viernes, 23 de junio de 2017

Negar como afirmación



Qué difícil es empezar a escribir de Sabina cuando escribir de Sabina es escribir de uno mismo. De años pegados a sus discos, de bandas sonoras que durante décadas se han ido sedimentando entre las arrugas con que la piel marca las horas, de idas y venidas a conciertos que fueron o que quisieron ser, de lecturas cómplices, de desvelos y de sobresaltos, de amigos comunes, de geografías de mujer y de delirium tremens. Cada uno de sus trabajos es como un anillo en el interior de un árbol, la muesca de una época, el sonido de un viaje, el ruido de una caricia, el acuse de recibo de la vida, las mudanzas de un interior sin muebles que transportar, el bálsamo ante la intemperie, en definitiva, el aderezo ideal para el mejunje de la vida, tan bonita y tan perra.
Todo eso y más, mucho más, es lo que se recupera al leer la monumental biografía firmada por Julio Valdeón, ‘Sabina. Sol y sombra’ (Editorial Efe Eme), en la que sucede algo semejante a lo que nos pasa con las canciones de Sabina, que uno se busca y se explica a sí mismo a través del minucioso recorrido que el autor realiza por canciones, amigos, enemigos, giras, poemas, amores, ciudades..., en definitiva, todo el ecosistema del planeta Sabina. Y es que Joaquín Sabina tiene mucho de eso, de gigante planeta con satélites orbitando a su alrededor, entre ellos irreductibles como los Pancho Varona o Antonio García de Diego, y otros que entran y salen, estrellas fugaces que desprenden un brillo cegador, pero que luego caen en el olvido. No esperen una hagiografía del cantante, Julio Valdeón si algo consigue, además de emplear un lúcido estilo narrativo con momentos de gran literatura, es no dejarse llevar por el carisma del cantante, eludiendo el panegírico, dudando de algunos discos y de muchas canciones, de numerosas compañías y, en definitiva, poniendo las sombras en su sitio, que es justo al lado del sol.
Pocas veces se puede calibrar de manera tan precisa al autor de ‘Princesa’ como a través de estas 500 páginas y 19 capítulos, retruécano que nos lleva al ocho mil sabiniano, al Everest en pleno Tirso de Molina en que se convirtió aquel ‘19 días y 500 noches’. Allí arriba Sabina, con el oxígeno justo, miró hacia atrás, a Úbeda, a Londres, a la Mandrágora, se reflejó en los ojos de un Krahe ante el que todavía se pregunta tras escribir cada canción ¿si le gustará a Krahe?, a los primeros discos, al amor por la palabra que poco a poco ha ido inundando sus músicas en ese complejo equilibrio en el que se ha venido moviendo quien siempre quiso ser escritor de una novela que nadie leería y ahora se ve metido a cantante de unas canciones que todos quieren hacer suyas. Pero también miró hacia delante, hacia este ahora en el que se presenta con un nuevo puñado de canciones en el que se niega todo para afirmarse como llevaba tiempo sin hacerlo. Un trabajo luminoso que espanta los nubarrones que comenzaron a cercar la cúspide tras el marichalazo y el peso de aquello que puede semejar insuperable. Una travesía por el desierto en la que Sabina, con cada vez más agua, lijó la voz, se confirmó poeta y necesitó de una logia de escritores, de veranos en Rota, de que le esperáramos «allá donde se escriben las canciones», como le regaló su Luis García Montero en una canción inmensa, ‘Nube negra’, perteneciente a un disco no bien querido por el respetable, pero que esta biografía respalda de una manera reconfortante para quien se acurrucó en él demasiadas veces. Un  ‘Alivio de luto’ que poco a poco se ha ido haciendo arco iris en sucesivos trabajos llenos de palabras cada vez más hermosas, más líricas, cada vez más Benjamín y menos Joaquín, al que solo le faltaba un pellizco en forma de guitarra, una descarga eléctrica suspirando por agitar a un Dorian Grey.
Y eso llegó Leiva y mandó parar. Sabina descubrió que los relojes ya no necesitaban dar las diez para casi todo y demostró a esta ‘Mater España’ de «fibra óptica y ladillas» que Sabina cuando niega es para vestirse de purísima y oro, para ceñir los alamares ante quienes le citan constantemente con sus pitones astillados por el rencor y la cicatería necesaria para dudarle el trono de la canción de este país. Hablamos de letras y músicas inmarchitables que transitan por estilos de lo más dispares, de aquí y de allá, de una América Latina que, como sucede con la sangre tomasista, corre por sus venas para transustanciarla en rimas y sones que no han hecho más que engrandecer una colosal obra que se planta hoy en Madrid, donde todo empieza y todo acaba, para abrir gira en serio. Dos tardes allí donde regresa siempre el fugitivo, o mejor dicho, donde, entre caballos de cartón, libros míticos, bombines, gatos y tequilas se agiganta Joaquín Sabina. Lo hará con todo el papel vendido, pero volverá a medirse con Madrid el 18 de julio en plena gira estival. Madrid, con su 18 de julio, con su 14 de abril, con nosotros. Allí le veremos.




Publicado en Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 21/06/2017
Fotografía. Joaquín Sabina en su concierto de Madrid. (J. Martín)

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