lunes, 27 de febrero de 2017

"Cuando físicamente no pudo trabajar decidió que tenía que morir"

El 23 de febrero de 2012 fallecía uno de nuestros principales pintores, Leopoldo Nóvoa. Cinco años después conversamos con su viuda y depositaria de su obra para calibrar su enorme ausencia a través del tiempo transcurrido y para recuperar parte de una vida en común.

Leopoldo Nóvoa y Susana Carlson en 2003. (Xurxo Lobato)

ASOMADA AL enorme ventanal que abre su estudio de A Armenteira a un precioso valle, Susana Carlson toca diferentes materiales que han quedado sedimentados en este taller mágico en el que Leopoldo Nóvoa (Salcedo, 1919-Nogent sur Marne, 2012) trabajó para configurar una de las trayectorias más importantes de un pintor nacido en Galicia. Los árboles comienzan a desprenderse de sus hojas y a mudar unos colores que anuncian que el verano tocaba a su fin, momento en el que Susana Carlson regresa a París, la otra mitad vital de Leopoldo Nóvoa, pero antes de la partida conversamos en ese espacio entre el taller, donde botes de pintura, pinceles, embalajes y cajas de catálogos todavía demandan protagonismo, y ese valle de Meis al que un día ambos decidieron anclarse. 
¿Cómo pesa la ausencia de Leopoldo Nóvoa todavía hoy y qué echa más en falta Susana Carlson?
Lo que más echo en falta es su presencia, el verlo, el estar, su fuerte personalidad.
Para explicárnoslo a los que no lo conocimos personalmente, ¿cómo era Leopoldo Nóvoa?
Era una persona de lo más normal, muy sociable y alguien a quien lo que más le interesaba era su trabajo. Sólo quería que le dejaran trabajar, no era nada complicado y sí muy colaborador. No ponía problemas en cuestiones de la vida diaria. Todo era secundario en relación con su trabajo y con tener tiempo para ello.
Imagino que echará de menos el verlo trabajar y estar tan cerca de él cuando estaba creando.
Él trabajaba solo, le gustaba aislarse completamente. Se dejaba ayudar por Samuel, su colaborador. Se encerraban en el taller, cada uno con su mesa de trabajo, y ahí estaban horas y horas, cada uno en su sitio, con muchísimo respeto entre ambos. Nadie podía meterse en el trabajo, yo tampoco.
De todas maneras, ¿qué era lo que más le llamaba la atención de su manera de trabajar?
Sobre todo cómo se dejaba absorber por el trabajo; él estaba en su mundo y todo lo demás estaba fuera. Ni yo, ni amigos, ni visitas; si llegaban las saludaba y al rato daba a entender que necesitaba ese tiempo. Diferenciaba muy bien esos momentos, el de las relaciones sociales y el del trabajo.
¿Cómo fueron los últimos años de su trabajo?
Él estuvo trabajando todo el tiempo sin pensar en etapas finales, simplemente como una necesidad. Cuando físicamente no pudo trabajar ya decidió que tenía que morir. El último año en que no podía trabajar prácticamente no pisó el taller porque le dolía ver el taller cerrado, sin actividad, pero su último cuadro era  enorme (162x130 cm.), bellísimo. Hasta el último momento hizo una obra contundente, no una obra para pasar el tiempo.
Acerquémonos a este territorio, a Pontevedra y A Armenteira. ¿Qué significaba para él la ciudad en la que nació?
Pontevedra fue su infancia. Nació en Salcedo, en lo que era el Sanatorio Marescot; vivían en esa casa, que era de su padre. Después se fueron a Argentina y regresaron. Al volver lo hicieron a Raxó, donde vivía la familia paterna, hasta que se desplazaron a Vilagarcía, donde el padre, que había nacido en Uruguay, fue nombrado cónsul de ese país en Vilagarcía. Ellos siempre estuvieron moviéndose por esta zona. Aquí comenzamos a venir cuando nos conocimos. Leopoldo fue a París en 1961 y regresó a Montevideo a realizar su famoso Mural del Cerro, quedándose hasta 1965. Al terminarlo y hacer varias exposiciones regresó a París, pero a España no tenía muchas ganas de venir. Se preguntaba ¿a quién voy a interesar? en aquella sociedad del franquismo. En el año 1971 nos conocimos y me invitó a venir a Galicia; no la conocía y me encantó. Era todo una hermosura. En sus playas hubo un tiempo magnífico con muy poca gente. Me quedé enamoradísima de Pontevedra y las Rías Baixas y desde el año siguiente comenzamos a venir. Y así entramos a relacionarnos con todo este ambiente.
¿Él estaba especialmente satisfecho de algún momento creativo a lo largo de su obra?
Yo pienso que todas las etapas fueron para él necesarias, pero para él fue importante el final de los sesenta y el principio de los setenta, cuando se convierte en un minimalista. Fue una época que consideró una verdadera creación. A él le gustaba la época figurativa pero creo que consideraba que no era su verdadera obra. Cuando se mete en un camino de verdad es éste, cuando encuentra el relieve, la luz... después vuelve a esa época y a jugar con la materia. Y otro momento importante es el de la ceniza, cuando él quiere contar el dolor del mundo a través de ella.
Ya que habla de la ceniza, ¿cómo vivieron el incendio del taller de París?
Yo no puedo creer cómo vivió aquello con tanta fuerza. Cuando llegué él estaba abajo y los Bomberos ya estaban actuando. Yo me puse mucho más nerviosa, me golpeó más. Él tuvo una fuerza increíble, al mes siguiente habíamos conseguido un taller pequeñito con una plancha de grabado. Y a los dos meses ya consiguió el taller que hoy existe, y hubo que comprar todos los materiales, porque nosotros salimos sin nada, sólo quedó el coche que estaba abajo en el garaje. Y en ese momento él comienza a trabajar con la ceniza y a descubrir ese material.
¿Y es cierto eso que se dice de que él mismo recogió materiales para emplearlos posteriormente?
Él recogió restos que le llamaron la atención. Había muchos materiales de esa etapa con más colores y le interesó por si se podía hacer algo con eso, pero luego creo que no los llegó a utilizar.
Y a partir de esa pérdida, de ese dolor, creó una nueva obra.
Sí, estamos en los años ochenta, una época en la que comienza a redescubrir materia y a experimentar, pero en los noventa, ya dominando todo ese lenguaje, se encuentra con la guerra de los Balcanes, que a él le impactó muchísimo. En ese momento encuentra el tema del ‘Next time the fire’, una serie en la que él, que había vivido guerras anteriores, veía, de nuevo, la tragedia del ser humano. En el 2000 ese sentir se tranquiliza un poco, su ritmo de pintura iba un poco también en función de lo que sucedía a su alrededor. Estaba muy impactado por el mundo en general. Era imposible no contar lo que estaba sucediendo.
¿Qué le gustaba leer?
Variaba mucho. Leyó a todos los latinoamericanos (los autores del Boom), que eran muy amigos suyos. Fíjate, estaba leyendo el libro de relatos de Julio Cortázar ‘Alguien que anda por ahí’ cuando sucedió el incendio de París, y el libro quedó allí, quemado. Dedicó mucho tiempo a leer sobre artistas  como Torres-García y subrayaba y anotaba cosas en los libros. En otra época importante de su vida leyó mucho a George Steiner, que le fascinaba. Leía todo lo que podía de él y le gustaban los ensayos sobre política o filosofía.
¿Cómo era aquella relación maravillosa a los ojos de un lector con autores como Onetti o Cortázar?
Pues eran muy amigos. A Onetti, que era simpatiquísimo, lo conocía desde joven, de Montevideo, trabajando en el periódico, de noches juntos, de andar con chicas. Hay una anécdota muy divertida en la que a ambos les gustaba la misma chica y ella se llamaba Libertad, y cuando Onetti escribió ‘El pozo’ le hizo una dedicatoria a Lepoldo en la que decía ‘Libertad o muerte’. Onetti se quedó con la chica. Estuvo en París con su mujer Dolly varias veces y Cortázar también. ¡Era gente tan inteligente! Ellos ni se daban cuenta, era su manera de ser, pero los escuchabas hablar y era un placer. Leopoldo tenía una gran capacidad para hablar, para discutir... Era gente toda ella sumamente preparada, lo bueno es que no se daban de nada, eran de lo más normales. Era su manera de ser. Recuerdo una noche en la que tras la cena estaban el artista Luis Tomasello, Julio Cortázar y Leopoldo, a quien le fascinaba el jazz, pero no conocía mucho. Yo no sé por qué se comenzó a hablar de jazz y Cortázar tenía una sabiduría sobre ese estilo infinita, te podría hablar toda la noche y como hablaba de una manera tan especial te quedabas horas escuchándolo, a él y a todos, porque se interrumpían y dialogaban de una manera brillante.

Leopoldo Nóvoa trabajando en su
estudio de A Armenteira (Xurxo Lobato)

Atelier Armenteira’

Coincidiendo con este día tan especial se inaugura en el Centro Marcos Valcárcel de Ourense la exposición ‘Atelier Armenteira’, comisariada por Rosario Sarmiento, experta en su obra y quien también gestiona una extraordinaria página web llena de materiales (www.leopoldonovoa.com) en la que se recogen numerosos documentos sobre el pintor, entre los que destaca una colección de fotografías de Xurxo Lobato. La muestra podrá verse hasta el 16 de abril y se centra en ese espacio vital para cualquier creador como es el taller, a través de 19 obras.



Publicado no Diario de Pontevedra 23/02/2017
Fotografías Xurxo Lobato

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