sábado, 4 de febrero de 2017

La trascendencia de lo intrascendente

...pero aún nos quedan los bares,/esos sitios/oscuros/que se encienden/cuando se apaga todo lo demás,/esos rincones con alma,/con auténtico calor,/quien sabe/si ya el último refugio/desde el que abrir fuego otra vez».
[Fragmento del poema ‘Los bares’ Karmelo C. Iribarren]


Tiene la poesía la capacidad de barnizar la realidad con capas que la afirman de otra manera a como nos relacionamos con ella de manera permanente. Interpretaciones y palabras que nos ponen ante una mirada distinta, pero también distante, frente al hábito del manejo de las situaciones, el contacto con los objetos, o la vinculación con nuestros hábitats diarios. Esbozos de nuestra cotidianeidad que, por ser tal, perecen en la consideración que deberíamos tener con ellos por lo importante que son para nuestra felicidad. Sí, digo felicidad, sin rubor alguno, porque cuanto más camina uno por aquí, más valora lo importante de las cosas pequeñas, o por lo menos, aparentemente pequeñas. Un sitio agradable en el que vivir, un buen libro, un café, un espejo que no te mienta, un paraguas fiel, una ventana desde la que ver pasar la vida... ingredientes de una escala de valores que uno mismo debe articular, pero en la que casi siempre este tipo de aspectos suelen perecer bajo la desbocada necesidad de éxito-del tipo que ustedes quieran-, desde el poder económico al sinfín de posesiones y demás vanidades al peso.
Vuelvo a la poesía porque ésta es capaz de redimensionar esa escala y de hacer elegía y hasta épica de todo aquello que nos parece banal e innecesario para nuestra existencia, pero que, una vez leídos ciertos poemas, recuperan ese valor que todo elemento de nuestras vidas debería tener, ya solo por el simple hecho de que su existencia es la confirmación de la nuestra, de la pervivencia en este mundo tan lleno de miserias pero irreductiblemente hermoso.
En el prólogo del libro Pequeños incidentes de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), escrito por Luis García Montero (lo que nos pone ya las orejas en punta), se balizan así sus intenciones: «Es la rutina de la vida, nada más, pero también nada menos». Y es que el autor vasco rehace esa rutina para convertirla en acontecimiento, fijándola en el verso, construyéndola desde la nueva rutina que surge de la introspección del poeta y así es como espejos, paraguas, taxis, monedas, cafés, periódicos o zapatos comparten protagonismo con la ciudad, con aceras, parques, plazas, bares y escenarios por los que nos movemos de manera frecuente y, por consiguiente, despreciamos, ajenos a lirismos  literarios que ahora puestos ante nuestros ojos, engarzan la emoción con la sorpresa por las nuevas escenas que provocan y en su interior, nosotros. Es decir, sentimientos, miedos, anhelos, esperanzas, desesperanzas, amores, felicidades, engaños, nostalgias...en definitiva, momentos.
Esa hibridación del objeto con el exterior propicia una nueva geografía en la que entendernos mucho mejor y sobre todo pensarnos de una manera mucho más intensa a lo que a buen seguro deberíamos hacer. Apoyados en el territorio del verso, contenidos en su vientre, deambulamos ante nuestras dudas inscritas en los espejos que nos asaltan durante la vida, en los sueños que esquivamos como charcos, en los bares «que se encienden cuando se apaga todo lo demás», en la soledad que «hay antes y después de tu nombre», en el paraguas que se sacrifica por ti, en la noche en la que «el mundo podría saltar en mil pedazos». Nos habitamos, por lo tanto, desde la contingencia, desde ese límite entre la serenidad y el paso siguiente que nos pone contra las cuerdas. Y ahí, justo en ese punto límite, es en el que entra la poesía como bálsamo al tiempo que como microscopio desde el que observar con calma, con la paciencia necesaria, como se mueven las horas, como derivan los días como icebergs que se fracturan con el tiempo y nuestros actos.
Esta antología poética, felizmente editada por Visor, recoge poemas entre 1995 y 2016. Poemas de ayer y de hoy pero que se mueven todos por un mismo alambre, el de esa percepción de un instante que la vida parece obligarnos a distraer pero que por obra de un poeta acaba instalada en una cuartilla de papel, en un devenir de palabras sin excesivas pretensiones, en apariencia por lo menos, para conformar unos poemas de piel sencilla, de tacto suave, pero que con el discurrir de las palabras y el galope de las ideas la suavidad se convierte en arpillera tejida desde el escepticismo, la ironía o el fracaso, propiciando un diálogo con el lector que parece ocupar el asiento contrario al del poema en uno de esos cafés desde los que tan bien se reconoce la vida, asomándonos así a libro y ventana con una mirada doble. Un refugio frente a la intemperie de esas ciudades que han perdido temperatura pero en las que lo único que no se puede perder es la capacidad de mirar, acción que explica este itinerario poético en el que en el momento más inesperado surge el trauma, el cambio de tono, la moneda que cae al suelo en el abismo de la noche, recordar sin sentirse culpable, romper el calendario, envidiar las lágrimas... hilos de los que tirar para descubrir a un poeta de la honestidad, capaz de algo tan difícil en este territorio como es el desterrar el artificio. Karmelo C. Iribarren se descubre a partir de esta antología que, tras su detenida lectura, no deja de ser una terapia ante la vida, un remanso al que un café y una música de fondo convierten en un infinito ante el que ya solo se necesita una ventana para ver pasar a otros seres, a otras vidas llenas de pequeños incidentes.



 Publicado en Diario de Pontevedra 4/02/2017

No hay comentarios:

Publicar un comentario