jueves, 9 de febrero de 2017

Archipiélago Ortuzar

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura. Las paredes de la galería About Art se convierten, hasta el 24 de marzo, en un archipiélago artístico. En una conjunción de islas que, desde el autorretrato, o quizás lejos de él, reflexionan sobre el ser humano, como ser único, pero también sobre su relación-apropiación con los demás, para generar así una travesía pictórica llena de color.



El retrato, género transversal a lo largo de la Historia del Arte toma desde el trabajo de Mónica Ortuzar una nueva dimensión. Una introspección desde lo propio hacia lo general, desde la fisonomía de la artista, hacia la apropiación de lo colectivo. Pasar unos segundos en la exposición que se exhibe en el espacio de la pontevedresa galería About Art, significa sentirse expuestos a las miradas de un montón de gente, ya que aquí surge el primer ‘juego’ de la artista, la de hacernos creer que ese autorretrato que nace de su propio contexto facial es siempre el mismo, pero no, siempre es diferente. El pretexto o la excusa de lo propio es el contenedor para apropiarse de otros retratos, para fagocitar partes de la anatomía de las personas con las que se cruza Mónica Ortuzar para, al llegar al estudio o frente al soporte artístico, componer esa isla que surge como desgajamiento de un continente, la individualidad, el sujeto, frente al colectivo.
Decía Deleuze que existen dos tipos de islas. Las continentales, fruto de fragmentarse de un continente; y las oceánicas, originales, territorio virgen. Siguiendo esa clasificación Mónica Ortuzar hace de este archipiélago un hecho continental, al componer cada una de sus islas-rostros, con rasgos de diferentes personas. Allí, ante ellos, sintiendo ese acoso de las miradas, somos como náufragos en la deriva que nos proporciona el enfrentarnos a todas esas obras que surgen de un proyecto, tan personal como rico en posibilidades. Mónica Ortuzar, profesora de escultura en la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra, su ámbito más reconocido de trabajo, por lo menos hace unos años, ha ido progresivamente haciendo de la pintura su alimento artístico. A través de esta regeneración visual del género del retrato, ha encontrado eso que todo creador necesita, la pasión para enfrentarse a su propia pasión y así es como todo este muestrario de rostros no hace más que brotar de la interiorización del contexto en el que se mueve la artista haciendo del paisaje humano motivo e inspiración.
Esta hibridación da como resultado una diversidad, aunque se juegue en primera instancia con lo contrario, una especie de montaje freudiano que se tensa desde lo surreal o lo expresionista desembocando en retrato. Es decir, del autorretrato se deriva en el retrato, el artista se apropia del entorno y su mirada se ve sustituida por la mirada del otro. Desde el dibujo, el óleo, la acuarela o el guache la navegación insular avanza el reconocimiento de ese otro a través del yo, del ejercicio constante y disciplinado en el estudio, de horas ante un soporte que cada vez más tiende al diván, al conductismo psicológico. Dejamos así fuera cuestiones relativas al alma o a la conciencia, para centrarnos en lo orgánico y su interacción con el entorno. Y en esa adaptación, en esa mímesis, es en la que triunfa la artista con todas estas islas humanas que nos escrutan desde que accedemos al espacio de la exposición. Una distancia que lentamente se va diluyendo, cómplices de su propuesta al intuir que en cada uno de esos retratos hay algo de nosotros mismos.
La otra dimensión que nos ofrecen estas islas es la que otorga el color, una exuberancia que incide en esa situación que se plantea a lo largo de la exposición de la propia pintura como eje temático, como reconsideración sobre su ejercicio y desarrollo. Retrato, línea, color son ingredientes esenciales en cualquier discurso pictórico y aquí se evidencia con una suerte de carácter de tesis, o por lo menos de punto de discusión para calibrar nuevas posibilidades. Los fondos monocromos, más habituales al principio de las series, se comienzan a ver fracturados por bandas de colores y por formas aparentemente orgánicas que eluden la existencia de sombras, que mutilan la realidad que permanentemente está en discusión en cada obra. El volumen se consigue por contraste de colores, por choques de tintas que, como las olas llegando a la costa, van generando perfiles, oradando geografías, erigiéndose así el color como parte de ese proceso natural que no atiende a esa otra parte de la pintura que Mónica Ortuzar también pone en evidencia, como es la pretendida y en muchos casos pretenciosa búsqueda de la belleza. Nunca ha estado más cerca la artista de lo real que al trabajar desde esa posibilidad, la de negar el artificio, la de no buscar la pose, la de componer cada rostro y esculpir cada isla como la propia naturaleza ha dispuesto.
El espejo resume a Mónica Ortuzar y ésta, a su vez, nos integra a en ese espejo para ir componiendo esos archipiélagos de islas varias. Más o menos numerosos, en el interior de una obra, o relacionando varias piezas, como uno de aquellos procesos naturales enunciados por Deleuze. Los archipiélagos de Mónica Ortúzar son una magnífica oportunidad para reflexionar sobre nosotros mismos, para hacerlo a través de la pintura como agente cómplice con una sociedad de individualidades cada vez más heterodoxa, cada vez más plural, aunque haya quien guste de eliminar esa síntesis, de buscar una pureza tan indeseable como que un mar estuviese salpicado de islas exactamente iguales, con el mismo mar, la misma vegetación, las mismas rocas, el mismo color...¡qué aburrimiento, qué vulgaridad!


Publicado en Diario de Pontevedra 6/02/2017
Fotografías: David Freire


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