jueves, 1 de junio de 2017

Perianes y el futuro

Rue Saint-Antoine nº 170
Arte. La exposición ‘Futuro’ de Jorge Perianes en el Centro OnFisioterapia supone el final del proyecto curatorial The waiting Room en el que se han explorado las capacidades de un espacio de tránsito, sin vocación expositiva, para aproximar a un público inusual la capacidad del arte contemporáneo para impactar y releer nuestra sociedad.


The waiting Room nació de la mano del colectivo Latamuda para desvirtuar un espacio, para provocar la sorpresa y la reacción de un público, en este caso los usuarios de una clínica de Fisioterapia en Pontevedra (OnFisio. Santa Clara, 39), a través del arte contemporáneo. Y todo ello a partir de una serie de nombres que han establecido un lenguaje artístico propio, que les está llevando al reconocimiento de su obra y de su interpretación de la relación del ser humano con su entorno.
Hace aproximadamente un año arrancó este proyecto, este itinerario desde lo artístico, pero desde una descontextualización que pretendía incidir en un nuevo público, pero también en desafiar a la propia obra de arte y, más allá, al propio ‘establishment artístico’. Siete artistas se han prestado a este ensayo, posibilitando siete exposiciones que siendo diferentes, establecían entre ellas una secuencia lógica de acción que desemboca en este punto final que paradójicamente se titula ‘Futuro’.  Tras lo visto y hecho toca mirar y hacer en clave de futuro nos plantea la Latamuda. Tras la mirada hacia la esencialidad del objeto es momento de propiciar un futuro, parece querer decir Jorge Perianes. Y es que el proceso expositivo que se ha parado en Marcos Covelo, Carla Andrade, Juan Fontaíña, Amine Asselman, Rocío Osorio, Yatir Fernández y ahora Jorge Perianes ha hecho de la obra diálogo con el espectador, con el buscado, el que acudía a su llamada como parte de una exposición, pero también con aquel con el que coincidía en una sala de espera. Un espacio de tiempos muertos, de paredes vacías y profundas, que aquí han optado por generar miradas, por la fluidez de ideas y por alentar pensamientos. Buenos o malos, pero en una sociedad cada vez más castrante con lo que tiene que ver con la posibilidad de pensar, esto ya tiene un hálito bendito.
El diálogo, desde el comisariado de Francisco Porto, se ha extendido puertas afuera de esa sala de espera, y ha querido hablar de tú a tú con una ciudad y sus encuentros con los artistas, tantas veces demasiado sometidos a la esclerosis institucional, a las injerencias políticas, a las directrices presupuestarias. Aquí todo eso salta por los aires y nos plantea nuevas líneas de trabajo con los artistas gallegos, tantas veces en inferioridad de condiciones (qué decir si hablamos de los más jóvenes) frente a otros, sustentados en púlpitos de ingentes presupuestos y escasas rentabilidades a posteriori. Pasar por esta sala de espera es hacerse también muchas preguntas sobre cómo el arte de nuestros incipientes creadores se enfrenta a su realidad cotidiana: la de la falta de oportunidades, la de la necesidad de confianza desde lo individual y menos desde lo colectivo, la de la búsqueda de posibilidades para ofrecer su trabajo desde la responsabilidad que merecen con criterios profesionales y desde todos los ámbitos que rodean a una exposición.
Y ante ese futuro llega Jorge Perianes y coloca una gigantesca piedra sobre nuestras cabezas. ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos bajo ella? ¿Corremos? También un reloj de manecillas en gran parte repleto de arena o un lienzo doblado sin posibilidad de recuperar su necesaria planitud. En definitiva Jorge Perianes modela un nuevo futuro en el que sus piezas se ajustan de diferente manera a cómo las entendemos. Una deformación que nos desafía, que nos reta directamente para calibrar nuestro comportamiento ante la obra. Elementos, símbolos, partes de un todo que asumen una nueva función desde lo artístico para instarnos a enfrentarnos a esa nueva ilusión. Es por ello que situarnos ante estas piezas no es un ejercicio fácil, ya que si nos dejamos llevar por sus intenciones harán que nos estrujemos la cabeza ante sus posibilidades que frente a lo objetual también se deben medir desde su lirismo el de ese tiempo repleto de arena, el de esa piedra suspendida de manera ligera sobre nuestras cabezas, el de esas tramas o ese molde de piedras que conforman una exposición con unas obras que también dialogan entre ellas en la percepción de lo real y lo no real, y como nuestros conocimientos previos sobre todos esos elementos se tambalean de manera irremisible. La perturbación y la duda.
Esta sala de espera artística cierra así sus puertas. Finaliza su desafío a un público que se ha enfrentado a una nueva realidad, a la de la invasión del arte en un lugar al que nunca había sido invitado. Público, artistas, y comisarios procesan consecuencias, ojalá Pontevedra también lo haga.


Publicado en Diario de Pontevedra 29/05/2017. Fotografías. David Freire


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