sábado, 11 de febrero de 2017

Una mano caliente

«A veces, las tempestades, las nieblas o la nieve te molestarán. Piensa entonces en todos aquellos que lo han conocido antes que tú y dite simplemente: lo que otros han conseguido, también yo puedo hacerlo».
[‘Tierra de los hombres’. Antoine de Saint-Exupéry]

Elena Ramírez lee el acta del jurado junto al ganador Antonio Iturbe

Pocas jornadas más felices para la gente vinculada al mundo de los libros, desde autores, editores o críticos que el día de la entrega del Premio Biblioteca Breve de Novela a cargo de la Editorial Seix Barral. Un premio que en esa jornada se encuentra muy alejado de otras pretensiones planetarias y con el que además se busca, algo cada vez más complicado en nuestros días, como es el contacto entre las personas que muchas veces solo se encuentran durante esa cita a lo largo de todo un año.
Desde 1958 año tras año se repite ese ritual a orillas del Mediterráneo, en una ciudad, Barcelona, con más japoneses que esteladas y con amparo entre los gruesos muros del Museo Marítimo. Desde esa cita inaugural, nombres como los de Elvira Lindo, Clara Usón, Fernando Aramburu o Fernando Marías han logrado el galardón en un momento clave para el desarrollo de sus carreras literarias y es, precisamente junto a ellos, ante la emoción de encontrarte con los escritores que tantos buenos momentos te han hecho pasar, cuando entiendes el verdadero sentido de estos premios, más allá de los oropeles de un día, del talón y las palmaditas en la espalda. Al fin y al cabo, la verdad de todo esto, se asienta en la literatura y en esos hilos invisibles que conectan al autor con el lector, estableciendo una unión atemporal que el contacto físico  convierte en un agitado aleteo interior.
Seix Barral se ha encargado de mantener ese espíritu entre la sinceridad y la nobleza a lo largo de todos estos años y la edición celebrada el pasado lunes no se ha distanciado de ese afortunado guión. De nuevo la inquietud ante el reencuentro, los nervios frente a un nuevo ganador y el mimo de los anfitriones hacia todo el mundo, incluso hacia aquellos que quizás menos pintamos en todo este ecosistema. Sentados ante un impresionante jurado, compuesto por los escritores Pere Gimferrer, Fernando Aramburu y Manuel Longares, la librera Lola Larumbe y la directora de la editorial, Elena Ramírez, queda poco tiempo ya para la especulación cuando se anuncia el ganador, Antonio Iturbe, y de nuevo el premio deja claras sus intenciones alejadas del mercantilismo asegurado por un nombre de referencia. Antonio Iturbe y su A cielo abierto logran el reconocimiento de un premio clave en las letras españolas. ¿Y quién es Antonio Iturbe? se preguntarán ustedes, pues un currante de la literatura, una «mano caliente», como él mismo afirmó para definir su poliédrico trabajo alrededor del sistema literario. Autor de varias novelas, de diferentes series de libros infantiles, profesor de Comunicación y Edición en la Universidad de Barcelona y la Autónoma de Madrid, pero sobre todo conocido por su labor en el periodismo cultural, sí ese espacio de resistencia permanente en los medios de comunicación, ese bálsamo frente a las acometidas de la insolente realidad en la que nos vemos envueltos. Numerosos medios escritos cuentan con sus colaboraciones pero su nombre estará para siempre ligado a la revista Qué leer de la que fue director durante siete años, siéndolo ahora de uno de esos milagros a los que asiste la cultura en tiempos en los que ésta parece herida de muerte, como ese el surgimiento de un nuevo medio de comunicación, la revista Librújula, con una deliciosa edición en papel y una versión digital al tanto de las novedades literarias minuto a minuto.
Pues Seix Barral ha tenido a bien premiar a uno de esos obreros de las letras que, ante la carestía del sector, deben multiplicar sus labores, sin duda como tantos que penan sus buenas intenciones por diferentes plataformas, y lo hace por un libro de esos que te están hablando de él y ya te entran unas ganas locas de tenerlo entre las manos, de disfrutar con una lectura amena y cuidada que vuelva a poner la literatura en el contexto del disfrute y no del sufrimiento como privilegian tantos. Una historia que surge de la existencia de uno de esos seres maravillosos que nos ha dejado la historia entre su vida y su literatura, Antoine de Saint-Exupery, ¿éste sí que les suena, no? Exacto, el de El Principito, pero es que el autor francés fue mucho más que eso, aunque el peso de ese texto sepultase el resto, esto es, libros maravillosos como Tierra de hombres o una vida de esas que se dicen de película, como aviador del servicio postal francés, cuando aquellos aviones eran prácticamente de papel pero los cielos y las nubes eran las mismas de hoy. Junto a la suya Antonio Iturbe concita las de otros dos pilotos, compañeros de Saint-Exupéry, Mermoz y Guillaumet, con otro puñado de aventuras aéreas, no solo en los cielos europeos y africanos, sino también en el Cono Sur. Aventuras y humanidad parecen aunarse en un texto en el que el autor no huye de incluir algo que parece sobrar cada vez más en la literatura como es un cierto sentido moral sobre el ser humano, o mejor dicho, y como apuntó un periodista durante el acto, una «ética moralista», que Antonio Iturbe enarbola dentro de un compromiso literario que ahora se visibiliza en un premio y en un libro que el 7 de marzo estará en las librerías.
Me siento a comer y me encuentro con otro de esos nombres esenciales en las trincheras del periodismo cultural, este en Zaragoza, y al que ya solo le falta ser gallego para ser casi perfecto. Pues resulta que sí lo es: Antón Castro.




Publicado en Diario de Pontevedra 11/02/2017

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