff, por esa increíble y nunca contada historia que desveló esta semana Jabois sobre la Aguete Connection. Con el futbolista convertido en leyenda, había que prolongar ese mito por los banquillos, sin teorías ni derivas mentales que parecen ser ahora las necesarias para dirigir a un equipo de fútbol, como si éste estuviese formado por Ingenieros en Telecomunicaciones. Al holandés le bastó con una infancia difícil, las calles brumosas de Amsterdam, tres Copas de Europa y un Mundial que ganó sin ganarlo.
Desafío tras desafío Cruyff se encontró con la madre de todas las batallas, el banquillo del Barcelona de 1988, un erial en el que cada vez que te sentabas todavía se escuchaba el estallar de las lágrimas cristalizadas de la derrota en la final de la Copa de Europa en Sevilla. Con él llegaron los títulos, pero sobre todo llegó algo mucho más importante, el estilo. Cruyff tejió unas líneas de juego que todavía permanecen bajo el césped del Camp Nou y que, como campos imantados, hacen que sobre ellas se deslicen los jugadores. Nos hizo ver cómo este deporte es el de la adoración a la pelota, a la cual hay que idolatrar como a un tótem prehistórico, aferrándose a ella para vislumbrar en su interior todas las posibilidades de este juego. Aquellas lágrimas sevillanas no estaban tan sólo en un banquillo de fútbol, sino en las camas de muchos niños que se habían acostando llorando la frustración de aquella noche. Unas lágrimas que todavía se movían entre sus manos como las cuentas de un rosario para exorcizar la maldición. El zapatazo huracanado que desde Roterdam envió Koeman destino Wembley alivió a un club que increíblemente contaba por cero o  ninguno sus trofeos en la máxima competición de clubes, hizo saltar a Cruyff del banquillo y abrió un camino de baldosas amarillas sobre el que todavía hoy se va brincando alegremente. Ese partido dejó también un rastro conservado en lo alto de un armario, una caja a la que hubo que acudir durante estos días de luto para darle sentido a todas las lágrimas, las de antes y las de ahora.
Y sí, la caja seguía allí, en el domicilio de la infancia. Había que tomar aire y abrirla, saber si todo permanecía allí 24 años después. Un periódico ajado, una cinta de casette TDK y otra de vídeo. Puede parecer poco, pero bien al contrario es mucho lo que se representa en su interior, el quiebro a la historia en las páginas del MARCA del día después, en la voz fosilizada de Gaspar Rosety, que debe estar dándole las gracias al propio Cruyff por permitirle aquella narración de ‘gallina de piel’, y en esas imágenes de televisión. Como un loco busco una pletina para escuchar la cinta y entonces me doy cuenta de que este tiempo ya es otro.
Ahora veo páginas y más páginas de periódicos de todo el mundo, los clamorosos minutos de silencio, los homenajes, las flores y los Chupa-chups, las lágrimas, los ex presidentes juntos, a Florentino Pérez, a la ‘gent blaugrana’ en pesaroso peregrinar  y esa sonrisa que ha presidido el Espacio Memorial del Camp Nou en la que se resume todo Cruyff y todo su fútbol. La versión de la alegría y la diversión, la de quitarle importancia a tantas cosas que ensucian a este juego, la del futbolista pícaro que busca hacerle la vida imposible a los defensas y a los que mandan en sus clubes pensando que son ellos los protagonistas de este ecosistema, pero sobre todo, la sonrisa de quien contempla como su obra ha germinado en tantos equipos y en tantos entrenadores para seguir llenando de carriles imantados los campos de fútbol de medio mundo.
Hoy toca clásico. Como en una cabriola del destino el primer partido de Liga tras su muerte será contra el Real Madrid, el equipo al que regateó por despecho con los dirigentes del Ajax, el equipo al que por primera vez el Barcelona venció 0-5 con él en el campo, el equipo al que dribló dos ligas en el último minuto como entrenador, pero sobre todo, el equipo al que su estilo de juego sepultó para que esta última década sea de dominio culé. «El fútbol me lo ha dado todo», acostumbraba a decir. A nosotros tú también. Gracias.


Publicado en Diario de Pontevedra 2/04/2016

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