viernes, 2 de junio de 2017

Hablar de ti


Hablar de ti. Hablar de nosotros. A eso se refiere el periodismo cuando convierte en palabra lo que sucede a nuestro alrededor. Excusas para, a través de la política, la sociedad, la cultura, los sucesos, los deportes, la economía o cuanta sección haya en un periódico, aproximarse al ser humano y calibrarlo en relación al contexto en el que le ha tocado desenvolverse.
Leo durante estos días el libro ‘Un golpe de vida’, que el periodista Juan Cruz ha publicado en Alfaguara para radiografiar el periodismo, el de ayer y el de hoy, el que se le pegó a su piel canaria cuando todavía era un muchacho y el que hoy sigue ejerciendo con una ilusión a prueba de las bombas que la vida y el propio periodismo van haciendo estallar a lo largo de cualquier existencia. Juan Cruz acaba de ser galardonado con el premio de honor de la Asociación de la Prensa de Madrid como reconocimiento a toda una vida profesional. Y es que aquel chaval que debutó en serio con una entrevista a Julio Caro Baroja (muchas de sus entrevistas están incluidas en el libro ‘Toda la vida preguntando’. Editorial Círculo de Tiza) formó parte del núcleo fundador de El País, donde ocupó numerosos cargos y desarrolló toda su carrera, principalmente desde la apología de la cultura, las librerías y la lluvia de flores amarillas. Ahora, con los tiempos agitados de la profesión, el devenir de los años y bajo un propiciatorio silencio italiano, Juan Cruz enhebra un relato entre lo periodístico y lo literario para balizar la situación del periodismo desde su experiencia, para aplacar el ruido y la furia con los que las redes sociales han envuelto un pretendido ejercicio periodístico a golpe de clics y de rabias, pero también para contener en ese relato cómo el periodismo no se puede disgregar de la ilusión por su ejercicio y de la vida de quien lo realiza.
«Periodismo es lo que pasa. Literatura lo que me pasa», acierta a escribir el autor del libro en dos frases tan sencillas como hondas en lo que contienen. Juan Cruz nos deja así señaladas sus dos pasiones, que en muchos momentos son una misma. El manejo de la palabra para informar, para señalar, para contar, pero también esa misma palabra empleada para conocerse, para afirmarse, para narrarse. Esa línea invisible que salta de la página caduca de la prensa hasta la página eterna del libro es por la que hace equilibrios Juan Cruz, algo que lleva realizando no sólo durante muchos años sino también sin sosiego, como un caballo desbocado al que es imposible calmar tirando de las bridas. Poco dado a rechazar encargos, Juan Cruz siempre ha sorprendido por su ingente capacidad de trabajo, por su presencia en numerosos rincones del periódico, prolongado en radio, televisión, presentaciones de libros (propios y ajenos), conferencias, viajes, congresos... Y es que Juan Cruz hace del periodismo un oficio inevitable, el oficio invencible, como el mismo lo califica, una manera de respirar, de soñar, de entenderse con la realidad.
Quizás muchos hoy lo vean todavía como un romántico, uno de esos periodistas de otro tiempo, sin vida más allá de la mirada fija sobre el ordenador, pero lo que no entienden es que la vida está ahí contenida. En un periodismo que desarbola a la propia existencia como una tempestad permanente, como el tempero en el que sementar la otra vida, la personal, la de la familia, que sólo desde el sobresalto emocional, tanto alegre como triste, es capaz de torcer esa otra cosecha.
Habla de dolor Juan Cruz a la hora de realizar este recorrido. Es lo que tiene la exposición, el asumir su condición ante la comunidad, el que la literatura se adentre en ‘lo que me pasa’, un dolor íntimo pero también un dolor público, por lo que la profesión ha sufrido y más viene sufriendo durante las últimas décadas, también por la pérdida de los compañeros de viaje, escritores y periodistas brillantes que han dejado una irreparable ausencia. Juan Cruz no reniega de hablar de El País, el que no tenía acento y el que ahora lo tiene; de defender su posición, tantas veces criticada por quienes han visto en ese medio un cambio en su paradigma fundacional; de enfrentarse con los adalides de la ‘nueva política’; de tantear el futuro de la prensa en papel; de sumergirse en estos años crispados en los que la crisis ha elevado voces y tonos haciendo de las tertulias un territorio inhóspito que nada tiene que ver con lo periodístico. En definitiva, Juan Cruz, desde esa habitación de un castillo de Umbría, desde los intervalos que los viajes permiten, desde las horas desangeladas que se cuelgan en los cuartos de los hoteles, nos habla de los cruces entre el periodismo y la vida, de la necesidad del primero, de la fragilidad de la segunda. Amenazados ambos territorios, reclamemos el valor del periodismo como sosiego, como beneficio para una sociedad necesitada de que hablemos de ella como atajo para hablarnos a nosotros mismos.


Publicado en Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 31/05/2017


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