viernes, 9 de junio de 2017

Fuego en la red


Ha sido capaz de cambiar ese pajarito azul tan ‘riquiño’ que simboliza twitter, por un cuervo de negro abisal y afilado pico. Y lo ha hecho no sólo en la portada de su libro, ‘Arden las redes’ (Editorial Debate), sino también  a lo largo de sus páginas, como diagnóstico de aquello en que se ha convertido buena parte de lo que sucede en el horizonte interior de las redes sociales, convertidas en punto de ignición de debates furibundos, de odios insolentes, de afrentas gratuitas, de mezquindades agachadas bajo el todo vale del anonimato y la distancia física.
Juan Soto Ivars, brillante y sagaz en cada uno de sus libros, diferentes y siempre con un punto de desafío, esta vez ha hecho lo que otros colegas de letras últimamente, esto es, adentrarse en el sondeo para tantear que es lo que sucede a su alrededor en un compromiso que va más allá de lo estrictamente literario y que habla muy bien de todos estos pollos. Si Sergio del Molino transitó como un Quijote por lo que él llamó la España vacía, y Juan Tallón reunió en sus crónicas periodísticas una radiografía desde la sociología del bar, Juan Soto Ivars se ha decidido por escribir con gasolina sobre el incendio que día sí y otro también suele activarse en las redes sociales a partir de los más variados temas, que van desde lo puramente trivial, propiciado por programas televisivos de curioso pelaje o los éxitos y fracasos deportivos; hasta los temas más peliagudos y comprometidos de nuestra sociedad, en los que el fuego se convierte en auténtica destrucción. El llano en llamas sin Páramo a la vista.
Habla el autor en este texto, y hoy lo hará de viva voz en Pontevedra, en la Casa das Campás, de censura, autocensura y poscensura, de populismo, de posverdad, de linchamiento... en definitiva, situaciones que parecen comprometer esa idílica libertad conquistada a través de la capacidad de expresarse libremente y de conexión entre seres humanos de los más extraños universos. Esa libertad se ha visto amenazada desde el minuto uno, como aquel hueso lanzado al aire en el inicio de ‘2001: Una odisea del espacio’ en el que la evolución natural vivió un salto tan considerable como imprevisible. Nuestro hueso tecnológico nos permite ahora golpear, machacar, devastar y todo eso en tan sólo140 caracteres, y así es como el libro se llena de ejemplos, de situaciones concretas que analizan cómo se da este proceso, cómo los internautas alzan su hueso y clic a clic se desata el caos y la censura. Aquella dimensión vertical,  monolítica, empleada por los poderosos se vuelve horizontal y se expande por la red a una velocidad de vértigo. Es la viralidad, una enfermedad devastadora capaz de hacer agonizar al más pintado. No son pocos los que viven de esa dialéctica del insulto, del linchamiento gratuito. Son los que buscan aplicar su justicia a base de tweets  y muchedumbres iniciando cruzadas morales de 24 horas que luego se diluyen como lágrimas en la lluvia pero que dejan en el censurado la marca de la fusta que quien sabe las consecuencias que puede arrastrar. Esta democratización virtual hace que todos podamos levantar esa vara para agitar el galope y levantar así el mayor polvo posible. Todos participamos de esa forma de control que las redes han permitido como parte de su peaje. En la salud y en la enfermedad.
En permanente vigilancia, en continuo estado de alerta. A través de nuestros móviles, con nuestra tablet en la espera de un aeropuerto, con el portátil sobre las piernas mientras comemos una pizza en nuestro sofá refugio. 24 horas al día con las orejas en punta, al acecho, es como hemos convertido las redes sociales en una nueva realidad, un estadio paralelo de lo que sucede en nuestra sociedad. Equilibrar ambos universos semeja cuestión compleja y ahí todos nosotros somos responsables, nuestra pequeña llama es la que puede hacer incontrolable el incendio, si nos vemos arrastrados por los muchos lobbys que alientan a sus pirómanos en el mundo virtual. Juan Soto Ivars se ha adentrado a machetazos en esta selva y a través de casos paradigmáticos como los de Justine Sacco, Guillermo Zapata, Jorge Cremades o María Frisa evidencia la capacidad de fuego que tiene la red, convirtiendo este libro en un interesante y necesario manual para aproximarnos a lo que sucede. Cada uno extraerá sus conclusiones, evaluará aciertos y desaciertos, lapidará al muchacho o lo elevará a los altares, ya sabemos que en España el justo medio de aquellos sabios griegos no va con nosotros. Él mismo no pocas veces ha sentido ese látigo sobre la espalda y que ahora hace evidente, no como respuesta, y sí como pregunta, sabedor de lo necesarias que son las preguntas para entendernos, para explicarnos o, simplemente, para conocer las causas del incendio. 



Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 7/06/2017

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