sábado, 18 de febrero de 2017

Animales heridos

... de este agujero inesperado,/de este abandono tuyo tan frío y distante,/de este dolor que me encierra con llave el alma,/de este vacío irreparable donde ya no cabe nadie./Pero no, no voy a decirte lo que todo el mundo ya sabe./La única manera de vaciarse de amor/es llenándose de silencio».
[Elvira Sastre]



Decía Buñuel que su día ideal sería uno con dos horas de vida activa y el resto de sueños, siempre y cuando pudiera recordarlos. Sabía el cineasta aragonés del magma que se contiene en los sueños, de ese espacio incontrolable en el que imágenes, percepciones, deseos y frustraciones se entremezclan quizás para dar rienda suelta a lo que en realidad somos, a lo que en realidad ansiamos ser. Miguel Vidal, con su exposición Soños, inaugurada esta semana en el Museo de Pontevedra, pretende darle forma a esos sueños, materializarlos a través de ese «arma», como afirmaba Susan Sontag, que es la cámara para captar su experiencia a través de la reconstrucción de una serie de escenarios que aparecerán poblados de unos personajes que le conceden vida a lo soñado. Pese a ser tres espacios diferentes, tres ambientes con singulares connotaciones, los personajes que los habitan se limitan todos ellos a moverse en una misma dirección, la que los convierte en seres con un pie entre lo real y lo irreal, entre lo sugerido y lo deseado, en la evocación de un universo onírico que conmueve, en gran medida, por su poderío plástico, por la capacidad de Miguel Vidal para potenciar esos sueños en una dimensión que abruma al espectador, realzándose por la calidad técnica y el acabado de las piezas a lo largo de todo el trabajo.
Si pasan unos minutos entre todas esas imágenes otro ingrediente que les impactará en ese tránsito de lo onírico a lo fotográfico será el silencio, la manera que tiene Miguel Vidal de parar los relojes, de clausurar el tiempo dentro del  territorio de la imagen. Un silencio que te envuelve, que te obliga a meterte en esas fotografías, a preguntarte por todos esos seres que semejan animales heridos por la vida y sus derivas, sus soledades y sus encuentros en un encierro que se pretende como burbuja ante la realidad. Tanto en esa habitación (Room 111), como en la propia naturaleza bajo unos plásticos (Meeting point) o en una granja abandonada (The farm) esa sensación de soledad contenida en el silencio permite enfrentarnos también a nosotros mismos y a nuestras propias consecuencias como seres humanos.
Siempre me ha interesado del arte cómo diferentes manifestaciones creativas se van hibridando entre sí en base a curiosos azares, en un proceso que, aunque lo busquemos, las más de las veces se escapa de nuestro control. Hace unos meses, cuando manejaba todas estas imágenes que conforman la exposición para trabajar en el texto que, como comisario de la exposición se incluye en el catálogo, junto a otro de nuestra querida Susana Fortes, cayó en mis manos de manera casual un pequeño pero enorme poemario firmado por Elvira Sastre, nombre del que solo había tenido constancia por una referencia de otro poeta, Luis García Montero, al señalarla en una entrevista hace un par de años como un nombre a seguir. Aquel nombre, destacado en negrita, quedó en la contraportada de un periódico perdido en el tiempo y en la frágil memoria. El poemario llegó cuando el texto del catálogo llegaba a su fin, rescató aquel nombre del pozo de los sueños e hizo que aquellos versos que uno leía reflejasen mucho de lo que es la exposición de un creador tan alejado de la poeta, no solo en lo geográfico sino también en el discurso formal, pero íntimamente unidos por ese argumentario de silencios y ausencias, de heridas sin sutura, de pieles sin caricia, de soledades reflejadas en el rastro de una huella en la moqueta. Aquellas poesías, agrupadas bajo el título de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Editorial Visor), eran las palabras perfectas para balizar todas aquellas imágenes. Cada verso un espejo de las propias fotografías que, con una precisión quirúrgica, sirve a Elvira Sastre para confirmar su presencia en el firmamento poético desde el estremecimiento constante de cada línea, con la sensación de que en esos versos habitamos todos nosotros y podemos explicarnos ante la sometedora duda, esa misma que se pega a nuestra piel y que nos hiere desde la ferocidad de los sentimientos, los propios y los ajenos, los que nos regalan y los que damos, los que nos niegan y los que negamos.
Una poesía pegada a la piel como pegada a la piel está la fotografía de Miguel Vidal que hace de esos cuerpos humanos perfección en sus naturales imperfecciones. Cuerpos en los que el photoshop ha sido desterrado y en el que sólo la ingenuidad, la pureza, tiene algo que decir, una poética visual que nos aturde hasta el punto de confundir nuestra mirada, haciendo que ésta se tambalee entre la consciencia y la inconsciencia, entre lo que vemos y lo que no vemos, e incluso ante lo que nos gustaría ver. Pieles que también buscan a la naturaleza para sentirse parte de ese proceso orgánico, de ese fluir de aguas y lunas en las que no dejamos de ser una especie más, un desamparo que necesita protección para, en los momentos de confusión, retomar posiciones y, como escribe la poeta en el atroz remate del libro: «Este dolor, lo único que tengo, es lo que me recuerda que sigo viva». Lean la poesía de Elvira Sastre y aprovechen los próximos dos meses para visitar la exposición de Miguel Vidal en un Museo de Pontevedra que se adentra en un territorio ignoto, el de la fotografía de hoy, o lo que es lo mismo, el retrato de una sociedad en la que está inmerso y que suma un baluarte como éste para reafirmarse, haciéndolo, en esta ocasión, desde los sueños, los sueños de Miguel Vidal.



Publicado en Diario de Pontevedra 18/02/2017
Fotografía. Miguel Vidal

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